El atlas como arte poético. Viaje a islas remotas

Publicado por el suplemento Cultural del diario El País

Judith Schalansky (Greifs-wald, Alemania, 1980) es narradora, editora, diseñadora de libros y autora del Atlas de islas remotas, un bello volumen que lleva como subtítulo «Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré». El libro, publicado primero en Alemania en 2009, tuvo un éxito inmediato. Para 2010 ya tenía versión en inglés (Penguin).

El libro de Schalansky presenta una división por océanos (Glacial Ártico, Atlántico, Índico, Pacífico y Antártico) y luego, a razón de una cada dos páginas, la isla en cuestión, cuyo perfil cartografiado puede verse en las páginas impares. «Consultar un atlas» escribe la autora en el prefacio «siempre supone mucho más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta sólo con observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante sí, de una vez y sin dilaciones».

Cada isla figura con una brevísima cronología, e incluye algún tipo de información: puede tratarse de un detalle físico, de una historia ligada a su colonización, de una referencia que dé cuenta de un suceso extraordinario o del todo ordinario. «Preguntar sobre la veracidad de estos relatos no es pertinente» señala Schalansky. «No he inventado ni un solo hecho de estas páginas, sino que los he encontrado todos ellos en narraciones de otros. Descubrí estas historias y las hice mías, como hacían los antiguos marinos con las tierras recién descubiertas». En síntesis, un recorte interesado que, a la manera de los textos oblicuos de Georges Perec, deposita en la mente del lector datos inútiles y del todo encantadores.

FIN DEL MUNDO

El Diccionario de la Real Academia, con su habitual torpeza, define «isla» como «Porción de tierra rodeada de agua por todas partes». Y más abajo aclara que «islas adyacentes» son las que «aún apartadas del continente, pertenecen al territorio nacional, como las Baleares y Canarias respecto de España». Las islas no necesariamente forman una unidad física con el país que las reclama, pero en virtud del colonialismo europeo —que no es el único colonialismo posible— la mayoría de ellas fue reclamada cuando el mundo se repartía entre unos pocos.

«Remoto», a su vez, es aquello que resulta «inverosímil o que es muy poco probable que suceda». Ambas acepciones sirven para interpretar el libro de Schalansky. Respecto a la palabra «extremo» vale la pena conservar ésta: «1) Que está en el grado máximo de cualquier cosa. 2) Excesivo, sumo, mucho. 3) Distante, con respecto al punto en que se sitúa el que habla». Lo más extremo al Norte, por ejemplo, resultaría ser la isla de Kaffeklubben, cerca de la costa noroeste de Groenlandia, que es la porción de tierra firme más septentrional, en tanto el Polo Sur Geográfico es el punto más austral de la Tierra. Qué pasa entonces con las islas extremas, aquellas que por su latitud y longitud están fuera de la órbita de un continente determinado y que cabe pensarlas como el fin del mundo. No pasa nada: se las queda el que primero las reclamó, o el que tuvo la fuerza para echar al que primero las ocupó, o se abandonan a su suerte. Algunas tienen ciudades, como Tierra del Fuego, donde es posible comerse la hamburguesa del fin del mundo, sentado en un bar del fin del mundo.

DE PLANA A REDONDA

Cuando se habla del fin del mundo se habla del fin del tiempo. La idea suele estar ligada a un hecho culminante —el Ragnarök de los pueblos nórdicos, el sueño de Brahma y la destrucción parcial del Universo, el Juicio Final de los judíos, cristianos y musulmanes— y a algún tipo de castigo o recompensa que involucra a la humanidad. Pero «mundo» es un concepto que encierra muchos significados. En una de sus acepciones se refiere a la forma física de la Tierra. Como es difícil pensar en un tiempo infinito, también lo es pensar en una tierra infinita.

Durante la Antigüedad hubo cientos de hipótesis sobre donde se terminaba el mundo; entonces lo ubicaban en algún lado. Tales de Mileto, por ejemplo, proponía una tierra estática con forma de disco flotante, rodeada por un océano. La idea había sido tomada de los caldeos, un pueblo que había prosperado en el extremo sudoeste de la cuenca de los ríos Éufrates y Tigris, en la Mesopotamia asiática. Una tierra siempre plana. Parménides, en cambio, fue el primero en hablar de una Tierra redonda, concepto que, con variaciones, también manejará Pitágoras y, de manera más categórica, Aristóteles, quien habló de un Cosmos esférico y finito, que tenía a la Tierra como centro. Eratóstenes fue el primero en determinar de manera bastante precisa el tamaño de la Tierra. Ya en el siglo I d.C., Claudio Ptolomeo —el mismo que planteó un sistema del Universo con la Tierra ocupando la posición central— empleaba el sistema de latitud y longitud que utilizarían los cartógrafos.

