La revolución de los pequeños gestos en Irán

Saphura critica sin vacilar al gobierno y su particular “obsesión” con las mujeres. “Mi padre me enseñó a ser libre y por eso quiero tener derecho a elegir cómo vivir. No me gusta llevar el velo ni tener que ir toda cubierta, pero no hay alternativa. A nadie le gusta comer algo que no le sienta bien, ¿no? Esto es igual”. A continuación, relatos desde Irán.DSCN3108
Por un mal trago, Saphura recuerda sus primeras vacaciones en Europa con cierta desazón. “Me perdí en una estación de tren en Alemania y no hubo una sola persona que me prestara el móvil para localizar a mi hermano. Di vueltas durante una hora hasta que lo encontré”, cuenta esta iraní de 28 años. Por eso, remarca, no dejaría “por nada del mundo” su vida en Isfahan, ciudad de Irán en la que vive y trabaja. “Aquí, si te encuentras mal o tienes algún problema, nunca vas a sentir esa indiferencia, aunque nadie te conozca”, añade.
Saphuraes ingeniera civil desde hace cuatro años, vive sola, no tiene pareja ni está en sus planes tenerla. Cuando terminó la carrera consiguió trabajo por un sueldo “miserable”, muy inferior al que ofrecían, por el mismo cargo, a un hombre. “Como les pasa a las mujeres en todos los países”, dice. Decidió entonces abrir un negocio con su hermano, una casa de té situada en el corazón del centro turístico de Isfahan, la ciudad más coqueta de Irán.
Allí mismo, sentada a cuatro pasos de la Plaza del Imam y la majestuosa mezquita azul, Saphura, como otras muchas mujeres de esta ciudad, critica sin vacilar al gobierno iraní y su particular “obsesión” con las mujeres. “Mi padre me enseñó a ser libre y por eso quiero tener derecho a elegir cómo vivir.No me gusta llevar el velo ni tener que ir toda cubierta, pero no hay alternativa. A nadie le gusta comer algo que no le sienta bien, ¿no? Esto es igual”, señala.

Jóvenes mujeres en Irán

Jóvenes mujeres en Irán

Las estadísticas muestran que en Irán alrededor del 60 por ciento de sus 78 millones de habitantes tiene menos de 30 años. De modo que Saphura y sus contemporáneos no vivieron los comienzos de la Revolución Islámica de 1979 ni el fervor nacionalista desatado durante la guerra entre Irán e Irak, que terminó en 1988 con un saldo de un millón de muertos. Forman parte de una nueva generación con media o alta formación académica y el espíritu libre que el escritor Ferdosi inmortalizó con maestría en El libro de los Reyes, hace mil años.
“Todos los años peregrino a su tumba para agradecerle lo que hizo por nosotros. Ferdosi es un verdadero héroe”, dice Ali en Teherán, mientras atraviesa la plaza Imam Jomeini, el líder de la revolución que derrocó al último sha de la dinastía Pahlevi en el 79. Justamente, a pocos metros de allí nace una de las principales calles de la capital, que lleva el nombre del venerado escritor. “Ferdosi dedicó la mitad de su vida a rescatar nuestra lengua frente al dominio del árabe y a enseñarnos a ser libres con historias emocionantes. En el libro que tenemos en casa están los rastros de las lágrimas de mis padres, de mis abuelos y también las mías”, agrega este estudiante y lector compulsivo de 23 años.
En el Libro de los Reyes los héroes consuman grandes hazañas; son bravos guerreros, también piadosos y a veces algo torpes. “Hay que arrancarse el miedo del corazón”, dice uno de ellos. Los personajes femeninos sobresalen por su personalidad, actúan con determinación y gallardía. Y por lo que cuenta Ali, sus compañeras de clase siguen esa tendencia, con pequeños gestos cotidianos que desafían las normas religiosas. “Jugamos juntos al fútbol a escondidas, bajo llave, en el gimnasio. De momento no nos han descubierto o si alguien lo sabe no nos ha delatado. Ellas tuvieron la idea e insisten en seguir jugando. Y hasta ahora siempre nos han ganado”, cuenta riendo.
“Es absurdo: las mujeres no pueden ver las piernas desnudas de quienes no son sus maridos, pero las ven. No podemos beber alcohol, pero en las fiestas privadas de Teherán siempre consigues alcohol, en general adulterado, muy malo. El gobierno bloquea Facebook, pero tiene su propia cuenta en Facebook porque sabe que toda la gente joven lo desbloquea. Si me preguntan si soy musulmán diré que sí, pero no lo soy. Hay muchas más restricciones y más transgresiones. Lo importante es que no te descubran”, asegura Ali.

