La tienda Bikila

cartapacio_logoLa tienda Bikila  fue abierta el 16 de mayo de 1988. En la actualidad tiene una cadena de locales en las ciudades más importantes de España y permite compras a través de Internet. En la sección Ofertas hay anteojos para sol a 220,00 euros, camisetas, pantalones, zapatos deportivos que van desde los 100 a 150 euros, y cualquier artículo para la práctica del atletismo. Su página de presentación afirma que el nombre Bikila fue tomado (¿en honor?) del legendario atleta etíope, el mismo que mostró al mundo la prescindencia de los objetos de consumo.
Abebe Bikila murió a los cuarenta y un años tras un accidente de tránsito. Tenía el record de dos títulos mundiales consecutivos de maratón: Roma 1960 y Tokio 1964.
Había nacido en 1932 en la aldea de Jato, Etiopía, en una familia numerosa y pobre. Durante la niñez y la adolescencia ayudó al padre en el trabajo de pastor; a los  diecinueve años se alistó en el ejército. Era un joven alto, muy flaco, de mirada tensa y largas zancadas.
En poco tiempo se destacó en los ejercicios físicos y pasó a integrar la Guardia Imperial  de Negus. La leyenda, quizás, le atribuye tareas de cartero para verlo correr con el  paso elástico por montañas y  estepas con la bolsa en bandolera.
Su  resistencia física y el desplazamiento en las carreras llamaron la atención de un técnico sueco, destacado en el país africano, quien comenzó a orientarlo en el entrenamiento. Con poco más de veinte años, Bikila participó en el certamen nacional de maratón de las fuerzas armadas y superó al campeón  Wami Biratu quien ya era un ídolo en Etiopía.
También fue sorprendente su triunfo en los Juegos olímpicos de Tokio en 1964 porque, a pesar de que lo precedía la conquista del título en Roma, lo habían operado de apendicitis un mes antes de la carrera. El poco tiempo para la recuperación lo sacó de la lista de favoritos. Pero Abebe Bikila  volvió con fuerza a los entrenamientos y recuperó rápidamente su mejor condición física. Ganó la carrera batiendo su propio record y le sacó más de cuatro minutos de diferencia al segundo puesto.
A los Juegos de Roma de 1960 llegó sin figurar en los pronósticos. Era un desconocido, sin experiencia en competencias olímpicas. Salía de la tierra de los negros esclavos, de un país que en 1935 había sido invadido por la insanía mussoliniana.
Apocado ante el vértigo de los Juegos y de la ciudad, Bikila conservó su silencio de  pastor, su negra raíz de viento, y al momento de la largada buscó la fuerza veloz  en el dolor de sus antepasados. Quizás lo instó la historia y sintió vergüenza cuando cruzó frente al Obelisco de Aksum, el monumento que las tropas fascistas habían usurpado a  Etiopía  e instalado en Roma como trofeo de guerra.
Abebe llevaba algo del hidalgo de la Mancha en la magra figura negra, en el filo del  rostro que abría el viento en la carrera. Llegó a los Juegos con los zapatos rotos y rechazó los nuevos. Corrió descalzo los 42 kilómetros. Descalzo por las calles del conquistador, descalzo frente a los palacios de los Césares lascivos que levantaron la “civilización” con la espada y la sangre vencida. Corrió por las calles de las literas de oro, por la ciudad de los efebos y las intrigas. Cruzó los puentes tendidos a fuerza de músculos esclavos y ruedas de  tormentos. Fue un centauro negro con alas negras en los pies desnudos. Venía de la montaña, del barro, de las ovejas. Sin zapatos, dejó atrás a los atletas calzados en las mejores tiendas de artículos deportivos, dejó la aguja del cronómetro clavada como una bandera en 2 horas, 15 minutos, 16 segundos.
En 1984 recibió en forma póstuma la Orden Olímpica.