A la Iglesia Católica no les resultaba cómodo que el mundo no se acomodara a las enseñanzas de la Biblia. Entre las principales voces hay que mencionar a Lactancio, a San Basilio de Cesárea, a Juan Crisóstomo, a Diodoro de Tarso, a Severiano de Gabala, y a Cosmas Indicopleustes (del cual solo se sabe que, alrededor de 550, escribió una Topografía cristiana, donde se dice que la Tierra es un rectángulo que guarda las mismas proporciones que el tabernáculo del Antiguo Testamento). Todos ellos fueron debidamente refutados. Luego, entre los siglos XV y el XVII, cuando la Era de los Descubrimientos, los europeos recorrieron la casi totalidad del mundo cartografiándolo y apropiándose de él. El mundo empezaba a parecerse al que se conoce hoy.

Entonces, si desde la Antigüedad había un acuerdo sobre la esfericidad del mundo y si esa información atravesó con éxito la Edad Media y la Edad Moderna, por qué persiste hoy la idea de que antes de Colón la gente creía que la tierra era plana. La explicación es simple y literaria. En 1828, al cabo de una prolongada residencia en Madrid, el escritor estadounidense Washington Irving(1783-1859) publicó Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, una biografía donde se volvía al mito de la creencia en la Tierra plana, y que fue adoptada en las escuelas estadounidenses como libro de texto. Allí apareció lo del huevo de Colón, los amotinamientos de los marineros que temían caerse del mundo si seguían navegando hacia el oeste, etc. La cuestión saltó de las escuelas al mundo entero, pero nadie asociaba esta idea con el hoy poco frecuentado autor de los Cuentos de la Alhambra. Irving no fue el único en difundir ese punto de vista completamente ahistórico. Con diversos matices, persistió en las polémicas generadas por el creacionismo, así como en los ridículos conflictos entre protestantes y católicos. Dos buenos ejemplos son Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, de 1874, e Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad de 1896, de Andrew Dickson White. Hubo otros.

ANTÍPODAS

Con un mundo esférico se comenzó a dotar a la tierra de una estructura global. Hubo distintas teorías. A Aristóteles se le atribuye haber imaginado un único mundo —el actual— situado en el medio de un Océano planetario. El cartógrafo Crates de Malos (180-150 a.C.) proponía cuatro conjuntos continentales, uno en cada cuarto de la esfera terrestre, separados por el océano. Una de estas islas era el Ecúmene y reunía a Europa, Asia y África. Para este esquema Crates acuñó el término antípodas, que nombraba el lugar de la superficie terrestre diametralmente opuesto al punto elegido —posteriormente adoptado por Ptolomeo y otros.

Una variante de esta idea planteaba un mundo dividido en dos masas continentales, una en el hemisferio norte y la otra —simétrica— en el hemisferio sur, que se llamaba Antichtone (la «tierra opuesta»), otra forma de llamar a las antípodas. Hubo una cuarta teoría atribuida a Ptolomeo, que, contrastando con lo anterior, sostenía la existencia de una masa continental continua que encerraba el océano en su interior. Cada una de estas ideas tuvo su hora de gloria. Terminó por imponerse la teoría de las dos masas continentales.

Ésta, a su vez, fue combinada por Macrobio (siglo IV d.C.) con una antigua teoría atribuida a Parménides que dividía al mundo en zonas climáticas: norte y sur extremos, que no eran habitables; tampoco el ecuador; y sí las zonas templada al norte y al sur del ecuador. Para muchos Padres de la Iglesia esto era inadmisible. Lactancio negó las antípodas porque la gente no podía vivir cabeza abajo.

San Agustín (354-430) escribió en La ciudad de Dios sobre la imposibilidad de que existieran hombres que vivieran en el lado opuesto de la tierra, «donde el sol se levanta cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los nuestros». Sostuvo que no existía conocimiento histórico alguno que probara que del otro lado del mundo había algo más que agua. Suponer lo contrario, o el difícil cruce del ecuador, eran meras conjeturas: las Escrituras no lo mencionaban.

