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Abordaje de lo fantástico como vía de escape, en el cuento «¡Vuela Mónica, vuela!» de Rocío Menoni

(Escriben: Prof. Ana Claudia Pignataro y Prof. Alejandro Pignataro)

En estas líneas, realizaremos una breve aproximación al estudio de la narrativa fantástica de Rocío Menoni. En el título, hacemos referencia a una «vía de escape», entendiéndola como un mecanismo de evitación: se trataría de un proceso mental (con un correlato físico, muchas veces) que funciona para «evitar», justamente, el contacto con emociones, sensaciones, ideas, que las personas perciben como dolorosas, traumáticas o amenazantes. «¡Vuela Mónica, vuela!» se plantea como un cuento en el que predomina lo real, hasta determinados episodios en los que se presentan hechos inexplicables desde lo racional. El narrador plantea la historia de Mónica, una mujer casada que vive bajo el «mandato» de su marido, Jorge. Ya desde el comienzo, se percibe un vínculo en el que está presente, sin lugar a dudas, la violencia doméstica y de género. Mónica, es presentada como una mujer víctima de estos tipos de violencias y su perfil, a lo largo del cuento, también nos remite a la idea de una mujer atrapada y «alienada» en un entorno familiar violento. La situación inicial es la de la visita con su marido a una casa que probablemente será la que comprarán para vivir. En la decisión de la compra, ella parece no tener poder «pero no dijo nada» para no ser callada, como en otras oportunidades. Mónica «contemplaba en silencio las paredes oscuras, el living comedor y los dormitorios sin ventanas, tratando de imaginar su vida en esa nueva cárcel»; desde la descripción de la casa, se presenta el ostracismo del lugar, y el casi nulo contacto entre ese espacio privado o íntimo y el espacio público, lo que favorecería aún más la existencia de un vínculo violento. El silencio impuesto de Mónica y su sensación de encierro, claro está, son manifestaciones de violencia doméstica. Para que esta exista como tal, según la Legislación uruguaya, debe ser requisito el tener o haber tenido «una relación de noviazgo» entre las personas o «relación afectiva basada en la cohabitación y originada por parentesco, por matrimonio o por unión de hecho» (Ley N° 17.514). Algunas de estas últimas condiciones son las que presentan los personajes en el cuento. La violencia basada en género y la violencia doméstica (que se relacionan aunque no son lo mismo) ocurren cuando se produce un desbalance de poder entre personas (una somete y controla a la otra) y ese desbalance se sostiene en el sistema sexo-género que sirve de marco al patriarcado. Luego de haberse radicado la pareja en la nueva casa, Mónica es quien se encarga de la limpieza. En medio de esta tarea, encuentra «una alfombra gastada y descolorida que tenía grabado unos signos que se le antojaron letras que no supo descifrar. Sin saber por qué, aquella alfombra le resultó atractiva y decidió conservarla». Cuando su marido llegó a la casa, luego de su jornada laboral, el narrador lo presenta con un perfil «controlador», en tanto se dispone a supervisar si su mujer había realizado las tareas de limpieza, reforzando así los estereotipos de género y priorizando la masculinidad por sobre la femineidad. No solo se visualizan estos actos al realizar las tareas domésticas sino también, por ejemplo, al acompañar a su marido al auto cuando se va a trabajar, alcanzándole el portafolio. Los estereotipos de género son modelos o patrones de conducta que definen cómo deben ser, actuar, pensar y sentir los hombres y las mujeres en una sociedad; representan un conjunto de atributos o características que se asignan a mujeres y hombres, categorizaciones en las que se incluyen las ideas de qué papeles deben desempeñar en el trabajo, la familia, los espacios por los que transitan… Cada cultura elabora sus propios estereotipos de género que dependen de los roles en los marcos sociales en los que se construyen. Estos estereotipos se incorporan a través del aprendizaje en la socialización y con frecuencia no existe una justificación racional que explique por qué «debe» ser así tal o cual aspecto. Cuando encuentra la alfombra vieja, la intención de Mónica es conservarla, aspecto que a Jorge no le satisface. En ese momento, se produce un diálogo entre ellos, cargado de violencia y agresividad, características que las deducimos, en principio, de acuerdo al contexto en el que dicho diálogo se produce. En este caso, no son las palabras en sí las que transmiten esa violencia; acerca de este fenómeno lingüístico (la utilización del lenguaje ordinario) el lingüista John Austin plantea que: «estamos empleando una conciencia agudizada de las palabras para agudizar la conciencia que tenemos de los fenómenos, aunque ellas no sean los árbitros definitivos de estos últimos». Se refuerza esta idea en el hecho de que al expresar ciertas palabras, llevamos a cabo una acción que no debe confundirse con la acción de pronunciarlas. Parafraseando el título de uno de los libros de Austin, muchas veces «hacemos cosas con palabras» más que solamente decir algo; a esto Austin llama «expresiones realizativas». En este caso, Jorge a través de sus palabras ejerce violencia sobre Mónica al no permitirle tomar una decisión, ni siquiera en aspectos superficiales como por ejemplo conservar la alfombra. En ese mismo diálogo, al final, sí aflora la violencia a través del lenguaje: «ya mismo se va… ¡siempre la misma vos! Aquí no se ponen porquerías… el día que se pueda se compra una alfombra como la gente, y