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Durmiendo con el enemigo

cartapacio_logoAgradezco la invitación a participar en esta columna. Tal como lo pide el cronista, contaré una historia ocurrida durante mi trayectoria de director técnico de fútbol.
Trabajé muchos años en el interior del país, preferentemente con equipos que presentaban problemas de descenso a divisiones inferiores. Fue tan reiterada esa tarea que me terminaron identificando como Salvador, mote que los periodistas deportivos agregaron a mi nombre. De hecho, hoy suelo presentarme como Carlos “Salvador” Madariaga.
El episodio que elegí relatar no fue el más dramático que me tocó afrontar, sin embargo lo considero representativo pues siempre se piensa que “el enemigo” está en la vereda de enfrente y nunca en nuestra propia casa. Cuando eso ocurre, cuando convive a tu lado, resulta mucho más difícil descubrirlo y combartirlo. El caso ocurrió hace poco tiempo.
Los lectores comprenderán los motivos por los que mantengo en reserva los nombres de los involucrados y el del propio club.Teníamos un mediocampista que era el corazón del equipo. Bombeaba hacia el ataque y la defensa. Para su juventud, veinte años recién cumplidos, mostraba una sorprendente modestia que lo alejaba del perfil de caudillo con que el emblemático número cinco ha marcado al fútbol uruguayo. Era más bien bajo, melenudo, con cierta chuequera y brazos largos. Tenía una resistencia física superior y la ponía al servicio del equipo. Corría en forma desordenada, pero pocas veces quedaba mal ubicado. Era capaz de disputar una pelota junto al banderin del ángulo y volver a tiempo al centro del campo para alinearse con los dos alas que lo ayudaban en la batalla.
Había en su juego una decidida inclinación a lo defensivo, a correr atrás de la pelota, a quitarla. Durante algún tiempo traté de corregirle ese defecto infantil, pero luego entendí que si lo cambiaba desaparecía de la cancha. El necesitaba correr detrás de la pelota. Creo que fue una virtud de mi parte ensamblar en el equipo aquellas cualidades algo salvajes del mediocampista.
Con el desarrollo del campeonato, pasó a ser pieza clave. Marcábamos mucho porque nos basábamos en el principio de que sin la pelota no se hace gol. El concepto parece obvio, pero no todos se dan cuentan del sacrificio que demanda hacerse del balón. A mí siempre me gustó ese tipo de jugador que labura por la pelota, que marca , que muerde; ese jugador que no siempre se destaca a los ojos de los espectadores pero que es el origen de todas las jugadas ofensivas. Porque cuando se consigue el balón, comienza el ataque.
Con esa estrategia, aquel muchacho se había transformado en el eje del equipo. El campeonato se presentaba difícil. Me habían contratado para evitar el descenso a la Tercera División. Si terminábamos entre los seis primeros de la tabla, mi función estaba cumplida. Habíamos arrancado en el décimo lugar y a mitad del campeonato estábamos en el octavo puesto. Cuando nos tocó el partido más fácil contra un desmembrado equipo ubicado al borde del abismo, el mediocampista comenzó a fallar. Quedó sin fuerzas, no lograba barrer ni el centro del campo. Lo peor fue que quiso correr como siempre y no llegaba de un área a otra. En el mediocampo se formó un túnel por donde los contrarios empezaron a atacar. Antes de que terminara el primer tiempo, lo llamé a la línea y le pregunté cómo se sentía, si quería que lo cambiara. Respondió que pronto se iba a recuperar. Pero el segundo tiempo fue peor, prácticamente jugó parado.