Una mujer con el atavio tradicional de Irán

Una mujer con el atavio tradicional de Irán

Maryam, de 26 años, va un poco más allá. Desde hace mucho tiempo camina por la calle con buena parte de su pelo descubierto, con el velo apenas sujetado por un moño diminuto. Sus labios están pintados de rojo fuerte, contestatario, que con todo es bastante más suave que el fucsia que enciende su melena entre todas las demás. Maryam, que no se define como rebelde, defiende el uso opcional del hiyab o velo, como lo fue hasta 1979, año en que la recién instaurada República Islámica de Irán estableció su obligatoriedad. “Así debería volver a ser”, dice.
Sentada en un restaurante de Isfahan, esta joven habla con soltura en inglés, flanqueada por amigos que discuten animadamente de política y religión. “Claro que me han regañado”, comenta. “La Policía me ha llamado la atención por llevar parte del pelo descubierto, nunca por el color. Les he dicho que es un asunto personal. No ha pasado de eso”. A su lado, Saed, de 25 años, opina que ese “deslizamiento” del velo y el brío de los colores fuertes usados por miles de jóvenes iraníes, son una “forma de protesta” que no tiene marcha atrás. “Las apoyo, ¡por supuesto!, a mí tampoco me gusta que me impongan cosas y menos una religión. Siempre voy a preferir que se construyan universidades en lugar de catedrales o mezquitas”, dice.
Otro comensal de la misma edad, Morteza, acota: “Si hay una revolución, será silenciosa. Paso a paso. A este gobierno no le gustan las protestas masivas”. Los amigos coinciden en que el régimen religioso tendrá que aceptar reformas si quiere mantenerse en el poder. “Hay una fuerte puja entre religión y modernidad. Si eres moderno debes aceptar la igualdad entre hombres y mujeres, y eso va en contra de los intereses religiosos, que siempre juegan a favor del hombre. Para el hombre, esto es el paraíso”, añade Morteza.
En un pueblo situado a 200 km de Shiraz, en el suroeste del país, los ojos de Kourosh se ponen como dos platos cuando ve el dato en su teléfono inteligente: de los 290 legisladores que ocupan el parlamento iraní, solo 9 son mujeres. Se sorprende pero no se espanta. “No es que no se puedan postular, el problema está en que no las conocen”, dice este estudiante de 24 años. Pero de hecho muchas de ellas no llegan a ser candidatas, según comprueba en internet el propio Kourosh ante la insistencia de su hermana Eli, de 18 años. En este sentido, el sistema político iraní también hace zancadillas estratégicas a las mujeres.
Varias voces, de jóvenes y no tan jóvenes, manifestaban que las elecciones legislativas de febrero de 2016 supondrían un “test determinante”, ya que revelarían hasta qué punto las mujeres y los candidatos reformistas alcanzarían llegar al Parlamento iraní, contando a priori con el beneplácito del Consejo de Guardianes, un grupo de veteranos religiosos y juristas que decide quién es elegible y quién no. Por lo pronto, tanto el presidente del país, Hasan Rohani, como miembros de su equipo, manifiestan por estos días que en Irán hay lugar para todas las ideas y que todos son libres de expresarlas. La realidad, sin embargo, no avala sus palabras. “Con Rohani la situación sigue igual, tal vez un poco mejor, pero en general sigue todo igual. Hay activistas por los derechos humanos y políticos opositores que siguen en el exilio o en la cárcel”, dice Shirin, de 28 años, empleada en un banco de Shiraz.
