El regreso al barrio

Todavía me acuerdo del olor a humo del mediotanque, de la cantina con pizzas y tortas, y de la gurisada que como yo, jugábamos todo el rato, parando solamente para mirar con atención y admiración a los conjuntos que desplegaban sobre el escenario toda su actuación colorida, esforzada, folclórica y romántica.
Promediaba el año 87 y yo apenas llegaba a los 8 años, pero mi barrio de entonces se vestía de fiesta y yo me colaba como un niño más entre la muchedumbre, donde había muchos padres con hijos, muchos hijos solos y muchos abuelos y vecinos que llevaban la plegable para sentarse cerca de aquel escenario que se erigía como el lugar de convocatoria.
Eran los primeros tablados que vivía Salto y cuento con orgullo que fui parte de esa eclosión que hoy pasó a ser historia. En Huracán, donde crecí con alegría y entre amigos que muchos aún siguen hasta hoy, estaba el tablado “No me Pinchen el Globo”, en referencia al club del barrio. Ese lugar donde estaba el precario escenario, hoy ya no existe porque hay casas construidas.
Pero en aquel momento los tablones largos sobre tanques de 200 litros, una escenografía pintada a mano y las luces de colores prendidas todo el tiempo, con parlantes de caja cuadrada y tantos micrófonos como se pudieran colocar, quizás no los necesarios, vestían de gala aquel lugar que nos homenajeaba a todos los lugareños y nos comprometía a asistir, darle apoyo y acompañar el desarrollo de una fiesta vacanal, como las que ya no vienen.
Hacía tanto calor como ahora, pero se disfrutaba más y se quejaba menos, capaz porque no teníamos tanto aire acondicionado, ya que los aparatos cuadrados con fuerte ruido a motor eran inaccesibles para la clase media media y media baja, como no lo son ahora los split, que con pocos pesos y a pura cuota, te alivian del calor.
Mi madre estaba tranquila porque estábamos a media cuadra. Antes no era como ahora, que esa distancia podía significar muchas cosas para que un niño anduviera solo. Allí estaban todos los de siempre, a esos que veías a toda hora en el barrio haciendo los mandados y contando cómo se había vivido la fiesta en el tablado la noche anterior.
Era carnaval y todos estábamos de fiesta, los vecinos de todas las clases sociales y posibilidades económicas. Los que tenían un buen pasar y los que la peleaban para llegar a fin de mes. La murga de pibes era infaltable, no me olvido más cuando mis amigos se subieron al escenario con unos sombreros a los que les colgaba un globito de color y justo ese nombre era el que había servido de denominación para el conjunto infantil que habían conformado, murga “El Globito”.
El hecho de que ahora vuelvan los tablados a los barrios y que el carnaval esté buscando un retorno a las raíces, después de explorar mejorar los espectáculos y proponer tanto esteticismo que terminó alejando a los conjuntos de las esquinas, es algo positivo porque determina que lo que realmente importa, es el contacto con el público que quiere escuchar de las agrupaciones carnavalescas, el descontento o la desazón que sienten por distintos motivos y la alegría y el humor que tanto bien nos hace y nos hace ver las cosas de otra manera, pero sobre todo nos ayuda a reírnos de nosotros mismos.
Todo esto, hace a la libertad y a la expresión de una cultura propia de nuestra sociedad, que rescata la identidad uruguaya en sus raíces más profundas. Esa mezcla artística de ritmos, letras y canciones, liberan la manera del sentir uruguayo y es ahí donde nos encontramos todos, donde despertamos nuestro gusto por las cosas que son bien de acá, por lo que nos identifica, lo que nos da lugar y espacio. Cantarle al barrio, reconocer a sus figuras y personalidades, destacar lo que todos lo días decimos entredientes, recitar nuestros males y evocar nuestras alegrías, cosas de todos los días que nos generan sensaciones únicas y propias.
Por eso, es que uno siempre se acuerda cuál fue el primer tablado al que fue, cuáles eran los conjuntos que se veían arriba del escenario, incluso a qué le cantaban y por lo tanto, haciendo retrospectiva, acordándose de cuáles eran las necesidades de entonces, que hacía que los integrantes de la murga les recordaran las verdades a la cara.
Cómo no acordarse de aquella Falta La Papa del año 87, con los sombreros que tenían un sol en la frente como renacer y volver a empezar, la Punto y Coma del Marciano y el Felipe que tanto bien nos hizo, La Sureña y su canto a los colores rojo y negro de su barrio Lazareto, Los Presidiarios con sus recuerdos de entonces, emulando la censura a la que muchos habían sido sometidos vistiéndose con aquel traje a rayas, la comparsa La Estrella que ya andaba sobre los escenarios, los cantores populares, las rifas de las pizzas y las tortas para poder juntar dinero y pagarle a los conjuntos, y cubrir los costos del tablado al que había que encenderlo casi en forma mágica cada noche, eran un montón de recuerdos juntos que generan romance, folclore, pasión e identidad.
Entonces, con todo esto, cómo no pedirle a un gobierno que financie con todos los recursos a su alcance a estos bastiones de la cultura popular y de la identidad bien uruguaya, que calan hondo en los distintos barrios de Salto, como son los tablados.
El otro día vimos cómo en Montevideo se juntó el gobierno, los manejadores de los espectáculos y otras yerbas como son los hermanos Espert, de los cuales no hablaremos específicamente ahora y el empresario del ómnibus, amigo del presidente y hermano masón de Vázquez, Juan Salgado, quien puso de sí lo que tenía.
Acá se puede hacer lo mismo y la Intendencia, ASAC, la Comisión de Carnaval que para ser el primer año que se dispone a organizar esto por ahora tiene el apoyo de la gente, tienen el deber, la obligación moral y cultural de promover que el carnaval vuelva a los barrios, vuelva a la gente y a regrese a cada hogar.
¿Por qué? Porque un carnaval en un barrio junta, agrupa a los más distantes, reencuentra a los vecinos de todos los días y en cierta medida los ayuda a organizarse, a ver las cosas de otra forma y a sentir que todos juntos cinchando por el barrio, pueden lograr cualquier cosa, y el carnaval en forma de tablado, es una manera de hacerlo posible.

HUGO LEMOS

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Hablemos bien de nuestra casa

Enero se está haciendo ver con las altas temperaturas que irradia para hacer saber que el calor está instalado, ya que estamos en verano por más que su vida y la mía, sigan con la misma rutina que en diciembre.
Cuando este calor nos impacta con fuerza me acuerdo de un compañero que tuve en un curso que hice el año pasado foto columna hugoen Montevideo, cuando al preguntarle en qué zona de la capital vivía me dijo “yo vivo pasando avenida Italia, lejos de la playa”. Y ahí le respondí: “no, yo vivo lejos de la playa que estoy en Salto, a 500 kilómetros de todo lo que sea agua, arena y sol”. Sobre todo en esta época donde el calor quema y la ciudad queda aislada de esa temporada de la que sentimos hablar por televisión, donde dicen que todo brilla y que es “muy buena” por la cantidad de gente que convoca y por la vida que le da a Uruguay.
¿A Uruguay? Querrán decir a esa pequeña franja del país que está ubicada entre Montevideo y Rocha, que son aproximadamente 350 kilómetros de largo y no mucho hacia adentro. En este país hay uruguayos privilegiados, de eso no hay dudas. Son miles los que viven en zonas totalmente privilegiadas por las bondades naturales que las circundan todo el año y que en verano generan además ese plus de tener un verano soportable y entretenido.
Aunque más allá de esto, Salto, a pesar de estar atravesando por los vestigios de la peor inundación en su historia por la magnitud de los daños causados, los que sin lugar a dudas son muy superiores a los que causó la creciente del 59, porque en aquella época esta ciudad no tenía el desarrollo demográfico y estructural actual, vestigios que traen incluida la supresión de las playas, el parque del Lago y todo lo que se parezca a naturaleza, río y costanera, la ciudad sigue teniendo su encanto.
Hay espacios que son disfrutables como los parques y la zona portuaria ahora que bajó el río, y sin dudas que los centros termales son dos perlitas que tenemos para disfrutar. Sobre todo en esta época, las termas del Arapey, donde el campo abierto y el monte natural circundante a orillas del río que le da nombre a toda esa zona, juegan su partido.
Sin lugar a dudas que las termas del Daymán tienen un gran atractivo para los visitantes y sobre todo para nosotros, los que vivimos acá y queremos pasar un rato en algo que sea bien de acá, porque además de su complejo termal y los derivados que tiene al lado, como el caso del spa termal, las termas privadas y las piscinas de la Posta del Daymán, o el parque acuático Acuamanía, vaya publicidad gratis solo por hoy, el lugar cuenta con una serie de comercios y servicios hoteleros y gastronómicos que se destacan por sí solos, sin necesidad de un agregado especial.
En ese aspecto, Salto no está tan mal beneficiado en la torta que repartió la naturaleza y en la mano del hombre que intervino después, para que el verano se haga disfrutable en estas huestes. Y lo escribo, porque al igual que yo, mientras lea esto usted estará con las gotas de sudor en la frente o de lo contrario tiene un aire acondicionado cerca, para soportar las altas temperaturas que nos mandaron, porque la naturaleza seguro pensó: bueno ya pasaron por todos los líos habidos y por haber este 2015, Intendencia fundida, protestas, choques políticos, violencia doméstica por las nubes, accidentes espantosos, inundaciones como nunca antes, dengue, chikungunya, leishmaniasis, riesgo de leptospirosis, basurales, pozos, a ver, qué más. Ah, sí, calor, mucho calor. Y es como si los salteños nos hubiéramos portado tan mal, que nos mandaron todos los males para acá y para peor todos juntos en un lapso de 6 meses.
Pero no se asuste, porque por ahora venimos zafando de terremotos, tsunamis (porque el río acá por suerte no hace olas) y pestes de otra índole, porque faltaba más que encima nos cayera un enjambre de langostas o algo parecido como en el Antiguo Testamento y estamos completos.
Ya que estamos metiendo cosas positivas, un paseo recomendable son los pueblos del interior, sobre todo por el viaje que puede hacerse por la Ruta 31, donde hay tramos en los que la vista es impactante por la altura de las penillanuras (como nos enseñaban a decir en la escuela) y muestran una imagen de tierra adentro como pocas veces podemos observar de nuestra tierra.
Salto tiene mucho calor, no tiene playas, está atravesando por una coyuntura compleja, pero no es un caos, ni tampoco está en ruinas, es un lugar visitable y a las pruebas me remito, hay un importante número de visitantes argentinos y de uruguayos del sur que han sido vistos por el centro de la ciudad en las últimas horas, sufriendo o gozando del calor salteño, depende de lo que hayan tenido previsto, que asombra por la valentía de venirse de tan lejos a pasar mucho calor sin playas en pleno verano, pero que genera algo lindo ver cómo hay gente que le gusta lo que ve, que valora lo que hay, que disfruta de estar acá y nosotros, en vez de quejarnos tanto, podemos tomar ese ejemplo y disfrutar al igual que ellos de lo que hay en este lugar.
Por eso, en este momento donde en los últimos tiempos venimos siendo noticia en todo el país y a nivel internacional, donde han llegado como nunca antes los grandes medios como El País de Madrid, la agencia EFE, AFP o la CNN, que pasaron como nunca por Salto, pero para anunciar todas las cosas negativas que han estado pasando, queremos quebrar una lanza para decir que no todo está perdido y que lejos de ser un lugar derruido, prácticamente invisitable, lejos del ruido esteño y la movida del jet set que se instala en el departamento de Maldonado específicamente y en el resto de la costa esteña y sureña por esta temporada, sabemos que este lugar tiene los suyo y que puede convocar a mucha gente.
En ese sentido, les decimos a todos que disfruten el calor que estamos atravesando porque es parte de las características que tiene nuestro verano y que lejos de lamentar todo lo que vean y no les gusta, hablen bien de esta tierra porque en definitiva, Salto es nuestro hogar y de nuestra casa, mal no se puede hablar.

Hugo Lemos

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Más que un pedido de disculpas

Las cosas pasan por algo y no por casualidad, incluso en los lugares menos pensados. Por eso escribir esta nota bajo el título “El Frente en su laberinto”, no tiene mucha gracia porque todos saben que esto, dadas las circunstancias de los últimos tiempos, es así.
El déficit de ANCAP es una realidad y lejos de querer meter el dedo en la llaga, las verdades hay que decirlas. Ayer leía en el homenaje que hace el semanario Brecha en sus 30 años de existencia, al excelente periodista y analista, ya fallecido, Guillermo Waksman, con lo que le escribió otro grande del periodismo escrito nacional, Daniel Gatti, éste decía: “en esos días en que la tristeza por su muerte había inundado la redacción de la calle Uruguay (Brecha queda en Uruguay y Andes en el centro de Montevideo), a Guillermo ‘le dolía últimamente que en la izquierda pesara más la voluntad de alineamiento que el pensamiento crítico’”.
Entonces esas cosas son las que determinaron que lo ocurrido en el ente petrolero estatal, que dejó un déficit durante los últimos años acumulado de muchísimos millones de dólares y cuya capitalización por parte del Estado, o podría decirse el salvataje que se le dio, es de un monto que irritó a todo el país, ya que es similar a lo que saldría la construcción de 20 mil viviendas, que generarían un alivio en la falta de soluciones habitacionales que tiene nuestra población.
Pero lo peor de todo esto no pasa por si el déficit de Ancap es real, por si hay culpa de los directores de los últimos años y principalmente del actual vicepresidente, Raúl Sendic, en todo esto, donde según los balances que se hicieron públicos en el parlamento durante su gestión al frente de esa empresa estatal, los millones se perdían a rolete. Y no voy a dar la discusión de si la capitalización es buena, cosa que creo que es necesaria, aunque creo mal que se tenga que llegar a ese estado, donde los sindicatos de todos los sectores de la actividad pelearon por conseguir algún pesito más para incrementar los magros salarios que tienen los trabajadores públicos como los de la enseñanza, la salud, el INAU o las Fuerzas Armadas, por poner algunos ejemplos, y terminamos dándole casi 1.000 millones de dólares a una empresa pública porque no pudo ser gestionada correctamente.
Lo que acá importa es la actitud que están asumiendo nuestros gobernantes con esta situación y dentro del Frente Amplio, el partido fundado como la fuerza política que impulsaba la libertad de sus integrantes para hacer y decir lo que quisieran y como quisieran, el partido político del espíritu crítico de sus integrantes, pero sobre todo, el de la lealtad y fraternidad entre sus dirigentes y el de la honestidad de sus principales actores, parece ser que ahora se pelea con acciones que no son más que un pase de facturas y que a nuestro juicio, no deberían darse.
Cuando el gobierno asume el error de lo que pasó con Ancap y se pone dispuesto a subsanarlo a nivel institucional, a nivel partidario comenzaron los revanchismos que nada bien le hacen al futuro de la izquierda, que más que nunca está siendo mirada con lupa por la población y alimenta como no lo hizo en 10 años, a una oposición que se frota las manos porque las cosas sigan siendo de esa manera a la interna de la coalición de izquierdas y no haya paz entre Daniel Martínez y Raúl Sendic, seguramente los futuros precandidatos a la presidencia en la interna del 2019.
Cuando el principal asesor y operador político del actual ministro de Economía, Danilo Astori, el periodista Esteban Valenti, sale en una editorial escrito en su portal “uypress.com” a pedir “disculpas” como frenteamplista y a matar políticamente al vicepresidente Sendic, diciendo que “habían puesto a gente que no sabía ni manejar un kiosco, pero lo pusimos porque eran nuestros”, no era otra cosa que una operación de Astori para capitalizar el caso de Ancap. Pero no capitalizando el caso aportando los cientos de millones de dólares que debió autorizar como ministro de Economía, sino capitalizándolo políticamente.
Valenti sabía muy bien que su editorial no era un pedido de “disculpas” al pueblo uruguayo como frenteamplista por lo sucedido con Ancap, sino que era una operación para darle con un caño a Sendic y comenzar a bajarle todas las aspiraciones políticas y presidenciales, al actual vicepresidente y expresidente de esa empresa pública que tiene el apoyo de José “Pepe” Mujica, hombre nada querido por el astorismo y por el propio Astori que le acaba de mostrar su cariño, enviando algunas cartas nada felices sobre lo que pensaba de la persona del expresidente justo a la prensa.
Valenti no salió a pedir perdón, no es bobo, sabía muy bien lo que hacía y el impacto que tendría su carta, pero igual le dio para adelante y lo mandó al frente a Sendic. Antes, el semanario Búsqueda había publicado que senadores del Frente Líber Seregni (FLS) eran los que habían nutrido de información al Partido Nacional cuando estaban en la investigadora por Ancap. Lo más grave no fue la publicación realizada, sino que lo grave fue que nadie saliera a desmentir esa información.
Comparto, como pocas veces, la editorial de la revista Caras y Caretas, cuando su director, Alberto Grille, reflexiona que si Claudio Paolillo (excelente periodista y director del semanario Búsqueda) “no sale a desmentir esa información y si el propio FLS no dice ni una palabra al respecto, el que calla otorga, por lo tanto esa información es veraz”, señala Grille.
Este tipo de cosas son las que generan la mayor polémica, no tanto si Ancap está desfinanciada o no, que todos sabemos que lo está. Pero en este caso la discusión no pasa por si está bien que el gobierno ponga dinero para capitalizarla, lo que no quiere decir que esté de acuerdo con esto, sino que lo preocupante es esa operación política detrás de los sórdidos pedidos de disculpas de Valenti, de la presunta filtración de información por parte de senadores del astorismo hacia los blancos para que digan cosas de Ancap que quizás no se hubieran enterado nunca y de la manera de operar hacia la interna que se tuvo, porque desnuda los tejes y manejes de un poder que quiere seguir siendo y que pasa a mostrarse tal cual es.
Astori le pasa factura con esto a Mujica, porque el expresidente permitió la caída de su equipo económico con el tema Pluna, y si Mujica hizo caer al delfín de Astori que era Fernando Lorenzo por 14 millones de dólares, él no se la iba a perdonar a su hijo político que es Sendic, cuando había una discusión arriba de la mesa por cientos de millones de dólares. Entonces la pregunta surge: Astori ¿cobró revancha? A mí me quedan dudas, pero por el bien de mi país y de quienes dirigen el gobierno, que es el de todos los uruguayos, no me gustaría que así fueran las cosas. Porque en ese caso, nos deben mucho más que disculpas.

HUGO LEMOS

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Dejemos de ser los padecientes

Llegamos a los últimos días del año, el que generó muchos cambios, provocó la caída de algunos que nunca pensaban que les llegaría la hora y la subida de otros que por el momento tienen la oportunidad de hacer las cosas bien, pero saben que cuando llegue la hora serán juzgados con la misma vara y tendrán que atenerse indefectiblemente a las consecuencias.
Pero más allá de esto, que es lo que siempre evaluamos cuando damos vuelta la página de un almanaque, cosa que nunca hago porque odio los almanaques, me parecen aburridos y estresantes, porque con todo el bombardeo de información que tenemos, donde pasamos hiperconectados con los súper teléfonos celulares a los que se accede por monedas hoy en día, quién anda con un almanaque de papel mirando el día y el mes en el que vivimos. Es como las páginas de atrás de las agendas, ya nadie anota los números de teléfonos con birome, antes nos dábamos el trabajo de hacer nuestra propia agenda telefónica en las hojas señaladas con las letras del abecedario de las agendas, pero ahora todo está en el celular, que tiene mucho de celular y de teléfono poco y nada.
En ese sentido, cuando vemos a nuestro alrededor todo lo que está pasando con la creciente “más importante de los últimos 40 años” nos pone la piel de gallina, porque quienes vivimos muchas crecientes y todavía no llegamos a los 40 años de edad, nos indica que siempre puede haber algo peor, o por el contrario, si fuésemos fatalistas, puede traducirse como que lo peor está por venir.
Entonces la situación pasa de preocupante a alarmante, porque tenemos que tener en cuenta que no podemos ser meros espectadores de nuestra frágil realidad. Hay una situación allá afuera que se vuelve bien compleja ya que lo que está haciendo es apabullarnos con el poder de destrucción que tiene la naturaleza, de la que nadie se hace cargo y de la que todos nos tenemos que dejar hacer lo que ella quiera que se haga, porque en definitiva, primero le damos con todo destruyendo el medio ambiente, echando humo con los automóviles, con las chimeneas de las fábricas, hasta con las que expiden los desodorantes, los cigarrillos y los hornos de ladrillos, contaminamos todo con cada papelito que en vez de guardarlo en el bolsillo lo dejamos caer al suelo, total, no es nuestra casa (porque somos tan desamorados por todo, que pensamos que la ciudad en la que crecimos y vivimos no es nuestra casa) y alguien lo va a levantar.
¿Y saben quién es la única que levanta toda la basura que dejamos caer y se aspira todo el humo podrido y los gases tóxicos que le tiramos al aire?, la madre naturaleza, que después nos los devuelve en tormentas como éstas. Donde llueve intensamente durante semanas en un lugar donde el río no tenía otra dirección en la que correr, que no fuera hacia acá y así estamos, todos inundados. Con las casas con el agua al techo, con gente que ha perdido lo que tenía, con problemas sanitarios al borde de cada pie de gurí chico que pisa el agua y chapotea en ella como si fuese una piscina natural que se formó entre calle y calle, donde el agua está verde y sucia de estar estancada en las calles que ya estaban muy sucias y que lo que pueden traer son terribles enfermedades a quienes se zambullan en ella.
Aunque mientras las autoridades trabajan las 24 horas para atender los reclamos y las necesidades de la gente damnificada por la situación, que si bien en primer lugar son los inundados, en segundo lugar somos todos los demás que debemos alterar nuestras vidas para modificar nuestra manera de trasladarnos porque el agua cortó las calles del barrio y trajo además de mal olor, basura y muchos mosquitos, pero entre ellos, hay quienes se dedican a decir públicamente que no hay riesgo sanitario entre las zonas afectadas, como si estuvieran esperando que alguien se enfermara para decretarlo. Es como decir que en Salto no había problemas con el río hasta que no sacara gente afuera, entonces cuando la sacó, recién ahí tomamos conciencia de que tenemos problemas con el río y que debemos buscar soluciones de fondo y no coyunturales.
A la señora que se dedica al tema de la salud, hay que decirle que el riesgo sanitario está latente porque el agua está estancada, está verde de mugre y de bacterias, y lo peor es que hay gente que se baña en ella como si no pasara nada, porque nadie les dice que no lo hagan, por un riesgo a su salud. Entonces si ya tenemos refugios llenos de gente, no queremos ahora hospitales llenos, porque eso solamente agravaría el problema.
El tema es que la ciudad está padeciendo y nosotros, los salteños estamos siendo los padecientes. Porque a los problemas que ya mencionamos, como el caso de estar viviendo la peor inundación de las últimas cuatro décadas, le sumamos las calles que están todas intransitables y en estado de emergencia, más allá de que todos sabemos que Lima recibió una Intendencia desmantelada y hecha un puzzle a la cual le dijeron que la armara si podía, la situación sigue cada vez peor y las cosas se ponen feas para todos los que habitamos en ella. A esto, el intendente lo sabe y él mismo ha repetido hasta el cansancio “a Salto hay que hacerlo de vuelta”, pero necesitamos ayuda para poder resolver este problema porque de lo contrario nos costará el doble poder superarlo.
Y es ahí cuando la gente entra a jugar su partido, es allí cuando todos los que estamos reclamándole a los poderes públicos su acción, podemos hacer algo y eso es contribuir mejorando la calidad de vida de nosotros mismos. ¿Cómo lo hacemos? Manteniendo el orden en el tránsito, en la limpieza, en el control de que los servicios públicos se cumplan, generando una movida propia para poder aportarnos a nosotros mismos, para dejar de padecer las cosas malas que estamos padeciendo, como si estuviéramos esperando un médico que nunca va a llegar, y comenzar a hacer algo para que alguien nos atienda y poder curarnos.
Nosotros mismos tenemos la llave de nuestro destino, del futuro que queremos para nosotros como individuos y como comunidad, entonces cuando estas cosas malas nos pasan, tenemos que ayudar, remangarnos la camisa y ponernos a trabajar aportando con nuestra acción, colaborando, no solo con donaciones, entregando una caja de ropa o comestibles que son bienvenidas, sino con una actitud proactiva para ayudar a mejorar las malas condiciones por las que estamos atravesando.
Salto nos necesita, nosotros queremos que la realidad cambie, entonces juntemos nuestras ganas de hacer cosas para ver la otra cara de la moneda y logremos los cometidos que todos sabemos que podemos lograr. Más allá de todo, deseamos un Feliz 2016 para todos y anhelo que celebremos ayudando a tener una sociedad más próspera y un lugar mejor donde vivir.

HUGO LEMOS

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Una semana diferente

Entramos a vivir una semana donde el ánimo es diferente, el espíritu con el que vamos a trabajar por las mañanas y con el que desarrollamos las tareas serán distintos y la esperanza por tener una buena semana donde estemos principalmente en paz con nosotros mismos y podamos convivir así con el resto, es algo que nos late todo el tiempo. Porque queremos estar tranquilos, sin problemas, sin agobios y sin el estrés que nos acompaña por lo general cada día y todo el año.
Recuerdo que cuando era niño veía la Navidad con ilusión, con alegría y con mucho entusiasmo. Claro, era un niño sin responsabilidades y no me ocupaba de hacer que la cosa ande, solamente me divertía y esperaba como el resto de mis congéneres, que llegara la hora de la diversión, del encuentro con los seres queridos y sobre todas las cosas, esperaba el abrazo de mi madre, deseándome una Feliz Navidad. Después de eso, vivía el resto de las jornadas con el manto de ilusiones y esperanzas que nos dan los sueños de la niñez.
Si bien hay un montón de temas importantes para hablar en esta columna, creo que estamos viviendo una semana donde no dejamos de lado los hechos destacados, no hacemos caso omiso a la realidad que nos circunda, pero sabemos que las horas que estamos atravesando son cruciales para vivir momentos de paz, armonía, buscando equilibrio emocional y hacer una retrospectiva de lo que hemos pasado para llegar hasta acá.
Más allá de las creencias religiosas que tengamos cada uno de nosotros, la Navidad tiene un solo significado para cada uno y es el compartir ese momento con nuestros seres queridos, con los que nosotros elijamos que sean, con nuestra familia, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, con los vecinos, es decir, con quienes nosotros pensemos que son las personas indicadas para que pasemos junto a ellos momentos de alegría, paz y celebrando el estar vivos, el estar sanos, el poder compartir nuestra presencia, nuestra risa, nuestras palabras, nuestros sentimientos más profundos, recordando incluso a esas personas cuya presencia física no la tenemos, pero sí nos late su recuerdo en cada momento y que sabemos que algún día volveremos a encontrarnos, creo que de eso se trata y no de otra cosa.
Está muy bien el hecho de que en el mundo existe un significado comercial de todo esto, porque el capitalismo debe transformar cada creencia en una celebración y esa celebración la debe poner en clave de fiesta, para que la gente se sintonice con eso, se contagie de alegría y quiera comprar lo que el mercado le ponga delante, lo que la publicidad le haga entrar por los ojos y quizás no vea que hay otras cosas que nos ayuden a ver mejor las cosas.
Las personas tienen distintas necesidades. Pero hay un denominador común que es la paz y alegría que todos queremos sentir en esa noche especial que se nos avecina y que solamente es una muestra de cuán felices podemos ser si estamos todos juntos, si nos respetamos, si nos valoramos y si nos toleramos en cada jornada.
Sin embargo, Salto está viviendo horas difíciles, sus costas están inundadas por una crecida que no da tregua y viene con mucha fuerza porque los fenómenos climáticos no esperan y arrasan con lo que tienen que arrasar. Así es que es ayer muchas más gentes se vieron afectadas por la crecida del río Uruguay y tendrá que pasar por estos días, con sus casas bajo agua, con la poca ayuda que puedan recibir del Estado, viviendo en grandes campamentos a la intemperie o en algunos casos bajo techo, pero lejos de sus hogares, de sus rincones, comiendo lo que les den y vistiendo lo que les haya quedado.
En muchos casos, hay niños pequeños que no entienden nada de lo que está pasando y festejan felices con los más grandes el día a día, y eso se vuelve parte del alimento diario que los mayores necesitan para poder seguir adelante y superar estos momentos de angustia, donde se quedan sin casa y no les es fácil irse a otro lado, donde vivan al menos sin estas preocupaciones de verse perjudicados por la subida del río y deban abandonar sus casas, algo que en Salto se reitera cada cuatro o cinco años.
Además, la ciudad no está en buenas condiciones y esas cosas apenan a los lugareños, que no queremos ver el lugar donde vivimos de esta manera. Más allá de que la responsabilidad de ese mal estado proviene de muchos años atrás de abandono del cuidado de la ciudad, el tema ahora es poder resolverlo cuanto antes y más que de un puñado de hombres y mujeres que están en el gobierno, la responsabilidad de lograrlo también es nuestra, la de los ciudadanos que vivimos en estas tierras, que somos los que debemos cuidar cada rincón del lugar donde vivimos.
Porque creo que eso es valorar las cosas que tenemos, los espacios donde deambulamos y la vida que llevamos. Y si en vez de esto no mantenemos una conducta adecuada, lo único que vamos a generar es más caos y suciedad, en una ciudad que supo ser el orgullo de todos los que vivimos en ella, hayamos nacido o no acá, pero que ahora es símbolo de suciedad, desprolijidad y mal estado.
Es por eso que en esta semana que comienza debemos pensar qué podemos hacer para aportar, para contribuir a que las cosas sean diferentes, a que todo sea nuevo, distinto y posible. Todo en la medida de nuestras posibilidades.
Debemos valorar lo que tenemos, luchar por lo que queremos y ser implacables con nosotros mismos en las exigencias que nos autoimponemos para superarnos en la vida, pero debemos pensar que esa superación no debe ir atada de resultados económicos o de adquisiciones materiales, sino que debe ir acompañado de lo que sintamos como logros personales, que es algo mucho más importante que cualquier otra cosa que pensemos que por poder tocarla, debe hacernos felices y generar el sentir que alegre nuestras vidas.
La Navidad no es solamente una celebración cristiana, claro que para quienes creemos en Cristo tiene un significado especial, sino que es una festividad abierta, que apela al sentido de reivindicar el valor del amor, de la familia y de los amigos, la celebración del milagro de estar vivos, de ver a nuestros hijos sanos y fuertes, y a todo lo que está a nuestro alrededor desarrollándose cada día.
Por esto, es que apelo a que celebremos en cada uno de nosotros aquello que nos haga sentir bien, lo que nos guste, lo que nos reconforte, lo que pensemos que ha sido positivo.
Entonces la Navidad tendrá un significado mucho más especial que una celebración religiosa, mucho más profunda que el emblema comercial de un Papá Noel y de tener que comprar un obsequio para nuestros seres queridos casi como una obligación, mucho más importante que lo que compremos para comer y para regalarnos ese día, sino que será algo que nos llene el alma y nos ayude a pensar que lo que hacemos cada día con nosotros mismos, vale la pena, y que quienes tengamos a nuestro lado, en nuestra mente o nuestros corazones, serán algo mucho más importante que cualquier otra cosa. Y es a ellos a los que debemos dedicarles nuestro mensaje de Feliz Navidad, porque al hacerlo nos estaremos llenando el alma. Por todo esto, es que les deseo a ustedes, estimados lectores, Muy Feliz Navidad.
HUGO LEMOS

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El Estado puede hacerlo

Era un joven cualquiera y no se parecía a nada. Estaba bien vestido y hablaba como cualquier persona, sin tics nerviosos, ni cosas raras. Lo paró a mi amigo ayer por la tarde, hacía mucho calor y éste no entendía nada, solo quería llegar al trabajo, pero el joven insistió y éste paró la marcha para escucharlo. Con buen hablar y con la seriedad y educación propia de alguien que tuvo contención en algún momento de su vida, le hizo un planteo que a simple vista no resultó nada extraño.
Al parecer solo quería que lo escuchara y llamar su atención. Pero su problema era mucho más grave, buscaba que alguien lo ayudara a salir de ese infierno en el que está viviendo y al que seguramente entró hasta sin saber cómo, quizás sin quererlo, él estaba pidiendo a gritos que no lo ignoraran y que más allá de su bien vestir y buen hablar, su situación estaba siendo igual a la de muchos otros que están en su misma posición.
Mi amigo lo escuchó y él le hizo el planteo. Le dijo que quería vender un objeto, que a simple vista costaba más caro de lo que él pretendía ganar, y como con su accionar generaba más dudas que otra cosa, terminó yendo derecho al grano, quería dinero para comprarse drogas porque al igual que muchos otros que como él viven en distintos barrios de nuestra ciudad, confesó ser un adicto a la pasta base. La peor de las drogas (si es que hay alguna mejor que la otra) y que solamente genera un daño terrible para quien la consume, arruinándole el cerebro en pocos meses, siendo que finalmente puede terminar muerto.
El joven quería dinero por ese objeto, pero no lo consiguió, al menos en este caso. El hecho es que le confesó que había sido expulsado de su casa por sus padres debido a que los mismos no podían dominar su vida y generar un clima de paz y entendimiento con él, porque por más que él estaba de acuerdo y quería que así fueran las cosas, no lograba controlarse y su conducta era de dañina a destructiva, causando un problema en el seno de su propia familia que podía terminar mucho peor de lo que todos pensaban.
Días pasados, otro joven me hizo una pregunta que va en consonancia con estos mismos casos. ¿Cómo puedo hacer para internar a mi hermano adolescente, que es adicto a la pasta base y se dedica a robarle a la gente para conseguir dinero para comprar esa droga? Y fue lapidario con su último comentario, en mi casa “no podemos más, mi madre está sufriendo mucho”, me dijo. El tema es que tanto en este caso, como en el anterior, el Estado no tiene políticas concretas que pueda ejercer en forma unilateral, con la finalidad de poder brindar una solución a estas personas que están enfermas y que necesitan una cura inmediata antes de que sea tarde.
La internación compulsiva sería una gran solución porque ayudaría en primer lugar a salvar a una vida joven y en segundo lugar tiende a evitar un daño contra un ciudadano inocente e indefenso que pueda ser atacado por estas personas, que, enfermas por conseguir la droga que necesitan, pasan a hacer cualquier cosa con tal de tenerla y pueden generar daños a terceros, como robos, rapiñas, copamientos, asaltos y hasta homicidios, como para obtener el dinero que les pueda ayudar a conseguir esa droga y satisfacer así su vicio.
Pero en Uruguay no se puede ir contra la voluntad del paciente y a estas personas que son adictas se los trata como enfermos, en ese caso, como pacientes y si éstos no manifiestan su voluntad y prestan su consentimiento para ser internados y tratados, nada pueden hacer sus familiares sino seguir sufriendo y esperar el próximo daño cometido por esta persona, que tanto puede llevarse objetos materiales, como puede lastimar a una persona y ocasionar un daño aún mayor, todo porque el Estado no quiere que los mismos estén contra su voluntad, es decir, prima el interés subjetivo de personas que lamentablemente no están en sus cabales y solamente son potenciales victimarios del resto de la sociedad.
Si bien existen políticas públicas que tienden a prevenir, alertar y hacer énfasis en los peligros a los que se exponen los jóvenes y el resto de la sociedad, por el consumo de drogas por todo lo que eso implica, nada es suficiente y encima hay temas que no han sido atendidos por el Estado en su conjunto y que deben ser abordados porque el problema es creciente, sobre todo en la población adolescente que es a la que más atención le tenemos que prestar, de lo contrario nos quedaremos sin jóvenes en corto tiempo.
Debe haber una organización pública interinstitucional que no solamente trate el tema del consumo problemático de sustancias, sino que esas organizaciones, que por lo general son interdisciplinarias y cuentan por ende, con una serie de profesionales universitarios de las distintas ramas entre sus integrantes, tengan la potestad legal de ordenar una internación compulsiva en un centro asistencial que ayude a la persona en su relación con las drogas. Porque de esa manera, podremos prevenir hechos graves.
No podemos pensar que por el hecho de que se intervenga la voluntad de una persona de tratar su consumo de sustancias, estamos afectando su libertad, porque desde el momento en el que esta persona pone en riesgo su vida de forma arbitraria y expuesta, e incluso genera daños a terceros con el fin de poder seguir consumiendo drogas, está afectando la libertad de otras personas y en ese aspecto está cometiendo delitos y ergo, causando daños, con total impunidad.
Si un consumidor de pasta base es un enfermo hay que tratarlo como tal, ¿cómo?, ayudándolo a curarse, ¿de qué manera?, poniendo todos los recursos públicos a su alcance y obligándolo, hasta como una sanción, a que se recupere por su bien, por su integridad física y moral si es posible, pero sobre todo por el resto de la población que queda expuesta a sus dañinos intereses, que solamente provocan un serio problema para todos.
En ese aspecto, reclamo que haya políticas públicas directamente relacionadas con los jóvenes adictos a la pasta base, que trasciendan la esfera de la institución y que se tengan potestades de actuar en forma directa para poder evitar un daño mayor al que, producto de la inacción, ya se está haciendo. Aún estamos a tiempo para terminar con este problema, actuemos, denunciemos y ayudemos a pensar para que las cosas mejoren y actuando así sea por la fuerza, podamos salvarle la vida a quienes más lo necesitan.

HUGO LEMOS

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Dos buenas del fin de semana

Una de las cosas más importantes que me dejó el fin de semana fue reafirmar mi convicción de que las cosas no son tan así como las dicen. Y me llevo dos ejemplos claros y bien distintos. Uno de ellos fue el desarrollo en nuestro país de la Teletón, evento que procura recaudar fondos para el funcionamiento de dos centros de atención a niños y jóvenes que por distintos motivos presentan capacidades diferentes.nicolas
Cuando hace muchos años vi por primera vez aquella parafernalia televisiva que pretendía recaudar dinero para este lugar, lo miré con suspicacia. Confieso que soy de los que sospecha mucho cuando ve algo que aparenta ser muy lindo, cuando ve gente demasiado buena y desinteresada, que solamente tiene la intención de hacer las cosas correctamente por el bien común. Pero con el paso del tiempo, muchos testimonios de gente que empezó como yo, mirando la televisión a ver de qué se trataba, por cosas de la vida tuvo que terminar siendo protagonista de alguna historia y dan fe, que la ayuda que reciben, es real.
Ese tipo de cosas han sido suficientes, por personas que conozco de primera mano, para aceptar que la ayuda que ofrecen los centros Teletón son reales y que cuando aceptan a una persona, la misma recibe un tratamiento integral, que los ayuda no solamente a recuperarse físicamente, sino que además les genera un reconocimiento con su propia familia, les brinda una contención importante que consolida un proceso de inclusión humana, más allá de las dificultades que tengan en la vida real para poder ser parte del resto, por sus propias diferencias.
Incluso, estos centros, que deberán tener su punto débil como todas las cosas, brindan un servicio que el Estado no le puede dar a sus ciudadanos con capacidades diferentes. Les ofrece tratamientos con equipamiento de alta tecnología, cosa que no ocurre con ningún servicio que sea parte del Estado, donde los uruguayos de a pie si bien pagan muchos impuestos no tienen un servicio de esta magnitud.
Entonces las expresiones del presidente de la Cámara de Diputados, Alejandro Sánchez, quien por ser una figura pública, una persona que tiene ascendencia política sobre miles de personas de su sector, que inviste una representación parlamentaria destacada hasta el próximo 15 de febrero, al decir que no donaba dinero para estos centros porque desconocía la transparencia en el uso de los mismos, fue algo que no me cayó bien.
Pero no por el simplismo de tragarme lo que me da la televisión y por estar consustanciado con lo que allí vi, fue que me molestó lo que expresó este diputado. Sino que me molestó la manera que tuvo para decirlo. Porque un representante nacional mal puede referirse de esa manera a un evento de estas características, cuando en el mismo momento que él pensó en ningunear a esa institución, había miles de personas que estaban en las calles trabajando para poder consolidar el proceso de desarrollo de este centro de rehabilitación de personas con capacidades diferentes.
Gente que son familiares de cada uno de los chicos que allí asisten y que son testimonios vivos de que ese lugar realmente les presta un servicio, que puede tener sus falencias porque nada es perfecto, pero que les da algo muy importante, en definitiva, algo que el Estado al que él representa no les da y eso es bastante motivo como para en vez de decir esa pavada, tendría que haberse callado la boca.
Porque además, en los tiempos que corren, un diputado del partido que sea y del sector político que sea, no puede pecar de esa manera diciendo que desconoce los procesos de desarrollo de una institución que vive de lo que el pueblo le dona. Porque a esta altura del partido, cualquier ciudadano, y mucho más un legislador nacional de su envergadura, puede hacer los pedidos de informe correspondiente a esa institución que si bien no es pública, no le podría negar información si lo que quiere alguien es saber si los dineros que reciben son volcados efectivamente en lo que ellos quieren que así sea.
Por eso, me quedó con mal sabor de boca que el diputado Sánchez, que forma opinión con sus dichos, haya instado a sus seguidores a no colaborar con una buena obra porque él ha omitido su deber de informarse adecuadamente sobre las políticas de esta institución.
El otro caso que me dejó buena impresión fue lo ocurrido en Venezuela. Con esto no quiero decir que he cambiado mi parecer sobre el presidente de ese país, Nicolás Maduro. Sino que ciertamente, quizás haya sido la presión internacional o que le quedaba muy grande pisotear el legado de Hugo Chávez, que Maduro respetó el adverso resultado electoral que le tocó vivir a su gobierno, por primera vez en 17 años.
Lo que ha pasado ayer en ese país, que está bajo la lupa en nuestro continente por las prácticas ilegales que ha ejercido sobre políticos opositores y medios de comunicación, dieron una muestra de civismo y de plena convicción democrática, que alienta esperanzas sobre un porvenir mejor para ese país caribeño que es referente de la izquierda uruguaya.
Me congratulo de que las democracias latinoamericanas siguen siendo respetuosas de los procesos democráticos, tolerantes y responsables con el legado que nos dieron los padres de la patria y por el que tanto han luchado los pueblos de nuestros países. No había tal golpe de Estado, ni tampoco un estallido social en ciernes, como alentó la oposición política uruguaya en su momento.
Ver a la gente votando en las calles y luego esta madrugada, a las autoridades del colegio electoral anunciando que perdieron las elecciones con total normalidad y felicitando a los ganadores, fue algo que nos enorgulleció y nos hace renovar el compromiso de lucha y apoyo por la profundización de la democracia en nuestros pueblos.
Que la Venezuela de Simón Bolívar sea la que gobierne, apelando a la democracia y parando los avasallamientos que hasta ahora había sufrido esa sociedad. Desde Uruguay sin dudas que queremos que esa sea la senda y en ese marco nos comprometemos a luchar para defender la institucionalidad de nuestros pueblos.

HUGO LEMOS

 

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La culpa sigue siendo nuestra

Decía el extinto premio Nobel de Literatura, José Saramago, “no es que seamos pesimistas, sino que vivimos en un mundo pésimo”. Hay cosas que son lamentables, que siguen pasando, las seguimos llorando y al día siguiente todos esperamos que algo nuevo suceda, y así volvemos a lamentarnos, a gritar, a descontrolarnos, a pedir lo peor para los responsables y sobre todo, muchas veces terminamos hablando sin saber de lo que pasó y exigiéndole responsabilidad a quienes en el fondo del asunto, no la tienen. Y esto es aprovechado por quienes sí la tienen, para hacer la plancha y dejar que la turba le endilgue al otro, lo que es su responsabilidad.
En el caso del accidente fatal ocurrido el pasado viernes, donde dos familias conocidas de Salto, del establishment económico local, estuvieron involucradas por haber sido protagonistas, la sociedad entera esperaba un fallo judicial ejemplarizante, ya que la instancia operaba como un examen de la transparencia del Poder Judicial sobre la decisión que debía adoptar para castigar a los involucrados en un hecho de muerte, donde incluso había menores detenidos y tres familias lastimadas, las de los victimarios y sin dudas, la que se llevó la peor parte, la familia de la víctima que sin comerla ni beberla pasó a ser parte de la fatal estadística que tiene nuestro medio en materia de accidentes de tránsito.
En Salto fallecen más de 20 personas cada año por causa de los accidentes de tránsito, este nivel se mantiene desde mediados del año 2000 hasta el presente. Desde hace más de una década, cada año, los accidentes con personas lesionadas se sitúan hoy entre 7 y 8 por día, y llegan a superar los 2 mil por año. Son cifras realmente preocupantes que no cesan. Han pasado al menos tres intendentes, tres jefes de Policía y entre cinco y seis directores de tránsito de la comuna, y los números siguen siendo los mismos. Lo que quiere decir que estamos fritos, la culpa es nuestra y cada uno de nosotros somos los responsables de lo que está pasando.
Y lo somos porque permitimos que nuestros jóvenes conduzcan vehículos de manera desenfrenada y sin responsabilidad alguna. No denunciamos cuando vemos cosas que están mal y los padres, son los que en estos casos deben vigilar que sus hijos no conduzcan vehículos si no están aptos para ello. Por eso, la justicia procesó a la madre del adolescente que conducía la camioneta que participó de la escena, más allá de que no haya atropellado a nadie y posteriormente se fugara del lugar, y también analiza procesar al padre de este jovencito que no puede manejar nada por más que disponga de muchos vehículos a su alcance, porque no tiene edad apropiada para hacerlo y porque en el país hay leyes que respetar.
Con respecto al fallo, muchos se quejan porque el delito de Homicidio Culposo generalmente prevé la prisión preventiva del encausado, en el caso de que el perfil del procesado no sea criminal ni tenga antecedentes. Entonces va y patea contra el juez, el fiscal o la propia Policía y le hace marchas y pancartas, porque piensan que son los responsables de la corta estancia en prisión para quienes son castigados por estos delitos, en comparación con el daño irreparable que causan con su imprudencia, impericia o negligencia, como lo establece la tipificación de la acción antijurídica mencionada.
Sin embargo, otra vez los responsables somos nosotros, porque las leyes que determina la penalización de esta figura delictiva, no la fabrican los jueces, ni los fiscales ni mucho menos los abogados defensores de quienes los cometen. Sino que a las mismas las fabrica el parlamento, que está compuesto por senadores y diputados, los mismos que votamos todos en elecciones libres y soberanas. Entonces este lamentable y triste episodio, sirve de lección para que si el pueblo en su conjunto no está de acuerdo con la sanción que le toca a quienes consuman estos delitos, como el caso del joven de 22 años de edad que hoy está preso, la gente debe reflexionar que fueron ellos mismos que pusieron con su voto a los diputados y senadores encargados de hacer las leyes, y los únicos capaces de derogar estas penas por otras más severas.
Pero en ese sentido, es esa misma sociedad que está molesta, triste y enojada, la que debe exigirle a los diputados y senadores, y puede empezar por los cuatro legisladores que representan a nuestro departamento como lo son Catalina Correa (en sustitución de Andrés Lima), Manuela Mutti, Cecilia Eguiluz y Germán Coutinho, que elaboren un proyecto en conjunto para modificar las sanciones que prevé el delito de Homicidio Culpable. Pero mal hacen yendo al frente del juzgado o de la jefatura de Policía a reclamar algo. Y en ese caso, sobre todo, la culpa de que el sistema siga así y no hayamos exigido a nadie que venga a pedirnos el voto que lo cambie, también es nuestra.
Y tras cartón, un tema que no es menor que saltó a la vista en este caso, en el que la sociedad tenía temor que los procesados no terminaran en esa situación por su conocida condición económica, la justicia dictó un fallo ejemplarizante y está en la sociedad exigir su cumplimiento.
Por otro lado, algo que nos duele en prenda a quienes ejercemos el periodismo, consiguiendo información de las fuentes originales para ponerla en conocimiento del público, pero cono las limitaciones que nos impone el medio y algunas normas que son más usos y costumbres que otras cosas.
Cuando las redes sociales y las nuevas tecnologías transmiten al instante todo lo que pasa y lo hacen con tal libertad, dejan al desnudo que los medios tradicionales sin quererlo terminamos ocultando información al público, no porque no la sepamos, no porque no queramos informarlas, no porque estemos congraciados con quienes cometen un delito y porque se trata de fulano de tal omitimos nombres y si damos iniciales evitamos referencias específicas, sino porque los medios tradicionales, en tanto empresas constituidas tienen sus limitaciones legales, aunque si bien algunas toman riesgos en aras de la libertad de información, otras prefieren no ir muy lejos por no poder, ni querer enfrentar probables temas legales, por más que aún yendo a la justicia los puedan ganar caminando. Pero cuando tampoco quieren problemas sociales y escatiman información, eso pasa a ser una desventaja que la gente en la calle nos lo deja en evidencia.
Todo esto amerita un análisis profundo del rol que cumplimos hoy en día los medios de comunicación, de lo que somos, del porqué existimos, del para qué estamos, de cuál es nuestra función hoy y de qué límites tenemos para trabajar. ¿Los tenemos o nos los autoimponemos? Y si lo hacemos ¿cuáles son las razones?, ¿serán legales, económicas, éticas, de responsabilidad periodística? Lo cierto es que las redes sociales nos han dejado al desnudo, muestran nuestras falencias y nos redescubren. Los periodistas sabemos lo mismo que los lectores y muchas veces menos, ellos lo publican en sus muros de facebook, twitter, circulan las fotos por grupos de Whatsapp y nosotros las vemos, las leemos y las miramos, pero no podemos tomar nada de eso por una cuestión de responsabilidad legal y ética. Algo que nos diferencia de las redes sociales y a diferencia del usuario que cuelga una información poco probable, nos hace responsables de lo que informamos.
Pero llegó la hora de que nos preguntemos si acaso esa responsabilidad no opera como una cortapisa para la esencia de la tarea que cumplimos, si no forma parte de una censura enorme a la que nos vemos sometidos por cuestiones de términos legales que la gente poco entiende, o si es parte de la ética difundir lo justo y necesario, llegando a veces a mal informar con los pésimamente mal escritos partes policiales que pasan a ser la voz de lo que publicamos en nuestros medios, como “noticias policiales”.
Empero, ¿qué hacemos ante este embate de redes sociales, rapidez en la información y circulación de noticias sin control alguno de la calidad y veracidad de las mismas? El desafío está planteado, porque cada día que pasa y sobre todo cuando ocurren hechos de esta naturaleza, donde dos familias acaudaladas de nuestra sociedad y bien conocidas por vivir del comercio en sus distintos rubros, se encuentran en la palestra pública por un hecho bochornoso, lamentable y delictivo, que involucra a sus hijos, cuando todos sabemos con nombre y apellido quiénes son y qué hicieron, nuestro debate pasa a ser cómo plantearlo de la mejor manera posible compitiendo con todo lo que se dice en las redes.
El hecho es que el periodista profesional, el que trabaja en un medio y que se encarga de seleccionar la información que considera de interés público, es el que se ve menoscabado e intimidado por el uso masivo de las redes sociales, las que muchas veces publican cualquier cosa, como opiniones infundadas y argumentos pueriles, aunque en la mayor parte comparten información que los medios vedamos al público por razones de ética y sensibilidad pública, dejándonos con su accionar al descubierto y a nosotros con mucho por decir. Estamos comprometidos con nuestra función a hacer un debate público sobre esto, porque la gente lo merece y también lo necesita, de lo contrario en este caso también la culpa sigue siendo nuestra.

HUGO LEMOS

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La sonrisa y el disfraz de cordero

Era octubre del 2014 y corría la campaña electoral en Uruguay. En ese momento, poco más de un año atrás, los salteños vivíamos entre los distintos jingles de los candidatos y el bombardeo de información constante de un lado y del otro, que tendían a generar una rivalidad extrema, al punto que de todos lados te hacían llegar las diferentes propuestas. Hasta cuando ibas a comer llegaban mensajes al celular o si cerrabas la ventana del dormitorio para no escuchar el altoparlante que recorría el barrio promoviendo a un candidato, sonaba el teléfono para una nueva encuesta y cuando no sonaba el teléfono, alguien prendía la televisión, si no estaba prendida ya, y escuchaba la publicidad de los postulantes y así hasta el hartazgo.
En aquel devenir de la campaña, que en la recta final cobró una interesante intensidad que a mi juicio fue lo que definió el resultado del último domingo de octubre, llegó el día en que los candidatos oficialistas vinieron a Salto. Había una gran expectativa de la gente, sobre todo de los periodistas, por varios factores, entre ellos, era medirle el aceite a la izquierda en un departamento entonces dominado por el Partido Colorado, que prácticamente sin saberlo ya había entrado en declive.
Una vez en Salto, los entonces candidatos oficialistas, hoy presidente y vicepresidente del país respectivamente, tuvieron tiempo para recorrer algo la ciudad y luego hacer una caravana junto a sus partidarios, la que fue anotada por los entendidos como una de las más multitudinarias de todos los tiempos, e incluso también conversaron con los periodistas.
Fue en esa oportunidad, que Sendic fue consultado por los medios sobre el futuro de las relaciones con Argentina, ya que Tabaré Vázquez no tiene apego en ningún sentido con la mandataria Cristina Fernández, con quien tiene un alejamiento notorio y evidente desde el año 2007 por lo menos, al punto que en las elecciones del año 2011, Vázquez apoyó al candidato opositor de la viuda de Kirchner, Hermes Binner.
Por lo tanto, fue así que se le inquirió a Sendic sobre el futuro de Uruguay y Argentina, a lo cual el ahora vicepresidente de la República dijo que “las cosas se iban a arreglar con Daniel Scioli, porque ese es el nombre del futuro presidente de ese país”. En ese entonces, todos consultamos cómo lo sabía, ya que Scioli enfrentaba una interna reñida con otros candidatos que le habían salido al cruce por mandato de CFK, a lo que Sendic respondió “es el más capaz y creemos que va a ser él quien gane”.
Pero el tiempo pasó, las relaciones con Argentina nunca fueron tan frías como ahora y Scioli al final no fue electo presidente, al contrario de lo que pasó con Sendic y Tabaré Vázquez, el candidato kirchnerista confrontó mucho con su opositor, en vez de destacar más los logros obtenidos en estos 12 años de gobiernos del mismo palo y la gente se aburrió, cambió la mirada y quiso un gobierno cuyo candidato hablara en forma positiva y en paz, ante tanta locura en el mundo.
Creo que es la única explicación coherente que se le puede encontrar al resultado de anoche y a la alegría que tenían muchos de los votantes de Mauricio Macri, el presidente electo de Argentina, quienes en realidad, lo eligieron por estar disconformes con la actual administración, a la cual se la ha visto abroquelada detrás del poder y por momentos con una soberbia tan importante, que termina viéndose su accionar con cierto autoritarismo, que puso en riesgo la imagen de transparencia y democracia que precisa cualquier gobierno para tener respaldo.
Entonces, la gente decidió cambiar por un candidato no confrontativo, que jugara el papel de bueno, el macanudo, el simpático, el que quiere el bien común, la felicidad de todos sus compatriotas y que promete erradicar la pobreza para que “nadie sufra”, pero no dicen nunca cómo van a hacerlo. Lo que suena a un populismo de derecha tan aberrante como el que vivimos los que tenemos más de 30 años de edad, cuando en los últimos años de los 90 y en la primera parte de la primera década del Siglo XXI, estaban los actuales opositores gobernando.
Y políticos de este tipo tenemos unos cuantos en nuestro país, de los que dicen “que quieren que vos y yo seamos felices y que quieren trabajar por un mejor país”, aunque después dejan las cosas fundidas y se hacen los “yo no fui”, exigiendo que los demás hagan, porque ellos en su momento hicieron. Claro, a ellos no les dejaron un gobierno en el estado calamitoso que ellos sí supieron dejar a sus sucesores, entonces así es fácil.
Pero con todo, el escenario latinoamericano debe verse con mayor atención tras los resultados de anoche. En Venezuela hay elecciones legislativas en 15 días y allí hay un problema muy preocupante para la democracia latinoamericana, lo que sin duda suma preocupaciones para los gobiernos de izquierda del continente, como es la actuación autoritaria, antidemocrática y prepotente del gobierno de Venezuela, que no permite observadores internacionales a sus elecciones, sino solamente los de Unasur (Unión de Naciones Suramericanas) un organismo creado y controlado por la izquierda del continente, que no da garantías de transparencia del proceso electoral y puede coadyuvar a su silencio.
Soy una persona con una concepción filosóficamente de izquierda, que busca el bienestar colectivo en función de la igualdad de oportunidades para el progreso personal y no del Estado de las regalías y del subsidio que solo condena a la pobreza a miles de personas, y un firme defensor de los derechos humanos, y puedo decir que es reprobable que un gobierno fustigue, persiga y aprese a sus opositores, por más ofensivas y violentas que sean sus campañas, y encima se jacte de que llegará a desconocer la voluntad popular en caso de ser necesario para defender sus logros y conquistas sociales, eso es lamentable, dictatorial y fascistoide.
Venezuela es síndrome de que algo está mal y que los gobiernos de izquierda pueden ir empezando a perder vigencia, sobre todo en algunos de los gobiernos que llegaron para ser la cura al neoliberalismo, el que había destruido el sistema social de nuestros pueblos de forma fulminante. Personas como Luis Almagro, hombre de izquierda, activista libre y con convicciones democráticas, dicen lo de Venezuela con propiedad. Edison Lanza, un abogado y periodista, actual Relator para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a quien conozco personalmente y admiro por su coraje de defender a los periodistas de nuestro medio cuando nadie lo hacía y hoy pocos lo siguen haciendo, también denuncia las presiones y violencias que viven nuestros colegas en el país caribeño, no deja de ser de izquierda por eso y exige justicia, algo natural que solo algunos no ven.
En ese aspecto, Uruguay tiene un período más de gobierno para demostrar que es otra cosa. Que no es Venezuela y que tampoco es como Argentina, que Uruguay respeta al que piensa distinto, que tolera la confrontación y que busca la paz, el respeto a la convivencia libre y que no pregona el doble discurso, ya que por más izquierda que se pregone, aquí no habrá una revolución socialista sino un andar pegado al legado artiguista y en muchos aspectos, por más que a algunos “compañeros” les rechine, al batllismo más puro, que no es el de los colorados de hoy, por más que se pregonen batillistas.
La región se tiene que preparar para un nuevo escenario político en función de un panorama electoral que en principio no estaba en los papeles de nadie. Macri ahora tendrá el desafío de mostrar que quienes piensan como él, en países como el nuestro, pueden llegar a ser realmente una alternativa seria al proyecto político de la izquierda y diferenciarse de lo que fueron sus antecesores a los que la gente los echó para parar el desfalco.
Ambas corrientes de pensamiento tienen un gran desafío, ninguno las tiene fáciles, habrá que ver qué resulta de todo esto, porque lo que sí quedó demostrado es que la gente no tiene reparos en sacar al gobernante que sea, si no responde con algo más que una sonrisa y el disfraz de cordero.

HUGO LEMOS

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París no está lejos

No les tendremos miedo. Esa debe ser la premisa con la que todos tenemos que levantarnos hoy y seguir más firmes que nunca en nuestras convicciones. Una vez más los bárbaros, que están dispuestos a atacar cobardemente a cualquier ser humano que aprecie la libertad, algo que ellos desconocen en todo sentido, volvieron a dar muerte a pazparispersonas inocentes que estaban disfrutando en todos los casos del arte en sus distintas acepciones, la música, la gastronomía y el deporte, algo que hace a la esencia de la humanidad y que estos cobardes parias como dicen llamarse yihadistas, desconocen en todos sus aspectos.
No supe del horror de la masacre que ocurrió en Francia sino hasta el día siguiente, me desconecté de mi trabajo casi por 24 horas para poder descansar y al regresar a mi labor el sábado por la tarde lo hice con la peor de todas las noticias, la de un nuevo y cobarde (como son todos estos actos) atentado terrorista en la cuna de la cultura de la civilización occidental, París.
Este tipo de cosas son un puñal en cualquier ser humano y en el seno de cualquier sociedad que valore la vida humana como el principal y primordial derecho humano, que valore el respeto por las distintas culturas, por las distintas maneras de ver el mundo y de sentirlo a través de la religión, de la cultura, de la educación, de la orientación sexual o de la forma de concebirlo de cualquier modo. Porque los golpes a Francia, son golpes al Uruguay, porque somos ciudadanos del mundo y habitantes del mundo global, más allá de que lo que nos define sea la aldea.
Lo que se atacó con este triste y repudiable atentado en París el pasado viernes, no fue a una ciudad, ni a una nación en particular, sino al mundo entero, a quienes creemos en la libertad y en la democracia, en la tolerancia, en la solidaridad, en el resguardo a esos valores sagrados como la libertad de expresión y de pensamiento, que deben ser defendidos a rajatabla.
París no está lejos, lo sentimos a diario cada vez que evocamos los principios de la República, de que los pueblos puedan constituir el poder que los gobierna participando activamente, votando, promoviendo a quienes pretenden que los gobiernen y siendo elegidos gobernantes de sus pares, defendiendo el concepto de la libertad, igualdad y fraternidad que han sido los pilares que inspiraron a la Revolución Francesa, más allá de que se trate de principios masónicos, que fueron los que realmente llevaron adelante la revolución más importante de todos los tiempos, cada vez que hablamos de libertad y de igualdad en base a ese principio, estamos hablando de París, de Francia y de sus pensadores, de su pueblo y de su legado al mundo.
Por eso referirnos hoy a lo que pasó allá es más que importante, para tener el norte de nuestras acciones, de nuestras luchas y de nuestra defensa de la libertad más clara que nunca. Porque implica no abdicar a los principios que nos fueron transmitidos por nuestros mayores, a los que aprendimos desde la escuela y a los que escudriñamos en el barrio, cada vez que nos identificábamos con un equipo de fútbol y nuestros amigos con el contrario y la pelea era en la cancha para ver cuál era el mejor, pero siempre respetándolo por sus opciones y valorándolo por su humanidad, descartando la imposición de las cosas y mucho más la violencia.
En nuestro continente tenemos focos de violencia que se tejen desde algunos gobiernos populistas y es bueno que tengamos claro esto, porque cuando defendemos valores tan importantes como los de la libertad y la democracia, tenemos que ser coherentes con nuestra prédica y en ese sentido, creemos que el gobierno uruguayo de los últimos tiempos ha demostrado hasta el hartazgo esa concepción de valorar el respeto exigiendo responsabilidad para ejercer la libertad que tanto nos ha costado conquistar.
Pero si nos horrorizamos con lo que está pasando en Francia y por el contrario valoramos lo que ocurre en nuestro país con el respeto a la libertad y dando cátedra de tolerancia, debemos condenar, por antonomasia, lo que ocurre en Venezuela, país cuyos gobernantes se burlan del pueblo y anuncian que en caso de que la gente no les renueve la confianza para seguir gobernando, se impondrán por la fuerza con una dictadura cívico militar para “no entregar los logros de la revolución” (en palabras del presidente de ese país) la que termina siendo más militar que cívica y ya no importa con qué excusas se haga, las dictaduras sean de izquierda o de derecha, son dictaduras al fin y deben ser repudiadas y combatidas por todo aquel que se considere un demócrata y un defensor de la libertad del hombre, por lo tanto un humanista.
Lo que pasará en Venezuela el próximo 6 de diciembre será un punto de inflexión que determinará la consolidación de un régimen autoritario o caso contrario, de respetarse los resultados cualquiera sean, deberán demostrar que apoyan la libertad, la democracia y los valores cívicos que nos distinguen como civilización y que nos fortalecen como especie.
En ese marco, no se puede invocar el dolor por los sucesos de Francia y clamar a favor del actual régimen autoritario de Venezuela. Y si somos ciudadanos del mundo para opinar lo que pasa en Europa, en el conflicto Israel y Palestina, en Estados Unidos, África o en Asia y Oceanía, tenemos más que legitimidad para defender lo que creemos que está mal en nuestro propio continente y en ese marco, brego por una apertura democrática para el país caribeño, que necesita un cambio basado en la libertad y el respeto al que piensa distinto.
Porque esto último fue justamente lo que no respetaron quienes cometieron la atrocidad en París y los que provocan que haya miles de muertos en Medio Oriente, donde Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Alemania y la misma Francia son más que responsables por esos miles de muertos, pero nada puede permitir que se justifiquen o avalen atentados contra la vida humana en ningún lugar del mundo y quienes creemos en la libertad tenemos que levantar la voz, hoy más fuerte que nunca, para defenderla, porque sabemos muy bien que París no está lejos, ya que la esencia de la libertad que proclamó hace más de 200 años está en cada uno de nosotros.

Hugo Lemos

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Nuestro mayor logro

Valentino de los Santos quizás tenga la mirada de su madre, o la sonrisa de su padre. Quizás tenga muchas ganas de demostrar lo que le gusta, de gritar un gol, o de ir a la escuela de su barrio a jugar en el recreo junto a sus brillantecompañeros. Pero hoy trata de vivir más tiempo y para eso sus padres, vecinos, amigos e instituciones sociales como en este caso los clubes de Leones de Salto, iniciaron una campaña para ayudarlo. No lo quieren dejar solo, que no sea parte de una estadística de personas con determinada enfermedad que deben vivir con esa situación el resto de sus vidas. No quieren que sea un salteño solitario con sus problemas, quieren que se sienta acompañado y todos queremos ayudarlo de una forma o de otra.
No conozco a este angelito de 3 años de edad, que tiene la misma edad que mi hijo, ni tampoco sé quiénes son sus padres, seguramente son buenos vecinos de algún barrio de nuestra ciudad, la que ayer cumplió 259 años, algo de lo que pocos se han enterado y ni siquiera se han conmovido. Pero sí me movilizan causas como éstas, donde la comunidad entera debería estar consustanciada con estos casos para dar su granito de arena y hacer sentir que sí nos interesan los problemas de los otros y que sí estamos dispuestos a cuidarnos para ayudarnos a estar bien.
Es que cuando hechos de esta naturaleza nos dan una bofetada en la cara, nos muestran que los problemas verdaderos sí existen y que la mayoría de las veces nos levantamos pensando en cosas fútiles, en asuntos pueriles a los que les damos la trascendencia que no merecen, los que al final nos cargan de estrés y nos generan problemas de salud, haciéndonos malgastar nuestro tiempo en vez de disfrutarlo, sonreír más y agradecer todas las oportunidades que nos da la vida.
Si tenemos ese tipo de actitud ante la vida, seguramente las cosas nos saldrán mejor y podremos comprender mas lo que pasa a nuestro alrededor, compartiendo con nuestra comunidad sus alegrías y sus tristezas, y en los casos donde las cosas duelen, ponernos los temas al hombro y salir a ayudar sin cortapisas.
En el caso de este niño y sus padres, que con lucha tesonera, con el creer que sí se puede y que las cosas van a mejorar, están librando una lucha en la que saben que no están solos. Porque hay un montón de gente que está ocupando su tiempo en ayudarlos y porque creen que esa es la manera de conseguir los resultados positivos que se pretenden, saliendo a la calle y mostrándole a su propia comunidad que a los problemas los resolvemos entre todos y dando la cara.
Por otro lado, quien esto escribe, podrá equivocarse o no con las cosas que dice y piensa, eso es parte del pensar y el hacer, siempre va a pasar, porque quien algo hace siempre se equivoca, pero es mejor equivocarse haciendo, que quedándonos quietos y no hacer nada por nadie, porque en definitiva con esa actitud no estaríamos haciendo nada por nosotros mismos.
En ese sentido, creo que todos podemos usar nuestra tarea para ayudar al otro, en este caso por ejemplo con este espacio, porque también hay algunos que usan sus espacios en los diarios para insultar, injuriar y mentir sobre otras personas, encima haciéndolo en forma anónima y creyendo que contribuyen al “diálogo” social, aunque no usan siquiera iniciales porque tienen miedo de decir quiénes son y a quiénes les hacen los mandados, aunque todos ya sabemos quiénes son y qué puntos calzan.
Por eso espero que algunos colegas y otros que también escriben cosas por ahí, utilicen su tarea algún día para apoyar causas nobles, para hablar de las cosas que realmente nos pasan y que son preocupantes y para hacerse cargo como ciudadanos de este mismo departamento de los problemas que en él existen.
El otro día escuché de casualidad una emisora en la que estaban hablando del problema que venía teniendo el sistema de recolección de residuos de la ciudad y una mujer en forma atinada a mi juicio, reconoció que el servicio no estaba pasando por su mejor momento, pero además sostuvo que la formación de basurales también son producto de la mano del hombre y que si nosotros no arrojamos basura donde no se debe, los mismos no van a existir y no vamos a contaminar el medio ambiente.
Por el contrario, si todos contribuimos a tener una ciudad más limpia, es porque estamos asumiendo la responsabilidad de cuidar nuestro entorno, nuestro ambiente, porque demostramos que nos interesa el lugar en el que vivimos y también nos interesa su gente. Nadie pide un apostolado, ni tampoco volvernos los héroes de la ciudad, pero sí demostrar un poco de interés por las cosas que nos pasan a diario, algo que no viene mal y que nos ayuda a todos a vivir en un lugar mejor.
Estamos atravesando tiempos complejos en los que los gobiernos locales que se han sucedido tienen dificultades para hacer las cosas. Los que se fueron, porque la desprolijidad del manejo de los recursos públicos al menos en la recta final de su mandato, dejaron las cosas patas para arriba y claro que con esto tuvieron dificultades para cerrar la gestión. Mientras que los que entraron se encontraron con la casa en completo desorden y pretenden volver las cosas a su sitio, aunque con la realidad que se encontraron, las cosas costarán más que un tiempo.
Por eso considero que si le ponemos el hombro a los problemas reales que tienen los salteños, que si usamos nuestra tarea para mancomunar esfuerzos y ayudarnos los unos a los otros, tratando de fortalecer el diálogo social, con respeto y tolerancia, sin menoscabos por nuestras diferencias sociales, políticas y de otra índole, podremos forjar aunque en forma paulatina, la sociedad comprometida y responsable que todos anhelamos. Ojalá que todos los salteños así lo entendamos, ya que ese sería nuestro mayor logro hasta ahora.

