El exitoso artista uruguayo Pablo Atchugarry, el escultor que hace obras para durar cinco mil años

Hace estatuas enormes, en mármol, cuyo valor puede superar el millón de dólares y que se venden en todo el mundo. Dice que ese material clásico “es una novia”.
El tipo tiene dos casas, y como trabaja en su hogar, a veces se tiene que llevar el trabajo de un lado a otro, a quién no le ha pasado. Entonces sube a un barco una, dos, cinco, hasta veinticuatro toneladas de mármol y cruza el océano. Bienvenidos a la vida de Pablo Atchugarry, escultor.
-¿La remera vino así o es polvo de mármol?
-Esto es polvo de mármol.
El año Le Parc arrancó en Punta del Este: «Quise hacer un arte que pudiera compartirse con la gente»cultura
Ahora, enero de 2019, Atchugarry está sentado, con su cuerpo enorme desbordando una sillita, frente a una laguna, en Garzón, a 60 kilómetros de Punta del Este, en un parque que compró para hacer una fusión de arte y naturaleza. Acaba de ofrecer un asado donde había periodistas, funcionarios, artistas. Lleva una remera rosa, como con nubes blancas: el mármol. Sonríe.
El hombre que está en la sillita es uno de los escultores más cotizados del mundo: hace obras enormes, en mármol de Carrara, cuyo precio puede cruzar la línea del millón de dólares. Hace curvas, pliegues: le chamuya al oído al mármol y lo tiene convencido de que es lino.
-¿Un poco estás volviendo a Uruguay?
-Hace años que estoy que voy y que vengo.
Atchugarry nació en Montevideo en 1954 y en 1977 se fue a probar suerte a Europa. Un año más tarde hacía su primera exposición individual en Lecco, cerca del lago de Como. En 1982, se quedó. Le encargaron una Piedad, para una iglesia. La hizo en un bloque de mármol de 12 toneladas, un Cristo flaco arrojado sobre su madre que encontró su lugar en una capilla, hasta que a un sacerdote le pareció, quién sabe, inapropiado, y lo sacó. Atchugarry lo volvió a comprar y se lo llevó a Uruguay.
Ahora uno de sus talleres está en Italia y el otro acá, cerca de Punta del Este. Pero no en Garzón sino en Manantiales, donde tiene un parque de esculturas hermoso, con obras de Gyula Kosice, de Enio Iommi, del uruguayo Octavio Podestá y de Alicia Penalba, entre otros. En una capilla laica, en Manantiales, puso su Piedad. Y se acaba de comprar una de las esferas del argentino Julio Le Parc, igual a la que está en el CCK, pero naranja.
La Piedad, la escultura de Pablo Atchugarry que volvió de Europa. /FPA
La Piedad, la escultura de Pablo Atchugarry que volvió de Europa. /FPA
Ahí también está su taller, se ve porque a la entrada, por todas partes, hay tirados bloques de mármol que él fue en persona a comprar a las canteras de Carrara. «Ritz-Carlton», está escrito en uno de ellos: es un encargo para la famosa cadena de hoteles. Por acá anda muchas horas, amoladora en mano: hace poco la herramienta se le cayó en un pie y estuvo herido 70 días. «Y bueno, son problemas del oficio, de la profesión. Como dicen en Carrara, cuando uno se lastima: ‘es el arte’ que entra en el sangre».
-En este mundo, de arte contemporáneo y cosas muy conceptuales, usted usa un material muy clásico.. Y busca una forma bella, algo que tampoco se usa.
-Creo que la belleza es uno de los valores que hemos denigrado, casi ignorado, porque parece que el arte tiene que ser protesta, tiene que ser brutal; instalaciones, mensajes… Yo voy un poco contracorriente. En un tiempo donde las cosas son efímeras, yo pienso en, por lo menos, cinco mil años.
Monumental. Una de las obras de Pablo Atchugarry, en Montevideo /FPA
Monumental. Una de las obras de Pablo Atchugarry, en Montevideo /FPA
-¿Por qué?
-Si tenemos un mensaje en el que creemos, bueno, que perdure, lo más allá posible. Y por eso elijo siempre materiales imperecederos.
-Cuando elige mármol, elige tiempo. Y además son obras que se pueden poner en la calle.