Podíamos haber ganado aquel partido, pero terminamos cero a cero y reclamándole al árbitro que no alargara los descuentos.En la práctica del martes me di cuenta de que algo extraño le sucedía al muchacho. No tenía arranque en la carrera y le pegaba a la pelota con debilidad. Al final de la sesión lo esperé afuera del vestuario y lo convidé a hablar. Se mostró sorprendido, aunque dispuesto. Conversamos en las gradas mientras apagaban los focos y recogían los utensilios de trabajo. Sin vueltas le dije “a vos te está pasando algo, tal vez no te das cuenta. Estás sin fuerzas, no llegás con los piques de un área a otra y te pasan como a una puerta abierta”. El volvió a mirarme sorprendido y prometió que iba a mejorar. En las prácticas de los días siguiente fue peor. Esa misma semana hablé con el presidente del club y pedí que le hicieran un examen médico. Los resultados dieron normales.
El paso siguiente fue hablar con el padre, un hombre que mantenía vínculos con el club. El propio presidente preparó el encuentro en el comedor de la cantina y allí le preguntamos si habían tenido algún problema familiar, si había notado algo extraño en el muchacho, si había dejado o empezado con alguna novia o cambiado algún detalle de la vida. Todas las respuestas fueron negativas. En el partido del domingo el desempeño del mediocampista fue un desastre. Lo cambié al empezar el segundo tiempo. Mantuvimos la misma estrategia, aunque nos faltó el motor que daba fuerza. Perdimos uno a cero.
Durante la semana siguiente el mediocampista no mostró signo de recuperación. Corría sin energía, se cansaba, y no le quedaban fuerzas para meter un pase largo. Volví a hablarle, le ofrecí ayuda. Reiteró que todo estaba bien. Quedé desconcertado; sus respuestas mostraban seguridad, pero al mismo tiempo me hacían pensar que aún faltaba una parte por descubrir. Mientras tanto, intenté encontrar un sustituto para el puesto. Probé a tres y ninguno funcionó. Otra vez, perdimos uno a cero.La situación se complicaba. La alternativa era bajar el nivel de presión en la marca y mantener la misma estrategia. Ensayamos la propuesta y los resultados me hicieron temblar: dábamos demasiadas facilidades, demasiado terreno para el avance del contrario. Sinceramente me encontraba desorientado. Fue entonces cuando el cantinero del club me comentó que el mediocampista saltaba terrazas todas las noches para llegar al altillo donde dormía la hija del presidente. Un vecino lo había visto. Ya habían hablado con el muchacho y en poco tiempo todo volvería a la normalidad. Esperé uma semana y nada cambió. El mediocampista continuó el cuesta abajo y perdimos otro partido. De varias formas se trató de encauzar aquella relación, pero no fue posible, los muchachos vivían una de esas etapas incandescentes.  Al mismo tiempo, nadie queria hablar del tema porque se temía una reacción intempestiva del presidente. Finalmente, sin otra alternativa, tuve que hacerlo yo.Nos reunimos en la sala de sesiones: una larga mesa obal para dos personas. Desde el primer momento intenté relativizar el tema aduciendo que se trataba de “lo más natural del mundo, de cosas de muchachos”. Agregué que ahora se conocía el motivo del bajo rendimiento del mediocampista y, vágamente, nombré las terrazas contiguas y el altillo donde dormía la muchacha. A medida que yo avanzaba en los detalles, el presidente se iba poniendo rígido en su silla. Cuando ya no quedaba más nada para decir, me excusé por el planteo y, en defensa de los intereses del club, le pedí que intercediera. ”Déjelo en mis manos”, respondió mirándome a los ojos.
Luego se levantó, abrió la puerta para que me retirara y antes de cerrarla, sin dejarme lugar para la réplica, dijo: “Linda educación les da a los jugadores”.A la noche presentó la renuncia indeclinable haciéndome responsable de la situación.
Fue su venganza por haberle hablado de frente. Quedé hasta el final. En un momento, el mediocampista recuperó las fuerzas y nos devolvió cierta esperanza, pero ya no volvió a ser el de antes, andaba perdido dentro de la cancha. Esa fue la única vez que no logré salvar a un equipo del descenso.