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Una muestra de libertad

Las elecciones en Argentina fueron ayer un mensaje alentador para la región. Vivimos en una zona que políticamente viene siendo muy convulsionada por lo que pasa en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia, donde las democracias pecan por momentos de autocracias, porque si bien sus gobiernos han sido elegidos democráticamente, luego las prácticas que se desarrollan en el curso de los mandatos dejan mucho que desear. elecciones
Tal es el caso de Venezuela, donde el presidente de ese país, Nicolás Maduro, ejerce una presión indebida y un control fuera de lugar sobre los demás poderes del Estado, tomando decisiones abruptas y descabelladas para un régimen democrático, militarizando por demás a su sociedad y anunciando públicamente y desde ya, que pase lo que pase con las elecciones en ese país, que para presidente serán recién en el 2019, él “no va a entregar los logros de Chávez”.
Tales anuncios solamente muestran la hilacha de un sujeto que está fuera de control y que no debería ocupar el cargo que ostenta, porque si de algo estoy seguro es que si un tipo como éste fuera presidente de Uruguay, la sociedad lo habría linchado hace rato por más tanques y paramilitares que saque a la calle. Porque si a Tabaré Vázquez por decretar la esencialidad en la educación, le han salido a ocupar los edificios públicos y a tildarlo de traidor y autoritario, estoy seguro y a la vez agradezco que así sea, que un hombre como Maduro, no sería presidente nunca en nuestro país.
Por esto y mucho más, el hecho de que el vecino país haya celebrado elecciones libres y transparentes, es una muy buena señal para consolidar y afianzar la democracia en nuestra región. Más allá de que los resultados favorezcan a unos u otros, lo más importante es que el acto en sí, se desarrolló con la naturalidad a la que tenemos que estar acostumbrados los pueblos que creemos en la libertad y la independencia como valores sagrados que se expresan en instancias como éstas. Donde la gente concurre tranquila a elegir al ciudadano que cree más capacitado para gestionar los temas de su país, tanto los problemas que siempre son demasiados al punto que no pueden resolverse ni por asomo en un mandato o en dos, pero sobre todo, lo importante es que el próximo administrador y representante que es lo que hace el presidente de un país, sepa gestionar políticas públicas que contribuyan a la felicidad humana, al bienestar y al desarrollo integral de los pueblos que deben gobernar.
Esa debe ser la misión que tiene que tener todo gobernante y no dejarse caer por los problemas que le endilguen, por las acusaciones que reciba de parte de un sector de la población o de los cuestionamientos que reciba de una parte de la sociedad, que lamentablemente por menos deseable que sea siempre existe y es la que propone ensuciar la cancha para poder favorecerse, tratando de presionar a cambio de dejar de hacerlo, por el dinero que perdió que era el que recibía de quienes antes los favorecían.
Así ha pasado en nuestro medio con personas que durante años recibieron dinero a cambio de difundir una visión parcial de las cosas, pero cuando las situaciones cambian y esto se corta, empiezan a generar una campaña de descrédito, arremetiendo contra políticos, periodistas, abogados, jueces, funcionarios públicos y contra viento y marea para presionar y no perder ese “subsidio”.
Claro, muchas veces, esas campañas de descrédito contra quienes les ponen en su lugar con su acción o indiferencia, se hacen en forma anónima por la cobardía que en realidad tienen quienes las impulsan y se puede llegar a ser objeto de patrañas y mentiras de parte de cobardes que sirviéndose de quienes han sido los voceros de la mentira, intentan ensuciar la imagen de las personas consiguiendo aliados que padecen el haber sido devueltos al lugar que pertenecían.
Y lamentablemente existe una serie de voceros que lejos de ganar credibilidad con el público solamente están generando confusión, desinformación, divisionismo, pobreza intelectual, cometiendo injurias, que en nada ayudan a mejorar a la sociedad en la que vivimos, la cual está bastante dañada por culpa de políticos que habiendo sido elegidos señores feudales se creyeron reyes y no pudieron lidiar con la responsabilidad de lo que implica una monarquía, generando con sus actitudes determinaciones autocráticas.
Esto es lo que no le hace bien a nadie. Por eso, espero que lo de las elecciones argentinas de ayer sean un ejemplo que cunda en todo el sistema político uruguayo, que hasta ahora viene dando sobradas muestra de transparencia y que es una de las referencias de la región. Pero luego que pasan las elecciones comienzan a jugar elementos extraños que solamente empañan la convivencia pacífica, la tolerancia y el respeto y eso no está bien, porque esa democracia se debilita, ya que la misma no es ni puede ser solamente votar cada 5 años.
Cuando días pasados se llevó a cabo la celebración del Día del Periodista, todos se congratulaban saludándose entre sí y ahí quedaba la cosa. Pero por el contrario, el periodismo es señal de buena o mala democracia. Si hay libertad de prensa y los medios de comunicación pueden expresarse libremente, informando todas las campanas de las que ocurren, la democracia es fuerte. Por el contrario, si los medios dependen de que el administrador de turno baje o suba el pulgar de la noticia a difundir, la democracia es un chiste, no existe y pone en riesgo algo tan básico y elemental para la convivencia pacífica y próspera de las personas, como lo es la libertad. Ese análisis faltó a la cita y es muy necesario que se realice sobre todo en nuestro medio.
Otro de los aspectos que faltó a la cita el Día del Periodista, es también el análisis de la responsabilidad de todos y cada uno de los reporteros. Es bueno denunciar hechos, pero hacerlos sin pruebas ni fundamentos, es algo que compromete la credibilidad de quien lo dice y mucho más si esas denuncias se hacen a través de un medio en forma anónima, porque terminan convirtiéndose en meras injurias, proferidas contra alguien y en nombre del propio medio, sin que quien los lanza se haga cargo de lo que dice para medir su responsabilidad por lo que dice y por cómo ejerció el trabajo para nutrirse de la noticia.
Este tipo de cosas no afecta la libertad en sí misma, sino que empaña las formas de practicar la libertad que tenemos, la cual siempre digo que es una responsabilidad que debemos saber administrar para no perderla.
Por todo lo dicho hasta ahora, expreso mi alegría porque vivamos en paz en toda la región y que podamos ejercer derechos sin restricciones. Pero brego porque esa paz, que viene de la mano con el concepto de libertad antes dicho y a su vez con la ponderación del sistema democrático, conlleva a que hagamos un acto de constricción con nosotros mismos y que antes de lanzar piedras que pueden herir más que a las personas, a las instituciones, y más que a algunos periodistas, pueden volverse un boomerang contra el medio que las lanza, reflexionemos si estamos haciendo bien las cosas y si por el contrario, en vez de tomar como ejemplo las prácticas que vivimos ayer por televisión para sentirnos contentos de que en líneas generales vamos bien, si seguimos tirando piedras solamente, haremos daño a esa libertad que en un momento conquistamos pero que con nuestra irresponsabilidad la podemos perder fácilmente.

Hugo Lemos

 

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Una de músicos y discotecas

Era una noche de primavera del año 2001 y hacía mucho calor. La temperatura anunciaba que pronto vendría el verano y eso motivaba a que en ese momento, quienes pintábamos en los 20 y poco, saliéramos casi a diario a disfrutar de las horas nocturnas en la zona portuaria. Pero recuerdo puntualmente la vez que tuve el honor, sin comerla ni beberla, de ayudar a que los integrantes del Cuarteto de Nos, actualmente consagrados a la fama internacional como una banda que se escucha en todo el continente, pudieran entrar a la entonces discoteca de nuestra juventud, Oasis, sin tener que pagar la entrada.
Habían venido a tocar a la Plaza de los Recuerdos, en una gira que les había organizado la productora que los representaba en aquel momento y daban el espectáculos desde el techo de un ómnibus, creo que era uno de esos de Cutcsa, u otro parecido.
Abajo, alguien les vendía sus discos (que se llamaba Contramambo) a 150 pesos de entonces, mientras nos juntamos algunos cientos en el correr de la plaza para poder escuchar a Robertito Musso y su hermano Ricky, a Santiago Tavella y al también baterista de La Trampa, Álvaro Pintos.
Al Cuarteto de Nos lo había escuchado unos siete años antes en el Club Nacional cuando llegaron a hacer su éxito del momento, Bo Cartero y ese día no mostraron una evolución musical, aunque tampoco una que marcara una madurez personal. Dieron un espectáculo cargado de chistes soeces y fáciles como los caracterizaba, pero estuvo muy divertido y la mayoría quedamos contentos de haber estado ahí para escucharlos, aunque con los discos creo que en ese momento nos les fue muy bien.
Terminado este espectáculo, decidí irme con unos amigos a la discoteca del momento de entonces, quien no recuerda los bailes de Oasis en la Costanera Norte, un rancho de chapas, maderas, hojas de palmera y algo de cemento en la pista, que convocaba a miles de jóvenes durante todos los fines semana desde mediados de los años 90 hasta entrada la primera década del año 2000.
Uno de mis amigos, era el líder de los jóvenes que hacían las Relaciones Públicas del boliche y como siempre una vez empezado el baile, a la puerta de entrada de la disco, llegaba alguno de nuestros compañeros de la Facultad que pedía por nosotros para que éste amigo en particular, le habilitara la entrada con el portero, por eso nos dirigimos hasta ahí para ver a quién veíamos. Pero en vez de ello nos llevamos una sorpresa.
El que estaba hablando con el portero del boliche era Roberto Musso, el cantante del Cuarteto de Nos, quien le pedía que dejara entrar a la banda para disfrutar de la velada en la discoteca. El portero se negaba a todas luces, fiel a su estilo rígido de no dejar pasar a quien no abonara el ticket o solamente permitiendo el ingreso de aquellos que le eran señalados por los relaciones públicas como nuestro compañero.
“Vamos a hacer entrar al Cuarteto de Nos”, le comenté a mi amigo, quien me asintió enseguida. Ahí le dijo al portero que los dejara entrar y ellos contentos, nos invitaron un trago en la barra. Esa noche, el todavía actual cantante del grupo musical me dijo que habían querido tocar en esa discoteca, pero que “no habían logrado convencer al dueño, le pedimos 200 dólares, pero no quiso”, me dijo.
Y siguió contándome que el dueño de la disco le había dicho que por esa plata “llevaba a un tal Mario Silva y llenaba el boliche. ¿Quién es Mario Silva?”, me preguntó Roberto Musso. A lo cual quedé helado, no porque el tal Mario Silva no se lo mereciera, nunca fui su fan, pero le reconozco el talento de encantar a las masas y su fama de melódico con estilo propio, bien de esta zona del país. Pero perderse a una banda que ya sonaba muy bien como el Cuarteto de Nos, no era lo que yo habría contestado ya en esa época.
Traté de explicarle quién era ese furor de la música tropical norteña y seguramente con el paso del tiempo, Musso, Tavella y el resto, supieron mucho más de él por los éxitos que cosechó. Pero quienes no supimos más de ellos fuimos nosotros desde Salto, por perdernos escuchar una buena banda de música uruguaya, transgresora y atrevida, que nos sacudía la modorra y nos hacía reír a carcajadas con sus actuaciones, algo que han cambiado en estos últimos años volviéndose más serios, más rockeros, más profesionales, diría yo.
Esa fue una noche única, que la recuerdo siempre porque le pregunté varias cosas a Robertito. Una de ellas porqué escupía siempre al cantar ya que se veía el reflejo de su saliva frente al micrófono cuando alguna vez nos tocó estar en la primera fila de uno de sus recitales. La respuesta fue una larga carcajada y un “nadie me lo había dicho antes, voy a tomar menos agua la próxima vez”.
Seguramente esa charla quedó bien grabada por mi y borrada por completo del disco duro del cantante del Cuarteto, pero fue muy bueno mientras duró, como todo. Hoy los escucho, aunque me sigue gustando más su viejo estilo, porque creo que ahora tuvieron una transformación para adaptarse a las masas y poder vender mucho más, ya que les salió estupendo.
Eso sí, si vuelven a estar por acá ya no podré ayudarlos a entrar a un baile, porque seguramente serán invitados, o podrán perfectamente pagarse la entrada y cobrar mucho más que 200 dolares para tocar una noche ante el público salteño. Pero lo mágico para mi, fue poder reírme con Roberto Musso de él y de sus canciones, soñando alguna vez poder acompañarlos desde algún escenario, agitando y cantando sus temas una vez más.

HUGO LEMOS

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No nos dejan respirar

Estaba por llover, el cielo plomizo se caía encima de cualquiera y yo caminaba cada vez más rápido, antes de comerme el chaparrón que inevitablemente se vendría de buenas a primeras. Era lunes, como todos esos días yo andaba apurado. Esta vez no era porque quería, sino porque el tiempo apremiaba, iba a hacer un trámite a los dos organismos más importantes en burocracia y tedio dentro del Estado. Sí, esos mismos, la DGI y el BPS. Nada peor que estar tras los trámites que ellos exigen que hagamos para obtener los resultados que ellos quieren que tengamos y no los que nosotros queremos.
Camino al centro, me encuentro con un amigo, médico él, que me contó de su viaje reciente por Estados Unidos y Europa. Para él las cosas se resumen de una sola manera, las diferencias culturales lo son todo y son lo que nos hacen tercermundistas. Allá el peaje vale 1 dólar y pasas en auto de Estados Unidos a Canadá. Recorres el país, donde nadie tira un papel a la calle, donde la gente es educada y te saluda cuando entrás y cuando salís, te pregunta si tenés lo que necesitás antes de retirarte, donde la Policía controla en serio, exige legalidad, pero te asegura protección y tranquilidad para circular. Luego de esto, me contó que volvió a entrar a Estados Unidos por el mismo precio en sus pejaes, 1 dólar. Él no lo podía creer y yo menos, pero si él que estuvo allá lo dice, debe ser. Comparamos con el paisito, con lo que te cobran los peajes en el Uruguay para andar en rutas rotas, angostas, mal señalizadas, abarrotadas de tránsito pesado, en definitiva muy peligrosas y caras respecto a las del mundo rico. “Acá todo es así”, reflexiona.
Le conté que iba apurado a buscar soluciones en donde te llenan de papeles y de problemas. Me decía, hablando de papeles, allá nadie tira un papel a la calle. Si lo hacés te multan, pero sobre todo, la gente te mira mal, te castiga socialmente, te repudia, nadie quiere una ciudad sucia. Acá nos da lo mismo, tiramos la colilla del cigarrilo como si nada, comemos un ticholo y tiramos el envoltorio a la calle, todo nos da lo mismo, eso hace la diferencia, cuando todo te da lo mismo es porque no te importa nada, y si nada te importa, no vas a valorar nada ni tampoco a cuidar nada.
Es triste, pero eso es lo que nos pasa a los uruguayos, ni siquiera es porque estamos con la cabeza en sacar al país adelante, en progresar individual y colectivamente, en mejorar las cosas, en respetar las instituciones o los gobiernos. Acá lo que hace el gobierno, sea cual sea el color de sus autoridades, siempre va a estar mal y hay una costumbre de no darle apoyo a nada. Porque no hay concepto de nación, somos un país con gente adentro que se revuelve todos los días y se junta solamente para gritar un gol de la selección uruguaya, a la que encima escribimos con mayúscula como si fuera importante. Pero después, no hay concepto de nación, esa es una parte indisoluble de nuestra idiosincracia y así será siempre, porque tampoco nadie hace nada para generar un cambio cultural y cuando lo decimos, pasamos por idiotas a los que no les gusta el fútbol, o sea, cualquiera, nada que ver, menos lo que tiene que ser.
Después de estas reflexiones que nos llenaron de orgullo, porque eso de criticar al país y a su gente, creyéndonos por un segundo un poco mejores que el resto con nuestras conclusiones, es algo bien uruguayo. Sí señor, si hay algo bien de acá, es que criticamos a todos, juzgamos a todo el mundo por arriba del hombro, los miramos de reojo, nos creemos mejores por un rato, les endilgamos que somos los que les pagamos el sueldo, les damos de comer y cosas por el estilo, y después seguimos siendo las mismas hormigas de siempre, que no crecemos más por nuestro propio pensamiento.
Después de esa clase de cómo ser bien de acá y postergar más aún la posibilidad de crear el Estado – nación, anhelado para poder resolver algunos de nuestros problemas existenciales, seguí raudamente hasta los dos epicentros estatales que generan malestar y recelo hacia el gobierno, los que te sacan plata hasta para respirar. Allí me encontré con un conocido que ya había pasado por la demoledora situación de tener que enfrentarse a un funcionario de esas dos instituciones estatales, los que te miran con cara de usted es culpable y yo no tengo la culpa, que te dan explicaciones de cómo funciona el sistema y de porqué uno tiene que darles más plata aún de la que ya te sacan del sueldo, pero que ellos entienden cuando en realidad no entienden nada y tampoco quieren hacerlo, sino terminar con las ocho horas (por decir ocho que valen por cuatro) y nos exigen más IRPF, del que sacan para aumentarse su propio sueldo, eso está claro.
Porque entre el IRPF y el Montepío, DGI y BPS, se te quedan con una buena porción de tus ganancias y encima te critican porque te sacaron poco. Uno siente que los funcionarios del BPS o la DGI te miran con los dientes afilados y babeando cuando están frente a tu historia laboral, y buscan un lugar para poder decir “ah, pero de acá todavía no sacamos dinero, usted tiene que pagarnos tal o cual cosa” y que uno ni siquiera quiera saber si ese tal o cual cosa existe, porque ellos algo te van a encontrar y que es seguro que te van a hacer pagar, contá con eso, como que van a hacer un paro en cualquier momento.
Cuando llegué a la DGI el funcionario me miró con cara de “usted tiene que pagar” y me metió el dedo en la llaga, cuando me preguntó “¿tiene voluntad de pago?”. Y bueno, me salió el indio de adentro, qué le vamos a hacer. Pero así también somos los uruguayos, cuando otros que parecen marcianos porque defienden el sistema perverso con el que vivimos te miran con cara de sospechoso, te sale el charrúa y te dan ganas de comértelos como hicieron con Juan Díaz de Solís en 1516, que el tipo ni llegó a pisar la playa de Pocitos que le encajaron un flechazo en el medio del pecho, como para que vaya sabiendo quién manda y como no se habían inventando todavía los impuestos, con algo le tenían que hacer pagar el hecho de querer pisar estas tierras. Porque la DGI es así, te exprime para que pagues hasta matarte y después que te mataron ¿a quién le cobran? Son bobos. Definitivamente. O flor de vivos, no lo sé.
Entonces cuando el tipo me pregunta si tengo voluntad de pago, no me quedó otra que contestarle. ¿Pero vos me ves cara de bagayero a mí? ¿De esos que traen cualquier cosa del otro lado, pagan la coima para entrarlo y la venden en el bagashopping sin pagar más impuestos que el alquiler al Club Ferro Carril, con la plata que podrían arreglar la vereda ayer casi me clavo un vidrio en el pie por caminar por Brasil al 1900, debido a que tienen la peor acera de la ciudad y sin nadie que los llame a responsabilidad y los haga pagar una multa por eso?
¿No me estás sacando ya desde hace años mucha plata de todos las ganancias que pueda tener a mi nombre? ¿Y encima tenés el tupé de preguntarme si tengo voluntad de pago? Sin dudas que empezamos mal. Entonces el tipo me miró como diciendo “me desubiqué” (mentira, eso es lo que uno espera que digan) y me expresó: “bueno, pero no fue suficiente”, y me dio una fórmula de pago. Algo que él cometió el error de llamarlo “solución”. A lo cual le expresé, que eso no era “una solución, sino un problema para mi como contribuyente, solución sería que se conformaran con lo que ya me sacan al meterme la mano en el bolsillo”. Pero el hombre me dijo que eso “no estaba en sus manos. Que así era el Estado y que el Uruguay tiene normas”. Tomá pa’ vos.
Al final, pensé, qué bueno que alguien al menos reconozca que el país en el que vivimos tiene algo. No importa si lo compartimos o no, pero al menos es importante que crea que el Uruguay tiene algo sobre qué basarnos para discutir hasta llegar a algo, porque de ahí vamos haciendo camino sobre las cosas en las que eventualmente podríamos ponernos de acuerdo e ir construyendo nuestra identidad. Al menos esta semana tuvimos un avance. ¿Sobre lo que me quiere cobrar la DGI? Bueno, algún día volveremos a hablar de eso.

HUGO LEMOS

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Eclipsados por la vida

Hace mucho tiempo escribí algo que aún hoy lo ratifico porque creo firmemente que tiene sentido. La vida es como andar en bicicleta. Primero se aprende con mucho cuidado con la finalidad de poder empezar a descubrir cómo es avanzar en cada paso, dando pedal, aprendiendo a tener equilibrio y manteniendo esa libertad de poder deambular sin tener el paternalismo de las rueditas con las que empezamos cuando somos niños y que se nos vuelven necesarias por no tener la capacidad suficiente como para manejarnos por nuestra cuenta.
Mientras vamos andando, descubrimos que por momentos tenemos que frenar, bajarnos, tomar aire, reflexionar sobre el camino recorrido, pensar en el qué vendrá y volver a montarnos para seguir avanzando, paso por paso. Así, de a poco, empezamos a ver las cosas que nos suceden en la vida de una manera distinta. Porque cuando nos toca el primer desafío, como en el caso de cuando nos regalan nuestra primera bicicleta, nos subimos con temor y vamos andando con la cabeza dura y los hombros encogidos, con la mirada solamente hacia adelante, por el temor de caernos y por eso no reparamos en nada de lo que ocurre a nuestro lado.
Pero en la medida que vamos andando, que avanzamos por territorios aún no explorados y vemos el camino que ya tenemos recorrido, es ahí cuando sentimos que realmente hemos conquistado nuevos destinos, consolidamos nuestro equilibrio, el que nunca es total porque algo siempre puede volvernos inestables, pero sabemos que está en nosotros desplazarnos y elegir el sendero que queremos tomar.
Y así es la vida. Crecemos sin darnos cuenta, logramos cierto equilibrio y eso nos ayuda a pensar distinto. Porque después que pasa el tiempo, que recorremos camino y que descubrimos nuevos lugares que nos ayudan a ver las cosas de otro color, vamos teniendo nuevas experiencias, las que seguramente nos iluminen en lo que no podíamos ver por falta de claridad.
Aprovechando una de las primeras jornadas de primavera en las que se podía salir a la calle luego de varios días grises y de lluvia molesta, ayer salí a andar en bicicleta por la hermosa costanera que tenemos los salteños. Delante de mí, iba mi hijo, a quien deseo que en la vida le toque lo mejor. Lo llevaba su madre porque es muy pequeño, pero él irá creciendo y algún día saldrá solo, buscando su propio destino, ya que esa es la ley de la naturaleza humana.
Pero en ese marco, me acordé de los cientos de jóvenes uruguayos que esta semana participaron del triste episodio de hacer una manifestación por un reclamo al cual ni siquiera tienen claro bien de qué se trata. Solamente les dijeron que “precisan más plata para estudiar” (¿¿¿???) así como lo lee. Estoy seguro que muchos de los que se enfrentaron a la Policía cuando ésta fue a cumplir con la ley que les exige el desalojo de edificios públicos, no saben qué es el producto bruto interno y por eso solamente hablaban del “6 por ciento”, sin saber de qué o para qué querían tanto porcentaje, al que han convertido ya en un slogan, más que en un reclamo concreto.
A esos chiquilines habría que decirles que tienen que ir a estudiar más allá de ese dinero que tanto piden. Y tienen que hacerlo porque el mundo de hoy es altamente competitivo y la educación es la única herramienta que opera como medio igualador de oportunidades en las distintas clases sociales, en función del conocimiento que pueda adquirir una persona. Para eso, el Estado dispone de centros educativos públicos, con docentes que pagamos todos, para que reciban educación y puedan generarse un futuro promisorio.
Que hay dificultades en la educación pública, hubo, hay y las habrá. En mi época de estudiante los problemas eran aún peores que ahora. Los gobiernos anteriores a los del 2005, otorgaban mucho menos dinero y porcentaje del PBI a la educación pública que el que se destina actualmente. Ahora, que se haya malgastado el presupuesto otorgado y que se han gestionado mal los recursos, a nadie le cabe duda, de lo contrario, habrían solucionado muchos de los problemas que aún hoy se presentan.
Pero volviendo al tema, decía que mientras veía a mi hijo andar en bicicleta y querer llegar a un destino determinado, descubriendo de a poco cómo se hace camino en la vida, recordaba con tristeza las imágenes en las que cientos de jóvenes siguen sin concurrir a clases y están enfrascados en una lucha que nada tiene que ver con el reclamo de sus derechos, al menos ese no es el modo de hacerlo, y que sí traduce mucho los valores de una época a la que estamos asistiendo donde con ese comportamiento lo que están generando es violencia contra sí mismos, falta de códigos, carencia de pensamiento y una paupérrima manera de mostrar que no saben cómo funciona el sistema del cual ellos mismos son parte y tratan de destruirse a sí mismos sin darse cuenta. Dicen que quieren tener más recursos del pueblo para poder estudiar más y mejor. Realmente no se entiende, es contraproducente con su actitud y genera rechazo de todos los sectores de la sociedad.
En ese sentido, con esa manifestación de violencia solamente se alejan de cualquier sistema educativo, se vuelven forajidos y carecen de legitimidad para pedirle a la sociedad, que en definitiva es la que pone la plata, más dinero para los centros educativos a los que concurren. Además demuestran querer ponerse en el último lugar de la fila y desaprovechar su tiempo, porque mientras ellos hacen “paro y ocupación”, hay otros jóvenes que nacieron en hogares con mayores privilegios que sí están estudiando en colegios privados de primer nivel y que avanzan más escalones que ellos.
Es decir, son jóvenes que andan en bicicletas más nuevas y pedalean sin parar para llegar primeros a la meta y decidir en qué lugar poner al pelotón. Seguramente esos chicos que llegaron primero a la meta serán los que emplearán a quienes estaban a los episodios de pedradas con la Policía y les fijarán con el sueldo que decidan pagarles, la forma de vida que éstos tendrán. Y yo no quiero eso para mi hijo, no creo que los padres de quienes estaban en esta horda violenta del otro día quieran eso para los suyos, y tendrían que decirles que no estamos en los años 60 cuando el país se caía a pedazos, ni siquiera en la crisis del 2002 cuando se cayó del todo, y donde sí hubo que salir a la calle, pero nadie tiró piedras, porque ni eso había para tirar.
Fui dirigente estudiantil, participé en muchas marchas y movilizaciones por más recursos para la educación y realizamos junto a entrañables compañeros distintas instancias de diálogo y de análisis para dar nuestro aporte al problema. Pero jamás se nos ocurrió agarrarnos a pedradas con nadie, porque iba en contra de nuestros objetivos, que eran los de mejorar la educación, no los de empeorarla. Por eso hoy miro con tristeza y lejanía esos episodios como los ocurridos la semana pasada y que espero que no se repitan.
Cuando veía anoche que el color habitual de la luna se desvanecía y el fenómeno natural que eclipsó a todos en distintas partes del mundo avanzaba, no dejaba de pensar en cómo el tiempo pasa, las cosas cambian, la vida sigue, el camino se recorre tramo a tramo, como cuando andamos en bicicleta, y entonces no podemos seguir dejando pasar oportunidades de crecer interiormente, de mirar hacia adelante, de ir sabiendo por lo que ya pasamos y forjando en consecuencia un mañana mejor, sobre todo para que nuestros hijos no cometan los mismos errores que nosotros.
Como hice yo, cuando aprendí a andar en bicicleta, sacándole antes de lo necesario las rueditas a la mía, de puro porfiado nomás y así me caí muchas veces en la misma curva. Hasta que pude doblar sin que me pasara nada, pero con el raspón de la rodilla al viento.

HUGO LEMOS

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El límite es el abuso

La mujer hacía rato que estaba parada afuera del juzgado penal de la calle Artigas 1080, llorando y con su hijo en brazos. Hacía calor esa tarde y tenía que pasarle algo muy terrible como para que estuviera en esa situación, sufriendo además del clima, el hecho de que su pequeño niño estuviera notoriamente incómodo, esperando nada, porque nadie la iba a atender.
Me percaté enseguida de ello y me fui a hablar con ella para saber qué era lo que esperaba. Enseguida me miró y sin preguntarme quién era ni porqué la indagaba de esa manera, me contó: “esta mañana llegó la Policía a mi casa a buscar a mi hermano, ellos saben que él no vive ahí, pero entraron igual, me dijeron que tenían una orden de allanamiento y me tiraron las pocas cosas que tengo en el rancho. Pero no es tanto eso, porque ya lo han hecho, asustando a las criaturas (en referencia a sus dos hijos de 2 y 5 años de edad) sino que me llevaron los únicos 340 pesos que estaban arriba de la mesa y es lo único que tengo para comer y quiero que me los devuelvan. Fui a la (Seccional) Tercera y me dijeron que viniera a quejarme con el juez. Y ahora lo estoy esperando para que salga y me devuelva la plata”, dijo la mujer ignorando que ningún juez la iba a recibir y que si alguien se llevó su dinero, era simplemente un hurto, porque nadie le iba a devolver nada.
Este episodio ocurrió hace seis o siete años aquí en Salto, o quizás un poco más. Mientras usted estaba haciendo sus cosas y yo otras, por las cuales no nos enteramos de estos hechos que sí ocurren. Me causó tanta indignación el caso, que en ese momento hablé con quien ocupaba un alto cargo en la jefatura y se decía “el único detective de Salto”.
El funcionario de marras, me dijo en ese momento que “qué le van a robar, vaya uno a saber si tenía dinero encima, no hay que creerles nada”. Me ofusqué y le dije que una mujer sola, con un niño llorando en brazos, no se iba a comer el garrón de pasar cinco horas al rayo del sol para recuperar solamente 300 pesos, si es que todo eso fuera un invento. El “detective” se rió y no me contestó. Fin de la conversación con ese sujeto y comienzo de mi desagrado por funcionarios policiales que creen tener poder para abusar de la gente más vulnerable y reírse del resto.
“Lamentablemente estas cosas pasan”, me dijo uno o dos días después un oficial de alto rango y vinculado al Comando de la Jefatura de la época. Acreditando que ese tipo de situaciones podían ser posibles y que no le parecía nada raro que algún policía, aprovechando el momento de confusión y maltrato que estaba pasando la familia allanada, haya “tomado” para sí el dinero que vio a mano. “Total, nadie le iba a creer a la mujer después, porque si le allanaron la casa por un delito, es la parte débil del caso. Pero lamento que haya sucedido si es que ocurrió, porque sé que pudo haber pasado”, me indicó dándome un aire de tranquilidad de que al menos había gente que llevaba el uniforme con más dignidad que otros y que habían decidido en su vida vestirse así y salir a la calle, para cumplir una función, la de proteger y servir a los ciudadanos, y que no lo hacían para cobrar un sueldo y sacar provecho del arma que llevan colgada a la cintura.
Pero la historia del abuso policial en los procedimientos es vieja como el mundo y tiene varios factores que la explican. Una de ellas me la describía un exjefe de Policía de Salto. “El policía tiene que lidiar todos los días con el delito y con los delincuentes, sabe que él tiene que mantenerse al margen de todo esto, sin embargo trata con ellos y éstos le muestran incluso un mundo de dinero fácil y de no tener que depender de nada ni de nadie. Los policías son seres humanos también y tienen debilidades como tales, pero quizás ese día en el que el policía cometió el abuso, salió a la calle sin tener dinero para dejar en su casa, porque ganan muy poco, o no le pudo a comprar a su hijo lo que éste le pidió o tuvo un problema con su señora como consecuencia de esto mismo. Entonces no justifico en absoluto que hagan cosas como esas (las de llevarse dinero ajeno), pero pueden pasar por este y otros factores. Si se prueba el caso, se los echa, pero mientras tanto, es muy difícil amonestar a alguien por las dudas”.
Todo esto a colación de que el otro día, en un allanamiento realizado por la Policía, los funcionarios llegaron a esposar a una niña de 11 años de edad para impedir su intervención en el operativo y que éstos pudieran dar con lo que buscaban. El increíble caso, que fue denunciado por EL PUEBLO en una de sus portadas de la semana pasada, es violatorio de todos los derechos, leyes y convenciones internacionales a los que suscribió el país, sobre la protección de los derechos de los niños.
No solo por la violencia que ese funcionario público ejerció al aplicarle maltrato y abusar de la humanidad de una niña de 11 años de edad, sino que además, genera sorpresas que este tipo de actitudes y abusos se cometan y que las autoridades cuando escuchen esas denuncias, las miren subjetivamente y no escuchen estas denuncias pensando que se trata de un relato falso, fruto del despecho de las víctimas por el acto sufrido y no tengan andamiento en otros casos.
Si este caso realmente existió y fue tal como lo plantearon a este diario las víctimas del asunto, es un hecho que debe ameritar la intervención de la justicia, para saber si el funcionario implicado en este episodio cometió este abuso con una pequeña de 11 años, para que el mismo sea castigado y además para advertirle a las autoridades policiales, que deben tomar más en serio la legislación vigente y ordenarle a sus subordinados respetar las leyes y proteger a los más débiles, en este caso a una niña, que si intentó obstaculizar la acción de varios hombres armados hasta los dientes como es el caso del grupo de choque de la policía local (algo muy poco creíble), debieron tomar recaudos para que esa niña estuviera a salvo durante el operativo y no es esposándola y sometiéndola a ese indignante trato, que lo estaban haciendo.
Para que la gente confíe en la Policía se necesita una actitud honesta y protectora de parte de la misma. Estamos asistiendo a tiempos de mucha violencia, donde los códigos de convivencia social se resquebrajan por la carencia de valores que socava las más caras tradiciones sociales de moral y buenas costumbres, en ese sentido, la Policía debería ser la última reserva moral de un Estado protector que siembre valores y esperanza, pero por ahora, si estos hechos se confirman, en lugar de eso, solamente deja mucho que desear.

HUGO LEMOS

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¿Lo de la estigmatización, es en serio?

Cuando a una persona la procesan con prisión y el caso por la que fue enviada a la cárcel no es de alarma pública, es decir, no fue mencionado en forma reiterada en los medios de comunicación y por lo tanto no causó estupor ni expectativa en la gente sobre el desenlace del asunto, a los periodistas se nos endilga que no debemos estigmatizar a los autores de este hecho. Nos exigen que tenemos que ser cautelosos con el manejo de la información, que debemos ser responsables con los datos que aportemos a la opinión pública y que en lo posible, no manejemos nombres propios, ni apodos que puedan individualizar a una persona en particular, porque lo único que haríamos sería estar estigmatizando gente. La que aún, más allá de que el Estado primero la haya sancionado, sigue siendo titular del principio de presunción de inocencia.
Entonces en muchos de estos casos, el periodista recoge la información, guarda para sí los elementos que puedan ser identificatorios de los involucrados y trata hasta en demasía diría yo, en cumplir con no estigmatizar a nadie y no mandar gente al frente, porque si luego el sujeto es liberado, o incluso tras un procesamiento el mismo es revocado o al final es sobreseído, el medio de comunicación, cosa que nunca ocurre, debería dedicar un espacio a decir cómo terminó tal o cual caso y cuál es la condición del individuo que en ese momento fue enjuiciado.
Pero después que el periodista recoge la información, cuida de no quemar al procesado y maneja el dato por lo general como “un hombre mayor de edad” y en todo caso, aporta alguna información más acerca de la personalidad del sujeto en cuestión, diciendo que si el mismo era “conocido” o “pariente” de la víctima, sin identificarlo y sin que la sociedad sepa quién es y dónde vive.
Aunque después de tanto cuidado, de tanto apego a las normas, de tanto tener en cuenta el hecho de que tomar recaudos para no crucificar al pobre tipo que se ve envuelto en una situación de estas características, por su propia conducta claro está, pero se ve envuelto al fin, los funcionarios policiales y también los judiciales que contribuyen con que esto sea así, tiran todo por la borda y les importa tres pepinos la estigmatización del individuo y todo el bla, bla, bla, que nos enseñan en la Facultad y que los jueces sobre todo, son los que más lo repiten y los policías ni que hablar, porque son formados para recibir órdenes y no cuestionarlas, pero terminan haciendo todo al revés y al final queda por eso nomás.
Cada vez que procesan a un tipo, lo sacan a la calle esposado y como naranja para muestra, lo hacen esperar en la vereda con un oficial de custodia a su lado, cosa que llame más la atención todavía, así los hombres lo miran de reojo, las mujeres se aprietan el bolso contra el cuerpo y lo ven atemorizadas y el tipo con ganas de decirles: “señora, para qué tanto susto si ya estoy preso, esposado y con un policía al lado, no ve que no le puedo hacer nada, siga su camino nomás”, pero no. Ni el procesado les dice nada, porque no da, porque la mujer ya vio cómo estaba y aún así se asustó, así que no daba para decirle nada, y la mujer asustada podría disimular, y pensar un poco que si el sujeto ya está esposado y custodiado, por más que esté en la vereda del juzgado, expuesto por los funcionarios que están incumpliendo con todo el mandato de no estigmatizar a las personas en ese estado, no le va a hacer nada, o al menos es muy difícil que el tipo a esa altura, tenga ganas de seguir haciendo estupideces.
Pero esa situación por más ridícula que suene es real, y falta que pase un niño y les tire piedras. Entonces, todo esto para decir que el principio de no estigmatización de las personas privadas de libertad, es vulnerado por los propios operadores del sistema, porque cuando no los sacan a la vereda del juzgado a esperar el móvil que los trasladará a destino, como exponiendo la cacería del día, los sacan en la caja de la camioneta policial a la vista de todo el mundo, despacito, por calle Artigas y en horas de la tarde en un día hábil, donde se desarrolla el mayor movimiento céntrico para que todo el mundo los vea.
Por más que la camioneta policial tenga espacio adentro, en la parte trasera de la cabina, al tipo lo sacan afuera, al viento, como para que se despeine, pero sobre todo para que lo vean bien y sepan de quién se trata.
El problema está en la contradicción del propio sistema, que por un lado expone a las personas y por otro lado, limita el trabajo de los medios y genera consecuencias que pueden rayar en la libertad de trabajo de los periodistas. Pero más que eso, me preocupa el doble discurso desde el Estado con este tipo de cosas. No tanto con las consecuencias de mostrar que una persona está presa, sino con que por un lado se limite la tarea en base a esto y la fundamentación sea el hecho de que la gente no debe ser prejuzgada y debe ser respetada. Y por otro lado, que el propio Estado a través de sus operadores, burlen este principio y hagan totalmente lo contrario desde el punto de vista práctico.
Como paradigma de todo esto, está el caso de la joven argentina Lola Chomnalez, que tuvo el infortunio de cruzarse con un enfermo mental en la playa cuando veraneaba quien le quitó la vida y que por ahora, no se sabe quién fue, pero sí se sabe quiénes han sido acusados de ser los posibles autores.
Incluso a muchos de ellos ya les conocemos su biografía, dónde nació, cómo se compone su familia, a qué escuela fueron, de qué trabajan, qué querían ser cuando fueran grandes, sobre esto último estoy seguro que ninguno quería ser escrachado en televisión como sospechoso de asesinato, pero las falencias del sistema en manos de sus propios funcionarios son las que los pusieron en ese estatus.
Así que de aquí en más, no es que voy a pretender que las cosas cambien radicalmente porque para esto deberían influir sobre alguien que tomara las decisiones en serio y fuera responsable, entonces le ordenara a sus subordinados que no muestren a los procesados en la vereda, o que tampoco los expongan en la parte de atrás de la camioneta policial. Pero al menos espero que haya compromiso de parte de los funcionarios públicos con su función y que cuando realmente te exijan respeto y cumplimiento a las normas vigentes, ellos sean los primeros en demostrarlo, para que todo lo que exijan sea serio.
Hay cosas que las seguimos haciendo mal y está en nosotros darnos cuenta para poder revertirlo. Esto requiere que nos sentemos un poco a reflexionar sobre cómo estamos llevando adelante determinadas prácticas. Quizás de esa manera nos demos cuenta que lo que no está bien, debe corregirse para que no lo sigamos haciendo de la manera equivocada. Pero en Uruguay no hay con qué darle, el Estado dice una cosa, pero ejecuta sus acciones de una manera totalmente diferente a cómo debería hacerlo y eso en cierta medida nos deja completamente descolocados en muchos aspectos.
A qué voy con esto, el principio de no estigmatización que aprendemos en la facultad de Derecho, vayamos a la universidad que sea, es clave para salvaguardar la personalidad de quienbes pueden ser imputados de cometer un crimen.

HUGO LEMOS

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Ahora nos toca a nosotros

“Qué vienen a hacer acá, si no hay trabajo ni para nosotros?”, comentó una mujer que llamó a la Redacción cuestionando la llegada de familias sirias que arribaron a nuestro país como refugiados. Lo hacen para huir del horror de la guerra que viene devastando a esa nación desde hace mucho tiempo, sin que nadie pueda ponerle fin ni mucho menos levantar una bandera blanca en señal de un pedido de tregua.
El cuestionamiento de esa lectora es de una ignorancia supina porque se agota en el pensamiento de que quienes arriban de otro país como refugiados, buscando establecerse en un lugar en paz, por ser individuos de la especie humana que como nosotros quieren crecer y desarrollarse con una vida normal, no solamente están buscando trabajo y dinero, sino que para ello necesitan saber que se van a levantar cada día sin correr el riesgo de que una bomba les explote al lado o que una bala perdida les perfore la cabeza, tanto a ellos como a sus seres queridos y dejen de existir así nomás de una, pasando a ser un dato más para la estadística del horror que cuenta muertos en las guerras.
Pero debo admitir que la imagen que recorrió el mundo me partió en mil pedazos y me estremeció en todo sentido. Porque al verla, al igual que lo que declaró en las últimas horas el policía turco que recogió el cuerpecito de Aylan (el niño que falleció junto a su hermano y a su madre tras el naufragio de un bote para cuatro personas que él ocupaba junto a otras 11 y que al igual que él huían de la guerra en Siria) que terminó en una playa turca, yo también en lo primero que pensé, fue en mi hijo.
Él tiene 3 años de edad, se levanta cada mañana con una sonrisa angelical y una mirada que le toca el corazón a quien la vea y se dedica a crecer, a jugar, a aprender y a ser feliz, haciendo felices a quienes lo rodeamos por tenerlo con nosotros cada día. Seguramente el pequeño Aylan, que también tenía 3 años de vida, también hizo felices a sus padres, los miraba con ternura e inocencia, les daba esa sensación de felicidad que solamente te hace sentir alguien muy especial y así los acompañó hasta su última bocanada de aire en el lamentable periplo que determinó en un desenlace trágico, que todos conocimos a través de una fotografía y que el diario La Nación de Buenos Aires, en su portada del martes 1º de setiembre, resumió en mi opinión con total acierto: “Tristeza Sin Fronteras” fue el título que estampó el matutino resumiendo en forma contundente lo que había pasado.
El mundo entero sintió el impacto al ver esa imagen y las autoridades un tirón de orejas por no hacer nada para parar esa barbarie, que es una afrenta para la paz mundial y para la convivencia pacífica en pleno Siglo XXI. Al ver esa imagen, lejos de dejarla para el olvido, la misma sacudió hasta las raíces del árbol más fuerte y nos movilizó a todos para que nos convoquemos a la reflexión sobre este problema de la humanidad y de la que nosotros, también desde Salto y el Uruguay, somos parte indisoluble.
Cuando nuestro país recibió a las familias de refugiados de la guerra en Siria, me sentí muy orgulloso de ser uruguayo y de vivir en un país que atiende a este tipo de casos como parte de sus actos de gobierno, porque concibe a la problemática de la humanidad, como parte de la problemática del país y eso es sentirse cabalmente parte del mundo y compartir sus alegrías y sus tristezas, conviviendo tanto con sus tragedias como con las cosas buenas que impactan en el mismo planeta que habitamos los más de 7 mil millones de personas.
Ver cómo esas familias hacían fila en las afueras del Consulado uruguayo en El Líbano, donde permanecían en forma momentánea buscando un sitio definitivo al cual huir, y encima cómo los niños se compraban camisetas de la Selección Uruguaya con el nombre de Luis Suárez estampado atrás para caer más simpático a los funcionarios de la Secretaría de Derechos Humanos de la Presidencia que se habían trasladado hasta el lugar, con la finalidad de hacer la clasificación de quiénes serían los beneficiados de venirse a vivir al Uruguay, era algo hasta consternador.
Encima, saber que en los próximos meses, porque aún no está definida la fecha y por ahora no se sabe si será en noviembre o en febrero del año venidero, que arribarán más sirios al país y que al menos una de esas familias que vendrán a esta tierra a buscar su destino para un mejor futuro, serán instaladas en Salto, es hasta un compromiso muy lindo de asumir, por el que brego que asumamos todos como sociedad para demostrar que los valores aprendidos hasta el momento y de los que nos sentimos orgullosos cada vez que hablamos de lo que somos y de cómo somos los que habitamos esta tierra, los apliquemos en ocuparnos de que el recibimiento a estas personas sea para integrarlos, incluirlos y hacerlos sentir como en casa.
Creo que si tanto nos impactamos con los hechos trágicos ocurridos en los últimos días y tanto decimos en todos lados que esa realidad sí nos importa, no podemos mirar para el costado y por el contrario debemos ponernos los problemas al hombro para aportar nuestro granito de arena, demostrar nuestra capacidad de ser inclusivos y de darle cabida a todos los hombres de buena voluntad, que buscan paz, libertad y prosperidad, valores que han forjado a nuestro país desde su nacimiento.
El hecho de que Uruguay sea un país que se ocupa de las personas que en el mundo son perseguidas y corren riesgo de vida por situaciones de violencia y hechos de injusticia, como lo es la guerra sin fin desatada en Siria, no es solamente una muestra de humanismo y de pregonar en cierta forma los valores de los que tanto nos jactamos, sino que es darle un ejemplo al mundo de que si nosotros, que somos un país pequeño con una serie de dificultades económicas que muchas veces causan problemas a su propia población, somos capaces de repartir lo poco que tenemos con quienes más lo necesitan, las naciones más ricas y poderosas, que muchas veces intervienen en conflictos bélicos por las causantes o responsables en gran medida de lo que pasan otros países, deben hacer lo mismo y acoger a los refugiados sobre todo a las mujeres y niños, porque son hijos del mundo y hermanos de nuestros pueblos.
Por eso, cuando lleguen refugiados al Uruguay y si es que lo hacen también a Salto, ya sean sirios, libaneses, polacos, argentinos, chinos o africanos, no importa su procedencia, debemos esperarlos con los brazos abiertos e incluirlos en nuestra sociedad para que sepan que aquí hay un pueblo que sabe y conoce lo que es la paz, y que la defiende y la valora por encima de cualquier diferencia y barrera, que no se limita a mirar a nadie con lupa y que en el mejor de los sentidos no pregunta cuántos son, sino que vayan viniendo, porque aquí los vamos a esperar para construir todos juntos un mundo más justo, próspero, libre y venturoso para cada ser humano.
Se lo debemos a Aylan, ese angelito que se ha convertido en la bandera de todo esto y que al verlo en esa desgarradora foto debemos preguntamos ¿hasta cuándo?

HUGO LEMOS

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Que no los sigan excluyendo

Cómo no hacerle caso a la maestra cuando me decía que hiciera bien los deberes, que estudiara y que no charlara tanto en clase, porque si no aprendía y no aprovechaba lo que ella me estaba enseñando, mientras el sistema sí estaba funcionando y no había paros que le impidieran dar clases, otros que sí iban a tener clases siempre, sin interrupciones porque accedían a centros educativos privados de alta dedicación, y que sí estudiaban todo el tiempo, porque les marcaban una disciplina que iba desde la casa hasta el aula, se iban a poner delante de mí en el futuro.
Yo no entendía mucho cuando ella decía esto, pero con el devenir del tiempo y el paso de las épocas, siendo ya padre y queriendo lo mejor para mi hijo, me doy cuenta a cabalidad de lo que me estaba diciendo aquella maestra de pura cepa, como las que nos educaron en la época post dictadura y que como a mí, educaron al grueso de la generación de maestros y profesores que son los que trabajan actualmente y que se encuentran en esa lucha frontal contra el gobierno, en el conflicto sindical por querer aumentar su salario y ganar un sueldo que dignifique la profesión.
Esto último es muy importante, dignificar la profesión para los actuales maestros y profesores pasa básicamente para ellos por ganar un sueldo que les permita olvidarse a la hora de ir a trabajar, de cosas tan elementales como si la heladera está llena o vacía y que las cuentas estén todas pagas, porque así pueden concentrarse en su tarea al saber que sus hijos no están pasando dificultad alguna.
Eso es en definitiva lo que quieren los docentes que esta semana que pasó, fueron los protagonistas por todo el lío y las paralizaciones que generaron y que hoy tendrán un día clave para decidir qué decisión van a tomar al respecto, sabiendo que el gobierno no va a poner más plata arriba de la mesa y encima los quiere de nuevo en las aulas. El gobierno es un patrón jodido, a decir del periodista de El Observador, Gabriel Pereyra, que ejemplificó claramente lo que ese empleador hace. Le paga sueldos de 80 y 90 mil pesos a porteros de bancos estatales y a la vez paga sueldos de hambre a maestros y profesores, que en la mayoría de los casos, se prepararon para esa función estudiando, en detrimento de los otros, que con todo respeto, ejercen una función que para la sociedad no es tan importante como la de un educador.
Por todo esto, las aulas están vacías, o al menos con los maestros trabajando pero aún así, haciéndolo con la cabeza puesta en lo que va a pasar en la asamblea de la noche, donde esperan noticias favorables a sus reclamos. Mientras tanto los niños y adolescentes no se están educando como deberían y ese es el meollo del asunto. El hecho de que los educandos no reciban la calidad de la enseñanza a la que tienen derecho a acceder, debería ser la discusión central, pero sin embargo seguimos hablando de plata, porque lo que se está discutiendo es más y mejor salario y esa ha sido la discusión de los últimos años, sobre todo desde que el gobierno anunció que quería mejorar la calidad de la enseñanza pública.
Y más allá de que el gobierno diga esto, es porque sabe que la calidad de la educación que se recibe desde el Estado no es buena, por ser generoso con el término, y los docentes, que se autodefinen “trabajadores de la educación”, sostienen que para exigirles calidad, deben pagarse primero salarios dignos, y al final todo sigue igual, y la rueda gira de la misma manera, y en definitiva nunca se discute por mejor educación. Y un ejemplo de ello fue lo que pasó en el primer gobierno de Tabaré Vázquez, cuando conformó las Coordinadoras Organizadoras del Debate Educativo (CODE) que hablaron todo el año de cualquier cosa menos de cómo brindar una educación de calidad, lo sé porque integré una de ellas y al final, hasta votaron en un congreso que denominaron “Julio Castro” y que se celebró en el Palacio Peñarol, un proyecto de ley de educación, que tras todo ese trabajo para llegar a armar dicho proyecto, al menos debió ser considerado por el gobierno de la época.
Pero no, el entonces ministro de Educación y Cultura, Jorge Brovetto, sacó del cajón del escritorio el plan B, la alternativa a todo eso y elevó al parlamento la ley que el gobierno quería que se votara y es la que conocemos actualmente. Por lo tanto, si llegó a hacer eso en su momento, nada le impedirá al presidente actual, que era el mismo que el de entonces, imponer sus condiciones. Porque si bien va quedando solo con su idea de decretar a la educación como un servicio esencial, será quien al final de cuentas diga cómo van a seguir las cosas. Además, por una razón bien simple, Vázquez no es Mujica, no va a dejar que los sindicatos le digan qué hacer. Él tiene una personalidad fuerte, construida en base a su don de mando, por algo ha sido presidente de todo lo que se ha propuesto, del club del barrio, de la Intendencia, del Frente Amplio y del Uruguay en dos oportunidades. Él pone las reglas y ahora lo hará saber.
Pero el problema pasa por saber ¿quién paga con todo este desbarajuste? Los niños y adolescentes que más necesitan estudiar, son los más afectados por esta pulseada entre el gobierno actual y los sindicatos de la enseñanza, que lejos de estar enfrentados por cómo brindar mejor calidad en las aulas, con una educación de vanguardia, aggiornada al mundo, una educación que realmente los incluya, preparándolos para enfrentar a un mundo que excluye siempre a los mismos, a jóvenes de hogares de clase media, media baja y sobre todo de clase baja, con la finalidad de que puedan revertir esto y encuentren a través de la educación un factor de igualación que les de la oportunidad de tener una movilidad social ascendente, no, nada de eso, presenciamos un enfrentamiento que paraliza al sistema por el que pagan los más débiles, que son los estudiantes, y todo por un tema salarial, en definitiva por plata.
Este tipo de situaciones, que por estos momentos pululan en el Uruguay debido a que los sindicatos tienen plenas libertades de llevar adelante todo tipo de medidas, con la finalidad de ejercer presión para poder conseguir resultados favorables a sus reclamos, cuando no generan diálogos y acuerdos en que todas las partes deben mejorar, para poder estar en un sitial de privilegio, solamente resquebrajan a la sociedad y profundizan la fragmentación social a la que venimos asistiendo desde hace tiempo, donde hay un puñado de gente que tiene acceso al mundo, y otro que trabaja para pagar algunas cuentas y poder tener algo en la heladera, pero ni cerca de tenerla llena y mucho menos todos los días.
Entonces hay gente que accede cada vez más a las cosas que ofrece el mundo para tener cierto nivel de vida y una mayoría que se pierde en el reclamo porque no prospera, y a la que le damos las cosas de mala calidad, entre ellas una mala educación para que se eduque lo suficiente como para ser empleado del otro que sí estudió y que sí tuvo la posibilidad de acceder a las cosas que ofrece el mundo y así sigue la cadena.
La educación es el único factor de igualación social, sino bregamos porque la discusión trascienda el tema salarial y que quienes están encargados de impartirla, se preocupen por mejorar la calidad de su trabajo, las cosas van a empeorar y entonces si el gobierno en serio quiere mejorar la educación, deberá sentarse a la mesa, bajar el tono, sacarse el don de mando por un rato y tratar de calmar los ánimos, para encontrar consensos que permitan que al final de ese diálogo, los que salgan ganando sean los que hoy están perdiendo por todo este conflicto. Y éstos no son otros que los niños y adolescentes que precisan ser educados para no tener que estar mañana reclamando por un salario que supere al menos por un poquito, al que ya reciben. Que no les trasladen a ellos sus frustraciones del presente y que entre todos hagan algo para que la educación en Uruguay, vuelva a ser un motivo de orgullo.

HUGO LEMOS 

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¿A quién educa el INAU?

El Estado tiene el deber de velar por los intereses y derechos de los más vulnerables de este país. A veces parece una frase hecha que es repetida hasta el cansancio por los gobernantes de turno, porque además de ser un eslogan del dibujoEstado Protector que fue creado por el batllismo a principios del Siglo XX y que hoy vemos en muchos aspectos con los distintos gobiernos del Frente Amplio, sintetiza lo que todos esperamos que el Estado haga por los más débiles.
Pero cuando vemos la situación en la que se encuentran principalmente hoy, los niños y adolescentes que están internados en los distintos hogares del INAU, nos preguntamos si todo cae por su propio peso, si las normas que establecen el especial cuidado de los más chicos que están en situación de desamparo no son un chiste, si el Interés Superior del Menor, del que habla el Código de la Niñez y la Adolescencia (CNA), sancionado en 2004 haciendo la diferencia entre ambas franjas justo para eliminar el concepto de Menor, que los englobaba a todos los menores de 18 años de edad, es solo una gran farsa, o si en realidad todo es así y nos hacen creer que el Estado protege y ampara en los papeles, pero luego las instituciones encargadas de hacerlo y sus funcionarios se pasan esas obligaciones por donde no les da el sol y lo de la protección era solamente un cuento.
Cuando vi el video de la golpiza que le dan los funcionarios del INAU al grupo de adolescentes infractores que estaban reclamando la presencia de los mismos, internados en ese mal llamado “hogar” que en realidad es un centro de reclusión, porque no es otra cosa que una cárcel juvenil con todas las características de un recinto penitenciario común y corriente, pero que se hace llamar “hogar” cuando justamente de “hogar” no tiene nada, no quise hacer comentario alguno por varias razones. Primero, porque si los jóvenes que están en ese lugar son delincuentes, allí los estaban tratando como tales al tenerlos encerrados, enrejados y con códigos carcelarios, que les hace suponer que el próximo paso al salir de allí, será el Comcar.
Lo otro, es que a los funcionarios a quienes estos jóvenes recluidos estaban llamando, se encontraban en ese momento en una asamblea por motivos gremiales, las cuales se han transformado en muchas instituciones públicas como una suerte de rituales, donde muchos funcionarios se juntan para quejarse de lo mal que trabajan por la escasez de recursos con los que lo hacen; mientras que al mismo tiempo el gobierno sale a contradecirlos y dice que los ha dotado con el mayor presupuesto de la historia en sus respectivas áreas.
Aunque sobre todo, los trabajadores se quejan de lo poco que ganan y de las ganas que tienen de no hacer nada de nada para demostrar que están disconformes con su puesto de trabajo, al que abandonan en los hechos cuando salen a quejarse, pero tampoco renuncian para darle lugar a otro que por ahí también se queja igual o menos que ellos, pero capaz que trabaja y atiende sus obligaciones y evita situaciones como éstas, las que fueron generadas en parte porque la legítima y legalmente amparada asamblea gremial en su lugar de trabajo, desatendió la necesidad de contención y educación de estos jóvenes infractores que están en recintos como éstos por una sola razón, la de ser atendidos por personal capacitado que tenga conocimiento y compromiso con esa realidad y sobre todo que se ocupe de darles la educación adecuada para ser rehabilitados.
Si bien, todos sabemos que esos adolescentes que estaban reclamando previo a ser golpeados, no son carmelitas descalzas, tampoco puede venir una patota, darles una paliza para que tengan y no reclamen y después no querer que les caigan con todo por actuar como patovicas. En cierta forma, los funcionarios del INAU que les propinaron la paliza a los infractores, trasladaron con esa actitud violenta, la frustración que sienten cuando el Estado contra quien ellos se quejan, hace exactamente lo mismo, no escucha sus reclamos y directamente les pega una patada.
Aunque esta vez se les fue la moto y mal, porque terminaron castigando a estos jóvenes que ya vienen siendo hostigados por la sociedad, la que los considera parias por su conducta delictiva y los excluye, los aloja en un lugar donde el Estado controla y cuenta con funcionarios presuntamente capacitados, los que se deberán encargar de velar por el Interés Superior del Menor del que tanto habla el CNA, educándolos, cuidándolos, enseñándoles a cambiar su conducta y a tener una mentalidad que les permita vivir en sociedad, sin violencia y con una actitud proactiva, aunque nada de esto es verdad porque ni el lugar es el adecuado ni los funcionarios están capacitados para esto, y eso es una verdad absoluta, máxime cuando el propio presidente del sindicato del INAU, Joselo López, dijo que había funcionarios de esos hogares “que están terminando sus estudios de secundaria”, lo que deja en evidencia la precaria calidad de funcionarios para un ámbito de estas características.
Pero después de ver ese video y todo lo que sobrevino después, la pregunta surge indefectiblemente ¿a quién educa el INAU? ¿Qué garantía nos dan esos funcionarios pagos por la sociedad, de que van a trabajar para rehabilitar a esos jóvenes que terminaron en esos centros de reclusión por haber cometido delitos siendo adolescentes? ¿Cuál es el protocolo de acción que tiene el INAU para atender a los jóvenes violentos y qué preparación tienen realmente sus funcionarios? Esto que vimos todos los uruguayos y que nos causó estupor por la violencia que se emplea en esos lugares que se suponen de contención, ¿es la primera vez que pasa, o se trata de algo que es moneda corriente en esos ámbitos mal llamados hogares?
Como ciudadano me preocupa mucho todo esto y me hace sentir que en cierta forma estoy siendo estafado por el Estado, más allá de quién gobierne, porque no concibo que las instituciones públicas y sus trabajadores, a las que alimentamos con el dinero de nuestros impuestos, no cumplan ni con el más mínimo criterio que establece su existencia. Como periodista, sé que este tipo de casos son frecuentes, no tengo pruebas contundentes pero he sido informado por diversas fuentes de hechos ocurridos tanto en Salto como en otros lugares del país, de que este tipo de cosas ocurren y que más allá de que los jerarcas de turno tienen toda la voluntad de hacer las cosas bien, estos hechos trascienden su potestad jerárquica e igual suceden cada vez con más fuerzas.
También sé que hay una línea muy delgada que separa al funcionario que trabaja en esos lugares donde se siente hasta hostigado por trabajar en un ambiente donde hay gente violenta, con códigos que deben ser transformados y que siendo ellos mal pagos y teniendo carencia de recursos, tampoco están preparados, porque incluso no cuentan con la educación adecuada ni con la formación suficiente como para enfrentarse a estas realidades.
Por eso sugiero, antes de seguir pegándole al INAU ya en el piso, que sus funcionarios sean formados adecuadamente para trabajar en este tipo de lugares, que quienes cumplen tareas en centros de detención y penitenciaria juvenil sean rotados, o que en el mejor de los casos, se trate de personal capacitado para una tarea que es difícil, que supone un trato firme y riguroso con quien cumple la pena, pero no violento.
Porque el funcionario debe ser preparado para la función y ese es un deber del Estado que debe salvaguardar el interés general de todos los uruguayos, para hacer que el mismo cumpla con su tarea de forma eficiente y correcta y sobre todas las cosas, sin violencia, porque de lo contrario, no estará educando a nadie, mucho menos a éstos jóvenes que ya han sido violentados incluso antes de saber hablar.

Hugo Lemos

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La educación es más que un salario

El otro día me llegó un mensaje de esos en cadena que inundan los celulares, con la palabra Feliz Día de la Juventud, algo que me tomó de sorpresa, pero que a la vez me pareció bueno que se considere un día para homenajear a nuestra juventud, así como ayer lo hicimos con los niños, algo que tiene una impronta más de consumo que de otra cosa, pero al final de cuentas es parte del mundo en el que vivimos y con esto cada uno que lo lleve a su manera. Porque no es necesario para agasajar a alguien, sobre todo a los más pequeños, tener que comprarle algún objeto material, ya que sobre todo, en el caso de los más chicos, necesitan mucho más de otras cosas como recibir cariño, educación y contención, por mencionar solo algunas.
Pero me vino a la mente el hecho de que en Uruguay se celebre el día de la juventud, algo que considero que es positivo, sobre todo por la necesidad que siento que tenemos que darle a los jóvenes inspiración y motivaciones para que puedan sentirse parte de una sociedad que por lo general, les pone muchas trabas, más de las que necesitan para poder salir adelante en la vida. Uruguay tiene una crisis demográfica importante y encima, tiene un sistema educativo que sigue dejando a miles de jóvenes excluidos de la educación formal por muchos aspectos que todavía están vigentes y que de una vez por todas deberían apuntar a corregirse.
Si bien la cantidad de centros educativos existentes en el país y en Salto no son acordes a la cantidad de potenciales educandos que puede tener todo el sistema, la calidad de la enseñanza en las aulas, tanto por las carencias de recursos materiales como humanos, lejos de cosechar elogios debe preocupar bastante a las autoridades. Especialmente en un momento donde escuchamos los reclamos masivos de los sindicatos de la enseñanza y de las autoridades de la Universidad de la República que insisten en que hay una necesidad de darle más presupuesto a la educación pública, como si fuera un requisito esencial para mejorar la calidad de la educación estatal.
Esto es justamente lo que más me preocupa. Una de las pocas cosas en la que los uruguayos de izquierda o de derecha estamos todos de acuerdo, es con que en los últimos 10 años, la educación pública recibió la mayor asignación presupuestal de su historia. Entonces, ¿nos hemos puesto a pensar en cuáles han sido los resultados obtenidos? ¿O es que no exigimos nada a cambio de dotar de mayor presupuesto a la enseñanza?
¿Cuál es la contraprestación que se le exige al personal docente? ¿Cómo se controla y se evalúan sus resultados? ¿Qué rol cumple o ha cumplido el Instituto de Evaluación Educativa que preside la extitular del Consejo de Secundaria, Alex Mazzei? ¿Qué rol juegan los sindicatos cuando las cosas van mal y hay mucho ausentismo docente o altos índices de repetición? ¿Hay autocrítica en el ámbito docente? ¿Se escuchan reclamos de los estudiantes? ¿Quién los canaliza, cómo y dónde? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Qué resultados tienen las Asambleas Técnico Docentes que promueven la suspensión de un día de clases para que los profesores discutan y analicen su actividad profesional?
Creo que podría seguir preguntando durante toda el espacio que lleva esta columna, pero el tema es ¿cuál sería el eco de mi cuestionamiento? Seguramente ninguno. Cuando estuvo en Salto la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, uno de los legisladores que la integra se molestó cuando simplemente pregunté en la conferencia de prensa a la que ellos mismos convocaron, cuál era la contraprestación o el compromiso que se le pedía al sindicato de docentes a la hora de evaluar dotar de mayor presupuesto a la educación pública. Ese legislador, que no me interesa mencionar para no darle protagonismo, no solo no me contestó, sino que además me inquirió acerca de qué tenía yo en contra de los sindicatos. Como si pedirle a los gremios que hagan un aporte para que la cosa funcione, fuera un ataque.
No le quise contestar porque entendí que su razonamiento era muy estrecho y me iba a embarcar en una discusión sinfin y primitiva como él. Porque estas personas que son elegidas en forma indirecta en una elección, ya que la gente vota a un candidato a presidente o al que encabeza la lista al senado (algo menos probable, pero a veces pasa) y el que viene prendido en la plancha de abajo sale diputado y por más lamentable que sea su participación en el parlamento, cree que tiene derecho a ser zapallo porque te endilga que la gente lo eligió, por más que la gente que él mismo dice que lo eligió, no tenga ni idea de que el tipo existe.
Pero el hecho es que la educación es algo serio y hay que tomársela de esa manera, para esto hay que mirar mucho más allá de los corporativismo y si alguien está realmente comprometido con la causa de la educación pública debe luchar por ella contra quien sea, incluso si debe pelear contra su partido político o en contra de su sindicato, si realmente entiende que la mejora de la educación es una causa pública y nacional, dará la batalla sin temor alguno.
Lo que pasa es que hay intereses encontrados entre quienes dan la pelea por una educación de calidad y quienes pelean por un sueldo, algo que también es legítimo porque nadie trabaja gratis y todos esperan poder tener una retribución que les permita vivir en forma decorosa. Pero eso es algo que debe dejarse en claro, porque los sindicatos reclaman mayor presupuesto también porque esperan incrementar el salario docente, y eso deben explicarlo, el gobierno debe entenderlo y todos deben analizarlo.
No estoy en contra de que se le aumente el sueldo a los docentes, mi madre ejerció esa noble profesión durante 40 años en la educación pública y quien esto escribe supo lo que es vivir de la enseñanza. Pero si bien estoy de acuerdo con que un docente sea un profesional de la educación y no un trabajador, porque entiendo, sin menospreciar a los trabajadores que denominarlos así es bajarle el nivel a los educadores, también estoy de acuerdo con que el Estado le hinque el diente al sistema y exija cambios sustantivos para mejorar la calidad de la enseñanza. Y si lo hace es porque los gobernantes se involucrarán en el tema y si se involucran, quizás las cosas comiencen a cambiar en serio.
En ese aspecto, se vienen discusiones importantes sobre la necesidad de dotar de mayor presupuesto a la educación, por eso mismo espero que en esas discusiones no solo se hable de presupuesto, sino que también se hable de las cosas que son necesarias para transformar al sistema. Porque no se lo debemos solamente a los docentes, se lo debemos principalmente a los jóvenes, que necesitan ser educados y deben recibir educación de calidad para el mundo en el que estamos viviendo. En mi juventud participé largamente de los gremios estudiantiles, tanto a nivel de secundaria como sobre todo en la Universidad y dábamos la misma batalla aunque en tiempos más difíciles, donde hablar de dinero para la educación, era gastar pólvora en chimango.
Espero que los sindicatos de la enseñanza, los políticos, que buena parte de los que ocupan cargos en la izquierda gobernante son exsindicalistas y que el gobierno, puedan tener discusiones que marquen el camino de una renovación del sistema educativo, en su ADN, como lo dijo el hoy presidente Tabaré Vázquez en su campaña electoral. Pero así como celebran el día de la juventud, que piensen en ellos y que lo que hagan por el bien de todos y no de unos pocos, o de un solo postulado, como es el caso del salario docente.