Esta argumentación fue poderosa: diez siglos más tarde Alonso Tostado, obispo de Ávila, planteó una curiosa disyuntiva siguiendo esta línea: o Cristo apareció en la Tierra por segunda vez —algo impensable— o los habitantes de las antípodas estaban condenados al infierno. Como ninguna de las dos alternativas parecía lógica, las antípodas debían estar deshabitadas o bien, como imaginó el cartujo Gregor Reisch en su célebre enciclopedia Margarita philosophica (1503), estaban habitadas por monstruos inimaginables. Para tranquilidad de todos, hoy se sabe que el 96% de los lugares del mundo tienen su antípoda en el mar. Al Uruguay le tocó el Mar Amarillo.

ublicado por el suplemento Cultural del diario El País
Judith Schalansky (Greifs-wald, Alemania, 1980) es narradora, editora, diseñadora de libros y autora del Atlas de islas remotas, un bello volumen que lleva como subtítulo «Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré». El libro, publicado primero en Alemania en 2009, tuvo un éxito inmediato. Para 2010 ya tenía versión en inglés (Penguin).
El libro de Schalansky presenta una división por océanos (Glacial Ártico, Atlántico, Índico, Pacífico y Antártico) y luego, a razón de una cada dos páginas, la isla en cuestión, cuyo perfil cartografiado puede verse en las páginas impares. «Consultar un atlas» escribe la autora en el prefacio «siempre supone mucho más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta sólo con observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante sí, de una vez y sin dilaciones».
Cada isla figura con una brevísima cronología, e incluye algún tipo de información: puede tratarse de un detalle físico, de una historia ligada a su colonización, de una referencia que dé cuenta de un suceso extraordinario o del todo ordinario. «Preguntar sobre la veracidad de estos relatos no es pertinente» señala Schalansky. «No he inventado ni un solo hecho de estas páginas, sino que los he encontrado todos ellos en narraciones de otros. Descubrí estas historias y las hice mías, como hacían los antiguos marinos con las tierras recién descubiertas». En síntesis, un recorte interesado que, a la manera de los textos oblicuos de Georges Perec, deposita en la mente del lector datos inútiles y del todo encantadores.
FIN DEL MUNDO
El Diccionario de la Real Academia, con su habitual torpeza, define «isla» como «Porción de tierra rodeada de agua por todas partes». Y más abajo aclara que «islas adyacentes» son las que «aún apartadas del continente, pertenecen al territorio nacional, como las Baleares y Canarias respecto de España». Las islas no necesariamente forman una unidad física con el país que las reclama, pero en virtud del colonialismo europeo —que no es el único colonialismo posible— la mayoría de ellas fue reclamada cuando el mundo se repartía entre unos pocos.
«Remoto», a su vez, es aquello que resulta «inverosímil o que es muy poco probable que suceda». Ambas acepciones sirven para interpretar el libro de Schalansky. Respecto a la palabra «extremo» vale la pena conservar ésta: «1) Que está en el grado máximo de cualquier cosa. 2) Excesivo, sumo, mucho. 3) Distante, con respecto al punto en que se sitúa el que habla». Lo más extremo al Norte, por ejemplo, resultaría ser la isla de Kaffeklubben, cerca de la costa noroeste de Groenlandia, que es la porción de tierra firme más septentrional, en tanto el Polo Sur Geográfico es el punto más austral de la Tierra. Qué pasa entonces con las islas extremas, aquellas que por su latitud y longitud están fuera de la órbita de un continente determinado y que cabe pensarlas como el fin del mundo. No pasa nada: se las queda el que primero las reclamó, o el que tuvo la fuerza para echar al que primero las ocupó, o se abandonan a su suerte. Algunas tienen ciudades, como Tierra del Fuego, donde es posible comerse la hamburguesa del fin del mundo, sentado en un bar del fin del mundo.
DE PLANA A REDONDA
Cuando se habla del fin del mundo se habla del fin del tiempo. La idea suele estar ligada a un hecho culminante —el Ragnarök de los pueblos nórdicos, el sueño de Brahma y la destrucción parcial del Universo, el Juicio Final de los judíos, cristianos y musulmanes— y a algún tipo de castigo o recompensa que involucra a la humanidad. Pero «mundo» es un concepto que encierra muchos significados. En una de sus acepciones se refiere a la forma física de la Tierra. Como es difícil pensar en un tiempo infinito, también lo es pensar en una tierra infinita.
Durante la Antigüedad hubo cientos de hipótesis sobre donde se terminaba el mundo; entonces lo ubicaban en algún lado. Tales de Mileto, por ejemplo, proponía una tierra estática con forma de disco flotante, rodeada por un océano. La idea había sido tomada de los caldeos, un pueblo que había prosperado en el extremo sudoeste de la cuenca de los ríos Éufrates y Tigris, en la Mesopotamia asiática. Una tierra siempre plana. Parménides, en cambio, fue el primero en hablar de una Tierra redonda, concepto que, con variaciones, también manejará Pitágoras y, de manera más categórica, Aristóteles, quien habló de un Cosmos esférico y finito, que tenía a la Tierra como centro. Eratóstenes fue el primero en determinar de manera bastante precisa el tamaño de la Tierra. Ya en el siglo I d.C., Claudio Ptolomeo —el mismo que planteó un sistema del Universo con la Tierra ocupando la posición central— empleaba el sistema de latitud y longitud que utilizarían los cartógrafos.