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El violín de Lapa

cartapacio_logoEn Salto y Montevideo oyeron sonar el violín a través del teléfono. Fue desde Lapa, una de las zonas más frecuentada de la noche carioca. Yo andaba caminando por la calle Riachuelo y me acerqué a escuchar a un grupo que tocaba buena música . Cavaquinho, flauta traversa, pandereta, guitarra, y las palmas y voces que se sumaban con entusiasmo.
Estaban afuera de uno de esos bares donde se bebe de pie en las veredas. Unas muchachas bailaban samba, subrayaban los movimientos eróticos de la danza. El público agregaba nuevos anillos en torno al grupo, acompañaba el coro y el baile. De pronto, se unió un violinista. Tocó con entrega y el sonido de su instrumento contagió vibraciones alrededor.
Creció el baile, las palmas, el coro.Era una buena oportunidad para que en Uruguay escucharan aquella música envolvente y sintieran la alegría desbordante que es capaz de vivir la gente de aquí. Llamé por el celular a mi hijo, a algunos amigos de Salto y de Montevideo. Ellos oyeron un instante la voz de la noche carioca.Luego inicié una interesante conversación con un señor muy cordial que se refirió con pasión a la música que oíamos. “Esta es la expresión más auténtica de la música, todo esto que usted ve es espontáneo. Empezaron a tocar dos y ahora se formó una orquesta”. afirmó.
El diálogo derivó hacia la música latinoamericana. El hombre mostró conocimiento del tema y una marcada inclinación a defender la ceación brasilera. Habló de Chico Baurque, dijo ‘usted está en su derecho de no creer, pero yo fui productor de Chico, tengo fotografías al respecto”.La conversación acercó una cerveza.
Los músicos en tanto, formaron un círculo en torno al violinista quien se hundía y reaparecia entre las cabezas y los hombros sacudidos por el ritmo.El hombre con quien yo hablaba lo señaló y dijo: “Es el mejor violín de Lapa”.
Las vibraciones de las cuerdas llegaban con intensidad, quizás porque los otros músicos cedían espacio.“América Latina tiene los mejores creadores e intérpretes- dijo el hombre- Mercedes Sosa es un ejemplo. Quiero hacer un brindis por ella”. Brindamos y pedí otro por Alfredo Zitarrosa. El hombre se disculpó, no lo conocía. Le di algunos datos y volvió a disculparse. “Tendría que conocerlo”, agregó. Luego contó que durante mucho tiempo se había dedicado al estudio de la Historia, en especial a la historia de la música latinoamericana. Hizo una detallada y contundente exposición de estilos, influencias, fechas, que me dejó sorprendido. Le pregunté si era docente y respondió com una sonrisa triste. “Estudié Historia y cuando estaba por recibirme dejé todo por esto, por la bohemia”, confesó.
Le propuse hacer una nota para el diario, encontrarnos otro día hablar en un lugar tranquilo, tomar fotos. Para mi sorpresa, el hombre señaló al violinista y sugirió: “Hacé la nota con él. Trato que se de cuenta del talento que tiene, le hago de representante. Se lo merece. Salió de la mierda de la favela. Iba a ser un gran arquero, quizás el mejor arquero de Brasil. “Era um mininho de la rúa” , atajaba en los partidos de mayores, en la arena de Copacabana. Era un gato. A los 15 años lo chocó un auto y le rompió la rodilla. No volvió a jugar al fútbol, volvió a la favela y salió tocando el violín. Es un talento”.
Miré al violinista: se había integrado al círculo de músicos. Le dije al representante que haríamos dos notas porque ambos casos merecían conocerse.Impaciente, el representante llamó al violinista y nos presentó.
Era un hombre grande, ancho, mestizo, de unos treinta años, con una cicatriz que le atravesaba la frente. En una mano sostenía el arco y el violín. Le dije que su instrumento había sido oído en Uruguay y me miró con cierta severidad.