HUGO LEMOS

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No prohibir el uso del velo

El uso del velo en las personas que tienen como creencia y práctica el Islam, es algo que debe ser respetado en cualquier lugar y escenario, y no por eso se estará violando la laicidad que impone el Estado uruguayo. A mi juicio es un error creer que ser musulmán y manifestarlo, es contradecir los principios de la laicidad que debe imperar en un centro educativo público, porque quien se manifiesta no está imponiéndole a los demás que adopten su religión ni obligando a ese lugar de estudios a definirse a favor o en contra de esa creencia, sino que cada uno llevará sus ideas propias y promoverá con ello el respeto y la tolerancia, principios rectores de una sociedad libre y democrática.
Cada vez que el país se embarca en una discusión de este tipo, genera algunos aspectos de retroceso en su tradición de libertad y de respeto hacia todos los credos y religiones. El otro día cuando escuchaba que se iba a plantear la discusión para ver si era permisible que una mujer, de origen o convertida al Islam lo mismo da, que usara velo no podría ingresar con él a un centro educativo público, me pareció triste.
Es decir, se le va a pedir a una persona que se despoje de su identidad, de su cultura, de su tradición, de su creencia, porque en ese lugar no puede representar más que al nombre que la identifica y debe, para poder ser aceptada en ese espacio que reitero es público y estatal, por lo tanto también es de ella, renegar de su identidad y dejar afuera todo objeto o manifestación que demuestre que se trata de una persona con determinada orientación, costumbre o religión.
Sin lugar a dudas que en nuestro país, desde que el mismo se concibe como una nación libre y soberana, y promueve y garantiza las máximas libertades para sus ciudadanos en todos sus aspectos, amparándoles esos derechos en la Constitución de la República y en las leyes respectivas, la laicidad es algo que no se discute, sino que se acepta en todo sentido.
Esa laicidad, promovida por José Pedro Varela en la primera mitad del Siglo XIX, quien con una ideología de raigambre masónica y de corte liberal entendía la necesidad de que para que todos fuéramos y nos sintiéramos libres e iguales en las instituciones que son de todos, como lo son las instituciones del Estado, no debía enseñarse o imponerse en las mismas determinada ideología política, creencia o religión, sino que cada persona debía ser respetada tal como fuera, porque era la mejor forma de promover valores de diversidad, respeto, tolerancia y eso generaba una nación de iguales, libres e independientes.
Pero nunca se dijo que para ello se debería abandonar los principios, la educación, la costumbre, la cultura, la religión, la creencia o la identidad de cada uno.
Me eduqué en la educación pública, fui a la escuela Nº121 (Nº2 de tarde), mi formación secundaria fue en el liceo Osimani y Llerena, culminada mi etapa en ese liceo público, realicé mis estudios universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, nunca jamás en ninguno de esos ámbitos de la enseñanza pública me dijeron que dejara de creer en lo que creía, de pensar en lo que pensaba, de sentir lo que sentía y de identificarme con lo que me daba identidad, porque podía estar violando la laicidad.
Por el contrario, tanto en el liceo como en la Universidad participé activamente de los gremios de estudiantes, liderando corrientes de ideas que determinaron mi acción y pensamiento, y que me llevaron a proclamar ideas y a formular planteos con sustento ideológico para tratar de mejorar lo que entendía que debía mejorarse. Y en esa diversidad de ideas en la que crecí y participé, fomenté el valor de lo distinto, de la diversidad y del respeto y la tolerancia, algo que nos distingue y que nos hace libres en toda su expresión.
Nunca vi que en todo ese tiempo, se le dijera a un joven católico que dejara antes de entrar a clases el crucifijo de plata que colgaba de su pecho, o que un judío dejara en la puerta la estrella de David que llevara consigo como símbolo de su creencia, de su identidad y de su manera de ver la vida. Jamás se le pidió a nadie que claudicara sus ideas para poder ingresar al salón de clases, sino por el contrario, era mejor considerado si realmente tenía una idea, una creencia o una corriente de pensamiento que lo determinara y que lo ayudara a cuestionar la vida desde el lugar donde estaba parado, para poder ayudarnos entre todos a ver el mundo con distintos cristales y así aportar desde cada uno de nosotros, con nuestra visión de la humanidad, cómo podemos hacer con esa conjunción de ideas para lograr que las cosas mejoren y que seamos cada uno de nosotros mejores para el mundo y para nosotros mismos el día de mañana.
Con todo esto, quiero decir que si una persona usa el velo por estar aferrado, vinculado o por sentirse parte del Islam o de la religión musulmana y no quiere quitarse su signo de identidad, que le pone el sello a la característica de su personalidad, hay que defenderlo, hay que promoverlo y hay que incluirlo como muestra de que nuestro valor de tolerancia comprende convivir con lo diferente, respetándolo y haciéndolo valer.
Particularmente me siento orgulloso de que mi país cobije a personas que son tan individuos de la especie humana como yo, pero que no pueden vivir con sus comunidades porque se encuentran en la imbécil y catastrófica encrucijada de padecer la guerra. Y como comparto la idea de que sus problemas también son los míos porque soy un ciudadano del mundo como ellos, estoy contento de que podamos dejarlos entrar y compartir con ellos el espacio del planeta que nos tocó para vivir, por el cual estoy agradecido de ser uruguayo y de vivir aquí, cada vez que me despierto por las mañanas.
Por todo esto, también promuevo que quienes vengan a vivir a mi país, sigan siendo ellos mismos, que no cambien, que no se conviertan a un sirio – uruguayo, aggiornándose a nuestras costumbres para que los aceptemos, eso no será necesario, porque los vamos a aceptar igual y los vamos a ayudar para que en nuestro país, donde las condiciones están dadas para que todos podamos salir adelante, más allá de las dificultades de cada uno para lograrlo, ellos puedan crecer con la paz y prosperidad que lamentablemente no encuentran en su tierra para sus hijos.
Yo aspiro a poder erradicar la mezquindad, ignorancia, intolerancia, y xenofobia de los que piensan que nada tenemos para darles acá o que deben sacarse el velo para entrar a la escuela. Aspiro a que como uruguayos mostremos algo mejor de nosotros mismos, que es demostrarle al mundo que a pesar de nuestras carencias, nosotros también somos seres humanos.

HUGO LEMOS

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Un ataque a la democracia

Cuando estaba en sexto año de liceo, la profesora de Derecho, me pidió que diera la clase y hablara de la esencia de la democracia. Para eso estudié del libro Introducción al Derecho, de Eduardo Jiménez de Aréchaga, un reconocido jurista uruguayo que no precisa mayor presentación. En aquel momento yo tenía unos 18 años de edad y estaba muy interesado, como también ahora, de todo lo relativo a los temas de justicia, democracia, república, estado, gobierno y otros por el estilo.
Me acuerdo que al leer ese libro, el jurista decía cosas muy interesantes y profundas pero era muy claro en su pensamiento. “La esencia de la democracia es la pluralidad de ideas sin restricciones, eso construye una nación libre y soberana, porque allí convergen todos los pensamientos y del debate entre éstos, surgen las acciones que llevan adelante los gobiernos”, decía el autor, palabras más, palabras menos.
Pero lamentablemente, hemos visto como en nuestra sociedad, la pluralidad de ideas es algo que en los últimos tiempos tiene que batallarse y no campea de una manera natural como debiera ser, en un país que basa su forma de gobierno en un sistema democrático, donde convergen todas las ideas y opiniones, y todas ellas son válidas, aunque al final, prima la voluntad de la mayoría.
Todo esto para decirles que esa democracia, de la que muchos políticos dicen defender a capa y espada y se rasgan las vestiduras cuando se sienten atacados, porque sienten que con eso se daña una parte de esa palabra casi sacra que empieza con D, se vio vilipendiada y ultrajada cuando una horda de manifestantes, motivados por dirigentes políticos que estaban presentes ese día detrás de ellos, los alentaban contra el gobernante que fue electo por la mayoría de los salteños, guste o no, convenza o no, se quiera o no, Lima es y será el intendente de todos los salteños por el próximo período de gobierno, al igual que lo fue el anterior y así quienes los precedieron.
El hecho que Andrés Lima haya sido atacado por anunciar la revisión de una decisión política que es parte de las reglas de juego, donde quienes ingresaron a la administración municipal durante el gobierno de Germán Coutinho por una motivación política, al igual que lo hicieron durante la administración de Fonticiella y en la de Eduardo Malaquina, y en la de Minutti y así sucesivamente, (porque los militares como nadie los controlaba y todo el mundo les tenía miedo para no terminar en el mejor de los casos preso en un Cuartel, no se les decía nada y éstos hacían lo que querían con la cosa pública, dejando al país con la mayor deuda externa que se recuerde en la historia) sabían que cuando cambiara el gobierno que los puso en ese lugar se tendrían que ir y no hay tu tía.
Cuando Fonticiella perdió la elección, hubo un centenar de personas que fueron cesadas, el lío se armó con unos 20 sujetos que eran orientadores de talleres y que hacían otros menesteres, a los que después Coutinho reintegró paulatinamente, pero especialmente hubo un grupo de profesionales que sí hicieron un juicio porque se querían quedar atornillados en el cargo.
Pero esa situación, que tan criticada fue por la administración anterior, volvió a repetirse ahora, donde hay ediles que ingresaron a la Intendencia por una cuestión política y porque como ediles no cobran, que saben que deben irse sin hacer berrinche, donde hay cargos de confianza que también saben que con un resultado electoral adverso, se les terminó la changa. Y hay algunos funcionarios, que estaban allí por apoyar al entonces intendente de turno en sus grupos políticos y cuya estabilidad laboral no era tal, al punto que tienen un pie afuera, porque se les hizo un contrato permanente que no era regular y ellos lo sabían, porque eran las reglas de juego.
Si bien perder un empleo es algo espantoso para cualquier persona que alimenta a su familia con el dinero que gana en ese trabajo, sea mucho o sea poco eso no importa, es algo que no debería suceder en este país, en ningún ámbito. Pero lo que tampoco puede suceder es que carguen a una administración municipal con cientos de funcionarios que sobrepasan la capacidad económica de la misma para hacer frente al pago de sus salarios y luego le trasladen el problema al que venga. Y encima dar manija de que la culpa es del que viene por no llevar adelante las mismas prácticas, dejándolos en el puesto de trabajo que en realidad no deberían haber ocupado nunca, porque el dinero para pagar sueldos tiene un coto y no se pueden dilapidar recursos públicos haciendo esto y generando una estructura política desde el gobierno.
Si el intendente que viene después, toma una decisión distinta al que estaba antes, la misma debe ser respetada. Ni compartida, ni apoyada, sino respetada. No puede un sector de personas de la población, que no representa más que los intereses particulares de un grupo minúsculo, ir en contra del gobernante de turno, porque está atacando la institucionalidad, la democracia, la libertad de acción y de pensamiento, y lo que ese gobernante representa que son los intereses del pueblo por los próximos 5 años.
La inadecuada recriminación de la que fue objeto Andrés Lima, mientras varios dirigentes del otrora partido de gobierno estaban en la Plaza Treinta y Tres, mirando todo lo que pasaba a su alrededor, mientras un grupo de personas que ingresaron para romper una huelga en el mes de febrero y de quienes se anunció que serían contratados por pocos días, fueron a exigirle que los mantuviera en el cargo, al tiempo que los responsables de esta situación los arengaban con su acción u omisión, es un acto que claramente hay que repudiar.
No importa si eran colorados, blancos, frenteamplistas, independientes o de Unidad Popular, el acto debe ser repudiable porque a un intendente se lo debe respetar, porque nos representa a todos y a cada uno, por más que no hayamos optado por él, es quien fue democráticamente elegido para regir los destinos del departamento y tenemos que buscar el diálogo y dar a conocer nuestra postura, pero no actuar con violencia.
Porque si bien creo que el hambre es la peor forma de violencia y dejar a gente sin trabajo puede generar hambre, en este caso, quienes reclaman permanecer en sus puestos de trabajo no pueden tomar a la Intendencia como un club político y deben saber que hay reglas de juego, que un mes te puede dejar adentro y muchas veces afuera. Y hay que estar preparado para eso.
Por último, pienso que el intendente de Salto, ante esta difícil encrucijada en la que se encuentra, donde debe adoptar decisiones difíciles, si tiene esa responsabilidad, debe saber que tiene que cuidarse y no andar solo y a la intemperie, pero sobre todas las cosas debe ser cuidado por su entorno, porque la sociedad en su conjunto, desde todos los grupos que la componen, lo necesitan sano y salvo para que cumpla con su mandato. Porque para eso se presentó a elecciones, fue elegido por la gente y ahora todos esperamos que nos gobierne hasta que el pueblo vuelva a decidir si se queda o si se va. Pero para eso faltan cinco años.

HUGO LEMOS

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El prejuicio, un mal de todas las épocas

Sigamos hablando de educación. Porque la instrucción que recibimos afuera de las aulas, esa que nos prepara para salir a la calle y vivir el día a día, es tan importante como la que recibimos en el curso de nuestra vida como estudiantes para aprender planes curriculares, donde nos educamos en idiomas, matemáticas, historia, ciencias, literatura, filosofía y otras asignaturas más que nos hacen conocer nuestro lugar en el mundo, en tanto individuos de la especie humana y seres gregarios que vivimos en sociedad, con un pasado que explica nuestro presente y a través del cual buscamos saber qué camino construimos hacia el futuro.
Pero vamos a referirnos a algo mucho más básico, a una conducta que parece adoptada en nuestra idiosincrasia y que se reitera en tiempos y espacios distintos, lo que impone además un sello de conductas negativas que no suman ni aportan nada, solamente generan molestia y si se quiere, hasta un posible daño económico para el que con esfuerzo monta un negocio y espera que quienes responden por él, sean tan amables como lo sería él con quien elige su comercio para hacer una compra.
Cuando una persona se dedica al comercio lo más importante es saber vender o al menos tener gente capacitada para que lo haga y así puede hacer que el mismo prospere. De lo contrario el negocio por el que tanto invirtió en recursos materiales y humanos, le genera un costo altísimo si se tiene en cuenta que en el Uruguay de hoy poner un comercio es dejar la vida en el Estado para que éste exprima a alguien con impuestos y luego lo deje jugar un rato a ver cómo le va, para luego volver y sacarle la última moneda, algo que nos hace el país más caro de la región en todos los aspectos.
Entonces termina pasando que quien tiene ganas de invertir en algo, termina pensando que es contraproducente poner tanto empeño en jugarse por cuenta propia, invertir tanto tiempo y dinero en algo que espera que le rinda, para que después incluso un par de inútiles con su desidia echen al potencial cliente que entra con ganas de gastarse los pocos pesos que tiene en el bolsillo, con una actitud propia de la mezquindad uruguaya que se ha vuelto lamentablemente usual.
Hay un par de casos que vale la pena contarlos para ilustrar de qué estoy hablando. Le pasó a un amigo en varias oportunidades y quizás a mí también en reiteradas ocasiones. Pero el viernes lo experimenté en carne propia en una panadería de la capital del país, lo que me dio a pensar que no se trata solamente de la idiosincrasia de la gente de Salto, que muchas veces prejuzga y critica sin saber de qué está hablando, sino que es una conducta típica que puede ser parte de nuestra identidad.
Un amigo mío fue un buen día con su esposa a comprar una bacha para el baño de la casa que con mucho esfuerzo estaban construyendo. Eligió para hacerlo una importante ferretería y barraca de nuestra ciudad, donde tras decirle al vendedor qué era lo que estaba buscando para su futura casa, éste se dispuso a atenderlo no sin antes mirarlo de arriba abajo y preguntarle casi todo el tiempo dónde estaba ubicada la construcción familiar y qué clase de baño estaba haciendo. Algo que ya cayó mal de entrada, pero el plato fuerte vino al final, cuando él y su compañera de vida vieron un lavabo empotrable hecho en piedra que les atrajo.
Pero la respuesta del vendedor fue el punto decisivo de su partida de ese lugar, al consultarlo por ese objeto que tanto les gustó, el vendedor los miró de costado y les respondió “ese es muy caro” y siguió hacia otro artículo más barato, lo que precipitó la salida de mi amigo del lugar.
Días después otro conocido, concurrió a una importante mueblería del centro de la ciudad a comprarse un colchón y de paso, para soportar bien el invierno, optó por llevarse consigo un acolchado. Al preguntar por dos de éstos recibió respuesta sobre precio y calidad de los mismos. Pero al final, le gustó uno de plumas y que era notoriamente más caro, por lo cual tras consultar el precio de ese artículo, la vendedora le dio la misma respuesta que recibió mi amigo en la ocasión anterior “ese es mucho más caro” y quiso mostrarle otro de menor costo. Pero quien oficiaba de cliente en esa oportunidad, confirmó su testarudez con la actitud que mantuvo acto seguido y se llevó el acolchado de plumas solo y sin ayuda hasta la caja, sin preguntar el precio, ya que con esa manta tan “cara” es con la que duerme en este momento mientras duren las frías noches de invierno.
Así han ocurrido otros casos similares, donde empleados miran al cliente con desdén, prejuzgan a la uruguaya y en vez de venderle el producto que éste desea y que más allá de su condición económica, probablemente desconocida para el vendedor del comercio, tiene derecho en tanto consumidor de llevarse lo que quiera mientras lo pague.
El viernes por la mañana hacía mucho frío en Montevideo, faltaban dos horas para que comenzara el curso de Periodismo y Derechos Humanos al que asisto regularmente desde hace algunos meses en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Montevideo, por lo cual opté por ir a una panadería cerca de la terminal de Tres Cruces y comprarme unos bizcochos para desayunar.
Elegí algunos mientras la vendedora los ponía tiernos y calentitos en la bolsa de papel, cuando de repente veo algo que me apetece y le digo que lo sume a los que ya estaban en la bolsa que tenía en su mano y que hasta humeaban. Pero la respuesta fue contundente: “No, esos son de otro precio” me dijo y esperaba que yo me retractara. La miré y con firmeza le respondí: “yo no le pregunté si eran más caros o más baratos, ponga esos bizcochos en la bolsa y listo”. A lo cual la mujer actuó en consecuencia.
Todas estas actitudes de los empleados de distintos comercios ante clientes que consultan y buscan productos que satisfagan su demanda, los que podemos ser usted o yo, tienen una sola respuesta y es que tienen prejuicio. Esta conducta se ha vuelto típica en la sociedad en la que vivimos. El prejuicio hacia los demás con el que convivimos todos a diario es lo que nos hace mal, es lo que puede llegar a destruir una relación humana de cualquier nivel, incluso antes de que la misma comience.
Lamentablemente no somos conscientes de esto y parece que tuviéramos el chip incorporado, porque muchas veces, en el caso de estos empleados que en oportunidades le hacen perder dinero a la propia empresa para la que trabajan con su prejuicio hacia quienes son potenciales clientes, aprehenden del propio entorno a prejuzgar y a criticar a los demás, cuestionando a las personas por sus apariencias.
Hay un refrán que lo dice una artista argentina y que no viene al caso saber quién es, que dice así: como te ven tratan, si te ven mal, te maltratan. Lo cual es cierto y es el emblema de esa mala actitud que nos lleva a prejuzgar al otro y tener un trato negativo hacia él, seguramente obteniendo con el mismo una relación negativa. Por eso debemos pensar en educarnos más en valores y educar sobre todo a quienes están en nuestro entorno, acerca de que prejuzgar por la apariencia, o por la manera de ser, o de pensar del otro, solo nos hace más débiles como seres humanos y por lo tanto no nos conduce a nada.

HUGO LEMOS

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Entre el origen y el destino

Era domingo y un buen momento para tomarme un descanso y hacer o mirar lo que habitualmente uno no hace o no mira por falta de tiempo. Por eso me dispuse a encender la televisión para hacer un zapping donde pudiera comprobar que pagar por el servicio de cable, sea algo que valga la pena. Porque además de que tiene el canal de dibujos animados que mira mi hijo, quería encontrarme con algo que pudiera entretenerme, informarme y que me dijera que por el momento, el esfuerzo que uno hace para abonar el servicio de cable sirve para algo.educacion
Terminé mirando Globo Economía, un periodístico de la filial en español de la cadena de noticias CNN, que más allá de informar sobre aspectos económicos, presentaba una muy buena entrevista sobre un tema por demás interesante, se trataba de “La calidad del sistema educativo como motor para el desarrollo económico”, algo que se hace imperioso conocer en el mundo en el que vivimos, sobre todo teniendo en cuenta que en mi caso estoy en una etapa donde paso a ser un decisor de la educación de mi hijo, y en ese aspecto es buena cosa sentarse a evaluar la calidad del sistema, los problemas que el mismo presenta y cómo tratar de acceder a una educación que de sus frutos y no una que cumpla meramente en los papeles con programas formales y solamente eso.
Pero la entrevista que escuché era mucho más jugosa que el mero hecho de analizar si el sistema educativo actual en todo el continente es acorde a las necesidades y demandas que tienen o tendrán los niños y adolescentes para abrirse caminos en el mundo de hoy, sino que también obligaba a un examen de qué le estamos ofreciendo nosotros a nuestros hijos como padres, para que ellos mismos en un futuro no muy lejano, sientan la necesidad de formarse de determinada manera.
La entrevistada, directora general de una ONG mundial dedicada al tema, dijo cosas muy interesantes. Como por ejemplo que “el origen del niño es su propio destino y que lo único que se interpone entre su origen y su destino, es la educación que recibe”, lo cual describe muy bien el hecho de que a veces la decisión futura de ese pequeño viene en la información genética que adquiere y en ese aspecto, la reproducción de las características de sus ancestros, los cuales no específicamente tienen que ser los progenitores, determinan la orientación que tendrá ese niño. Pero en ese marco, la educación que reciba puede generar cambios de rumbo en el destino del niño cuyo origen ya lo condiciona.
En ese aspecto, es muy importante saber cómo va a ser orientado el niño que está creciendo en nuestra sociedad, en una civilización donde lo que prima es el espectáculo, la carencia de valores y la falta de interés por las cosas que realmente importan, donde lo superfluo gana terreno y donde en nada se profundiza porque no hay tiempo para ello, por algo nos lo demuestran las redes sociales, las formas de comunicarnos promocionadas por las nuevas tecnologías que imponen que todo se escriba rápido, mal y pronto, y en ese contexto, de inmediatez como si hubiera mucho para ofrecer, nos vamos pasando minuto a minuto, día a día y cada año aparecen cosas distintas que distorsionan aún más la realidad y nos ayudan a entender cada vez menos el mundo en el que vivimos.
Pero paradójicamente tampoco hay tiempo para la confusión y sí tenemos que empezar a sortear determinados estándares que se imponen, como por ejemplo el de la educación, donde le exigimos al maestro que no le exija a nuestro hijo, sino que le dé lo necesario como para aprender a moverse en la vida y nada más.
Entonces éste pasa a ser un ordenador más dentro de esta gran fábrica que es el mundo, donde el sistema va imponiendo de forma cada vez más acentuada la fragmentación social entre el que manda y da las órdenes, tomando el mundo con sus manos y el que espera ser mandado y hace lo que el otro le dice, trabajando para que éste se enriquezca y se forme una sociedad dividida entre los que usaron la inteligencia para tomar decisiones y el que se quedó esperando que le dictaran las mismas.
En esto también juega un papel preponderante la educación que reciba el niño, reflexionaba la directora de la ONG, Worlfund, en la entrevista que vi ayer. El maestro debe ser una persona educada en la vida, no debe ser saber solamente enseñar a sumar y a restar, sino que debe ser coaching de sí mismo y saber conducirse en la vida para poder conducir a los demás, de lo contrario solamente será un transmisor de aspectos elementales para el desempeño mediocre de quienes tomen sus clases.
Por tal motivo también se ha desvalorizado el rol del maestro en nuestras sociedades y perciben pocos salarios, y son agentes funcionales al plan de turno, que enseña lo que deciden quienes gobiernan y toman las decisiones por el resto, pero les hacen creer que ellos también participaron de esa toma de decisiones para que se sientan conformes y no generen una revuelta que termine en nada.
Estoy de acuerdo con que un maestro gane un salario acorde al rol que debería tener en la vida de los niños, como el caso de la educación que quiero que reciba mi hijo por ejemplo, pero para eso debe tener ese rol acorde a lo que todos esperamos del educador y no al revés, no que se diga en los papeles que ser maestro es algo digno para tratar de cobrar un mayor sueldo, sino que se reivindique en hechos, calidad educativa y resultados ese rol que tanto se invoca desde quienes ejercen el magisterio.
La educación de los niños es la que determina el destino de los mismos, aunque su origen ya los haya condicionado. Entonces que esa educación, que será la mediadora entre el origen y el destino, sea de calidad, profunda, comprometida, responsable y le dé al niño de hoy una buena educación para el futuro que no está lejos y el cual es cada vez más competitivo.
El aprendizaje del idioma inglés es algo básico y elemental para cualquier ser humano que vive en esta aldea global de la que formamos parte, nuestros niños necesitan saber ese idioma casi como el español, pero en la medida que no miremos hacia dentro de 5 o 10 años, con la finalidad de avanzar en la vida, iremos quedando solos y perdiéndonos, siendo cooptados por el mundo de la mayoría, el de los que están educados y dispuestos a hacer caso a otro y ser mandados, entregando lo más valioso que podemos tener en la vida, que es nuestro tiempo.
Al final, entrevistas como la de la directora de la organización no gubernamental Worldfund, que nos ayudan a pensar, a exigir, a querer profundizar y a querer superarnos en la vida, fue un ejemplo de que a veces vale la pena tomarse un rato del domingo para ver la televisión y en ese sentido, salvó el examen de la pregunta que me hice al inicio de todo esto: ¿para qué pago el servicio de tevecable?

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La mochila que no debemos cargar

Cuando recién en mi adolescencia, al promediar la década del 90, comencé a escuchar historias vividas durante la dictadura militar por parte de los propios protagonistas, muchos de ellos hoy fallecidos, las mismas me ponían los pelos de punta, me molestaban horriblemente que hayan sucedido y que encima, se diga que fueron fulano o mengano los que cometieron semejante hecho y que encima esos sujetos, andaran caminando por las calles tranquilamente sin que nadie les diga nada.
Quiero comprender que es parte de la paz social que se pretendió sellar por decreto en 1985, para que torturados y dictaduratorturadores anden caminando por la misma ciudad, sin que haya un problema entre ellos, incluso chocándose cara a cara en algunas oportunidades, no teniendo otra actitud que la de esquivarse para evitar alguna confrontación.
Si bien ese tipo de cosas hablan del grado de civismo que tenemos los uruguayos y es considerado el resultado político de arduas negociaciones entre el poder político y los dictadores de la época, ese es el precio de toda aquella época infame, en la que mucha gente debió sufrir la represión, el destierro y hasta la muerte por pensar distinto, porque los guerrilleros ya estaban presos y los militares vinieron después y se quedaron 12 años imponiendo el terror por las armas para que nadie se les opusiera. Pero ese precio es demasiado alto y entonces, si bien a la gran mayoría de los torturadores no se los llevó presos, al menos se los denuncia públicamente para que la gente los identifique y sepa quiénes fueron.
Por esa razón, días pasados cuando hablaba con Eduardo Muguruza para publicar una nota en el diario sobre su época de prisionero, donde contaba que lo sometieron a 12 años de cárcel por haber estado implicado en la conducción política del Frente Amplio, es decir, por haber sido dirigente político de izquierda, del único partido político que fue prohibido por los militares, los que sembraron por más de una década el terror de Estado, me quedaba estupefacto no solo por la historia contada por Muguruza de la cual omití detalles, claro, porque no venían al caso, sino por cómo la contaba, sin ningún resabio de odio ni resentimiento, sabiendo quiénes eran los que lo torturaron y los médicos que apoyando a los represores en esas prácticas, controlaban la salud de los prisioneros para decirle a sus verdugos cuánto más podían aguantar.
En esa nota, Muguruza relata que los médicos salteños Revetria y Herneder colaboraban con la dictadura y los visitaban a ellos para decirle a los militares cómo era su estado físico después de las torturas. Y lo dice con una naturalidad tal que asombra, pero lo hace por la capacidad que invoca de no buscar revanchismo ni nada que se le parezca.
Seguramente Muguruza sepa dónde viven ambos galenos, que en cierta medida podrían ser acusados de complicidad con el régimen y con las violaciones a los derechos humanos, pero decide no hacerlo. No por temor alguno, claro está, sino porque sabe que habiendo estado preso, torturado y falsamente condenado a pasar más de una década en prisión por tan solo haber divulgado sus ideas, triunfó porque el castigo no pudo cegar su vida y él sigue vivo difundiendo las mismas ideas que las que tenía hace 40 años.
Pavada de victoria la de gente como él, que en cierta medida soportaron estoicos ser las parias de una sociedad confundida y atemorizada por el terror impuesto en la época, sobre todo por la propaganda oficial que en aquel momento recurría a la mentira para justificar las acciones armadas de los uniformados que traían hombres y mujeres en vuelos secretos, que los detenían y los destinaban a lugares clandestinos para torturarlos hasta la muerte, y que llegaban a robarle a sus hijos, algo que fue mucho más preciado que los bienes de varios detenidos de los cuales se apoderaron, usando el abuso de su función de militares interventores del Estado para ello.
Algo que llamó la atención cuando una vez que terminó la dictadura, muchos de esos coroneles o jerarcas militares que durante el régimen tenían algún otro rango similar, pasaban a retiro con un patrimonio importante que no podrían justificar jamás, teniendo en cuenta el paupérrimo salario de oficial militar que recibían. Situación similar a la que mantienen varios funcionarios de distintas dependencias estatales, cuando aún hoy, pese a recibir un salario que es cercano a la canasta básica familiar, circulan en vehículos de alta gama y hasta tienen casa de fin de semana. O viajan a Europa con sus familias y al volver siguen percibiendo el mismo salario. Lo que demuestran que este tipo de cosas no solo pasaron alguna vez, sino que también hoy pasan y al parecer seguirán pasando.
Aunque lo ocurrido en la dictadura militar fue lamentable, eso lo sabemos todos, no se puede dar vuelta la página por decreto, algo que los sucesivos gobiernos han querido imponer. Y aunque soy de la idea de que los derechos humanos que ha violado el Estado, no han sido solamente durante la dictadura, porque actualmente sigue habiendo vulneraciones similares en muchos sentidos y a mucha gente en condiciones vulnerables, pienso que debe ser muy difícil para alguien que sufrió en carne propia lo más cruel de ese régimen, tener que cruzarse con sus opresores, sentir pena por ellos y seguir de largo sin decirles una sola palabra.
Debe ser una lección que a muchos de nosotros nos debería llegar, cuando en la actualidad, somos víctimas de un robo o de un hecho que nos perjudica y prácticamente pedimos la cabeza en una bandeja del autor del hecho.
En ese aspecto, es buena cosa recordar que el odio y el rencor no sirven de nada, solo aumentan las miserias humanas y generan un acto de dolor que no nos llevan a ninguna parte, sino a estar peleados con nosotros mismos, no dejándonos salir adelante y ver que la vida sigue y que nuestro disfrute lo debemos construir con cada acción que hagamos por nuestra propia cuenta y sin cargar con ninguna mochila por lo que nos hicieron.

Hugo Lemos

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Mirándolos con lupa

Pese a que algunos ya estamos acostumbrados a verlos de cerca o a sentirlos diariamente, cada vez que hay un accidente de tránsito o un hecho con desenlace fatal que pasa a ser una tragedia que enluta a la sociedad en la que vivimos, nos toma por sorpresa y queremos averiguar todo para saber los detalles y tratar de entender qué fue lo que pasó.
Pero luego, ya con el correr de las horas, vamos despejando la mente y tratando de reflexionar en forma más justiciaequilibrada y menos emocional sobre lo acontecido. Lo cierto, es que el hecho vivido días pasados con el padre del futbolista de la selección uruguaya, Edinson Cavani, a quien todos en Salto conocen por el mote de El Gringo, ha conmovido a todos.
No solo porque se trata del padre de una figura emblemática para Salto y su gente, como otrora lo fue Federico Moreira, hoy lo es Edinson Cavani quien logró superar fronteras y convertirse en un astro valorado en los clubes más codiciados de Europa, pero sobre todo y más allá de la fama, es un salteño de pura cepa que lleva consigo a su tierra dónde vaya, no se deja impresionar por las luces y la parafernalia del viejo continente y siempre está atento con su terruño.
Eso hace que el cariño supere el simple sentido de la admiración hacia un futbolista y la situación vivida días pasados haya impactado en la gente con tal magnitud que todos los periódicos del planeta hablaban del asunto.
Es que en cierta medida, la gente de a pie no espera tal situación de un ídolo, o de su padre, quien además ha cosechado muchas amistades a lo largo de todos estos años en Salto y mantienen el cariño de muchos que habiendo sido niños y hoy ya siendo hombres, recuerdan haber tenido el privilegio de que él haya sido su director técnico.
Aunque las cosas pasan. Una vez, el conductor de un camión paraguayo que estaba haciendo los papeles para poder ingresar a nuestro país en el puente de la represa de Salto Grande, me dijo que “los pies nos llevan al cementerio o a la cárcel” y que por esa razón, “él manejaba con mucho cuidado porque no quería terminar en ninguno de los dos lugares”.
Empero, hay gente que no toma los recaudos suficientes como para evitar que este tipo de cosas pasen y por esa razón fue que lo procesaron con prisión a Luis Cavani, por no haber tomado los recaudos necesarios para evitar el daño que al final cometió, al no estar en condiciones de conducir su vehículo y poder frenar a tiempo, manejando la camioneta de la forma que corresponde.
No obstante, la tribuna pedía a la Justicia que actuara con cristalinidad en este caso y ese fue el peso que sintió sobre sus hombros en cierta medida el juez de la causa. No decimos que haya enviado a Cavani a la cárcel solamente por esa razón, sino que la situación surgía porque entre tanta corrupción e inestabilidad que muchas veces se cargan sobre los poderes políticos, como el Ejecutivo y el Legislativo, el Poder Judicial aparece como la reserva moral de la institucionalidad y cuando actúa de forma equilibrada, objetiva y transparente, es cuando demuestra a los gobernados que aún existen garantías en los poderes públicos y que la gente todavía puede creer en ellos.
Esto es lo que ha provocado que existan cosas como la alarma social o alarma pública, que si bien tiene una mixtura de ingredientes, el principal, es a decir de la jueza penal Graciela Eustachio que la alarma social “se da cuando el hecho provocó indignación o consternación en la gente y da que hablar: prendés la tele y están hablando de eso, vas en el ómnibus y escuchás que la gente lo comenta. Uno lo palpa: el tema está en el tapete”, dijo la magistrada en el marco de una entrevista periodística.
Eustachio destacó a su vez que “no se guía solo por los medios de comunicación masiva sino también por su propia percepción”, en la misma nota periodística donde dijo que no podía definir a ciencia cierta la alarma social. Ese elemento aparece en el Código del Proceso Penal cuando se refiere a los procesamientos sin prisión, justificando los mismos como aquellos que no ameritan delitos de penitenciaría. Aunque sí señala que cuando un delito no lo amerita pero causa alarma social, debe proceder el procesamiento con prisión.
La mayoría de estos casos son los que protagonizan los autores de accidentes de tránsito, quienes por la magnitud del impacto de los sucesos de los cuales participan, generan que la opinión pública tome partido por el asunto y en cierta medida determine sobre los pormenores de los acontecimientos, incidiendo finalmente en la decisión del juez.
Sin embargo, los jueces también dicen que ese juicio social que se produce por parte de la gente, no es condicionante estrictamente del juzgamiento del hecho, aunque puede terminar incidiendo y en ese caso, los implicados deben sufrir las consecuencias, porque terminan siendo procesados porque en cierta medida la sociedad así lo exige.
Cuando gente como Cavani choca a un adolescente, conduciendo una ostentosa camioneta y le provoca la muerte, la población pide justicia, y ya no le interesa quién haya sido el autor del caso. Lo que tampoco quiere decir que si se trata de una persona muy querida, la misma pase a ser odiada o despreciada públicamente, sino que por el contrario y con más razón, debe dar el ejemplo y cumplir a rajatabla las decisiones que adoptan las autoridades, porque de esa forma, señalan el camino para el resto de la gente que los mira con lupa.
Lo que pasó la semana pasada fue una desgracia por donde se la mire, la situación en este caso involucró de forma involuntaria al padre de un célebre jugador de fútbol y reconocido exentrenador salteño, que no estaba en condiciones de manejar un vehículo y provocó por ello una pérdida irreparable.
En Salto hay entre 20 y 25 personas que fallecen todos los años por esa causa, esta vez se llevó una vida joven, quien sin saberlo fue embestido de atrás y no pudo ni siquiera completar el trayecto que lo llevaría hasta su casa. Con todo esto, la pregunta es ¿qué nos deja esta situación? Ojalá que por lo menos sea el hecho de poder pensar, antes de salir a la calle y manejar un vehículo.

Hugo Lemos

 

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Tenían que haber intervenido

El conflicto que vivieron en los últimos días los funcionarios municipales por no poder cobrar su salario en tiempo y forma, lo que trajo aparejado un paro total de actividades que dejó a la población sin los servicios de la Intendencia, dejó en evidencias otras fallas en los mecanismos de control que hasta el momento no habían sido advertidas, pero que ahora al menos dejan en claro que hay cosas que tienen que cambiar.
Si bien hasta anoche en varios barrios de la ciudad las bolsas de basura aún se amontonan y siguen esperando que los funcionarios municipales, que prometieron que una vez pudieran cobrar su salario irían tras ellas, hasta para lo cual conformarían unas “brigadas solidarias”, con funcionarios de otras reparticiones que los ayudarían a cumplir con el servicio de recolección, todavía no han podio cumplir con su promesa.
Las explicaciones han variado mucho y han sido diversas. Que “los camiones están rotos”, que “no hay dinero para arreglarlos”, que “no hay dinero para los repuestos”, que “no hay nafta para hacer circular a los vehículos”, que “cobramos el sueldo pero la carencia de recursos materiales es exactamente la misma”, entre otras cosas.
El caso es que siguen existiendo basurales, los residuos no se recogen por las demoras ante la falta de maquinaria y peor aún se expanden más en el aire y en la calle para provocar una contaminación mayor a la que se estaba dando.
Si bien los recolectores aducen que los problemas que se solucionaron fueron parcialmente los de sus haberes impagos, pero que las carencias con las que cuentan para trabajar aún perduran, porque la administración de gobierno sigue siendo la misma y en ese caso, no tienen “ni siquiera nafta” para hacerlo andar, tal como lo han denunciado a diestra y siniestra, hubo un tema que no fue advertido por las autoridades y es el del riesgo sanitario en el que Salto estuvo, y quizás aún lo esté, por la cantidad de basura que está dispersa en las calles de la ciudad.
Esta situación debió haber sido advertida por las autoridades sanitarias de nuestro departamento, una vez comenzado el conflicto que dejó a Salto sin recolección de residuos por espacio de diez días. Pero no fue así, nadie advirtió nada y dejaron que el hecho prosiguiera como si nada, porque como se trataba de un paro de los trabajadores de ADEOMS y coincidían con la rivalidad política de las autoridades de turno con el gobierno local, dejaron que el problema se notara para que así la gente se enojara con los que hoy gobiernan y se acuerde de éstos dentro de 5 años.
Pero mientras tanto, quienes quedamos como en posición de contraer alguna enfermedad o de contaminar nuestros alimentos éramos el resto de la gente, los que teníamos que ver cómo se peleaban los funcionarios con la administración porque ésta incumplió con el pago de los sueldos, lo que nos dejó sin basura y sin que nadie mediara para buscar una solución, al menos al corto plazo y resolver este asunto de la mugre.
Seguramente que la falta de decisiones para que el servicio de recolección de residuos fuera declarado como servicio esencial, o la carencia de actuación para evitar una situación dramática en materia de salud, de la que se estuvo a punto, es un problema de cabeza corta, de personas que creen que si actuaran en función de la responsabilidad pública que asumieron como funcionarios del gobierno, a los que toda la población le paga el sueldo, pensaron que no iban a ir en contra de una huelga con la que ellos seguramente estaban de acuerdo que se hiciera y en ese mismo marco, fue que tampoco actuaron según las facultades que tienen para evitar que haya una propagación de infecciones de algún tipo por la aglomeración de basura.
Las autoridades sanitarias debieron intervenir de inmediato y no esperar a que el presidente de la República, Tabaré Vázquez, haya demostrado interés por las noticias que sobre el tema aparecieron en la prensa, diciendo que analizaba enviar a alguien para hacer una supervisión de lo actuado hasta ahora en nuestro departamento y ordenar a que el Ministerio del ramo le remita un informe para conocer el problema de primera mano.
Cuando en Montevideo ADEOM le hizo un paro a la actual intendente, Ana Olivera, el entonces presidente José Mujica no dudó en sacar a los dos días al Ejército a la calle a recoger la basura. No es que la fuerza de tierra sepa hacer esa tarea, pero como soldados se adaptaron a las órdenes del presidente y cumplieron al menos con este servicio hasta que el sindicato de municipales de la capital levantara el paro.
Con esa medida, que Mujica adoptó en Montevideo se evitó a lo que aquí casi se llega, que fue poner a la población en un riesgo sanitario latente. Si bien se supo que hubo discrepancias entre las autoridades sanitarias locales por la forma de actuar, ya que un jerarca entendió que había omisión al no empezar a trabajar en este tema, los principales responsables de haber tomado cartas en el asunto minimizaron el impacto de la aglomeración de toneladas de basuras en las calles hasta último momento, incluso cuando se supo a través de un comunicado de la Presidencia, que el propio Vázquez estaba preocupado por lo que estaba pasando.
Ahora el paro de funcionarios municipales terminó, los trabajadores volvieron a restaurar el servicio y se espera que en poco tiempo Salto vuelva a ser la ciudad limpia a la que todos estamos acostumbrados, pero si dependiera de las autoridades sanitarias locales ponerse manos a la obra para tomar una medida que ayude a que no se repita un caso de estas características, porque ellos tomarían medidas para evitar que esto pasara pidiendo la declaración de esencialidad del servicio al Poder Ejecutivo o buscando formas de evitar contaminación ambiental, estamos en el horno. Porque más allá de cumplir con la orden presidencial, no hubo intervención para no complicar el paro de funcionarios municipales y todo por una cuestión política.
Así no se actúa, cuando se tienen responsabilidades públicas sobre todo por ocupar cargos de carácter político, se debe actuar con firmeza y con compromiso hacia toda la población, eso es lo que nos dará a los ciudadanos de a pie, la confianza en las instituciones para luego poder respetarlas y sentir que estamos garantizados por ellas.

HUGO LEMOS

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Violan nuestros derechos

El hombre llegó con cara de cansado, los ojos rojos a punto de estallar en llanto y las piernas flojas. Pidió para sentarse, le temblaban las manos y no le salían las palabras. Ya estaba entrado en años, su ropa delataba que era de origen humilde, un trabajador de manos rudas y piel curtida, pero que como todo el mundo tenía una historia triste que contar y hacía de tripas corazón para no maldecir y poder expresarse.
Le pedí que se sentara, que respirara hondo y que luego hablara, no soy psicólogo ni tampoco sacerdote, pero sí es parte de mi trabajo saber escucharlo y observarlo, para entender frente a qué clase de persona estoy. Me di cuenta que su historia era convincente y real. Se trataba de un quincuagenario que cuando apenas tomó impulso para hablar rompió en llanto y esperó unos segundos para contarme lo que había vivido.
Era un padeciente más del sistema de salud, que había atravesado una jornada compleja y la cual sin dudas le había causado un daño emocional enorme, ya que por culpa del sistema había estado todo el día esperando que le suministraran los medicamentos que su esposa enferma y convaleciente necesita, pero tras pasar casi 10 horas en el Hospital no pudo acceder a los mismos, ya que llegó la hora de cierre y los funcionarios se retiraron con el hombre ahí parado frente a ellos, junto a otros a los que califico de “más viejitos que yo”, los se habían tenido que ir porque el lugar había cerrado.
El asunto es que el sentimiento de impotencia había ganado su estado de ánimo, sabía que volvería a casa después de estar todo el día en el inmenso, antiguo, frío y húmedo local del Hospital local, regresaba a su hogar, que está a decenas de cuadras del nosocomio con las manos vacías. La tristeza lo inundaba porque no sabía qué le diría a su esposa ese día, cuando llegara hasta su casa después de haber estado ausente y ella lo mirara a los ojos, esperanzada de que recibiría la dosis de medicamentos que le había recetado el médico para que no sufriera más de dolor.
“Pasaban los mensajeros delante nuestro, una y otra vez, tenían hasta dos números, yo quería que me atendieran, vine a las ocho de la mañana y son casi las seis de la tarde, recién me voy a casa, los funcionarios cerraron las oficinas y dijeron que ya estaban pasados de hora, que mañana seguían, les reclamé, pero no hubo caso. ¿Qué hago ahora? ¿Con quién me quejo? El funcionario de seguridad me dijo que volviera mañana e hiciera un reclamo ante la Dirección, pero no voy a tener suerte, porque ahí no se encargan de estas cosas, eso también me lo dijeron, entonces ¿ante quién reclamamos?”, decía el vecino de manos curtidas, de ojos llorosos y de voz apretada por la indignación que sentía tras la situación que le había tocado vivir.
Seguramente que el mal trago por el que tuvo que pasar este hombre cuando llegó a su casa y vio la cara de su esposa, a la que tuvo que decirle que no le consiguió los medicamentos, no se lo deseo a nadie. Pero debió hacer de tripas corazón y regresar al día siguiente, a ver si tenía más suerte. Me dijo que iba a venir más temprano, aunque sabía que contaba con una contrariedad, ese mismo día comenzaba el paro de ómnibus por parte de los funcionarios municipales, quienes reclaman el cobro de sus salarios a la administración de gobierno que hasta ahora no ha cumplido con sus obligaciones.
Pero igualmente el vecino llegó y por lo menos volvió a intentar. Pelear contra los molinos de viento no es nada fácil, es sino, una tarea quijotesca, luchar en el sistema para obtener resultados viviendo en un país con una pesada carga burocrática como el nuestro, vaya que es todo un acto de heroísmo, de entrega y de sacrificio. Aunque tanto como eso, es igual de lamentable que así sea.
El sistema público uruguayo, también y sobre todo el de la salud, está hecho para vulnerar todos los derechos y garantías que pueda tener un ser humano, sea uruguayo o polaco, da igual, basta con ser usuario que pasas a ser parte de la manada que debe esperar a que venga el médico al que le pagan tres pesos y que viene del otro empleo, del que le pagan un poco más, del sector privado, pero del que salió muy cansado y entonces uno va a tener que esperar a que al doctor se le despeje la cabeza.
La manada llega a que alguien le diga cómo puede hacer para curarse del mal que le aqueja, el técnico contratado le da un diagnóstico, a veces desacertado o muy opinable y rebatible cuando uno lo contrasta con la opinión de otro profesional, las famosas dos bibliotecas, pero en el caso de la salud no es nada bueno que haya dos bibliotecas porque eso puede aumentar el daño y no curarlo. Lo cierto es que llega un momento en que ya nadie quiere responder por nada, solo quieren poner un tornillo más en ese gran engranaje, apretarlo bien para que la cinta funcione como en aquella película de Chaplin “Tiempos Modernos”, que ilustraba muy bien como todos y cada uno de nosotros somos parte de un sistema que nos trata mal y nos castiga a todos por igual, y después nos echa quitándose la culpa de encima y haciéndonos sentir miserables porque no nos dieron lo que creíamos que podíamos acceder por derecho.
Derecho, una palabra que tiene muchos significados y varias acepciones, pero de la que nadie se hace cargo, la que todos ignoran y la que cuando alguien la invoca, le tiran encima todos los papeles que debe llenar para poder quejarse en base a ese concepto, cosa que se le vayan las ganas y se olvide que alguna vez invocó tener derecho a algo.
Lamentablemente vivimos en un país así, donde los derechos humanos que se respetan son solo los de los que ya mataron o torturaron hace 40 años en la dictadura, pero cuando alguien quiere hacer valer su acceso a la salud, es vilipendiado por los propios funcionarios que lo miran con cara de amenaza, diciéndole que no se queje o que lo van a atender el día del arquero. Entonces le salen con que ganan poco y trabajan menos, y que hay que hacer paro y no dejarse tratar mal por el usuario, pero en realidad tratar mal es quejarse y reclamar que lo atiendan, pero para los funcionarios que hacen cumplir un sistema que afecta todos los derechos habidos y por haber, eso está mal y debe cumplirse la máxima de que no hay que darles corte y violan los derechos humanos de las personas, que asimismo tienen derecho a que el sistema los atienda, cuando éste, con esas actitudes de sus funcionarios, en realidad lo que está haciendo es excluirlos.
Quizás ese buen hombre que llegó al diario ese día, no haya encontrado sus medicamentos tampoco al día siguiente, pero estoy seguro que fue con mucho más ánimo para reclamar lo que entendía que le pertenece, que es el derecho a ser oído y a reclamar lo que es suyo, que es la debida atención a sus peticiones. En ese tren debemos seguir todos, en el de no bajar los brazos nunca y en el de tener que enfrentarnos con el oso sin miedo, porque sino lo hacemos, el Estado seguirá violando nuestros derechos y está en nosotros dejar de permitírselo.

HUGO LEMOS

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Que no se repita nunca

Hay situaciones que a esta altura ya superan todo tipo de análisis. Lo que está pasando hoy en nuestro departamento con la Intendencia de Salto merece que haya reflexiones sobre lo que ha pasado. Por un lado, está la situación de déficit en las arcas municipales que dejan a una administración al rojo vivo. Con una deuda que es millonaria en municipalesdólares, que es histórica para un departamento que otrora ha sabido sortear con éxito crisis económicas brutales, como la vivida en el año 2002 y que a ojos vista, hace tan solo algunos meses, parecía que todo venía muy bien y que las críticas eran tan solo eso, porque cuando aparecía un problema, siempre, aparentemente, había una respuesta que intentaba ponerle fin a la protesta y todos contentos.
Pero en los últimos meses las cosas comenzaron a complicarse. Ya las respuestas no aparecían tan fácilmente y los conflictos con los trabajadores se agudizaron y a éstos se le sumaron los cuestionamientos políticos por parte de la oposición, que quien la practicó fue el Frente Amplio y un solo sector del Partido Nacional, que no votó los fideicomisos y hasta motivó un enfrentamiento entre Germán Coutinho y Luis Lacalle Pou que todos recordamos en setiembre del año pasado. Los meses se sucedieron y las cosas se volvieron insostenibles.
Tanto es así, que a finales del mes de abril de este año, un grupo de funcionarios municipales que estaba realizando un servicio en un domicilio de un barrio de la ciudad, le preguntaron a quien había solicitado el mismo, por ser una persona allegada a la comuna, si cobrarían el sueldo de ese mes, ya que se aproximaba la fecha habitual y no había señales de que la plata llegara. La respuesta fue clara “si no cobran ahora que en dos semanas hay elecciones, no cobran más”. Los funcionarios contentos, pero incluso, con una elección a pocos días de celebrarse, la falta de dinero era tal, que los trabajadores fueron cobrando por turno y muchos tuvieron que esperar hasta el viernes antes de las elecciones para poder encontrarse con su salario.
Ahora las elecciones ya pasaron, los resultados están a la vista y los funcionarios ya se la veían venir. Algunos pensaban, porque así lo vociferaban, que sería una “represalia” porque el partido de gobierno perdió las elecciones, otros habían afirmado que aún ganando las elecciones, “no sabían cómo iba a hacer la actual administración con todas las deudas que tiene, para poder pagar los sueldos”. ADEOMS lo anunció con antelación, quizás por temor o preocupación, o sobre todo porque tenía los datos firmes, pero lo vaticinó, el Frente Amplio también lo venía diciendo desde el 2012, aunque como dijo tanta cosa en su momento por tener un rol de oposición política, en el que como en todo caso, el discurso no tenía porqué ser exacto, las cosas no podían ser del todo así. Pero lamentablemente por todo lo que esto implica, en muchos aspectos tenían razón.
En este momento, los funcionarios municipales, que muchos de ellos pasan por una situación desesperante porque viven de su salario y dependen del mismo para alimentar a sus familias, dependen de la voluntad de un puñado de personas, que son quienes toman las decisiones porque tienen la representación política y partidaria para hacerlo, y que tras las elecciones del pasado mes de mayo volvieron a tener el poder de adoptar determinados actos que encuentren una solución a un problema que en realidad no es de ellos, pero que lo será pronto si no se suman a dar su aporte a este enredo en el que por otro lado, ya sabían antes de meterse, que se iban a encontrar porque las cosas no andaban, y si lo sabrían que lo denunciaban desde hace mucho tiempo.
Pero son los funcionarios los que están dependiendo de que quienes deben ingresar al gobierno el próximo 9 de julio asuman compromisos y responsabilidades antes de comenzar su mandato, porque políticamente son los que tienen un cheque en blanco con el gobierno nacional que es el dueño de la plata en representación de todos los uruguayos y en este caso es el único que puede dar la solución de la que tanto hablan en los medios.
Aunque todo esto no se hace a cambio de nada. Sino que para el intendente electo, Andrés Lima y el equipo que lo acompaña, que le están poniendo el pecho a las balas y por momentos se las ven en figurillas porque sin comerla ni beberla, tienen que ser los garantes de una solución a un problema que ellos no provocaron, cuando hace tan solo semanas atrás eran considerados apenas los que criticaban y se oponían a las actuaciones del gobierno actual, por entender que el mismo llevaría a la Intendencia a la ruina, no harán nada de esto gratis.
Dejarán en claro que la situación de desfinanciamiento y falta de liquidez de la Intendencia fue provocada por el gobierno que se va en los próximos días, van a dejar en claro que cuando ellos denunciaban la situación y vaticinaban lo que está pasando ahora, nadie les prestaba atención y sobre todo, van a sostener en todo momento que si no es por el Frente Amplio, que aún no teniendo nada que ver con esto, se pone el tema al hombro y sale a solucionarlo cuando aún no es tiempo de inmiscuirse de forma directa en el asunto, la solución no llega y los trabajadores no comen. Por eso pedirán la cabeza de Coutinho y de todo su equipo y tratarán de dejarle en claro a los funcionarios que fueron ellos los que salvaron la petisa.
En tanto, desde el sindicato los miran con respeto y hasta admiración por ser ideológicamente allegados a los futuros gobernantes, les concederán una carta de crédito por demostrar voluntad de solucionarle el problema a los trabajadores, les tendrán paciencia en los primeros meses, pero luego no le perdonarán nada si los nuevos administradores cayeran en una situación parecida a la que ellos están viviendo actualmente. Porque ese es el rol del sindicato, defender a los trabajadores, incluso de sí mismos y de cualquier partido político, en ese aspecto, las reglas de la democracia deben estar claras y los roles no deben mezclarse.
El gremio defenderá una salida al problema, le dará una tregua a Lima y vituperará a Coutinho como lo viene haciendo, pero si alguna vez hay un resbalón del futuro intendente que haga que los trabajadores se tropiecen, las cosas volverán a ponerse duras y eso debe quedar claro. Por el momento todo indica que habrá una solución en cuestión de horas al pago de los sueldos de los funcionarios municipales, porque Lima ya entendió como se juega a esto y sabe con quiénes tendrá que luchar para que las cosas salgan.
En medio de todo este juego de poder, están las familias que sufren, los niños que esperan con las manos vacías y los comercios que dependen de que el municipal les pague y que además les siga comprando, además de una cadena infinita de gente. Ojalá que cuando llegue el final de este conflicto, todos hayamos aprendido algo y así se logre que una situación como ésta no se repita nunca más.

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El ejemplo FIFA

Cuando el FBI comenzó a estudiar la posibilidad de encontrar actos de corrupción entre los máximos dirigentes de la FIFA, no se trataba solamente de hacer sus deberes como funcionarios públicos dedicados a investigar crímenes, sino que es una deuda histórica que tienen quienes se precian de investigadores y que incluso tienen responsabilidades de desbaratar mafias, carteles de drogas, organizaciones criminales y capturar delincuentes con el mundo del fútbol.
Porque es igual que lo que pasa acá, y cuando digo acá me refiero a Salto y a todo el Uruguay, con muchas cosas como el accionar de la Policía con las bocas de drogas y los hurtos de motos por mencionar algunos casos, o con la aduana y los bagayeros, por mencionar otros. La corrupción está instalada en el mundo en el que vivimos y lo que pasaba en la FIFA era una vergüenza mundial de la que todos sabían pero que nadie se hacía cargo.
Aunque tiene razón el humorista, Carlos Tanco, cuando en su columna semanal en Búsqueda donde firma como su personaje más famoso, Darwin Desbocatti, dice que los norteamericanos se metieron con un deporte que es nuestro para mandar preso a cuanto latinoamericano andaba en la vuelta sin tocar a los europeos, cuando incluso el hecho de que Rusia y Qatar sean sedes de mundiales era algo imposible si sus nominaciones no estaban rodeadas de dólares para coimear a cuanto viejo inescrupuloso que se pone de mandón en el turbulento mundo del fútbol anda en la vuelta.
Acá también es así. Bueno, no digo tan así, pero hay muchos personajes detrás de los clubes de fútbol, manejando a los jugadores y a los clubes a su antojo. Ahora y en el piso todos le pegamos a Eugenio Figueredo, de quien ya se sabía que era un viejo mafioso, porque nadie que es empleado de una automotora y se hace dirigente de un club de segunda como era Huracán Buceo puede saltar a ser un multimillonario arrogante y con poder de un día para el otro sin negocio conocido o herencia recibida y adjudicada por un juez de Familia.
Pero como el señor Figueredo ponía mucha plata para que nadie hablara del tema, como habitualmente hacen esos tipos ruines que se vuelven ricos de manera ilegal y estafando gente, nadie decía nada delante de un micrófono, sino que por el contrario lo relajaban entredientes y si bien algunos lo cuestionaron, la mayoría prefería no decir nada de él.
Pero así también ha pasado con varios dirigentes del fútbol del país, sobre todo de diversos clubes que han generado un caos en sus respectivcas instituciones por los arreglos económicos con el grupo Casal, hombre que ha pergeñado una ingeniería de una magnitud tal, que generó una estructura económica piramidal donde el que se hace rico es él, luego un séquito compuesto por exjugadores que fueron manejados por él y que hicieron escuela a su lado, y detrás, grupos de corrupción que siguen manejando los hilos del alicaído fútbol “profesional” del país, algo que ha puesto a los grandes en la penosa situación de no ganar una copa internacional en casi 30 años.
Sin embargo, este tipo de ejemplos de un caso de intervención de las autoridades para terminar con las mafias del fútbol y el crimen organizado en torno a este deporte, debe prevalecer para que en nuestro país y en nuestro departamento se abra el paraguas, se tome nota y se eviten este tipo de prácticas delictivas, pero que también se denuncien y se investiguen los casos que degradan al deporte más hermoso del mundo y al que forma parte importante de nuestra cultura y de nuestra identidad como uruguayos.
En Salto, aparentemente las cosas se manejan de una manera que por lo menos no dejan mucho margen a la duda, pero siempre puede llegar a haber suspicacias. Si bien se trata de un fútbol muy sacrificado, con mucha más ganas de que sea de lo que realmente es, por lo menos la dirigencia ha demostrado que la situación local no merece ser tratada con acciones que manchen su historia y que generen un antecedente negativo para el futuro.
Aunque si bien en muchos clubes las críticas y cuestionamientos surgen como en todos lados por la disconformidad que se teje en torno a la gestión de determinados dirigentes, las manifestaciones mismas siempre pasan por el mismo lado y rayan en la falta de capacidad de obrar que pueden llegar a tener determinadas personas o la ausencia de creatividad y/o de voluntad de determinados actores para hacer resaltar al deporte local.
Con todo, soy consciente de que en determinados clubes hay ciertos dirigentes que han sido en algunos casos públicamente cuestionados por su inexplicable condición económica, en virtud de la labor que realizan o realizaron como les gusta decir a ellos, para ganarse la vida, los que se han apegado a la Liga y al representativo local mostrándose como altos dirigentes, lo que genera cierta suspicacia para quien los ve en esos ámbitos respecto al manejo de algunas cosas ligadas al fútbol local. Aunque la mayoría de los dirigentes muestra un gran amor por la actividad que realizan, la que incluso la llevan adelante en forma honoraria, lo que si bien puede verse a simple vista como una virtud, también puede eximirlos de determinados errores o actos negligentes que determinan la condición de amateur o semiprofesional de nuestro fútbol.
A mi juicio, lo más interesante que ocurrió con los delincuentes que manejaban la FIFA e incluso el fútbol uruguayo hasta hace muy poco, es que se le da un ejemplo al mundo y a quienes están en ese ámbito sea en Salto o en el fútbol de Kenia, de que la corrupción y el delito pueden ser formidables para enriquecerse rápidamente, pero les da a todos poco tiempo de vida y en menos de lo que canta un gallo estas cosas saltan a la vista y los alejará para siempre de lo que tanto han querido siempre, el dinero y el poder.
Respecto a la pelota, claro, esa estaba en segundo o tercer plano para ellos. Pero por suerte nos hemos librado de ellos y ojalá que los dirigentes locales se aleccionen y tomen el ejemplo de que si algún día se les ocurre realizar determinadas prácticas, como las que en realidad algunos realizan al recibir dinero del comercio ilegal y sustentar a sus equipos a través de ello, lo que habla de la poca trascendencia de nuestro fútbol o de la falta de seriedad de las autoridades de nuestro país, porque en otro lado eso sería delito y no le permitirían a ninguna institución sustentarse de esa forma; pero en fin, si alguno quiere seguir el camino de estos carcamanes que seguramente estarán presos pronto, así les irá. Aunque por el momento, en Salto rueda la pelota como ejemplo de esfuerzo y sacrificio de los que ponen el hombro cada día para que todos sigan jugando.

HUGO LEMOS

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Doña Rosa no existe

Más allá de que estamos en tiempos donde la tecnología impera y nos supera en todo sentido, lo que por ejemplo queda demostrado en algo tan simple como que la cantidad de aplicaciones que tiene nuestro teléfono celular, algo que no terminamos de conocer nunca y mucho menos de utilizar, porque ni las entendemos, ni nos interesa hacerlo hasta por falta de tiempo, con todo lo que significa la inmediatez que nos genera vivir en esta época, donde al consumir tantos productos inteligentes parecería que estuviéramos en una era donde todos lo fuéramos, la sociedad se funde en la mediocridad y en los antivalores o la anticultura, que está cada vez más presente y se hace notar con mayor fuerza.
Nuestra sociedad está inmersa en el mundo de la banalidad, de la frivolidad y del chusmerío barato, donde nos la pasamos hablando de la vida ajena, incluso los medios se dedican a contar hechos o episodios que poco importan y que ya pasaron, que encima no tendrán consecuencia alguna y que por lo tanto no son importantes para nadie, pero en cierta medida son los que hacen de nuestra realidad algo distinto y por eso nos dedicamos a consumirlos.
La gente consume la nada, la imagen, la estética, la cirugía plástica, la imagen de la mujer de 60 años con cuerpo y cara de una joven de 20 y con la misma ropa que su hija o hasta que su nieta, porque lo importante es tratar de evitar que pase el tiempo, porque como no han aprendido nada de él, es mejor que el devenir de las épocas no se note para que no veamos nuestras propias carencias, no caigamos en nuestras propias frustraciones y mientras tanto nos dejemos engañar con la tranquilidad propia de quien sabe que no puede con la vida que lleva e inventa excusas, como las cosas banales para pasarla mejor.
¿Es una opción? Sí, puede llegar a serlo, pero no debería ser el modo que llevemos de vivir, sino que mientras podamos y seamos conscientes de ello, debemos combatirlo y pensar que si vivimos en una era inteligente, donde la tecnología es tan solo una muestra de ello, debemos ocuparnos de los problemas que nos aquejan para resolverlo y procurar que todo el mundo pueda tener la mentalidad suficientemente sana como para notarlo.
Vivimos en un mundo que nos impone el hecho de tener que ser felices, de tener que ser los mejores en todo, de tener que reventarnos cada día para dejar todo en la cancha y llegar cansados al final de cada jornada, hastiados con el esfuerzo y sacrificio que hicimos para poder estar en la cima, y capaz que cuando miramos a nuestro alrededor, ni siquiera hay nadie con quien compartirlo, porque nos pusimos tanto en la cabeza el hecho de tener que darnos de punta para salir del pozo y superarnos, con la finalidad última de terminar siendo felices porque el mundo de consumo, frivolidad e individualismo en el que vivimos así nos lo impone, que nos olvidamos justamente de eso, de ser felices y terminamos haciendo totalmente lo opuesto, como para solamente generar frustraciones e inseguridades que nos llenan de nada.
Entonces terminamos consumiendo la porquería que nos venden por televisión, donde todos tenemos que ser perfectos, estar operados y lucir espectaculares, sin darnos cuenta que al hacerlo estamos entregando nuestra salud y nuestra vida, porque tenemos que vernos bien en el espejo, frente al otro que ni siquiera sabe porqué quiere verse así y para qué quiere que nosotros también nos veamos bien.
Lo que termina pasando es que esa idiotez mental nos entra por las venas y pensamos que está bien, que la mediocridad debe campear porque la gente no está preparada para evaluar ni analizar nada, y que tampoco hay que darle mucho de qué aprender, si no terminan siendo unos amargados que cuestionan todo y no disfrutan de nada.
Ayer escuché el discurso de un filósofo argentino que hablando notablemente en relación a un premio que le habían dado, no sé quiénes ni cuándo, él no lo aceptó porque el mismo premio que le daban a él por promover la cultura, se lo habían dado a Marcelo Tinelli, y éste último justamente a lo que se dedica es a hacer todo lo contrario, lejos de promover la cultura, promueve el achatamiento, la vulgaridad, el mundo de fantasía, de plástico, dónde todos tienen que aparentar la eterna juventud y vivir el ahora, dejando de lado la educación y los valores, por la enseñanza del vale todo y el dale que es tarde.
Generando una manipulación de los medios de comunicación en la que para justificar la mediocridad que quieren imponerle a la sociedad, para poder tomar las decisiones por los demás, crean la figura de “Doña Rosa”, tal como lo analizaba notablemente el filósofo, escritor y ensayista, José Feinmann, quien decía “¿quién es Doña Rosa?, Doña Rosa no existe porque no podemos subestimar a nadie, no podemos decir que nuestro medio de comunicación está destinado a gente como esa porque lo que estamos haciendo es justificar la pobreza mental que tenemos para hablar con altura de los grandes temas y no ayudar a pensar a la gente sobre las cosas importantes”. Algo que aplaudo de pie porque es con lo que coincido totalmente.
Queremos evitar hablar de las cosas que realmente son trascendentes, entonces imponemos el modelo de que hablar de lo importante es “aburrido” y entonces debemos dedicarnos al mundo de la banalidad y la frivolidad porque es lo que más vende. Y creamos arquetipos como el de Doña Rosa, que se supone que es una mujer pobre e idiota que está en la casa esperando la telenovela para encontrar un escape al no saber pensar cómo salir adelante en la vida por sus propios medios y cuestionando a los poderosos, añorando vivir como ellos pero solo en sus sueños de telenovela. Pero si le enseñamos a Doña Rosa a no mirar telenovela y a pensar y discutir de los temas que realmente importan, la clase dominante se sentirá atacada y ya no podrá tomar las decisiones tan arbitrariamente como lo hace ahora, sino que deberá tratar de eludir la avalancha de cuestionamientos que va a empezar a tener de gente como Doña Rosa, que dejó de ser una mujer pasiva para atacar y ponerle un freno a cada paso que quieran imponerle.
Por lo tanto, los medios de comunicación debemos ser quienes demos paso a la apertura de pensamiento y ayudemos a pensar, elaborando nuestros contenidos con altura y no al revés, no subestimemos a la gente y digamos las cosas por la mitad o con lenguaje llano porque pensamos que nadie va a saber de lo que estamos hablando, sino que por el contrario, debemos advertirle a la gente que el mundo de hoy está signado por la chatarra y la frivolidad, para evitar que en esos antivalores encuentren un escape a sus problemas y así no se encarguen de resolverlos, dejando que otros tomen las decisiones por ellos y sigan sometidos a un pequeño grupo que es el que toma las decisiones.
Pero esto solamente podremos revertirlo si nos damos cuenta, como dijo Feinmann en su discurso al devolver el premio por su trabajo hacia la Cultura en Argentina, que Doña Rosa no existe y si existe, debemos ayudarla a superarse, porque solo así haremos una sociedad de gente pujante y le sacaremos de una buena vez, la estupidez de encima.

