Así comienza “Alguien controla los dados”, la nueva novela de Mateo Arizcorreta

Ocupa hoy esta página el primer capítulo de la recientemente publicada “Alguien controla los dados”, novela de Mateo Arizcorreta Rodríguez, un joven que nació en Montevideo (en 1986), transcurrió su infancia y adolescencia en Salto y se encuentra nuevamente radicado en la capital del país tras haber culminado su carrera universitaria de Licenciatura en Letras. CULTURA. Mateo Arizcorreta La novela, presentada hace pocos días en el Chalet Las Nubes, es polifónica, es decir, son varias las voces que narran. Cumplen la función de narrar alternadamente sus cuatro personajes principales: Adrián (un mago no muy genial humillado por los niños a los que debería entretener), Amalia (una artista tan estancada en la composición de su disco como el agua de la pecera que limpia en su trabajo), Gutiérrez (un empresario megalómano que sueña con conquistar el mundo mediante un negocio de apuestas poco ortodoxas) y Griselda (una astróloga desconectada de la realidad que no sale de su hogar hace más de una década). Es esta la segunda novela de Arizcorreta, ya que en 2015 había publicado en coautoría con Diego Ruiz “¿No has oído hablar de Cardoso?”. El primer capítulo de “Alguien controla los dados” es narrado por Adrián, y es el siguiente:

ADRIÁN
Quiero ser una vieja. Eso debería responder cualquier pendejo de este país. Nada de ser arquitecto, presidente, chorro, panadero. No: tan sólo una vieja. Una vieja jubilada. Una vieja jubilada que se queja de cosas. De cualquier cosa. Con todo derecho. Con el derecho que cualquier vieja de cualquier país que se precie de tal debe tener. Nada de quiero viajar por el mundo ni de quiero plantar un ciprés, un álamo o un paraíso. Nada de sueño jugar un mundial, o aunque sea un amistoso. Nada de me conformo con no morir de hambre. No. Lo que vos necesitás es ser una vieja. Y punto.
Serán las doce, las tres, las dos. No sé. Otro cumpleaños de pendejos horrorosos que no se asombran con nada. Un truco. Cero. Otro. Menos. Cualquier jueguito con cartas les resulta una estupidez. Ni siquiera saben para qué son las cartas. Saco las piolas. Armo el del nudo falso. Empiezo el aplauso. No me siguen. Hago el de los dados. Me miento. Esto no es sudor. No me está faltando el aire. No estoy al borde de la asfixia. No estoy animando un cumpleaños de imbéciles de diez años que ni en sus planes más remotos sueñan con ser una vieja. Cómo convencerlos. Cómo guiarlos. Cómo señalarles el camino.
Los tres pendejos de la última fila se mueren por abuchearme, pegarme o drogarme con kerosene. Con eso sí sueñan. Con darme con un látigo hasta que empiece a bailar tap. Se les nota en los ojos. Son todos iguales. Están en esa edad de mierda. No son exactamente niños. No son aún adolescentes. Pero, sobre todo, no son ni serán jamás una vieja. El de buzo atado en los hombros quiere ser algo. No alguien. Algo. Alguna cosa. Es optimista. Tiene ese optimismo conciliador. El de camisa de estanciero tiene un optimismo aún peor. El optimismo ingenuo. Diez años y tan optimista. El depresivo de al lado tampoco es que me alegre la vida. Está triste porque se adelantó. Previó la adultez. Es esto. Ese mago medio pelo con aliento a Criadores es ser grande.
Un truco más y no jodemos más. El de la monedita seguro los levanta. No sé por qué. Simplemente sucede. Nada por aquí, nada por allá. ¿Dónde está la monedita? La tiene en la mano, dice una voz de pito. El mago tiene la moneda en la mano, grita uno de los del fondo como un imbécil. Por lo general me manejo. De última, el único que recibe dinero a cambio de estar en este complejo de fútbol cinco para idiotas soy yo. Mejor dejarla pasar y pensar en la cerveza fría que me espera en casa. Gajes del oficio. Pero este pibe tiene algo molesto, casi perturbador. Ese buzo atado en los hombros de nuevo rico argentino en Punta del Este 94 me enerva. Me resulta un ser totalmente repudiable. Me saca.
—A ver, campeón, si sos tan capo del universo, ¿por qué no venís y hacés vos mi laburo?
Los ojos se le prenden fuego. No lo piensa dos veces y se abre paso como un conquistador. Se me para al lado sin ninguna clase de pudor. Llama al bobito del cumpleañero. El bobito viene, por supuesto. Elegí una carta. Bien. Mostrásela a los demás. Bien. Ahora dame el mazo. ¿Era el 10 de bastos, no? Sí, contesta el cumpleañero y los pendejos experimentan el primer orgasmo de sus miserables vidas. Alegría generalizada.
—Bueno, bueno, vamos a calmarnos.
Imposible hacerse escuchar. El enano seudoporteño se ganó la platea. Encima me encara, me palmea el cachete y me encaja:
—Seguí participando, maguito de cuarta.
Hasta acá llegaste, pendejo malvado. Le tiro un manotón, que el sorete esquiva como un karateca y sale corriendo. Lo persigo, pero una zancadilla me tira al piso.
—¡Pendejos de mierda!
Los niños están extasiados. La madre del cumpleañero entra en la sala con una bandeja de pildoritas. Pregunta qué estoy haciendo y me desconcierta. La verdad es que no sé qué mierda estoy haciendo.