Ceremonioso encuentro entre Mozart y El Greco en Toledo

La música y la pintura se han hecho un guiño, lo cual nunca está de más.

La memoria se proyecta hacia el presente en las exposiciones pictóricas que conmemoran el cuarto centenario del fallecimiento de El Greco. Sea en las muestras del Museo del Prado, de la Real Academia de Bellas Artes o del Museo de Santa Cruz de Toledo, actualmente en activo, los diálogos culturales traspasan las fronteras del tiempo y se pueden admirar las pinturas de El Greco desde perspectivas conceptuales o desde su influencia con el paso de los siglos. Todo ello da personalidad a una celebración que no se ha limitado en sus actos estelares a una recopilación de las obras más destacadas del pintor sino que ha ido más allá. Ha “actualizado” la pintura de El Greco, por decirlo de alguna manera, tanto desde la reflexión como desde la contemplación.

En ese planteamiento artísticamente interdisciplinar, la música también ha tenido su lugar, no tanto, al menos en sus reivindicaciones principales, como una recreación de las preferencias del pintor o del reflejo musical de la época, sino más bien en el lado ritual, ceremonial si se quiere, que los espacios ligados al pintor permiten. En ese contexto se sitúan los dos conciertos en la Catedral de Toledo, el de abril con Ricardo Mutti y el de ahora en setiembre con Ivor Bolton. Más que una relación con El Greco lo que prima es el recuerdo póstumo. De ahí la idoneidad del formato de Réquiem. Primero fue el de Verdi y ahora el de Mozart. Se viven estas impactantes obras de otra manera a cuando se escuchan en una sala de conciertos. La acústica de una catedral es diferente por las dimensiones del espacio y sus consiguientes reverberaciones o dispersiones del sonido. La dimensión trascendental destaca sobre las demás. E impone emocionalmente

El ritual se intensificó aún más con la presencia de doña Sofía, recibida por los asistentes con evidente afecto, y de un considerable número de políticos, sacerdotes y caras famosas. Desde el punto de vista musical, la interpretación fue aceptable en líneas generales, lo cual es ya suficientemente meritorio dadas las circunstancias espaciales.

El cuarteto de solistas estuvo particularmente acertado, en especial la soprano sueca Camila Tilling, muy en estilo mozartiano, y el tenor catalán David Alegret, con un timbre pletórico de transparencia. No desmerecieron en absoluto Hallenberg y Miles. Desde mi percepción -muy particular por las consideraciones acústicas aludidas- la orquesta estuvo más entonada que el coro. No porque este lo hiciese mal, sino porque tuvo más altibajos y cierta monotonía emocional. La orquesta, sin embargo, se prestó con más regularidad al criterio extrovertido y animoso de Bolton, con corrección y dominio en todo momento, y con algún detalle ligeramente superficial en función de la comunicación inmediata.

No hay más conciertos en la Catedral dentro de la programación musical del Centenario de El Greco, pero sí los hay en otros lugares de Toledo como el teatro Rojas y las iglesias de Santo Tomé o San Pedro Mártir. El ciclo se cierra precisamente en esta última iglesia el 8 de diciembre con un grupo tan excelente como es La Grande Chapelle dirigido por Albert Recasens.

La Catedral se ha reservado los dos momentos estelares, los más espectaculares, los más ceremoniosos. La invitación a la orquesta y coro titulares del Teatro Real, con su nuevo director, parece una elección oportuna. Así se establecen lazos de comunicación para que iniciativas de este tipo no sean experiencias aisladas. El público estuvo respetuoso y concentrado y, a juzgar por los aplausos, disfrutó de lo lindo.

Las tres exposiciones de El Greco más arriba citadas están esperando a los que no las hayan visto. Mozart ha hecho un poco en esta ocasión de intermediario animador.

a música y la pintura se han hecho un guiño, lo cual nunca está de más.
La memoria se proyecta hacia el presente en las exposiciones pictóricas que conmemoran el cuarto centenario del fallecimiento de El Greco. Sea en las muestras del Museo del Prado, de la Real Academia de Bellas Artes o del Museo de Santa Cruz de Toledo, actualmente en activo, los diálogos culturales traspasan las fronteras del tiempo y se pueden admirar las pinturas de El Greco desde perspectivas conceptuales o desde su influencia con el paso de los siglos. Todo ello da personalidad a una celebración que no se ha limitado en sus actos estelares a una recopilación de las obras más destacadas del pintor sino que ha ido más allá. Ha “actualizado” la pintura de El Greco, por decirlo de alguna manera, tanto desde la reflexión como desde la contemplación.
En ese planteamiento artísticamente interdisciplinar, la música también ha tenido su lugar, no tanto, al menos en sus reivindicaciones principales, como una recreación de las preferencias del pintor o del reflejo musical de la época, sino más bien en el lado ritual, ceremonial si se quiere, que los espacios ligados al pintor permiten. En ese contexto se sitúan los dos conciertos en la Catedral de Toledo, el de abril con Ricardo Mutti y el de ahora en setiembre con Ivor Bolton. Más que una relación con El Greco lo que prima es el recuerdo póstumo. De ahí la idoneidad del formato de Réquiem. Primero fue el de Verdi y ahora el de Mozart. Se viven estas impactantes obras de otra manera a cuando se escuchan en una sala de conciertos. La acústica de una catedral es diferente por las dimensiones del espacio y sus consiguientes reverberaciones o dispersiones del sonido. La dimensión trascendental destaca sobre las demás. E impone emocionalmente
El ritual se intensificó aún más con la presencia de doña Sofía, recibida por los asistentes con evidente afecto, y de un considerable número de políticos, sacerdotes y caras famosas. Desde el punto de vista musical, la interpretación fue aceptable en líneas generales, lo cual es ya suficientemente meritorio dadas las circunstancias espaciales.
El cuarteto de solistas estuvo particularmente acertado, en especial la soprano sueca Camila Tilling, muy en estilo mozartiano, y el tenor catalán David Alegret, con un timbre pletórico de transparencia. No desmerecieron en absoluto Hallenberg y Miles. Desde mi percepción -muy particular por las consideraciones acústicas aludidas- la orquesta estuvo más entonada que el coro. No porque este lo hiciese mal, sino porque tuvo más altibajos y cierta monotonía emocional. La orquesta, sin embargo, se prestó con más regularidad al criterio extrovertido y animoso de Bolton, con corrección y dominio en todo momento, y con algún detalle ligeramente superficial en función de la comunicación inmediata.
No hay más conciertos en la Catedral dentro de la programación musical del Centenario de El Greco, pero sí los hay en otros lugares de Toledo como el teatro Rojas y las iglesias de Santo Tomé o San Pedro Mártir. El ciclo se cierra precisamente en esta última iglesia el 8 de diciembre con un grupo tan excelente como es La Grande Chapelle dirigido por Albert Recasens.
La Catedral se ha reservado los dos momentos estelares, los más espectaculares, los más ceremoniosos. La invitación a la orquesta y coro titulares del Teatro Real, con su nuevo director, parece una elección oportuna. Así se establecen lazos de comunicación para que iniciativas de este tipo no sean experiencias aisladas. El público estuvo respetuoso y concentrado y, a juzgar por los aplausos, disfrutó de lo lindo.
Las tres exposiciones de El Greco más arriba citadas están esperando a los que no las hayan visto. Mozart ha hecho un poco en esta ocasión de intermediario animador.