El habla, que tiene poca resonancia pero muchos efectos

La búsqueda formal de la poesía contemporánea no llega a una palabra esencial. Corta por el atajo, rasante al bajo fondo. Parece trabajar con materiales «dados», su curiosidad husmea en los suburbios del habla —esto es una metáfora tan incrustada en la lengua que la hace doler en lo que llamaría punto de cristalización. levrero

La lengua, la lengua hablada, enriqueció de pronto: lo que eran gotas, gotas de saliva, ahora son cristales. Eso duele. El rico duele. Bastó un toque del joven uruguayo y decimonónico Jules Laforgue, menos espectacular que el otro joven uruguayo y decimonónico Isidore Ducasse pero más eficaz a los efectos de «lo que se habla» —efectos de lo que se habla: lo que se habla tiene poca resonancia pero muchos efectos y los bajos del habla —sus suburbios, allí donde le da el que canta— son sordos a la profundidad— para que una adherencia que bien pudiera llamarse «toque Laforgue» acompañe desde entonces la piel hablada. De ahí, de todo esto, el tú a tú del que es casi imposible escapar en la poesía actual, un tú a tú de persona a persona que también puede ser un tú a tú de palabra a palabra.
Todas las palabras están asombrosamente cerca. Y nunca estuvieron tan alejadas —especialmente la palabra poética. Esta palabra a la que hay que referirse como a una —ya no como Una— tiene una fuerza redonda de mito. De tal modo rueda que impregna todo lo que la rodea, las demás palabras. No sólo es viral su ejercicio de contagio como quiere Burroughs: es un asunto de pregnancia, un cuerpo extraño que se desplaza del mar2culturagen al centro va irradiando, una bicicleta con un ciclista sobre ella pero fija la cámara en los rayos de sus ruedas, fija la cámara en sus ruedas por la velocidad que le quita rayos, la velocidad que fija, no sobre quien va montado.
Sólo un montado importa en el Río de la Plata (ojo: primero Artigas, irrumpe la historia en medio del juego): Leguisamo solo. La historia irrumpe con la Revolución Francesa que girará en los rayos de una bicicleta años más tarde hasta que la rueda se detenga por completo sobre un taburete, fuera de toda bicicleta. Paró en Duchamp. Los soviets fueron más que una sola rueda: fueron una máquina. Y la palabra: se diría que avanzó entre los pliegues del tiempo, acaeció, vino hacia acá en un tumbado del mismo modo que el hombre imaginario. O que el contrabajo cubano de Cachao.
La cantidad de dolor/amor que la palabra poética necesita para volver a palpitar —un renacer que no es de la época— como corazón reactivado es lo que no sé decir. Lo sabe la mujer en el poema de Parra. Lo que se observa en la ciudad —un extremo distinto de lo que se ve en el campo: la intimidad verde que atraviesa y suspende el juicio— es su existir casi distraído de boca en boca, un pasar que no necesariamente marca ni la calidad ni la cantidad del tiempo. El existir de la palabra en la ciudad, la piel hablada y la intimidad verde.

(EL PAIS, CULTURAL)







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