HUGO LEMOS

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No más niños en la cárcel

Los derechos humanos son algo inherente a la personalidad humana y deben ser respetados siempre. Desde que se nace hasta que se muere, en todos los aspectos. Para esto se necesita un país que respete el Estado de Derecho a cabalidad, no solo en algunos aspectos, donde hablar de derechos humanos refiere a alguna cosa en particular, como la violación de los derechos de las personas durante una dictadura y listo. Sino que éstos siempre están vigentes mientras la persona vive, respira, actúa y se desempeña.
Desde hace mucho tiempo y sin ánimo de ser reiterativo, he escrito en éstas páginas la gravísima situación de que 11 5 15 076haya niños pequeños conviviendo con sus madres en las cárceles, si bien los mismos están bajo el cuidado de éstas, aprenden y conviven con códigos carcelarios, porque respiran ese ambiente y los aprehenden en su mente, llevan consigo el resto de su vida lo aprehendido y es un peligro potencial para ellos mismos el hecho de tener el antecedente de haber convivido uno o más años en un centro de reclusión.
Es lastimoso como ese horror se exhibe públicamente y cuando uno cruza por la calle Defensa, detrás del estadio Vispo Mari y sigue por esa arteria hasta el final, pasa por la puerta del centro penitenciario local. Desde allí puede observar con claridad a las mujeres que están tras las rejas con sus hijos jugando en un patio, como si estuvieran en el jardín de infantes, solo que con medidas de seguridad que dan miedo, sobre todo a los niños claro está, los que viven su vida detrás de un cerco perimetral y a pocos metros en una caseta de seguridad, hay un guardia armado vigilándolos. Todo esto en pleno Siglo XXI y en un país que se jacta de estar a la vanguardia en los derechos sociales y en el respeto a los derechos humanos en el mundo.
Es lamentable que siendo Uruguay un país reconocido en el mundo entero por su democracia, su abultada y moderna legislación que comprende a todos los sectores de la sociedad, sus instituciones estables y sólidas, sus movimientos sociales libres e independientes, su prensa libre y sus relaciones humanas y de mercado con libertad y protección estatal, permita que exista la barbarie de que un niño de 1, 2, 3 ó 4 años de edad, que recién se está formando a la vida y que está empezando a ver el mundo, que aprende de todo su entorno y de todos los que tiene a su alrededor, deba convivir en una cárcel, detrás de un cerco perimetral y con un guardia con un arma que los vigila, no específicamente a ellos, pero sí que sus madres no se fuguen, algo que incluso no se ha dado hasta ahora, pero deben hacerlo porque están obligados por su función de guardias.
Entonces cuando uno pasa por la calle Defensa del barrio Williams, a plena luz del día y ve esas imágenes no dejan de ser impactantes. Ya las había visto tiempo atrás cuando incluso hice un informe periodístico denunciando esta situación y exigiéndole a quienes eran nuestros representantes en el parlamento, que dieran un revés definitivo a este asunto, que se pusieran de acuerdo para elaborar una ley que involucrara al organismo estatal encargado de velar por el Interés Superior del Niño y el Adolescente, que es el INAU, pero que también implicara el Ministerio de Desarrollo Social, al BPS, al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, al Ministerio de Economía, al Ministerio de Educación y Cultura, a la Intendencia de Salto, a Salto Grande y a todos los organismos que quisieran recoger el guante para ayudar a terminar con esta situación, para darles protección a esos niños mientras sus madres están presas.
Porque en definitiva, se trata de nuestros niños, de los niños del Uruguay, de los que mañana serán adolescentes y que deberán cargar sobre sus hombros con la vida que les dieron y que nosotros en tanto uruguayos todos, permitimos que así sucediera, por pensar estúpidamente que “así es el sistema, que qué le vamos a hacer”, pensamiento pueril y trivial si los hay y que pinta de cuerpo entero a quienes lo repiten, y que además muestran su negligencia, omisión, ineptitud y holgazanería al no querer hacer nada para cambiar esa situación.
Esta situación me hace acordar a cuando una vez comprobé in situ que había una adolescente de 14 años de edad, a plena tarde, ejerciendo la prostitución en la calle y cuando consulté al jefe de Policía de la época, me dijo con total desparpajo que en Salto “no había casos de prostitución de menores porque a él no le había llegado ninguna denuncia”. Y así estamos, cuando uno habla con el INAU, te llora que no tiene recursos, ni tampoco cabeza como para hincarle el diente a estas cosas porque de tanta miseria humana que ve en los niños abandonados que junta y deposita en algunos lados, ya están hechos de hielo. Como si yo no me conmoviera cada vez que veo una desgracia y encima tengo que ir a cubrirla para narrar la crónica, algo que se hace a corazón partido cuando la misma es grande y sobre todo si involucra a niños.
Por esa misma razón hoy escribo estas líneas, volví a concurrir como lo hago desde el año 2000 en forma ininterrumpida a la cárcel local, hoy con varios cambios respecto a aquellas épocas, lo que no puedo afirmar que es mejor o peor, porque así como ha cambiado la política carcelaria en estos años, también ha cambiado la modalidad delictiva, los códigos carcelarios, el perfil de la población reclusa y los delitos que cometen, lo que viene de la mano con los cambios sustantivos que se han visto de los valores de la sociedad.
Cuando vi a esos niños abrazar a sus madres porque éstas salían llorando, lógicamente tristes, cuando los dos ministros de la Suprema Corte de Justicia, Ricardo Pérez Manrique y Felipe Hounié, les negaban la libertad en la instancia de la visita anual de cárceles, cumplida el lunes pasado en Salto, me rompió el alma y me hizo sentir que no estaba viviendo en Uruguay, sino que me retrotraje a un período dictatorial o a alguna época nauseabunda de la historia de la humanidad.
Es cierto que esa señora estaba presa por haber cometido un delito, pero puedo asegurar que estar más de un año presa por vender drogas para solventar el hogar, porque ese fue el “trabajo” en el que la dejó caer el imbécil del padre de la criatura, para poder borrarse y dejar que ella mantenga al niño solo, es suficiente castigo para ambos, sobre todo para el niño, en comparación con algunos despreciables que salieron ese mismo día en libertad luego de haber sido acusados de golpear ferozmente a sus respectivas mujeres.
Y por más que el denominado Centro de Rehabilitación haya cambiado su política y tenga a funcionarios civiles que le brindan contención y un trato adecuado a los internos, bajo una dirección que a ojos vista manifiesta interés en que la cosa funcione, el hecho de que no tengan el apoyo de las instituciones y organismos estatales para apoyar en serio a recuperar esas vidas, pero sobre todo a esos niños, es muy grave.
Porque luego, cuando crezcan, ojalá que no, pero si son protagonistas de alguna fechoría, seremos los primeros en criticarlos, hostigarlos y pedir la cabeza de ellos, cuando en definitiva los principales responsables de que ellos hayan crecido en la escuela del delito, hemos sido todos por no exigir a las autoridades que actúen ahora y eliminen ese perverso sistema vigente en Uruguay.
Ojalá que las autoridades se ocuparan del problema, algo que dudo mucho, pero de igual forma lo grito a los cuatro vientos, porque siento la responsabilidad de hacerlo y también de exigirle al gobierno que antes de jactarse de haber evolucionado tanto en derechos y libertades para la población, evolucione poniéndole fin a esta lamentable, triste y grave situación, como es no hacerse cargo de los niños cuyas madres están presas y que por no tener dónde vivir, terminan presos como ellas. Y encima nosotros después, andamos pidiendo que los lleven presos.

Hugo Lemos

 

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El valor del voto

La primera vez que escuché hablar de elecciones fue en el año 1984, no entendía mucho, tenía 5 años de edad y se hablaba de que había ganado un tal Sanguinetti y que se venía la democracia. Inocente a esa edad y sin saber que el país transitaba por épocas oscuras, aún en ese acto electoral, donde hubo candidatos proscriptos y la mayoría de la gente votó presionada por un presidente que le cayera bien a las Fuerzas Armadas, para que éstas largaran el poder que habían tomado 12 años antes por la imposición de las armas, pregunté si el partido había terminado y si se sabía el resultado para ver quién había ganado. La risa de mi madre no se hizo esperar y me explicó que se trataba de algo llamado elecciones.
Luego vino toda una explicación acerca de cómo funcionaba la cosa. Me dijo que alguna gente se postulaba a través de partidos políticos, que el resto los elige y que el que tiene más votos, después le tocaba la tarea de gobernar. No con estas palabras, pero la explicación vino más o menos así, yo quedé conforme, más por la confianza que le tenía a mi mamá en todas las cosas que ella me decía, que por el hecho de si lo que ella me explicaba era o no así.
Con el paso del tiempo fui aprendiendo cómo era el tema y en las elecciones de 1989 ya tenía pensado en que haría una carrera como político, porque me gustaba eso de hablarle a la gente sobre los problemas que tenían. Me gustaba escuchar los nombres y los sloganes de cada uno de los candidatos, de ver las caravanas que se formaban en torno a esa gente que cuando llegaba a Salto era recibida con chapa de héroe, como si fueran las personas que traían la solución a los problemas del pueblo y ese mundo entró a fascinarme.
Pero con el paso del tiempo también fui aprendiendo cómo funcionaba el sistema, qué era lo que hacían los políticos y cómo actuaban en la mayoría de los casos. Y esto me hizo acercarme más a los gremios que a los partidos políticos, porque me puse del lado de la gente, del lado de quienes reclaman y proponen soluciones a los problemas que se presentan a diario, y no tanto del lado del que toma el sartén por el mango y que debe buscar soluciones reales para las personas con las que se comprometió a hacerlo, ya que éstas le dan el voto y le pagaban un buen sueldo para que él se ocupara de los problemas del país.
Porque el político debe ser eso, una persona que entiende que tiene que ser un servidor de la gente, volcar los problemas de la sociedad en los ámbitos institucionales que correspondan y concretar soluciones a los temas que urgen arreglar para mejorar la calidad de vida de la comunidad en la que convivimos todos y de los servicios que nos llegan a todos, eso lo convertiría en una suerte de héroe si no fuera por el pequeño detalle que es él, el que nos pide, nos implora, nos atomiza varios meses con su campaña electoral para que lo votemos.
Y sobre todo lo que le quita chapa de héroe, es que le pagamos un muy buen sueldo, que está muy por encima de lo que es una canasta básica familiar, para que cumpla con su trabajo, haga las cosas desde el lugar que le toque y no pida más, nada de compensaciones ni cosas raras, si gana el puesto de funcionario público que tanto pidió, ya sea de presidente como de intendente, que trabaje y haga su mayor y mejor esfuerzo sin pataleo.
Cuando era adolescente me inmiscuí en los gremios estudiantiles en el liceo y luego en la Universidad formé parte del cogobierno, siempre me opuse a que se hiciera política partidaria en esos ámbitos, batalla que por supuesto perdí ya que la llevé adelante solo. Era tan ingenuo que todavía pensaba que los que formábamos parte del cogobierno queríamos lo mejor para la Universidad como institución educativa, queríamos su desarrollo académico, científico, tecnológico y que cumpliera con la misión de inclusión social dándole la oportunidad a todas las personas de participar de la misma o al menos, de verse alcanzada por el impacto de sus servicios de extensión.
Pero me bastó ir como delegado a un solo plenario de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) en el 2001 a Montevideo para darme cuenta de que no era así. Entonces me di cuenta que estaba solo y que no iría lejos. Y así fue. Por eso la política partidaria para mi siempre fue un asunto serio, porque la veo despegada de las organizaciones sociales, de los gremios y de las instituciones que se suponen es a la que le tienen que dar respuestas y no agregarle problemas, interviniendo sí para darle soluciones a los problemas, pero no para agregárselos.
Sobre todo porque los políticos muchas veces dividen y es difícil después de decirse tanta cosa volver a unirse para trabajar juntos por las soluciones que la sociedad necesita y espera de ellos. Ayer, cuando uno de los principales candidatos llegaba a votar a la Universidad, un exdirector municipal de otro partido le daba vuelta la cara para no saludarlo. Ese tipo de actitudes que tienen los políticos son las que desunen y generan malestar de parte de la población, porque si bien esto no es un juego de niños y hay intereses creados desde el inicio, el hecho es que las polémicas solo sirven para que los problemas nunca se solucionen, sigan existiendo, siga habiendo elecciones y por lo tanto candidatos, y así, los votantes seguimos eligiendo, el sistema sigue funcionando, alguna gente se llena los bolsillos con todo esto y la rueda va para adelante y del otro lado están los perjudicados de siempre, que es el pueblo.
Cuando voté por primera vez en 1999, me paré con cierto entusiasmo frente a la urna, pero con gusto a poco, elegí por descarte y me la jugué por quien pensaba que en ese momento tenía que gobernar un país que en ese entonces dejaba mucho que desear.
Ayer la situación fue distinta, tuve el privilegio de concurrir con mi hijo a votar al local donde me tocó, con la misma rutina de siempre haciéndolo a última hora, pasadas las siete de la tarde, cuando ya no hay nadie en las mesas haciendo fila y uno puede entrar con tiempo y distendido, le mostré a él lo que estaba haciendo para enseñarle el valor del voto.
Pero como todo niño de esta época, inteligente, sagaz y observador, cuando ingresamos al cuarto secreto y me vio pararme frente a las decenas de listas de múltiples colores colocadas en tres mesas diferentes, me preguntó sabiamente con sus casi tres añitos (babero aparte): “papá ¿cuál vas a elegir?”. Lo miré y le dije: “a pesar de todo hijo querido, lo importante es poder elegir. Algo que cuando crezcas te voy a explicar mejor”. Me miró, creo que no entendió un pomo, pero me pidió que le diera el sobre para ponerlo en la urna y lo mejor del día, fue que mi hijo votó por primera vez.

HUGO LEMOS

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En el Día de la Libertad de Expresión

La libertad para el ejercicio del periodismo la construye en cierta medida el propio periodista, que no debe dejarse someter por las presiones que pueda recibir del propietario del medio para el cual trabaja, en el caso que así ocurra, ni mucho menos debe tener que permitirse soportar las presiones o amenazas para limitar, restringir u omitir el tener que informar u opinar sobre los temas que entiende que son de interés para el público.
Si bien nuestro país está posicionado como uno de los pocos del continente y se alinea a los privilegiados del mundo, que tiene pleno ejercicio de la libertad de expresión y de prensa, más allá de que haya leyes y normas constitucionales que amparen ese derecho y protejan el ejercicio del periodismo, un reportero siempre tendrá presiones de uno y otro lado, porque así son las reglas de juego, pero debe aprender a convivir con ellas y a alejarlas realizando su labor con mayor entusiasmo, objetividad, pluralidad y equilibrio.
Esto a razón de que ayer se cumplió un nuevo Día Mundial de la Libertad de Expresión y en esos momentos es que cuando quienes ejercemos esta actividad, debemos reflexionar sobre lo que nos está pasando, sobre cómo vivimos el trajín cotidiano de nuestra actividad en un lugar donde se juegan muchos intereses y en una coyuntura donde muchos periodistas son mirados con lupa por la opinión pública, pero también desde el poder, para medir su capacidad de abstracción de apego a una ideología, a un político en particular o a una bandera determinada y decir lo que la gente realmente tiene que escuchar y saber para informarse y tomar las decisiones que mejor permitan la mejor conducción para el destino en la sociedad a la que pertenece.
En ese aspecto, hay una premisa desde la que se debe partir y que la destacan siempre los grandes maestros del periodismo nacional y mundial, quienes sostienen que el reportero debe ser como un “perro guardián de los poderes públicos”, custodiando su buen uso y la buena administración de los mismos, porque es éste la única garantía de la sociedad de que el poder público será custodiado y celosamente vigilado.
Por eso no se concibe la labor de la prensa de otra forma, sino como la de tener que informar y analizar la realidad en la que estamos viviendo, denunciando lo que pasa y debe ser cambiado para mejorar las condiciones de vida de la gente y sometiendo al escrutinio público a los gobernantes y agentes políticos que son los que en un estado de derecho toman las decisiones que impactan en la población.
Si bien no se concibe estado democrático sin prensa libre, siempre en cualquier sociedad los periodistas reciben presiones y amenazas cuando hacen bien su trabajo y el resultado del mismo puede afectar a los poderes económicos y políticos que son los que tienen el peso sobre la conducción de la sociedad.
Más allá de que los tiempos han cambiado y estamos asistiendo a un nuevo escenario de derechos y libertades que hasta hace algunos años era difícil pensar que se podían conquistar, como el acceso a la información pública, que si bien es restringida por los poderes públicos, puede conocerse en mayor medida que en otros tiempos donde los documentos públicos eran un secreto de Estado, vivimos mayores resistencias a la hora de contar historias que puedan comprometer a los gobernantes, así como también a los intereses corporativos y empresariales.
Los corporativismos tanto empresariales, como sindicales y profesionales han sido los enemigos de la libertad de información en muchos casos, donde lo que se pretende es que no se conozcan determinadas prácticas que contravienen tanto las normas vigentes como las buenas costumbres y las prácticas razonables de la libertad y el manejo pulcro de las cosas.
Cuando se denuncia el incumplimiento a las normas laborales de parte de sectores empresariales, tanto urbanos como rurales, así como el manejo corporativo de ciertos sindicatos que buscan cubrir prácticas inadecuadas de determinados sectores de los trabajadores, sobre todo del sector público o cuando se endilga determinadas acciones a distintos sectores profesionales, los corporativismos actúan con fuerza para tratar de generar silencio en lo que se quiere decir, con la finalidad de no verse empañados por decir una cosa y practicar otra.
Ya que muchas veces, quienes ejercemos esta hermosa labor, vemos como los mismos que piden que nos callemos para no decir determinadas cosas que les molestan porque son verdades y que tienen interés en la gente, son los que luego saludan en determinadas fechas como la de ayer el ejercicio de la libertad de prensa. O dicen, como en algunos correos electrónicos que llegan a este diario, donde como están molestos con determinadas coberturas, afirman que de quedarse en el gobierno o de volver al mismo, “sabrán a qué medio premiar” por haber sido fiel a sus intereses.
Pero estamos en Salto, nos conocemos todos y sabemos con los bueyes que aramos, por lo tanto en este día tan especial, lo más importante es mantener el compromiso asumido con la labor, informar correctamente, con pluralidad y equidad, para luego sí, salir a defender la libertad de expresión del pensamiento en serio, que también incluye a quienes piensen distinto y a quienes lo hagan en forma tendenciosa, porque en definitiva esa es su manera de ver el mundo. Y por último también respetando a quienes creen que la libertad realmente existe y se bancan todo lo que se tenga que decir sobre ellos porque así deben ser las cosas.

HUGO LEMOS

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Un problema del que nadie se hace cargo

No hay peor ciego que el que no quiere ver, es una de las frases más conocidas en todos los lugares donde se habla la lengua hispana, ya que traduce una gran verdad que ayuda a ver realidades. Pero el hecho es que cuando uno comprueba a ciencia cierta que los gobernantes, sobre todo los encargados de conducir los destinos de la economía de un país, se tapan los ojos, se ponen las antiparras y usan algodón en los oídos para no ver, oír, ni escuchar la realidad que afecta a muchas personas, es algo grave y molesta.
Sobre todo cuando se trata del ministro de Economía, que es un hombre que se supone que fue constructor de la realidad económica y social en la que vivimos hoy todos los uruguayos, que tiene varios aspectos reconocibles, pero que también como toda persona, tiene virtudes y defectos y uno de ellos es negar la realidad y hablar de estadísticas y no de los números reales. Ya se lo dijo Jorge Zabalza una vez en Salto cuando presentaron un libro sobre él (Cero a la Izquierda) “Astori se congratula porque el 65 por ciento de los trabajadores no paga IRPF, tendría que darle vergüenza porque eso quiere decir que la mayoría de los uruguayos vive mal y gana muy poco como para pagar ese impuesto”.
Danilo Astori, fue uno de los artífices de la estabilidad que marcó al país en todos estos años, es buena cosa admitirlo, es uno de los responsables de la buena distribución del gasto, de que haya habido seriedad y control con las finanzas públicas, de mantener una buena relación con los organismos multilaterales de crédito, ha sido el gestor de una situación que el país no veía desde hace tiempo, que le ha acreditado seriedad y prestigio por su responsabilidad con la economía, pero esta es otra parte de la verdad, ha sido coadyuvado por el contexto regional que ha sido auspicioso y que ahora, a partir de la recuperación de Estados Unidos, empieza a complicarse.
El Uruguay ha distribuido como nunca la riqueza que le ha entrado al país, pero esto ha tenido un alto costo que tenemos que asumir. Hay, existe y no es invento, endeudamiento interno, que se diga que es más o menos que en determinada época y coyuntura es otro kiosco, pero la realidad indica que hay endeudamiento y que el ministro de Economía no puede negarlo. Y si bien es menor que en el 2002, pobre de nosotros si no lo fuera, existe, es notorio y este vaivén con el dólar que el gobierno no sabe para dónde agarrar no le hace gracia a nadie.
Astori es mucho más técnico y burócrata que político, por eso nunca le fue bien en una elección y terminó siempre segundo de las grandes figuras como Tabaré Vazquez o José Mujica. El Uruguay para ser gobernado, como cualquier país que quiera ser serio, precisa de los dos, de los técnicos y de los políticos, pero cuando un hombre quiere gobernar y solamente apuesta a ser técnico y maneja tecnicismos, como estadísticas y números fríos para salvar su pellejo cuando las papas queman, necesita ser político, pero para serlo hay que saber cómo se es político y en eso Astori ha sido nefasto, porque no ha sabido comprender realidades generales en contexto y asimismo, aunque suene contradictorio, tampoco ha sabido interpretar realidades particulares y concretas.
El actual ministro de Economía y exvicepresidente del país hasta hace pocos días, no reconoce que aún hoy, en un país cuyos indicadores sociales y económicos han mejorado mucho y eso es cierto, aún quedan pobres, queda marginación, queda indigencia, queda una clase media ahogada, porque vivimos con una canasta básica de 60.027 pesos (según los datos que ofrece el gobierno) pero donde el ingreso promedio en los hogares es de 37.400 pesos (según el mismo indicador oficial) y en un país donde paga el mismo porcentaje de impuesto a la renta a las personas físicas, el que gana 40 mil pesos que el que gana 120 mil. Solo que al primero le sacan el porcentaje y lo dejan sin dinero para llegar al día 15 de cada mes, pero al que gana 119 mil, paga ese porcentaje y no pasa nada, porque llega bien a cubrir los 30 días que tiene cada mes.
Astori no reconoce que si el dólar estaba a 20 pesos en enero del 2014 y 15 meses después saltó a 27 pesos (aumentó un 35 por ciento según los porcentajes que le gustan manejar a él) y eso generó un descalabro en la economía doméstica de quienes están endeudados en dólares. Porque los hay, serán 10 mil ó 50 mil y no 200 mil como en el 2002, como me lo dijo a la salida de una conferencia de prensa que brindó al galope en Salto, pero lo son. Y se fue rápido porque tenía que terminar una gira y si no, no llegaba a Bella Unión, como si pisar Salto fuera para tachar en la agenda lo que estaba marcado y una obligación para lo cual usó el fin de semana y salió con su pareja en un auto alquilado, como si hacer campaña electoral se tratara de un día de campo.
Entonces vino rápido, como el hombre está apurado y se quiere ir cuanto antes para llenar la planilla y firmar la entrada y la salida en cada pago que pisa, vino, ya le sacaron la foto, puede fundamentar que estuvo en Salto (no se para qué, porque al venir e irse tan rápido qué realidad va a contemplar) y se fue.
Cómo va a saber Astori que hay gente en este país que está endeudada en dólares si se va corriendo de cada lugar que pisa. Porque más allá de que para su bolsillo la suba del dólar no sea “brusca” y tenga “suavidad en su evolución”, esto no es así para la clase media que trabaja y paga un crédito hipotecario o cualquier deuda en dólares que tenga, en ellos esta situación produce una alteración abrupta en su economía familiar, pero claro, para cuando terminé de escribir este párrafo Astori ya llegó, se sacó la foto y se fue de vuelta, y no tuvo tiempo de escuchar a nadie.
Cómo el señor ministro de Economía, que además es un reconocido académico y tiene el crédito de los grandes empresarios de este país que ven en su administración un “respeto a los códigos y un clima favorable de negocios”, tal como lo mencionó en Salto el contador Carlos Lecueder, al referirse a que el actual gobierno “le daba certezas porque en las líneas generales de conducción de la economía no son diferentes a los que les precedieron” y por algo el sector agroexportador fue el más beneficiado del país en todos estos años, en definitiva, cómo Astori puede venir a decir que los comerciantes “desremarquen” los precios de los supermercados, algo que hicieron por la suba del dólar por el mero hecho de que en ese vaivén en el que se encuentra esa moneda, bajó diez centésimos el viernes, cuando contradictoriamente acto seguido él mismo aduce que el dólar va a seguir subiendo y que “no puede” decir a cuánto, porque “no es adivino”.
¿Dónde están las certezas que prometieron? Porque en la campaña electoral dijeron que no habría cambios abruptos, y serán mucho menores a los ocurridos en el 2002, pero que están ocurriendo no hay dudas, el hecho es que nadie los hace responsables ni culpables de nada, pero sí de que no se hagan cargo de lo que está ocurriendo y que digan que hay políticas “flexibles”, algo que es una buena forma de no decir absolutamente nada y eso no ayuda en nada a los miles de uruguayos que están ahogados con el dólar, una moneda que por ahora su desenlace e impacto en el bolsillo de todo el mundo, parecer ser un misterio.

HUGO LEMOS

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Nadie los defiende porque no votan

Eduardo Galeano se fue sin decir adiós, pero creo que no necesitaba hacerlo, porque nadie lo va a extrañar, ya que su legado sobrevive enormemente a su figura. La obra de este inmenso escritor uruguayo, periodista y militante por los derechos humanos y un claro activista por el planeta, se le podría decir, porque trabajaba y luchaba por las causas verdaderamente justas, las de los más desposeídos, las de los que no tenían voz como los pobres, los indígenas, las mujeres, los niños y los locos, de los que nos vamos a ocupar líneas abajo, y de los que siendo saqueados no se podían defender ni expresar, como lo son los recursos naturales del mundo en el que vivimos, a los que seguramente les duele que los ataquemos, pero más les duele que haciéndolo, ignoremos las consecuencias de hasta dónde podremos llegar con nuestras acciones.
Como toda persona que dice lo que piensa y eso justamente duele y molesta a un montón de gente, el escritor e intelectual uruguayo tiene ahora muchos detractores que dicen que su obra magna “Las venas abiertas de América Latina”, solo siembran odio porque les dice a los conquistadores de ahora y de entonces, la verdad a la cara, por eso él bien sabía que los chicos regios que manejan la economía del mundo se iban a molestar, porque sus textos ayudaban a pensar y a reflexionar mejor a todos, y cuando se dice una verdad a la cara, el que te quieran embarrar la cancha, es parte del asunto.
En ese aspecto, vivimos una semana de reflexión y pensamiento, nada de dolor, sino de alegría porque haya existido un pensador de esa magnitud que naciera en nuestras tierras y que nos haya invitado a pensar junto a él, de la manera a la que él lo hizo.
Por eso, haciendo un muy modesto homenaje a mi manera, como él hablaba por quienes no podían hacerlo y como él decía las cosas por quienes aún diciéndolas con gritos de desesperación nadie los escuchaba, un vídeo que vi el fin de semana y que me dejó perplejo por lo cruel de su historia, pero sobre todas las cosas porque ocurre en nuestro propio país, a pocos kilómetros de nuestras casas, pero donde nadie está a salvo de caer en ese lugar, me hizo virar el contenido que tenía pensado para este espacio y ayudar a denunciarlo.
Quizás no tenga el más mínimo efecto hacerlo y las cosas sigan como están, pero estoy convencido que no podemos estar tranquilos si no decimos lo que pensamos y si no exigimos que haya justicia en los casos en los que los más débiles siguen siendo ignorados y como vivimos en un país donde todavía hoy, 30 años después, aún se reclama por la violación a los derechos humanos de los detenidos desaparecidos durante la última dictadura militar, algo que me parece justo, también me parece más que justo, oportuno, debido y responsable, exigir que las actuales autoridades del gobierno de turno, que son justamente los implicados en el reclamo de los desaparecidos, sean los que también se acuerden que los derechos humanos perviven en el tiempo y nos amparan también a los que vivimos en este presente.
Por esa razón, al ver la realidad sin menoscabos ni medias tintas de alguien que tuvo el coraje y la suerte de poder ingresar a las Colonias de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública, “Etchepare” y “Santín Carlos Rossi” que se encuentran en el mismo predio y donde hay entre ambas cerca de 900 internos, uruguayos como usted y yo, solo que por su condición viven como ratas, se visten con harapos, duermen entre el orín colectivo y sus propias heces, y cuando alguno muere atragantado con la comida, solo es tachado como una baja, sin atención alguna, estas cosas a uno le ponen los pelos de punta.
Quien describió lo que allí sucede con fotografías, es Ruben Bouvier, quien fue representante del Movimiento Nacional de Usuarios de la Salud  y que denuncia con cifras aterradoras, datos espeluznantes y a modo de cuento de terror, lo que viven los pacientes que padecen enfermedades psiquiátricas y que por su condición están depositados en los centros antes mencionados.
Si la situación es como la denuncia Bouvier a través de un vídeo en las redes sociales al cual  miles de uruguayos lo hemos visto, quedando atónitos de ese Infierno que existe en Uruguay, como lo relata en sus palabras, el gobierno uruguayo debe tomar cartas en el asunto de inmediato, intervenir ambos centros y actuar ya mismo porque cada minuto que pasa es una violación flagrante a los derechos humanos de los allí internados.
No es justo que esas personas, que siguen teniendo la calidad de tal y que tienen derechos que deben ser respetados y no avasallados ni tratados como muertos en vida, tengan la condena de que por padecer un trastorno mental grave que los deje sin conocimiento alguno de la realidad que les toca vivir, sean tratados como escorias, porque más allá de la buena voluntad que puedan tener los funcionarios del lugar en la atención que les brinden, estos compatriotas deben gozar de todos los derechos inherentes a su personalidad humana y por lo tanto tienen que recibir un trato y cuidado especial, por cuanto están en estado de vulnerabilidad y requieren de una atención en aptas condiciones, algo de  lo que carecen en absoluto los edificios de ambas colonias.
En ese aspecto, los padecientes que son los allí internados, se encuentran en centros psiquiátricos que pertenecen al Estado, cuyo máximo jerarca actual es el ministro de Salud, Jorge Basso y el principal responsable de cada cosa que les suceda a ellos por estar en un lugar no apto para su atención médica, es el mismísimo presidente de la República, Tabaré Vázquez.
Que no se malinterprete, porque siempre hay un alcahuete de turno, no estoy en contra de las personas del Dr. Basso y del presidente Vázquez, sino que por la situación de menoscabo a los intereses y derechos que atañen a esas personas, en tanto uruguayos de pura cepa como usted y yo, ellos son los responsables del infierno por el que atraviesan en su internación en cuanto a las condiciones pésimas y deplorables en las que se encuentran, que atentan contra los derechos humanos más elementales de cualquier individuo de la especie humana.
En ese aspecto, Uruguay se ha encargado desde siempre en no invertir en los centros públicos de atención a los uruguayos más vulnerables. No hay plata para mejorar la infraestructura de los hospitales, ni de las policlínicas rurales las que están a la voluntad de algún médico que quiera atender a los pobladores de tierra adentro, ni tampoco hay dinero para los reclusos y pareciera que las cárceles fueran para el Estado una especie de pozos negros llenos de gente abyecta de la que hay que olvidarse, además, y peor aún, tampoco hay dinero para invertir en nuevos y acordes hogares para el INAU, donde los niños y adolescentes en las condiciones más vulnerable pasan a ser números a los cuales se les da lo mínimo indispensable. Y entonces, si no nos encargamos de éstos, porqué vamos a hacerlo con los locos, que no saben ni si están vivos y no diferencian un pan de hoy de uno de ayer, y además y quizás sea sobre todo, estos no votan.
Si este gobierno, que se jacta de ser un defensor de los derechos de los uruguayos y de atender a las personas que se encuentran en estado de mayor vulnerabilidad, no son capaces de invertir lo que gana el presidente de la República en cinco años en atender al menos la carencia de infraestructura que tienen estos centros, como lo son las Colonias Etchepare y Santín Carlos Rossi, es porque no está dispuesto a hacer absolutamente nada. Y si no lo está, es porque no le importa en lo más mínimo atender la situación de los más débiles y si no le interesa atender la situación de los más débiles, es porque no defiende un carajo los derechos humanos de quienes realmente lo necesitan. Y después, me vienen con homenajes a Galeano.

Eduardo Galeano se fue sin decir adiós, pero creo que no necesitaba hacerlo, porque nadie lo va a extrañar, ya que suderechos legado sobrevive enormemente a su figura. La obra de este inmenso escritor uruguayo, periodista y militante por los derechos humanos y un claro activista por el planeta, se le podría decir, porque trabajaba y luchaba por las causas verdaderamente justas, las de los más desposeídos, las de los que no tenían voz como los pobres, los indígenas, las mujeres, los niños y los locos, de los que nos vamos a ocupar líneas abajo, y de los que siendo saqueados no se podían defender ni expresar, como lo son los recursos naturales del mundo en el que vivimos, a los que seguramente les duele que los ataquemos, pero más les duele que haciéndolo, ignoremos las consecuencias de hasta dónde podremos llegar con nuestras acciones.

Como toda persona que dice lo que piensa y eso justamente duele y molesta a un montón de gente, el escritor e intelectual uruguayo tiene ahora muchos detractores que dicen que su obra magna “Las venas abiertas de América Latina”, solo siembran odio porque les dice a los conquistadores de ahora y de entonces, la verdad a la cara, por eso él bien sabía que los chicos regios que manejan la economía del mundo se iban a molestar, porque sus textos ayudaban a pensar y a reflexionar mejor a todos, y cuando se dice una verdad a la cara, el que te quieran embarrar la cancha, es parte del asunto.

En ese aspecto, vivimos una semana de reflexión y pensamiento, nada de dolor, sino de alegría porque haya existido un pensador de esa magnitud que naciera en nuestras tierras y que nos haya invitado a pensar junto a él, de la manera a la que él lo hizo.

Por eso, haciendo un muy modesto homenaje a mi manera, como él hablaba por quienes no podían hacerlo y como él decía las cosas por quienes aún diciéndolas con gritos de desesperación nadie los escuchaba, un vídeo que vi el fin de semana y que me dejó perplejo por lo cruel de su historia, pero sobre todas las cosas porque ocurre en nuestro propio país, a pocos kilómetros de nuestras casas, pero donde nadie está a salvo de caer en ese lugar, me hizo virar el contenido que tenía pensado para este espacio y ayudar a denunciarlo.

Quizás no tenga el más mínimo efecto hacerlo y las cosas sigan como están, pero estoy convencido que no podemos estar tranquilos si no decimos lo que pensamos y si no exigimos que haya justicia en los casos en los que los más débiles siguen siendo ignorados y como vivimos en un país donde todavía hoy, 30 años después, aún se reclama por la violación a los derechos humanos de los detenidos desaparecidos durante la última dictadura militar, algo que me parece justo, también me parece más que justo, oportuno, debido y responsable, exigir que las actuales autoridades del gobierno de turno, que son justamente los implicados en el reclamo de los desaparecidos, sean los que también se acuerden que los derechos humanos perviven en el tiempo y nos amparan también a los que vivimos en este presente.

Por esa razón, al ver la realidad sin menoscabos ni medias tintas de alguien que tuvo el coraje y la suerte de poder ingresar a las Colonias de Salud Mental del Ministerio de Salud Pública, “Etchepare” y “Santín Carlos Rossi” que se encuentran en el mismo predio y donde hay entre ambas cerca de 900 internos, uruguayos como usted y yo, solo que por su condición viven como ratas, se visten con harapos, duermen entre el orín colectivo y sus propias heces, y cuando alguno muere atragantado con la comida, solo es tachado como una baja, sin atención alguna, estas cosas a uno le ponen los pelos de punta.

Quien describió lo que allí sucede con fotografías, es Ruben Bouvier, quien fue representante del Movimiento Nacional de Usuarios de la Salud  y que denuncia con cifras aterradoras, datos espeluznantes y a modo de cuento de terror, lo que viven los pacientes que padecen enfermedades psiquiátricas y que por su condición están depositados en los centros antes mencionados.

Si la situación es como la denuncia Bouvier a través de un vídeo en las redes sociales al cual  miles de uruguayos lo hemos visto, quedando atónitos de ese Infierno que existe en Uruguay, como lo relata en sus palabras, el gobierno uruguayo debe tomar cartas en el asunto de inmediato, intervenir ambos centros y actuar ya mismo porque cada minuto que pasa es una violación flagrante a los derechos humanos de los allí internados.

No es justo que esas personas, que siguen teniendo la calidad de tal y que tienen derechos que deben ser respetados y no avasallados ni tratados como muertos en vida, tengan la condena de que por padecer un trastorno mental grave que los deje sin conocimiento alguno de la realidad que les toca vivir, sean tratados como escorias, porque más allá de la buena voluntad que puedan tener los funcionarios del lugar en la atención que les brinden, estos compatriotas deben gozar de todos los derechos inherentes a su personalidad humana y por lo tanto tienen que recibir un trato y cuidado especial, por cuanto están en estado de vulnerabilidad y requieren de una atención en aptas condiciones, algo de  lo que carecen en absoluto los edificios de ambas colonias.

En ese aspecto, los padecientes que son los allí internados, se encuentran en centros psiquiátricos que pertenecen al Estado, cuyo máximo jerarca actual es el ministro de Salud, Jorge Basso y el principal responsable de cada cosa que les suceda a ellos por estar en un lugar no apto para su atención médica, es el mismísimo presidente de la República, Tabaré Vázquez.

Que no se malinterprete, porque siempre hay un alcahuete de turno, no estoy en contra de las personas del Dr. Basso y del presidente Vázquez, sino que por la situación de menoscabo a los intereses y derechos que atañen a esas personas, en tanto uruguayos de pura cepa como usted y yo, ellos son los responsables del infierno por el que atraviesan en su internación en cuanto a las condiciones pésimas y deplorables en las que se encuentran, que atentan contra los derechos humanos más elementales de cualquier individuo de la especie humana.

En ese aspecto, Uruguay se ha encargado desde siempre en no invertir en los centros públicos de atención a los uruguayos más vulnerables. No hay plata para mejorar la infraestructura de los hospitales, ni de las policlínicas rurales las que están a la voluntad de algún médico que quiera atender a los pobladores de tierra adentro, ni tampoco hay dinero para los reclusos y pareciera que las cárceles fueran para el Estado una especie de pozos negros llenos de gente abyecta de la que hay que olvidarse, además, y peor aún, tampoco hay dinero para invertir en nuevos y acordes hogares para el INAU, donde los niños y adolescentes en las condiciones más vulnerable pasan a ser números a los cuales se les da lo mínimo indispensable. Y entonces, si no nos encargamos de éstos, porqué vamos a hacerlo con los locos, que no saben ni si están vivos y no diferencian un pan de hoy de uno de ayer, y además y quizás sea sobre todo, estos no votan.

Si este gobierno, que se jacta de ser un defensor de los derechos de los uruguayos y de atender a las personas que se encuentran en estado de mayor vulnerabilidad, no son capaces de invertir lo que gana el presidente de la República en cinco años en atender al menos la carencia de infraestructura que tienen estos centros, como lo son las Colonias Etchepare y Santín Carlos Rossi, es porque no está dispuesto a hacer absolutamente nada. Y si no lo está, es porque no le importa en lo más mínimo atender la situación de los más débiles y si no le interesa atender la situación de los más débiles, es porque no defiende un carajo los derechos humanos de quienes realmente lo necesitan. Y después, me vienen con homenajes a Galeano.

HUGO LEMOS

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El derecho a pensar diferente

Luego de ver y escuchar durante una semana entera cómo se discutió de un lado y del otro, se construyeron escenarios y se formularon cuestionamientos de todo tipo y calibre, por el acto de discriminación sufrido por dos personas trans en una discoteca de la zona sur de la ciudad de Salto y que determinó en una campaña estatal de apoyo a los ofendidos, creo que en la sociedad libre y democrática que los uruguayos hemos sabido construir en los últimos años, sobre la discusión de si las personas tienen derecho a discriminar a quienes profesan determinada identidad sexual, por el simple hecho de no aceptarlas como tal, me quedo con la cuestión de fondo, que es la de que podamos tener el derecho a pensar y a sentir distinto, algo que creo que es lo más legítimo y válido para todas las partes.

En ese sentido, tenemos que ser tolerantes con quienes aceptan lo diferente y también con quienes no lo aceptan, porque es una cuestión de derechos, entonces hay que respetar ese derecho a no querer aceptar lo distinto.

Si bien lo que acabo de escribir parece un trabalenguas, trataré de desgranar el pensamiento para que podamos entendernos.

La persona  tiene derecho al honor, al decoro, a la libertad y a vivir con dignidad, dentro de su preferencia de vida, sin agraviar, ni lesionar la forma de ver el mundo de los demás. Vivimos en una civilización basada en el contrato social donde las sociedades pasamos a ser una gran familia con mucha diversidad, diferencias y una variopinta que nos caracteriza en forma general y también  de manera particular, y todo esto tiene que ser respetado.

En ese contexto, el mundo ha ido cambiando y ha impuesto nuevas formas de sentir y de pensar, de exteriorizar sentimientos y maneras de ver la vida, y a eso se le ha llamado evolución o conquista social de los sectores más postergados y vulnerables, como lo son aquellos que comúnmente sufren discriminación y son relegados al ostracismo.

Ya sea por su manera de pensar, de sentir, de decir o de vestir, que impactan en gran medida en el resto de los sectores de la población porque se enfrentan al status quo, esto es a la manera en la que aprendimos a vivir todos los demás desde que nacimos por una cuestión cultural innata y aprehendida.

Últimamente, estos sectores de la sociedad, que históricamente fueron relegados y rechazados, han sido reconocidos como colectivos sociales y han ganado en derechos que hasta ahora les habían sido prohibidos por la tradición de conservar determinados valores que le son caros a la mayoría de la población. Sin embargo, ellos también son integrantes de la sociedad en la que vivimos, son salteños y salteñas, uruguayos y uruguayas y son personas que tienen derecho a ser respetados en su manera de vivir, en sus prácticas y en sus costumbres, a la hora de comer, de elegir la música que les gusta, la educación que quieren tener y también a la hora de vestirse y de sentir.

Y todo esto debe ser tolerado, porque es parte del respeto con el que debemos actuar para tener una sociedad en paz, respetuosa, tolerante, y con profundas convicciones democráticas que alienten  la libertad de pensamiento y la confrontación sana de ideas, que nos permitan ir avanzando como nación, con una identidad común de amor por lo que consideramos nuestro y lo enarbolamos con sentido de pertenencia a través de símbolos, como pueden ser escudos o banderas, pero con una unión basada en nuestras diferencias.

Por eso la discriminación no puede existir, no deben propiciarse conductas que tiendan a generar ofensas, separaciones y señalamientos, porque estas actitudes solo alientan al odio, a la violencia, al desprecio y a la exclusión social, la que tanto se ha combatido, porque una sociedad sin exclusiones y con todos es la que logra el desarrollo, el bienestar y el porvenir de nuestros pueblos.

Las personas de identidad trans pueden y deben convivir con nosotros, ser aceptados en todos sus términos y actuar con el debido respeto hacia quienes no lo son, y sobre todo hacia quienes no los aceptan, porque no entienden ni comparten su manera de vivir ni de ver el mundo. Y eso no puede operar como una discriminación desde los trans hacia quienes no los aceptan, ni viceversa. Tampoco puede haber personas que no aceptándolos caigan en la ofensa, el maltrato, la falta de respeto y el desprecio, porque volvemos al párrafo anterior, solamente volvemos al odio y la violencia y retrocederíamos como sociedad.

Las personas que no están de acuerdo con la forma de ver el mundo de los demás tienen derecho a hacerlo, tienen derecho a no quererlos, tienen derecho a hacerse a un lado, a no querer charlar con ellos y a no saludarlos, porque ese es su sentir y nadie puede imponerles nada. Como cuando en Montevideo el grupo de tangueros “Yunta Brava” discriminó a dos mujeres por bailar tango juntas y recibió el cachetazo de la sociedad, pero lo que no estuvo bien, a juicio de quien esto escribe, es que la Intendencia de Montevideo les haya querido imponer como sanción que tengan que hacer cursos sobre “cuestiones de género y diversidad”, porque ellos tienen una manera de pensar, que va a contrapelo de la sociedad en la que vivimos, que está en la antítesis del mundo al que pertenecemos pero que también tienen derecho a tenerla, a existir y a sentir, tanto como los trans, los homosexuales, las lesbianas y los heterosexuales.

Ellos tienen todo el derecho del mundo de no querer ver a dos personas del mismo sexo bailando, besándose o de la mano y hasta pueden manifestarlo, no en forma peyorativa, ni de manera vulgar, pero a lo que no tienen derecho es a ofenderlos y a faltarles el respeto. Y nadie tiene el derecho a exigirles que se aggiornen a la sociedad en la que viven, porque al final de cuentas siempre estaremos hablando de una cuestión de derechos y libertades, las que se ganan con el respeto y no con el insulto, la intolerancia y la exclusión.

Por eso reitero, cualquier persona con la orientación e identidad sexual que elija puede hacer lo que quiera siempre y cuando no le falte el respeto a los demás y que éstas no se sientan lesionadas. Así como también quienes no los acepten, tienen todo el derecho del mundo a no aceptarlos y a ir a contrapelo de la sociedad, y nadie puede decirles nada, siempre y cuando no caigan en actitudes negativas como el odio y el desprecio.

Creo que ambos pueden convivir con respeto, paz y tolerancia, pero que como en todos los procesos debe haber una cuestión de maduración de todas las partes que intervienen en estos casos, no porque se les reconozcan derechos de un día para el otro, a través de una ley pueden salir de la noche a la mañana del closet y exigir que a todo el mundo le caiga bien todo, que todos debamos aceptar de un día para el otro conductas hasta ahora concebidas como diferentes, solamente porque se trate de algo legal.

La sociedad debe pasar por un intercambio positivo de experiencias para ver las cosas y poder intentar aceptarlas, pero mientras haya quienes no las acepten, habrá que pasar por eso y seguir adelante con hidalguía, hasta que todos entendamos que podemos ser distintos, tolerantes y respetuosos de verdad.

HUGO LEMOS

uego de ver y escuchar durante una semana entera cómo se discutió de un lado y del otro, se construyeron escenarios y se formularon cuestionamientos de todo tipo y calibre, por el acto de discriminación sufrido por dos personas trans en una discoteca de la zona sur de la ciudad de Salto y que determinó en una campaña estatal de apoyo a los ofendidos, creo que en la sociedad libre y democrática que los uruguayos hemos sabido construir en los últimos años, sobre la discusión de si las personas tienen derecho a discriminar a quienes profesan determinada identidad sexual, por el simple hecho de no aceptarlas como tal, me quedo con la cuestión de fondo, que es la de que podamos tener el derecho a pensar y a sentir distinto, algo que creo que es lo más legítimo y válido para todas las partes.
En ese sentido, tenemos que ser tolerantes con quienes aceptan lo diferente y también con quienes no lo aceptan, porque es una cuestión de derechos, entonces hay que respetar ese derecho a no querer aceptar lo distinto.
Si bien lo que acabo de escribir parece un trabalenguas, trataré de desgranar el pensamiento para que podamos entendernos.
La persona  tiene derecho al honor, al decoro, a la libertad y a vivir con dignidad, dentro de su preferencia de vida, sin agraviar, ni lesionar la forma de ver el mundo de los demás. Vivimos en una civilización basada en el contrato social donde las sociedades pasamos a ser una gran familia con mucha diversidad, diferencias y una variopinta que nos caracteriza en forma general y también  de manera particular, y todo esto tiene que ser respetado.
En ese contexto, el mundo ha ido cambiando y ha impuesto nuevas formas de sentir y de pensar, de exteriorizar sentimientos y maneras de ver la vida, y a eso se le ha llamado evolución o conquista social de los sectores más postergados y vulnerables, como lo son aquellos que comúnmente sufren discriminación y son relegados al ostracismo.
Ya sea por su manera de pensar, de sentir, de decir o de vestir, que impactan en gran medida en el resto de los sectores de la población porque se enfrentan al status quo, esto es a la manera en la que aprendimos a vivir todos los demás desde que nacimos por una cuestión cultural innata y aprehendida.
Últimamente, estos sectores de la sociedad, que históricamente fueron relegados y rechazados, han sido reconocidos como colectivos sociales y han ganado en derechos que hasta ahora les habían sido prohibidos por la tradición de conservar determinados valores que le son caros a la mayoría de la población. Sin embargo, ellos también son integrantes de la sociedad en la que vivimos, son salteños y salteñas, uruguayos y uruguayas y son personas que tienen derecho a ser respetados en su manera de vivir, en sus prácticas y en sus costumbres, a la hora de comer, de elegir la música que les gusta, la educación que quieren tener y también a la hora de vestirse y de sentir.
Y todo esto debe ser tolerado, porque es parte del respeto con el que debemos actuar para tener una sociedad en paz, respetuosa, tolerante, y con profundas convicciones democráticas que alienten  la libertad de pensamiento y la confrontación sana de ideas, que nos permitan ir avanzando como nación, con una identidad común de amor por lo que consideramos nuestro y lo enarbolamos con sentido de pertenencia a través de símbolos, como pueden ser escudos o banderas, pero con una unión basada en nuestras diferencias.
Por eso la discriminación no puede existir, no deben propiciarse conductas que tiendan a generar ofensas, separaciones y señalamientos, porque estas actitudes solo alientan al odio, a la violencia, al desprecio y a la exclusión social, la que tanto se ha combatido, porque una sociedad sin exclusiones y con todos es la que logra el desarrollo, el bienestar y el porvenir de nuestros pueblos.
Las personas de identidad trans pueden y deben convivir con nosotros, ser aceptados en todos sus términos y actuar con el debido respeto hacia quienes no lo son, y sobre todo hacia quienes no los aceptan, porque no entienden ni comparten su manera de vivir ni de ver el mundo. Y eso no puede operar como una discriminación desde los trans hacia quienes no los aceptan, ni viceversa. Tampoco puede haber personas que no aceptándolos caigan en la ofensa, el maltrato, la falta de respeto y el desprecio, porque volvemos al párrafo anterior, solamente volvemos al odio y la violencia y retrocederíamos como sociedad.
Las personas que no están de acuerdo con la forma de ver el mundo de los demás tienen derecho a hacerlo, tienen derecho a no quererlos, tienen derecho a hacerse a un lado, a no querer charlar con ellos y a no saludarlos, porque ese es su sentir y nadie puede imponerles nada. Como cuando en Montevideo el grupo de tangueros “Yunta Brava” discriminó a dos mujeres por bailar tango juntas y recibió el cachetazo de la sociedad, pero lo que no estuvo bien, a juicio de quien esto escribe, es que la Intendencia de Montevideo les haya querido imponer como sanción que tengan que hacer cursos sobre “cuestiones de género y diversidad”, porque ellos tienen una manera de pensar, que va a contrapelo de la sociedad en la que vivimos, que está en la antítesis del mundo al que pertenecemos pero que también tienen derecho a tenerla, a existir y a sentir, tanto como los trans, los homosexuales, las lesbianas y los heterosexuales.
Ellos tienen todo el derecho del mundo de no querer ver a dos personas del mismo sexo bailando, besándose o de la mano y hasta pueden manifestarlo, no en forma peyorativa, ni de manera vulgar, pero a lo que no tienen derecho es a ofenderlos y a faltarles el respeto. Y nadie tiene el derecho a exigirles que se aggiornen a la sociedad en la que viven, porque al final de cuentas siempre estaremos hablando de una cuestión de derechos y libertades, las que se ganan con el respeto y no con el insulto, la intolerancia y la exclusión.
Por eso reitero, cualquier persona con la orientación e identidad sexual que elija puede hacer lo que quiera siempre y cuando no le falte el respeto a los demás y que éstas no se sientan lesionadas. Así como también quienes no los acepten, tienen todo el derecho del mundo a no aceptarlos y a ir a contrapelo de la sociedad, y nadie puede decirles nada, siempre y cuando no caigan en actitudes negativas como el odio y el desprecio.
Creo que ambos pueden convivir con respeto, paz y tolerancia, pero que como en todos los procesos debe haber una cuestión de maduración de todas las partes que intervienen en estos casos, no porque se les reconozcan derechos de un día para el otro, a través de una ley pueden salir de la noche a la mañana del closet y exigir que a todo el mundo le caiga bien todo, que todos debamos aceptar de un día para el otro conductas hasta ahora concebidas como diferentes, solamente porque se trate de algo legal.
La sociedad debe pasar por un intercambio positivo de experiencias para ver las cosas y poder intentar aceptarlas, pero mientras haya quienes no las acepten, habrá que pasar por eso y seguir adelante con hidalguía, hasta que todos entendamos que podemos ser distintos, tolerantes y respetuosos de verdad.

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Estamos superados

“Estamos superados”, esa fue la frase que se escuchó en varios centros turísticos y comercios dedicados al rubro de la gastronomía de Salto durante la Semana de Turismo, para justificar la mala atención que estaban brindando tanto a visitantes como a lugareños, los que además son clientes todo el año, los que estaban consumiendo sus productos y tratando de disfrutar de sus servicios, aunque no lo hicieron así por las falencias que presentaron en todos los aspectos, dejando un sabor amargo por esta situación.
Es que todo pasa por lo mismo, queremos ser una ciudad turística, un lugar en el que la gente se sienta a gusto, consuma tranquilo, concurra con ilusiones pensando que los productos y servicios no van a faltar, por más que venga mucha gente, más allá de que ya se prevea para alegría del comercio local de que todos los lugares van a estar que explotan, pero no es así. Entonces, los responsables de que todos los servicios funcionen, después de lo ocurrido esta semana, tendrán que estar preocupados y trabajando arduamente para que la cantidad de gente que vino, que por otro lado es lo que tanto reclaman, no los vuelva a sorprender y a generarles un problema de no saber cómo enfrentar la demanda brindado al final, un mal servicio.
Pasó en distintos rubros, tanto en el gastronómico, como en uno de los parques acuáticos en los que se llegó a anunciar por altoparlante a los concurrentes que “no se tomaban más pedidos en la cantina, porque no daban abasto y estaban superados”, una situación para nada atinada si lo que se pretende es tener un centro turístico y que por ende, el turista se sienta cómodo, servido y tranquilo de que puede disfrutar como quiere del lugar.
No estaría nada bien que le indicaran por altoparlante que no puede meterse en las piscinas porque están repletas y son un asco, con el agua sucia a la vista o que le anuncien que no puede ir al baño porque los mismos están llenos de gente. Esa situación es contraproducente contra sí mismos, lo cual hace que deberían reformular la política de trabajo y prepararse mejor para una futura temporada turística, si es a eso a lo que se quieren dedicar.
Parece que los operadores turísticos quieren vender un producto que termina siendo de cuarta y que después no tiene sentido que pretenda mostrarse en otros puntos del país o en ferias del ramo, porque en realidad lo que se está haciendo es decirle a la gente que venga, pero no en bandada porque si lo hace las piscinas quedarán en mal estado, los baños no podrán usarse con comodidad y que ni se les ocurra querer comprarse un refresco porque no habrá para todos.
¿Entonces para qué hablan todo el tiempo de la ciudad turística y promocionan sus respectivos centros termales públicos y privados, si el que va desde la ciudad, o llega para hacerlo desde cualquier punto del país, o cruza el puente de Salto Grande, no tendrá comodidad y habrá que decirle que se turnen porque no hay lugar para todos?
Como el caso de una conocida pizzería local que trabaja todo el año y que cuando llegaron algunos autos más de los que habitualmente arriban al lugar, se sintieron “superados” y sirvieron mal, no pudieron atender los pedidos de delivery correctamente y a quienes estaban en sus mesas los hacían esperar entre 30 y 40 minutos por un chivito o una pizza. La respuesta fue la misma que la del parque acuático: “estamos superados”. Los clientes locales que concurren todo el año exigían respuestas azorados con la pésima atención que estaban recibiendo. Los responsables de la misma se excusaron diciendo que “no sabían cómo atender a tanta gente”. Habría preferido no haberlo escuchado decir semejante pavada, porque después son los primeros que piden que vengan más turistas a Salto, aunque ahora ya sé, cuando lo hagan habrá que mandarlos a hacer un curso de cómo invertir en recursos para tener capacidad de respuesta ante la llegada de un aluvión de turistas mayor al esperado.
En otro caso pasó lo mismo, un joven concurrió con su familia y su hermano que estaba de visita con su respectiva esposa e hijo a una conocida parrillada de nuestro medio. ¿Coincidencia? A cada uno le iban sirviendo en momentos distintos, el mozo se repartía como podía, la última en comer fue su cuñada, la que estaba de visita, a la que le sirvieron el plato de Viernes Santo con una merluza que solo le faltaba aletear. El servicio despreciable, lamentable y malo. La queja no se hizo esperar, la respuesta fue la misma, “estamos superados”.
Entonces uno ya no solo se pregunta, sino que exige respuestas, ¿estamos preparados para ser una ciudad turística? Claramente no. Si bien vamos a ofrecer nuestras termas que siguen siendo cinco piscinas de agua caliente y no otra cosa, tenemos que hacer una transformación profunda que vaya más allá de mejorar la infraestructura. Pero otra vez ante esta realidad que nos tocó vivir en semana de turismo sobreviene la pregunta ¿qué empresario quiere invertir en un mejor producto termal? Si en la primera de cambio, uno de los parques termales no tenía un servicio acorde a la situación, contaba con un solo funcionario para recorrer el lugar, carecía de guardavidas, el agua de las piscinas estaba sucia y hasta son capaces de decirte que no quieras pedir un agua mineral porque no pueden atenderte.
¿Qué va a pasar con todo esto? ¿Los empresarios se van a juntar para invertir más y ponerse a tiro de las exigencias de los turistas? ¿Transformarán sus locales al menos en la temporada alta para poder atender a la demanda y dejarán de hacer el papelón de decirle a sus clientes, sobre todo a los salteños que los visitan todo el año, la fracasada frase de ‘estamos superados’?
Necesitan juntarse urgente, darse cuenta del mal servicio que prestan, sacarse el chip de querer hacerse la América en una sola semana levantando los precios y brindando un producto lamentable, y buscar entre todos soluciones para posicionar a Salto como un lugar turístico en serio, donde no importa que vengan 10, 15 ó 20 mil personas, que en términos globales son números ínfimos y si Durazno que no tiene nada y es tres veces más chico que nosotros, podía hacer un evento como el Pilsen Rock donde asistían 120 mil personas, nosotros si estamos superados con 15 mil tipos dando vueltas, y ni tanto, de ciudad turística no tenemos ni la T.
Así que ojalá el empresariado y las autoridades del ramo se den cuenta que no pueden hacer agua de esa manera y a los lugareños no solo no nos vendan más el verso, sino que además no nos hagan pasar vergüenza.

“Estamos superados”, esa fue la frase que se escuchó en varios centros turísticos y comercios dedicados al rubro de la gastronomía de Salto durante la Semana de Turismo, para justificar la mala atención que estaban brindando tanto a visitantes como a lugareños, los que además son clientes todo el año, los que estaban consumiendo sus productos y tratando de disfrutar de sus servicios, aunque no lo hicieron así por las falencias que presentaron en todos los aspectos, dejando un sabor amargo por esta situación.

Es que todo pasa por lo mismo, queremos ser una ciudad turística, un lugar en el que la gente se sienta a gusto, consumaturistas tranquilo, concurra con ilusiones pensando que los productos y servicios no van a faltar, por más que venga mucha gente, más allá de que ya se prevea para alegría del comercio local de que todos los lugares van a estar que explotan, pero no es así. Entonces, los responsables de que todos los servicios funcionen, después de lo ocurrido esta semana, tendrán que estar preocupados y trabajando arduamente para que la cantidad de gente que vino, que por otro lado es lo que tanto reclaman, no los vuelva a sorprender y a generarles un problema de no saber cómo enfrentar la demanda brindado al final, un mal servicio.

Pasó en distintos rubros, tanto en el gastronómico, como en uno de los parques acuáticos en los que se llegó a anunciar por altoparlante a los concurrentes que “no se tomaban más pedidos en la cantina, porque no daban abasto y estaban superados”, una situación para nada atinada si lo que se pretende es tener un centro turístico y que por ende, el turista se sienta cómodo, servido y tranquilo de que puede disfrutar como quiere del lugar.

No estaría nada bien que le indicaran por altoparlante que no puede meterse en las piscinas porque están repletas y son un asco, con el agua sucia a la vista o que le anuncien que no puede ir al baño porque los mismos están llenos de gente. Esa situación es contraproducente contra sí mismos, lo cual hace que deberían reformular la política de trabajo y prepararse mejor para una futura temporada turística, si es a eso a lo que se quieren dedicar.

Parece que los operadores turísticos quieren vender un producto que termina siendo de cuarta y que después no tiene sentido que pretenda mostrarse en otros puntos del país o en ferias del ramo, porque en realidad lo que se está haciendo es decirle a la gente que venga, pero no en bandada porque si lo hace las piscinas quedarán en mal estado, los baños no podrán usarse con comodidad y que ni se les ocurra querer comprarse un refresco porque no habrá para todos.

¿Entonces para qué hablan todo el tiempo de la ciudad turística y promocionan sus respectivos centros termales públicos y privados, si el que va desde la ciudad, o llega para hacerlo desde cualquier punto del país, o cruza el puente de Salto Grande, no tendrá comodidad y habrá que decirle que se turnen porque no hay lugar para todos?

Como el caso de una conocida pizzería local que trabaja todo el año y que cuando llegaron algunos autos más de los que habitualmente arriban al lugar, se sintieron “superados” y sirvieron mal, no pudieron atender los pedidos de delivery correctamente y a quienes estaban en sus mesas los hacían esperar entre 30 y 40 minutos por un chivito o una pizza. La respuesta fue la misma que la del parque acuático: “estamos superados”. Los clientes locales que concurren todo el año exigían respuestas azorados con la pésima atención que estaban recibiendo. Los responsables de la misma se excusaron diciendo que “no sabían cómo atender a tanta gente”. Habría preferido no haberlo escuchado decir semejante pavada, porque después son los primeros que piden que vengan más turistas a Salto, aunque ahora ya sé, cuando lo hagan habrá que mandarlos a hacer un curso de cómo invertir en recursos para tener capacidad de respuesta ante la llegada de un aluvión de turistas mayor al esperado.

En otro caso pasó lo mismo, un joven concurrió con su familia y su hermano que estaba de visita con su respectiva esposa e hijo a una conocida parrillada de nuestro medio. ¿Coincidencia? A cada uno le iban sirviendo en momentos distintos, el mozo se repartía como podía, la última en comer fue su cuñada, la que estaba de visita, a la que le sirvieron el plato de Viernes Santo con una merluza que solo le faltaba aletear. El servicio despreciable, lamentable y malo. La queja no se hizo esperar, la respuesta fue la misma, “estamos superados”.

Entonces uno ya no solo se pregunta, sino que exige respuestas, ¿estamos preparados para ser una ciudad turística? Claramente no. Si bien vamos a ofrecer nuestras termas que siguen siendo cinco piscinas de agua caliente y no otra cosa, tenemos que hacer una transformación profunda que vaya más allá de mejorar la infraestructura. Pero otra vez ante esta realidad que nos tocó vivir en semana de turismo sobreviene la pregunta ¿qué empresario quiere invertir en un mejor producto termal? Si en la primera de cambio, uno de los parques termales no tenía un servicio acorde a la situación, contaba con un solo funcionario para recorrer el lugar, carecía de guardavidas, el agua de las piscinas estaba sucia y hasta son capaces de decirte que no quieras pedir un agua mineral porque no pueden atenderte.

¿Qué va a pasar con todo esto? ¿Los empresarios se van a juntar para invertir más y ponerse a tiro de las exigencias de los turistas? ¿Transformarán sus locales al menos en la temporada alta para poder atender a la demanda y dejarán de hacer el papelón de decirle a sus clientes, sobre todo a los salteños que los visitan todo el año, la fracasada frase de ‘estamos superados’?

Necesitan juntarse urgente, darse cuenta del mal servicio que prestan, sacarse el chip de querer hacerse la América en una sola semana levantando los precios y brindando un producto lamentable, y buscar entre todos soluciones para posicionar a Salto como un lugar turístico en serio, donde no importa que vengan 10, 15 ó 20 mil personas, que en términos globales son números ínfimos y si Durazno que no tiene nada y es tres veces más chico que nosotros, podía hacer un evento como el Pilsen Rock donde asistían 120 mil personas, nosotros si estamos superados con 15 mil tipos dando vueltas, y ni tanto, de ciudad turística no tenemos ni la T.

Así que ojalá el empresariado y las autoridades del ramo se den cuenta que no pueden hacer agua de esa manera y a los lugareños no solo no nos vendan más el verso, sino que además no nos hagan pasar vergüenza.

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Cuestión de poner cabeza

“No conozco mucho Salto, fui a las termas nomás. Son lindas, pero no había mucho para hacer. Las piscinas estaban repletas y cuando fui al centro estaba todo cerrado y no pude comprar nada. Es una lástima, porque se supone que es una ciudad turística”, me comentó una pareja de amigos que viven en Montevideo a quienes en su trabajo les habían recomendado que para desestresarse, se vinieran a Salto, a disfrutar de las aguas termales y de las actividades que siempre había en esta época del año. Porque era semana de Turismo y les habían asegurado que acá era “otro mundo”.
Ansiosos por salir de la locura de la capital del país, de no circular por una Gianattasio atiborrada de vehículos, de las colas en los supermercados de los balnearios de la costa de oro, esa pareja decidió venir a Salto para poder disfrutar de lo que tanto le habían hablado. Y aunque si bien no le dijeron que los días feriados, donde vienen los turistas está todo cerrado, ellos tenían la ilusión de poder venir y después de salir a comer, comprar algo en las tiendas y participar de algún evento. Pero no, en todos lados donde preguntaban les dijeron que era “feriado”, a lo que ellos respondían, “eso ya lo sabemos por algo estamos acá”.
Es que cuando un uruguayo habla de turismo, rara vez te menciona las termas, aunque es poco usual que no las haya visitado antes. Pero para posicionar a Salto en el mapa como un centro turístico por excelencia y al cual nadie puede dejar de venir, le faltan muchas cosas, empezando por la concientización de sus habitantes y sobre todo de sus empresarios, de que una ciudad turística debe invertir en su producto para mejorarla cada año, no una vez cada cinco o diez años, sino que debe renovar la apuesta siempre y estar a la vanguardia en todo momento y en todos los detalles. Pero que además, debe dar servicios y estar preparada para recibir a turistas de todos lados, principalmente foráneos. Y para hacer todo eso lo principal es saber que esos días, en los que más vienen visitantes, deben estar abiertos y no pueden cerrar sus puertas.
El otro día, previendo lo que podía pasar en semana de Turismo, el Centro Comercial e Industrial de Salto, gremial que nuclea a la inmensa mayoría de los comerciantes salteños, remitió un comunicado a sus afiliados para que empiecen a trabajar en la concientización, sobre lo que implica ser un lugar turístico y para aprender que les va la vida en ello. Por algo se empieza y si bien esa idea de generar conciencia es algo que debería imperar entre los empresarios desde siempre, desde el primer día en que abrieron sus puertas, desde el momento en que emprendieron el camino de abrir su propio negocio, es mala cosa que no sepan cómo actuar en lo que quieren que se precie como una ciudad turística y es buena cosa que empiecen a verlo ahora, porque nunca es tarde para aprender.
Es que increíblemente Salto ha pasado por todos los eslóganes, como aquel de Turismo Todo el Año, al Salto Te Espera, y así seguimos entre eslóganes y logotipos, con colores y dibujos diferentes, entre presentaciones como las que se hacen en Montevideo o en Punta del Este, que a veces se han hecho para la barra, porque en realidad el turista que está en enero en el principal balneario del país, no tiene pensando después de haber gastado miles de dólares en un hotel caro y en los servicios gastronómicos de primer nivel que tiene aquel lugar, venir a encerrarse entre cinco piscinas de agua caliente con cientos de personas adentro, porque no es su targget. Pero el marketing es buena cosa y hacerlo no está mal. Al menos se ha ido a lugares donde realmente se pueden captar turistas y no a Madrid, como se llegó a ir en otros tiempos, incurriendo en gastos del erario público que  no tienen justificación.
Pero insisto, más allá de las promociones, del marketing, del merchandising que se haga del producto termas afuera del departamento, lo más importante es lo que pasa adentro de él. No puede ser que los empresarios piensen en vender Salto como ciudad turística desestacionalizada hacia el público, mientras en nuestro propio suelo, hacemos todo lo contrario, desconocemos al turismo, le cerramos las puertas de nuestros comercios, no brindamos servicios de ningún tipo, no organizamos espectáculos gratuitos en las plazas y en los espacios públicos que nos enorgullecen por sus bondades naturales y arquitectónicas, no generamos sinergias entre los interesados y no preparamos a nuestros funcionarios para ser verdaderos guías turísticos, profesionales del área, que tengan conocimientos al menos básicos de las cuestiones históricas y patrimoniales, que sepan explicarle a la gente quién fue Juan H. Paiva, Armando Barbieri y Catalina Harriague de Castaños, o don Benito Solari por mencionar al menos algunos de los nombres que los visitantes encontrarán en el mármol, en las plazas y parques y en las calles de la ciudad.
No podemos tener basurales de camino a uno de los principales paseos públicos como lo es la Costanera Norte, esconder una de las primeras escalinatas que tuvo la ciudad entre los pastizales, aunque está bien ponderar la remodelación del “muelle negro”, algo que me parece excepcional y de lo cual todos debemos sentirnos orgullosos y cuidarlo, pero no mostrar la formidable y antigua estación de trenes, la primera Locomotora que se hizo en Sudamérica, que está en las postrimerías de nuestro principal museo, por mencionar solo algunas cosas y contar con pocos servicios gastronómicos de primera categoría con diversidad y variedad de ofertas, aunque los que ya existen son de buena calidad pero eso no alcanza, hablan del caché turístico al que apuntamos.
Más allá de esto, de que la ciudad debe estar impecable todo el año, no solo por los turistas sino por los que vivimos en este hermoso lugar, también debe haber un trabajo denodado del sector privado que apunte a generar servicios sin importar el día y la hora y sobre todo cuando es feriado, cuando hay fines de semana largos, cuando hay una Semana de Turismo como la que estamos viviendo o cuando es feriado de Carnaval, no podemos cerrar las puertas de nuestros comercios, hagamos un esfuerzo y pongamos lo que haya que poner, dinero claro está, para que todo esté funcionando y cuando los turistas lleguen, que generalmente es en los días feriados, no encuentren esta ciudad turística cerrada como un pueblo fantasma y con los pocos servicios que tiene, todos clausurados justamente porque es feriado, porque entonces de ciudad turística no tenemos nada.
Para esto, tiene que haber mancomunión de esfuerzos tanto del sector público como del privado mucho más aún de la que ya hay, y hacer de todos nosotros excelentes anfitriones, de los funcionarios del sector turístico tanto públicos como privados verdaderos guías, personas preparados hasta en idiomas y promover trabajos en conjunto entre los comerciantes del centro y los de la zona termal, para que no haya diferencias como las que ya existen, ni dos Saltos distintos, uno el de las termas y otro el de la ciudad.
De esa manera, si no cambiamos nuestra mentalidad y no empezamos a querer ser un polo turístico de verdad, lo que requiere esfuerzo y dedicación, y mucho pienso entre todos, no vamos a ser más que un lugar más, rodeados en su entorno con piscinas de agua caliente y por esa razón, donde surja algo mejor en la vuelta, como lo que está pasando con Federación y otros lugares de Argentina, ya nadie querrá quedarse sino que por el contrario, todos querrán seguir de largo y ahí sonamos.