-Exactamente. Pensemos que el David de Miguel Ángel estuvo 300 años en Piazza della Signoria, en Florencia, antes de pasar a un museo. Además, creo que cada uno tiene que ser muy coherente consigo mismo. No se pueden hacer cosas por moda o porque sí, son cosas por uno mismo, por su corazón, por su alma. Ya te digo, hay que utilizar bien estos años que nos toca vivir.
Tras la protesta de los cristianos, retirarán una escultura del payaso de McDonald’s crucificado de un museo israelí
Mirá también
Tras la protesta de los cristianos, retirarán una escultura del payaso de McDonald’s crucificado de un museo israelí
-¿Y usted sabe cuál es su mensaje?
-Cada ser humano, tiene ese mensaje ahí adentro. Pero va quedando un poco escondido, en estructuras culturales, en lo que vamos viendo, en lo que vamos aprendiendo. Entonces nuestro mensaje queda siempre escondidito dentro nuestro. Lo que hay que hacer es el trabajo del arqueólogo, del que va quitando hasta llegar al mensaje original.
-¿Y cómo es su vínculo con el mármol? ¿Cómo lo siente?
-Es un amor, es una novia. Desde que elijo el bloque, por qué ese y no otro, en la cantera hay miles. Es el bloque de mármol el que elige a su escultor. Algo te llama.
-¿Cómo arrancó con ese material? Es caro, difícil…
-Cuando estaba en la escuela, acá en Uruguay, a los 12 años, me tocaba hablar sobre Europa. La maestra había dividido la clase en equipos y al mío le tocó Italia. Mi padre fue al consulado, a buscar algún folleto. En vez de encontrar Roma, Venecia, Florencia, encontró el lago de Como. Yo en esa lección, a los 12 años, terminé hablando del lago de Como y del mármol de Carrara. Hoy vivo en el lago de Como y trabajo el mármol de Carrara.
Los gustos, en vida. Atchugarry este enero con Julio Le Parc, su mujer Silvana Neme y su hijo Piero. /FPA
-Hay escultores que diseñan y el ayudante esculpe. ¿Usted se mete con el material?
-Sí, hago todo el proceso. La mayoría de los artistas escultores están en talleres donde ejecutan obras para otros escultores y actualmente las ejecutan los robots. Muchos artistas están en el café tomando un aperitivo. Presentan una maqueta y la máquina o el taller la hacen.
-Pero…
-Yo digo que el proceso artístico tiene que pasar por la mente, el sentimiento, la creatividad y las manos. Y además, las manos son también autónomas, porque van tomando decisiones, no solamente obedecen a la mente y el corazón. Para mí el artista no puede ser solamente un proyectista
-Estas obras tienen sus huellas digitales.
-Sí, tienen la huella, el ADN está allí. Hay una relación muy, muy íntima con la materia.
-¿Cansa?
-Claro.
-¿Con qué herramienta trabaja?
-Con amoladoras, con discos diamantados, sin protección. Hace poco se me cayó una en el pie prendida y estuve 70 días con una herida en el pie. Hay muchas decisiones que tomar. La escultura tiene la tercera dimensión, tiene el volumen. Tiene que ser coherente y armónica en 360 grados.
-¿Trabaja muchas horas?
-Me impongo doce horas por día. Navidad, Año Nuevo, feriados, sábado, domingo, todos los días. Y me falta el tiempo para todo lo que quiero hacer.
-Trabaja muchas cosas que le piden para lugares específicos, por encargo. ¿Cómo hace para que terminen siendo obras propias?
-Demos un paso atrás. El Moisés de Miguel Ángel era parte de la tumba del Papa Julio II. Con un grupo de personajes que Miguel Ángel dejó inacabados por falta de fondos. Es decir, se murió el Papa y nadie quiso pagarle esa tumba faraónica. Eso habla del encargo como una tradición. Es un disparador. No quiere decir que el artista haga lo que quiere el comitente. Si no estaban los Médici, si no hubieran forzado a Miguel Ángel a hacer la Capilla Sixtina, él nunca la hubiera hecho. Le hacen un encargo, Miguel Ángel hace esa obra, a regañadientes pero la hace, y nos deja uno de los capolavori más maravillosos.
(Clarín)