Algo más optimista es Reza, quien hace dos años cumplió su sueño de regresar a Irán, a pesar de lo bien que le iba en Malasia. “Siempre pensé en volver y quiero quedarme aquí”, explica. Videasta, de 34 años, se marchó luego de participar en la llamada Revolución Verde de 2009, reprimida por el gobierno de Mahmud Ahmadineyad (presidente entre 2006 y 2013). Partió motu propio y en el exterior realizó con éxito una serie de monólogos humorísticos que fue seguida por cientos de miles de iraníes. “Nuestro límite está en la política y en la religión. Con esos temas no nos metemos”, explica. Aunque reconoce, eso es relativo.
Los capítulos que dirige y presenta Reza compilan hechos de la vida cotidiana de los iraníes, aparentemente DSCN3189deshilvanados, que han logrado esquivar la censura con un lenguaje que se mueve con destreza entre la ironía y el disparate, sin que en ellos aparezca crítica explícita alguna al gobierno y a sus líderes. “Mientras no te metas directamente con ellos tienes cierto margen de acción”, apunta. Cree además que el país entrará en una nueva etapa con el fin del embargo que aisló a Irán del mundo durante décadas. “Confío en Rohani, el gobierno de Ahmadineyad fue vergonzoso. Espero que los líderes religiosos entiendan que necesitamos más apertura”, dice.
Sin embargo, para una parte de la población y la mayoría del gobierno–es decir, para los políticos hombres-, esa apertura significaría entre otras cosas ceder ante una concepción de la mujer ajena a la sociedad iraní y que llega a través de los canales de comunicación occidentales. “La mujer debe ir cubierta porque así está escrito en el Corán”, arguye Navyd,de 45 años, profesor de inglés en la norteña ciudad de Sari. Está convencido de que el chador, el gran mantón negro que recubre a la mujer de la cabeza a los pies, evita las agresiones sexuales. No son pocos quienes, como Navyd, defienden el código de vestimenta femenino como un asunto de soberanía nacional. “Es una cuestión de fe y de decoro”, sostiene.
Por estos meses, el canal Press TV, que se emite en inglés y es financiado por el gobierno de Irán, promueve desde sus pantallas y por Facebook la campaña ‘I lovethehijab’ (Amo elhiyab) en aras de estimular el uso del velo como prenda asociada a la modestia y a la decencia. El gobierno sale así al cruce de otra campaña lanzada en sentido contrario, el año pasado,en la misma red social vetada por las autoridades: ‘Mystealthyfreedom’ (Mi libertad silenciosa), que reivindica el derecho de la mujer a elegir si llevar o no el velo.
“La igualdad entre hombres y mujeres no es patrimonio de Occidente. Las mujeres somos las personas más instruidas de este país y por eso seremos las protagonistas de la próxima revolución”, comenta Fátima, enfermera de 35 años. Los datos le dan la razón: en Irán, el 65 por ciento del total de la población universitaria son mujeres, índice que convierte al país en la excepción de la región. “El problema está en nuestra cabeza, en cómo pensamos y actuamos, no solo en el hecho de llevar el velo o el chador”, apunta. “Es verdad, no me gusta, y mis sobrinas adolescentes están hartas. Pero en gran medida el velo es un símbolo del machismo que está muy naturalizado entre nosotros. Lo justo es que podamos elegir qué hacer con nuestras vidas”.
Fátima coincide, sin saberlo, con el leitmotiv de la campaña Mi libertad silenciosaem prendida el año pasado por un grupo de mujeres iraníes: “caminar hombro con hombro con quienes creen o no creen en elhiyab, con libertad y dignidad”.Y con alegría y rebeldía, añadiría Ferdosi, el maestro persa que hace mil años animó a los suyos a sacarse el miedo del corazón bajo la premisa de que el universo es mutante. “Uno entra, otro sale y así gira el destino”, escribió Ferdosi.