Traté de acordar la entrevista y finalmente fijamos el mediodía siguiente en ese mismo lugar. Cuando di por terminada la conversación, el violinista levantó la mano libre y, muy cerca de mi rostro, frotó las yemas del pulgar y el índice en el inconfundible gesto de quien pide dinero. Intenté explicarle que eso era imposible, pero él insistió con que tenía que pagarle.
Le dije que olvidara la entrevista y él reitero que yo tenia que pagarle porque había hecho escuchar su música en mi país. Repliqué que había trasmitido la música de la calle y no sólo su violín sino de todos los instrumentos por lo que tendría que pagar a cada uno de los ejecutantes. Para mi fortuna, intervino el representante quien le advirtió en forma calma: “Voce bebeu muito”. Discutieron en tono creciente hasta que el violinista me señaló y gritó: “Fora da Lapa”.
El representante lo abrazó, le habló con afecto y logró retirarlo. Caminaron entre la gente que ya ocupaba parte de la calzada. Los vi alejarse y, de pronto, vi que el representante giró y regresó al lugar donde yo estaba. Me dio la mano. “Es la condición humana”, dijo y se perdió entre el tumulto. La música trepaba las escalas. Una muchacha bellísima bailaba rodeada de palmas. Pensé en el violinista, en el accidente que le cambió el rumbo de arquero a músico. Me hubiera gustado saber detalles de ese cruce de caminos.
Tal vez volveré a encontrarlo más dispuesto y me contará esa parte que le falta a esta historia. Aún me quedan varios días de estadía en Rio de Janeiro.

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El llanto del emperador

cartapacio_logoImagino que las fábricas de cerveza de Rio de Janeiro deben trabajar las veinticuatro horas del día a turno completo y con las calderas a la máxima potencia. Sólo así pueden producir los millones de litros que se beben aquí; millones que aumentan cuando algún hecho colectivo congrega a los cariocas en los bares como el ocurrido este fin de semana con la coronación de Flamengo en el campeonato de fútbol brasilero.
El partido se jugó el domingo pasado en Maracaná, pero ya desde las primeras horas de la tarde del sábado, el despliegue de banderas y la gente que vestía la casaca roja y negra se hacían notar en varias zonas de Rio. A medida que avanzó la tarde, los bares se poblaron con los colores del Flamengo y los cánticos de la torcida comenzaron a unirse de un bar a otro tomando veredas y calles. Fue tan elocuente la manifestación que, al no seguir el desarrollo del campeonato e ignorar la tabla de posiciones, creí que festejaban la obtención del título cuando en realidad se trataba de los preparativos.
El domingo, tras el triunfo de Flamengo ante Gremio por dos goles contra uno, los cohetes voladores alumbraron el cielo carioca y el redoblar de las batucadas se mezcló con las cornetas, las bocinas de los coches, los coros improvisados en las esquinas. En una Plaza de Santa Teresa, próximo al lugar donde me alojo, se armó un pequeño carnaval con tambores, danzas, cervezas, banderas, disfraces, y las canciones tradicionales que unen a todas las generaciones. Mientras tanto, la televisión se concentraba en los festejos en Maracaná.
Dentro del campo, las cámaras seguían a Adriano quien se enfrentaba a una media luna de fotógrafos que le cerraban el paso y lo cegaban con los flashes. El hombre salido de la favela que renunció a contratos millonarios en el fútbol europeo para recuperar la alegría de jugar, no podía hablar ante la veintena de micrófonos que se ofrecían a su palabra. La emoción le cerraba la garganta y él intentaba ocultar las lágrimas. Quería saludar a la torcida y no podía avanzar, los abrazos de sus compañeros de equipo, de los dirigentes, lo retenían a cada paso. El apretaba los dientes, pero algunas lágrimas escapadas rodaban por el rostro. El público que colmaba las tribunas de Maracaná lo saludaba de pie.
