A cien años del nacimiento de otro pilar de la poesía del Siglo xx: Luis Rosales

Escribe José Luis Guarino

Verte, qué visión tan clara.
Vivir es seguirte viendo.
Permanecer en la viva
sensación de tu recuerdo
(«Abril», 1935)

Nos referíamos en un trabajo anterior, a Miguel Hernández en el año centenario de su nacimiento. La poesía española celebra también en este 2010  los cien años del natalicio de otro de sus grandes poetas del siglo XX: el granadino Luis Rosales.
Por edad, fecha en que empezó a publicar, y afinidad, se lo integra a la Generación del 36. Hay poca diferencia temporal en la aparición de sus primeros libros importantes. «Perito en lunas» de Hernández es de 1933. «Abril», de Rosales es de 1935.
Se puede afirmar que ambos poetas cumplieron una evolución distinta en sus inicios.
El libro de Hernández aparece influido por un marcado barroquismo, producto de su contacto al llegar a Madrid, con los grandes de la Generación  del 27, dedicados a honrar la figura de Góngora. Por eso Dámaso Alonso lo consideró «genial epígono» de dicho grupo. En su libro siguiente «El rayo que no cesa», Hernández  se libera  de dicha influencia y aflora su formación clásica y su lectura de los poetas de la edad de oro.
Hay entre la publicación de «Abril»(1935) y la de «El rayo que no cesa»(1936), un año de diferencia.
Ambas  obras coinciden en el contenido amoroso y en ese aroma renacentista del estilo.
Rosales lo explica, diciendo que «independientemente del mundo maravilloso de calidad a que habían llegado  los del 27, existía el trasmundo estético del más allá y, sobre todo, de lo humano. Este retorno a lo humano que tanto ha preocupado a nuestra generación y que, posiblemente es nuestro rasgo coordinador y definidor».

Con una asimilación fecunda de Garcilaso, Lope, y otros poetas más cercanos en el tiempo, Machado, Lorca, por ejemplo, Rosales aflora con un libro contundente: «Abril»,  compuesto por una serie de poemas de amor, con un fino sentimiento que corre transparente y luminoso, verso a verso, palabras e imágenes con resplandor de auroras y música de río que canta entre las piedras.
Así puede decir el poeta: «Son tus ojos cargados de palomas/ como estanques sembrados de luna;/ como brisa triste de color persuasivo/ duermen bajo la frente su plenitud de hojas», por ejemplo. O decirle a la amada en «La última luz»: «…y pienso/que la sombra te hará clara y distinta/  que todo el sol del mundo en ti descansa/  en ti, la retrasada, la encendida/  rama del corazón en la que aún tiembla/  la luz sin sol donde se cumple el día».
Después de la guerra, en 1940, su poesía se tornó más compleja, derivando a un estilo más barroco, incorporando elementos de las vanguardias imperantes, sobre todo del surrealismo. Este nuevo giro de su creación poética, se concreta en una obra religiosa «Retablo Sacro del Nacimiento del Señor», que enfatiza una tendencia de toda su poesía a la intensa tradición religiosa que domina la literatura española.
Para gran parte de la crítica, su libro más importante es «La casa encendida» de 1949, ampliado en 1967, y que marca una nueva evolución de la creación de Rosales, poblada ahora de símbolos que recrean en  un pequeño mundo personal e intransferible,  su tránsito vital y emotivo, en una especie de superposición temporal, que le permite al poeta revivir en la casa del presente, acontecimientos, personajes, vivencias del pasado, pero sin embargo vivas con profundas raíces que retoñan  en su memoria y en sus sentimientos.
«Rimas» es un libro neorromántico, que le mereció en 1951 el Premio Nacional de Poesía. La obra tiene un carácter intimista, confidencial, un  lenguaje coloquial, pero con una gran preocupación por el efecto rítmico. Tanto el título como el contenido recuerdan a Bécquer.
Los poemarios publicados entre los 70 y los 80, pierden algo del brillo festivo de sus creaciones anteriores. Su visión del mundo y del hombre, es más negativa. Crece, en cambio, en el dominio de la forma, ajustándose cada vez más a las técnicas vanguardistas, pero sin desprenderse nunca del basamento indestructible de su granítica sedimentación clásica. Algo de Aleixandre y de Neruda, pero sin empañar su fisonomía personal.
Se sucedieron así «Segundo Abril» (1972), «Canciones» (1973), «Diario de una resurrección» (1979), «Un rostro cada día» (1982), «Oigo el silencio universal del miedo» (1984).
Junto a su señera producción poética, Rosales dejó algunos ensayos importantes de ineludible lectura: «Cervantes y la libertad» (1960), «El Sentimiento del Desengaño en la Poesía Barroca» (1966), «Lírica Española» (1972).
En 1962 se integró a la Real Academia Española».  En 1982 fue distinguido con el Premio Cervantes. Su tránsito por este mundo finalizó en 1992, convirtiéndose en una de esas nebulosas que viajan indefinidamente por la historia, dispuestas para todos los ojos que quieran ver la luz.
El año centenario de su nacimiento, será una buena oportunidad para  renovar el interés, la admiración, por un poeta que labró en sus versos un destello de belleza perdurable.