Cuando en un boliche, Carlos Blanc recordó aquel barrio…

Hace algunos días cerró el plazo para presentar proyectos ante un nuevo “Boliches en agosto”, una propuesta del Ministerio de Educación y Cultura para rescatar y revalorizar al “boliche” como centro social. Es decir que por estos días, muchos se estarán preparando para nuevas veladas de música, cuentos y poemas, trabajos en artes plásticas o narración de anécdotas en torno a un mostrador, pequeñas mesas y copas servidas. Será esta vez, vale decirlo, paradójica y lamentablemente, con escaso aporte de dicho Ministerio (entiéndase económicamente hablando), y más aún si se compara con ediciones anteriores. Pero rescatamos hoy algo que sucedió en la edición del año pasado (“Boliches en agosto 2014”) en un emblemático boliche del centro de nuestra ciudad. Nos referimos a la exposición del Dr. Carlos Blanc y la Sra. Esther Silveira, en el “Salón El Vasco”, de José María Luzuriaga, en la que recordaron sitios, personas y episodios de ese barrio, de hace 50 años y algunos más. Ese barrio de límites difusos, que al decir de ellos tendría como eje el Palacio de Oficinas Públicas y la sede de Círculo Sportivo y que “podría llegar hasta el barrio de Almagro, cuando este club tenía su sede en Cervantes…Por el lado del río el barrio se detenía en la bajada de La Cachimba, en Cervantes y Larrañaga y no iba más allá del Bar el Chino, del Pepe Granados, pero sí abarcaba la Escuela López, la 1, cuando estaba en Artigas casi Sarandí…”. Lo que sigue es una breve síntesis de aquellas palabras de Blanc.
Partidos de “fóval” con pelota de trapo.
“En aquellos baldíos todavía la pelota era de trapo y a veces de diarios apretados pero empezaba a ser sustituida por la de goma, y en ocasiones muy escasas, con una de cuero, número tres o, gloriosa jornada, con una número cinco. Con la particularidad que ambas eran infladas a mano (a veces en la Estación de Repetto por el gomero, el Guago, hijo del pistero, Don Chucho Gómez, o por el viejo Lafón, que tenía el taller al lado) y al principio, antes que llegaran las más modernas de “tapón”, había que cerrarles la abertura por donde se metía la cámara, que quedaba toda rugosa y no apto para cabezazos sin gorra o, todavía peor, para peinarla en un córner. No eran partidos de fútbol, sino de “fóval”. No había laterales, sino jás, ni defensas sino backs, ni volantes sino “insáis”, ni golero sino “goalkeeper” y al 9 se le llamaba “piloto” o “centrofoward”, que comandaba a los cinco y no dos o tres, que iban a la delantera, con dos punteros bien abiertos. Desde luego entonces y hoy se grita “orsái” y no fuera de juego, cuando se podía destruir la chance de los “pescadores” que se quedaban cerca del área. Tampoco había dos equipos de once integrantes por bando. En el baldío cada uno que iba llegando preguntaba “¿pa qué lao pateo”? y la respuesta era “vos pateá pa yá”…
Grandes cracks
“Hubo grandes jugadores en el barrio, ya hablé de los hermanos Silveira y de Chirimino, vivían Antonio y sobre todo Juan Chacón, que era como un crack, pero también estaba el Caco Texeira, un endiablado puntero que la hacía de trapo, el Pepé Urreta, que era un genio en todo lo que hacía, el Negro Raúl, back de la primera de River por más de 20 años, Saúl, padre de Sergio González, el Plancha González, que aún vive en Varela casi Rincón, el mismo Aguita Alfieri, cuyo padre era dueño de la lechería Leci Ederra, el Negro Pedetti, centrojás de River, que además dictaba cátedra de billar en el viejo Hotel Colón, de Brasil y Soca”.
¿Qué tenía de particular el barrio?
“Entre muchas cosas, la esquina de Treinta y Tres y Rivera (que entonces corría hacia abajo), era cosmopolita, porque allí estaba el almacén del Bebe Luzuriaga, vasco, padre de José María, que compartía por Treinta y Tres, el Bar del Lino Rodríguez, seguramente de familia gallega y que luego de fallecer el Bebe, se fue por muchos años al salón de Treinta y Tres, al lado de la casa del Vasco Othaix, frente a la Alianza Francesa de Mesié Roig y la casa y oficina de Maglio. Esquina cosmopolita porque también estaba la verdulería de los Pilas Finali, que eran judíos (luego la Semillería Mérica, cuyo dueño era también representante del famoso periódico “La Escoba”) con sus hijos, Suzie, hoy dietista que vive en Mdeo; y León, ya fallecido, que se caracterizaba por usar pantalón corto a la vez que lucía un vigoroso bigote negro, y haciendo cruz, en la misma esquina, la familia Ware, seguramente de origen anglosajón. Muy cerca de allí y luciendo su famoso Buick del treinta y pico, Don Mario Supparo, sin duda de origen italiano. Frente al Círculo Sportivo estaba la Feria Franca, establecimiento comercial de la familia Pose, donde muchos años después se organizó un salón donde se bailaba música típica y allí hicieron historia el Cacho Leiva, y el querido y recientemente desaparecido, diariero, poeta, recitador, empleado del bazar El Regalo, pero sobre todo, elegante bailarín de tangos, con su compañera la Tota, Eleazar Llemes”.
Otros lugares de referencia
“En el barrio también estaban la Confitería 18 de Julio, la Mercería Llado, la Casa Roche, con su cabeza de caballo al frente, en la esquina de Uruguay y Osimani, frente a la Farmacia Central, y que luego se mudó, Roche, frente a la Casa Peñalva, en la boca del Mercado, el Salón Fortuna. Se inauguraba la heladería Nevada, de José Grassi, donde quien vendía los helados era el Lilo Guglielmone, en la esquina de Artigas y Larrañaga (la farmacia Curie estaba en esa esquina o sea enfrente a donde está hoy). En la esquina donde hoy está la Curie estaba el negocio de Rumi y Pereyra y enfrente la tienda “La Esmeralda” de la viuda de Pierri y enfrente la enorme casa de Pompilio T. Silveira Reilly, bisabuelo de Esther, donde se alzaría y está hoy, la nueva escuela 1. La Urreta fue una gran fábrica, enteramente salteña. Y la gente que allí trabajaba (desde el 51, Carlucho Tettamanti), una verdadera familia, con Julio Echandi al frente como gerente, pero también estaban el Choricero Picción, el Vasco Jaureguiberry, el Macho Alfieri, el Agüita Alfieri, el Pico Prinzo, etc, etc. Pero ya en estos años llegaba la Coca Cola y se instaló primero en Varela, al lado de la casa de los Irrazábal. Tenía por gerente a Jorge Quintana Solari, que fue también uno de los primeros directores técnicos del Círculo Sportivo cuando recién se iniciaba en la segunda divisional de básquetbol”.
Versos tangueros para el final
“Perdoná si al evocarte
Se me pianta un lagrimón
Que al rodar en tu empedrao
es un beso prolongao
Que te da mi corazón”.







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