No debía ser fácil estar allí sin emocionarse, si a uno también se le anudaba la garganta al ver en el televisor el esfuerzo que hacía Adriano para controlarse. No creo que un simple gesto machista lo frenara a exhibir la desnudez de sus sentimientos. El llanto de un hombre que ha sufrido la marginación tiene que hacer un largo recorrido interior para mostrarse a ese mismo mundo que lo hizo nacer en la favela. Podría adjudicarse al rencor su actitud. Es posible que haya sido así y, desde mi punto de vista ello sería comprensible.
También es posible que a algunos lectores lês parezca banal escribir sobre el llanto contenido del jugador de fútbol Adriano. En honor a la verdad, debo decir que es la segunda vez que esta columna se ocupa de él, aunque en ninguno de los casos hubo una intención previa hacerlo, una búsqueda de material. La primera vez Google trajo su historia cuando indagué sobre la traducción de Memorias de Adriano, libro de Marguerite Yourcenar sobre la vida del emperador romano. En esta segunda, las cámaras de televisión matuvieron largo rato la imagen del futbolista en la pantalla. No quiero ser vocero de los poderosos medios de comunicacación, bastante ofrecidos tienen, sólo intenté ver con mis ojos lo que otros ojos mostraban. Lo mismo hice el lunes frente a las portadas de los diarios que en su gran mayoría reproducían fotografías de Adriano. Un suplemento deportivo informaba asimismo que la noche del festejo el jugador no fue a la ceremonia de gala, con invitados selectos, donde se celebró oficialmente la obtención del título. Otra vez Adriano prefirió subir a la favela de su infancia y festejar con su gente. Me juego que ahí sí, dejó que lo vieran llorar.

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Un amor en Copacabana

cartapacio_logoEstoy en Río de Janeiro. Hay 32 grados de temperatura a las ocho de la  mañana. Llegué ayer a la tarde. A la noche salí a caminar por Santa> Teresa,un barrio alejado de la zona de playas. Los amigos que tengo por acá suelen reunirse en el Bar Gómez, un almacén fundado en 1867 que se ha> transformado bar manteniendo el mostrador, las vitrinas, la vieja balanza. Tal como esperaba, encontré al grupo bebiendo cerveza. El abrazo fraternal de esta gente no deja de conmoverme. Hablamos de diversos temas, aunque lasrecientes elecciones en Uruguay ocuparon el mayor tiempo de la conversación. En un momento, alguien de la rueda me señaló a un hombre que estaba en elmostrador, “Es uruguayo”, dijo, y lo llamó a la mesa. Llevaba indumentaria carioca: pantalón claro de lino, camisa blanca, sombrero de pajilla, zandalias de cuero. “El nombre es lo que menos importaen una persona; el mío es Ignacio Delfino” dijo en castellano, con marcadoacento brasilero. Luego, tras un gesto que abarcó la rueda, agregó: “Ellos saben que yo quedé a vivir acá por un partido de fútbol”. > > Acababa de cumplir los treinta años de residencia en Río. Había llegadocon otro nombre, con miedo, en una cadena de ómnibus que empezó por Rivera. Una persona conocida de la familia lo acompañó a la distancia hasta que estuvieron seguros de que el peligro había pasado. Pertenecía a un grupo político perseguido por la dictadura. Sus contactos habían sido apresados en una redada y alguien le avisó que la inteligencia militar lo tenía identificado. “Era empleado público en Montevideo”,recordó. Se refugió en la casa de Naciones Unidas, en Copacabana. Allí conoció muchos uruguayos y argentinos que esperaban el salvoconducto para viajar a Europa en calidad de refugiados políticos. El proceso era lento, los días transcurrían en la monotonía a pesar de que tenían la atención centrada en las noticias que llegaban desde el Río de la Plata. Pasada la etapa de adaptación, Delfino hizo algunas salidas por lasinmediaciones con otro compañero. Una tarde caminaban por la rambla deCopacabana y vieron partidos de fútbol en