Crónica de una visita inesperada, no planeada, para descubrir la mejor hora del teatro, el arte y la música

La hora de los virtuosos

La fecha no fue elegida. Teníamos días libres por cuestiones laborales y familiares, y había que salir. Buenos Aires fue la opción. El comienzo no fue promisorio. Llegar en domingo, sin programa fijo o reservas hechas, obligó a salir a la pesca. Optamos por el complejo San Martín de la calle Corrientes. Queremos ver Umbrío, la obra teatral en cartel con Eleonora Wexler, pero las entradas están agotadas. ¿Qué otras obras hay en cartel? —Varias, contestan en boletería. —¿Cuáles?, insisto. —Varias, repiten. Mi esposa se acerca y me dice al oído —Parias. La obra de Chéjov. El boletero suspiró. fotocultura

La puesta era un admirable despliegue de actores y ritmo tratando de sobrellevar las partes del texto que se perdieron, con alguna advertencia por altoparlante en ruso, sin traducción. Casi tres horas. El espectador a mi lado, un señor mayor, se levanta y se va diciendo «qué mal gusto». A la salida los baños femeninos colapsan. En uno de ellos una señora queda atrapada en el inodoro, la puerta no abre. Los de mantenimiento demoran en llegar. De otro sale una reconocida actriz y varias en la cola la saludan como a una amiga de toda la vida: —¡Querida!, ¿Qué te pareció? Ella contesta —Y… no me llegó… estas cosas te tienen que llegar, y continúa. Semejante trato entre celebridades y espectadores se repite en días siguientes, con variaciones. Es parte de la ciudad donde todo es escenografía.
RITMO Y VIRTUOSISMO.
La opción para el lunes a la noche fue La bomba de tiempo en el Centro Cultural Konex. Banda que toca los lunes a la noche desde hace once años. Algunas carteleras lo anuncian como «fiesta». Nuestra llegada eleva el promedio de edad. Luego de una previa se larga el concierto con más de 20 percusionistas en escena apelando a lo más básico, al ritmo con que late el corazón, para elevarlo desde allí con furia, creatividad y virtuosismo. Se instala poco a poco un clima iniciático, de trance de tribu africana en la urbe blanca, y todo es baile. Dos horas inolvidables… saltando.
Al día siguiente los pies duelen. Los amigos sugieren el Centro Cultural Kirchner, apellido que trae malos recuerdos a los uruguayos. Venciendo los prejuicios reservamos entradas gratuitas para ver el Quinteto Fundación Astor Piazzolla en un homenaje por los 25 años de su fallecimiento.
Dicho centro Cultural fue construido tomando como base el viejo edificio de Correos cerca de Puerto Madero. Los diferentes pisos fueron convertidos en salas multifuncionales para albergar música, plástica, baile, talleres. Las actividades se superponen, el lugar vibra. Lo más llamativo sin embargo está en el patio central. Del techo parece colgar un enorme zeppelin metálico (en realidad apoyado en cuatro patas, lo llaman «ballena») que alberga en su seno una sala sinfónica para dos mil espectadores. Sin salir del asombro ingresamos a ella desde el tercer piso. El lleno es total. El Quinteto en escena va convirtiendo el concierto en una gran comunión. La emoción crece. El gran compositor nacional que también era de Nueva York, París o Punta del Este se corporiza en el piano de Cristian Zárate, el bandoneón de Lautaro Greco o la voz de Sebastián Holz. Laura Esclada, última esposa de Astor, sube a escena y agradece porque «Piazzolla fue por mucho tiempo rechazado en este país». Hay autoridades del gobierno de Macri presentes… en el centro Kirchner, el gran legado cultural de Cristina Kirchner. ¿La cultura ganó autonomía frente la política partidaria? Quizá. El dinero que costó levantar ese magnífico centro, único en el mundo, vino del bolsillo de todos los argentinos. Que allí estaban a sala llena en un evento que respiraba ciudadanía. Tras varios bises, el Quinteto ejecuta «Adiós Nonino». Hay lágrimas.
LA LÓGICA TRANS
La muestra «Sublevaciones» en el Hotel de Inmigrantes no convence (es buena la crítica que hace José Emilio Burucúa en la revista Ñ). O el mural de Siqueiros que recuperaron del sótano de la casa de Natalio Botana, que hoy está en el Museo de Casa Rosada, ese sí de un vanguardismo asombroso. O lo mejor del jazz argentino actual en el Virasoro Bar escuchando al Diego Schissi Quinteto, una deconstrucción de Piazzolla a ritmo de jazz que algunos llaman «música académica», aunque la impronta popular es fuerte.
El plato fuerte llega el fin de semana con tres propuestas: el estreno de una nueva versión del musical de Piazzolla Crimen Pasional en el Teatro de la Ribera (La Boca), la muestra de Yves Klein en Proa junto al prometido desfile de estudiantes de diseño con ropa inspirada en la muestra, y el estreno en el Teatro Cervantes de dos obras de Copi, Eva Perón y El homosexual o la dificultad de expresarse.
Crimen Pasional es una obra que el cantante francés Pierre Phillipe encargó a Piazzolla. La versión del Teatro de la Ribera contó con la traducción de Jorge Fondebrider, la interpretación en vivo de un notable sexteto en escena que repetía nombres (Cristian Zárate al piano y director musical), y el despliegue actoral y musical de Guillermo Fernández, el «Guillermito» de las veladas de Silvio Soldán en Grandes Valores del Tango y que luego tuvo una extensa trayectoria entre Nueva York y Las Vegas. La obra relata la historia del asesino serial Eugène Weidmann, último condenado a muerte en Francia cuya ejecución fue pública. La notable puesta estuvo poco en cartel; la crítica la celebró… cuando ya la habían bajado. La bailarina y coreógrafa Diana Theocharidis, directora del teatro, promete reponerla para el verano. A la salida, en el hall, conversamos con Guillermo Fernández, quien en tono de broma se queja de lo exigente que fue Fondebrider a la hora de observar cada inflexión del libreto.
Al día siguiente el clima ayudó con la propuesta de Yves Klein. Luego de quedar extático ante el Azul Klein, ese tono suyo desplegado en el piso de Proa con una generosa, casi obscena concentración de pigmentos, se pudo disfrutar del desfile de casi 100 estudiantes de diseño de la cátedra Saltzman. Tras recorrer la pasarela instalada frente a Proa, con música electrónica a todo volumen, los modelos se instalaron parados de espaldas al riachuelo, apoyados en la baranda, sobre un fondo de barcos con chatarra. El color y el gesto juvenil, etéreo y provocador, con el detritus industrial al fondo.
De allí al Teatro Cervantes para el tan esperado Copi, el revulsivo Copi, el nieto del uruguayo Natalio Botana que vivió una larga infancia y juventud en el barrio Carrasco de Montevideo, y cuya obra como dibujante y humorista, narrador, actor, dramaturgo, performer y divo del mundo gay francés de los 60 (con Michel Foucault y la revista satírica Charlie Hebdo), parece tener hoy una vigencia sorprendente. Había expectativa por muchas razones.

(EL PAIS CULTURAL)







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