mientras tanto no se usa nada. Tomá, poné ese trapo sucio en la calle, para que se lo lleven los basureros». Y en una segunda intervención plantea que si al regresar del trabajo «la porquería de alfombra» (como la califica) sigue en la calle, porque ni siquiera los basureros la quisieron llevar, la prendería fuego. Mónica, siguiendo el mandato de él, decidió dejar la alfombra arrollada en la calle, pero «al otro día, cuando fue a abrir la puerta de la cocina que daba al patio (…) la vio: allí, extendida en el piso estaba la alfombra. Tuvo miedo de que Jorge la viera y se enojara, pensando que ella la había entrado, así que la enrolló (…) y la puso nuevamente al lado del árbol». Este hecho extraño, que irrumpe en la realidad cotidiana de la protagonista, vuelve a repetirse al rato: «Mónica regresó a la casa y se puso a limpiar y lavar ropa y cuando fue a salir al patio a tenderla, otra vez casi tropieza con la alfombra que estaba, nuevamente, extendida al lado de la puerta». Luego de lavarla y guardarla (esconderla de Jorge) se presentó un cambio radical en ella, en tanto la alfombra, ahora olvidada por él, se convirtió en el motor de la cotidianidad de Mónica: día a día, se dedicó a lavarla, acariciarla, repararla, perfumarla, contemplarla… Estas situaciones llevan a que ella considere a la alfombra (por más que no lo exprese verbalmente) como una vía de escape de su realidad. Cada elemento que ella agrega a la alfombra para decorarla, es realmente significativo para ella, lo que hace que esta alfombra cobre un valor afectivo y emocional aún mayor. Utiliza para la reparación y decoración, por ejemplo, parte del cabello que se corta y gotas de su propia sangre. Mónica, notó varias veces que la alfombra se movía por sí sola, pero no llegó nunca a confirmarlo… de hecho, al parecer tampoco le interesó hacerlo, pues imaginárselo era lo que día a día la hacía salir de la realidad. Estas situaciones se repiten, por ejemplo, cuando el narrador expresa que «cuando su marido se le subía encima, ella sonreía mirando hacia el techo del ropero, donde sabía estaba escondida la alfombra. Le parecía que cada movimiento de él movía un poco la alfombra, que se elevaba sobre el techo del ropero invitándola a volar con ella». Debido a las expresiones del narrador, podemos interpretar que ni siquiera en el ámbito sexual Mónica es feliz en la pareja, lo que podría remitirnos a otra de las formas de la violencia doméstica: la violencia sexual. Queda claro que en los momentos de contacto íntimo entre la pareja, ella está más pendiente de un objeto externo que del acto sexual en sí. El pensar y visualizar la alfombra y sus movimientos, hacen que ella pueda huir momentáneamente de una situación que la oprime: ser libre. En Mónica se presenta, siguiendo a Finné, una «lucha entre la tentación de lo sobrenatural» por un lado y «la voluntad de lo cotidiano» por el otro. Esta situación de lucha y voluntad, según este autor (citado por R.Campra) es característica de los relatos fantásticos. En la escena final del cuento, Jorge le da órdenes a Mónica para que lave su auto, a pesar de la lluvia que caía. Remitiéndonos nuevamente a aspectos lingüísticos, teniendo en cuenta únicamente las palabras de Jorge, podría percibirse un tono de amabilidad y generosidad en sus indicaciones, brindando consejos, cuando en realidad lo que hace con sus palabras es continuar ejerciendo su «poder», no solo indicando qué tarea se debe realizar, sino también cómo hacerla. Esto se vincula a lo que Austin denomina «expresiones lingüísticas que se disfrazan» o una especie de «maquillaje gramatical»: según este autor, ante determinados actos lingüísticos, «nos sentimos inclinados a pensar que la seriedad de la expresión consiste en que ella sea formulada (…) como signo externo y visible de un acto espiritual interno». En varias intervenciones de Jorge en el cuento analizado, no se registra, cuando debería registrarse, una «atadura espiritual» entre el pensamiento y la expresión. Se muestra así a Mónica desbordada por la situación en la que vive: «Sentía mucha rabia y mucha vergüenza de lo que pensarían los vecinos al verla». Y más adelante, mediante una comparación y un paralelismo psicocósmico, el narrador continúa dando cuenta de la tristeza de la protagonista: «Una lluvia mansa y suave se deslizaba por las hojas de los árboles, como las lágrimas por sus mejillas». Pero en esos momentos, en que se dispuso efectivamente a cumplir la orden de lavar el auto, «sintió que algo se movía debajo de sus pies haciéndola perder el equilibrio. Cayó sentada en la alfombra y se aferró a los flecos de colores… Pasó sobre el auto, rozando la copa del árbol y solo abrió los ojos cuando sintió que ya no llovía». La salida del sol, podría interpretarse como la liberación final de la protagonista del mundo violento del cual formaba parte. Lo que confirma la existencia realmente de este hecho «fantástico» es cuando el marido va a buscarla al garaje a media tarde y no la encuentra, pero más aún cuando aparece en escena (en el último párrafo del cuento) un niño que, al ver a Jorge, señala hacia el cielo y expresa «Vuela… Mónica vuela…». Queda así establecido el hecho que Mónica, gracias a la sensibilidad que formaba parte de su personalidad, aceptó y asimiló el hecho fantástico que se presentó ante ella en la más absoluta cotidianeidad. En tal sentido, logró encontrar la «vía de escape» que necesitó, en el momento adecuado; claro está que su «huída» de la realidad fue una forma de protegerse y preservarse ante la realidad angustiante que le había tocado vivir.