“No conozco mucho Salto, fui a las termas nomás. Son lindas, pero no había mucho para hacer. Las piscinas estaban repletas y cuando fui al centro estaba todo cerrado y no pude comprar nada. Es una lástima, porque se supone que es una ciudad turística”, me comentó una pareja de amigos que viven en Montevideo a quienes en su trabajo les habían recomendado que para desestresarse, se vinieran a Salto, a disfrutar de las aguas termales y de las actividades que siempre había en esta época del año. Porque era semana de Turismo y les habían asegurado que acá era “otro mundo”.

Ansiosos por salir de la locura de la capital del país, de no circular por una Gianattasio atiborrada de vehículos, de las colas en lossemanasanta supermercados de los balnearios de la costa de oro, esa pareja decidió venir a Salto para poder disfrutar de lo que tanto le habían hablado. Y aunque si bien no le dijeron que los días feriados, donde vienen los turistas está todo cerrado, ellos tenían la ilusión de poder venir y después de salir a comer, comprar algo en las tiendas y participar de algún evento. Pero no, en todos lados donde preguntaban les dijeron que era “feriado”, a lo que ellos respondían, “eso ya lo sabemos por algo estamos acá”.

Es que cuando un uruguayo habla de turismo, rara vez te menciona las termas, aunque es poco usual que no las haya visitado antes. Pero para posicionar a Salto en el mapa como un centro turístico por excelencia y al cual nadie puede dejar de venir, le faltan muchas cosas, empezando por la concientización de sus habitantes y sobre todo de sus empresarios, de que una ciudad turística debe invertir en su producto para mejorarla cada año, no una vez cada cinco o diez años, sino que debe renovar la apuesta siempre y estar a la vanguardia en todo momento y en todos los detalles. Pero que además, debe dar servicios y estar preparada para recibir a turistas de todos lados, principalmente foráneos. Y para hacer todo eso lo principal es saber que esos días, en los que más vienen visitantes, deben estar abiertos y no pueden cerrar sus puertas.

El otro día, previendo lo que podía pasar en semana de Turismo, el Centro Comercial e Industrial de Salto, gremial que nuclea a la inmensa mayoría de los comerciantes salteños, remitió un comunicado a sus afiliados para que empiecen a trabajar en la concientización, sobre lo que implica ser un lugar turístico y para aprender que les va la vida en ello. Por algo se empieza y si bien esa idea de generar conciencia es algo que debería imperar entre los empresarios desde siempre, desde el primer día en que abrieron sus puertas, desde el momento en que emprendieron el camino de abrir su propio negocio, es mala cosa que no sepan cómo actuar en lo que quieren que se precie como una ciudad turística y es buena cosa que empiecen a verlo ahora, porque nunca es tarde para aprender.

Es que increíblemente Salto ha pasado por todos los eslóganes, como aquel de Turismo Todo el Año, al Salto Te Espera, y así seguimos entre eslóganes y logotipos, con colores y dibujos diferentes, entre presentaciones como las que se hacen en Montevideo o en Punta del Este, que a veces se han hecho para la barra, porque en realidad el turista que está en enero en el principal balneario del país, no tiene pensando después de haber gastado miles de dólares en un hotel caro y en los servicios gastronómicos de primer nivel que tiene aquel lugar, venir a encerrarse entre cinco piscinas de agua caliente con cientos de personas adentro, porque no es su targget. Pero el marketing es buena cosa y hacerlo no está mal. Al menos se ha ido a lugares donde realmente se pueden captar turistas y no a Madrid, como se llegó a ir en otros tiempos, incurriendo en gastos del erario público que  no tienen justificación.

Pero insisto, más allá de las promociones, del marketing, del merchandising que se haga del producto termas afuera del departamento, lo más importante es lo que pasa adentro de él. No puede ser que los empresarios piensen en vender Salto como ciudad turística desestacionalizada hacia el público, mientras en nuestro propio suelo, hacemos todo lo contrario, desconocemos al turismo, le cerramos las puertas de nuestros comercios, no brindamos servicios de ningún tipo, no organizamos espectáculos gratuitos en las plazas y en los espacios públicos que nos enorgullecen por sus bondades naturales y arquitectónicas, no generamos sinergias entre los interesados y no preparamos a nuestros funcionarios para ser verdaderos guías turísticos, profesionales del área, que tengan conocimientos al menos básicos de las cuestiones históricas y patrimoniales, que sepan explicarle a la gente quién fue Juan H. Paiva, Armando Barbieri y Catalina Harriague de Castaños, o don Benito Solari por mencionar al menos algunos de los nombres que los visitantes encontrarán en el mármol, en las plazas y parques y en las calles de la ciudad.

No podemos tener basurales de camino a uno de los principales paseos públicos como lo es la Costanera Norte, esconder una de las primeras escalinatas que tuvo la ciudad entre los pastizales, aunque está bien ponderar la remodelación del “muelle negro”, algo que me parece excepcional y de lo cual todos debemos sentirnos orgullosos y cuidarlo, pero no mostrar la formidable y antigua estación de trenes, la primera Locomotora que se hizo en Sudamérica, que está en las postrimerías de nuestro principal museo, por mencionar solo algunas cosas y contar con pocos servicios gastronómicos de primera categoría con diversidad y variedad de ofertas, aunque los que ya existen son de buena calidad pero eso no alcanza, hablan del caché turístico al que apuntamos.

Más allá de esto, de que la ciudad debe estar impecable todo el año, no solo por los turistas sino por los que vivimos en este hermoso lugar, también debe haber un trabajo denodado del sector privado que apunte a generar servicios sin importar el día y la hora y sobre todo cuando es feriado, cuando hay fines de semana largos, cuando hay una Semana de Turismo como la que estamos viviendo o cuando es feriado de Carnaval, no podemos cerrar las puertas de nuestros comercios, hagamos un esfuerzo y pongamos lo que haya que poner, dinero claro está, para que todo esté funcionando y cuando los turistas lleguen, que generalmente es en los días feriados, no encuentren esta ciudad turística cerrada como un pueblo fantasma y con los pocos servicios que tiene, todos clausurados justamente porque es feriado, porque entonces de ciudad turística no tenemos nada.

Para esto, tiene que haber mancomunión de esfuerzos tanto del sector público como del privado mucho más aún de la que ya hay, y hacer de todos nosotros excelentes anfitriones, de los funcionarios del sector turístico tanto públicos como privados verdaderos guías, personas preparados hasta en idiomas y promover trabajos en conjunto entre los comerciantes del centro y los de la zona termal, para que no haya diferencias como las que ya existen, ni dos Saltos distintos, uno el de las termas y otro el de la ciudad.

De esa manera, si no cambiamos nuestra mentalidad y no empezamos a querer ser un polo turístico de verdad, lo que requiere esfuerzo y dedicación, y mucho pienso entre todos, no vamos a ser más que un lugar más, rodeados en su entorno con piscinas de agua caliente y por esa razón, donde surja algo mejor en la vuelta, como lo que está pasando con Federación y otros lugares de Argentina, ya nadie querrá quedarse sino que por el contrario, todos querrán seguir de largo y ahí sonamos.

HUGO LEMOS

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Canciones para algunos pocos

Quién no recuerda la película “El cartero de Neruda”, también conocida como “Il Postino”, un espectacular filme italiano de 1994, interpretado por Philppe Noiret, Massimo Troisi y María Grazia Cucinotta, que emocionó a todos con los recuerdos del célebre poeta chileno, Pablo Neruda, durante las vivencias de su exilio en la década del 50. La película está ambientada en la bella Italia, cuando Neruda decide radicarse en el extranjero al ser perseguido en su país, por sus ideas afiliadas al Partido Comunista.

Allí conoce a un hombre simple, común, pero al que descubre como un ser humano excepcional que aprende a conocer la vida a través de sus palabras. Si ambos eran comunistas, liberales, ateos o religiosos era pura coincidencia. Ese hombre, con quien al principio apenas cruzaba algunas palabras y terminó generando un vínculo que los unió hasta la tumba, fue tocado por las expresiones del pensamiento del poeta, las acunó y las hizo suyas, invocándolas en su corazón y transformando sus valores y su visión del mundo tal cual lo conocía, por el impacto que causaron en su vida, los versos que escribió el poeta chileno.

“Me robaste mis palabras”, le llegó a decir Neruda a su cartero cuando se enteró que las usaba y las transformaba a su manera para expresárselas a la mujer que amaba, quien con gran sabiduría, honestidad intelectual y convicción le espetó: “sus palabras ya no son suyas, después que usted las hizo públicas y las dedicó al pueblo, quienes las leen y se sienten tocadas por ellas, viven por ellas y sueñan por ellas, entonces sus palabras dejaron de ser suyas, para ser de todos. Sus palabras son del pueblo. Son de quien las lee”, le dijo, acaso sin saber que le estaba rindiendo el mayor de los homenajes que un artista pudiera recibir.

Neruda era comunista y su cartero no. Hasta que leyó sus poemas, aprendió sus metáforas y entendió su manera de ver el mundo, coincidiendo con él y comenzando a comulgar valores que los unieron hasta el final. Pero nunca fue una barrera la ideología de Neruda, para que ese ser sencillo proveniente de la Italia pobre, se sintiera excluido o pensara que él tenía que pertenecer a su mismo partido político para poder leer sus poemas, citarlos y sentirlos como propios.

Es que así son las palabras, los poemas y las canciones, cuando un artista se precia de tal y vive su arte para la gente, para la sociedad, para la humanidad toda, no debe sentirse robado o estafado porque alguien se sienta identificado con sus canciones, se emocione con sus letras y las utilice para lo que mejor cree, para la causa que lleve adelante, siempre que vaya en sintonía con lo que esa canción, poema o escritura quiera expresar.

Aunque días pasados hubo un ejemplo de que en el Uruguay puede pasar todo lo contrario. Sucedió que una canción de la artista argentina Teresa Parodi, actual ministra de Cultura del gobierno argentino encabezado por la señora Cristina Fernández, e interpretada por el músico uruguayo, Alejandro Balbis, sectorizaron una canción, que no es otra cosa que una expresión artística y reclamaron como autores e intérpretes de la misma, que no sea utilizada por causas a las que ellos no defienden ni compatibilizarán jamás.

En cierta medida dejaron en claro, que solamente los simpatizantes del Frente Amplio, “partido político que representa los ideales que en esa canción se expresa” (según mandó decir la señora Parodi en un caso de injerencia indebida de los asuntos políticos de un país que no es el suyo y que refrendó Balbis, reconocido simpatizante de la izquierda nacional) pueden usar la canción. Pero no así un grupo del Partido Colorado, que se sintió identificado con la misma letra y que utilizaron sin pedir permiso.

Una cosa es no haber cumplido con el uso social del debido respeto y de la responsabilidad legal de usar una pieza artística como es una canción y emplearla sin pedir permiso a sus autores, por el respeto al derecho que éstos tienen como artistas, por su trabajo y derechos adquiridos. Otra muy distinta, es sentir en la forma más íntima y visceral la letra de una canción (vaya homenaje para el artista que la creó), ponderarla, ponerla como himno de lo que un grupo de personas de determinado partido político, clase social, raza, credo o religión siente y piensa y hacerlo público, identificándose con lo que el artista entonces quiso decir.

Porque está bien que el señor Balbis venga a Salto con una carta de la señora Parodi y reclamen el derecho de autor y hasta pidan que se les pague algo por el uso de la canción o que de lo contrario, que la misma se baje de cartel. Pero otra muy diferente, es que los autores e intérpretes digan que esa canción interpreta solamente el pensamiento y el sueño de los de un sector político, de los de un grupo de la sociedad, de los de una parcela de la humanidad, porque los que piensan y sienten esa canción pero piensan distinto al artista que la creó, no pueden usarla y deben privar a sus sentidos en el caso de que éstos interpreten como propia una pieza artística, la que les está vedada por su condición de fulanos de tal.

Considero que el discurso del señor Balbis fue categóricamente una minucia política, que no está a la altura de un artista de la talla de la cual se preciaba, que discrimina y segrega al posible público que pueda tener y que en vez de generar una condición de alegría, pasión y amor por lo que hace aleja a todo aquel que sienta que una canción por él interpretada puede identificarlo, pero al no comulgar con el mismo partido político, debe abandonar esa predilección.

Comparto la idea de defensa del derecho de autor, del derecho a que se le reconozca y recompense por su obra artística, pero no comparto que solo aquellos que son de mi partido puedan disfrutar y usar mi arte, y quienes no lo sean, tienen que ser escrachados y merecen que haga un viaje de 1.000 kilómetros para exponerlos como vilipendiantes de mi arte.

Eso me parece segregacionista y si hay algo que el arte no es y no será jamás, es ser segregacionista, porque hasta el dictador Gregorio Alvarez podría cantar una canción de Zitarrosa si así lo quisiera, por más grotesco e inmundo que me parezca la personalidad de Álvarez, como artista defendería el derecho a que él lo hiciera e interpretara mis letras como mejor le parezca.

Pero sin dudas que yo no soy artista y a mi juicio, a Alejandro Balbis y a Teresa Parodi con estas actitudes segregacionistas poco les queda de ello.

HUGO LEMOS

uién no recuerda la película “El cartero de Neruda”, también conocida como “Il Postino”, un espectacular filme italiano de 1994, interpretado por Philppe Noiret, Massimo Troisi y María Grazia Cucinotta, que emocionó a todos con los recuerdos del célebre poeta chileno, Pablo Neruda, durante las vivencias de su exilio en la década del 50. La película está ambientada en la bella Italia, cuando Neruda decide radicarse en el extranjero al ser perseguido en su país, por sus ideas afiliadas al Partido Comunista.
Allí conoce a un hombre simple, común, pero al que descubre como un ser humano excepcional que aprende a conocer la vida a través de sus palabras. Si ambos eran comunistas, liberales, ateos o religiosos era pura coincidencia. Ese hombre, con quien al principio apenas cruzaba algunas palabras y terminó generando un vínculo que los unió hasta la tumba, fue tocado por las expresiones del pensamiento del poeta, las acunó y las hizo suyas, invocándolas en su corazón y transformando sus valores y su visión del mundo tal cual lo conocía, por el impacto que causaron en su vida, los versos que escribió el poeta chileno.
“Me robaste mis palabras”, le llegó a decir Neruda a su cartero cuando se enteró que las usaba y las transformaba a su manera para expresárselas a la mujer que amaba, quien con gran sabiduría, honestidad intelectual y convicción le espetó: “sus palabras ya no son suyas, después que usted las hizo públicas y las dedicó al pueblo, quienes las leen y se sienten tocadas por ellas, viven por ellas y sueñan por ellas, entonces sus palabras dejaron de ser suyas, para ser de todos. Sus palabras son del pueblo. Son de quien las lee”, le dijo, acaso sin saber que le estaba rindiendo el mayor de los homenajes que un artista pudiera recibir.
Neruda era comunista y su cartero no. Hasta que leyó sus poemas, aprendió sus metáforas y entendió su manera de ver el mundo, coincidiendo con él y comenzando a comulgar valores que los unieron hasta el final. Pero nunca fue una barrera la ideología de Neruda, para que ese ser sencillo proveniente de la Italia pobre, se sintiera excluido o pensara que él tenía que pertenecer a su mismo partido político para poder leer sus poemas, citarlos y sentirlos como propios.
Es que así son las palabras, los poemas y las canciones, cuando un artista se precia de tal y vive su arte para la gente, para la sociedad, para la humanidad toda, no debe sentirse robado o estafado porque alguien se sienta identificado con sus canciones, se emocione con sus letras y las utilice para lo que mejor cree, para la causa que lleve adelante, siempre que vaya en sintonía con lo que esa canción, poema o escritura quiera expresar.
Aunque días pasados hubo un ejemplo de que en el Uruguay puede pasar todo lo contrario. Sucedió que una canción de la artista argentina Teresa Parodi, actual ministra de Cultura del gobierno argentino encabezado por la señora Cristina Fernández, e interpretada por el músico uruguayo, Alejandro Balbis, sectorizaron una canción, que no es otra cosa que una expresión artística y reclamaron como autores e intérpretes de la misma, que no sea utilizada por causas a las que ellos no defienden ni compatibilizarán jamás.
En cierta medida dejaron en claro, que solamente los simpatizantes del Frente Amplio, “partido político que representa los ideales que en esa canción se expresa” (según mandó decir la señora Parodi en un caso de injerencia indebida de los asuntos políticos de un país que no es el suyo y que refrendó Balbis, reconocido simpatizante de la izquierda nacional) pueden usar la canción. Pero no así un grupo del Partido Colorado, que se sintió identificado con la misma letra y que utilizaron sin pedir permiso.
Una cosa es no haber cumplido con el uso social del debido respeto y de la responsabilidad legal de usar una pieza artística como es una canción y emplearla sin pedir permiso a sus autores, por el respeto al derecho que éstos tienen como artistas, por su trabajo y derechos adquiridos. Otra muy distinta, es sentir en la forma más íntima y visceral la letra de una canción (vaya homenaje para el artista que la creó), ponderarla, ponerla como himno de lo que un grupo de personas de determinado partido político, clase social, raza, credo o religión siente y piensa y hacerlo público, identificándose con lo que el artista entonces quiso decir.
Porque está bien que el señor Balbis venga a Salto con una carta de la señora Parodi y reclamen el derecho de autor y hasta pidan que se les pague algo por el uso de la canción o que de lo contrario, que la misma se baje de cartel. Pero otra muy diferente, es que los autores e intérpretes digan que esa canción interpreta solamente el pensamiento y el sueño de los de un sector político, de los de un grupo de la sociedad, de los de una parcela de la humanidad, porque los que piensan y sienten esa canción pero piensan distinto al artista que la creó, no pueden usarla y deben privar a sus sentidos en el caso de que éstos interpreten como propia una pieza artística, la que les está vedada por su condición de fulanos de tal.
Considero que el discurso del señor Balbis fue categóricamente una minucia política, que no está a la altura de un artista de la talla de la cual se preciaba, que discrimina y segrega al posible público que pueda tener y que en vez de generar una condición de alegría, pasión y amor por lo que hace aleja a todo aquel que sienta que una canción por él interpretada puede identificarlo, pero al no comulgar con el mismo partido político, debe abandonar esa predilección.
Comparto la idea de defensa del derecho de autor, del derecho a que se le reconozca y recompense por su obra artística, pero no comparto que solo aquellos que son de mi partido puedan disfrutar y usar mi arte, y quienes no lo sean, tienen que ser escrachados y merecen que haga un viaje de 1.000 kilómetros para exponerlos como vilipendiantes de mi arte.
Eso me parece segregacionista y si hay algo que el arte no es y no será jamás, es ser segregacionista, porque hasta el dictador Gregorio Alvarez podría cantar una canción de Zitarrosa si así lo quisiera, por más grotesco e inmundo que me parezca la personalidad de Álvarez, como artista defendería el derecho a que él lo hiciera e interpretara mis letras como mejor le parezca.
Pero sin dudas que yo no soy artista y a mi juicio, a Alejandro Balbis y a Teresa Parodi con estas actitudes segregacionistas poco les queda de ello.

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Mejor trato, mayores resultados

Siempre recuerdo una anécdota que ilustra muchas cosas, pero sobre todo, el trato que recibimos los consumidores cuando vamos a algún comercio local a comprar algo. Creo que los empleados ya saben que el comercio de su patrón es uno de los pocos que existe en plaza y que tarde o temprano tendremos que volver a tratar de adquirir en él, el producto que necesitamos. Entonces, el trato puede llegar a ser tan inamistoso que si a usted le molesta, puede ser el único y tendrá que tomarse la molestia de no enojarse, porque nadie se sentirá peor que usted mismo.

Llego doce menos diez del mediodía a una conocida ferretería del medio, como es obvio no voy a nombrarla, pero a la que le caiga el sayo que se lo ponga y que el titular de la empresa le pase factura a quien corresponda. Cansado porque era el fin de una mañana ajetreada, con mucho calor y contando los minutos, necesitaba comprar uno de los tantos artículos con los que el constructor nos carga para poder hacer él, su trabajo. Ese día la lista llegaba hasta el piso, pero en el comercio de marras solamente precisaba comprar dos cosas.

Cuando miro la hora eran las 11:49 y saqué un número, pero los minutos pasaron y fui quedando solo en el lugar. Veía cómo detrás del mostrador los empleados se aprontaban para retirarse y me ignoraban de manera deliberada como si fuera justamente una persona a la que querían evitar. Hablaban entre ellos, apagaban las computadoras, guardaban herramientas, entraban y sacaban materiales, daban vuelta los carteles, no atendían el teléfono, salvo alguno por allá para anunciar que ya no tomaban más pedidos, en fin, el momento era oportuno para emprender sin compasión la retirada y no permitir que llegara nadie a querer impedirlo.

Cuando quise acordar, mientras observaba como se iban de a uno sin prisa pero tampoco sin pausa, estaba solo con uno de los encargados de cerrar la puerta, que me espetó sin compasión: “señor, ¿puede retirarse? Abrimos en la tarde”. A lo que me planté y le dije, sin prisa pero con mucha pausa como para que le quedara claro. “No me voy hasta que me atiendan, vine hace diez minutos, no hace diez segundos y estaban todos acá ignorándome, así que o me atendés vos o llamo al encargado, dueño, gerente o quien sea y que me dé una respuesta de porqué no me atendieron y me dejaron sin el producto que necesito, por el simple hecho de que ustedes tenían hambre y no querían quedarse un rato más”.

El muchacho, de unos 30 y pocos años de vida, que era uno de los que estaba acomodando herramientas cuando ingresé, que me vio llegar y me miró de reojo durante los minutos que estuve parado como un poste en el centro de compras de ese importante comercio de plaza, insistió: “pero ahora ya se fueron casi todos”. “Pero yo llegué antes y alguien va a tener que volver”, le dije. Entonces justo pasaba uno de los encargados de la importante empresa del medio y me preguntó qué ocurría. Al comentárselo con lujo de detalles que detuvieron tanto a él como al empleado que quería deshacerse de mi con un simple “ya cumplí mi horario”, ambos me asistieron y si bien me dieron los productos que buscaba, tuvieron que mandarme la boleta a mi casa porque el cajero ya se había ido. Es más, había sido uno de los primeros.

¿Mala atención? ¿Falta de ganas de trabajar? ¿Cumplimiento del horario? No lo sé, lo único que puedo saber es que los consumidores seguimos estando en desventaja en nuestro medio. La sociedad no entiende que somos todos los que movemos la economía y no solamente compra sin exigencias del producto que recibe y del trato que le dispensan, sino que además tampoco reclaman los derechos que tiene a la hora de entrar a un almacén, un supermercado, una tienda de ropas o una ferretería, como fue mi caso.

Entonces ayer, cuando se celebró el Día de los Derechos del Consumidor, me acordé de esta anécdota que lejos de ser una manera de recordar un mal día, puede llegar a ser un ejemplo de que tenemos que reclamar que como los hacedores de que las cosas funcionen, de que la economía se mueva, de que el comercio gane para poder crecer, desarrollarse y pagarle el sueldo a sus empleados, deben respetarnos, atendiéndonos de manera correcta, tratando de satisfacer nuestra inquietud y buscando la manera de que quedemos enganchados con el establecimiento al punto de que queramos volver siempre y ponerlo en nuestra lista de lugares a donde comprar las cosas que necesitamos, dependiendo del rubro claro está.

Pero muchas veces ese comportamiento no existe y es parte de la cultura de quienes trabajan en determinados lugares, por la mala relación que puedan tener con sus empleadores, por los bajos sueldos que reciben o porque por el contrario, como saben que por el hecho de hacer ocho horas alguien deberá pagarles un salario a fin de mes, no se exigen ni se importan por la gente que requiere un servicio y que está detrás del mostrador esperando una respuesta a un problema que pueda llegar a tener y eso se llama falta de compromiso con uno mismo, porque si aceptó trabajar en ese lugar, por más incómodo que se sienta, o más desanimado que esté, no puede nunca jamás trasladar sus frustraciones a un cliente, que en cierta medida es el que ayuda, con cada compra desde un alfiler hasta la compra más cara a que pueda mantener el empleo y sobre todo a que les paguen el sueldo.

Pareciera que estas cosas son innecesarias, que no deberían decirse jamás, porque la atención en el público en un comercio siempre debe ser buena y dedicada, ya que en última instancia, el comprador quizás esté en las mismas condiciones que ese trabajador que nos atiende de mala gana, pero las cosas no deben ser así. La persona que trabaja para cumplir una función, debe hacerlo, de lo contrario dejarle el puesto a otro que lo haga mejor.

Como consumidor, en mi caso, reclamo que me atiendan bien siempre, que me dediquen tiempo para satisfacer mis inquietudes y que haya alguien que esté a disposición para darme una respuesta, es lo único que pido. Por otro lado, exijo que los productos que adquiero tengan la mayor información posible, para saber qué estoy comprando y si el producto está en condiciones.

Se trata de aspectos básicos hasta de convivencia entre la gente y que ayudan a los establecimientos comerciales a sumar puntos con los clientes, pasando de la cultura tercermundista que tenemos del todo da lo mismo, a la de podemos hacerlo mejor y dejar a todos contentos para que sigan viniendo. Y sobre todo comprando, que en definitiva, es lo que todos queremos.

HUGO LEMOS

iempre recuerdo una anécdota que ilustra muchas cosas, pero sobre todo, el trato que recibimos los consumidores cuando vamos a algún comercio local a comprar algo. Creo que los empleados ya saben que el comercio de su patrón es uno de los pocos que existe en plaza y que tarde o temprano tendremos que volver a tratar de adquirir en él, el producto que necesitamos. Entonces, el trato puede llegar a ser tan inamistoso que si a usted le molesta, puede ser el único y tendrá que tomarse la molestia de no enojarse, porque nadie se sentirá peor que usted mismo.
Llego doce menos diez del mediodía a una conocida ferretería del medio, como es obvio no voy a nombrarla, pero a la que le caiga el sayo que se lo ponga y que el titular de la empresa le pase factura a quien corresponda. Cansado porque era el fin de una mañana ajetreada, con mucho calor y contando los minutos, necesitaba comprar uno de los tantos artículos con los que el constructor nos carga para poder hacer él, su trabajo. Ese día la lista llegaba hasta el piso, pero en el comercio de marras solamente precisaba comprar dos cosas.
Cuando miro la hora eran las 11:49 y saqué un número, pero los minutos pasaron y fui quedando solo en el lugar. Veía cómo detrás del mostrador los empleados se aprontaban para retirarse y me ignoraban de manera deliberada como si fuera justamente una persona a la que querían evitar. Hablaban entre ellos, apagaban las computadoras, guardaban herramientas, entraban y sacaban materiales, daban vuelta los carteles, no atendían el teléfono, salvo alguno por allá para anunciar que ya no tomaban más pedidos, en fin, el momento era oportuno para emprender sin compasión la retirada y no permitir que llegara nadie a querer impedirlo.
Cuando quise acordar, mientras observaba como se iban de a uno sin prisa pero tampoco sin pausa, estaba solo con uno de los encargados de cerrar la puerta, que me espetó sin compasión: “señor, ¿puede retirarse? Abrimos en la tarde”. A lo que me planté y le dije, sin prisa pero con mucha pausa como para que le quedara claro. “No me voy hasta que me atiendan, vine hace diez minutos, no hace diez segundos y estaban todos acá ignorándome, así que o me atendés vos o llamo al encargado, dueño, gerente o quien sea y que me dé una respuesta de porqué no me atendieron y me dejaron sin el producto que necesito, por el simple hecho de que ustedes tenían hambre y no querían quedarse un rato más”.
El muchacho, de unos 30 y pocos años de vida, que era uno de los que estaba acomodando herramientas cuando ingresé, que me vio llegar y me miró de reojo durante los minutos que estuve parado como un poste en el centro de compras de ese importante comercio de plaza, insistió: “pero ahora ya se fueron casi todos”. “Pero yo llegué antes y alguien va a tener que volver”, le dije. Entonces justo pasaba uno de los encargados de la importante empresa del medio y me preguntó qué ocurría. Al comentárselo con lujo de detalles que detuvieron tanto a él como al empleado que quería deshacerse de mi con un simple “ya cumplí mi horario”, ambos me asistieron y si bien me dieron los productos que buscaba, tuvieron que mandarme la boleta a mi casa porque el cajero ya se había ido. Es más, había sido uno de los primeros.
¿Mala atención? ¿Falta de ganas de trabajar? ¿Cumplimiento del horario? No lo sé, lo único que puedo saber es que los consumidores seguimos estando en desventaja en nuestro medio. La sociedad no entiende que somos todos los que movemos la economía y no solamente compra sin exigencias del producto que recibe y del trato que le dispensan, sino que además tampoco reclaman los derechos que tiene a la hora de entrar a un almacén, un supermercado, una tienda de ropas o una ferretería, como fue mi caso.
Entonces ayer, cuando se celebró el Día de los Derechos del Consumidor, me acordé de esta anécdota que lejos de ser una manera de recordar un mal día, puede llegar a ser un ejemplo de que tenemos que reclamar que como los hacedores de que las cosas funcionen, de que la economía se mueva, de que el comercio gane para poder crecer, desarrollarse y pagarle el sueldo a sus empleados, deben respetarnos, atendiéndonos de manera correcta, tratando de satisfacer nuestra inquietud y buscando la manera de que quedemos enganchados con el establecimiento al punto de que queramos volver siempre y ponerlo en nuestra lista de lugares a donde comprar las cosas que necesitamos, dependiendo del rubro claro está.
Pero muchas veces ese comportamiento no existe y es parte de la cultura de quienes trabajan en determinados lugares, por la mala relación que puedan tener con sus empleadores, por los bajos sueldos que reciben o porque por el contrario, como saben que por el hecho de hacer ocho horas alguien deberá pagarles un salario a fin de mes, no se exigen ni se importan por la gente que requiere un servicio y que está detrás del mostrador esperando una respuesta a un problema que pueda llegar a tener y eso se llama falta de compromiso con uno mismo, porque si aceptó trabajar en ese lugar, por más incómodo que se sienta, o más desanimado que esté, no puede nunca jamás trasladar sus frustraciones a un cliente, que en cierta medida es el que ayuda, con cada compra desde un alfiler hasta la compra más cara a que pueda mantener el empleo y sobre todo a que les paguen el sueldo.
Pareciera que estas cosas son innecesarias, que no deberían decirse jamás, porque la atención en el público en un comercio siempre debe ser buena y dedicada, ya que en última instancia, el comprador quizás esté en las mismas condiciones que ese trabajador que nos atiende de mala gana, pero las cosas no deben ser así. La persona que trabaja para cumplir una función, debe hacerlo, de lo contrario dejarle el puesto a otro que lo haga mejor.
Como consumidor, en mi caso, reclamo que me atiendan bien siempre, que me dediquen tiempo para satisfacer mis inquietudes y que haya alguien que esté a disposición para darme una respuesta, es lo único que pido. Por otro lado, exijo que los productos que adquiero tengan la mayor información posible, para saber qué estoy comprando y si el producto está en condiciones.
Se trata de aspectos básicos hasta de convivencia entre la gente y que ayudan a los establecimientos comerciales a sumar puntos con los clientes, pasando de la cultura tercermundista que tenemos del todo da lo mismo, a la de podemos hacerlo mejor y dejar a todos contentos para que sigan viniendo. Y sobre todo comprando, que en definitiva, es lo que todos queremos.

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Son nuestro presente

Son esas cosas que te parten el alma pero que además te generan una suerte de impotencia por no estar en el momento justo para protegerlos de tamaña maldad. Así me sentí cuando leí en estas páginas sobre el procedimiento policial y judicial que terminó con dos geriátricos en donde los residentes de esos lugares, eran víctimas de quienes los manejaban.

Aunque afortunadamente la denuncia fue puesta en manos de gente que se dignó a actuar rápidamente y pudo resolver una temible situación que asolaba a personas que no tienen la capacidad de poder defenderse por sí mismas, siendo víctimas de sujetos que abusan de esa condición y que se prevalecen del estado de indefensión en el que se encuentran sus sometidos.

Empero el problema en este tipo de casas que ofician de geriátricos, no es algo nuevo. Hace algunos años atrás, cuando estuve en el tema, indagando sobre los servicios que se prestan en nuestro medio en este rubro, encontré de todo.

Desde instituciones de lujo, donde prácticamente hay un funcionario por interno, los que hasta llegan a generar un vínculo con el anciano allí internado y los servicios son de primera categoría, hasta espacios paupérrimos y deprimentes, donde las personas que cumplen determinada edad y que son las que deberíamos atesorar y más tenemos que cuidar, porque son el legado vivo de lo que somos y hemos de ser como personas, se encontraban depositadas prácticamente a su suerte, en un estado de abandono total en las que les faltaba tener una cadena atada al cuello.

Este tipo de casos deben ser inspeccionados y vigilados por las autoridades en forma permanente, quienes no pueden permitir que este tipo de cosas sucedan. Porque de seguir mirando para otro lado, la justicia o la Policía, si es que quiere hacerlo, se encontrarán con muchos lugares que deberían ser clausurados y cuyos responsables deberían estar ante la justicia. Hay lugares donde aún hay adultos mayores que no la pasan nada bien, que no son bien tratados y en donde además están en un estado de semiesclavitud.

Pero volvamos al origen, más allá de que las autoridades tienen que tener en claro este tipo de casos y actuar porque no puede ser que estos dos lugares horrendos que fueron clausurados por la justicia la semana pasada, no hayan sido inspeccionados por el Mides, el BPS o la dirección departamental de Salud, para verificar el cumplimiento de las normas básicas de higiene y protección de los adultos mayores, autoridades de las cuales no podemos depender ni debemos fiarnos en que sus funcionarios estarán alertas de esta situación, el problema de todo esto radica básicamente en la familia.

Son los familiares de estos ancianos, adultos mayores, que no pueden valerse por sí mismos los que deben tomar cartas en el asunto y no permitir que sus mayores, a los que deben cuidar y proteger, pasen por situaciones como éstas.

Sabido es que no todos pueden tenerlos consigo, que no todos pueden o quieren cuidarlos todo el tiempo, porque a veces ni siquiera tienen lugar en sus respectivas casas para albergarlos, pero el problema ya es cultural, y así como a los más chicos los ponemos en el jardín de infantes cuanto antes para que en el mundo en el que vivimos, donde todo es vorágine, no nos quiten tiempo, a nuestros mayores los alojamos en donde puedan cuidarlos para que no sean una carga en nuestra cotidianeidad, algo que para ellos también es una condena.

¿Estamos siendo mezquinos y egoístas cuando mandamos a nuestros mayores a vivir a una casa de salud en vez de hacernos cargo nosotros de cuidarlos, mantenerlos y sobre todas las cosas contenerlos como ellos lo han hecho con nosotros desde la cuna? No hay una sola respuesta a esto, pero sí debe haber una reflexión que nos ayude a tomar la mejor de las soluciones cuando esta situación se nos plantee.

Nadie quiere ver mal a sus padres o abuelos, todos queremos lo mejor para ellos y entonces está en nosotros mismos tomarnos el tiempo para pensar sobre su futuro. Ellos en su momento lo hicieron con nosotros, nos perdonaron, nos tuvieron paciencia, nos contuvieron, nos retaron, nos llamaron al orden y con todo esto nos ayudaron a ser quienes somos. Y si no lo hicieron como nosotros queríamos, que puede pasar, debemos recordar siempre lo mejor, lo que sí nos dieron y lo que nos dejaron en el corazón.

Por esa razón apelo al sentido común y a pensar en que no podemos permitir que nadie los lastime, los dañe y mucho menos, que los haga vivir de la forma en la que fueron encontrados por la Policía y la justicia estos adultos mayores que estaban en condiciones deplorables y que en ese aspecto, el magistrado actuante no dudó en mandar a prisión a la persona que oficiaba como responsable de estos lamentables espacios.

Es que los adultos mayores, como los niños, son responsabilidad de todos, porque ellos han forjado la identidad del país que tenemos hoy, vivimos en la sociedad que nos han legado y si algo extrañamos del tiempo que decimos que “ya fue”, es porque fuimos nosotros en este presente o nuestros padres en el pasado reciente, quienes generaron las condiciones para que lo que vivieron nuestros abuelos, los valores sociales y morales, y la idiosincracia distinta a la nuestra, hayan desaparecido, aunque no del todo, porque aún los tenemos a ellos, aferrados a sus bastones, a su vida, a ver el presente con ojos sabios por haber visto mucho más y de pensar que aún son parte de este momento y del que tienen mucho por enseñarnos.

Tenemos una discusión que darnos todavía como sociedad y es el rol que juegan nuestros mayores en la familia, en nuestro barrio, en la ciudad y en nuestra vida, porque ellos son la explicación de nuestro presente y merecerán siempre que les tendamos la mano.

HUGO LEMOS

on esas cosas que te parten el alma pero que además te generan una suerte de impotencia por no estar en el momento justo para protegerlos de tamaña maldad. Así me sentí cuando leí en estas páginas sobre el procedimiento policial y judicial que terminó con dos geriátricos en donde los residentes de esos lugares, eran víctimas de quienes los manejaban.
Aunque afortunadamente la denuncia fue puesta en manos de gente que se dignó a actuar rápidamente y pudo resolver una temible situación que asolaba a personas que no tienen la capacidad de poder defenderse por sí mismas, siendo víctimas de sujetos que abusan de esa condición y que se prevalecen del estado de indefensión en el que se encuentran sus sometidos.
Empero el problema en este tipo de casas que ofician de geriátricos, no es algo nuevo. Hace algunos años atrás, cuando estuve en el tema, indagando sobre los servicios que se prestan en nuestro medio en este rubro, encontré de todo.
Desde instituciones de lujo, donde prácticamente hay un funcionario por interno, los que hasta llegan a generar un vínculo con el anciano allí internado y los servicios son de primera categoría, hasta espacios paupérrimos y deprimentes, donde las personas que cumplen determinada edad y que son las que deberíamos atesorar y más tenemos que cuidar, porque son el legado vivo de lo que somos y hemos de ser como personas, se encontraban depositadas prácticamente a su suerte, en un estado de abandono total en las que les faltaba tener una cadena atada al cuello.
Este tipo de casos deben ser inspeccionados y vigilados por las autoridades en forma permanente, quienes no pueden permitir que este tipo de cosas sucedan. Porque de seguir mirando para otro lado, la justicia o la Policía, si es que quiere hacerlo, se encontrarán con muchos lugares que deberían ser clausurados y cuyos responsables deberían estar ante la justicia. Hay lugares donde aún hay adultos mayores que no la pasan nada bien, que no son bien tratados y en donde además están en un estado de semiesclavitud.
Pero volvamos al origen, más allá de que las autoridades tienen que tener en claro este tipo de casos y actuar porque no puede ser que estos dos lugares horrendos que fueron clausurados por la justicia la semana pasada, no hayan sido inspeccionados por el Mides, el BPS o la dirección departamental de Salud, para verificar el cumplimiento de las normas básicas de higiene y protección de los adultos mayores, autoridades de las cuales no podemos depender ni debemos fiarnos en que sus funcionarios estarán alertas de esta situación, el problema de todo esto radica básicamente en la familia.
Son los familiares de estos ancianos, adultos mayores, que no pueden valerse por sí mismos los que deben tomar cartas en el asunto y no permitir que sus mayores, a los que deben cuidar y proteger, pasen por situaciones como éstas.
Sabido es que no todos pueden tenerlos consigo, que no todos pueden o quieren cuidarlos todo el tiempo, porque a veces ni siquiera tienen lugar en sus respectivas casas para albergarlos, pero el problema ya es cultural, y así como a los más chicos los ponemos en el jardín de infantes cuanto antes para que en el mundo en el que vivimos, donde todo es vorágine, no nos quiten tiempo, a nuestros mayores los alojamos en donde puedan cuidarlos para que no sean una carga en nuestra cotidianeidad, algo que para ellos también es una condena.
¿Estamos siendo mezquinos y egoístas cuando mandamos a nuestros mayores a vivir a una casa de salud en vez de hacernos cargo nosotros de cuidarlos, mantenerlos y sobre todas las cosas contenerlos como ellos lo han hecho con nosotros desde la cuna? No hay una sola respuesta a esto, pero sí debe haber una reflexión que nos ayude a tomar la mejor de las soluciones cuando esta situación se nos plantee.
Nadie quiere ver mal a sus padres o abuelos, todos queremos lo mejor para ellos y entonces está en nosotros mismos tomarnos el tiempo para pensar sobre su futuro. Ellos en su momento lo hicieron con nosotros, nos perdonaron, nos tuvieron paciencia, nos contuvieron, nos retaron, nos llamaron al orden y con todo esto nos ayudaron a ser quienes somos. Y si no lo hicieron como nosotros queríamos, que puede pasar, debemos recordar siempre lo mejor, lo que sí nos dieron y lo que nos dejaron en el corazón.
Por esa razón apelo al sentido común y a pensar en que no podemos permitir que nadie los lastime, los dañe y mucho menos, que los haga vivir de la forma en la que fueron encontrados por la Policía y la justicia estos adultos mayores que estaban en condiciones deplorables y que en ese aspecto, el magistrado actuante no dudó en mandar a prisión a la persona que oficiaba como responsable de estos lamentables espacios.
Es que los adultos mayores, como los niños, son responsabilidad de todos, porque ellos han forjado la identidad del país que tenemos hoy, vivimos en la sociedad que nos han legado y si algo extrañamos del tiempo que decimos que “ya fue”, es porque fuimos nosotros en este presente o nuestros padres en el pasado reciente, quienes generaron las condiciones para que lo que vivieron nuestros abuelos, los valores sociales y morales, y la idiosincracia distinta a la nuestra, hayan desaparecido, aunque no del todo, porque aún los tenemos a ellos, aferrados a sus bastones, a su vida, a ver el presente con ojos sabios por haber visto mucho más y de pensar que aún son parte de este momento y del que tienen mucho por enseñarnos.
Tenemos una discusión que darnos todavía como sociedad y es el rol que juegan nuestros mayores en la familia, en nuestro barrio, en la ciudad y en nuestra vida, porque ellos son la explicación de nuestro presente y merecerán siempre que les tendamos la mano.

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Tiralos por acá nomás

Los tiraron por acá nomás con la complacencia del presidente, quien asumió traérselos como si fueran una encomienda de la tía que nos llega desde lejos, cuando en la amistosa charla que mostró con su par del Norte, el premio nóbel con minúscula y a su vez señor de la guerra, Barack Obama le dijo amén y prometió traerlos. Pero el tema es que de ellos no se encarga nadie y ahora reclaman, poniéndose en la fila de todos los que lo hacen en este país, pidiendo que alguien les dé bolilla, ya que si aceptamos ser sus anfitriones, tratémosle como huéspedes.
Pero no, acá por el contrario, los trajimos, los tiramos como bolsas de papas y se los dimos al PIT CNT que tiene menos experiencia en brindar contención y apoyo emocional a personas con conflictos emocionales que yo jugando al handball. Hay que dejar algo en claro, los tipos son sindicalistas, no son psicólogos, ni asesores en recuperación de vidas que de personas que pasaron presas la mitad de ella y encima les imponen reinsertarse en un país que parece otro planeta comparado con el suyo y con una cultura diametralmente opuesta a la que les enseñaron desde que nacieron.
Es como que soltáramos a un preso de la cárcel de Salto en Yemén y le digamos que al otro día consiga trabajo, se alquile una casa y se maneje por cuenta propia para salir adelante porque ahí todo el que trabaja (¿¿¿???) le va bien, sale adelante y crece, porque el Estado lo ayuda (juaaa), perdón, se me escapó. Y encima le mandamos a unos tipos que son los “delegados” de los “trabajadores” que los van a asesorar en cómo reacomodar su vida para desarrollarse como personas y salir adelante, porque lo que hicieron con los exGuantánamo fue algo parecido.
Claro, al principio pensaron en inmolarse, pero después trataron de acostumbrares y no sabían si quedarse con los carceleros que tenían cuando estaban en la prisión estadounidense que tortura en suelo cubano (parece un chiste, pero ahora con el cambio de la política entre ambos países los norteamericanos ya no solo van a poder abusar de extranjeros en suelo cubano sino que además van a poder torturar cubanos también con todas sus porquerías comerciales) o si soportar a los del PIT CNT hablándoles todo el día, verdes de tanto mate de Fidel Castro, del Ché Guevara y del imperialismo, siendo mucho más primitivos que ellos, porque pese a vivir en ciudades constantemente bombardeadas, los exGuantánamo la tienen clara y saben qué puntos calzan estos que les mandaron para hacer de sus custodias, por eso ya no los quieren ver ni en foto.
Pero yendo al grano, ellos pensaron que Uruguay era un país serio y organizado. Porque así lo definió la revista británica The Economist, pero lo que pasa que a esa calificación, la dio un cronista que se dedica al tema desde Londres, sentado en una silla mirando el Big Ben, porque para darle tanto puntaje al paisito, el tipo no vino acá ni en joda, lo más cerca que estuvo del Uruguay fue cuando visitó Las Faulcklands que los argentinos llaman Malvinas.
El reportero hizo un par de llamadas, vaya a saber uno a quién y qué cosa le dijeron, quedó contento, compró la estampita de que Mujica es el presidente más pobre, más bueno y más audaz del continente y lanzó eso de que el Uruguay era un país clase A, entonces cuando para sacarse de encima el clavo que le dejó Bush el premio nóbel le pidió que aceptara traerse media docena de los presuntos terroristas el acierto fue decirle que sí, pero el error fue no hacer un plan para recibirlos y tenerlos así como a la que te criaste.
La situación la dejó expuesta uno de los exreclusos, de origen sirio, cuando viajó a Buenos Aires para pedir que el sordo y vergonzoso gobierno de la CFK (como le gusta llamarse a la doña, emulando a JFK) donde dejó en claro que si bien el gobierno uruguayo los tiene a salvo en este país, les ha dado las condiciones mínimas e indispensables para vivir, ya que no tiene un plan con respecto a ellos y tampoco les ofreció la ayuda psicológica para que muchos de ellos, tengan una rehabilitación plena y una reinserción clara en un país cuya cultura desconocen en todo sentido y cuyas costumbres ni siquiera comparten.
¿Estarán de acuerdo estos buenos muchachos, como se los ha dado a conocer, en tener que faenar una oveja para comérsela en un asado? ¿Estarán de acuerdo con la doctrina de izquierda que pregona el PIT CNT y sus encumbrados representantes que tanto saben de la historia de Oriente Medio como yo de chino mandarín? ¿Querrán quedarse a vivir en un país del cual nada saben y solo atinan a pensar que lo que está haciendo al recibirlos es un mandado enorme al país que los encarceló y los dio por muertos ante sus familiares?
Yo sé que es volver al principio y ponernos a debatir si está bien o mal que vengan o no los presuntos yihadistas, pero no es eso lo que me interesa ahora, sino que el tema es ¿para qué los trajimos?, ¿qué bien les estamos haciendo?, es decir, ¿qué les estamos ofreciendo? Absolutamente nada, queremos que se convenzan de que en nuestro país estarán mucho mejor que en el de ellos, porque allá hay guerra constante y los gringos que amagan y amagan desde que le dieron el premio nóbel a Mr. President, todavía no se fueron de sus países, siguen siendo la fuerza invasora de siempre, hasta que no les chupen todo el petróleo no se van a ir y por eso tampoco los quieren de vuelta a ellos por allá y nos los tiran por acá, para que molesten, porque mire si a uno de estos exreclusos de Guantánamo se les da por volver a su país de origen y se encuentra en la calle con los mismos soldados que los tuvieron bajo tortura todos estos años. ¡Mamita la que se arma! Van a querer tirarles piedras por decir lo menos, cuando no, sus familiares van a querer hacer justicia por mano propia y pasarse un par de gringos para la olla, por decir lo más o menos.
Entonces en ese aspecto, a ellos los dejaron acá por pedido del nóbel de la paz, pero tal como se llama el programa de Pablo Ferreira Pintos por Ozono FM ¿Y ahora qué hacemos? Porque a la media docena de presuntos terroristas ya los tenemos acá y algo tenemos que hacer con ellos. O nos volvemos ciudadanos del mundo civilizado y buscamos ser un país serio y organizado, que trajo extranjeros, que acogió a “víctimas injustas” de la guerra contra el terrorismo (que es una gran farsa porque solo buscan sacarles petróleo) y hacemos un plan en serio porque lo que buscamos es hacer lo que dijo Mujica en CNN “si no podemos evitar la guerra, por lo menos tratamos de mitigar sus consecuencias”, o les pedimos perdón muchachos por haberlos traído hasta acá y haberlos dejado a suerte y verdad, libres pero sin un mango en el bolsillo y pidiéndoles que se adaptaran a la fuerza a algo que ni siquiera sabemos si iba a gustarles y si era lo que ellos querían.
La verdad de la milanesa es que estos tipos están sufriendo porque como cualquier ser humano quieren volver a su casa, ver a sus familiares, vivir su cultura y hablar su idioma y seguir desarrollándose sin que ningún militar extranjero los capture y los detenga por años en un lugar sin juez que lo establezca y sin derecho alguno que los ampare.
Entonces, linda changa le deja el célebre Pepe Mujica al nuevo gobierno que entra el lunes que viene a mandar con todo, el que deberá establecer un protocolo de acción urgente, con un plan de seguimiento, de contención y de apoyo a estas personas a las que trajimos como nuestros huéspedes y a las que al día siguiente de tenerlas en casa, les dijimos algo así como ¿qué están haciendo acá?

Los tiraron por acá nomás con la complacencia del presidente, quien asumió traérselos como si fueran una encomienda de la tía que nos llega desde lejos, cuando en la amistosa charla que mostró con su par del Norte, el premio nóbel con minúscula y a su vez señor de la guerra, Barack Obama le dijo amén y prometió traerlos. Pero el tema es que de ellos no se encarga nadie y ahora reclaman,responsable poniéndose en la fila de todos los que lo hacen en este país, pidiendo que alguien les dé bolilla, ya que si aceptamos ser sus anfitriones, tratémosle como huéspedes.

Pero no, acá por el contrario, los trajimos, los tiramos como bolsas de papas y se los dimos al PIT CNT que tiene menos experiencia en brindar contención y apoyo emocional a personas con conflictos emocionales que yo jugando al handball. Hay que dejar algo en claro, los tipos son sindicalistas, no son psicólogos, ni asesores en recuperación de vidas que de personas que pasaron presas la mitad de ella y encima les imponen reinsertarse en un país que parece otro planeta comparado con el suyo y con una cultura diametralmente opuesta a la que les enseñaron desde que nacieron.

Es como que soltáramos a un preso de la cárcel de Salto en Yemén y le digamos que al otro día consiga trabajo, se alquile una casa y se maneje por cuenta propia para salir adelante porque ahí todo el que trabaja (¿¿¿???) le va bien, sale adelante y crece, porque el Estado lo ayuda (juaaa), perdón, se me escapó. Y encima le mandamos a unos tipos que son los “delegados” de los “trabajadores” que los van a asesorar en cómo reacomodar su vida para desarrollarse como personas y salir adelante, porque lo que hicieron con los exGuantánamo fue algo parecido.

Claro, al principio pensaron en inmolarse, pero después trataron de acostumbrares y no sabían si quedarse con los carceleros que tenían cuando estaban en la prisión estadounidense que tortura en suelo cubano (parece un chiste, pero ahora con el cambio de la política entre ambos países los norteamericanos ya no solo van a poder abusar de extranjeros en suelo cubano sino que además van a poder torturar cubanos también con todas sus porquerías comerciales) o si soportar a los del PIT CNT hablándoles todo el día, verdes de tanto mate de Fidel Castro, del Ché Guevara y del imperialismo, siendo mucho más primitivos que ellos, porque pese a vivir en ciudades constantemente bombardeadas, los exGuantánamo la tienen clara y saben qué puntos calzan estos que les mandaron para hacer de sus custodias, por eso ya no los quieren ver ni en foto.

Pero yendo al grano, ellos pensaron que Uruguay era un país serio y organizado. Porque así lo definió la revista británica The Economist, pero lo que pasa que a esa calificación, la dio un cronista que se dedica al tema desde Londres, sentado en una silla mirando el Big Ben, porque para darle tanto puntaje al paisito, el tipo no vino acá ni en joda, lo más cerca que estuvo del Uruguay fue cuando visitó Las Faulcklands que los argentinos llaman Malvinas.

El reportero hizo un par de llamadas, vaya a saber uno a quién y qué cosa le dijeron, quedó contento, compró la estampita de que Mujica es el presidente más pobre, más bueno y más audaz del continente y lanzó eso de que el Uruguay era un país clase A, entonces cuando para sacarse de encima el clavo que le dejó Bush el premio nóbel le pidió que aceptara traerse media docena de los presuntos terroristas el acierto fue decirle que sí, pero el error fue no hacer un plan para recibirlos y tenerlos así como a la que te criaste.

La situación la dejó expuesta uno de los exreclusos, de origen sirio, cuando viajó a Buenos Aires para pedir que el sordo y vergonzoso gobierno de la CFK (como le gusta llamarse a la doña, emulando a JFK) donde dejó en claro que si bien el gobierno uruguayo los tiene a salvo en este país, les ha dado las condiciones mínimas e indispensables para vivir, ya que no tiene un plan con respecto a ellos y tampoco les ofreció la ayuda psicológica para que muchos de ellos, tengan una rehabilitación plena y una reinserción clara en un país cuya cultura desconocen en todo sentido y cuyas costumbres ni siquiera comparten.

¿Estarán de acuerdo estos buenos muchachos, como se los ha dado a conocer, en tener que faenar una oveja para comérsela en un asado? ¿Estarán de acuerdo con la doctrina de izquierda que pregona el PIT CNT y sus encumbrados representantes que tanto saben de la historia de Oriente Medio como yo de chino mandarín? ¿Querrán quedarse a vivir en un país del cual nada saben y solo atinan a pensar que lo que está haciendo al recibirlos es un mandado enorme al país que los encarceló y los dio por muertos ante sus familiares?

Yo sé que es volver al principio y ponernos a debatir si está bien o mal que vengan o no los presuntos yihadistas, pero no es eso lo que me interesa ahora, sino que el tema es ¿para qué los trajimos?, ¿qué bien les estamos haciendo?, es decir, ¿qué les estamos ofreciendo? Absolutamente nada, queremos que se convenzan de que en nuestro país estarán mucho mejor que en el de ellos, porque allá hay guerra constante y los gringos que amagan y amagan desde que le dieron el premio nóbel a Mr. President, todavía no se fueron de sus países, siguen siendo la fuerza invasora de siempre, hasta que no les chupen todo el petróleo no se van a ir y por eso tampoco los quieren de vuelta a ellos por allá y nos los tiran por acá, para que molesten, porque mire si a uno de estos exreclusos de Guantánamo se les da por volver a su país de origen y se encuentra en la calle con los mismos soldados que los tuvieron bajo tortura todos estos años. ¡Mamita la que se arma! Van a querer tirarles piedras por decir lo menos, cuando no, sus familiares van a querer hacer justicia por mano propia y pasarse un par de gringos para la olla, por decir lo más o menos.

Entonces en ese aspecto, a ellos los dejaron acá por pedido del nóbel de la paz, pero tal como se llama el programa de Pablo Ferreira Pintos por Ozono FM ¿Y ahora qué hacemos? Porque a la media docena de presuntos terroristas ya los tenemos acá y algo tenemos que hacer con ellos. O nos volvemos ciudadanos del mundo civilizado y buscamos ser un país serio y organizado, que trajo extranjeros, que acogió a “víctimas injustas” de la guerra contra el terrorismo (que es una gran farsa porque solo buscan sacarles petróleo) y hacemos un plan en serio porque lo que buscamos es hacer lo que dijo Mujica en CNN “si no podemos evitar la guerra, por lo menos tratamos de mitigar sus consecuencias”, o les pedimos perdón muchachos por haberlos traído hasta acá y haberlos dejado a suerte y verdad, libres pero sin un mango en el bolsillo y pidiéndoles que se adaptaran a la fuerza a algo que ni siquiera sabemos si iba a gustarles y si era lo que ellos querían.

La verdad de la milanesa es que estos tipos están sufriendo porque como cualquier ser humano quieren volver a su casa, ver a sus familiares, vivir su cultura y hablar su idioma y seguir desarrollándose sin que ningún militar extranjero los capture y los detenga por años en un lugar sin juez que lo establezca y sin derecho alguno que los ampare.

Entonces, linda changa le deja el célebre Pepe Mujica al nuevo gobierno que entra el lunes que viene a mandar con todo, el que deberá establecer un protocolo de acción urgente, con un plan de seguimiento, de contención y de apoyo a estas personas a las que trajimos como nuestros huéspedes y a las que al día siguiente de tenerlas en casa, les dijimos algo así como ¿qué están haciendo acá?

Hugo Lemos

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Que la población les exija

La población necesita protección, pero lo precisa porque antes que nada quiere de una vez por todas que la entiendan, que la comprendan, que la tengan en cuenta a la hora de decidir los aspectos que  buscan cambiarle la vida. Para eso no solo necesita que se hagan leyes, que muchas veces llegan a ser apenas una letra fría plasmadas en un papel que una vez vigentes, no saben ni cómo aplicarlas, porque hasta pasan a ser injustas y termina siendo peor el remedio que la enfermedad.
Aunque lo que precisa la gente, es que haya personas que estén en lugares claves, donde tengan poder de decisión y que puedan ayudar a construir soluciones para toda la sociedad. Empezando, desde mi punto de vista con las personas más vulnerables de nuestra población y no al revés, porque si lo hacemos así, alargaremos más el sufrimiento de quienes menos tienen y lejos estaremos de edificar soluciones como anunció ayer el nuevo presidente de la Cámara de Diputados, que hizo un discurso muy bonito, propio de quien le gusta ser el orador de las asambleas y hacer poca cosa en concreto, porque en resumen, solo dijo algunas cosas de las que la gente quiere oír, pero no anunció nada de nada y eso ya preocupa.
La primera vez que entré al Palacio Legislativo tenía 16 años, fui con un amigo que hoy es abogado y político, pero que entonces solamente era mi compañero en el gremio del Liceo, la ya desaparecida Asociación Estudiantil Osimani y Llerena (AEOLL) que tuve el honor de presidir durante mi ferviente y pasional adolescencia, donde la política no me era indiferente y mucho menos los problemas que ya presentaba el sistema educativo.
Esa vez estábamos representando a Salto en un congreso de estudiantes liceales y decidimos ir a ver ese lugar donde los que trabajaban ahí, pasaban por cierto protagonismo y hasta idolatría por parte de la población en las épocas electorales y luego eran los responsables de hacer las leyes que nos regían a todos, lo que generaba durante el desarrollo de su labor como parlamentarios el rechazo o el aplauso de la población, aunque lo primero primaba al menos por aquellos tiempos.
Aunque mucha gente, por lo general cuestiona a los jueces o a la Policía cuando en el momento de ser víctimas de un hecho delictivo, el sistema no le brinda las respuestas que tendría que darles, pese incluso a la existencia de una ley Nº17.897, que contempla la creación de un centro para la atención a las víctimas del delito, algo que el Estado no ha reglamentado ni ha concretado nunca, lo que se traduce como una muestra de la ineficacia de lo que puede llegar a ser el parlamento después de tanta cháchara, al no exigir el fiel cumplimiento de lo que establezca una ley.
En realidad, los responsables de que las leyes le den respuesta o no a la sociedad, son los que las hacen, y quienes las hacen son los diputados y los senadores que ayer asumieron un nuevo período legislativo por los próximos 5 años y a ellos los elegimos nosotros mismos, cuando en el mes de octubre venían todos los políticos a ofrecernos listas de todo tipo y color para que los “apoyemos” algo que después debe admitir reclamo, porque de lo contrario nosotros somos tan responsables como ellos por las acciones y omisiones que se lleven a cabo, generando situaciones negativas para el conjunto de la población.
Es buena cosa para la democracia que asuman los representantes del pueblo y que ese evento se concrete, porque significa que la voluntad de la gente se ve plasmada en estos 130 nombres que se completarán el 1º de marzo cuando asuma la presidencia del Senado, el próximo vicepresidente de la República, Raúl Sendic. Pero eso no es todo, porque lejos de completarnos y de hacernos sentir seguros, esos 130 nombres tendrán que actuar e interactuar con la población de una manera más constante y más sencilla. Deberán salir a la calle y hablar con la gente, sin importar el orden, si lo hacen con los más ricos primero y con los más pobres después, o viceversa, pero que nos debemos un debate cara a cara con quienes ya los hemos elegido, eso es de cajón, porque para que ellos parlamenten, nosotros precisamos decirles de qué tienen que parlamentar y no esperar sentados a que tomen las decisiones por nosotros, las cuales muchas veces están lejos de impactar en nuestras vidas, al menos de la manera que esperamos.
Si bien el parlamento en la última legislatura aprobó las leyes liberales más impactantes de la historia uruguaya, para la sociedad conservadora en la que aún vivimos, el hecho de haber generado la habilitación a los cambios sociales es algo que en cierta medida le da una señal a la población de que trabajan en base a las transformaciones que propuso realizar el partido de gobierno, y eso, lejos del mareo político de las idas y venidas y de que el propio José Mujica le dijera al programa español “Salvados”, que durante su mandato no hizo ni el 30 por ciento de las cosas que esperaba, logró que el parlamento fuera el brazo legal de las cosas que él pensaba y que si bien no dijo durante la campaña, había dejado entrever que las llevaría adelante.
Eso puede llegar a significar que el nuevo parlamento sea nuevamente, con las mayorías parlamentaria a cuestas, el nuevo brazo legal del gobierno de turno, que espera tener eco en sus propuestas en los legisladores. Y eso puede llegar a ser positivo, si las leyes que se voten son integrales para toda la sociedad, de lo contrario pueden llegar a ser muy negativas. Pero de todos modos, deben generar una alerta importante para la población, porque los nuevos legisladores no deben convertirse en dirigentes políticos cuando van a cumplir su labor parlamentaria, sino que deben seguir siendo los representantes del pueblo, porque a ellos les pidieron los votos y en base a lo que diga la gente y a lo que ésta necesite, es que deben actuar, no respondiendo a los intereses partidarios, como comúnmente actúan.
Ayer comenzó una nueva etapa para los hacedores de las leyes que son las que nos rigen. A mi me pasó pasar de la admiración, en aquella instancia en que visité por primera vez al parlamento en el año 1995, al enojo contra éstos como cuando participé de las manifestaciones estudiantiles, ya como dirigente de las agrupaciones universitarias, en los años 2000 y 2002, cuando nuestra Universidad de la República se caía a pedazos por la permisividad de un parlamento entonces servil a intereses totalmente alejados a las necesidades del pueblo.
En los últimos tiempos, el parlamento tuvo idas y venidas, votó leyes positivas para el conjunto de la población y otras no tanto, que solamente fueron para cumplir con los mandatos de la Torre Ejecutiva. Esperamos que en esta nueva etapa, tanto los legisladores salteños, como los que no lo son piensen en el conjunto de la población, en esa a la que piden el voto cada cinco años y con la que sacan muchas fotos a la hora de abrir una campaña electoral, las mismas fotos que después se borran y que a la hora de actuar, ya no aparecen en el facebook del candidato. Por eso más que nunca ojalá que la población tenga memoria, esté atenta y les exija.

La población necesita protección, pero lo precisa porque antes que nada quiere de una vez por todas que la entiendan, que la comprendan, que la tengan en cuenta a la hora de decidir los aspectos que  buscan cambiarle la vida. Para eso no solo necesita que se hagan leyes, que muchas veces llegan a ser apenas una letra fría plasmadas en un papel que una vez vigentes, no saben ni cómo aplicarlas, porque hasta pasan a ser injustas y termina siendo peor el remedio que la enfermedad.

Aunque lo que precisa la gente, es que haya personas que estén en lugares claves, donde tengan poder de decisión y que puedanpoliticos ayudar a construir soluciones para toda la sociedad. Empezando, desde mi punto de vista con las personas más vulnerables de nuestra población y no al revés, porque si lo hacemos así, alargaremos más el sufrimiento de quienes menos tienen y lejos estaremos de edificar soluciones como anunció ayer el nuevo presidente de la Cámara de Diputados, que hizo un discurso muy bonito, propio de quien le gusta ser el orador de las asambleas y hacer poca cosa en concreto, porque en resumen, solo dijo algunas cosas de las que la gente quiere oír, pero no anunció nada de nada y eso ya preocupa.

La primera vez que entré al Palacio Legislativo tenía 16 años, fui con un amigo que hoy es abogado y político, pero que entonces solamente era mi compañero en el gremio del Liceo, la ya desaparecida Asociación Estudiantil Osimani y Llerena (AEOLL) que tuve el honor de presidir durante mi ferviente y pasional adolescencia, donde la política no me era indiferente y mucho menos los problemas que ya presentaba el sistema educativo.

Esa vez estábamos representando a Salto en un congreso de estudiantes liceales y decidimos ir a ver ese lugar donde los que trabajaban ahí, pasaban por cierto protagonismo y hasta idolatría por parte de la población en las épocas electorales y luego eran los responsables de hacer las leyes que nos regían a todos, lo que generaba durante el desarrollo de su labor como parlamentarios el rechazo o el aplauso de la población, aunque lo primero primaba al menos por aquellos tiempos.

Aunque mucha gente, por lo general cuestiona a los jueces o a la Policía cuando en el momento de ser víctimas de un hecho delictivo, el sistema no le brinda las respuestas que tendría que darles, pese incluso a la existencia de una ley Nº17.897, que contempla la creación de un centro para la atención a las víctimas del delito, algo que el Estado no ha reglamentado ni ha concretado nunca, lo que se traduce como una muestra de la ineficacia de lo que puede llegar a ser el parlamento después de tanta cháchara, al no exigir el fiel cumplimiento de lo que establezca una ley.

En realidad, los responsables de que las leyes le den respuesta o no a la sociedad, son los que las hacen, y quienes las hacen son los diputados y los senadores que ayer asumieron un nuevo período legislativo por los próximos 5 años y a ellos los elegimos nosotros mismos, cuando en el mes de octubre venían todos los políticos a ofrecernos listas de todo tipo y color para que los “apoyemos” algo que después debe admitir reclamo, porque de lo contrario nosotros somos tan responsables como ellos por las acciones y omisiones que se lleven a cabo, generando situaciones negativas para el conjunto de la población.

Es buena cosa para la democracia que asuman los representantes del pueblo y que ese evento se concrete, porque significa que la voluntad de la gente se ve plasmada en estos 130 nombres que se completarán el 1º de marzo cuando asuma la presidencia del Senado, el próximo vicepresidente de la República, Raúl Sendic. Pero eso no es todo, porque lejos de completarnos y de hacernos sentir seguros, esos 130 nombres tendrán que actuar e interactuar con la población de una manera más constante y más sencilla. Deberán salir a la calle y hablar con la gente, sin importar el orden, si lo hacen con los más ricos primero y con los más pobres después, o viceversa, pero que nos debemos un debate cara a cara con quienes ya los hemos elegido, eso es de cajón, porque para que ellos parlamenten, nosotros precisamos decirles de qué tienen que parlamentar y no esperar sentados a que tomen las decisiones por nosotros, las cuales muchas veces están lejos de impactar en nuestras vidas, al menos de la manera que esperamos.

Si bien el parlamento en la última legislatura aprobó las leyes liberales más impactantes de la historia uruguaya, para la sociedad conservadora en la que aún vivimos, el hecho de haber generado la habilitación a los cambios sociales es algo que en cierta medida le da una señal a la población de que trabajan en base a las transformaciones que propuso realizar el partido de gobierno, y eso, lejos del mareo político de las idas y venidas y de que el propio José Mujica le dijera al programa español “Salvados”, que durante su mandato no hizo ni el 30 por ciento de las cosas que esperaba, logró que el parlamento fuera el brazo legal de las cosas que él pensaba y que si bien no dijo durante la campaña, había dejado entrever que las llevaría adelante.

Eso puede llegar a significar que el nuevo parlamento sea nuevamente, con las mayorías parlamentaria a cuestas, el nuevo brazo legal del gobierno de turno, que espera tener eco en sus propuestas en los legisladores. Y eso puede llegar a ser positivo, si las leyes que se voten son integrales para toda la sociedad, de lo contrario pueden llegar a ser muy negativas. Pero de todos modos, deben generar una alerta importante para la población, porque los nuevos legisladores no deben convertirse en dirigentes políticos cuando van a cumplir su labor parlamentaria, sino que deben seguir siendo los representantes del pueblo, porque a ellos les pidieron los votos y en base a lo que diga la gente y a lo que ésta necesite, es que deben actuar, no respondiendo a los intereses partidarios, como comúnmente actúan.

Ayer comenzó una nueva etapa para los hacedores de las leyes que son las que nos rigen. A mi me pasó pasar de la admiración, en aquella instancia en que visité por primera vez al parlamento en el año 1995, al enojo contra éstos como cuando participé de las manifestaciones estudiantiles, ya como dirigente de las agrupaciones universitarias, en los años 2000 y 2002, cuando nuestra Universidad de la República se caía a pedazos por la permisividad de un parlamento entonces servil a intereses totalmente alejados a las necesidades del pueblo.

En los últimos tiempos, el parlamento tuvo idas y venidas, votó leyes positivas para el conjunto de la población y otras no tanto, que solamente fueron para cumplir con los mandatos de la Torre Ejecutiva. Esperamos que en esta nueva etapa, tanto los legisladores salteños, como los que no lo son piensen en el conjunto de la población, en esa a la que piden el voto cada cinco años y con la que sacan muchas fotos a la hora de abrir una campaña electoral, las mismas fotos que después se borran y que a la hora de actuar, ya no aparecen en el facebook del candidato. Por eso más que nunca ojalá que la población tenga memoria, esté atenta y les exija.

