El calabozo

(Fragmento de un relato)
Por la abertura de la puerta, sin puerta, entraba aquel frío intenso. Llevado por un viento leve pero constante rumbo hacia la pequeña ventana que estaba a dos metros de altura en la pared del lado opuesto, se volvía insoportable. Era apenas un cubículo de un metro y medio por dos, una estructura de cemento sobre la pared mayor, unas colchonetas de cinco centímetros de altura hacían de cama. El camastro le pareció el más bello y confortable de los colchones. Después de pasar tres días en pie, con ojos vendados y encapuchado, brazos levantados en cruz, las piernas abiertas y aquellos golpes de fusil en los riñones con la orden de: levantá los brazos, hijo de puta, le hicieron percibir que había perdido el dominio de sus miembros. Para él los sentía levantados, eso se sumaba al peligro de que la orina pudiese pasar a la sangre, por no orinar. La terrible ceguera forzada de algodón, venda y capucha, al escuchar lo que se le hacía a otros detenidos era una dura tortura psicológica. Debía tener una barba de muchos días y los ojos profundamente hundidos por las largas noches de insomnio forzado.
Aquel olor ácido, fuerte, emanaba de sí mismo, por la necesidad de una higiene que por días no se realizaba. Sentía dolores en la carne, pero asimismo menos dolorosos que los del alma y una conciencia clara de su misión en nombre de sus ideales.
Al mundo distante dejado, aunque próximo, se sumaba una soledad impuesta y solo quebrada por la fuerza incontrolable de la mente… (De “Catarsis”, de Wilson Faval Melo).







Recepción de Avisos Clasificados