GABRIEL DÍAZ CAMPANELLA
Nota: Este texto ha sido escrito íntegramente fuera de Irán a partir de conversaciones informales, tras el compromiso asumido por el autor de no realizar actividades periodísticas en el país. Por este motivo los nombres de los interlocutores espontáneos fueron cambiados. Esta crónica fue publicada por el diario El País de Madrid y el semanario Brecha.

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Una segunda vida para Mangala

La ong india The Banyan rescata a mujeres abandonadas en la calle con algún tipo de trastorno mental
En India hay 3.000 psiquiatras para 70 millones de personas que padecen enfermedades como la esquizofrenia
The Banyan desarrolla un programa integral reconocido dentro y fuera del país asiático

 

Los suaves gestos de Mangala se detienen. Entrecruza sus manos sobre la mesa, piensa en silencio, su mirada busca entre los muebles, lápices y carpetas, un momento que su memoria parece haberle escondido. “No. No sé cómo llegué aquí”, dice sigilosamente, casi avergonzada. Y no tarda en añadir un sincero “qué le vamos a hacer”, zanjando el asunto con una sonrisa amable que nos acompañaría durante toda la conversación.
Mangala tiene 46 años y es asistente de enfermería en su ciudad, Chennai (sureste de la India), donde un día fue rescatada por las mujeres que están al frente de la organización no gubernamental The Banyan. Su caso es uno de los tantos que se encuentran bajo este techo, un sólido edificio de tres plantas, que acoge a mujeres pobres, la mayoría abandonadas en las calles, con diferentes enfermedades mentales. Mangala sigue un tratamiento para el trastorno bipolar severo que la apartó de su familia y la tuvo dando tumbos hasta llegar aquí, transformándose con el tiempo en uno de los referentes del programa integral desarrollado por la organización, que durante 16 años ha atendido a 1.500 mujeres.
El nombre The Banyan hace referencia al baniano, un árbol poderoso que crece vigorosamente en tierras tropicales como ésta y es venerado por su sombra protectora y acogedora. Como las ramas de este árbol, las tareas que desempeñan aquí psicólogos, trabajadores sociales, psiquiatras, enfermeros, fisioterapeutas, profesores de yoga o artesanos, están entrelazadas, en el permanente diálogo interdisciplinario que caracteriza a esta ONG. Su alma máter, el centro de tránsito Adaikalam, alberga en estos días a 152 jóvenes, adultas y ancianas, que reciben ropa limpia, tres comidas diarias, una cama, cuidados médicos y participan en distintas actividades a medida que su salud evoluciona. Aquí llegó Mangala como paciente y es donde hoy reside con parte del equipo técnico.
“Quien tiene una enfermedad mental sigue siendo blanco de burlas. La gripe es una enfermedad y sin embargo nadie se burla de una persona con gripe. Mucha gente siente miedo de nosotros y huye por desconocimiento. Otras personas simplemente nos ignoran”, señala Mangala. Cuenta que desde su recuperación ve a sus dos hijos, de 23 y 27 años, una vez al mes. “El mayor está casado pero mi nuera no sabe nada de todo lo que ha pasado”. Por ese motivo, antes de comenzar esta conversación ella misma escogió un nombre ficticio y pidió que no se hicieran fotos. “Si llegase a ser vista, no tomarían en serio mi trabajo”, agrega.
El centro de tránsito Adaikalam es un lugar abierto, no es un hospital psiquiátrico al uso aunque tenga las licencias para serlo. Aquí las mujeres van y vienen del patio a la recepción, de la recepción al gimnasio, del gimnasio al comedor. Unas conversan, otras caminan. Algunas lloran, otras barren o juegan a las cartas. En medio de ese trajín siguen su rutina los administrativos, médicos y cocineros. Reciben además a voluntarios y estudiantes de todo el mundo, porque de un tiempo a esta parte la formación académica es otra de las ramas que ha cobrado fuerza en The Banyan. Sus responsables consideran prioritario profundizar en el conocimiento de estas enfermedades, observar sus múltiples causas y reflexionar sobre el trabajo que realizan de forma autocrítica. Este abordaje de la salud mental ha obtenido, entre otros, el premio ‘Grand Challenges’ otorgado por el gobierno de Canadá.