A la Iglesia Católica no les resultaba cómodo que el mundo no se acomodara a las enseñanzas de la Biblia. Entre las principales voces hay que mencionar a Lactancio, a San Basilio de Cesárea, a Juan Crisóstomo, a Diodoro de Tarso, a Severiano de Gabala, y a Cosmas Indicopleustes (del cual solo se sabe que, alrededor de 550, escribió una Topografía cristiana, donde se dice que la Tierra es un rectángulo que guarda las mismas proporciones que el tabernáculo del Antiguo Testamento). Todos ellos fueron debidamente refutados. Luego, entre los siglos XV y el XVII, cuando la Era de los Descubrimientos, los europeos recorrieron la casi totalidad del mundo cartografiándolo y apropiándose de él. El mundo empezaba a parecerse al que se conoce hoy.
Entonces, si desde la Antigüedad había un acuerdo sobre la esfericidad del mundo y si esa información atravesó con éxito la Edad Media y la Edad Moderna, por qué persiste hoy la idea de que antes de Colón la gente creía que la tierra era plana. La explicación es simple y literaria. En 1828, al cabo de una prolongada residencia en Madrid, el escritor estadounidense Washington Irving(1783-1859) publicó Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón, una biografía donde se volvía al mito de la creencia en la Tierra plana, y que fue adoptada en las escuelas estadounidenses como libro de texto. Allí apareció lo del huevo de Colón, los amotinamientos de los marineros que temían caerse del mundo si seguían navegando hacia el oeste, etc. La cuestión saltó de las escuelas al mundo entero, pero nadie asociaba esta idea con el hoy poco frecuentado autor de los Cuentos de la Alhambra. Irving no fue el único en difundir ese punto de vista completamente ahistórico. Con diversos matices, persistió en las polémicas generadas por el creacionismo, así como en los ridículos conflictos entre protestantes y católicos. Dos buenos ejemplos son Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, de 1874, e Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad de 1896, de Andrew Dickson White. Hubo otros.
ANTÍPODAS
Con un mundo esférico se comenzó a dotar a la tierra de una estructura global. Hubo distintas teorías. A Aristóteles se le atribuye haber imaginado un único mundo —el actual— situado en el medio de un Océano planetario. El cartógrafo Crates de Malos (180-150 a.C.) proponía cuatro conjuntos continentales, uno en cada cuarto de la esfera terrestre, separados por el océano. Una de estas islas era el Ecúmene y reunía a Europa, Asia y África. Para este esquema Crates acuñó el término antípodas, que nombraba el lugar de la superficie terrestre diametralmente opuesto al punto elegido —posteriormente adoptado por Ptolomeo y otros.
Una variante de esta idea planteaba un mundo dividido en dos masas continentales, una en el hemisferio norte y la otra —simétrica— en el hemisferio sur, que se llamaba Antichtone (la «tierra opuesta»), otra forma de llamar a las antípodas. Hubo una cuarta teoría atribuida a Ptolomeo, que, contrastando con lo anterior, sostenía la existencia de una masa continental continua que encerraba el océano en su interior. Cada una de estas ideas tuvo su hora de gloria. Terminó por imponerse la teoría de las dos masas continentales.
Ésta, a su vez, fue combinada por Macrobio (siglo IV d.C.) con una antigua teoría atribuida a Parménides que dividía al mundo en zonas climáticas: norte y sur extremos, que no eran habitables; tampoco el ecuador; y sí las zonas templada al norte y al sur del ecuador. Para muchos Padres de la Iglesia esto era inadmisible. Lactancio negó las antípodas porque la gente no podía vivir cabeza abajo.
San Agustín (354-430) escribió en La ciudad de Dios sobre la imposibilidad de que existieran hombres que vivieran en el lado opuesto de la tierra, «donde el sol se levanta cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con sus pies opuestos a los nuestros». Sostuvo que no existía conocimiento histórico alguno que probara que del otro lado del mundo había algo más que agua. Suponer lo contrario, o el difícil cruce del ecuador, eran meras conjeturas: las Escrituras no lo mencionaban.
Esta argumentación fue poderosa: diez siglos más tarde Alonso Tostado, obispo de Ávila, planteó una curiosa disyuntiva siguiendo esta línea: o Cristo apareció en la Tierra por segunda vez —algo impensable— o los habitantes de las antípodas estaban condenados al infierno. Como ninguna de las dos alternativas parecía lógica, las antípodas debían estar deshabitadas o bien, como imaginó el cartujo Gregor Reisch en su célebre enciclopedia Margarita philosophica (1503), estaban habitadas por monstruos inimaginables. Para tranquilidad de todos, hoy se sabe que el 96% de los lugares del mundo tienen su antípoda en el mar. Al Uruguay le tocó el Mar Amarillo.