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Argentina es inconcebible

Lo de Argentina es inconcebible. El país se cae a pedazos por la magnitud de la corrupción que existe en esas tierras, o al menos eso es lo que mejor venden los argentinos hacia afuera. A la escasa transparencia que tienen las instituciones y a las malas acciones del gobierno que lejos de mejorar la imagen del país lo embarran más, se le suman las despóticas actitudes de sus autoridades, conductas que en cualquier país serio habrían promovido rápidamente su alejamiento del cargo, pero eso al parecer no es lo que sucede en Argentina, allí parece que todo vale y que aún puede haber cosas peores.

Quizás una de las imágenes más elocuentes de lo poco y nada que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), ofrece garantías a sus habitantes, fue la muerte del fiscal Nisman, algo que es insólito y que encima a varios días de haber ocurrido, lo más impresentable es que quieran disfrazarlo con un manto de oscurantismo diciendo que fue un ¿suicidio?, teoría más que improbable, porque si así fuera eso demostraría que el que estaba realmente mal de la cabeza y era el peor de todos, era el propio Nisman.

Porque mire si alguien después de haber investigado por 730 días (dos años enteros) el caso de la AMIA, donde 20 años después de haber ocurrido nadie sabe aún quién o quiénes fueron (algo que habla de poca seriedad e importancia que el gobierno argentino le ha dado al tema), si alguien después de hacer tanto aspaviento yendo a cuánto programa de televisión existe en la capital de ese país para hablar del tema, polemizar, analizar, ser presionado por sus propios jefes, políticos y de los otros, va a terminar pegándose un tiro justo el día en el que esa investigación podía empezar a dar sus primeros resultados. No se lo cree nadie.

Por más que se haya arrepentido de haber largado un dato antes de tiempo, por más que haya recibido amenazas contra su vida (algo que quedó probado en todo este tiempo que eso no fue escollo para seguir adelante con su investigación), por más que se arrepintiera de todo lo que había hecho hasta ahora, nunca le va a cerrar a nadie que el fiscal argentino se haya pegado un tiro y dejado en ascuas toda una monstruosa investigación que demandó mucho tiempo de su vida particular, profesional, familiar y todo lo que eso implica.

Cuando un hecho de esta naturaleza ocurre, siempre el sospechoso va a ser quien resulta ser el acusado de la investigación, porque es el único que puede terminar perjudicado por el resultado de la misma. En este caso, el sospechoso es el gobierno de Argentina, encabezado por la presidente de ese país, Cristina Fernández, ya que quienes resultaban como encubridores de supuesta información que podría ayudar para aclarar quiénes fueron los responsables del monstruoso atentado que sufrió la mutual judía en Argentina, era el gobierno.

Pero a la inflación desmedida que está viviendo el país por la inestabilidad económica determinada entre otros aspectos por la falta de confianza de la inversión extranjera en ese país, además del endeudamiento contraído por el gobierno y el default técnico en el que se encuentra, a las licitaciones poco claras que tienen a los amigos de la presidente y su difunto esposo como el principal responsable de contratos públicos poco claros y una inminente sospecha de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, se le suman ahora situaciones como la del fiscal Nisman que oscurecen aún más el entorno de la señora Fernández de Kirchner, quien lejos de asumir responsabilidad alguna por este ciudadano, funcionario público y fiscal de la República Argentina, quiso deslindarse todo el tiempo de la situación, en vez de asumir la responsabilidad que le corresponde por no garantizar como presidente de esa nación, la protección y la seguridad que todo Estado debe ejercer hacia sus ciudadanos.

Sin embargo, Cristina, como le gusta hacerse llamar por esa barra de militantes pagos pero bien huecos de ideologías como son sus seguidores de La Cámpora y de otros grupos menores, se hizo la víctima, se vistió de blanco y apareció en silla de ruedas, como para dar pena y hacerle creer al mundo que ella es una buena mujer y como si fuera uruguaya (Por suerte en algo le embocamos y no tiene nada que ver con nosotros), dijo públicamente que el problema es de los argentinos. Una actitud pésima, vergonzosa y lamentable.

Pero eso no es todo, como si fuera poco, esta semana que pasó, su jefe de gabinete, Jorge Capitanich, terminó demostrando cuán agresivos, intolerantes, irrespetuosos y arremetedores contra las libertades pueden ser los argentinos. El alto jerarca del gobierno se dio el lujo de romper en público páginas de uno de los periódicos más respetados del continente, como el diario Clarín, por no estar de acuerdo con la información que los mismos brindan. Y en vez de dar el ejemplo de que las instituciones en su propio país, son confiables y de que los argentinos pueden, en el caso de sentirse lesionados en su honor por una publicación de prensa, acudir a la justicia, decidió mostrar el más soberbio acto de despotismo rompiendo un artículo periodístico que hablaba sobre las (malas) acciones de su gobierno.

Capitanich hizo lo que los criminales yihadistas (porque ningún Dios pide que maten en su nombre, eso es una mentira grande como una casa, porque se contradice con el concepto de Dios mismo) le hicieron hace un mes al Charlie Hebdo, al querer acallar sus voces con la violencia, esta vez, a través de la apología del odio y el desprecio público, destrozando sus páginas ante la televisión y tildándolos de mentirosos. Si eso pasara en Uruguay, ese funcionario sería destituido al día siguiente, porque en un país que se precie de serio, esas cosas no ocurren.

Me da mucha pena por el pueblo argentino, la clase de personas que deben soportar en su gobierno, me da mucha lástima además que las libertades en ese país sean tan  avasalladas y que nadie responda por ello, que subrepticiamente el pueblo viva con la lupa del Gobierno y que cualquier intento de mostrar lo que el poder político hace en ese país sea castigado con la descalificación, el agravio, la venganza y el sometimiento al odio y al desprecio público por parte de las propias autoridades que justamente son las que se supone que deben hacer que eso no pase.

Entre tanto, en nuestro país observamos con detenimiento las cosas que hace un gobierno que tiene a un vicepresidente procesado y en funciones, algo que desborda la imagen de la corrupción misma, una presidente que tiene un patrimonio difícil de explicar y que aumentó en forma desmesurada durante su mandato y el de su extinto marido y que encima da un mensaje de desfachatez, como en su última visita a China donde le tomó el pelo a medio mundo a través de las redes sociales, generando así una imagen de despotismo, intolerancia y una carencia absoluta de buena imagen tanto para su gobierno como para sus gobernados. Ojalá el pueblo reaccione y cuando llegue el momento quiera algo mejor para su patria.

HUGO LEMOS

o de Argentina es inconcebible. El país se cae a pedazos por la magnitud de la corrupción que existe en esas tierras, o al menos eso es lo que mejor venden los argentinos hacia afuera. A la escasa transparencia que tienen las instituciones y a las malas acciones del gobierno que lejos de mejorar la imagen del país lo embarran más, se le suman las despóticas actitudes de sus autoridades, conductas que en cualquier país serio habrían promovido rápidamente su alejamiento del cargo, pero eso al parecer no es lo que sucede en Argentina, allí parece que todo vale y que aún puede haber cosas peores.
Quizás una de las imágenes más elocuentes de lo poco y nada que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), ofrece garantías a sus habitantes, fue la muerte del fiscal Nisman, algo que es insólito y que encima a varios días de haber ocurrido, lo más impresentable es que quieran disfrazarlo con un manto de oscurantismo diciendo que fue un ¿suicidio?, teoría más que improbable, porque si así fuera eso demostraría que el que estaba realmente mal de la cabeza y era el peor de todos, era el propio Nisman.
Porque mire si alguien después de haber investigado por 730 días (dos años enteros) el caso de la AMIA, donde 20 años después de haber ocurrido nadie sabe aún quién o quiénes fueron (algo que habla de poca seriedad e importancia que el gobierno argentino le ha dado al tema), si alguien después de hacer tanto aspaviento yendo a cuánto programa de televisión existe en la capital de ese país para hablar del tema, polemizar, analizar, ser presionado por sus propios jefes, políticos y de los otros, va a terminar pegándose un tiro justo el día en el que esa investigación podía empezar a dar sus primeros resultados. No se lo cree nadie.
Por más que se haya arrepentido de haber largado un dato antes de tiempo, por más que haya recibido amenazas contra su vida (algo que quedó probado en todo este tiempo que eso no fue escollo para seguir adelante con su investigación), por más que se arrepintiera de todo lo que había hecho hasta ahora, nunca le va a cerrar a nadie que el fiscal argentino se haya pegado un tiro y dejado en ascuas toda una monstruosa investigación que demandó mucho tiempo de su vida particular, profesional, familiar y todo lo que eso implica.
Cuando un hecho de esta naturaleza ocurre, siempre el sospechoso va a ser quien resulta ser el acusado de la investigación, porque es el único que puede terminar perjudicado por el resultado de la misma. En este caso, el sospechoso es el gobierno de Argentina, encabezado por la presidente de ese país, Cristina Fernández, ya que quienes resultaban como encubridores de supuesta información que podría ayudar para aclarar quiénes fueron los responsables del monstruoso atentado que sufrió la mutual judía en Argentina, era el gobierno.
Pero a la inflación desmedida que está viviendo el país por la inestabilidad económica determinada entre otros aspectos por la falta de confianza de la inversión extranjera en ese país, además del endeudamiento contraído por el gobierno y el default técnico en el que se encuentra, a las licitaciones poco claras que tienen a los amigos de la presidente y su difunto esposo como el principal responsable de contratos públicos poco claros y una inminente sospecha de enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, se le suman ahora situaciones como la del fiscal Nisman que oscurecen aún más el entorno de la señora Fernández de Kirchner, quien lejos de asumir responsabilidad alguna por este ciudadano, funcionario público y fiscal de la República Argentina, quiso deslindarse todo el tiempo de la situación, en vez de asumir la responsabilidad que le corresponde por no garantizar como presidente de esa nación, la protección y la seguridad que todo Estado debe ejercer hacia sus ciudadanos.
Sin embargo, Cristina, como le gusta hacerse llamar por esa barra de militantes pagos pero bien huecos de ideologías como son sus seguidores de La Cámpora y de otros grupos menores, se hizo la víctima, se vistió de blanco y apareció en silla de ruedas, como para dar pena y hacerle creer al mundo que ella es una buena mujer y como si fuera uruguaya (Por suerte en algo le embocamos y no tiene nada que ver con nosotros), dijo públicamente que el problema es de los argentinos. Una actitud pésima, vergonzosa y lamentable.
Pero eso no es todo, como si fuera poco, esta semana que pasó, su jefe de gabinete, Jorge Capitanich, terminó demostrando cuán agresivos, intolerantes, irrespetuosos y arremetedores contra las libertades pueden ser los argentinos. El alto jerarca del gobierno se dio el lujo de romper en público páginas de uno de los periódicos más respetados del continente, como el diario Clarín, por no estar de acuerdo con la información que los mismos brindan. Y en vez de dar el ejemplo de que las instituciones en su propio país, son confiables y de que los argentinos pueden, en el caso de sentirse lesionados en su honor por una publicación de prensa, acudir a la justicia, decidió mostrar el más soberbio acto de despotismo rompiendo un artículo periodístico que hablaba sobre las (malas) acciones de su gobierno.
Capitanich hizo lo que los criminales yihadistas (porque ningún Dios pide que maten en su nombre, eso es una mentira grande como una casa, porque se contradice con el concepto de Dios mismo) le hicieron hace un mes al Charlie Hebdo, al querer acallar sus voces con la violencia, esta vez, a través de la apología del odio y el desprecio público, destrozando sus páginas ante la televisión y tildándolos de mentirosos. Si eso pasara en Uruguay, ese funcionario sería destituido al día siguiente, porque en un país que se precie de serio, esas cosas no ocurren.
Me da mucha pena por el pueblo argentino, la clase de personas que deben soportar en su gobierno, me da mucha lástima además que las libertades en ese país sean tan  avasalladas y que nadie responda por ello, que subrepticiamente el pueblo viva con la lupa del Gobierno y que cualquier intento de mostrar lo que el poder político hace en ese país sea castigado con la descalificación, el agravio, la venganza y el sometimiento al odio y al desprecio público por parte de las propias autoridades que justamente son las que se supone que deben hacer que eso no pase.
Entre tanto, en nuestro país observamos con detenimiento las cosas que hace un gobierno que tiene a un vicepresidente procesado y en funciones, algo que desborda la imagen de la corrupción misma, una presidente que tiene un patrimonio difícil de explicar y que aumentó en forma desmesurada durante su mandato y el de su extinto marido y que encima da un mensaje de desfachatez, como en su última visita a China donde le tomó el pelo a medio mundo a través de las redes sociales, generando así una imagen de despotismo, intolerancia y una carencia absoluta de buena imagen tanto para su gobierno como para sus gobernados. Ojalá el pueblo reaccione y cuando llegue el momento quiera algo mejor para su patria.

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En estos 15 años

Hacía calor esa tardecita y yo preparaba un examen del primer año de la Facultad de Derecho, cuando me llamaron por teléfono y me ofrecieron hacer una suerte de prueba en la plantilla de Redacción de este diario. Era el 2 de febrero del año 2000 y en Salto se vivía un verano caliente y distinto. Caliente porque fue uno de los más calurosos que recuerde, pero también distinto porque entre otras cosas, un día como hoy pero hace quince años, comenzaba a hacer mis primeras armas en lo que se convertiría luego en una de las grandes pasiones de mi vida, el periodismo.
Si bien mis conocimientos en la materia no eran muchos, mi formación como estudiante y gremialista del sector, me llevaban a interiorizarme de muchos temas de la vida política, sobre todo de los principales que ocurrían a nivel del país, aunque no tanto los que pasaban en mi ciudad. Si bien sabía quiénes eran los gobernantes de turno y cómo venían haciendo más o menos las cosas, no estaba tan al tanto de lo que ocurría, pero sabía que era cuestión de tiempo para tomar conocimiento de las cosas.
Recuerdo a muchos compañeros que ya no están en las oficinas del diario, a tantos otros que han pasado y cargo además con un sinfín de anécdotas en una mochila, a la que estoy seguro que aún le entran muchas más. Desde el querido fotógrafo Emeris Arregín, quien hacía las veces de jefe, Juan José Aramburu (con quien aún nos vemos en alguna rueda de prensa), Fernando Alonso y a quien considero que me formó en mis primeras herramientas en la labor periodística, Raúl Oxandabarat con quien además comparto hoy el padrinazgo de la gran felicidad de mi vida, mi hijo Felipe y una serie de otros compañeros como Daniel, el Cuchu, Javier, el Ruso con quien hemos tenido de todo pero por lo menos tenemos qué decirnos, Carlitos Díaz y varios más que ya no están acá, pero sí en otros medios y nos vemos seguido, manteniendo, creo yo, el respeto por lo que cada uno hace; además del recuerdo para el querido Juan Miguel Ambrosoni (Juancho), de quien guardo el mejor de los recuerdos y su ausencia siempre es presencia en mi memoria.
Un capítulo aparte merecen Víctor Hugo Flores, “el Comisario”, el Gran Profe José Luis Guarino, Ricardo Lorenzelli, y el Pajarito Flores, un grande entre los grandes. Incluso, un gran recuerdo, más allá del trato cordial y de sumo respeto, con Walter Martínez, a quien conocí un tiempo después de que ingresé al diario, pero en quien siempre encontré su afabilidad y una sonrisa amable y hasta de aliento podría decirse.
El resto de quienes deben soportarme a diario no es necesario nombrarlos porque están conmigo, en mi mente y en mis corazones en cada jornada. Aquí, en este recinto he aprendido a vivir la vida que conozco, la que llevo conmigo, la que sé hacer y la que espero no dejar de hacer nunca, no se si en este mismo lugar, pero seguramente si debo hacer mis valijas algún día, ellos no dejarán de estar nunca porque son mi segunda familia y es esta mi segunda casa, ya que aquí llevo viniendo todos los días desde hace 15 años de mis casi 36 de vida, por lo que al menos he pasado una buena parte con el diario en mi cotidianeidad.
A lo largo de este tiempo me ha pasado de todo. Alegrías y tristezas, emociones y desencantos, pero sobre todo, he vivido una aventura de la que tengo el honor de escribir sus páginas (valga la redundancia porque de hecho para ello me pagan un sueldo) y de ser uno de sus protagonistas, dijera el Gran Chito Silva, desde el hacer y desde el querer. Estando en el diario he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas y personalidades, vidas, micromundos en los cuales no habría podido entrar y ser parte de ellos sino es por esta labor que he abrazado como una de las características de mi personalidad.
Estando aquí conocí a muchos amigos que me han acompañado a lo largo de este periplo, también conocí a mi mujer, con quien me casé y tuve un hermoso regalo que me dio la vida, un milagro de esos que son mágicos y que te cambian para siempre, pero del cual no podría escribir mucho más porque no tengo palabras para describir la emoción que me embarga el solo hecho de tenerlo presente, que se llama Felipe Benjamín, el ser que me inauguró en la categoría de “Papá”. Aquí aún sigo estudiando, todos los días, abogacía también, porque algún día, espero sea pronto para pasar a una nueva etapa, me reciba de una vez por todas y cumpla con una de las grandes pasiones de mi vida que siempre fue ejercer una profesión de defensa de la libertad y de los derechos de las personas, pero también estudio para aprender de la vida, así como a lo largo de estos años he tenido la oportunidad de formarme en periodismo con grandes maestros en Montevideo, con la finalidad última de hacer mejor mi trabajo y brindárselo al lector, también me he formado en cada charla que tengo con la gente y con cada entrevista, sea con quien sea, porque siempre pienso que estamos en este mundo para aprender y que de todas las personas con las que tenemos la oportunidad de encontrarnos en la vida, siempre nos queda algo que nos marcará de alguna manera.
Aquí he vivo experiencias múltiples todos los días y he visto e interpretado con mis propios ojos la realidad en la que vivimos. Hubo épocas bien complejas, como la de los primeros años en los que trabajaba en periodismo, donde una crisis económica me separó algunos meses de este asunto, pero considero que aún así, nunca me alejó de casa.
Siempre recuerdo que una de las primeras notas que tuve que hacer, fue concurrir a un asentamiento en el barrio Belo Horizonte a escuchar a los vecinos que entonces planteaban muchas de las cosas que les estaban pasando. Todavía siento aquel aire enrarecido que me impactó, al ver las caras de la angustia y la desesperanza, a los niños que en su feliz inocencia no entendían nada de lo que les estaba pasando, pero seguramente, aquellos pequeños cuerpitos hoy son seguramente adolescentes, los que desde entonces hasta ahora han cargado con los clavos de una cruz que heredaron de un sistema que los condenó al ostracismo, sin que ellos la merecieran y aún así, luego, la sociedad les siguió exigiendo que entre el barro y las aguas servidas, crecieran hombres y mujeres de bien, con educación, respeto, valores y tolerancia por la vida de los demás. Algo harto difícil pero de lo que todavía no entendemos y seguimos cargando sus alforjas, sin darnos cuenta que con ellos la piola reventó hace rato.
Situaciones que lamentablemente hoy siguen ocurriendo, pese a que al gobierno le ha ido bien en los últimos diez años, donde la economía ha crecido y donde los números dan perfectamente como para cortar de raíz con este tema. Sin embargo, pateamos la pelota para adelante y dejamos de lado el compromiso con las cosas que realmente importan, como es el bienestar de la gente.
Y este tipo de comentarios, en este mismo espacio, cada lunes, de los que se cumplieron este mes de enero los primeros 10 años, no llevo la cuenta cuántas veces hablé de la vida, de los problemas, de las alegrías, de lo que le pasaba a usted, a mi, al vecino y al resto del mundo, pero seguramente fueron más de 500 veces y eso también se lleva en el alma, más allá del regaño de algún lector bien pensante y de la queja de algún lamebotas que siempre hubo y habrá, porque deben existir para que los califiquemos y sepamos que esa categoría existe.
Hoy agradezco que tengo la oportunidad de volver a entrar por esta puerta y verlos a todos, porque dentro de todo, este diario me ha mostrado una vocación que estaba latente pero que no se había exteriorizado hasta que se presentó la oportunidad para hacerlo, y dentro de todo, éste es un buen lugar para expresar lo que uno siente y en estos 15 años, vaya si hubo cosas que decir, aunque hoy brindo por las cosas que aún están por decirse.

Hacía calor esa tardecita y yo preparaba un examen del primer año de la Facultad de Derecho, cuando me llamaron por teléfono y me ofrecieron hacer una suerte de prueba en la plantilla de Redacción de este diario. Era el 2 de febrero del año 2000 y en Salto selibertadvivía un verano caliente y distinto. Caliente porque fue uno de los más calurosos que recuerde, pero también distinto porque entre otras cosas, un día como hoy pero hace quince años, comenzaba a hacer mis primeras armas en lo que se convertiría luego en una de las grandes pasiones de mi vida, el periodismo.

Si bien mis conocimientos en la materia no eran muchos, mi formación como estudiante y gremialista del sector, me llevaban a interiorizarme de muchos temas de la vida política, sobre todo de los principales que ocurrían a nivel del país, aunque no tanto los que pasaban en mi ciudad. Si bien sabía quiénes eran los gobernantes de turno y cómo venían haciendo más o menos las cosas, no estaba tan al tanto de lo que ocurría, pero sabía que era cuestión de tiempo para tomar conocimiento de las cosas.

Recuerdo a muchos compañeros que ya no están en las oficinas del diario, a tantos otros que han pasado y cargo además con un sinfín de anécdotas en una mochila, a la que estoy seguro que aún le entran muchas más. Desde el querido fotógrafo Emeris Arregín, quien hacía las veces de jefe, Juan José Aramburu (con quien aún nos vemos en alguna rueda de prensa), Fernando Alonso y a quien considero que me formó en mis primeras herramientas en la labor periodística, Raúl Oxandabarat con quien además comparto hoy el padrinazgo de la gran felicidad de mi vida, mi hijo Felipe y una serie de otros compañeros como Daniel, el Cuchu, Javier, el Ruso con quien hemos tenido de todo pero por lo menos tenemos qué decirnos, Carlitos Díaz y varios más que ya no están acá, pero sí en otros medios y nos vemos seguido, manteniendo, creo yo, el respeto por lo que cada uno hace; además del recuerdo para el querido Juan Miguel Ambrosoni (Juancho), de quien guardo el mejor de los recuerdos y su ausencia siempre es presencia en mi memoria.

Un capítulo aparte merecen Víctor Hugo Flores, “el Comisario”, el Gran Profe José Luis Guarino, Ricardo Lorenzelli, y el Pajarito Flores, un grande entre los grandes. Incluso, un gran recuerdo, más allá del trato cordial y de sumo respeto, con Walter Martínez, a quien conocí un tiempo después de que ingresé al diario, pero en quien siempre encontré su afabilidad y una sonrisa amable y hasta de aliento podría decirse.

El resto de quienes deben soportarme a diario no es necesario nombrarlos porque están conmigo, en mi mente y en mis corazones en cada jornada. Aquí, en este recinto he aprendido a vivir la vida que conozco, la que llevo conmigo, la que sé hacer y la que espero no dejar de hacer nunca, no se si en este mismo lugar, pero seguramente si debo hacer mis valijas algún día, ellos no dejarán de estar nunca porque son mi segunda familia y es esta mi segunda casa, ya que aquí llevo viniendo todos los días desde hace 15 años de mis casi 36 de vida, por lo que al menos he pasado una buena parte con el diario en mi cotidianeidad.

A lo largo de este tiempo me ha pasado de todo. Alegrías y tristezas, emociones y desencantos, pero sobre todo, he vivido una aventura de la que tengo el honor de escribir sus páginas (valga la redundancia porque de hecho para ello me pagan un sueldo) y de ser uno de sus protagonistas, dijera el Gran Chito Silva, desde el hacer y desde el querer. Estando en el diario he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas y personalidades, vidas, micromundos en los cuales no habría podido entrar y ser parte de ellos sino es por esta labor que he abrazado como una de las características de mi personalidad.

Estando aquí conocí a muchos amigos que me han acompañado a lo largo de este periplo, también conocí a mi mujer, con quien me casé y tuve un hermoso regalo que me dio la vida, un milagro de esos que son mágicos y que te cambian para siempre, pero del cual no podría escribir mucho más porque no tengo palabras para describir la emoción que me embarga el solo hecho de tenerlo presente, que se llama Felipe Benjamín, el ser que me inauguró en la categoría de “Papá”. Aquí aún sigo estudiando, todos los días, abogacía también, porque algún día, espero sea pronto para pasar a una nueva etapa, me reciba de una vez por todas y cumpla con una de las grandes pasiones de mi vida que siempre fue ejercer una profesión de defensa de la libertad y de los derechos de las personas, pero también estudio para aprender de la vida, así como a lo largo de estos años he tenido la oportunidad de formarme en periodismo con grandes maestros en Montevideo, con la finalidad última de hacer mejor mi trabajo y brindárselo al lector, también me he formado en cada charla que tengo con la gente y con cada entrevista, sea con quien sea, porque siempre pienso que estamos en este mundo para aprender y que de todas las personas con las que tenemos la oportunidad de encontrarnos en la vida, siempre nos queda algo que nos marcará de alguna manera.

Aquí he vivo experiencias múltiples todos los días y he visto e interpretado con mis propios ojos la realidad en la que vivimos. Hubo épocas bien complejas, como la de los primeros años en los que trabajaba en periodismo, donde una crisis económica me separó algunos meses de este asunto, pero considero que aún así, nunca me alejó de casa.

Siempre recuerdo que una de las primeras notas que tuve que hacer, fue concurrir a un asentamiento en el barrio Belo Horizonte a escuchar a los vecinos que entonces planteaban muchas de las cosas que les estaban pasando. Todavía siento aquel aire enrarecido que me impactó, al ver las caras de la angustia y la desesperanza, a los niños que en su feliz inocencia no entendían nada de lo que les estaba pasando, pero seguramente, aquellos pequeños cuerpitos hoy son seguramente adolescentes, los que desde entonces hasta ahora han cargado con los clavos de una cruz que heredaron de un sistema que los condenó al ostracismo, sin que ellos la merecieran y aún así, luego, la sociedad les siguió exigiendo que entre el barro y las aguas servidas, crecieran hombres y mujeres de bien, con educación, respeto, valores y tolerancia por la vida de los demás. Algo harto difícil pero de lo que todavía no entendemos y seguimos cargando sus alforjas, sin darnos cuenta que con ellos la piola reventó hace rato.

Situaciones que lamentablemente hoy siguen ocurriendo, pese a que al gobierno le ha ido bien en los últimos diez años, donde la economía ha crecido y donde los números dan perfectamente como para cortar de raíz con este tema. Sin embargo, pateamos la pelota para adelante y dejamos de lado el compromiso con las cosas que realmente importan, como es el bienestar de la gente.

Y este tipo de comentarios, en este mismo espacio, cada lunes, de los que se cumplieron este mes de enero los primeros 10 años, no llevo la cuenta cuántas veces hablé de la vida, de los problemas, de las alegrías, de lo que le pasaba a usted, a mi, al vecino y al resto del mundo, pero seguramente fueron más de 500 veces y eso también se lleva en el alma, más allá del regaño de algún lector bien pensante y de la queja de algún lamebotas que siempre hubo y habrá, porque deben existir para que los califiquemos y sepamos que esa categoría existe.

Hoy agradezco que tengo la oportunidad de volver a entrar por esta puerta y verlos a todos, porque dentro de todo, este diario me ha mostrado una vocación que estaba latente pero que no se había exteriorizado hasta que se presentó la oportunidad para hacerlo, y dentro de todo, éste es un buen lugar para expresar lo que uno siente y en estos 15 años, vaya si hubo cosas que decir, aunque hoy brindo por las cosas que aún están por decirse.

Hugo Lemos

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Vivir para adelante

Pagar las cuentas y tratar de ponerse al día con lo atrasado, es una frase que nos repetimos a diario cuando nos levantamos y abrimos la agenda para ver la montaña de recibos que venimos apilando desde hace un mes, diciéndonos “después de las fiestas lo resuelvo”, y así una y otra vez, hasta que llega un momento que no podemos dejar las cosas para atrás y tenemos que tomar una decisión. Entonces por más que no queramos escucharlo, por más que nos neguemos a aceptarlo, por más que vivamos para afuera y el consumismo del que formamos parte peligre, la pregunta surge ¿pagar todas las cuentas o comer y vivir la vida dentro de lo que me alcance el sueldo, renta o similar que marquen mis ingresos? Esa es la cuestión.

Y así ha venido siendo para todos los uruguayos en los últimos años, quienes pelean mes a mes para no gastar tanto, pero los niveles de endeudamiento interno que manejan las autoridades del gobierno establecen todo lo contrario, e indican que a la inmensa mayoría le puede el de adentro y no tienen pudor para sacar el plástico y pasarlo por la maquinita hasta hacerlo rajar de tanto que va y viene haciendo sonar la registradora con el Autorizado en la pantalla, con tal de comprar todo lo que se puede y sobre todo, lo que no se puede, pero que como el consumir se ha vuelto algo más que parte de nuestra cultura, es casi una adicción o más bien una obsesión, lo hacemos igual.

En los últimos años, al menos desde el 2006 ó 2007 hasta nuestros días, todos hemos venido prendidos en ese tren que nos ha llevado por el mundo del consumo sintapujos y al que nosotros hemos aceptado subirnos con tal de estar incluidos en el sistema y sentirnos parte del mundo, que con tanta globalización, lo que más ha globalizado es el consumo y del cual no podemos dejar de formar parte, porque nuestro sistema está hecho para eso.

Todo comenzó después de una crisis atroz donde miles de personas quedaron sin trabajo, otros miles se fueron del país, miles de familias se desmembraron y hubo un daño enorme en el tejido social que marcó a fuego a las nuevas generaciones, las que vivieron como nunca una escalada de padres separados, integrantes de la familia que partieron sin miras de volver y una confusión de padre y señor nuestro, que hasta ahora se está pagando caro, con la pérdida de valores en forma estrepitosa, la falta de respeto como moneda corriente, o la ausencia de una autoridad clara en la familia, lo que determina más caos y que hoy se apueste al todo vale para intentar remediarlo.

Porque si bien fue un daño que aún deja sus marcas y que ahora enfrenta a los padres de entonces con los niños de otrora, los que llegados a esta época se ponen a pedir respuestas en forma contundente, el remedio para el gobierno que vino diciendo traer soluciones mágicas, fue poner disponibilidad económica, para que haya consumo y con eso que se borren los rastros de una era donde ganó la miseria humana y en donde lo que se perdió no volverá más, porque no fue solamente material, sino que se trató de cosas mucho más profundas que sino trabajamos en ellas, quienes ahora nos toca ser padres de familia y jefes de hogar, por más cuestiones materiales que queramos darles a nuestros hijos, no les daremos nunca más lo que perdimos, como el valor de tener una familia, mantenerla unida, respetarla, generar valores, y vivir nuestra vida apuntalando a sus integrantes para que no haya más pérdidas que no se puedan recuperar.

Pero ¿cómo respondimos los uruguayos a esta crisis de valores, familiar y humana que vivimos hace algunos años cuando tuvimos la oportunidad de rehacernos como sociedad? Lo hicimos a través del consumo masivo, del consumo descabellado sin orden alguno y sin responsabilidad, gastando por encima de nuestras posibilidades con tal de darle a los que nos rodeaban, y sobre todo, a nosotros mismos, objetos que podrían situarnos en el mundo que tanto reclamábamos, y el que nos dejó afuera del sistema, derivando en el caos económico que determinó la inflación por las nubes, la volatilidad incierta del dólar, el cierre de fuentes de empleo y un estallido social con valijas en el aeropuerto. Ese fue nuestro pasado reciente y del que nadie se acuerda y mucho menos hablan, por las dudas que vuelva.

Que hay otros pasados recientes de los que tanto se habla desde algunos sectores de la población, porque sus protagonistas prefieren no dar respuestas, lisa y llanamente porque no las tienen, porque fueron tan cobardes y pusilánimes, por más que ostenten una errónea chapa de héroes, tanto de un lado como del otro, incomprensible y absurda para las nuevas generaciones que tuvimos la suerte de  no vivirlas, claro que los hay. Pero nadie se acuerda que nuestra historia reciente se remonta mucho más acá, es en este mismo siglo, y del que tenemos que aprender a salir adelante, sin mirar atrás, sin buscar culpables porque en ese caso no resolveríamos nada y solamente nos llenaríamos de rencor y odio, que son sentimientos negativos que para nada sirven en la vida. Por eso, de lo que pasó solo tenemos que aprender.

En ese aspecto, no podemos seguir sin pensar, sin razonar claramente y seguirle el juego al sistema, que cuando nos quiso sacar algo, nos quitó hasta lo poco que teníamos, y cuando nos da algo, lo hace en demasía como para que al final del camino terminemos en el mismo lugar que  antes, y todo sea un ciclo de un volver a empezar, donde nuestra falta de responsabilidad provoque siempre que los problemas los generemos nosotros mismos y después queramos consolarnos erróneamente buscando culpables, por nuestra actitud y falta de compromiso.

Por eso, en vez de esperar a que se nos amontonen las facturas, pensemos muy bien antes de actuar irresponsablemente con nuestra economía, busquemos la manera de tener una actitud más acorde a nuestra capacidad, y no pensemos jamás que por no tener algo material, un objeto cualquiera seremos excluidos del sistema, porque nosotros somos el sistema, somos los creadores de nuestro propio sistema de vida y a ese no le puede faltar la tranquilidad y la paz necesaria para crecer en la vida, creyendo en sí mismo.

HUGO LEMOS

agar las cuentas y tratar de ponerse al día con lo atrasado, es una frase que nos repetimos a diario cuando nos levantamos y abrimos la agenda para ver la montaña de recibos que venimos apilando desde hace un mes, diciéndonos “después de las fiestas lo resuelvo”, y así una y otra vez, hasta que llega un momento que no podemos dejar las cosas para atrás y tenemos que tomar una decisión. Entonces por más que no queramos escucharlo, por más que nos neguemos a aceptarlo, por más que vivamos para afuera y el consumismo del que formamos parte peligre, la pregunta surge ¿pagar todas las cuentas o comer y vivir la vida dentro de lo que me alcance el sueldo, renta o similar que marquen mis ingresos? Esa es la cuestión.
Y así ha venido siendo para todos los uruguayos en los últimos años, quienes pelean mes a mes para no gastar tanto, pero los niveles de endeudamiento interno que manejan las autoridades del gobierno establecen todo lo contrario, e indican que a la inmensa mayoría le puede el de adentro y no tienen pudor para sacar el plástico y pasarlo por la maquinita hasta hacerlo rajar de tanto que va y viene haciendo sonar la registradora con el Autorizado en la pantalla, con tal de comprar todo lo que se puede y sobre todo, lo que no se puede, pero que como el consumir se ha vuelto algo más que parte de nuestra cultura, es casi una adicción o más bien una obsesión, lo hacemos igual.
En los últimos años, al menos desde el 2006 ó 2007 hasta nuestros días, todos hemos venido prendidos en ese tren que nos ha llevado por el mundo del consumo sintapujos y al que nosotros hemos aceptado subirnos con tal de estar incluidos en el sistema y sentirnos parte del mundo, que con tanta globalización, lo que más ha globalizado es el consumo y del cual no podemos dejar de formar parte, porque nuestro sistema está hecho para eso.
Todo comenzó después de una crisis atroz donde miles de personas quedaron sin trabajo, otros miles se fueron del país, miles de familias se desmembraron y hubo un daño enorme en el tejido social que marcó a fuego a las nuevas generaciones, las que vivieron como nunca una escalada de padres separados, integrantes de la familia que partieron sin miras de volver y una confusión de padre y señor nuestro, que hasta ahora se está pagando caro, con la pérdida de valores en forma estrepitosa, la falta de respeto como moneda corriente, o la ausencia de una autoridad clara en la familia, lo que determina más caos y que hoy se apueste al todo vale para intentar remediarlo.
Porque si bien fue un daño que aún deja sus marcas y que ahora enfrenta a los padres de entonces con los niños de otrora, los que llegados a esta época se ponen a pedir respuestas en forma contundente, el remedio para el gobierno que vino diciendo traer soluciones mágicas, fue poner disponibilidad económica, para que haya consumo y con eso que se borren los rastros de una era donde ganó la miseria humana y en donde lo que se perdió no volverá más, porque no fue solamente material, sino que se trató de cosas mucho más profundas que sino trabajamos en ellas, quienes ahora nos toca ser padres de familia y jefes de hogar, por más cuestiones materiales que queramos darles a nuestros hijos, no les daremos nunca más lo que perdimos, como el valor de tener una familia, mantenerla unida, respetarla, generar valores, y vivir nuestra vida apuntalando a sus integrantes para que no haya más pérdidas que no se puedan recuperar.
Pero ¿cómo respondimos los uruguayos a esta crisis de valores, familiar y humana que vivimos hace algunos años cuando tuvimos la oportunidad de rehacernos como sociedad? Lo hicimos a través del consumo masivo, del consumo descabellado sin orden alguno y sin responsabilidad, gastando por encima de nuestras posibilidades con tal de darle a los que nos rodeaban, y sobre todo, a nosotros mismos, objetos que podrían situarnos en el mundo que tanto reclamábamos, y el que nos dejó afuera del sistema, derivando en el caos económico que determinó la inflación por las nubes, la volatilidad incierta del dólar, el cierre de fuentes de empleo y un estallido social con valijas en el aeropuerto. Ese fue nuestro pasado reciente y del que nadie se acuerda y mucho menos hablan, por las dudas que vuelva.
Que hay otros pasados recientes de los que tanto se habla desde algunos sectores de la población, porque sus protagonistas prefieren no dar respuestas, lisa y llanamente porque no las tienen, porque fueron tan cobardes y pusilánimes, por más que ostenten una errónea chapa de héroes, tanto de un lado como del otro, incomprensible y absurda para las nuevas generaciones que tuvimos la suerte de  no vivirlas, claro que los hay. Pero nadie se acuerda que nuestra historia reciente se remonta mucho más acá, es en este mismo siglo, y del que tenemos que aprender a salir adelante, sin mirar atrás, sin buscar culpables porque en ese caso no resolveríamos nada y solamente nos llenaríamos de rencor y odio, que son sentimientos negativos que para nada sirven en la vida. Por eso, de lo que pasó solo tenemos que aprender.
En ese aspecto, no podemos seguir sin pensar, sin razonar claramente y seguirle el juego al sistema, que cuando nos quiso sacar algo, nos quitó hasta lo poco que teníamos, y cuando nos da algo, lo hace en demasía como para que al final del camino terminemos en el mismo lugar que  antes, y todo sea un ciclo de un volver a empezar, donde nuestra falta de responsabilidad provoque siempre que los problemas los generemos nosotros mismos y después queramos consolarnos erróneamente buscando culpables, por nuestra actitud y falta de compromiso.
Por eso, en vez de esperar a que se nos amontonen las facturas, pensemos muy bien antes de actuar irresponsablemente con nuestra economía, busquemos la manera de tener una actitud más acorde a nuestra capacidad, y no pensemos jamás que por no tener algo material, un objeto cualquiera seremos excluidos del sistema, porque nosotros somos el sistema, somos los creadores de nuestro propio sistema de vida y a ese no le puede faltar la tranquilidad y la paz necesaria para crecer en la vida, creyendo en sí mismo.

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Año nuevo, vida vieja

Llegó el verano y es un tiempo para repensar cosas. Si bien vivimos en un lugar a 500 kilómetros de la playa, donde se registran uno de los picos de temperatura más altos del país y en donde no tenemos lugares naturales como los que existen en el sur, para que podamos disfrutar de estar viviendo una temporada veraniega, igualmente no dejamos este lugar y lo elegimos cada día para vivir, desarrollarnos y comprometernos con la comunidad de la que formamos parte, ya que de alguna manera u otra, siempre estamos tratando de dar lo mejor de nosotros en cada cosa que hacemos y ese es un buen comienzo.

Eso hace que cada año que empieza debamos pensar en redoblar la apuesta y en seguir haciendo lo que queremos, pero sobre todo con la responsabilidad de sabernos libres para actuar y eso hace que queramos exigir cosas, y no está mal que lo hagamos por el contrario, es una buena actitud y casi un deber que como salteños, queramos que nuestro departamento mejore cada día, que tenga lo máximo, que no le estemos envidiando nada a nadie, que no nos la pasemos diciendo ¿qué hago acá?, sabiendo que hay playas espectaculares a solo 6 horas de distancia. Sino que pensemos por un momento en todo lo que nos falta para estar a la altura de lo que nos gustaría ver, y reclamarlo, poniendo de nosotros también para conseguirlo.

Salto es una ciudad de 110 mil habitantes, la segunda (después de Ciudad de la Costa en Canelones), del interior del país en cantidad de habitantes, pero, con una dificultad más que la urbe antes mencionada, estamos a 500 kilómetros de donde se manejan los hilos y eso para el Uruguay es mucha distancia. Por eso es más fácil que los que mandan y mueven al país, tomen en cuenta para sus decisiones a los lugares más cercanos a la capital que a los que estamos mucho más lejos, máxime cuando el transporte en nuestro territorio es muy lento, solamente nos movemos por ruta ya que la línea aérea que antes llegaba, dejó de hacerlo y no existe otra manera que el ómnibus interdepartamental, algo perimido en los países con mayor conexión en el mundo.

Aunque Salto en ese sentido, debe tener en cuenta que no está ofreciendo el máximo de sus potencialidades. Empero si bien, a juicio de quien esto escribe, la ciudad está mejor que hace cinco años, ya que cuenta con puntos de ingresos totalmente distintos y con un desarrollo urbano más prolijo y más completo, aún los salteños debemos reclamar y exigir más. Y no hablo solamente del gobierno departamental, porque los gobiernos administran problemas que tiene la sociedad y que dependiendo de la cabeza que tengan sus gobernantes, podrán o no resolver los asuntos. Por eso es que tenemos que ver cómo ponemos cabeza y tratamos de levantar nosotros mismos a nuestro departamento.

Salto carece de lugares de entretenimiento y de ofertas de servicios, como el caso de la gastronomía, donde no tiene diversidad de ofertas con menús diferentes o exóticos, sino que predomina la oferta tradicional y eso también limita el mercado de consumo, algo que se termina yendo a buscar a otro lado, lejos de la ciudad. Estaría bueno que haya interesados en incursionar en una oferta gastronómica mejor que la que tenemos actualmente y que arriesguen a captar un público que pretenda ir a lugares que trasciendan las pizzerías y parrilladas, que son necesarias, pero que también le ponen coto a la oferta, también pensándolo en términos de turismo, porque si queremos ser realmente un punto de referencia para el turista, tenemos que pensar ya mismo en ofrecer algo diferente.

La variedad de servicios de entretenimientos no es adecuada. Salto podría ofrecer espectáculos de primer nivel, conferencias con destacados panelistas internacionales o interesantes actividades que atraigan al público de la región. No hay que descansarse en cargarle las tintas a una Intendencia que administra recursos limitados o a las universidades por el mero hecho de que existan, ya que como hay logística y hay infraestructura, debería buscarse la posibilidad de que haya gestión, que es lo que falta, pero gestión privada, con apoyo incluso de fondos nacionales e internacionales que pueden promover actividades de relevancia, en una ciudad que tiene una trayectoria intachable en la materia y que posee en su acervo patrimonial centros culturales destacados como el teatro Larrañaga.

Aún así la vemos pasar y por el momento no sentimos que Salto esté en los primeros lugares del país en materia de actividades culturales y de entretenimiento, o de la puesta a punto de servicios, donde seguimos envidiando al sur y sobre todo al este del país, que nos muestra innovación y emprendedurismo en cada rincón, donde en espacios con cuatro palos y una lona, se pueden probar platos tan exquisitos como exóticos, o  debajo de un quincho uno puede ver un espectáculo de primer nivel, con artistas que simplemente fueron invitados a dar lo suyo, y acá los ignoramos porque si no es la sinfónica o el ballet nacional, no es arte. O por el contrario le cargamos las culpas a la Intendencia, que hace lo que puede y cómo puede, sin ayuda del sector privado.

En ese sentido, los salteños debemos cambiar la cabeza en estas pequeñas cosas, en querer innovar, querer cambiar y mejorar las cosas que tenemos, sabiendo que podemos hacerlo y que si nos lo proponemos podemos llegar a concretar metas que antes nos podían parecer lejanas. Pero que en realidad el único límite es nuestra cabeza y cambiarla, debe ser la meta a cumplir en un año nuevo que recién comienza, pero que sigue viendo los viejos problemas de siempre.

HUGO LEMOS

legó el verano y es un tiempo para repensar cosas. Si bien vivimos en un lugar a 500 kilómetros de la playa, donde se registran uno de los picos de temperatura más altos del país y en donde no tenemos lugares naturales como los que existen en el sur, para que podamos disfrutar de estar viviendo una temporada veraniega, igualmente no dejamos este lugar y lo elegimos cada día para vivir, desarrollarnos y comprometernos con la comunidad de la que formamos parte, ya que de alguna manera u otra, siempre estamos tratando de dar lo mejor de nosotros en cada cosa que hacemos y ese es un buen comienzo.
Eso hace que cada año que empieza debamos pensar en redoblar la apuesta y en seguir haciendo lo que queremos, pero sobre todo con la responsabilidad de sabernos libres para actuar y eso hace que queramos exigir cosas, y no está mal que lo hagamos por el contrario, es una buena actitud y casi un deber que como salteños, queramos que nuestro departamento mejore cada día, que tenga lo máximo, que no le estemos envidiando nada a nadie, que no nos la pasemos diciendo ¿qué hago acá?, sabiendo que hay playas espectaculares a solo 6 horas de distancia. Sino que pensemos por un momento en todo lo que nos falta para estar a la altura de lo que nos gustaría ver, y reclamarlo, poniendo de nosotros también para conseguirlo.
Salto es una ciudad de 110 mil habitantes, la segunda (después de Ciudad de la Costa en Canelones), del interior del país en cantidad de habitantes, pero, con una dificultad más que la urbe antes mencionada, estamos a 500 kilómetros de donde se manejan los hilos y eso para el Uruguay es mucha distancia. Por eso es más fácil que los que mandan y mueven al país, tomen en cuenta para sus decisiones a los lugares más cercanos a la capital que a los que estamos mucho más lejos, máxime cuando el transporte en nuestro territorio es muy lento, solamente nos movemos por ruta ya que la línea aérea que antes llegaba, dejó de hacerlo y no existe otra manera que el ómnibus interdepartamental, algo perimido en los países con mayor conexión en el mundo.
Aunque Salto en ese sentido, debe tener en cuenta que no está ofreciendo el máximo de sus potencialidades. Empero si bien, a juicio de quien esto escribe, la ciudad está mejor que hace cinco años, ya que cuenta con puntos de ingresos totalmente distintos y con un desarrollo urbano más prolijo y más completo, aún los salteños debemos reclamar y exigir más. Y no hablo solamente del gobierno departamental, porque los gobiernos administran problemas que tiene la sociedad y que dependiendo de la cabeza que tengan sus gobernantes, podrán o no resolver los asuntos. Por eso es que tenemos que ver cómo ponemos cabeza y tratamos de levantar nosotros mismos a nuestro departamento.
Salto carece de lugares de entretenimiento y de ofertas de servicios, como el caso de la gastronomía, donde no tiene diversidad de ofertas con menús diferentes o exóticos, sino que predomina la oferta tradicional y eso también limita el mercado de consumo, algo que se termina yendo a buscar a otro lado, lejos de la ciudad. Estaría bueno que haya interesados en incursionar en una oferta gastronómica mejor que la que tenemos actualmente y que arriesguen a captar un público que pretenda ir a lugares que trasciendan las pizzerías y parrilladas, que son necesarias, pero que también le ponen coto a la oferta, también pensándolo en términos de turismo, porque si queremos ser realmente un punto de referencia para el turista, tenemos que pensar ya mismo en ofrecer algo diferente.
La variedad de servicios de entretenimientos no es adecuada. Salto podría ofrecer espectáculos de primer nivel, conferencias con destacados panelistas internacionales o interesantes actividades que atraigan al público de la región. No hay que descansarse en cargarle las tintas a una Intendencia que administra recursos limitados o a las universidades por el mero hecho de que existan, ya que como hay logística y hay infraestructura, debería buscarse la posibilidad de que haya gestión, que es lo que falta, pero gestión privada, con apoyo incluso de fondos nacionales e internacionales que pueden promover actividades de relevancia, en una ciudad que tiene una trayectoria intachable en la materia y que posee en su acervo patrimonial centros culturales destacados como el teatro Larrañaga.
Aún así la vemos pasar y por el momento no sentimos que Salto esté en los primeros lugares del país en materia de actividades culturales y de entretenimiento, o de la puesta a punto de servicios, donde seguimos envidiando al sur y sobre todo al este del país, que nos muestra innovación y emprendedurismo en cada rincón, donde en espacios con cuatro palos y una lona, se pueden probar platos tan exquisitos como exóticos, o  debajo de un quincho uno puede ver un espectáculo de primer nivel, con artistas que simplemente fueron invitados a dar lo suyo, y acá los ignoramos porque si no es la sinfónica o el ballet nacional, no es arte. O por el contrario le cargamos las culpas a la Intendencia, que hace lo que puede y cómo puede, sin ayuda del sector privado.
En ese sentido, los salteños debemos cambiar la cabeza en estas pequeñas cosas, en querer innovar, querer cambiar y mejorar las cosas que tenemos, sabiendo que podemos hacerlo y que si nos lo proponemos podemos llegar a concretar metas que antes nos podían parecer lejanas. Pero que en realidad el único límite es nuestra cabeza y cambiarla, debe ser la meta a cumplir en un año nuevo que recién comienza, pero que sigue viendo los viejos problemas de siempre.

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La Libertad de Expresión ¿tiene límites?

Tras el sangriento, injustificable, deplorable y aberrante ataque al semanario francés Charlie Hebdo, del que mucho se ha hablado esta semana y del que todos los que consideramos trabajar y vivir del ejercicio de la libertad de expresión y del pensamiento, informando, analizando y opinando sobre los aconteceres del mundo, y tras la polémica que ha encendido el hecho de si los periodistas del semanario francés cometieron o no un exceso al publicar caricaturas que podían ofender a un sector del público, nos preguntamos ¿hay límites a la libertad de expresión? ¿tenemos la capacidad para restringir una libertad? Y si es así, ¿quiénes tienen esa capacidad para restringirla? ¿Y si lo hacemos, seguimos teniendo absoluta libertad para expresarnos?

Se trata de un planteo filosófico, ético, real y que nos compete a todos saberlo, sobre todo a quienes nos consideramos periodistas, a los que vivimos del ejercicio de nuestro trabajo y que justamente trabajamos con responsabilidad en el uso al extremo de esa condición innata que tiene, o al menos debería tener, todo ser humano, como es la libertad de pensar lo que uno quiera y expresarlo de la forma que considere hacerlo, haciéndose cargo, claro está, de lo que uno dice y hace, y allí ya me estoy adelantando a una de las respuestas que pretendo dar en este planteo sobre el asunto.

Cuando los caricaturistas de Charlie Hebdo denunciaban a través de sus viñetas los hechos más viles y lamentables de los problemas mundiales, elegían esa manera de hacerlo, gozando plenamente de su capacidad de expresarse libremente en el mundo en el que vivimos y también gozando de las garantías que les da el sistema para poder hacerlo. Porque la libertad de poder dibujar a Mahoma, al Papa o a un Rabino, denunciando cómo eran representados estas figuras en las masacres de toda índole que se hacían en nombre de Dios, de las religiones, de los profetas y peor aún, en nombre de la libertad, era la única arma con la que contaban los periodistas, denunciar a través de sus viñetas.

La libertad de expresión no debe y no puede nunca, jamás, tener límites, de lo contrario no podemos decirnos libres, porque estaríamos poniendo cortapisas, censuras y justamente no ejerciendo la libertad para decir las cosas que queremos decir. Hay un concepto que comparto y que viene a colación de todo esto, que dice que “la libertad es una responsabilidad que debemos saber administrar”, justamente, mi libertad de poder expresarme, no puede ser limitada aún en el caso que ofenda. Y en el caso de que eso llegue a suceder, los ofendidos tienen la libertad de contestarme, insultarme, ridiculizarme y hasta llamar a la directora del diario en el que trabajo para que no publique más ni una sola línea de lo que yo escribo; como ya pasó varias veces con muchas personas que integran asociaciones importantes de empresarios locales, o que serán incluso futuros ministros, o que manejan parte del sistema de salud privado de la ciudad, y que pretendían con esto acallar mi voz, ergo, quedarme sin trabajo.

Pero tienen la libertad de hacerlo, de quejarse, de enojarse, de molestarse, de enviar una carta como hizo un diputado que ahora no repite y creo que no lo hará más, de llamarme “infantil escriba”, son opciones siempre dentro de la libertad que ellos tienen de responder a mi libertad de poder escribir. Por eso la libertad de expresión no debe tener límites, porque de lo contrario no sería libertad, sería censura. Un referente del periodismo norteamericano y profesor de periodismo en la Universidad de California, Lowell Bergman dijo “la libertad de prensa existe para los dueños de los medios, que son los que deciden qué es lo que se publica y qué es lo que no se publica, ellos tienen la libertad de prensa”. Pero en todo caso, con toda la autocensura que los dueños de los medios decidan imponerse para poder sobrevivir en el mundo económico o por ser “políticamente correctos” con el poder económico y político, aunque suene paradójico, lo hacen dentro de su concepto de libertad. Esa, por más limitada que sea, es su libertad, en la que ellos eligen vivir.

Charlie Hebdo tenía la suya, ellos creían en la libertad en su máxima expresión, siendo transgresores, atrevidos (porque se atrevían a hacer lo que nadie hacía) y eran luchadores de la libertad, porque tras sufrir dos ataques terroristas podían haberse callado la boca, venderse al poder de turno, olvidarse de caricaturas que denuncien la barbarie que hacen los yihadistas en nombre de Alá y del Corán, y nunca renunciaron a eso porque estaban convencidos de que ese, era el sentido de su trabajo, denunciar lo que pasa con libertad. ¿O alguien es tan burdo para pensar que hacían caricaturas para tomar el pelo sin motivo alguno? Denunciaban que en nombre del Corán, mataban gente, cuando ningún Dios, ningún libro sagrado, ni ninguna religión, pide o exige semejante cosa. Es como cuando los militares dieron un golpe de Estado en el Uruguay, socavaron las libertades y suprimieron las garantías del pueblo por 12 años donde tomaron el poder por las armas, y dijeron que lo hacían en nombre de la libertad. Por eso, el Goyo y sus cómplices están presos y así van a terminar.

Nadie puede matar en nombre de la libertad, porque la libertad no quiere silencios ni voces que se callen, exige denuncias, confrontaciones y debates. Lo que denunciaban los heroicos periodistas del Charlie Hebdo era eso, las barbaries en nombre de Alá y lo dibujaban ridiculizando a los extremistas por hacer lo que hacían pero estos enfermos mentales no soportaron la burla y fueron contra la vida, acaso el bien más preciado que tiene la humanidad, que es lo único que nos permite vivir en libertad, porque basta con estar vivo para elegir el camino que queremos llevar.

Respondo a las interrogantes que planteo líneas arriba, nadie puede limitar la libertad de expresión. Nadie  tiene la capacidad de ponerle coto, solamente el sistema organizado, que en el caso de la sociedad en la que vivimos, es la justicia, que dice que si uno ofende a otro por su forma libre de opinar y el otro se enoja, éste puede hacerle un juicio o hacerle la misma burla o crítica, en forma pública, usando al máximo su libertad de pensar y parecer para responder. Pero nadie le va a quitar esa libertad de decir lo que piensa, ni al ofendido, (si es que los hay), ni al ofensor, porque así es la libertad, libre para ejercer la manifestación del pensamiento, porque solo de allí surgen las verdades.

En cambio, si hubiera límites a la libertad donde se prohibiera decir ciertas cosas, o no permitiendo que alguien manifieste su pensamiento, viviríamos en el mundo de la mentira, de la mezquindad y del engaño, donde todas las verdades serían a medias y la libertad que Charlie Hebdo ejercía como ningún otro, sería un extremo imposible, algo que a mi juicio, debemos defender.  Hubo reflexiones de todo tipo con respecto a lo que pasó, pero me quedo con algunas de ellas que son las que comparto plenamente: El gobierno uruguayo expresó “su más firme apego a los valores de la tolerancia, la libertad de expresión, la paz y el derecho como principios irremplazables para asegurar la convivencia entre pueblos y naciones del mundo”.

La organización Reporteros Sin Fronteras exhortó a los medios de todo el mundo a publicar las caricaturas de la revista “en respuesta” al atentado del miércoles. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) condenó el “acto de barbarie”.

La columnista Amy Davidson, de la revista “The New Yorker”, escribió: “La sátira era la misión de Charlie Hebdo. Hubo tiempos en que el gobierno francés le pidió a la revista que se contuviera, pero la revista siguió siendo ella misma, que es lo que uno desea para una prensa libre”. “El Jueves”, una publicación humorística española que sigo con frecuencia escribió: “Se equivocan quienes quieran limitar el sangriento atentado a un ataque a la libertad de expresión y a la sátira, pues es algo mucho más grave aún: estamos ante un ataque a la civilización misma, que tantos siglos nos ha costado conseguir”. Joe Randazzo, exeditor de la revista satírica estadounidense “The Onion”, escribió: “La sátira siempre debe acompañar a cualquier sociedad libre. Es una necesidad absoluta. Incluso en los reinos medievales más represivos entendieron la necesidad del bufón de la corte, la única alma autorizada a decir la verdad por medio de la risa”, afirmó. “La sátira siempre tiene que empujar, empujar y empujar los límites de la sociedad para ver cuánto ha crecido”.  Ingrid Beck, directora de la revista argentina “Barcelona”, escribió en Twitter: “Sobre si replegar o doblar la apuesta en casos como el de Charlie Hebdo, siempre pienso en doblar la apuesta. Pero claro, yo estoy viva”.

Stéphane Charbonnier, asesinado en la masacre del 7 de enero, expresó el 19 de setiembre de 2012 en ocasión de otro ataque a la revista: “si nos planteamos la cuestión de si tenemos derecho a dibujar o no a Mahoma, de si es peligroso o no hacerlo, la cuestión que vendrá después será si podemos representar a los musulmanes y después nos preguntaremos si podemos sacar a los humanos y al final no sacaremos nada y el puñado de extremistas que se agitan en el mundo y en Francia habrán ganado”. Por último, Vargas Llosa, el premio Nóbel peruano, escribió esta semana en El País de Madrid: “Occidente debe tener clara conciencia que hay una guerra que enfrentar: sin vacilaciones, sin complejo de inferioridad, porque está en peligro la esencia misma de la cultura de la libertad”.

Si no seguimos, perderemos esa guerra, y no podemos permitir que eso suceda. Viva la Libertad de Expresión.

HUGO LEMOS

ras el sangriento, injustificable, deplorable y aberrante ataque al semanario francés Charlie Hebdo, del que mucho se ha hablado esta semana y del que todos los que consideramos trabajar y vivir del ejercicio de la libertad de expresión y del pensamiento, informando, analizando y opinando sobre los aconteceres del mundo, y tras la polémica que ha encendido el hecho de si los periodistas del semanario francés cometieron o no un exceso al publicar caricaturas que podían ofender a un sector del público, nos preguntamos ¿hay límites a la libertad de expresión? ¿tenemos la capacidad para restringir una libertad? Y si es así, ¿quiénes tienen esa capacidad para restringirla? ¿Y si lo hacemos, seguimos teniendo absoluta libertad para expresarnos?
Se trata de un planteo filosófico, ético, real y que nos compete a todos saberlo, sobre todo a quienes nos consideramos periodistas, a los que vivimos del ejercicio de nuestro trabajo y que justamente trabajamos con responsabilidad en el uso al extremo de esa condición innata que tiene, o al menos debería tener, todo ser humano, como es la libertad de pensar lo que uno quiera y expresarlo de la forma que considere hacerlo, haciéndose cargo, claro está, de lo que uno dice y hace, y allí ya me estoy adelantando a una de las respuestas que pretendo dar en este planteo sobre el asunto.
Cuando los caricaturistas de Charlie Hebdo denunciaban a través de sus viñetas los hechos más viles y lamentables de los problemas mundiales, elegían esa manera de hacerlo, gozando plenamente de su capacidad de expresarse libremente en el mundo en el que vivimos y también gozando de las garantías que les da el sistema para poder hacerlo. Porque la libertad de poder dibujar a Mahoma, al Papa o a un Rabino, denunciando cómo eran representados estas figuras en las masacres de toda índole que se hacían en nombre de Dios, de las religiones, de los profetas y peor aún, en nombre de la libertad, era la única arma con la que contaban los periodistas, denunciar a través de sus viñetas.
La libertad de expresión no debe y no puede nunca, jamás, tener límites, de lo contrario no podemos decirnos libres, porque estaríamos poniendo cortapisas, censuras y justamente no ejerciendo la libertad para decir las cosas que queremos decir. Hay un concepto que comparto y que viene a colación de todo esto, que dice que “la libertad es una responsabilidad que debemos saber administrar”, justamente, mi libertad de poder expresarme, no puede ser limitada aún en el caso que ofenda. Y en el caso de que eso llegue a suceder, los ofendidos tienen la libertad de contestarme, insultarme, ridiculizarme y hasta llamar a la directora del diario en el que trabajo para que no publique más ni una sola línea de lo que yo escribo; como ya pasó varias veces con muchas personas que integran asociaciones importantes de empresarios locales, o que serán incluso futuros ministros, o que manejan parte del sistema de salud privado de la ciudad, y que pretendían con esto acallar mi voz, ergo, quedarme sin trabajo.
Pero tienen la libertad de hacerlo, de quejarse, de enojarse, de molestarse, de enviar una carta como hizo un diputado que ahora no repite y creo que no lo hará más, de llamarme “infantil escriba”, son opciones siempre dentro de la libertad que ellos tienen de responder a mi libertad de poder escribir. Por eso la libertad de expresión no debe tener límites, porque de lo contrario no sería libertad, sería censura. Un referente del periodismo norteamericano y profesor de periodismo en la Universidad de California, Lowell Bergman dijo “la libertad de prensa existe para los dueños de los medios, que son los que deciden qué es lo que se publica y qué es lo que no se publica, ellos tienen la libertad de prensa”. Pero en todo caso, con toda la autocensura que los dueños de los medios decidan imponerse para poder sobrevivir en el mundo económico o por ser “políticamente correctos” con el poder económico y político, aunque suene paradójico, lo hacen dentro de su concepto de libertad. Esa, por más limitada que sea, es su libertad, en la que ellos eligen vivir.
Charlie Hebdo tenía la suya, ellos creían en la libertad en su máxima expresión, siendo transgresores, atrevidos (porque se atrevían a hacer lo que nadie hacía) y eran luchadores de la libertad, porque tras sufrir dos ataques terroristas podían haberse callado la boca, venderse al poder de turno, olvidarse de caricaturas que denuncien la barbarie que hacen los yihadistas en nombre de Alá y del Corán, y nunca renunciaron a eso porque estaban convencidos de que ese, era el sentido de su trabajo, denunciar lo que pasa con libertad. ¿O alguien es tan burdo para pensar que hacían caricaturas para tomar el pelo sin motivo alguno? Denunciaban que en nombre del Corán, mataban gente, cuando ningún Dios, ningún libro sagrado, ni ninguna religión, pide o exige semejante cosa. Es como cuando los militares dieron un golpe de Estado en el Uruguay, socavaron las libertades y suprimieron las garantías del pueblo por 12 años donde tomaron el poder por las armas, y dijeron que lo hacían en nombre de la libertad. Por eso, el Goyo y sus cómplices están presos y así van a terminar.
Nadie puede matar en nombre de la libertad, porque la libertad no quiere silencios ni voces que se callen, exige denuncias, confrontaciones y debates. Lo que denunciaban los heroicos periodistas del Charlie Hebdo era eso, las barbaries en nombre de Alá y lo dibujaban ridiculizando a los extremistas por hacer lo que hacían pero estos enfermos mentales no soportaron la burla y fueron contra la vida, acaso el bien más preciado que tiene la humanidad, que es lo único que nos permite vivir en libertad, porque basta con estar vivo para elegir el camino que queremos llevar.
Respondo a las interrogantes que planteo líneas arriba, nadie puede limitar la libertad de expresión. Nadie  tiene la capacidad de ponerle coto, solamente el sistema organizado, que en el caso de la sociedad en la que vivimos, es la justicia, que dice que si uno ofende a otro por su forma libre de opinar y el otro se enoja, éste puede hacerle un juicio o hacerle la misma burla o crítica, en forma pública, usando al máximo su libertad de pensar y parecer para responder. Pero nadie le va a quitar esa libertad de decir lo que piensa, ni al ofendido, (si es que los hay), ni al ofensor, porque así es la libertad, libre para ejercer la manifestación del pensamiento, porque solo de allí surgen las verdades.
En cambio, si hubiera límites a la libertad donde se prohibiera decir ciertas cosas, o no permitiendo que alguien manifieste su pensamiento, viviríamos en el mundo de la mentira, de la mezquindad y del engaño, donde todas las verdades serían a medias y la libertad que Charlie Hebdo ejercía como ningún otro, sería un extremo imposible, algo que a mi juicio, debemos defender.  Hubo reflexiones de todo tipo con respecto a lo que pasó, pero me quedo con algunas de ellas que son las que comparto plenamente: El gobierno uruguayo expresó “su más firme apego a los valores de la tolerancia, la libertad de expresión, la paz y el derecho como principios irremplazables para asegurar la convivencia entre pueblos y naciones del mundo”.
La organización Reporteros Sin Fronteras exhortó a los medios de todo el mundo a publicar las caricaturas de la revista “en respuesta” al atentado del miércoles. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) condenó el “acto de barbarie”.
La columnista Amy Davidson, de la revista “The New Yorker”, escribió: “La sátira era la misión de Charlie Hebdo. Hubo tiempos en que el gobierno francés le pidió a la revista que se contuviera, pero la revista siguió siendo ella misma, que es lo que uno desea para una prensa libre”. “El Jueves”, una publicación humorística española que sigo con frecuencia escribió: “Se equivocan quienes quieran limitar el sangriento atentado a un ataque a la libertad de expresión y a la sátira, pues es algo mucho más grave aún: estamos ante un ataque a la civilización misma, que tantos siglos nos ha costado conseguir”. Joe Randazzo, exeditor de la revista satírica estadounidense “The Onion”, escribió: “La sátira siempre debe acompañar a cualquier sociedad libre. Es una necesidad absoluta. Incluso en los reinos medievales más represivos entendieron la necesidad del bufón de la corte, la única alma autorizada a decir la verdad por medio de la risa”, afirmó. “La sátira siempre tiene que empujar, empujar y empujar los límites de la sociedad para ver cuánto ha crecido”.  Ingrid Beck, directora de la revista argentina “Barcelona”, escribió en Twitter: “Sobre si replegar o doblar la apuesta en casos como el de Charlie Hebdo, siempre pienso en doblar la apuesta. Pero claro, yo estoy viva”.
Stéphane Charbonnier, asesinado en la masacre del 7 de enero, expresó el 19 de setiembre de 2012 en ocasión de otro ataque a la revista: “si nos planteamos la cuestión de si tenemos derecho a dibujar o no a Mahoma, de si es peligroso o no hacerlo, la cuestión que vendrá después será si podemos representar a los musulmanes y después nos preguntaremos si podemos sacar a los humanos y al final no sacaremos nada y el puñado de extremistas que se agitan en el mundo y en Francia habrán ganado”. Por último, Vargas Llosa, el premio Nóbel peruano, escribió esta semana en El País de Madrid: “Occidente debe tener clara conciencia que hay una guerra que enfrentar: sin vacilaciones, sin complejo de inferioridad, porque está en peligro la esencia misma de la cultura de la libertad”.
Si no seguimos, perderemos esa guerra, y no podemos permitir que eso suceda. Viva la Libertad de Expresión.

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Dejando el pastito

Como hoy es 5 de enero no se me ocurre otra que escribirle algo a los Reyes Magos. Ya sé que estoy grande para poner los zapatitos y esperar un regalo. Pero todos llevamos un niño adentro, aunque algunos lleven un jardín de infantes completo, y quizás algunas de mis peticiones llegue a oídos de Melchor, Gaspar o Baltasar y tenga suerte. Es que los Reyes Magos generan esa ilusión que nadie puede quitarnos, la de alentar un anhelo de que las cosas vayan mejor de lo que nosotros mismos aspiramos.

Por eso, quizás esta noche, dejándoles algo para comer a ellos además del tradicional pasto y agua a sus camellos (porque algo siempre hay que pagar, así es el mundo), que cargan en sus alforjas con millones de sueños de gentes de todas partes, me toque la suerte y reciba una contestación a mis pedidos.

Lo primero que se me ocurre pedirles si los tuviera enfrente y constatara que no son simples mortales y que realmente sean magos, sería seguir teniendo salud. Creo que es algo más que natural desear seguir con salud física y mental para poder desarrollarme como ser humano, cuidar de mi familia y crecer, y a la vez  ver crecer a mi hijo, acaso el regalo más preciado que la vida me ha dado hasta ahora y el tesoro más valioso que debo cuidar, incluso más allá de mi existencia.

Después, desearía que la vida me siga regalando el amor de mis prójimos, mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, e incluso gente a la que conozco poco pero que me basta con sus buenos deseos para sentirme apreciado y ese tipo de cosas enaltecen el espíritu, fortalecen la autoestima y desembocan en algo positivo, algo que nos hace sentir fuertes y nos generan la esperanza de poder trabajar en el día a día por un mundo mejor, pero sobre todo por un mejor presente para que sea la base de un buen futuro.