Leela Philip, una de las responsables de Adaikalam, destaca la importancia de trabajar muy próximos a la comunidad, con actividades de sensibilización e información, manteniendo una línea telefónica abierta y relaciones con otras instituciones gubernamentales o de la sociedad civil. “Nos interesa que la atención mejore tanto para hombres como para mujeres. Pero es cierto que la mujer, sobre todo en nuestra sociedad, es especialmente vulnerable”, explica. “De hecho a muchas de ellas las encontramos semidesnudas, tiradas en la calle, con claras evidencias de haber sido abusadas sexualmente. No sabemos de dónde vienen. Algunas no hablan o no recuerdan su nombre. Tenemos que recomponer su historia para intentar localizar a algún familiar”.
A partir del momento en que auxilian a la mujer en la calle –continúa Philip-, toman contacto con la policía para poder identificarla y si, como ocurre con frecuencia, habla una lengua que no es el hindi o el tamil de Chennai, recurren a la asistencia de diferentes traductores (en India se reconocen 22 idiomas oficiales y cientos de dialectos regionales). Al llegar al centro recibe atención primaria, un plato de comida, un baño y ropa limpia. El siguiente paso es el diagnóstico médico al que le seguirá el tratamiento, acompañado de otras actividades. “Aquí la más joven tiene 19 años y la mayor 90. Una puede sufrir esquizofrenia y otra de trastorno bipolar. Cada caso es distinto al otro”, remarca.
En India, segundo país más poblado del mundo con 1.250 millones de habitantes, se estima que entre 65 y 70 millones de personas viven o sobreviven con algún tipo de enfermedad mental. “Los servicios destinados a la salud mental son en su mayoría inadecuados, tienden a tratar estos trastornos sin tener en cuenta el complejo contexto económico y social. Estas enfermedades están fuertemente ligadas a la pobreza y en India cerca del 70 por ciento de la población vive con menos de 2 dólares al día, mientras que 1.8 millones de personas se encuentran sin techo”, apunta Vandana Gopikumar, fundadora de The Banyan, citando fuentes del Banco Mundial y del gobierno de este país. Asimismo, un artículo firmado por Noopur Desai (portal Urban Poverty Intellecap, 2013) sostiene que en India “hay aproximadamente sólo 3.000 psiquiatras, 30.000 camas para enfermos psiquiátricos y 43 hospitales de salud mental”. Un claro reflejo del estigma que pesa sobre el enfermo, quien termina aislado e ignorado.
Mientras los fogones arden y comienza a notarse el revuelo del comedor, en la terraza varias mujeres cosen a máquina bolsos y carteras, otras confeccionan almohadas o tejen minuciosamente cestos de fibras naturales. Estos son algunos de los productos que se venden en la tienda del centro Adaikalam, permitiéndoles generar su propio ingreso económico. The Banyan ha establecido relaciones con empresas privadas que también ofrecen formación y dan empleo a mujeres que logran estabilizar su salud. Precisamente, toda esta labor es factible gracias al apoyo de esas empresas, fundaciones privadas y ciudadanos, fundamentalmente, y otra parte del gobierno local. En el centro de tránsito trabajan 100 profesionales, pero la organización mantiene también un programa de atención y cuidados médicos dentro y fuera de la ciudad.
Luego de pasar por esta fase de cuidados transitorios, las mujeres pueden reunirse con la familia, en caso de que sea posible. Nadie las obliga ni presiona. En ese sentido, uno de los grandes desafíos ha sido encontrar alternativas para las enfermas que por diferentes motivos no pueden o no quieren regresar con sus familiares. Para estos casos la organización ha desarrollado un programa de Hogares Comunitarios, casas alquiladas donde viven 6 o 7 mujeres que consiguen desenvolverse independientemente. Se reparten las actividades domésticas y trabajan fuera, generalmente en casas de familia, durante media jornada; en el tiempo libre pasean, leen o miran tele. Y continúan sus tratamientos supervisados por psicólogos y trabajadores sociales de The Banyan.
Mangala aprendió su oficio cuidando a otros pacientes, acompañándolos, y observando las tareas cotidianas de los enfermeros, algo que pudo hacer a diario tras decidir quedarse a vivir en el edificio principal. Asegura que ya no tiene tiempo de leer biografías, una de sus pasiones. “Llego muy cansada y me duermo enseguida. Solía leer todos los periódicos y los libros que me traían mis hijos, pero ahora me falta tiempo”, comenta. Se la ve contenta con lo que hace, irradia confianza y generosidad. “En los primeros meses no tenía la menor idea de cómo lidiar con la vida. Aquí encontré una segunda oportunidad, una segunda vida. Es la mayor recompensa que cualquiera de nosotras puede tener”, concluye.
Gabriel Díaz – Chennai (India)

