A propósito de la Batalla de Las Piedras

Cuando realidad y ficción se unen

A veces, muchas veces, la Historia y la Literatura se dan la mano.

Es el caso, por ejemplo, de las llamadas “novelas históricas”, género en el que sin apartarnos del Uruguay, podríamos destacar, entre varios más, a autores como Tomás de Mattos o Carlos Maggi. En ese marco y a propósito de la Batalla de Las Piedras, episodio del que anteayer se cumplió un nuevo aniversario, EL PUEBLO comparte hoy con sus lectores un capítulo de “Yo el Protector / Memorial Personal de Pepe Artigas”, poema épico de Hugo Giovanetti Viola (publicado por Grupo Editor Conjunto en 2011). Es el siguiente:

II / 2 / ÁRBOL
Un mes antes de que se librara la batalla de Las Piedras mi primo hermano Manuel dio la vida ocupando San José.
Para mí fue una pérdida de sangre bautismal: ahora el otro lloraba.
Y cuando los godos nos salieron al paso en Canelones hubo tres días de lluvia que dificultaron la incorporación de Manuel Francisco, que llegaba a marcha forzada desde Maldonado.
Pero el 18 soleó, y aunque en los dos ejércitos ya había muchos borrachos nuestros bomberos informaron que Posadas alineaba presidiarios salteadores de tabernas y ya supe que el Espíritu Santo y el it charrúa quemarían lo corrupto.
Donde sopla lo sagrado se desinflan los chanchos.
El ardid esencial fue lograr que la caballería de Antonio Pérez arrastrara a Rosales, que al final se desgajó legua y media persiguiéndolo y obligó al grueso a desencaramarse del cerrillo ventajoso.
Cuando Posadas lo asistió y se topó con nuestra carne gorda reculó triangulando los cañones de a 4 y los obuses de a 32, pero ahí nos desplegamos y les ordené a los voluntarios fernandinos y a los blandengues que desmontaran para engrosar la infantería.
El cuerpo de reserva se lo confié a García de Zúñiga. El combate se formalizó ya con el sol muy alto, y teníamos que evitar que ellos retrocedieran a fortalecerse en Las Piedras.
Las bombas empezaron a dañarnos, pero dos indios enlazaron y bolearon a un cañón y a su artillero, entablándose una carnicería cuerpo a cuerpo.
Y mientras me dirigía a arengarlos un obús me reventó el caballo, y fue recién al talonear la otra monta que caté que ahora nos parecíamos a una anaconda estrangulando a un tigre.
Les toca llorar, godos.
Hasta que a media tarde le sablearon el rostro a Posadas y después que levantó bandera de parlamento envainé y lo intimé a rendirse a discreción.
También les prometí la vida a todos, aunque no columbré que ya pudieran tener 97 muertos y 61 heridos. Y ahí me fluyó la probidá minuán de no matar por gusto y pedí clemencia a gritos o venía degollina.
Fue una de mis poquísimas batallas encabezando tropa.
Y no es que no me haya importado que la Junta Gubernativa de Buenos Aires me elevara al rango de coronel y decretado una espada de honor.
La luz es otra, coño.
Esa noche ni siquiera me arranqué las cáscaras de barro que me acorazaban el reuma y cuando caí en el catre a lo tatú me sentía un hombre nuevo.
Y soñé ser un árbol que llegaba hasta el cielo para que alguien le acariciara las tristes canas verdes.
Tú no pediste la guerra, madre tierra: yo lo sé.

EL AUTOR: Hugo Giovanetti Viola nació en el año 1948 en Montevideo, donde reside.
En 2006, su obra fue homenajeada junto a la de Felisberto Hernández, Enrique Amorin, Juan Carlos Onetti y Marosa Di Giorgio, en la semana por Uruguay que organizó La Sorbonne. De una lista de títulos bastante más extensa que conforma su obra, puede nombrarse: “La Negra Jefa- Sexo, Momo y Yemanjá” (2005), “El Evangelio Según el Traidor: La Maldita Comedia” (2007), “El taller de la vida- Confesiones” (2009).







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