Agradezco la invitación a participar en esta columna. Tal como lo pide el cronista, contaré una historia ocurrida durante mi trayectoria de director técnico de fútbol.
Trabajé muchos años en el interior del país, preferentemente con equipos que presentaban problemas de descenso a divisiones inferiores. Fue tan reiterada esa tarea que me terminaron identificando como Salvador, mote que los periodistas deportivos agregaron a mi nombre. De hecho, hoy suelo presentarme como Carlos “Salvador” Madariaga.
El episodio que elegí relatar no fue el más dramático que me tocó afrontar, sin embargo lo considero representativo pues siempre se piensa que “el enemigo” está en la vereda de enfrente y nunca en nuestra propia casa. Cuando eso ocurre, cuando convive a tu lado, resulta mucho más difícil descubrirlo y combartirlo. El caso ocurrió hace poco tiempo.
Los lectores comprenderán los motivos por los que mantengo en reserva los nombres de los involucrados y el del propio club.Teníamos un mediocampista que era el corazón del equipo. Bombeaba hacia el ataque y la defensa. Para su juventud, veinte años recién cumplidos, mostraba una sorprendente modestia que lo alejaba del perfil de caudillo con que el emblemático número cinco ha marcado al fútbol uruguayo. Era más bien bajo, melenudo, con cierta chuequera y brazos largos. Tenía una resistencia física superior y la ponía al servicio del equipo. Corría en forma desordenada, pero pocas veces quedaba mal ubicado. Era capaz de disputar una pelota junto al banderin del ángulo y volver a tiempo al centro del campo para alinearse con los dos alas que lo ayudaban en la batalla.
Había en su juego una decidida inclinación a lo defensivo, a correr atrás de la pelota, a quitarla. Durante algún tiempo traté de corregirle ese defecto infantil, pero luego entendí que si lo cambiaba desaparecía de la cancha. El necesitaba correr detrás de la pelota. Creo que fue una virtud de mi parte ensamblar en el equipo aquellas cualidades algo salvajes del mediocampista.
Con el desarrollo del campeonato, pasó a ser pieza clave. Marcábamos mucho porque nos basábamos en el principio de que sin la pelota no se hace gol. El concepto parece obvio, pero no todos se dan cuentan del sacrificio que demanda hacerse del balón. A mí siempre me gustó ese tipo de jugador que labura por la pelota, que marca , que muerde; ese jugador que no siempre se destaca a los ojos de los espectadores pero que es el origen de todas las jugadas ofensivas. Porque cuando se consigue el balón, comienza el ataque.
Con esa estrategia, aquel muchacho se había transformado en el eje del equipo. El campeonato se presentaba difícil. Me habían contratado para evitar el descenso a la Tercera División. Si terminábamos entre los seis primeros de la tabla, mi función estaba cumplida. Habíamos arrancado en el décimo lugar y a mitad del campeonato estábamos en el octavo puesto. Cuando nos tocó el partido más fácil contra un desmembrado equipo ubicado al borde del abismo, el mediocampista comenzó a fallar. Quedó sin fuerzas, no lograba barrer ni el centro del campo. Lo peor fue que quiso correr como siempre y no llegaba de un área a otra. En el mediocampo se formó un túnel por donde los contrarios empezaron a atacar. Antes de que terminara el primer tiempo, lo llamé a la línea y le pregunté cómo se sentía, si quería que lo cambiara. Respondió que pronto se iba a recuperar. Pero el segundo tiempo fue peor, prácticamente jugó parado.
Podíamos haber ganado aquel partido, pero terminamos cero a cero y reclamándole al árbitro que no alargara los descuentos.En la práctica del martes me di cuenta de que algo extraño le sucedía al muchacho. No tenía arranque en la carrera y le pegaba a la pelota con debilidad. Al final de la sesión lo esperé afuera del vestuario y lo convidé a hablar. Se mostró sorprendido, aunque dispuesto. Conversamos en las gradas mientras apagaban los focos y recogían los utensilios de trabajo. Sin vueltas le dije “a vos te está pasando algo, tal vez no te das cuenta. Estás sin fuerzas, no llegás con los piques de un área a otra y te pasan como a una puerta abierta”. El volvió a mirarme sorprendido y prometió que iba a mejorar. En las prácticas de los días siguiente fue peor. Esa misma semana hablé con el presidente del club y pedí que le hicieran un examen médico. Los resultados dieron normales.
El paso siguiente fue hablar con el padre, un hombre que mantenía vínculos con el club. El propio presidente preparó el encuentro en el comedor de la cantina y allí le preguntamos si habían tenido algún problema familiar, si había notado algo extraño en el muchacho, si había dejado o empezado con alguna novia o cambiado algún detalle de la vida. Todas las respuestas fueron negativas. En el partido del domingo el desempeño del mediocampista fue un desastre. Lo cambié al empezar el segundo tiempo. Mantuvimos la misma estrategia, aunque nos faltó el motor que daba fuerza. Perdimos uno a cero.
Durante la semana siguiente el mediocampista no mostró signo de recuperación. Corría sin energía, se cansaba, y no le quedaban fuerzas para meter un pase largo. Volví a hablarle, le ofrecí ayuda. Reiteró que todo estaba bien. Quedé desconcertado; sus respuestas mostraban seguridad, pero al mismo tiempo me hacían pensar que aún faltaba una parte por descubrir. Mientras tanto, intenté encontrar un sustituto para el puesto. Probé a tres y ninguno funcionó. Otra vez, perdimos uno a cero.La situación se complicaba. La alternativa era bajar el nivel de presión en la marca y mantener la misma estrategia. Ensayamos la propuesta y los resultados me hicieron temblar: dábamos demasiadas facilidades, demasiado terreno para el avance del contrario. Sinceramente me encontraba desorientado. Fue entonces cuando el cantinero del club me comentó que el mediocampista saltaba terrazas todas las noches para llegar al altillo donde dormía la hija del presidente. Un vecino lo había visto. Ya habían hablado con el muchacho y en poco tiempo todo volvería a la normalidad. Esperé uma semana y nada cambió. El mediocampista continuó el cuesta abajo y perdimos otro partido. De varias formas se trató de encauzar aquella relación, pero no fue posible, los muchachos vivían una de esas etapas incandescentes. Al mismo tiempo, nadie queria hablar del tema porque se temía una reacción intempestiva del presidente. Finalmente, sin otra alternativa, tuve que hacerlo yo.Nos reunimos en la sala de sesiones: una larga mesa obal para dos personas. Desde el primer momento intenté relativizar el tema aduciendo que se trataba de “lo más natural del mundo, de cosas de muchachos”. Agregué que ahora se conocía el motivo del bajo rendimiento del mediocampista y, vágamente, nombré las terrazas contiguas y el altillo donde dormía la muchacha. A medida que yo avanzaba en los detalles, el presidente se iba poniendo rígido en su silla. Cuando ya no quedaba más nada para decir, me excusé por el planteo y, en defensa de los intereses del club, le pedí que intercediera. ”Déjelo en mis manos”, respondió mirándome a los ojos.
Luego se levantó, abrió la puerta para que me retirara y antes de cerrarla, sin dejarme lugar para la réplica, dijo: “Linda educación les da a los jugadores”.A la noche presentó la renuncia indeclinable haciéndome responsable de la situación.
Fue su venganza por haberle hablado de frente. Quedé hasta el final. En un momento, el mediocampista recuperó las fuerzas y nos devolvió cierta esperanza, pero ya no volvió a ser el de antes, andaba perdido dentro de la cancha. Esa fue la única vez que no logré salvar a un equipo del descenso.