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La anunciación

Le había dicho al padre Paco que yo no quería ser el ángel de la anunciación. Se lo supliqué porque le tenía pavor a la pila bautismal desde donde cumplía mi rol celestial. En ese momento, siendo tan pequeño, no sabía que sufría de

Sobre el autor: Gabriel Díaz Campanella es salteño y dio sus primeros pasos periodísticos en EL PUEBLO. Esta serie de crónicas y reportajes que compartiremos con ustedes han sido publicadas en Brecha (Uruguay), El País y El diario (España), La Jornada (México), Página 12 (Argentina), entre otros.

Sobre el autor: Gabriel Díaz Campanella es salteño y dio sus primeros pasos periodísticos en EL PUEBLO. Esta serie de crónicas y reportajes que compartiremos con ustedes han sido publicadas en Brecha (Uruguay), El País y El diario (España), La Jornada (México), Página 12 (Argentina), entre otros.

vértigo. Pero cuando el padre Paco decía: “ahí te quedas”, no había elección. Aquel cura gallego era implacable, de los que te daba la mano y te estrujaba el cuerpo entero. Lo que Paco ordenaba era mandato santo, de modo que mi carácter blandengue ni se planteaba contradecirlo.

Llevar por nombre Gabriel me condujo naturalmente a representar al ángel de la anunciación en el pesebre viviente de la parroquia durante años, cargando con aquellas alas pesadas y el sufrimiento que me provocaba la altura. Inmovilizado, permanecía durante horas con los brazos en alto, anunciando a María virgen que estaba embarazada, mientras la susodicha estaba con el bebe en brazos a pocos metros. ¿Qué hacía yo anunciando lo que ya había ocurrido? Nadie me lo explicó; pero la secuencia, definitivamente, no se entendía.
Dar buenas nuevas es lo que más gozo me produce. No se trataba de no querer ser el mensajero. Pero allá arriba no, estático menos y con aquellas alas espantosas sujetadas por unos alambres que me dejaban sin respiración, menos que menos. Era un espectáculo patético, no me creía ni sentía el papel de arcángel y menos con la virgen habiendo ya parido, comodísima, sentada y sonriente. De cara de parto, nada. Además ya corría el rumor entre mis compañeros más avispados que aquello del espíritu santo no podía ser cierto. Tendríamos unos ocho años.
Rumores aparte, yo sólo miraba un punto fijo para no marearme y rodar por las escaleras del altar. Sí, lo recuerdo bien. Allí estaba la emperifollada señora del hotel más chic de Salto convencida de que cantaba como la Callas. Ella me distraía. El vecino, que como un péndulo avanzaba borracho, también me sacaba de quicio. Mis abuelos, mirándome con compasión. Y mis hermanas, tentadas de risa. Qué les voy a contar. Mantenerme sobre mis pies haciendo gestos de buenas nuevas, era francamente complicado.