Asimismo, se me ocurren varias cosas más que deben volverse un pedido, aunque poco creo que puedan hacer estos Reyes Magos con respecto a esto. Les pediría que todos los días, pero especialmente hoy, se tratara de que no haya niños sin alegría en ninguna parte, que en el rostro de todos los niños haya felicidad y sueños cumplidos. Porque en ese caso, estaríamos en presencia del cultivo de la esperanza para un mañana mejor. Porque si un niño es feliz, lucha por sus anhelos y defiende sus convicciones, será parte de una sociedad mucho menos mezquina, hipócrita e individualista como en la que vivimos y eso ya supone que quizás en el mañana, puedan hacerse mejor las cosas, y comencemos a soñar con que nuestros hijos hagan todo lo que no pudimos hacer nosotros en su momento.

Para esto, les pido a los tres grandes hombres que nos acompañan cada 6 de enero, el deseo de que nuestros gobernantes no sean tan soberbios y empiecen a pensar en políticas de Estado destinadas a los más pequeños. Que le den una chance a los niños, una oportunidad para la vida y un tratamiento acorde a la importancia que tienen. Y no una limosna como pasa actualmente, donde de los últimos que se acuerdan es de los más pequeños, de esos que tomarán las decisiones el día de mañana y que lo harán en función de cómo fueron criados, queridos y protegidos.

Por eso me gustaría pedirle a los Reyes que hagan que los que mandan, tomen decisiones mejores y orienten el rumbo de las instituciones estatales que están destinadas al cuidado de los más pequeños, como el caso del INAU, que tienen funcionarios de todos los pelos y señales, de esos que funcionan y de los que no funcionan, de esos que no cuidan debidamente a los niños y adolescentes que están allí internados, porque a éstos les pasa de todo por acción y omisión de los trabajadores del lugar, aunque también los hay de los otros, de esos que se ponen la camiseta y hasta hacen proyectos que lamentablemente pocas veces o nunca prosperan.

A la vista está que el sistema de cuidado de niños y adolescentes de este país no funciona bien en general, porque no arroja resultados favorables y por eso la ciudadanía se sumó masivamente a pedir que haya un cambio en el tema, aunque no llegó a pedir que se baje la edad de imputabilidad, la población dio señales claras de que quiere cambios en esto, porque las instituciones que tienen el deber de hacer que la cosa ande con los menores, no lo ha podido hacer hasta ahora. Quizás sea por falta de capacitación del grupo humano que tiene a su cargo tareas difíciles, pero también por el corporativismo que existe entre sus funcionarios donde hay situaciones que abren el beneficio de la duda sobre el manejo de la institución.

Por eso quiero pedirle a los Reyes Magos que en vez de poner la mira en otras cosas, de una vez por todas mire para el lado de los más débiles, que son los niños de este país, sobre todo aquellos que no tienen familia y necesitan protección y hagan, actúen, ejecuten actos de gobierno para fortalecerlos y trabajar por ellos.

Esto, en vez de hacer cosas como anunciar que habrá gente como Fernando Calloia, que bastante dolores de cabeza ya le dio al país por haber sido un funcionario público que obró mal, haya sido con dolo o no, pero que tuvo una mala práctica al ordenar como presidente del Banco de la República un aval de casi 14 millones de dólares del erario público a un desconocido, demostrando que no administró correctamente los dineros públicos y ahora, uno de los primeros anuncios del futuro ministro de Economía es que presidirá un organismo del Estado como la Corporación Nacional para el Desarrollo, por su “excelente desempeño” en el Banco. ¿Excelente desempeño? ¿Pero en qué país vivía Astori? ¿No era el vicepresidente de todos los uruguayos cuando pasó lo de Pluna? ¿O él también está metido en esto? En vez de hacer eso, que anuncie que habrá cambios estructurales y presupuestales para financiar una nueva política para los niños de este país.

Además, queridos Reyes Magos, quiero pedirles que el gobierno que venga tenga claro que los Derechos Humanos deben respetarse todos los días. Y que los mismos, no son solamente los que se violaron en la dictadura, también son los que se violan sistemáticamente en la actualidad, cuando permitimos que haya niños que estén en la cárcel junto a sus madres, conviviendo con códigos que no son para nada deseables que un pequeño aprenda.

Ellos tienen derechos que están siendo vulnerados todos los días y nadie hace nada por repararlos, ni ninguna organización de éstas que tanto se quejan, ni tampoco el PIT CNT que queriendo mostrar humanidad, trabaja hasta con personas sospechosas de terrorismos, pero no hace nada para que esa pesadilla que sufren nuestros niños termine de una vez.

Porque en ese caso, el Estado tendría que hacerse cargo, creando una institución especial que los contenga debidamente, con educación y cariño, hasta que sus madres recuperen la libertad, y no someterlos a la miseria de tener que jugar en los patios de la cárcel. ¿Cómo crece un niño viviendo así? ¿Qué puede esperarse de él en el futuro?

Sé que la mayoría de las cosas que pedí serán difíciles de cumplir, pero al menos espero que los tomadores de decisiones tengan ilusiones de verdad, de vivir en un país mejor, y entonces hagan algo en serio para que estas realidades cambien, porque son situaciones reales, aunque no me crean ni los Reyes Magos.

HUGO LEMOS

omo hoy es 5 de enero no se me ocurre otra que escribirle algo a los Reyes Magos. Ya sé que estoy grande para poner los zapatitos y esperar un regalo. Pero todos llevamos un niño adentro, aunque algunos lleven un jardín de infantes completo, y quizás algunas de mis peticiones llegue a oídos de Melchor, Gaspar o Baltasar y tenga suerte. Es que los Reyes Magos generan esa ilusión que nadie puede quitarnos, la de alentar un anhelo de que las cosas vayan mejor de lo que nosotros mismos aspiramos.
Por eso, quizás esta noche, dejándoles algo para comer a ellos además del tradicional pasto y agua a sus camellos (porque algo siempre hay que pagar, así es el mundo), que cargan en sus alforjas con millones de sueños de gentes de todas partes, me toque la suerte y reciba una contestación a mis pedidos.
Lo primero que se me ocurre pedirles si los tuviera enfrente y constatara que no son simples mortales y que realmente sean magos, sería seguir teniendo salud. Creo que es algo más que natural desear seguir con salud física y mental para poder desarrollarme como ser humano, cuidar de mi familia y crecer, y a la vez  ver crecer a mi hijo, acaso el regalo más preciado que la vida me ha dado hasta ahora y el tesoro más valioso que debo cuidar, incluso más allá de mi existencia.
Después, desearía que la vida me siga regalando el amor de mis prójimos, mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, e incluso gente a la que conozco poco pero que me basta con sus buenos deseos para sentirme apreciado y ese tipo de cosas enaltecen el espíritu, fortalecen la autoestima y desembocan en algo positivo, algo que nos hace sentir fuertes y nos generan la esperanza de poder trabajar en el día a día por un mundo mejor, pero sobre todo por un mejor presente para que sea la base de un buen futuro.
Asimismo, se me ocurren varias cosas más que deben volverse un pedido, aunque poco creo que puedan hacer estos Reyes Magos con respecto a esto. Les pediría que todos los días, pero especialmente hoy, se tratara de que no haya niños sin alegría en ninguna parte, que en el rostro de todos los niños haya felicidad y sueños cumplidos. Porque en ese caso, estaríamos en presencia del cultivo de la esperanza para un mañana mejor. Porque si un niño es feliz, lucha por sus anhelos y defiende sus convicciones, será parte de una sociedad mucho menos mezquina, hipócrita e individualista como en la que vivimos y eso ya supone que quizás en el mañana, puedan hacerse mejor las cosas, y comencemos a soñar con que nuestros hijos hagan todo lo que no pudimos hacer nosotros en su momento.
Para esto, les pido a los tres grandes hombres que nos acompañan cada 6 de enero, el deseo de que nuestros gobernantes no sean tan soberbios y empiecen a pensar en políticas de Estado destinadas a los más pequeños. Que le den una chance a los niños, una oportunidad para la vida y un tratamiento acorde a la importancia que tienen. Y no una limosna como pasa actualmente, donde de los últimos que se acuerdan es de los más pequeños, de esos que tomarán las decisiones el día de mañana y que lo harán en función de cómo fueron criados, queridos y protegidos.
Por eso me gustaría pedirle a los Reyes que hagan que los que mandan, tomen decisiones mejores y orienten el rumbo de las instituciones estatales que están destinadas al cuidado de los más pequeños, como el caso del INAU, que tienen funcionarios de todos los pelos y señales, de esos que funcionan y de los que no funcionan, de esos que no cuidan debidamente a los niños y adolescentes que están allí internados, porque a éstos les pasa de todo por acción y omisión de los trabajadores del lugar, aunque también los hay de los otros, de esos que se ponen la camiseta y hasta hacen proyectos que lamentablemente pocas veces o nunca prosperan.
A la vista está que el sistema de cuidado de niños y adolescentes de este país no funciona bien en general, porque no arroja resultados favorables y por eso la ciudadanía se sumó masivamente a pedir que haya un cambio en el tema, aunque no llegó a pedir que se baje la edad de imputabilidad, la población dio señales claras de que quiere cambios en esto, porque las instituciones que tienen el deber de hacer que la cosa ande con los menores, no lo ha podido hacer hasta ahora. Quizás sea por falta de capacitación del grupo humano que tiene a su cargo tareas difíciles, pero también por el corporativismo que existe entre sus funcionarios donde hay situaciones que abren el beneficio de la duda sobre el manejo de la institución.
Por eso quiero pedirle a los Reyes Magos que en vez de poner la mira en otras cosas, de una vez por todas mire para el lado de los más débiles, que son los niños de este país, sobre todo aquellos que no tienen familia y necesitan protección y hagan, actúen, ejecuten actos de gobierno para fortalecerlos y trabajar por ellos.
Esto, en vez de hacer cosas como anunciar que habrá gente como Fernando Calloia, que bastante dolores de cabeza ya le dio al país por haber sido un funcionario público que obró mal, haya sido con dolo o no, pero que tuvo una mala práctica al ordenar como presidente del Banco de la República un aval de casi 14 millones de dólares del erario público a un desconocido, demostrando que no administró correctamente los dineros públicos y ahora, uno de los primeros anuncios del futuro ministro de Economía es que presidirá un organismo del Estado como la Corporación Nacional para el Desarrollo, por su “excelente desempeño” en el Banco. ¿Excelente desempeño? ¿Pero en qué país vivía Astori? ¿No era el vicepresidente de todos los uruguayos cuando pasó lo de Pluna? ¿O él también está metido en esto? En vez de hacer eso, que anuncie que habrá cambios estructurales y presupuestales para financiar una nueva política para los niños de este país.
Además, queridos Reyes Magos, quiero pedirles que el gobierno que venga tenga claro que los Derechos Humanos deben respetarse todos los días. Y que los mismos, no son solamente los que se violaron en la dictadura, también son los que se violan sistemáticamente en la actualidad, cuando permitimos que haya niños que estén en la cárcel junto a sus madres, conviviendo con códigos que no son para nada deseables que un pequeño aprenda.
Ellos tienen derechos que están siendo vulnerados todos los días y nadie hace nada por repararlos, ni ninguna organización de éstas que tanto se quejan, ni tampoco el PIT CNT que queriendo mostrar humanidad, trabaja hasta con personas sospechosas de terrorismos, pero no hace nada para que esa pesadilla que sufren nuestros niños termine de una vez.
Porque en ese caso, el Estado tendría que hacerse cargo, creando una institución especial que los contenga debidamente, con educación y cariño, hasta que sus madres recuperen la libertad, y no someterlos a la miseria de tener que jugar en los patios de la cárcel. ¿Cómo crece un niño viviendo así? ¿Qué puede esperarse de él en el futuro?
Sé que la mayoría de las cosas que pedí serán difíciles de cumplir, pero al menos espero que los tomadores de decisiones tengan ilusiones de verdad, de vivir en un país mejor, y entonces hagan algo en serio para que estas realidades cambien, porque son situaciones reales, aunque no me crean ni los Reyes Magos.

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A último momento

Los uruguayos tenemos la costumbre de hacer todo a último momento, siempre ha sido así y no creo que ese aspecto de nuestra conducta, ese hábito que nos da identidad, que nos hace ser quienes somos y que es parte visceral de nuestro estereotipo, vaya a cambiar algún día. Es que nadie piensa en hacerlo, eso es seguro, porque a nadie le interesa. Sobre todo porque no nos damos cuenta, ya que estamos todo el año sabiendo lo que tenemos que hacer, en el momento que tenemos que hacerlo, pero aún así esperamos a último momento para actuar y encima nos calentamos, porque cuando vamos a hacer lo que habíamos programado, está todo el mundo en la misma, y nos chocamos, porque nadie se dio maña para hacerlo antes y siempre pasa lo mismo, nos amontonamos para solucionar algo que podíamos haberlo resuelto ya, pero que no nos dieron ganas y listo.

Así de fácil y así de estúpido somos cuando hacemos las cosas de esa manera y encima nos calentamos. Lo viví en carne propia en la víspera de Nochebuena, todo la semana anterior diciendo que iba a hacer las compras para ese día antes del 15, después antes del 20, después el 22 o más tardar el 23 de mañana, y terminé como todo el mundo el 24 a media mañana saliendo de casa con termo y mate, tranquilo, pensando en lo lindo que es pasar la Navidad en familia, en las visitas que iría a recibir de noche, en la panzada que me iba a dar con la comida, en que además era la primera fiesta de Navidad de mi hijo en la que estaba consciente de un tal Papá Noel, de las luces del arbolito y sin asustarse de los fuegos artificiales, pero cuando llegué al centro ya volví a vivir como un lunes de mañana cualquiera.

El clima de fiesta se me fue bien lejos en pocos minutos y la cara de pocos amigos me volvió de inmediato, cuando al pasar la Plaza Artigas ya vi dónde me estaba metiendo y agarré el embotellamiento de Uruguay y Viera, y los primeros bocinazos se empezaron a sentir, retumbando en mis oídos más que las bombas brasileras que tiraron durante toda la semana los vecinos de la cuadra, que por lo que se dejaba oír por las noches, se ve que con bastante antelación ya festejaron la Navidad, el Año Nuevo, Reyes y el feriado de Carnaval, todo junto.

Llegar al supermercado fue un suplicio y entrar fue peor aún. Todos peleábamos por los fiambres, los refrescos y las carnes que pensábamos poner a la parrilla. Parecía que se terminaba el mundo al otro día y que nos estaban vendiendo el último pedazo de lo que quedaba sobre la tierra, ya que todos nos mirábamos de reojo cuando el que estaba antes que nosotros en ser atendido, justo pedía lo que pensábamos llevar y se nos iba el espíritu navideño por un rato, al querer que haya más stock, porque si no éramos capaces de seguirlo y robarle el carrito con alguna excusa burda como la de “miren lo que está pasando allá…”, apuntando con nuestro dedo índice hacia el infinito y cuando el sujeto en cuestión cayera en la trampa, le hacíamos desaparecer los kilos de asado de vacío jugoso que pretendíamos llevar nosotros a nuestra casa, por el asado de tira con grasa que nos pudimos comprar en el mostrador, y que si bien no suplía en nada a la carne de la que nos habíamos querido apoderar, al menos no nos hacía sentir tan mal.

Después de una fila kilométrica en la caja donde ya no sabes para dónde mirar de tanto que viste,   te encontrás con un montón de gente que por un lado se quiere hacer la América en dos días y no en cuarenta, vendiendo baratijas en la calle a precios más caros que los de las jugueterías establecidas, las que al menos justifican sus remarques porque tienen que pagar impuestos por estar ahí y encima como es diciembre, tienen que pagar salarios y aguinaldos a sus empleados, cuando no, algún que otro salario vacacional, por lo cual remarcan para juntar un poco más de plata y que a los empleados les pague el cliente. Entonces los perritos chinos que mueven la cabeza, hacen ruidos y prenden luces, no pueden valer 500 pesos, porque si los agarra mi hijo, lo zamarrea un poco y deja de hacer ruido, prender luces y hacer cualquier movimiento y los 500 pesos pagan mucho más que eso.

Pero el nene dice que se portó bien y que merece uno, y vos parecés un gil peleándole el precio a un tipo que te mira con cara de “no sé si voy a tener trabajo mañana y con esto tengo que mantener a mi familia por todo el verano”, entonces pensás “todo sea por el nene” y sacás con dolor el billete azul con la cara de uno de los maestros del derecho civil uruguayo como fue don Eduardo Acevedo y se lo entregás tironeando hasta que te das cuenta que estás haciendo el ridículo y te llevás el perro chino, que en vez de ladrar algo así como ¡guau!, emite otro sonido que vos no sabés si no es una clave para un ciberataque de los coreanos o algo por el estilo.

Entre todo el borbollón de gente caminás con las bolsas que se te caen, mirando la listita que escribió tu mujer con todo lo que habían quedado de comprar para ese día, la que llega hasta el suelo y encima tiene detalles, flechas y esquemas de los lugares a los que hay que ir para adquirir los elementos elegidos para la Nochebuena, pero como los escribió con lápiz y como la llevabas en la mano, y la tenías caliente y sudorosa de hacer fuerza con las bolsas y por el tórrido calor que se empieza a sentir con fuerza, se te borraron justamente los detalles, que era lo que más nos habían encargado. ¿Y ahora qué hago?, ¿dónde compro?, y ¿qué compro? La temperatura sube, el calor también, la hora pasa y te empiezan a llamar a ver qué conseguiste, para saber qué falta. Todo a último momento y vos mirás al cielo y no decís nada porque Papá Noel está escuchando.

Pero a no desesperar, los uruguayos somos así. Y así lo demostró nuestra clase política al votar cosas como la ley de medios a último momento y cuando nadie estaba mirando, las modificaciones al Código Penal que condicionarán la regulación de la libertad de expresión, pero como tampoco nadie está mirando porque van a estar todos entretenidos en ver quién sacó el Gordo de Fin de Año, que capaz que otra vez cae en Salto y no en Pando como el 5 de Oro, porque parece que para sacarse un pozo de Oro hay que mudarse a Canelones, nadie le está dando bolilla a las decisiones que están tomando los políticos de último momento antes de irse de vacaciones al este del país, porque ya alquilaron casa, los que no la tienen, y no pueden suspender nada porque sus familias los matan, principalmente sus esposas que hicieron gimnasia todo el año para ir a la playa.

Pero después de todo ese bullicio, saludando a todo aquel que pasaba y conocía, caminé varias cuadras para llegar hasta el auto, porque para ir hasta calle Uuguay tenía que estacionar en 8 de Octubre más o menos, y cuando llegué arranqué con lo que tenía, que ya era más que suficiente, y lo mismo pienso hacer en estas fiestas, donde lo que más importa es la salud, estar en paz con uno mismo para poder dársela a los que lo rodean, valorar lo que se tiene, querer lo conquistado y plantearse lograr muchas metas más en los tiempos que vienen.

El 2014 fue un año de mucha actividad, pero también de experiencias vividas que han enriquecido el alma, que han dejado sinsabores por un lado, pero muchas alegrías por otro. Así como también fue un tiempo donde todos hemos dejado cosas para último momento, pero que haciéndolas, termina con muchas cosas más positivas que de las otras, y que los uruguayos en su conjunto debemos saber valorar, como por ejemplo, hemos reivindicado una vez más nuestra voluntad con libertad, respeto y tolerancia en un país que vaya si necesita de esas cosas.

Por esa razón, debemos tener las fuerzas suficientes y la mente clara como para arrancar una nueva etapa con alegría, paz, muchas ganas y la firme convicción de que lo mejor siempre está por venir, y que lo vivido será eternamente el recuerdo de una linda experiencia que se aglutina en el anecdotario de nuestra vida.

Por eso, más allá de esto, y después de todo, cuando llegué al auto con las bolsas en la mano, sudando y pensando en lo innecesario de haber salido corriendo de casa para meterme en la vorágine del gentío que quiere apoderarse de todo lo que está a su alcance haciéndole culto al voraz consumo, pensé en lo dichoso que somos por vivir en paz y tener la oportunidad de elegir cada día, qué es lo que haremos al día siguiente, poniendo nuestro destino en nuestras propias manos. No hay regalo mejor que ese. Así que Feliz Año Nuevo para todos y que lo que venga, sea lo que realmente anhelamos y todo eso depende en gran medida, de nosotros mismos.

HUGO LEMOS

os uruguayos tenemos la costumbre de hacer todo a último momento, siempre ha sido así y no creo que ese aspecto de nuestra conducta, ese hábito que nos da identidad, que nos hace ser quienes somos y que es parte visceral de nuestro estereotipo, vaya a cambiar algún día. Es que nadie piensa en hacerlo, eso es seguro, porque a nadie le interesa. Sobre todo porque no nos damos cuenta, ya que estamos todo el año sabiendo lo que tenemos que hacer, en el momento que tenemos que hacerlo, pero aún así esperamos a último momento para actuar y encima nos calentamos, porque cuando vamos a hacer lo que habíamos programado, está todo el mundo en la misma, y nos chocamos, porque nadie se dio maña para hacerlo antes y siempre pasa lo mismo, nos amontonamos para solucionar algo que podíamos haberlo resuelto ya, pero que no nos dieron ganas y listo.
Así de fácil y así de estúpido somos cuando hacemos las cosas de esa manera y encima nos calentamos. Lo viví en carne propia en la víspera de Nochebuena, todo la semana anterior diciendo que iba a hacer las compras para ese día antes del 15, después antes del 20, después el 22 o más tardar el 23 de mañana, y terminé como todo el mundo el 24 a media mañana saliendo de casa con termo y mate, tranquilo, pensando en lo lindo que es pasar la Navidad en familia, en las visitas que iría a recibir de noche, en la panzada que me iba a dar con la comida, en que además era la primera fiesta de Navidad de mi hijo en la que estaba consciente de un tal Papá Noel, de las luces del arbolito y sin asustarse de los fuegos artificiales, pero cuando llegué al centro ya volví a vivir como un lunes de mañana cualquiera.
El clima de fiesta se me fue bien lejos en pocos minutos y la cara de pocos amigos me volvió de inmediato, cuando al pasar la Plaza Artigas ya vi dónde me estaba metiendo y agarré el embotellamiento de Uruguay y Viera, y los primeros bocinazos se empezaron a sentir, retumbando en mis oídos más que las bombas brasileras que tiraron durante toda la semana los vecinos de la cuadra, que por lo que se dejaba oír por las noches, se ve que con bastante antelación ya festejaron la Navidad, el Año Nuevo, Reyes y el feriado de Carnaval, todo junto.
Llegar al supermercado fue un suplicio y entrar fue peor aún. Todos peleábamos por los fiambres, los refrescos y las carnes que pensábamos poner a la parrilla. Parecía que se terminaba el mundo al otro día y que nos estaban vendiendo el último pedazo de lo que quedaba sobre la tierra, ya que todos nos mirábamos de reojo cuando el que estaba antes que nosotros en ser atendido, justo pedía lo que pensábamos llevar y se nos iba el espíritu navideño por un rato, al querer que haya más stock, porque si no éramos capaces de seguirlo y robarle el carrito con alguna excusa burda como la de “miren lo que está pasando allá…”, apuntando con nuestro dedo índice hacia el infinito y cuando el sujeto en cuestión cayera en la trampa, le hacíamos desaparecer los kilos de asado de vacío jugoso que pretendíamos llevar nosotros a nuestra casa, por el asado de tira con grasa que nos pudimos comprar en el mostrador, y que si bien no suplía en nada a la carne de la que nos habíamos querido apoderar, al menos no nos hacía sentir tan mal.
Después de una fila kilométrica en la caja donde ya no sabes para dónde mirar de tanto que viste,   te encontrás con un montón de gente que por un lado se quiere hacer la América en dos días y no en cuarenta, vendiendo baratijas en la calle a precios más caros que los de las jugueterías establecidas, las que al menos justifican sus remarques porque tienen que pagar impuestos por estar ahí y encima como es diciembre, tienen que pagar salarios y aguinaldos a sus empleados, cuando no, algún que otro salario vacacional, por lo cual remarcan para juntar un poco más de plata y que a los empleados les pague el cliente. Entonces los perritos chinos que mueven la cabeza, hacen ruidos y prenden luces, no pueden valer 500 pesos, porque si los agarra mi hijo, lo zamarrea un poco y deja de hacer ruido, prender luces y hacer cualquier movimiento y los 500 pesos pagan mucho más que eso.
Pero el nene dice que se portó bien y que merece uno, y vos parecés un gil peleándole el precio a un tipo que te mira con cara de “no sé si voy a tener trabajo mañana y con esto tengo que mantener a mi familia por todo el verano”, entonces pensás “todo sea por el nene” y sacás con dolor el billete azul con la cara de uno de los maestros del derecho civil uruguayo como fue don Eduardo Acevedo y se lo entregás tironeando hasta que te das cuenta que estás haciendo el ridículo y te llevás el perro chino, que en vez de ladrar algo así como ¡guau!, emite otro sonido que vos no sabés si no es una clave para un ciberataque de los coreanos o algo por el estilo.
Entre todo el borbollón de gente caminás con las bolsas que se te caen, mirando la listita que escribió tu mujer con todo lo que habían quedado de comprar para ese día, la que llega hasta el suelo y encima tiene detalles, flechas y esquemas de los lugares a los que hay que ir para adquirir los elementos elegidos para la Nochebuena, pero como los escribió con lápiz y como la llevabas en la mano, y la tenías caliente y sudorosa de hacer fuerza con las bolsas y por el tórrido calor que se empieza a sentir con fuerza, se te borraron justamente los detalles, que era lo que más nos habían encargado. ¿Y ahora qué hago?, ¿dónde compro?, y ¿qué compro? La temperatura sube, el calor también, la hora pasa y te empiezan a llamar a ver qué conseguiste, para saber qué falta. Todo a último momento y vos mirás al cielo y no decís nada porque Papá Noel está escuchando.
Pero a no desesperar, los uruguayos somos así. Y así lo demostró nuestra clase política al votar cosas como la ley de medios a último momento y cuando nadie estaba mirando, las modificaciones al Código Penal que condicionarán la regulación de la libertad de expresión, pero como tampoco nadie está mirando porque van a estar todos entretenidos en ver quién sacó el Gordo de Fin de Año, que capaz que otra vez cae en Salto y no en Pando como el 5 de Oro, porque parece que para sacarse un pozo de Oro hay que mudarse a Canelones, nadie le está dando bolilla a las decisiones que están tomando los políticos de último momento antes de irse de vacaciones al este del país, porque ya alquilaron casa, los que no la tienen, y no pueden suspender nada porque sus familias los matan, principalmente sus esposas que hicieron gimnasia todo el año para ir a la playa.
Pero después de todo ese bullicio, saludando a todo aquel que pasaba y conocía, caminé varias cuadras para llegar hasta el auto, porque para ir hasta calle Uuguay tenía que estacionar en 8 de Octubre más o menos, y cuando llegué arranqué con lo que tenía, que ya era más que suficiente, y lo mismo pienso hacer en estas fiestas, donde lo que más importa es la salud, estar en paz con uno mismo para poder dársela a los que lo rodean, valorar lo que se tiene, querer lo conquistado y plantearse lograr muchas metas más en los tiempos que vienen.
El 2014 fue un año de mucha actividad, pero también de experiencias vividas que han enriquecido el alma, que han dejado sinsabores por un lado, pero muchas alegrías por otro. Así como también fue un tiempo donde todos hemos dejado cosas para último momento, pero que haciéndolas, termina con muchas cosas más positivas que de las otras, y que los uruguayos en su conjunto debemos saber valorar, como por ejemplo, hemos reivindicado una vez más nuestra voluntad con libertad, respeto y tolerancia en un país que vaya si necesita de esas cosas.
Por esa razón, debemos tener las fuerzas suficientes y la mente clara como para arrancar una nueva etapa con alegría, paz, muchas ganas y la firme convicción de que lo mejor siempre está por venir, y que lo vivido será eternamente el recuerdo de una linda experiencia que se aglutina en el anecdotario de nuestra vida.
Por eso, más allá de esto, y después de todo, cuando llegué al auto con las bolsas en la mano, sudando y pensando en lo innecesario de haber salido corriendo de casa para meterme en la vorágine del gentío que quiere apoderarse de todo lo que está a su alcance haciéndole culto al voraz consumo, pensé en lo dichoso que somos por vivir en paz y tener la oportunidad de elegir cada día, qué es lo que haremos al día siguiente, poniendo nuestro destino en nuestras propias manos. No hay regalo mejor que ese. Así que Feliz Año Nuevo para todos y que lo que venga, sea lo que realmente anhelamos y todo eso depende en gran medida, de nosotros mismos.

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Héroes de la Ciudad

Mi hijo tiene la costumbre, como todo niño de su edad, de mirar la televisión por las mañanas. Pero en casa solamente le dejamos ver el canal infantil que entendimos apropiado, el Disney Junior Channel, donde hay una serie de programas que además de entretenerlo también le enseñan palabras, juegos, canciones y personajes de todo tipo acordes a su edad y capacidad de entendimiento.
Uno de los programas de dibujos animados que mira se llama Héroes de la Ciudad y refiere a un grupo de niños que tras encontrarse con alguna situación particular, de esas que pueden presentársenos todos los días, aparece un adulto que cantando les enseña una lección para que ese grupo de chicos aprenda a resolverlo.
Vale decir que el programa además de divertido, es alegre, aleccionador y bastante cercano con cualquier realidad a la que puedan verse envueltos los adultos a diario pero sobre todo, los niños. Claro, el Héroe de cada episodio, es el adulto que con paciencia, valor y buen humor les enseña a resolver cada asunto.
Pero todo esto nos enseña que en cada comunidad, a diario y en las cosas más simples están los héroes que día a día, hacen de nuestra sociedad un lugar valioso para vivir, por su gente, por lo que nos enseñan con cada cosa que hacen y dicen, y con cada gesto, actitud y acción. Lo más valioso, es que así actúan por convicción, sin buscar el reconocimiento público y muchas veces sin darse cuenta que están enseñando cada día a quienes los vemos, dejándonos un mensaje positivo, de coraje y valores.
Por eso, en esta época navideña, donde todos nos decimos cosas lindas y otros no nos animamos a tanto, después de haber pasado un año complejo, difícil o simplemente diferente al que pretendíamos, es bueno rescatar algunas acciones heroicas, de los héroes que tenemos a diario frente a nuestras narices y por vivir en un mundo donde campea la desconfianza, el desamor y la mentira, donde solamente prejuzgamos y cuestionamos a determinadas personas o a gentes en general, sin saber el verdadero motivo de sus acciones o sin valorarlas, pensando que es parte de su deber, sin ponernos en su lugar y encima, muchas veces, mirándolos de reojo.
Lo que vi el otro día era un claro ejemplo de algo de esto. Era viernes al mediodía, el sol anunciaba que la tarde sería sofocante y que el verano estaba llegando. Pero sobre todo, la tensa calma por la aproximación de las fiestas tradicionales estaba en el rostro de todos. El  nerviosismo típico por contar los vintenes y salir a comprar cosas que satisfagan al conjunto de la familia, pasaron a ser parte de la cultura aprehendida de nuestra sociedad y eso genera más factores negativos que positivos, pero está en nosotros cambiarlo.
Como les contaba, el viernes al mediodía a la hora pico todos estaban apurados, la calle Brasil era un infierno de vehículos, de esos que hace que por momentos Salto parezca una ciudad mucho más grande en tamaño y población de lo que realmente es, por el intenso tránsito que  se vuelve una locura. Pero algo llamaba mi atención desde la esquina de Brasil y Viera, donde estaba esperando el ómnibus que me dejara cerca de casa. Una figura humana con dos bolsos en el suelo y haciendo señas se erigía en el medio de la calle moviendo los brazos como si estuviera en la pista de un aeropuerto, con la intención de que los vehículos evitaran pisarlo y sortearan su pequeña humanidad en proporción incluso a algunas camionetas y ómnibus que son dificultad y entre maldiciones intentaban esquivarlo.
Tras causarme asombro, la segunda sensación que tuve fue de curiosidad, y allí me invadieron los prejuicios de todo tipo, como a todos los que estaban cerca de mí en ese momento, pensábamos que el tipo estaba loco de remate, que estaba exponiendo su vida y que seguramente estaría drogado o borracho para hacer algo semejante. Entonces decidí acercarme y olvidarme que estaba esperando el ómnibus para ver qué estaba sucediendo realmente.
Caminé media cuadra y al estar en la calle Brasil entre Invernizzi y Viera, bien a mitad de cuadra, pude ver qué era lo que realmente estaba  pasando.  El que estaba parado en medio de la calle, era una persona de esas que puede decirse están en el escalón más bajo de la sociedad del nivel socioeconómico, era un indigente y las dos bolsas blancas que tenía delante eran todas sus pertenencias.  Pero seguramente en la escala moral y de coraje estaba en uno de los niveles más altos.
Ocurrió que la calle, pese a ser de hormigón macizo, no sé cómo ni por qué, había cedido y se había formado en el lugar un agujero de un metro de diámetro por un metro de altura, es decir, había un cráter en pleno centro y cualquiera que pasara por allí tendría un tremendo accidente a no ser por la voluntad, la decisión y la valentía de ese ser humano que arriesgando su vida, aguantando insultos, bocinazos y amenazas de todo tipo, para que se corriera del lugar porque los conductores no veían el pozo que estaba detrás y pensaban que era un demente que solo impedía que el tránsito fluyera de manera normal, se mantenía intacto, incólume , sin moverse un centímetro, para evitar un accidente.
Cualquiera que lo viera solo atinaba a visualizar a un vagabundo, con muy mal aspecto y harapos que hacía señas con sus manos, sin embargo, al pararse a su lado, uno reconocía en él a un héroe de la ciudad, a un hombre que hacía el bien sin mirar a quién y que encima era defenestrado por aquellos a los que estaba salvando de un hecho lamentable. Desde la vereda de enfrente algunos vecinos y un abogado que trabaja en el lugar, solamente hablaban del pozo que se había formado allí y quizás la única ayuda que ofrecieron fue comunicar el hecho a las autoridades, pero no osaron ni por asomo ponerse en lugar de este hombre ni defenderlo de los insultos de los conductores.
Me acerqué y lo felicité, y como todos somos frágiles humanamente hablando casi le doy una moneda, la que en otras circunstancias él quizás me hubiera pedido, pero por suerte entendí que si lo hacía, solamente iba a ofenderlo. Él atinó a contestarme “muchas gracias señor”, y siguió haciendo su trabajo, sintiéndose respetado, digno y contento. Y yo me sentía mejor aún por recibir su agradecimiento.
Al cabo de unos minutos, llegaron los  funcionarios municipales que tomaron el control de la situación, le dijeron que podía irse, ni siquiera le palmearon la espalda, el hombre tomó sus bolsas y se fue caminando al rayo del sol, sin más recompensa que la de saber que le había salvado la vida a decenas de salteños ese día. Pavada de recompensa. Ojalá haya muchos más como él, porque si así fuera, se cumpliría el designio de que en la Navidad haya paz para los hombres de buena voluntad como este héroe silencioso al que espero volver a ver algún día para agradecerle por haberme enseñado algo.

Mi hijo tiene la costumbre, como todo niño de su edad, de mirar la televisión por las mañanas. Pero en casa solamente le dejamos ver el canal infantil que entendimos apropiado, el Disney Junior Channel, donde hay una serie de programas que además de entretenerlo también le enseñan palabras, juegos, canciones y personajes de todo tipo acordes a su edad y capacidad de entendimiento.

Uno de los programas de dibujos animados que mira se llama Héroes de la Ciudad y refiere a un grupo de niños que trasnavidad encontrarse con alguna situación particular, de esas que pueden presentársenos todos los días, aparece un adulto que cantando les enseña una lección para que ese grupo de chicos aprenda a resolverlo.

Vale decir que el programa además de divertido, es alegre, aleccionador y bastante cercano con cualquier realidad a la que puedan verse envueltos los adultos a diario pero sobre todo, los niños. Claro, el Héroe de cada episodio, es el adulto que con paciencia, valor y buen humor les enseña a resolver cada asunto.

Pero todo esto nos enseña que en cada comunidad, a diario y en las cosas más simples están los héroes que día a día, hacen de nuestra sociedad un lugar valioso para vivir, por su gente, por lo que nos enseñan con cada cosa que hacen y dicen, y con cada gesto, actitud y acción. Lo más valioso, es que así actúan por convicción, sin buscar el reconocimiento público y muchas veces sin darse cuenta que están enseñando cada día a quienes los vemos, dejándonos un mensaje positivo, de coraje y valores.

Por eso, en esta época navideña, donde todos nos decimos cosas lindas y otros no nos animamos a tanto, después de haber pasado un año complejo, difícil o simplemente diferente al que pretendíamos, es bueno rescatar algunas acciones heroicas, de los héroes que tenemos a diario frente a nuestras narices y por vivir en un mundo donde campea la desconfianza, el desamor y la mentira, donde solamente prejuzgamos y cuestionamos a determinadas personas o a gentes en general, sin saber el verdadero motivo de sus acciones o sin valorarlas, pensando que es parte de su deber, sin ponernos en su lugar y encima, muchas veces, mirándolos de reojo.

Lo que vi el otro día era un claro ejemplo de algo de esto. Era viernes al mediodía, el sol anunciaba que la tarde sería sofocante y que el verano estaba llegando. Pero sobre todo, la tensa calma por la aproximación de las fiestas tradicionales estaba en el rostro de todos. El  nerviosismo típico por contar los vintenes y salir a comprar cosas que satisfagan al conjunto de la familia, pasaron a ser parte de la cultura aprehendida de nuestra sociedad y eso genera más factores negativos que positivos, pero está en nosotros cambiarlo.

Como les contaba, el viernes al mediodía a la hora pico todos estaban apurados, la calle Brasil era un infierno de vehículos, de esos que hace que por momentos Salto parezca una ciudad mucho más grande en tamaño y población de lo que realmente es, por el intenso tránsito que  se vuelve una locura. Pero algo llamaba mi atención desde la esquina de Brasil y Viera, donde estaba esperando el ómnibus que me dejara cerca de casa. Una figura humana con dos bolsos en el suelo y haciendo señas se erigía en el medio de la calle moviendo los brazos como si estuviera en la pista de un aeropuerto, con la intención de que los vehículos evitaran pisarlo y sortearan su pequeña humanidad en proporción incluso a algunas camionetas y ómnibus que son dificultad y entre maldiciones intentaban esquivarlo.

Tras causarme asombro, la segunda sensación que tuve fue de curiosidad, y allí me invadieron los prejuicios de todo tipo, como a todos los que estaban cerca de mí en ese momento, pensábamos que el tipo estaba loco de remate, que estaba exponiendo su vida y que seguramente estaría drogado o borracho para hacer algo semejante. Entonces decidí acercarme y olvidarme que estaba esperando el ómnibus para ver qué estaba sucediendo realmente.

Caminé media cuadra y al estar en la calle Brasil entre Invernizzi y Viera, bien a mitad de cuadra, pude ver qué era lo que realmente estaba  pasando.  El que estaba parado en medio de la calle, era una persona de esas que puede decirse están en el escalón más bajo de la sociedad del nivel socioeconómico, era un indigente y las dos bolsas blancas que tenía delante eran todas sus pertenencias.  Pero seguramente en la escala moral y de coraje estaba en uno de los niveles más altos.

Ocurrió que la calle, pese a ser de hormigón macizo, no sé cómo ni por qué, había cedido y se había formado en el lugar un agujero de un metro de diámetro por un metro de altura, es decir, había un cráter en pleno centro y cualquiera que pasara por allí tendría un tremendo accidente a no ser por la voluntad, la decisión y la valentía de ese ser humano que arriesgando su vida, aguantando insultos, bocinazos y amenazas de todo tipo, para que se corriera del lugar porque los conductores no veían el pozo que estaba detrás y pensaban que era un demente que solo impedía que el tránsito fluyera de manera normal, se mantenía intacto, incólume , sin moverse un centímetro, para evitar un accidente.

Cualquiera que lo viera solo atinaba a visualizar a un vagabundo, con muy mal aspecto y harapos que hacía señas con sus manos, sin embargo, al pararse a su lado, uno reconocía en él a un héroe de la ciudad, a un hombre que hacía el bien sin mirar a quién y que encima era defenestrado por aquellos a los que estaba salvando de un hecho lamentable. Desde la vereda de enfrente algunos vecinos y un abogado que trabaja en el lugar, solamente hablaban del pozo que se había formado allí y quizás la única ayuda que ofrecieron fue comunicar el hecho a las autoridades, pero no osaron ni por asomo ponerse en lugar de este hombre ni defenderlo de los insultos de los conductores.

Me acerqué y lo felicité, y como todos somos frágiles humanamente hablando casi le doy una moneda, la que en otras circunstancias él quizás me hubiera pedido, pero por suerte entendí que si lo hacía, solamente iba a ofenderlo. Él atinó a contestarme “muchas gracias señor”, y siguió haciendo su trabajo, sintiéndose respetado, digno y contento. Y yo me sentía mejor aún por recibir su agradecimiento.

Al cabo de unos minutos, llegaron los  funcionarios municipales que tomaron el control de la situación, le dijeron que podía irse, ni siquiera le palmearon la espalda, el hombre tomó sus bolsas y se fue caminando al rayo del sol, sin más recompensa que la de saber que le había salvado la vida a decenas de salteños ese día. Pavada de recompensa. Ojalá haya muchos más como él, porque si así fuera, se cumpliría el designio de que en la Navidad haya paz para los hombres de buena voluntad como este héroe silencioso al que espero volver a ver algún día para agradecerle por haberme enseñado algo.

Hugo Lemos

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Estos muchachos ¿son o se hacen?

Aprender a convivir con una mentalidad distinta a la que tenemos actualmente, es acaso el gran desafío que nos imponen medidas tan drásticas para el país como las que adoptó el presidente Mujica, al traer a presuntos exterroristas que estaban en la cruel, salvaje e injusta mazmorra de Guantánamo, como refugiados a nuestro país, para liberarlos de la opresión y el yugo ejercido por el gobierno del Premio Nóbel de la Paz (aunque no lo crea), Barack Obama y su omnipotente ejército.
Los uruguayos tenemos que comenzar a tener una mentalidad más abierta y contar de un día para otro y a la fuerza, con un mayor grado de raciocinio que el que veníamos teniendo hasta ahora, si queremos entender cabalmente las transformaciones sociales, las leyes liberales y las medidas socialmente radicales que nos ha impuesto el presidente de la República, el mundialmente célebre por su impronta justiciera y aspecto de pobre “Pepe” Mujica (aunque entre él y la mujer ganan en la mano 150 mil pesos uruguayos mensuales, y si bien pueden ganar el triple apenas se quedan con esto, pero hay que considerar que no tienen hijos y no pagan alquiler y son ellos dos solos en su casa propia, entonces eso de ser el presidente más pobre del mundo tiene sus limitaciones, porque al grueso del pueblo uruguayo le entran 30 mil pesos promedio en la casa, entonces uno piensa, con esa realidad, qué autoridad tiene él para venir a hablar de austeridad con tanta plata en la mano, así cualquiera).
En fin, el hecho de haber traído familias sirias que viven entre las balas para rescatarlas de una muerte segura, a la que están expuestas esas poblaciones todos los días sin que la comunidad internacional se preocupe por ellos, es un hecho destacable, que enaltece la figura de una nación como la nuestra, porque con esto está dando un mensaje de colaboración entre los individuos, de paz y en definitiva de humanismo.
Pero resolverle el problema a un país que ha sido el único que ha atentado a lo largo de su historia contra la población civil con todo su poderío militar, como lo hicieron en Japón con Hiroshima y Nagasaki primero, dejando miles y miles de muertos en generación tras generación por la radiación de la bomba atómica, millones de muertos después en Asia, al atacar Vietnam, Camboya, Tailandia y todos los países que andaban en la vuelta en los años sesenta. E incluso, a quienes son los hacedores confesos de las dictaduras latinoamericanas para frenar la expansión del pensamiento comunista, derrocando gobiernos democráticos, asesinando personas, secuestrando niños, desterrando a hombres y mujeres, y vilipendiando el honor de naciones enteras, sin siquiera importarles nada, si a esta clase de gente como son los estadounidenses les compramos sus problemas, es porque estamos todos locos.
No estoy en contra de los presuntos exterroristas a los que fiel al estilo de los yanquis, nadie sabe si son o no son, qué es lo que son, ni cómo llegaron a ese estado de estar secuestrados en una mazmorra, con la peor de las torturas y el encierro perpetuo en nombre de la lucha por la libertad, algo tan paradójico, tragicómico, como vomitivo, porque que alguien haga todo esto de esclavizar personas, denigrarlos como seres humanos y someterlos a todo tipo de vejámenes, para defender la libertad, es un chiste de mal gusto. ¿Qué libertad? Es algo tan cómico como cuando los ridículos y cobardes militares de nuestra historia reciente que dieron el golpe de Estado en el 73, dijeron que socavaban a las instituciones democráticas para defenderlas y pelear por la Constitución. Una cosa de locos, que ni ellos se la creían, obviamente.
Yo veo todo esto y pienso, ¿cuánto valen las naranjas que queremos venderles a los gringos? ¿Cuánto vale tener un mercado común con esta gente? ¿Cuánto cuesta que nos llamen socios y amigos? ¿Cuál es el precio de poder tener un intercambio serio y responsable comercial, educativo, cultural, en ciencia y tecnología y de otras artes con los muchachos del norte? Pero encima, el peculiar Pepe Mujica, aclaró por las dudas en la radio para que su barra no se enoje tanto lo que le pidió a los gringos a cambio de los terroristas.
Dicho por él mismo, el Pepe dijo; “miren que le exigí al Premio Nóbel de la Paz (Hussein Obama de apellido el tipo) y máximo carcelero del mundo a la vez, que suelte a los tres cubanos que tiene como presos políticos sospechosos (porque ellos no prueban nada, son tan desconfiados que todos somos sospechosos) de ser espías y que levante el embargo económico a Cuba, a cambio de traer a los presos para acá, ¿tamo?”, dijo Mujica por la radio convencido de que así taparía el ojo a los muchachos de la calle Tristán Narvaja que de casualidad estaban mateando y comiendo galleta, escuchando la radio.
¡Ah ta, Pepe!, menos mal que nos aclaraste que le dijiste al morocho de la Casa Blanca que le hacías el mandado con esas condiciones. Estoy seguro que el tipo aceptó encantado levantar un embargo que tiene contra la isla de los hermanos Castro, como una medida vital para los intereses de su país como erradicar el comunismo a costa del hambre de sus poblaciones igual y en Cuba casi lo consiguen durante tantas décadas que ahora, porque vos lo pedís, van a dar marcha atrás.
Seguramente que el tipo le dijo a su vicepresidente Biden “Mujica nos exige terminar con 60 años de política de seguridad y el fin del embargo contra Cuba, ya mismo lo hacemos, sino capaz que nos manda de vuelta a los terroristas para acá, o peor aún, a alguno de los PIT CNT con ganas de hacer una huelga y copar el Pentágono, y encima nos vuelan el edificio nuevo que hicimos en el lugar donde quedó el agujero del 11 de setiembre”, y llamó a su gabinete para anunciarles la histórica medida.
Y además, convocó al jefe del Ejército diciéndole “ché, sacale las pilas a la picana y soltá a los cubanos éstos que dice Mujica que son inocentes”. Y el militar condecorado por tantas muertes en batalla en su impecable uniforme verde le dice, “uy, Obama, ¿por qué no llamamos antes a Montevideo, sabes la de luz y agua que habríamos ahorrado en vez de tanta descarga eléctrica y tanto submarino que venimos haciéndole a estos pichones de Fidel Castro?
Todavía no sé cuál es el peor o mejor de los chistes que nos vienen haciendo. Si el hecho de que éstos muchachos son inocentes palomitas que cayeron por casualidad en las garras del mal, que sí existe y es el que está en Guantánamo. O si el chiste mayor es el hecho de haberlos traído, para rehabilitarlos en Uruguay y encima en manos del PIT CNT, que son él ejemplo de cordura, buenos modales y organizados y disciplinados trabajadores que buscan el bien común y sacar al país adelante, haciendo del uruguayo promedio un hombre de provecho que trabaje duro por lo que quiere, respetando al de al lado, sin importar que éste sea rico o pobre (escrito en clave de ironía por si no se dieron cuenta).
Pero los presuntos terroristas (porque en eso Estados Unidos es igual al Uruguay por más que a los sabelotodos del MPP no les guste, y el principio de presunción de inocencia allá tampoco se cumple como acá, donde todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario y si no lo podés demostrar, a jodernos, y por las dudas nos chupamos unos cuántos años presos) ahora los presuntos terroristas caminan por la calle mejor vestidos que sus anfitriones, los del PIT CNT (bueno,  no precisan mucho) y para pasar desapercibidos, o para aprender a ser un sindicalista más, hasta toman mate y se ríen como si les gustara la infusión de agua caliente, como a Marcelo Abdala que duerme abrazado al termo y cuando Capusotto hace el sketch de James Bo, de la religión Adoradores del Termo, lo tomó como ejemplo a él.
Claro, los del PIT están chochos, ahora con una formación de nuevos dirigentes como éstos, con el prontuario que les endilga el gobierno de Estados Unidos, quizás para justificar en cierta medida el hecho de haberlos secuestrado y torturado durante tanto tiempo sin juicio ni condena, pavada de sindicalistas van a tener. Qué no van a cumplir las patronales si ahora con estos muchachos de huelga es de lo menos que vamos a hablar, sino que las próximas medidas ya van a ser un poco más drásticas y eso asegura acuerdos con las patronales en fija, por lo que el gobierno se espera que descenderá el índice de conflictividad sindical, al menos algo positivo entre tanto berrinche.
Más allá de todo, el hecho de refugiar personas que han venido al país luego de estar presos en las peores condiciones sin juicio justo y con acusaciones de todo tipo, que solamente injurian su nombre, es una buena causa que hay que saber llevar adelante, trabajando primero en clarificar la identidad de estas personas y segundo, en imponerles condiciones de paz, convivencia y buenas costumbres, para darles una segunda oportunidad en la vida y entonces así puedan volver a vivir. Porque todos nos merecemos ese derecho, pero tomémoslo con la seriedad que corresponde y en cuanto a los uruguayos, no prejuzguemos tanto y hagamos más para que las cosas cambien de verdad.

Aprender a convivir con una mentalidad distinta a la que tenemos actualmente, es acaso el gran desafío que nos imponen medidas tan drásticas para el país como las que adoptó el presidente Mujica, al traer a presuntos exterroristas que estaban en la cruel, salvaje e injusta mazmorra de Guantánamo, como refugiados a nuestro país, para liberarlos de la opresión y el yugo ejercido por el gobierno del Premio Nóbel de la Paz (aunque no lo crea), Barack Obama y su omnipotente ejército.

Los uruguayos tenemos que comenzar a tener una mentalidad más abierta y contar de un día para otro y a la fuerza, conterrorismo un mayor grado de raciocinio que el que veníamos teniendo hasta ahora, si queremos entender cabalmente las transformaciones sociales, las leyes liberales y las medidas socialmente radicales que nos ha impuesto el presidente de la República, el mundialmente célebre por su impronta justiciera y aspecto de pobre “Pepe” Mujica (aunque entre él y la mujer ganan en la mano 150 mil pesos uruguayos mensuales, y si bien pueden ganar el triple apenas se quedan con esto, pero hay que considerar que no tienen hijos y no pagan alquiler y son ellos dos solos en su casa propia, entonces eso de ser el presidente más pobre del mundo tiene sus limitaciones, porque al grueso del pueblo uruguayo le entran 30 mil pesos promedio en la casa, entonces uno piensa, con esa realidad, qué autoridad tiene él para venir a hablar de austeridad con tanta plata en la mano, así cualquiera).

En fin, el hecho de haber traído familias sirias que viven entre las balas para rescatarlas de una muerte segura, a la que están expuestas esas poblaciones todos los días sin que la comunidad internacional se preocupe por ellos, es un hecho destacable, que enaltece la figura de una nación como la nuestra, porque con esto está dando un mensaje de colaboración entre los individuos, de paz y en definitiva de humanismo.

Pero resolverle el problema a un país que ha sido el único que ha atentado a lo largo de su historia contra la población civil con todo su poderío militar, como lo hicieron en Japón con Hiroshima y Nagasaki primero, dejando miles y miles de muertos en generación tras generación por la radiación de la bomba atómica, millones de muertos después en Asia, al atacar Vietnam, Camboya, Tailandia y todos los países que andaban en la vuelta en los años sesenta. E incluso, a quienes son los hacedores confesos de las dictaduras latinoamericanas para frenar la expansión del pensamiento comunista, derrocando gobiernos democráticos, asesinando personas, secuestrando niños, desterrando a hombres y mujeres, y vilipendiando el honor de naciones enteras, sin siquiera importarles nada, si a esta clase de gente como son los estadounidenses les compramos sus problemas, es porque estamos todos locos.

No estoy en contra de los presuntos exterroristas a los que fiel al estilo de los yanquis, nadie sabe si son o no son, qué es lo que son, ni cómo llegaron a ese estado de estar secuestrados en una mazmorra, con la peor de las torturas y el encierro perpetuo en nombre de la lucha por la libertad, algo tan paradójico, tragicómico, como vomitivo, porque que alguien haga todo esto de esclavizar personas, denigrarlos como seres humanos y someterlos a todo tipo de vejámenes, para defender la libertad, es un chiste de mal gusto. ¿Qué libertad? Es algo tan cómico como cuando los ridículos y cobardes militares de nuestra historia reciente que dieron el golpe de Estado en el 73, dijeron que socavaban a las instituciones democráticas para defenderlas y pelear por la Constitución. Una cosa de locos, que ni ellos se la creían, obviamente.

Yo veo todo esto y pienso, ¿cuánto valen las naranjas que queremos venderles a los gringos? ¿Cuánto vale tener un mercado común con esta gente? ¿Cuánto cuesta que nos llamen socios y amigos? ¿Cuál es el precio de poder tener un intercambio serio y responsable comercial, educativo, cultural, en ciencia y tecnología y de otras artes con los muchachos del norte? Pero encima, el peculiar Pepe Mujica, aclaró por las dudas en la radio para que su barra no se enoje tanto lo que le pidió a los gringos a cambio de los terroristas.

Dicho por él mismo, el Pepe dijo; “miren que le exigí al Premio Nóbel de la Paz (Hussein Obama de apellido el tipo) y máximo carcelero del mundo a la vez, que suelte a los tres cubanos que tiene como presos políticos sospechosos (porque ellos no prueban nada, son tan desconfiados que todos somos sospechosos) de ser espías y que levante el embargo económico a Cuba, a cambio de traer a los presos para acá, ¿tamo?”, dijo Mujica por la radio convencido de que así taparía el ojo a los muchachos de la calle Tristán Narvaja que de casualidad estaban mateando y comiendo galleta, escuchando la radio.

¡Ah ta, Pepe!, menos mal que nos aclaraste que le dijiste al morocho de la Casa Blanca que le hacías el mandado con esas condiciones. Estoy seguro que el tipo aceptó encantado levantar un embargo que tiene contra la isla de los hermanos Castro, como una medida vital para los intereses de su país como erradicar el comunismo a costa del hambre de sus poblaciones igual y en Cuba casi lo consiguen durante tantas décadas que ahora, porque vos lo pedís, van a dar marcha atrás.

Seguramente que el tipo le dijo a su vicepresidente Biden “Mujica nos exige terminar con 60 años de política de seguridad y el fin del embargo contra Cuba, ya mismo lo hacemos, sino capaz que nos manda de vuelta a los terroristas para acá, o peor aún, a alguno de los PIT CNT con ganas de hacer una huelga y copar el Pentágono, y encima nos vuelan el edificio nuevo que hicimos en el lugar donde quedó el agujero del 11 de setiembre”, y llamó a su gabinete para anunciarles la histórica medida.

Y además, convocó al jefe del Ejército diciéndole “ché, sacale las pilas a la picana y soltá a los cubanos éstos que dice Mujica que son inocentes”. Y el militar condecorado por tantas muertes en batalla en su impecable uniforme verde le dice, “uy, Obama, ¿por qué no llamamos antes a Montevideo, sabes la de luz y agua que habríamos ahorrado en vez de tanta descarga eléctrica y tanto submarino que venimos haciéndole a estos pichones de Fidel Castro?

Todavía no sé cuál es el peor o mejor de los chistes que nos vienen haciendo. Si el hecho de que éstos muchachos son inocentes palomitas que cayeron por casualidad en las garras del mal, que sí existe y es el que está en Guantánamo. O si el chiste mayor es el hecho de haberlos traído, para rehabilitarlos en Uruguay y encima en manos del PIT CNT, que son él ejemplo de cordura, buenos modales y organizados y disciplinados trabajadores que buscan el bien común y sacar al país adelante, haciendo del uruguayo promedio un hombre de provecho que trabaje duro por lo que quiere, respetando al de al lado, sin importar que éste sea rico o pobre (escrito en clave de ironía por si no se dieron cuenta).

Pero los presuntos terroristas (porque en eso Estados Unidos es igual al Uruguay por más que a los sabelotodos del MPP no les guste, y el principio de presunción de inocencia allá tampoco se cumple como acá, donde todos somos culpables hasta que demostremos lo contrario y si no lo podés demostrar, a jodernos, y por las dudas nos chupamos unos cuántos años presos) ahora los presuntos terroristas caminan por la calle mejor vestidos que sus anfitriones, los del PIT CNT (bueno,  no precisan mucho) y para pasar desapercibidos, o para aprender a ser un sindicalista más, hasta toman mate y se ríen como si les gustara la infusión de agua caliente, como a Marcelo Abdala que duerme abrazado al termo y cuando Capusotto hace el sketch de James Bo, de la religión Adoradores del Termo, lo tomó como ejemplo a él.

Claro, los del PIT están chochos, ahora con una formación de nuevos dirigentes como éstos, con el prontuario que les endilga el gobierno de Estados Unidos, quizás para justificar en cierta medida el hecho de haberlos secuestrado y torturado durante tanto tiempo sin juicio ni condena, pavada de sindicalistas van a tener. Qué no van a cumplir las patronales si ahora con estos muchachos de huelga es de lo menos que vamos a hablar, sino que las próximas medidas ya van a ser un poco más drásticas y eso asegura acuerdos con las patronales en fija, por lo que el gobierno se espera que descenderá el índice de conflictividad sindical, al menos algo positivo entre tanto berrinche.

Más allá de todo, el hecho de refugiar personas que han venido al país luego de estar presos en las peores condiciones sin juicio justo y con acusaciones de todo tipo, que solamente injurian su nombre, es una buena causa que hay que saber llevar adelante, trabajando primero en clarificar la identidad de estas personas y segundo, en imponerles condiciones de paz, convivencia y buenas costumbres, para darles una segunda oportunidad en la vida y entonces así puedan volver a vivir. Porque todos nos merecemos ese derecho, pero tomémoslo con la seriedad que corresponde y en cuanto a los uruguayos, no prejuzguemos tanto y hagamos más para que las cosas cambien de verdad.

Hugo Lemos

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Un mundo distinto

Cuando era niño caminaba con tranquilidad por mi barrio, ya que era impensable lo contrario. Dejar la puerta abierta o sin llave, era lo más normal del mundo. Que los vecinos estuvieran sentados en la puerta de su casa, conversando con el de al lado también lo era, y el hecho de jugar en la vereda con total tranquilidad mientras mis padres hacían los quehaceres adentro de casa no suponía ningún riesgo para ellos.

Sin embargo, los tiempos cambiaron, hoy los códigos de convivencia son otros muy distintos, la estructura cultural de la sociedad es diferente, el valor del respeto se ha perdido en demasía y eso ha dado lugar a la desconfianza de unos a otros, como el principal factor en las relaciones interpersonales en el mundo contemporáneo.

Es muy poca la gente que atiende a alguien en su casa y le permite entrar, sobre todo cuando éste lo que quiere es ayuda o simplemente un vaso con agua, o algo por el estilo. Ahora miramos detrás de la puerta, preguntamos un ¿¡quién es!?, de manera imperativa, antes de manipular el picaporte y verle la cara a quien osa invadir nuestra intimidad y acercarse a nosotros sea cuál sea el motivo que lo llevó a nuestro hogar.

Lo que pasa es que estamos hartos de los vivos, de los que van en busca de una ventaja y de los que quieren envolverte para sacarte algo. Todos los días en cada hogar de Salto alguien golpea la puerta pidiendo algo, vendiendo alguna cosa o solicitando apoyo para una causa cualquiera, y eso ya irrita a una sociedad cuyos integrantes tienen problemas de todo tipo, y no quieren más dramas de los que ya viven.

Empero, aún hay gestos que se rescatan. Ayer por la mañana, un padre le había comprado un helado a su pequeño hijo y éste, lo había disfrutado tanto que hasta lo compartió directamente con su ropa. Las manos estaban embadurnadas del pegote tradicional del helado palito, que ayudado por el fuerte sol que hubo en la mañana, se derretía por todos lados y emanaba por sus manos como si fuera un manantial.

El hombre comenzó a impacientarse porque algo tenía que hacer para dejar de ser un enchastre andante, no podía seguir caminando con el pequeño a cuestas porque estaba siendo víctima de la crema pegajosa de menta que había comprado en otro estado hacía tan solo unos minutos, en una conocida heladería de la Zona Este. Además, venía cargado de bolsas con víveres comprados en la feria dominical, mientras en el otro brazo, con las fuerzas que le quedaban sujetaba al pequeño, quien inquieto por naturaleza, lo hacía caminar con la mayor de las dificultades, a la vez que convertía su camisa en un trapo sucio que el pequeño usaba de mantel. A esto, cabía agregarle el calor tórrido que conspiraba para enervar más el malestar del hombre.

Entonces fue cuando caminando por la calle Agraciada, vio una puerta abierta. La misma que veía siempre cuando era niño en la casa de sus vecinos, esos que ya no están en este mundo, como tampoco lo están las puertas abiertas en las casas. El sujeto, como un oasis en el desierto, tuvo la sensación de haber visto el espejismo de una mujer que le estiraba los brazos para ayudarlo, como lo hacían sus vecinas, las abuelas del barrio, que sin importar el momento y la ocasión, siempre estaban dispuestas a ayudar, a dar una mano, en definitiva, como buenas madres de otras épocas, a meterse en todo para servir al más pequeño del lugar, sin importarle si ese era su hijo, sobrino, nieto o vecino, ellas ayudaban a todos por igual, porque habían crecido así y ese era el mundo que conocían, muy distinto al nuestro de ahora, y espero que no lo siga siendo, pero más difícil es que suceda lo contrario, y peor será el que le vayamos a legar a nuestros hijos.

Fue así que el hombre ya medio al caerse porque el equilibrio le estaba fallando, paró en la casa con la puerta abierta y tocó timbre. Desde el interior y con paso cansino, salió una mujer mayor, una abuela, con vestido largo, cara alegre y gesto simpático, y con la buena educación de las señoras de otras épocas preguntó: ¿en qué lo puedo ayudar? El hombre la miró con más simpatía aún y le pidió si podía permitirle a su hijo lavarse las manos e higienizarse un poco, así seguirían la marcha con mayor dignidad.

La mujer lo miró con una sonrisa, se conmovió con la mirada profundamente tierna de la criatura, y le pidió al hombre que pasara, usara su baño y hasta le ofreció una toalla para que ambos pudieran estar más cómodos. Una vez esto, y preguntando todos los datos filiatorios del niño, le contó que tenía un nieto casi de la misma edad y hasta le insistió en que se quedara o volviera más tarde en lo posible para que los niños jugaran entre sí.

Casi atónito con lo que le estaba pasando, el hombre quedó maravillado, se despidió muy agradecido con la mujer, se retrotrajo a su pasado y recordó cuando en el barrio todos le pedían que fuera a su casa así alegraba con sus cuentos de niño, las tardes de aquellas abuelas tan cariñosas como solitarias, y por un instante, se sintió mejor persona, caminando con otra postura, acomodando las bolsas de un lado y al niño del otro, en definitiva yendo más cómodo.

Pero a la cuadra volvió a vivir en el presente cuando siguió viendo casas con las puertas enrejadas, ventanas cerradas, gente que salía de su casa y cerraba dos veces la puerta, y miraba con recelo, de reojo a quien pasaba por al lado, apretando su bolso como para estar seguros y tranquilos de que sus pertenencias estaban a salvo.

¿Qué nos pasó en todo este tiempo?, se preguntó el hombre. ¿Qué fue lo que perdimos?, ¿por qué ahora no podemos mirarnos un segundo a los ojos con tranquilidad, hablarnos en forma sincera, darnos un apretón de manos y confiar en el otro? Ese no es el mundo que queremos para nosotros, ni mucho menos para nuestros hijos.

El tema pasa por nosotros mismos, por tener más confianza en el otro, más paciencia, mejor trato, más respeto, menos intolerancia y más comprensión. Es que si no ponemos nuestro granito de arena para poder manejarlo, para poder cambiarlo, para mejorarlo, estamos fritos, ya que si no cambiamos nosotros, y no lo hacemos ahora, nadie nos va a salvar de vivir en un mundo cada vez más frío, con menos valores y con más odio. Y eso no podemos permitirlo.

HUGO LEMOS

uando era niño caminaba con tranquilidad por mi barrio, ya que era impensable lo contrario. Dejar la puerta abierta o sin llave, era lo más normal del mundo. Que los vecinos estuvieran sentados en la puerta de su casa, conversando con el de al lado también lo era, y el hecho de jugar en la vereda con total tranquilidad mientras mis padres hacían los quehaceres adentro de casa no suponía ningún riesgo para ellos.
Sin embargo, los tiempos cambiaron, hoy los códigos de convivencia son otros muy distintos, la estructura cultural de la sociedad es diferente, el valor del respeto se ha perdido en demasía y eso ha dado lugar a la desconfianza de unos a otros, como el principal factor en las relaciones interpersonales en el mundo contemporáneo.
Es muy poca la gente que atiende a alguien en su casa y le permite entrar, sobre todo cuando éste lo que quiere es ayuda o simplemente un vaso con agua, o algo por el estilo. Ahora miramos detrás de la puerta, preguntamos un ¿¡quién es!?, de manera imperativa, antes de manipular el picaporte y verle la cara a quien osa invadir nuestra intimidad y acercarse a nosotros sea cuál sea el motivo que lo llevó a nuestro hogar.
Lo que pasa es que estamos hartos de los vivos, de los que van en busca de una ventaja y de los que quieren envolverte para sacarte algo. Todos los días en cada hogar de Salto alguien golpea la puerta pidiendo algo, vendiendo alguna cosa o solicitando apoyo para una causa cualquiera, y eso ya irrita a una sociedad cuyos integrantes tienen problemas de todo tipo, y no quieren más dramas de los que ya viven.
Empero, aún hay gestos que se rescatan. Ayer por la mañana, un padre le había comprado un helado a su pequeño hijo y éste, lo había disfrutado tanto que hasta lo compartió directamente con su ropa. Las manos estaban embadurnadas del pegote tradicional del helado palito, que ayudado por el fuerte sol que hubo en la mañana, se derretía por todos lados y emanaba por sus manos como si fuera un manantial.
El hombre comenzó a impacientarse porque algo tenía que hacer para dejar de ser un enchastre andante, no podía seguir caminando con el pequeño a cuestas porque estaba siendo víctima de la crema pegajosa de menta que había comprado en otro estado hacía tan solo unos minutos, en una conocida heladería de la Zona Este. Además, venía cargado de bolsas con víveres comprados en la feria dominical, mientras en el otro brazo, con las fuerzas que le quedaban sujetaba al pequeño, quien inquieto por naturaleza, lo hacía caminar con la mayor de las dificultades, a la vez que convertía su camisa en un trapo sucio que el pequeño usaba de mantel. A esto, cabía agregarle el calor tórrido que conspiraba para enervar más el malestar del hombre.
Entonces fue cuando caminando por la calle Agraciada, vio una puerta abierta. La misma que veía siempre cuando era niño en la casa de sus vecinos, esos que ya no están en este mundo, como tampoco lo están las puertas abiertas en las casas. El sujeto, como un oasis en el desierto, tuvo la sensación de haber visto el espejismo de una mujer que le estiraba los brazos para ayudarlo, como lo hacían sus vecinas, las abuelas del barrio, que sin importar el momento y la ocasión, siempre estaban dispuestas a ayudar, a dar una mano, en definitiva, como buenas madres de otras épocas, a meterse en todo para servir al más pequeño del lugar, sin importarle si ese era su hijo, sobrino, nieto o vecino, ellas ayudaban a todos por igual, porque habían crecido así y ese era el mundo que conocían, muy distinto al nuestro de ahora, y espero que no lo siga siendo, pero más difícil es que suceda lo contrario, y peor será el que le vayamos a legar a nuestros hijos.
Fue así que el hombre ya medio al caerse porque el equilibrio le estaba fallando, paró en la casa con la puerta abierta y tocó timbre. Desde el interior y con paso cansino, salió una mujer mayor, una abuela, con vestido largo, cara alegre y gesto simpático, y con la buena educación de las señoras de otras épocas preguntó: ¿en qué lo puedo ayudar? El hombre la miró con más simpatía aún y le pidió si podía permitirle a su hijo lavarse las manos e higienizarse un poco, así seguirían la marcha con mayor dignidad.
La mujer lo miró con una sonrisa, se conmovió con la mirada profundamente tierna de la criatura, y le pidió al hombre que pasara, usara su baño y hasta le ofreció una toalla para que ambos pudieran estar más cómodos. Una vez esto, y preguntando todos los datos filiatorios del niño, le contó que tenía un nieto casi de la misma edad y hasta le insistió en que se quedara o volviera más tarde en lo posible para que los niños jugaran entre sí.
Casi atónito con lo que le estaba pasando, el hombre quedó maravillado, se despidió muy agradecido con la mujer, se retrotrajo a su pasado y recordó cuando en el barrio todos le pedían que fuera a su casa así alegraba con sus cuentos de niño, las tardes de aquellas abuelas tan cariñosas como solitarias, y por un instante, se sintió mejor persona, caminando con otra postura, acomodando las bolsas de un lado y al niño del otro, en definitiva yendo más cómodo.
Pero a la cuadra volvió a vivir en el presente cuando siguió viendo casas con las puertas enrejadas, ventanas cerradas, gente que salía de su casa y cerraba dos veces la puerta, y miraba con recelo, de reojo a quien pasaba por al lado, apretando su bolso como para estar seguros y tranquilos de que sus pertenencias estaban a salvo.
¿Qué nos pasó en todo este tiempo?, se preguntó el hombre. ¿Qué fue lo que perdimos?, ¿por qué ahora no podemos mirarnos un segundo a los ojos con tranquilidad, hablarnos en forma sincera, darnos un apretón de manos y confiar en el otro? Ese no es el mundo que queremos para nosotros, ni mucho menos para nuestros hijos.
El tema pasa por nosotros mismos, por tener más confianza en el otro, más paciencia, mejor trato, más respeto, menos intolerancia y más comprensión. Es que si no ponemos nuestro granito de arena para poder manejarlo, para poder cambiarlo, para mejorarlo, estamos fritos, ya que si no cambiamos nosotros, y no lo hacemos ahora, nadie nos va a salvar de vivir en un mundo cada vez más frío, con menos valores y con más odio. Y eso no podemos permitirlo.