la playa. Eran varias canchascon arcos y redes, marcadas con finas líneas de naylon. En algunas jugaban”meninos”. Llevaba mucho tiempo sin mirar un partido,más aún de gurises. El compañero siguió el paseo y Delfino se sentó en el murete junto a otras personas. Veía el juego con el fondo verde del océano que estallaba contra la arena. Sin proponérselo, comenzó a recordar sus disputas por la pelota en el asfalto de la calle Requena, en el barrio La Comercial de Montevideo. Recordó a sus amigos de la niñez y el sueño de jugar algún día en el Estadio Centenario. Al igual que tantas otras cosas, aquello había quedado por el camino. Recién se daba cuenta que entre todo lo que le habían quitado,estaba ese detalle de deleitarse con un partido de fútbol. Pero parecía que ahora lo recuperaba, sobre todo al observar las corridas con pelota dominada de un moreno flaco y algo chueco que se iba con facilidad por la línea. Concentró la atención en aquel muchacho. Era asombroso el dominio de la pelota en un terreno tan irregular, los amagues a la carrera, los quiebres hacia uno y otro lado. Desde la línea, el técnico gritaba indicaciones y el “garoto” asistía con movimientos de cabeza. Tenía que pasarla, claro, pero parecía que la pelota quería quedarse con él porque la trataba con delicadeza: el pie desnudo se combaba sobre la esfera y la hacía rodar por la arena.La gente lo aplaudía. De pronto, dejó atrás al marcador con “un caño”,corrió en dirección del arco y cuando le salió el otro defensa quiso repetir lajugada, pero las rodillas se golpearon. El marcador no sintió dolor, peroel otro gritó y cayó a la arena. Algunos espectadores corrieron a asistirlo yDelfino se sumó. Alguien con actitud de médico, pasó con extremo cuidado lamano sobre la zona herida, presionó sobre los meniscos. Ya se había formado un círculo cuando llegó una mujer y se arrodilló al lado del muchacho. Le acarició la cabeza, las mejillas, le limpió las lágrimas. Tenía unas manoslargas, amulatas, que parecían muy suaves. Al rato se levantaron los dos ycaminaron hasta el muro.Delfino había dejado de mirar al niño y miraba a la madre. “Era linda, pero sobre todo extraña. La mezcla étnica le marcaba un rostro afinado y unamirada profunda. Cuando se fijó en mi, se dio cuenta de lo que me había pasado y sonrió”, recordó. Delfino trató de decirle algunas palabras en portugués y ella sonrió de nuevo. Luego los vio irse hacia el interior de Copacabana.Pasaron tres días y volvió a encontrarla.Él la saludó, se acercó y comentó sobre la rápida evolución del muchacho que ya se escapaba por la línea como siempre.A la noche siguiente, pasearon por la orilla de Copacabana y él, por primera vez, pensó em la posibilidad de quedar en Río. El salvaconducto para viajar a Europa se demoraba.Un día ella le ofreció la posibilidad de trabajar con el hermano en un reparto de agua mineral. Era un trabajo muy distinto al de la oficina de Montevideo, pero le gustó. Entregaban casilleros en los bares del centro y del barrio Gloria. De a poco, la experiencia en las calles lo cautivó. El pulso verde de Río le ofrecía en cada jornada un encuentro distinto, una fuerza de atracción incontenible. Sin perder la relación consus compañeros refugiados en la ONU, comenzó a vivir en una pensión de Gloria. Cuando llegó la autorización para viajar a Europa, ya había apostado ajugarse la vida en Río.Aquí se casó, tuvo dos hijos con la mujer que conoció en un partido de fútbol en la playa de Copacabana. Y aquel muchacho que lo retuvo de su paseo, ya dejó el fútbol después de una brillante carrera que se inició en el club Botafogo.”Todo cumple su ciclo”,dijo Delfino con cierta melancolía. Ya no está con la mujer de largas y finas manos, aunque de aquel tiempo mantiene el sueño de un mundo mejor. Por eso viajó y votó en las pasadas elecciones de Uruguay.

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