Estoy en Río de Janeiro. Hay 32 grados de temperatura a las ocho de la mañana. Llegué ayer a la tarde. A la noche salí a caminar por Santa> Teresa,un barrio alejado de la zona de playas. Los amigos que tengo por acá suelen reunirse en el Bar Gómez, un almacén fundado en 1867 que se ha> transformado bar manteniendo el mostrador, las vitrinas, la vieja balanza. Tal como esperaba, encontré al grupo bebiendo cerveza. El abrazo fraternal de esta gente no deja de conmoverme. Hablamos de diversos temas, aunque lasrecientes elecciones en Uruguay ocuparon el mayor tiempo de la conversación. En un momento, alguien de la rueda me señaló a un hombre que estaba en elmostrador, “Es uruguayo”, dijo, y lo llamó a la mesa. Llevaba indumentaria carioca: pantalón claro de lino, camisa blanca, sombrero de pajilla, zandalias de cuero. “El nombre es lo que menos importaen una persona; el mío es Ignacio Delfino” dijo en castellano, con marcadoacento brasilero. Luego, tras un gesto que abarcó la rueda, agregó: “Ellos saben que yo quedé a vivir acá por un partido de fútbol”. > > Acababa de cumplir los treinta años de residencia en Río. Había llegadocon otro nombre, con miedo, en una cadena de ómnibus que empezó por Rivera. Una persona conocida de la familia lo acompañó a la distancia hasta que estuvieron seguros de que el peligro había pasado. Pertenecía a un grupo político perseguido por la dictadura. Sus contactos habían sido apresados en una redada y alguien le avisó que la inteligencia militar lo tenía identificado. “Era empleado público en Montevideo”,recordó. Se refugió en la casa de Naciones Unidas, en Copacabana. Allí conoció muchos uruguayos y argentinos que esperaban el salvoconducto para viajar a Europa en calidad de refugiados políticos. El proceso era lento, los días transcurrían en la monotonía a pesar de que tenían la atención centrada en las noticias que llegaban desde el Río de la Plata. Pasada la etapa de adaptación, Delfino hizo algunas salidas por lasinmediaciones con otro compañero. Una tarde caminaban por la rambla deCopacabana y vieron partidos de fútbol en la playa. Eran varias canchascon arcos y redes, marcadas con finas líneas de naylon. En algunas jugaban”meninos”. Llevaba mucho tiempo sin mirar un partido,más aún de gurises. El compañero siguió el paseo y Delfino se sentó en el murete junto a otras personas. Veía el juego con el fondo verde del océano que estallaba contra la arena. Sin proponérselo, comenzó a recordar sus disputas por la pelota en el asfalto de la calle Requena, en el barrio La Comercial de Montevideo. Recordó a sus amigos de la niñez y el sueño de jugar algún día en el Estadio Centenario. Al igual que tantas otras cosas, aquello había quedado por el camino. Recién se daba cuenta que entre todo lo que le habían quitado,estaba ese detalle de deleitarse con un partido de fútbol. Pero parecía que ahora lo recuperaba, sobre todo al observar las corridas con pelota dominada de un moreno flaco y algo chueco que se iba con facilidad por la línea. Concentró la atención en aquel muchacho. Era asombroso el dominio de la pelota en un terreno tan irregular, los amagues a la carrera, los quiebres hacia uno y otro lado. Desde la línea, el técnico gritaba indicaciones y el “garoto” asistía con movimientos de cabeza. Tenía que pasarla, claro, pero parecía que la pelota quería quedarse con él porque la trataba con delicadeza: el pie desnudo se combaba sobre la esfera y la hacía rodar por la arena.La gente lo aplaudía. De pronto, dejó atrás al marcador con “un caño”,corrió en dirección del arco y cuando le salió el otro defensa quiso repetir lajugada, pero las rodillas se golpearon. El marcador no sintió dolor, peroel otro gritó y cayó a la arena. Algunos espectadores corrieron a asistirlo yDelfino se sumó. Alguien con actitud de médico, pasó con extremo cuidado lamano sobre la zona herida, presionó sobre los meniscos. Ya se había formado un círculo cuando llegó una mujer y se arrodilló al lado del muchacho. Le acarició la cabeza, las mejillas, le limpió las lágrimas. Tenía unas manoslargas, amulatas, que parecían muy suaves. Al rato se levantaron los dos ycaminaron hasta el muro.Delfino había dejado de mirar al niño y miraba a la madre. “Era linda, pero sobre todo extraña. La mezcla étnica le marcaba un rostro afinado y unamirada profunda. Cuando se fijó en mi, se dio cuenta de lo que me había pasado y sonrió”, recordó. Delfino trató de decirle algunas palabras en portugués y ella sonrió de nuevo. Luego los vio irse hacia el interior de Copacabana.Pasaron tres días y volvió a encontrarla.Él la saludó, se acercó y comentó sobre la rápida evolución del muchacho que ya se escapaba por la línea como siempre.A la noche siguiente, pasearon por la orilla de Copacabana y él, por primera vez, pensó em la posibilidad de quedar en Río. El salvaconducto para viajar a Europa se demoraba.Un día ella le ofreció la posibilidad de trabajar con el hermano en un reparto de agua mineral. Era un trabajo muy distinto al de la oficina de Montevideo, pero le gustó. Entregaban casilleros en los bares del centro y del barrio Gloria. De a poco, la experiencia en las calles lo cautivó. El pulso verde de Río le ofrecía en cada jornada un encuentro distinto, una fuerza de atracción incontenible. Sin perder la relación consus compañeros refugiados en la ONU, comenzó a vivir en una pensión de Gloria. Cuando llegó la autorización para viajar a Europa, ya había apostado ajugarse la vida en Río.Aquí se casó, tuvo dos hijos con la mujer que conoció en un partido de fútbol en la playa de Copacabana. Y aquel muchacho que lo retuvo de su paseo, ya dejó el fútbol después de una brillante carrera que se inició en el club Botafogo.”Todo cumple su ciclo”,dijo Delfino con cierta melancolía. Ya no está con la mujer de largas y finas manos, aunque de aquel tiempo mantiene el sueño de un mundo mejor. Por eso viajó y votó en las pasadas elecciones de Uruguay.