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Una mala forma de actuar

Los entrenan para que sean así, maleducados (por ser cautos con mis expresiones, después de todo, la semana recién empieza). De eso estoy seguro, porque de lo contrario no puede ser que todos los responsables, propietarios o quienes sean los encargados de tener gestoras de cobros y/o call center que se dediquen a perseguir deudores, o a simples clientes de tarjetas de crédito que se atrasen un par de días en abonar sumas irrisorias o algunas considerables, coincidan en contratar a los mismos prepotentes, altaneros y desubicados que son capaces de llamarte varias veces el mismo día con tal de  poder darles su merecido por el altavoz y presionarlos para que paguen.
Seguramente que el que se equivoca soy yo y el perfil del trabajador de un call center que se dedique a cobrar deudas, deba exigir las tres características que esgrimí más arriba. En realidad nunca miré un llamado de trabajo de esa naturaleza, así que no puedo asegurar nada. Por lo tanto, me quedo con la premisa con la que empecé este artículo, porque tampoco hay que matar al de abajo, si es el de arriba el que le impone ser así, ahora, también hay que prestarse para esas cosas.
El otro día me dice una persona que había perdido la factura de una tarjeta de crédito, cuyo importe era de 450 pesos, que se le pasaron dos días y recibió varios llamados, donde la indicación que le dieron para que abonara a través de los agentes de recaudación privados que tienen decenas de locales en la ciudad, no le funcionó, porque le faltó un dato que sí estaba en la factura que ella había perdido, por lo tanto se demoró unos días más en pagar “la deuda”. Pero volvió a recibir el llamado como no podía ser de otra manera.
El tema fue el trato que recibió. El: ¿por qué no fue a pagar?, reiterado tantas veces, siguiendo de un: ¿cuál es su excusa, a ver?, como si la persona estuviera mintiendo, y para terminar un: ¿usted me está tomando el pelo?, con un imperativo: ¡vaya a pagar ahora mismo! Lo que implica coacción, falta de respeto y una serie de epítetos de la que se hacen acreedores estos corresponsales de la confiscación del bolsillo ajeno.
Son soldados que cumplen órdenes del más vil patrón, el capital, y de algún avivado que quiere exprimir hasta el último centavo de cualquier tenedor de un préstamo o una tarjeta, recobrando lo prestado, el crédito accedido y muchos pesos de más, encima llevando a cabo un tipo de práctica insana, abusiva y que muchas veces por la manera en la que se conducen, rayan sin dudas en la extorsión, que es un delito sancionado en el Código Penal.
En otro de los tantos casos que han llegado a mis oídos, está el de una persona que mantuvo una deuda que cayó en manos de profesionales dedicados a la gestión de cobro, y tras hacerlo, recibió una propuesta que se puede decir inmoral y antiética con todo lo que suponen las buenas prácticas de los profesionales. La gestora de cobro le exigía pagar un monto mayor al doble de la deuda original, de lo contrario remitiría los antecedentes a la justicia, para generar un daño aún mayor. A lo que la persona prefirió exponerse a las injusticias de la justicia uruguaya, que ceder a la extorsión de los profesionales de la mal llamada “gestión de cobros”.
Se supone que los gestores de cobro deben buscar facilitar el camino para que los deudores contumaces, o los deudores habituales, salden sus problemas financieros y puedan incluso, de buena manera, con prácticas amistosas, correctas y leales a las buenas costumbres, allanarles el camino para que no vuelvan a incurrir en este tipo de situaciones, más allá de cuál haya sido el problema original que hayan tenido para afrontar sus obligaciones. Y encima derivara en el problema de no solo tener una deuda, sino además de tener que cruzarse en el camino con ellos, que están dispuestos a maltratar a todo el mundo, con tal de conseguir su propósito, e incluso a caer en prácticas extorsivas que solamente generan daño en las personas y una situación de violencia totalmente condenable.
Considero que este tipo de casos no son más que el resultado de la sociedad que tenemos en estos tiempos, donde impera la violencia, el destrato, la maldad, la mezquindad y la deshonestidad, pero sobre todo la desconfianza, donde en vez de pensar que hay que ayudar a la gente, se piensa en cómo generarle un problema mayor, en cómo hacerse de lo de uno y el otro que reviente, en donde la solidaridad pasa por darle monedas al cuidacoches y por negarle un vaso de agua al que te toca timbre por temor a que te roben, donde tampoco miramos a los niños que están solos y que nos hablan hasta buscando afecto en la calle, y donde no los vemos como tales sino como infantes problemáticos de los que debemos deshacernos, ignorándolos.
Eso se traslada luego a quienes son empleados por una empresa que se dedica al cobro de pesos de sus deudores y los hace destratar a las personas por el simple hecho de que tienen una deuda monetaria, los que con su falta de responsabilidad al actuar y hablándole a sus víctimas con cierta impunidad, generando un clima inapropiado para solucionar los problemas de la gente, pero como al parecer no es lo que buscan, con su proceder consiguen el resultado y agravan aún más los problemas de la gente.
En este momento el país atraviesa por un nivel de endeudamiento interno que se vuelve bastante inquietante, porque no hay soluciones al corto plazo. Se trata de uno de los índices de endeudamiento de la gente más relevante desde la última crisis económica del 2002. Todo parte de la falta de conducta económica de la gente y eso es así. Cuando hubo circulante y la gente pudo tener dinero en el bolsillo, se lo gastó sin medir consecuencias, lo hizo ansiosa por poder adquirir los bienes materiales que solo veía en televisión, un consumismo impulsado por el capitalismo, sistema en el que vivimos y aplicaremos sea cual sea el gobierno de turno, por más que algunos palurdos que se dan dique de algo, insistan estúpidamente en que vivimos en una social democracia, pero con un sistema implantado como éste, nadie midió que si compraba mucho, después tendría que pagar mucho.
Entonces comenzó a cobrar protagonismo la famosa calesita, donde para quedarse con dinero en el bolsillo, la gente pagaba el mínimo de deudas o peor aún, directamente no pagaban, entonces se quedaban con algo para gastar aunque las deudas comenzaban a crecer; principalmente con las empresas financieras, las mismas que primero les ofrecieron dinero a un muy bajo costo de devolución y con tasas de interés mínimas, a sola firma y entregándoles hasta caramelos de regalo con tal de que vayan a sus locales, son las mismas que ahora les caen con los dos pies y los acogotan, mostrándoles realmente la otra cara de la moneda.
En ese sentido, estamos generando un mundo de violencia, y de violencia económica, donde le decimos a la gente que se lleve dinero o que gaste y compre, porque no podemos regular el asunto sino afectaríamos la sagrada libertad de mercado, pero después si se atrasa dos días con la primera cuota, le mandamos una gestora de cobro, las que operan como una jauría de perros, para hacerles sentir todo el rigor que no le mostramos cuando fueron al local a llevarse el préstamo que le dimos a sola firma y por encima de sus posibilidades de pago. Incluso a sabiendas que darle más dinero del que puede pagar a una persona, es como darle una metralleta cargada a un niño de tres años.
Por eso reclamo, que la gente no sea tan ingenua y que mida sus posibilidades de pago, pero también que las prácticas abusivas, extorsionadoras y fuera de lugar de las empresas que se dedican a la gestión de cobros terminen con sus actuaciones que rayan en lo delictivo y que solamente generan más violencia, porque se trata de un abuso gratuito con el que tenemos que parar.

Los entrenan para que sean así, maleducados (por ser cautos con mis expresiones, después de todo, la semana recién empieza). De eso estoy seguro, porque de lo contrario no puede ser que todos los responsables, propietarios o quienes sean los encargados de tener gestoras de cobros y/o call center que se dediquen a perseguir deudores, o a simples clientes de tarjetas de crédito que se atrasen un par de días en abonar sumas irrisorias o algunas considerables, coincidan en contratar a los mismos prepotentes, altaneros y desubicados que son capaces de llamarte varias veces el mismo día con tal de  poder darles su merecido por el altavoz y presionarlos para que paguen.

Seguramente que el que se equivoca soy yo y el perfil del trabajador de un call center que se dedique a cobrar deudas, deba exigirdeuda las tres características que esgrimí más arriba. En realidad nunca miré un llamado de trabajo de esa naturaleza, así que no puedo asegurar nada. Por lo tanto, me quedo con la premisa con la que empecé este artículo, porque tampoco hay que matar al de abajo, si es el de arriba el que le impone ser así, ahora, también hay que prestarse para esas cosas.

El otro día me dice una persona que había perdido la factura de una tarjeta de crédito, cuyo importe era de 450 pesos, que se le pasaron dos días y recibió varios llamados, donde la indicación que le dieron para que abonara a través de los agentes de recaudación privados que tienen decenas de locales en la ciudad, no le funcionó, porque le faltó un dato que sí estaba en la factura que ella había perdido, por lo tanto se demoró unos días más en pagar “la deuda”. Pero volvió a recibir el llamado como no podía ser de otra manera.

El tema fue el trato que recibió. El: ¿por qué no fue a pagar?, reiterado tantas veces, siguiendo de un: ¿cuál es su excusa, a ver?, como si la persona estuviera mintiendo, y para terminar un: ¿usted me está tomando el pelo?, con un imperativo: ¡vaya a pagar ahora mismo! Lo que implica coacción, falta de respeto y una serie de epítetos de la que se hacen acreedores estos corresponsales de la confiscación del bolsillo ajeno.

Son soldados que cumplen órdenes del más vil patrón, el capital, y de algún avivado que quiere exprimir hasta el último centavo de cualquier tenedor de un préstamo o una tarjeta, recobrando lo prestado, el crédito accedido y muchos pesos de más, encima llevando a cabo un tipo de práctica insana, abusiva y que muchas veces por la manera en la que se conducen, rayan sin dudas en la extorsión, que es un delito sancionado en el Código Penal.

En otro de los tantos casos que han llegado a mis oídos, está el de una persona que mantuvo una deuda que cayó en manos de profesionales dedicados a la gestión de cobro, y tras hacerlo, recibió una propuesta que se puede decir inmoral y antiética con todo lo que suponen las buenas prácticas de los profesionales. La gestora de cobro le exigía pagar un monto mayor al doble de la deuda original, de lo contrario remitiría los antecedentes a la justicia, para generar un daño aún mayor. A lo que la persona prefirió exponerse a las injusticias de la justicia uruguaya, que ceder a la extorsión de los profesionales de la mal llamada “gestión de cobros”.

Se supone que los gestores de cobro deben buscar facilitar el camino para que los deudores contumaces, o los deudores habituales, salden sus problemas financieros y puedan incluso, de buena manera, con prácticas amistosas, correctas y leales a las buenas costumbres, allanarles el camino para que no vuelvan a incurrir en este tipo de situaciones, más allá de cuál haya sido el problema original que hayan tenido para afrontar sus obligaciones. Y encima derivara en el problema de no solo tener una deuda, sino además de tener que cruzarse en el camino con ellos, que están dispuestos a maltratar a todo el mundo, con tal de conseguir su propósito, e incluso a caer en prácticas extorsivas que solamente generan daño en las personas y una situación de violencia totalmente condenable.

Considero que este tipo de casos no son más que el resultado de la sociedad que tenemos en estos tiempos, donde impera la violencia, el destrato, la maldad, la mezquindad y la deshonestidad, pero sobre todo la desconfianza, donde en vez de pensar que hay que ayudar a la gente, se piensa en cómo generarle un problema mayor, en cómo hacerse de lo de uno y el otro que reviente, en donde la solidaridad pasa por darle monedas al cuidacoches y por negarle un vaso de agua al que te toca timbre por temor a que te roben, donde tampoco miramos a los niños que están solos y que nos hablan hasta buscando afecto en la calle, y donde no los vemos como tales sino como infantes problemáticos de los que debemos deshacernos, ignorándolos.

Eso se traslada luego a quienes son empleados por una empresa que se dedica al cobro de pesos de sus deudores y los hace destratar a las personas por el simple hecho de que tienen una deuda monetaria, los que con su falta de responsabilidad al actuar y hablándole a sus víctimas con cierta impunidad, generando un clima inapropiado para solucionar los problemas de la gente, pero como al parecer no es lo que buscan, con su proceder consiguen el resultado y agravan aún más los problemas de la gente.

En este momento el país atraviesa por un nivel de endeudamiento interno que se vuelve bastante inquietante, porque no hay soluciones al corto plazo. Se trata de uno de los índices de endeudamiento de la gente más relevante desde la última crisis económica del 2002. Todo parte de la falta de conducta económica de la gente y eso es así. Cuando hubo circulante y la gente pudo tener dinero en el bolsillo, se lo gastó sin medir consecuencias, lo hizo ansiosa por poder adquirir los bienes materiales que solo veía en televisión, un consumismo impulsado por el capitalismo, sistema en el que vivimos y aplicaremos sea cual sea el gobierno de turno, por más que algunos palurdos que se dan dique de algo, insistan estúpidamente en que vivimos en una social democracia, pero con un sistema implantado como éste, nadie midió que si compraba mucho, después tendría que pagar mucho.

Entonces comenzó a cobrar protagonismo la famosa calesita, donde para quedarse con dinero en el bolsillo, la gente pagaba el mínimo de deudas o peor aún, directamente no pagaban, entonces se quedaban con algo para gastar aunque las deudas comenzaban a crecer; principalmente con las empresas financieras, las mismas que primero les ofrecieron dinero a un muy bajo costo de devolución y con tasas de interés mínimas, a sola firma y entregándoles hasta caramelos de regalo con tal de que vayan a sus locales, son las mismas que ahora les caen con los dos pies y los acogotan, mostrándoles realmente la otra cara de la moneda.

En ese sentido, estamos generando un mundo de violencia, y de violencia económica, donde le decimos a la gente que se lleve dinero o que gaste y compre, porque no podemos regular el asunto sino afectaríamos la sagrada libertad de mercado, pero después si se atrasa dos días con la primera cuota, le mandamos una gestora de cobro, las que operan como una jauría de perros, para hacerles sentir todo el rigor que no le mostramos cuando fueron al local a llevarse el préstamo que le dimos a sola firma y por encima de sus posibilidades de pago. Incluso a sabiendas que darle más dinero del que puede pagar a una persona, es como darle una metralleta cargada a un niño de tres años.

Por eso reclamo, que la gente no sea tan ingenua y que mida sus posibilidades de pago, pero también que las prácticas abusivas, extorsionadoras y fuera de lugar de las empresas que se dedican a la gestión de cobros terminen con sus actuaciones que rayan en lo delictivo y que solamente generan más violencia, porque se trata de un abuso gratuito con el que tenemos que parar.

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Potenciar lo que ya tenemos

Yo también fui víctima de robo. Creo que a esta altura somos pocos los que podemos decir en Salto, a mi no me robaron. Y en el país, ni te cuento. Creo que al menos 2 de cada 3 fue víctima alguna vez del robo de alguna de sus pertenencias. Me refiero a que otra persona le haya sustraído algún objeto material, cosa mueble o dinero, para su provecho sin que la víctima se percate de ello. La situación parece tan común que ya no sorprende a nadie.

Es más, ahora cuando estás en un encuentro familiar o con tus amigos te preguntan “¿todavía no te robaron?”, en vez de asombrarse y quedar apesadumbrados porque uno haya sido la parte damnificada en un hecho de tal magnitud. Y ese tipo de cosas vuelven sobre lo mismo que hablábamos la semana pasada, en cuanto a que los salteños especialmente, somos provincianos en cuanto a que no hay acá hechos de violencia extrema como los que soporta la sociedad mexicana, pero vivimos nuestra violencia según la idiosincracia que nos identifica.

Entonces reclamamos más seguridad y exigimos más policías, más seccionales por barrio, más patrulleros, más funcionarios públicos, más sueldos para pagar y más peso para el Estado. Pero después nos quejamos porque no queremos que haya más impuestos pese a que nos digan que los mismos son para recaudar y así poder volcarlos a la seguridad pública. Y que más allá de lo que diga la oposición política de turno, hay más funcionarios porque entraron nuevos policías para cuidar de la seguridad de la gente, tal como lo exige la propia sociedad.

Porque el uruguayo si pudiera tendría el policía propio en la puerta. Pagaría por tener a uno en casa que nos cuide las 24 horas del día lo que tenemos adentro, el plasma, la moto, el auto y la computadora. Y que le den mango a los pibes del barrio cuando pasan y si te ven llegando del supermercado se acercan a pedirte que les des una moneda. Entonces los mirás con cara de “andá a trabajar vago de cuarta”, el pibe se enoja y después cuando pasa te tira una piedra, te rompe el vidrio, vos salís como para matarlo y se arma una que es interminable. ¿Quién es el culpable?

Uno se queja con el gobierno y le exige que haya más seguridad. Bonomi habla por la televisión, y por más que no se le entiende nada, porque no hubo fonoaudióloga que lo haya hecho hablar bien, solamente se le comprende que acá no pasa nada porque si comparamos las muertes de Iguala (México), las ejecuciones del Estado Islámico y la guerra de narcos en las favelas de Brasil,  somos un paraíso.

En tanto, nadie nos dice que debemos tratar de hacer algo más para mejorar lo que podemos mejorar, como por ejemplo, nuestras actitudes con el otro y el tratar de no dividirnos tanto y no ser tan despreciativo con el de al lado. En definitiva, educarnos para educar. Porque de lo contrario solamente estaremos potenciando la violencia. No podemos pedirle a la policía, que son meros funcionarios públicos entrenados para tratar con el instinto más bajo del ser humano que es interactuar con el delito, que nos eduque a todos. Porque ellos actúan con violencia claro está, porque llegado el caso no pueden actuar de otra manera. La policía no va a educar al delincuente sino a reprimirlo, pero tampoco nadie va a educar a la víctima para que trate de no despreciar tanto al otro y mirarlo por encima del hombro, prejuzgándolo como un vago al que ni siquiera voy a perder el tiempo de preguntarle qué necesita cuando intenta pedirme algo.

Sé muy bien que hay delincuentes que no son carmelitas descalzas pidiendo ayuda, cariño y contención, a los que hay que tratar con mano dura si queremos enderezarlos y cuando los tengamos de nuevo en la sociedad, podamos verlos con otra actitud. Ahora la pregunta surge ¿los queremos ver de nuevo en la sociedad o cuando al saberlo delincuente, queremos que se pudra en la cárcel? Y si fuera esto último la pregunta es de rigor ¿y después qué?, porque cuando sale, porque va a salir, qué podemos esperar, o qué debemos aguardar si lo único que le dimos fue mango y los encerramos como bichos.

El 26 de octubre el pueblo uruguayo se expresó sobre el Sí a la Baja, propuesto por el Partido Colorado como manera de sugerir un camino, equivocado o no, el mismo era dar una señal de que las cosas andan mal en este tema y no están funcionando bien, eso es un hecho objetivo de la realidad. La mayoría votó en contra de esta propuesta. Muchos, sobre todo jóvenes que militan en la izquierda (que llevó una campaña desde lo institucional con el Mides y la Universidad de la República en dudosa legitimidad por usar fondos públicos para financiar su postura) hacían campaña en contra, pero no tenían ni la más mínima idea de por qué lo hacían.

Muchos de ellos, no todos, no supieron defender su postura e invocaban argumentos tan pobres como ridículos como que la misma medida “había fracasado en Nueva York” (como si nos pareciéramos en algo y tan luego la izquierda comparando al Uruguay con el bastión del capitalismo), entonces como se habían olvidado del discurso que les habían preparado en el Comité para contradecir la propuesta, que por más buena que fuera, como venía de parte de los colorados había que oponerse hasta por deporte, lograron su cometido y la misma no salió. Más de la mitad de los uruguayos votó en contra.

Pero esto, lejos de ser un triunfo para alguien, debe ser tenido en cuenta como un dato de la realidad, de que las cosas están mal en materia de seguridad y que el rol del Estado en la recuperación de la minoridad infractora no anda. Debe ser tenido en cuenta el hecho de que hay más de un millón de uruguayos, que por ahí tampoco conocían los pormenores de la propuesta, pero que están de acuerdo con que hay que hacer algo, que tiene que haber un cambio en la manera de proceder a la hora de que el Estado cumpla su papel para frenar la creciente ola de robos por parte de menores de edad, que están perdidos y sin rumbo, y que es culpa de las instituciones estatales dedicadas a proteger a la infancia y a la adolescencia, y cuyas medidas son ineficaces porque no funcionan. Y a la vista están los resultados.

Por eso, si el Frente Amplio vuelve a ser gobierno, que está más cerca de llegar que de perder la elección del próximo 30 de noviembre, debe escuchar lo que le ha dicho la gente y ponerse manos a la obra. A mi juicio, puede pensar en la construcción de nuevos centros de rehabilitación para adolescentes y niños, sin dudas, que apunten a la educación, a la contención y a la recuperación de esos seres que son importantes para el presente y el futuro, para que el día de mañana podamos estar orgullosos de ellos. Pero ahora lo que tiene que hacer el próximo gobierno, es potenciar el INAU, cambiando la matriz de funcionamiento de sus hogares de amparo, del SIRPA, y de todos los hogares de internación del país, para que empiecen a funcionar como realmente tienen que hacerlo.

Los funcionarios podrán decir que sí funcionan, que cumplen con su cometido, que le ponen cabeza al asunto, que se aggiornan más que uno que está por fuera de esas realidades, y estoy seguro que muchos de ellos sí le meten ganas al asunto y que no lo miden con el sueldo que ganan y que el mismo es otro kiosco.

Pero también tienen que saber que las políticas que implementa el organismo, por más que sean con la mejor intención posible, no funcionan, porque el problema de la adolescencia infractora no solo sigue, sino que aumenta. Y tienen que cambiar la mentalidad y no creer que se las saben todas, porque es evidente que más allá de una discusión puntual como la baja de la edad de imputabilidad, las cosas no se resuelven manteniendo las cosas como están. Aunque a muchos les dé pereza cambiar algo, llegará el momento que tendrán que hacerlo, porque la sociedad hace rato que se los está pidiendo.

o también fui víctima de robo. Creo que a esta altura somos pocos los que podemos decir en Salto, a mi no me robaron. Y en el país, ni te cuento. Creo que al menos 2 de cada 3 fue víctima alguna vez del robo de alguna de sus pertenencias. Me refiero a que otra persona le haya sustraído algún objeto material, cosa mueble o dinero, para su provecho sin que la víctima se percate de ello. La situación parece tan común que ya no sorprende a nadie.
Es más, ahora cuando estás en un encuentro familiar o con tus amigos te preguntan “¿todavía no te robaron?”, en vez de asombrarse y quedar apesadumbrados porque uno haya sido la parte damnificada en un hecho de tal magnitud. Y ese tipo de cosas vuelven sobre lo mismo que hablábamos la semana pasada, en cuanto a que los salteños especialmente, somos provincianos en cuanto a que no hay acá hechos de violencia extrema como los que soporta la sociedad mexicana, pero vivimos nuestra violencia según la idiosincracia que nos identifica.
Entonces reclamamos más seguridad y exigimos más policías, más seccionales por barrio, más patrulleros, más funcionarios públicos, más sueldos para pagar y más peso para el Estado. Pero después nos quejamos porque no queremos que haya más impuestos pese a que nos digan que los mismos son para recaudar y así poder volcarlos a la seguridad pública. Y que más allá de lo que diga la oposición política de turno, hay más funcionarios porque entraron nuevos policías para cuidar de la seguridad de la gente, tal como lo exige la propia sociedad.
Porque el uruguayo si pudiera tendría el policía propio en la puerta. Pagaría por tener a uno en casa que nos cuide las 24 horas del día lo que tenemos adentro, el plasma, la moto, el auto y la computadora. Y que le den mango a los pibes del barrio cuando pasan y si te ven llegando del supermercado se acercan a pedirte que les des una moneda. Entonces los mirás con cara de “andá a trabajar vago de cuarta”, el pibe se enoja y después cuando pasa te tira una piedra, te rompe el vidrio, vos salís como para matarlo y se arma una que es interminable. ¿Quién es el culpable?
Uno se queja con el gobierno y le exige que haya más seguridad. Bonomi habla por la televisión, y por más que no se le entiende nada, porque no hubo fonoaudióloga que lo haya hecho hablar bien, solamente se le comprende que acá no pasa nada porque si comparamos las muertes de Iguala (México), las ejecuciones del Estado Islámico y la guerra de narcos en las favelas de Brasil,  somos un paraíso.
En tanto, nadie nos dice que debemos tratar de hacer algo más para mejorar lo que podemos mejorar, como por ejemplo, nuestras actitudes con el otro y el tratar de no dividirnos tanto y no ser tan despreciativo con el de al lado. En definitiva, educarnos para educar. Porque de lo contrario solamente estaremos potenciando la violencia. No podemos pedirle a la policía, que son meros funcionarios públicos entrenados para tratar con el instinto más bajo del ser humano que es interactuar con el delito, que nos eduque a todos. Porque ellos actúan con violencia claro está, porque llegado el caso no pueden actuar de otra manera. La policía no va a educar al delincuente sino a reprimirlo, pero tampoco nadie va a educar a la víctima para que trate de no despreciar tanto al otro y mirarlo por encima del hombro, prejuzgándolo como un vago al que ni siquiera voy a perder el tiempo de preguntarle qué necesita cuando intenta pedirme algo.
Sé muy bien que hay delincuentes que no son carmelitas descalzas pidiendo ayuda, cariño y contención, a los que hay que tratar con mano dura si queremos enderezarlos y cuando los tengamos de nuevo en la sociedad, podamos verlos con otra actitud. Ahora la pregunta surge ¿los queremos ver de nuevo en la sociedad o cuando al saberlo delincuente, queremos que se pudra en la cárcel? Y si fuera esto último la pregunta es de rigor ¿y después qué?, porque cuando sale, porque va a salir, qué podemos esperar, o qué debemos aguardar si lo único que le dimos fue mango y los encerramos como bichos.
El 26 de octubre el pueblo uruguayo se expresó sobre el Sí a la Baja, propuesto por el Partido Colorado como manera de sugerir un camino, equivocado o no, el mismo era dar una señal de que las cosas andan mal en este tema y no están funcionando bien, eso es un hecho objetivo de la realidad. La mayoría votó en contra de esta propuesta. Muchos, sobre todo jóvenes que militan en la izquierda (que llevó una campaña desde lo institucional con el Mides y la Universidad de la República en dudosa legitimidad por usar fondos públicos para financiar su postura) hacían campaña en contra, pero no tenían ni la más mínima idea de por qué lo hacían.
Muchos de ellos, no todos, no supieron defender su postura e invocaban argumentos tan pobres como ridículos como que la misma medida “había fracasado en Nueva York” (como si nos pareciéramos en algo y tan luego la izquierda comparando al Uruguay con el bastión del capitalismo), entonces como se habían olvidado del discurso que les habían preparado en el Comité para contradecir la propuesta, que por más buena que fuera, como venía de parte de los colorados había que oponerse hasta por deporte, lograron su cometido y la misma no salió. Más de la mitad de los uruguayos votó en contra.
Pero esto, lejos de ser un triunfo para alguien, debe ser tenido en cuenta como un dato de la realidad, de que las cosas están mal en materia de seguridad y que el rol del Estado en la recuperación de la minoridad infractora no anda. Debe ser tenido en cuenta el hecho de que hay más de un millón de uruguayos, que por ahí tampoco conocían los pormenores de la propuesta, pero que están de acuerdo con que hay que hacer algo, que tiene que haber un cambio en la manera de proceder a la hora de que el Estado cumpla su papel para frenar la creciente ola de robos por parte de menores de edad, que están perdidos y sin rumbo, y que es culpa de las instituciones estatales dedicadas a proteger a la infancia y a la adolescencia, y cuyas medidas son ineficaces porque no funcionan. Y a la vista están los resultados.
Por eso, si el Frente Amplio vuelve a ser gobierno, que está más cerca de llegar que de perder la elección del próximo 30 de noviembre, debe escuchar lo que le ha dicho la gente y ponerse manos a la obra. A mi juicio, puede pensar en la construcción de nuevos centros de rehabilitación para adolescentes y niños, sin dudas, que apunten a la educación, a la contención y a la recuperación de esos seres que son importantes para el presente y el futuro, para que el día de mañana podamos estar orgullosos de ellos. Pero ahora lo que tiene que hacer el próximo gobierno, es potenciar el INAU, cambiando la matriz de funcionamiento de sus hogares de amparo, del SIRPA, y de todos los hogares de internación del país, para que empiecen a funcionar como realmente tienen que hacerlo.
Los funcionarios podrán decir que sí funcionan, que cumplen con su cometido, que le ponen cabeza al asunto, que se aggiornan más que uno que está por fuera de esas realidades, y estoy seguro que muchos de ellos sí le meten ganas al asunto y que no lo miden con el sueldo que ganan y que el mismo es otro kiosco.
Pero también tienen que saber que las políticas que implementa el organismo, por más que sean con la mejor intención posible, no funcionan, porque el problema de la adolescencia infractora no solo sigue, sino que aumenta. Y tienen que cambiar la mentalidad y no creer que se las saben todas, porque es evidente que más allá de una discusión puntual como la baja de la edad de imputabilidad, las cosas no se resuelven manteniendo las cosas como están. Aunque a muchos les dé pereza cambiar algo, llegará el momento que tendrán que hacerlo, porque la sociedad hace rato que se los está pidiendo.

HUGO LEMOS

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Un provincianismo que vale

“Si una máquina puede entender el valor de la vida humana, ojalá el hombre alguna vez pueda hacerlo también”, la frase corresponde al final de una de las películas más famosas de la historia de Hollywood, se trata de la segunda parte de la película Terminator que a principios de los años 90, conmovía a un entonces adolescente de 13 años de edad, como era yo, lastimado de ver tanta destrucción tal como profetizaba aquel filme, de la mano del hombre. “Es más fácil destruir que construir, porque lo último requiere dedicación, pasión, entrega, creatividad y por cierto, mucho amor y lograr todo esto por parte de un ser humano hoy en día, es lo más difícil”, señalaba refiriéndose también al valor de la vida humana, el célebre escritor Mario Vargas Llosa en sus habituales y notables columnas que publica en el diario El País de España (recomiendo el sitio,
www.elpais.com).
Soy un hombre del interior de mi país, nací en una pequeña ciudad del sur,  crecí, y actualmente vivo en otra un poco más grande del norte, pero ambas con el ritmo cansino y parsimonioso que imponen nuestras comarcas, amistosas y con valores que perduran y que debemos conservar. Aquí no se vive en el loquero de las grandes avenidas con miles de automóviles y millones de personas circulando una al lado de la otra sin siquiera saber cómo se llaman y a qué se dedican, cuyos rostros son tantos y tan iguales que no podemos ni queremos recordar.
En estos lugares donde vivimos no podemos argumentar una vida de estrés, ni de locuras. Aquí aún se preserva la paz, la alegría, la calidez, el compañerismo, la solidaridad y otras cosas que también se dan en alguna medida en Montevideo, porque no es otro país en ese sentido, sino que en realidad lo que tiene nuestra capital es un poco más de habitantes y un ritmo acelerado propio de las distancias que conlleva sus dimensiones geográficas. Aunque asimismo, en algunos casos tiene episodios, por suerte distantes y muy pocos, de violencia que a veces no se parecen en nada al Uruguay que existe para los que vivimos ‘afuera’, como nos dicen los capitalinos a quienes residimos en las localidades de tierra adentro.
Una vez, conversando conmigo en el aeropuerto de Nueva Hespérides en el marco de un Consejo de Ministros que no había sido en Salto sino en Bella Unión, la entonces ministra del Interior, Daisy Tourné, me dijo que Salto “conservaba el provincianismo que se había perdido en otras ciudades de igual tamaño del sur del país, las que se habían contaminado” de los códigos “de los barrios peligrosos de Montevideo”. “Eso es algo que deben conservarlo, no lo pierdan, porque es algo muy bueno para la paz de la sociedad en la que viven”, me comentó, haciendo alusión a que ciudades como Canelones o Maldonado y sus aledaños, ya no eran las pequeñas localidades donde sus habitantes dormían con la puerta abierta.
Y si bien aquí ya tampoco podemos darnos ese lujo, al menos vivimos lejos del infierno de los homicidios, las rapiñas y los copamientos violentos, que dejan muertos y heridos, como ocurre ocasionalmente en los lugares a los que hacía referencia la exministra.
Lo que acaba de pasar en la ciudad de Iguala, en el estado mexicano de Guerrero, nos ha ensombrecido como seres humanos, nos ha dolido profundamente como hombres de este mundo y nos ha llenado de coraje para gritarle a la delincuencia organizada un ¡basta!, tan enorme como el continente. No vamos a tolerar que los criminales sigan teniendo el poder y que los ciudadanos de ese país, de ese estado y especialmente de esa frágil y vulnerable ciudad, sigan siendo rehenes de las decisiones de ese grupo de cobardes, que envalentonados con el poder de las armas, creen que pueden tomarse atribuciones y operar a gusto.
No son más que canallas, malditos y pobres diablos, temerosos del verdadero poder, el de la libertad y el mundo entero hoy debe solidarizarse y plegarse a los habitantes de Iguala y de Ayotzinapa, de donde pertenecían los estudiantes asesinados por estas bestias, que incluso no tuvieron el más mínimo pudor de contar cómo habían matado a los inofensivos estudiantes de magisterio.
La impunidad es el peor enemigo de una sociedad que quiere prosperar y construirse desde una base sólida, con valores, derechos, garantías, responsabilidades y en paz, y el Gobierno y el pueblo de México tendrán que trabajar mucho para cambiar su angustiante realidad, donde ser periodista es una profesión de alto riesgo y donde los homicidios están a la orden del día, con la presencia de sicarios que matan como quien toma mate en nuestro bendito país.
Esto va de la mano con ser concienzudos y querer cambiar las cosas en serio. Porque dejar que quienes detentan el poder, ejerzan el mismo sin control alguno, tanto acá como allá, eso es permitir que manipulen nuestras vidas, sometiéndonos a sus decisiones, a las más viles y a las más estúpidas, donde quienes mandan dicen lo que piensan y eso debería bastar para los demás. Pensar que eso está bien es algo malo, porque nadie puede tener el control de nuestras vidas, ni puede someternos a su manera de pensar, y mucho menos puede obligarnos a hacer lo que ellos quieran, por eso la libertad es el bien de la vida más preciado de la humanidad y el que debemos defender a capa y espada.
Si bien nuestra sociedad ha vivido episodios de violencia y lo que pasó en Iguala, solamente se compara al horror de lo vivido por algunos hombres y mujeres uruguayos en la última dictadura militar, debemos ser conocedores y valoradores del modo de vida que tenemos en nuestro medio. Porque en la locura de la violencia cotidiana a la que nos someten los grandes medios, aunque gracias a ellos conocemos en detalle crímenes tan espantosos como los de México, es que podemos comparar sociedades, valores y formas de vida entre los distintos países del continente. Y en ese sentido, podemos saber en qué lugar vivimos y asumir la defensa del mismo para evitar volvernos un Guerrero o Siria, Irak, o Yemen, etc.
Ese valor debe conservarse, mantenerse y hacer que perdure en el tiempo. Para esto debemos transmitirlo de generación en generación, cultivar valores con nuestros hijos, enseñarles las cosas positivas que nos ha brindado esta tierra, hacerles apreciar el entorno en el que viven, lograr que lo defiendan y que en ese aspecto, luchen para conservarlo, con el fin de evitar que se contaminen con códigos que irrumpen con la paz social y que solamente tienden a destruir lo que la propia comunidad local ha sabido construir a lo largo de los años, el respeto entre sus habitantes, la responsabilidad para mantenerlo, la convivencia en paz y la consecuente libertad ganada en base a todo esto.
Ese tipo de cosas son totalmente posibles dentro de un marco de tolerancia, equidad, inclusión y democracia, todo lo que pasa por el control social de los órganos de decisión, el apego a la institucionalidad y las garantías del obrar público, el respeto a los derechos humanos, a la libertad de expresión y a la gente, sin impunidad, sin criminales que dominen su terreno y sin una policía que se preste a la corrupción y permita que actúen los delincuentes de la forma que les parezca. Esto último ha venido cambiando favorablemente en el curso de los últimos años, donde el crimen organizado en todo el país y también en Salto, se desmembra de a poco, lo que da garantías de que las instituciones funcionan. Cuando esto pasa se acentúan las bases para que la sociedad prospere y en ese sentido, aquel “provincianismo” con el que nos caracterizaba la exministra Tourné hace casi una década, siga siendo una realidad.

“Si una máquina puede entender el valor de la vida humana, ojalá el hombre alguna vez pueda hacerlo también”, la frase corresponde al final de una de las películas más famosas de la historia de Hollywood, se trata de la segunda parte de la película Terminator que a principios de los años 90, conmovía a un entonces adolescente de 13 años de edad, como era yo, lastimado de ver tanta destrucción tal como profetizaba aquel filme, de la mano del hombre. “Es más fácil destruir que construir, porque lo último requiere dedicación,narcos pasión, entrega, creatividad y por cierto, mucho amor y lograr todo esto por parte de un ser humano hoy en día, es lo más difícil”, señalaba refiriéndose también al valor de la vida humana, el célebre escritor Mario Vargas Llosa en sus habituales y notables columnas que publica en el diario El País de España (recomiendo el sitio,

www.elpais.com).

Soy un hombre del interior de mi país, nací en una pequeña ciudad del sur,  crecí, y actualmente vivo en otra un poco más grande del norte, pero ambas con el ritmo cansino y parsimonioso que imponen nuestras comarcas, amistosas y con valores que perduran y que debemos conservar. Aquí no se vive en el loquero de las grandes avenidas con miles de automóviles y millones de personas circulando una al lado de la otra sin siquiera saber cómo se llaman y a qué se dedican, cuyos rostros son tantos y tan iguales que no podemos ni queremos recordar.

En estos lugares donde vivimos no podemos argumentar una vida de estrés, ni de locuras. Aquí aún se preserva la paz, la alegría, la calidez, el compañerismo, la solidaridad y otras cosas que también se dan en alguna medida en Montevideo, porque no es otro país en ese sentido, sino que en realidad lo que tiene nuestra capital es un poco más de habitantes y un ritmo acelerado propio de las distancias que conlleva sus dimensiones geográficas. Aunque asimismo, en algunos casos tiene episodios, por suerte distantes y muy pocos, de violencia que a veces no se parecen en nada al Uruguay que existe para los que vivimos ‘afuera’, como nos dicen los capitalinos a quienes residimos en las localidades de tierra adentro.

Una vez, conversando conmigo en el aeropuerto de Nueva Hespérides en el marco de un Consejo de Ministros que no había sido en Salto sino en Bella Unión, la entonces ministra del Interior, Daisy Tourné, me dijo que Salto “conservaba el provincianismo que se había perdido en otras ciudades de igual tamaño del sur del país, las que se habían contaminado” de los códigos “de los barrios peligrosos de Montevideo”. “Eso es algo que deben conservarlo, no lo pierdan, porque es algo muy bueno para la paz de la sociedad en la que viven”, me comentó, haciendo alusión a que ciudades como Canelones o Maldonado y sus aledaños, ya no eran las pequeñas localidades donde sus habitantes dormían con la puerta abierta.

Y si bien aquí ya tampoco podemos darnos ese lujo, al menos vivimos lejos del infierno de los homicidios, las rapiñas y los copamientos violentos, que dejan muertos y heridos, como ocurre ocasionalmente en los lugares a los que hacía referencia la exministra.

Lo que acaba de pasar en la ciudad de Iguala, en el estado mexicano de Guerrero, nos ha ensombrecido como seres humanos, nos ha dolido profundamente como hombres de este mundo y nos ha llenado de coraje para gritarle a la delincuencia organizada un ¡basta!, tan enorme como el continente. No vamos a tolerar que los criminales sigan teniendo el poder y que los ciudadanos de ese país, de ese estado y especialmente de esa frágil y vulnerable ciudad, sigan siendo rehenes de las decisiones de ese grupo de cobardes, que envalentonados con el poder de las armas, creen que pueden tomarse atribuciones y operar a gusto.

No son más que canallas, malditos y pobres diablos, temerosos del verdadero poder, el de la libertad y el mundo entero hoy debe solidarizarse y plegarse a los habitantes de Iguala y de Ayotzinapa, de donde pertenecían los estudiantes asesinados por estas bestias, que incluso no tuvieron el más mínimo pudor de contar cómo habían matado a los inofensivos estudiantes de magisterio.

La impunidad es el peor enemigo de una sociedad que quiere prosperar y construirse desde una base sólida, con valores, derechos, garantías, responsabilidades y en paz, y el Gobierno y el pueblo de México tendrán que trabajar mucho para cambiar su angustiante realidad, donde ser periodista es una profesión de alto riesgo y donde los homicidios están a la orden del día, con la presencia de sicarios que matan como quien toma mate en nuestro bendito país.

Esto va de la mano con ser concienzudos y querer cambiar las cosas en serio. Porque dejar que quienes detentan el poder, ejerzan el mismo sin control alguno, tanto acá como allá, eso es permitir que manipulen nuestras vidas, sometiéndonos a sus decisiones, a las más viles y a las más estúpidas, donde quienes mandan dicen lo que piensan y eso debería bastar para los demás. Pensar que eso está bien es algo malo, porque nadie puede tener el control de nuestras vidas, ni puede someternos a su manera de pensar, y mucho menos puede obligarnos a hacer lo que ellos quieran, por eso la libertad es el bien de la vida más preciado de la humanidad y el que debemos defender a capa y espada.

Si bien nuestra sociedad ha vivido episodios de violencia y lo que pasó en Iguala, solamente se compara al horror de lo vivido por algunos hombres y mujeres uruguayos en la última dictadura militar, debemos ser conocedores y valoradores del modo de vida que tenemos en nuestro medio. Porque en la locura de la violencia cotidiana a la que nos someten los grandes medios, aunque gracias a ellos conocemos en detalle crímenes tan espantosos como los de México, es que podemos comparar sociedades, valores y formas de vida entre los distintos países del continente. Y en ese sentido, podemos saber en qué lugar vivimos y asumir la defensa del mismo para evitar volvernos un Guerrero o Siria, Irak, o Yemen, etc.

Ese valor debe conservarse, mantenerse y hacer que perdure en el tiempo. Para esto debemos transmitirlo de generación en generación, cultivar valores con nuestros hijos, enseñarles las cosas positivas que nos ha brindado esta tierra, hacerles apreciar el entorno en el que viven, lograr que lo defiendan y que en ese aspecto, luchen para conservarlo, con el fin de evitar que se contaminen con códigos que irrumpen con la paz social y que solamente tienden a destruir lo que la propia comunidad local ha sabido construir a lo largo de los años, el respeto entre sus habitantes, la responsabilidad para mantenerlo, la convivencia en paz y la consecuente libertad ganada en base a todo esto.

Ese tipo de cosas son totalmente posibles dentro de un marco de tolerancia, equidad, inclusión y democracia, todo lo que pasa por el control social de los órganos de decisión, el apego a la institucionalidad y las garantías del obrar público, el respeto a los derechos humanos, a la libertad de expresión y a la gente, sin impunidad, sin criminales que dominen su terreno y sin una policía que se preste a la corrupción y permita que actúen los delincuentes de la forma que les parezca. Esto último ha venido cambiando favorablemente en el curso de los últimos años, donde el crimen organizado en todo el país y también en Salto, se desmembra de a poco, lo que da garantías de que las instituciones funcionan. Cuando esto pasa se acentúan las bases para que la sociedad prospere y en ese sentido, aquel “provincianismo” con el que nos caracterizaba la exministra Tourné hace casi una década, siga siendo una realidad.

Hugo Lemos

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Todo lo que nos falta

Debería ser harto y sabido. Al menos debería ser algo más común, pero para los uruguayos no es tan así. Nosotros lo vemos diferente. Leyendo las noticias, algo que habitualmente hago para saber qué pasa en el mundo y cuántas diferencias tenemos como sociedad con los que van adelante, me enteré de algo que me parece que tiene que ser así, pero que en realidad para muchos no lo es.

Se trata de la ética de los políticos, pero no de cualquier militante, activista o integrante de un partido, sino de los grandes dirigentes que no se permiten un acto de corrupción, o un hecho que al menos deje en duda su imagen ante la opinión pública y toman decisiones que en nuestro país, difícilmente se adopten por diversas razones.

Es que un político no es más que un servidor público, alguien que se dispone a ser una persona que va a trabajar por el interés general de una nación, de un departamento o de una ciudad y que va a dar todo de sí para que las cosas anden en serio y lo que menos esperan es el rédito personal, el ganar un buen dinero, obtener beneficios para sí y sus allegados, y mucho menos para los compañeros del Partido al que pertenecen.

Leía que días pasados en Japón, un país que es ejemplo en el mundo entero por la moral de su gente, el primer ministro hacía un pedido de disculpas públicas porque dos jerarcas de su gobierno, en ese momento exjerarcas porque ya los había despedido, habían actuado en forma sospechosa en casos que comprometían la causa pública. Habían favorecido a determinadas personas en licitaciones de obra pública, al parecer, a cambio de un beneficio económico.

A todo esto, el primer ministro nipón, Shinzo Abe, horrorizado ante la situación le pidió disculpas al pueblo porque él se sentía responsable al haber sido quien designó a los dos exfuncionarios acusados de corrupción, para ocupar esos cargos. La situación fue comentada en el mundo entero, pero sobre todo en América Latina y hasta hubo programas de televisión donde le dedicaron espacios con opiniones y análisis, sobre si algún mandatario de la región haría lo mismo si algo de esto le sucediera.

Días más tarde, se conoció que en Bélgica, una ministra utilizó dinero del gobierno para comprarse artículos de uso personal. Gastó la suma de 200 dólares (unos 4.780 pesos uruguayos) y fue obligada a renunciar al cargo por haber cometido semejante acto de corrupción, al utilizar fondos públicos para sí, cuando el pueblo le paga un sueldo que ella aceptó para ejercer el cargo, por lo cual una vez esto,  si el mismo le da para vivir es otra cosa.

En Canadá el año pasado pasó algo similar. Un funcionario de jerarquía del gobierno realizó un viaje de fin de semana a costas del gobierno, y a su regreso tenía la orden de presentar su renuncia y de reembolsar los gastos ocasionados al erario público.

¿Se imagina usted que algo de esto pase en Uruguay? ¿Y en la región? Yo no me acuerdo de algo así, de una situación similar que se haya adoptado con los funcionarios de los ministerios que utilizan las camionetas para ir a los boliches de la noche cuando están de viaje por el interior, tal como lo denunció el propio Mujica cuando era ministro de Ganadería que dijo en Búsqueda que no quería ver más a las camionetas del MGAP “en la puerta de los kilombos de Salto”. O a esos que por ser jerarcas les otorgan un vehículo para ir a su trabajo y uno los ve haciendo mandados para su casa, llevando a su familia de paseo los fines de semana y yendo a comer un asado con los amigos, o a militar en el Comité, encima con la nafta pagada por todos nosotros cuando firman las boletas en las estaciones de servicio a nombre del gobierno central.

El caso de un exministro de Ganadería del gobierno de Vázquez, fue ejemplificante de la manera en la que está organizado el Estado para que quienes ocupen cargos de privilegio se enriquezcan. Cuando el hombre vino de un viaje por el exterior y fue a devolver el dinero que le había sobrado por concepto de viático y le dijeron que no tenían como reintegrar esa plata al Estado, que se la quedara. Menos mal que ese hombre se negó a aceptarlo y el dinero como sea, volvió a las arcas públicas. El hecho fue noticia en los diarios por la magnitud del suceso, que no era otro que el hecho de haber encontrado un político honesto. Lo que pinta a nuestra sociedad de cuerpo entero.

Ese buen hombre no es otro que Ernesto Agazzi, lástima que sus compañeros no siguieron el ejemplo, porque años después, Fernando Lorenzo pudo haberse evitado la vergüenza de haber sido el ministro que llamó al Banco República (entidad que también es de todos los uruguayos) para que usaran casi 14 millones de dólares de las arcas públicas y se las dieran en dos horas y sin garantías a un “recomendado” para comprar unos aviones que eran “causa nacional”, lo que me hace acordar a las “vaquitas y a los bancos privados” que con dinero de todos los uruguayos protegía Jorge Batlle.

Si usted va hoy al “Banco País” a pedir un crédito social, porque lo precisa como el agua para vivir, pagar una cuenta o lisa y llanamente parar la olla por unos días, le hacen dar más vueltas que una bailarina de ballet, y encima por h o por b, seguramente no se lo dan. Pero si usted hace negocios con el Estado y el ministro es Lorenzo, llamará por teléfono para que le den un préstamo por el “interés nacional”.

Si tanto el exministro como el expresidente del BROU, Fernando Calloia, vivieran en países de primera como lo son (ellos sí y no nosotros) Japón o Bélgica, seguramente habrían sido obligados a renunciar de inmediato y el presidente los habría conminado de inmediato a pedir disculpas públicas, pero como esto es Uruguay, esas cosas no pasan, ni van a pasar. Ni le digo si ambos fueran jerarcas del gobierno del dictador de Korea del Norte, los dos habrían sido ahorcados en la plaza pública. Pero acá esas cosas no pasan.

Y con los vecinos que tenemos menos todavía, porque si Argentina mantiene en funciones a un vicepresidente que está procesado dos veces por la Justicia, el que por estas horas ejerce la presidencia del país por enfermedad de la titular, está todo dicho.

¿Se imagina usted a un ministro uruguayo, renunciando al cargo porque gastó 4 mil pesos de los fondos públicos en adquirir algo para uso personal? ¿O al director departamental de un ministerio por utilizar la camioneta que le entregaron para trabajar, por usarla para llevar a su hijos al liceo y a su esposa, e ir al comité? Si eso pasa es porque está soñando y mejor, no despierte, porque la realidad es peor que una pesadilla.

HUGO LEMOS

ebería ser harto y sabido. Al menos debería ser algo más común, pero para los uruguayos no es tan así. Nosotros lo vemos diferente. Leyendo las noticias, algo que habitualmente hago para saber qué pasa en el mundo y cuántas diferencias tenemos como sociedad con los que van adelante, me enteré de algo que me parece que tiene que ser así, pero que en realidad para muchos no lo es.
Se trata de la ética de los políticos, pero no de cualquier militante, activista o integrante de un partido, sino de los grandes dirigentes que no se permiten un acto de corrupción, o un hecho que al menos deje en duda su imagen ante la opinión pública y toman decisiones que en nuestro país, difícilmente se adopten por diversas razones.
Es que un político no es más que un servidor público, alguien que se dispone a ser una persona que va a trabajar por el interés general de una nación, de un departamento o de una ciudad y que va a dar todo de sí para que las cosas anden en serio y lo que menos esperan es el rédito personal, el ganar un buen dinero, obtener beneficios para sí y sus allegados, y mucho menos para los compañeros del Partido al que pertenecen.
Leía que días pasados en Japón, un país que es ejemplo en el mundo entero por la moral de su gente, el primer ministro hacía un pedido de disculpas públicas porque dos jerarcas de su gobierno, en ese momento exjerarcas porque ya los había despedido, habían actuado en forma sospechosa en casos que comprometían la causa pública. Habían favorecido a determinadas personas en licitaciones de obra pública, al parecer, a cambio de un beneficio económico.
A todo esto, el primer ministro nipón, Shinzo Abe, horrorizado ante la situación le pidió disculpas al pueblo porque él se sentía responsable al haber sido quien designó a los dos exfuncionarios acusados de corrupción, para ocupar esos cargos. La situación fue comentada en el mundo entero, pero sobre todo en América Latina y hasta hubo programas de televisión donde le dedicaron espacios con opiniones y análisis, sobre si algún mandatario de la región haría lo mismo si algo de esto le sucediera.
Días más tarde, se conoció que en Bélgica, una ministra utilizó dinero del gobierno para comprarse artículos de uso personal. Gastó la suma de 200 dólares (unos 4.780 pesos uruguayos) y fue obligada a renunciar al cargo por haber cometido semejante acto de corrupción, al utilizar fondos públicos para sí, cuando el pueblo le paga un sueldo que ella aceptó para ejercer el cargo, por lo cual una vez esto,  si el mismo le da para vivir es otra cosa.
En Canadá el año pasado pasó algo similar. Un funcionario de jerarquía del gobierno realizó un viaje de fin de semana a costas del gobierno, y a su regreso tenía la orden de presentar su renuncia y de reembolsar los gastos ocasionados al erario público.
¿Se imagina usted que algo de esto pase en Uruguay? ¿Y en la región? Yo no me acuerdo de algo así, de una situación similar que se haya adoptado con los funcionarios de los ministerios que utilizan las camionetas para ir a los boliches de la noche cuando están de viaje por el interior, tal como lo denunció el propio Mujica cuando era ministro de Ganadería que dijo en Búsqueda que no quería ver más a las camionetas del MGAP “en la puerta de los kilombos de Salto”. O a esos que por ser jerarcas les otorgan un vehículo para ir a su trabajo y uno los ve haciendo mandados para su casa, llevando a su familia de paseo los fines de semana y yendo a comer un asado con los amigos, o a militar en el Comité, encima con la nafta pagada por todos nosotros cuando firman las boletas en las estaciones de servicio a nombre del gobierno central.
El caso de un exministro de Ganadería del gobierno de Vázquez, fue ejemplificante de la manera en la que está organizado el Estado para que quienes ocupen cargos de privilegio se enriquezcan. Cuando el hombre vino de un viaje por el exterior y fue a devolver el dinero que le había sobrado por concepto de viático y le dijeron que no tenían como reintegrar esa plata al Estado, que se la quedara. Menos mal que ese hombre se negó a aceptarlo y el dinero como sea, volvió a las arcas públicas. El hecho fue noticia en los diarios por la magnitud del suceso, que no era otro que el hecho de haber encontrado un político honesto. Lo que pinta a nuestra sociedad de cuerpo entero.
Ese buen hombre no es otro que Ernesto Agazzi, lástima que sus compañeros no siguieron el ejemplo, porque años después, Fernando Lorenzo pudo haberse evitado la vergüenza de haber sido el ministro que llamó al Banco República (entidad que también es de todos los uruguayos) para que usaran casi 14 millones de dólares de las arcas públicas y se las dieran en dos horas y sin garantías a un “recomendado” para comprar unos aviones que eran “causa nacional”, lo que me hace acordar a las “vaquitas y a los bancos privados” que con dinero de todos los uruguayos protegía Jorge Batlle.
Si usted va hoy al “Banco País” a pedir un crédito social, porque lo precisa como el agua para vivir, pagar una cuenta o lisa y llanamente parar la olla por unos días, le hacen dar más vueltas que una bailarina de ballet, y encima por h o por b, seguramente no se lo dan. Pero si usted hace negocios con el Estado y el ministro es Lorenzo, llamará por teléfono para que le den un préstamo por el “interés nacional”.
Si tanto el exministro como el expresidente del BROU, Fernando Calloia, vivieran en países de primera como lo son (ellos sí y no nosotros) Japón o Bélgica, seguramente habrían sido obligados a renunciar de inmediato y el presidente los habría conminado de inmediato a pedir disculpas públicas, pero como esto es Uruguay, esas cosas no pasan, ni van a pasar. Ni le digo si ambos fueran jerarcas del gobierno del dictador de Korea del Norte, los dos habrían sido ahorcados en la plaza pública. Pero acá esas cosas no pasan.
Y con los vecinos que tenemos menos todavía, porque si Argentina mantiene en funciones a un vicepresidente que está procesado dos veces por la Justicia, el que por estas horas ejerce la presidencia del país por enfermedad de la titular, está todo dicho.
¿Se imagina usted a un ministro uruguayo, renunciando al cargo porque gastó 4 mil pesos de los fondos públicos en adquirir algo para uso personal? ¿O al director departamental de un ministerio por utilizar la camioneta que le entregaron para trabajar, por usarla para llevar a su hijos al liceo y a su esposa, e ir al comité? Si eso pasa es porque está soñando y mejor, no despierte, porque la realidad es peor que una pesadilla.

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Todavía cree lo contrario

Después de haber soportado meses de una campaña electoral que intentó ser fuerte, decisiva y generar expectativa entre quienes debemos ser convencidos por los candidatos y poner el voto en la urna el domingo que viene, para que ese candidato que intentó dejarnos pensando que él era el que tenía las cosas claras y que puede resolver nuestros problemas sea el que resulte ganador, las cosas no son tan tan, ni muy muy. Por lo cual la mayoría de los electores quieren que el asunto termine y lo haga ya.

Porque esto tiene al país semiparalizado, ya que no solo los parlamentarios están de licencia, sino que también lo están los sindicalistas, los funcionarios públicos y hasta los directores políticos de entes y organismos del Estado, que se dedican a hacer política y a venir a comer asados los fines de semana con sus subalternos, como para ver con qué bueyes están arando, algo que para quien dirige algún organismo público, un gobierno departamental o cualquier oficina pública es bien importante. Así sabe cómo actúa después sin meter la pata, o ganarse más enemigos que los que ya tenga.

A los políticos ya no les queda mucho más por decir, ya han dicho de todo, están los que han reseñado logros y los que han dicho que aún no tienen experiencia pero que quieren una oportunidad de hacer las cosas bien y mal, porque errarle en algo le van a errar. También están los que prometen hasta lo imposible, ¿total?, saben que no van a llegar y por eso dicen que poco más van a construir un hospital y van a hacer un aeropuerto en cada ciudad que visitan, sobre todo porque van a pelear por lo que nunca antes habían peleado desde sus lugares respectivos en la actividad política, hayan sido gobierno u oposición.

Aunque de igual manera tenemos que escucharlos a todos, a los que prometen, a los que dicen más de lo mismo, a los que solamente reseñan lo que consideran que han sido logros en su gestión, pero no subrayan lo que está mal como para mejorarlo y evitar que las cosas que no están bien, se corrijan. Porque de esa manera, después de escuchar a todos, de leer a todos, de preguntarles a todos, de mirar qué han hecho y qué quieren proponer ahora en todos los casos, iremos a votar concienzudamente, sabiendo que al menos estaremos eligiendo al menos malo, y en ese sentido y de igual manera, después le podremos reclamar que las cosas fascinantes que están prometiendo ahora no las ha cumplido, y en el difícil caso que sí lo hagan, los tendremos en cuenta para la próxima elección.

Pero como la etapa electoral tiene de todo, hasta pudimos ver a los jerarcas de organismos públicos que vinieron a Salto muy sueltos de cuerpo, a comer un asado de fin de semana, como si no hubiera problemas en sus respectivos menesteres por solucionar, y encima tener el tupé de decirle a los periodistas, que “menos mal que no vino un periodista de un diario que siempre me pregunta las mismas cosas (utilizó otro adjetivo más grosero), que por qué el cero kilo y hasta cuándo y bla, bla, bla”.

El hombre poco discreto y de poca monta para el cargo que ocupa, no es otro que un jerarca de Aduanas, el mismo que el pasado mes de abril del 2013, haciéndole creer a los salteños que actuando en procura de la defensa de la industria nacional y de todo lo que ello implica, sentado en su despacho desde la Ciudad Vieja, firmó un decreto por el cual fijaba la política de cero kilo en los pasos de frontera entre Uruguay y Argentina, porque creyendo ser un conocedor del asunto, sobre todo del relacionamiento entre sus funcionarios y los bagayeros (que ahora todos los aduaneros que uno consulta dicen que ahora sí, los informales no pasan más por el puente de Salto Grande porque tienen que vigilar el lugar ya que les pusieron cámaras y si no van a correr la misma suerte que los procesados de marzo del 2012), el jerarca pensó que firmando un acto administrativo iba a terminar con 200 años de historia de contrabando en la zona. Algo culturalmente arraigado y aprehendido por la sociedad local, que llevaría años hacerlo desaparecer.

Aunque realmente, luego de las manifestaciones vertidas el sábado en la noche en las instalaciones del Club Ferro Carril, donde estaba comiendo un asado y vaya a saber uno tomando qué cosa, el actual jerarca tuvo el tupé de referirse a quien esto escribe con un colega de este mismo medio, utilizando un lenguaje peyorativo y no acorde a su función, por ser alguien que lo consultó reiteradamente por los resultados de la resolución más importante para esta zona del país, de su administración al frente de la Aduana, el cero kilo.

Es que este iluminado contador devenido a funcionario de confianza política, por ser militante de un grupo partidario afín al vicepresidente Danilo Astori, no tuvo mejor idea que querer prohibir algo que es parte de la cultura local, como si eso diera resultado. Su acción me hizo acordar al chiste de un diario capitalino, donde un sujeto miraba la televisión y el informativista anunciaba que el gobierno había decidido terminar con la pobreza. Y cuando salió a la calle se encontraba con letreros que decían Prohibido ser Pobre. Acá pasa algo igual. El funcionario político, a quien le molestan las preguntas, no tuvo mejor idea para terminar con el contrabando que fijar una resolución que dice Prohibido ser Contrabandista.

Pero claro, cuando uno pasa por el bagashopping, al que tanto dice combatir pero sin éxito claro está, ya que el mismo sigue abarrotado de mercadería extranjera, tanto como antes de imponer esa absurda y ridícula medida, donde sus funcionarios ofician de policías, con una actitud hasta patoteril, con destrato hacia la gente, creyéndose impolutos, desafiando a quien quiera pasar un alfiler o un trapo de piso, con quitárselo por el bien de la industria nacional. En esa ridícula posición ha puesto este buen señor a sus funcionarios y es claro que seguiremos preguntándole por qué insiste en algo tan burdo como eso, mientras los contrabandistas se siguen enriqueciendo a paladas. Y quienes ostentan ahora incluso alguna empresita formal vendiendo algún producto nacional y poniéndose el mote de mayoristas, son quienes han burlado al Estado y se han enriquecido y no, quienes cobramos apenas un salario y le pagamos impuestos al Estado hasta por las dudas.

Aunque mientras esto sucede, la Aduana te saca el frasco de shampoo y el litro de aceite, para que la compra se haga donde corresponda, o sea, en el bagashopping y nada de dejar al sistema de mercado informal sin intermediarios, porque con el sueldo que les pagamos todos a algunos funcionarios de este organismo, al parecer no les alcanza. Así que estimado jerarca, seguiremos siendo los que preguntamos “p…..” como usted dijo. Para que se dé cuenta que ha hecho agua en este tema, por más que con su soberbia todavía crea lo contrario.

HUGO LEMOS

espués de haber soportado meses de una campaña electoral que intentó ser fuerte, decisiva y generar expectativa entre quienes debemos ser convencidos por los candidatos y poner el voto en la urna el domingo que viene, para que ese candidato que intentó dejarnos pensando que él era el que tenía las cosas claras y que puede resolver nuestros problemas sea el que resulte ganador, las cosas no son tan tan, ni muy muy. Por lo cual la mayoría de los electores quieren que el asunto termine y lo haga ya.
Porque esto tiene al país semiparalizado, ya que no solo los parlamentarios están de licencia, sino que también lo están los sindicalistas, los funcionarios públicos y hasta los directores políticos de entes y organismos del Estado, que se dedican a hacer política y a venir a comer asados los fines de semana con sus subalternos, como para ver con qué bueyes están arando, algo que para quien dirige algún organismo público, un gobierno departamental o cualquier oficina pública es bien importante. Así sabe cómo actúa después sin meter la pata, o ganarse más enemigos que los que ya tenga.
A los políticos ya no les queda mucho más por decir, ya han dicho de todo, están los que han reseñado logros y los que han dicho que aún no tienen experiencia pero que quieren una oportunidad de hacer las cosas bien y mal, porque errarle en algo le van a errar. También están los que prometen hasta lo imposible, ¿total?, saben que no van a llegar y por eso dicen que poco más van a construir un hospital y van a hacer un aeropuerto en cada ciudad que visitan, sobre todo porque van a pelear por lo que nunca antes habían peleado desde sus lugares respectivos en la actividad política, hayan sido gobierno u oposición.
Aunque de igual manera tenemos que escucharlos a todos, a los que prometen, a los que dicen más de lo mismo, a los que solamente reseñan lo que consideran que han sido logros en su gestión, pero no subrayan lo que está mal como para mejorarlo y evitar que las cosas que no están bien, se corrijan. Porque de esa manera, después de escuchar a todos, de leer a todos, de preguntarles a todos, de mirar qué han hecho y qué quieren proponer ahora en todos los casos, iremos a votar concienzudamente, sabiendo que al menos estaremos eligiendo al menos malo, y en ese sentido y de igual manera, después le podremos reclamar que las cosas fascinantes que están prometiendo ahora no las ha cumplido, y en el difícil caso que sí lo hagan, los tendremos en cuenta para la próxima elección.
Pero como la etapa electoral tiene de todo, hasta pudimos ver a los jerarcas de organismos públicos que vinieron a Salto muy sueltos de cuerpo, a comer un asado de fin de semana, como si no hubiera problemas en sus respectivos menesteres por solucionar, y encima tener el tupé de decirle a los periodistas, que “menos mal que no vino un periodista de un diario que siempre me pregunta las mismas cosas (utilizó otro adjetivo más grosero), que por qué el cero kilo y hasta cuándo y bla, bla, bla”.
El hombre poco discreto y de poca monta para el cargo que ocupa, no es otro que un jerarca de Aduanas, el mismo que el pasado mes de abril del 2013, haciéndole creer a los salteños que actuando en procura de la defensa de la industria nacional y de todo lo que ello implica, sentado en su despacho desde la Ciudad Vieja, firmó un decreto por el cual fijaba la política de cero kilo en los pasos de frontera entre Uruguay y Argentina, porque creyendo ser un conocedor del asunto, sobre todo del relacionamiento entre sus funcionarios y los bagayeros (que ahora todos los aduaneros que uno consulta dicen que ahora sí, los informales no pasan más por el puente de Salto Grande porque tienen que vigilar el lugar ya que les pusieron cámaras y si no van a correr la misma suerte que los procesados de marzo del 2012), el jerarca pensó que firmando un acto administrativo iba a terminar con 200 años de historia de contrabando en la zona. Algo culturalmente arraigado y aprehendido por la sociedad local, que llevaría años hacerlo desaparecer.
Aunque realmente, luego de las manifestaciones vertidas el sábado en la noche en las instalaciones del Club Ferro Carril, donde estaba comiendo un asado y vaya a saber uno tomando qué cosa, el actual jerarca tuvo el tupé de referirse a quien esto escribe con un colega de este mismo medio, utilizando un lenguaje peyorativo y no acorde a su función, por ser alguien que lo consultó reiteradamente por los resultados de la resolución más importante para esta zona del país, de su administración al frente de la Aduana, el cero kilo.
Es que este iluminado contador devenido a funcionario de confianza política, por ser militante de un grupo partidario afín al vicepresidente Danilo Astori, no tuvo mejor idea que querer prohibir algo que es parte de la cultura local, como si eso diera resultado. Su acción me hizo acordar al chiste de un diario capitalino, donde un sujeto miraba la televisión y el informativista anunciaba que el gobierno había decidido terminar con la pobreza. Y cuando salió a la calle se encontraba con letreros que decían Prohibido ser Pobre. Acá pasa algo igual. El funcionario político, a quien le molestan las preguntas, no tuvo mejor idea para terminar con el contrabando que fijar una resolución que dice Prohibido ser Contrabandista.
Pero claro, cuando uno pasa por el bagashopping, al que tanto dice combatir pero sin éxito claro está, ya que el mismo sigue abarrotado de mercadería extranjera, tanto como antes de imponer esa absurda y ridícula medida, donde sus funcionarios ofician de policías, con una actitud hasta patoteril, con destrato hacia la gente, creyéndose impolutos, desafiando a quien quiera pasar un alfiler o un trapo de piso, con quitárselo por el bien de la industria nacional. En esa ridícula posición ha puesto este buen señor a sus funcionarios y es claro que seguiremos preguntándole por qué insiste en algo tan burdo como eso, mientras los contrabandistas se siguen enriqueciendo a paladas. Y quienes ostentan ahora incluso alguna empresita formal vendiendo algún producto nacional y poniéndose el mote de mayoristas, son quienes han burlado al Estado y se han enriquecido y no, quienes cobramos apenas un salario y le pagamos impuestos al Estado hasta por las dudas.
Aunque mientras esto sucede, la Aduana te saca el frasco de shampoo y el litro de aceite, para que la compra se haga donde corresponda, o sea, en el bagashopping y nada de dejar al sistema de mercado informal sin intermediarios, porque con el sueldo que les pagamos todos a algunos funcionarios de este organismo, al parecer no les alcanza. Así que estimado jerarca, seguiremos siendo los que preguntamos “p…..” como usted dijo. Para que se dé cuenta que ha hecho agua en este tema, por más que con su soberbia todavía crea lo contrario.

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