Un día dije basta, a mi manera, pasando apenas el metro y algo de altura. Expliqué a mis padres que no quería ser más arcángel en aquellas largas noches estivales. Y que me daba igual el sermón del padre Paco, porque después de todo aquello era un colegio y no un cuartel. Les pregunté a mi manera que cómo se les había ocurrido ponerme ese nombre de tan difícil pronunciación y con una carga bíblica tan comprometedora. Respuesta: “Te lo pusimos por Gabriel Condorcanqui, un líder indígena rebelde a quien llamaban Tupac Amarú”. Así pues, Tupac Amarú sería por fin quien forjaría mi desvinculación con el arcángel.
Sin embargo, la revelación de mis padres no mejoraría las cosas. Indagué un poco más y supe que el pobre Tupac había muerto después de que intentaran descuartizarlo con los brazos y las piernas atados a caballos. Desconcertado, no sabía con qué historia quedarme, si con los cinco minutos de gloria del ángel –eternos para mí- o el héroe
rebelde brutalmente asesinado… En buena hora me fui a enterar yo de aquella linda noticia. Una tan celestial y la otra tan dramática y terrenal. “Pobre gurí”, dijo mi abuelo.
Por cierto, fue en ese tiempo que mi abuelo me regaló un caballo. Era tostado, estilizado y altivo como monumento ecuestre. Pero era tuerto. Con todo, me marché al campo en diciembre para evitar el pesebre viviente y montar en el tostado tuerto. “Andá con cuidado”, me advirtió el tío Jorge, “porque este tostado es medio porfiado”. Me monté seguro y le susurré: “vamos tostadito tuerto, vamos Tuertito”, buscando su complicidad y amistad eterna.
Cabalgamos juntos por la llanura salteña alternando montes, tajamares y pastizales. Las vacas nos observaban con su mirada lerda de siempre y las mulitas despejaban el galope de aquel monumental animal mirándonos de reojo, escabulléndose en sus guaridas subterráneas. Pero una liebre, temerosa de ver aproximarse al peor de sus destinos, se asustó. Y dio brincos sin tregua. Y el Tuerto se enfadó. Comenzó entonces un galope desenfrenado, un galope de caballo loco y sin rumbo cierto. Tiré de las riendas hasta darme por vencido y esperé que el Tuerto se detuviera por cansancio.
Cuando pude reaccionar, mi cara estaba impregnada de pedregullo, me dolían todos los huesos y sentía que mis pies se habían paralizado. Del otro lado del alambrado, el Tuerto me miraba con su ojo sano, sin gesto alguno de arrepentimiento. En efecto, era un caballo loco y desconsiderado. Y por suerte, al cabo de poco tiempo mis tíos me rescataron. Maltrecho y a grito pelado me llevaron retorcido por el dolor en mis pies. Llegué a la casa y vi que tenía dos frentes, pero los tíos sabios me hicieron unos gualichos montaraces y el dolor de mis pies se calmó y la frente se deshinchó.
Con un calor infernal, al año siguiente estaba yo aguantando la respiración, con las alas pesadas sobre la pila bautismal, anunciando la llegada del niño Dios. De esa época me viene la fobia a los pesebres vivientes, mi respeto por los caballos tuertos y mi muy poca simpatía hacia los adultos que dan por hecho que los niños no son capaces de opinar, de decir que sí o no, a desobedecer sin mayor explicación. Porque a veces desobedecer también es divino.
Gabriel Díaz

 

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