Cuando «democratizar»la cultura significa “vulgarizarla”

Que el arte y la cultura tienden cada vez más, lamentablemente, a vulgarizarse, a exaltar los facilismos y el “todo vale” porque simplemente importa “expresarse libremente”, no cabe ninguna duda.
Prueba de ello son algunas muestras de artes visuales –que se exhiben incluso en museos de Montevideo o en algún centro de enseñanza terciaria de Salto – que consisten, por ejemplo, en arrojar basura al piso y llamar a eso “instalación”. O algunos libros, cuyos autores creen que ciertas combinaciones raras o llamativas de palabras, aunque carezcan totalmente de contenido, son poesía.
En este sentido, nos ha parecido excelente el ensayo del peruano Mario Vargas Llosa, titulado “La civilización del espectáculo” (Alfaguara, 2012), que se ha convertido en su primer libro tras recibir el Premio Nobel de Literatura en el año 2010. Vargas Llosa advierte que “la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer”, y reflexiona entonces sobre “la banalización” y “la vulgarización” del arte como signos propios de este tiempo. Una de las causas de esta decadencia, al decir del peruano, es el intento por “democratizar” la cultura, lo que ha provocado nefastas consecuencias     .
Para comprender mejor a qué se refiere, vale la pena leer las siguientes líneas:
“La democratización de la cultura…Se trata de un fenómeno que nació de una voluntad altruista: la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una élite, una sociedad liberal y democrática tenía la obligación de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y demás manifestaciones culturales.
Esta loable filosofía ha tenido el indeseable efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justifican en razón del propósito cívico de llegar al mayor número.
La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, como la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Esta ha pasado ahora a tener exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico. Es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina.
Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera agradable de pasar el tiempo.  Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se desprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Verdi, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen… ” (Extraído de “La civilización del espectáculo”, páginas 35-36).

Que el arte y la cultura tienden cada vez más, lamentablemente, a vulgarizarse, a exaltar los facilismos y el “todo vale” porque simplemente importa “expresarse libremente”, no cabe ninguna duda.

Prueba de ello son algunas muestras de artes visuales –que se exhiben incluso en museos de Montevideo o en algún centro de enseñanza terciaria de Salto – que consisten, por ejemplo, en arrojar basura al piso y llamar a eso “instalación”. O algunos libros, cuyos autores creen que ciertas combinaciones raras o llamativas de palabras, aunque carezcan totalmente de contenido, son poesía.

En este sentido, nos ha parecido excelente el ensayo del peruano Mario Vargas Llosa, titulado “La civilización del espectáculo” (Alfaguara, 2012), que se ha convertido en su primer libro tras recibir el Premio Nobel de Literatura en el año 2010. Vargas Llosa advierte que “la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer”, y reflexiona entonces sobre “la banalización” y “la vulgarización” del arte como signos propios de este tiempo. Una de las causas de esta decadencia, al decir del peruano, es el intento por “democratizar” la cultura, lo que ha provocado nefastas consecuencias     .

Para comprender mejor a qué se refiere, vale la pena leer las siguientes líneas:

“La democratización de la cultura…Se trata de un fenómeno que nació de una voluntad altruista: la cultura no podía seguir siendo el patrimonio de una élite, una sociedad liberal y democrática tenía la obligación de poner la cultura al alcance de todos, mediante la educación, pero también la promoción y subvención de las artes, las letras y demás manifestaciones culturales.

Esta loable filosofía ha tenido el indeseable efecto de trivializar y adocenar la vida cultural, donde cierto facilismo formal y la superficialidad del contenido de los productos culturales se justifican en razón del propósito cívico de llegar al mayor número.

La cantidad a expensas de la calidad. Este criterio, proclive a las peores demagogias en el dominio político, en el cultural ha causado reverberaciones imprevistas, como la desaparición de la alta cultura, obligatoriamente minoritaria por la complejidad y a veces hermetismo de sus claves y códigos, y la masificación de la idea misma de cultura. Esta ha pasado ahora a tener exclusivamente la acepción que ella adopta en el discurso antropológico. Es decir, la cultura son todas las manifestaciones de la vida de una comunidad: su lengua, sus creencias, sus usos y costumbres, su indumentaria, sus técnicas y, en suma, todo lo que en ella se practica, evita, respeta y abomina.

Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera agradable de pasar el tiempo.  Desde luego que la cultura puede ser también eso, pero si termina por ser sólo eso se desnaturaliza y se desprecia: todo lo que forma parte de ella se iguala y uniformiza al extremo de que una ópera de Verdi, la filosofía de Kant, un concierto de los Rolling Stones y una función del Cirque du Soleil se equivalen… ” (Extraído de “La civilización del espectáculo”, páginas 35-36).