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El instalador que tradujo el Ulises

James Joyce más uruguayo.

(Suplemento Cultural de El País)

Hay una nueva traducción del Ulises al castellano rioplatense, mucho más uruguaya que las demás versiones en español. Su traductor, como todo en el Ulises de James Joyce, es un personaje asombroso.

Es una mañana helada de domingo, pleno julio, en un café de Agüero y Santa Fe. Son las nueve y hay pocas mesas ocupadas. En una está Marcelo Zabaloy, traductor del Ulises, la famosa novela de James Joyce que —dice el lugar común— es intraducible por los múltiples experimentos que el escritor irlandés llevó a cabo con el lenguaje. Zabaloy, autor de una nueva traducción al castellano rioplatense, no es porteño sino de la ventosa Bahía Blanca, exjugador de rugby, corpulento, de tez curtida y manos enormes. No es ingeniero ni investigador, como se dijo por las redes. Fue instalador de cables, «pero en la industria, con tableros muy complejos» aclara. Tiene familia, seis hijos ya grandes, e insiste en hablar de su vida, de quién era, de quién es. Le preocupa aquello que decía Cortázar de los argentinos: que sólo hacían las cosas por fanfarronería o por obligación. «Quiero que sepas que no soy un fanfarrón».
«Solo soy un buscavidas que cree que todos nacemos canallas», insiste. ¿Y qué tiene que ver esto con el Ulises? «En ese libro está todo», y señala su original del Ulysses en inglés, depositado en la mesa. Fue sólo un gesto con el dedo. Y agregó: «es un libro que te convierte en mejor persona».
Entonces todo cambia. Zabaloy no sólo era una persona común que había acometido una tarea extraordinaria; parecía ser un personaje más de la saga. Pero las claves para comprenderlo seguían difusas. Por ahí recordé mi propio fracaso con la españolísima traducción del Ulises de José María Valverde que intenté leer de un tirón en 1992 sin éxito, a pesar de que el libro se ocupa, hora tras hora, de las peripecias de dos protagonistas en Dublín a lo largo de un día entero, un 16 de junio de 1904.
Veintitrés años más tarde, en mayo de 2015, Jorge Fondebrider, fundador y director del Club de Traductores Literarios de Buenos Aries, me invita a unas Jornadas que está organizando al cumplirse 70 años de la primera traducción al español del Ulises (realizada por el argentino J. Salas Subirat, 1945). Se llevarían a cabo en la Biblioteca Nacional de Recoleta y vendrían especialistas de Irlanda, Estados Unidos y España. Con la traducción de Zabaloy bajo el brazo (que debía, ahora sí, leer de un tirón) me dispuse a cruzar el charco.
FOGONAZO EN EL PECHO
Zabaloy habla de su infancia en Bahía Blanca. «En el año 1961 yo tenía cinco años. No era habitual que los chicos estudiaran inglés, pero a mí no me costaba, me gustó, se me hizo como un caramelo». Leyó mucho en inglés. A los diecisiete llegó a «Counterparts», cuento del libro Dublineses de Joyce. En un viaje que su esposa hizo a Estados Unidos en el 2004 le trajo un Ulysses original en inglés, «la edición Gabler. Menos mal que yo no sabía que había muchas ediciones en inglés del Ulises, y que la de Gabler en particular era muy discutida. Ignoraba todo eso, gracias a Dios». Tardó un año en leerlo; lo hacía de noche, cuando podía, mientras instalaba cables en la planta de Coca Cola diez horas por día, a veces subido a escaleras. Sin libros de apoyo, descubrió que la cuestión «se abría al infinito». Se apoyó en el Ulysses Annotated de Don Gifford, y también en Allusions in Ulysses de Thornton.
El Ulises lo emocionó, y buscó compartir esa emoción con los más queridos. Zabaloy quería leérselo a su esposa. Por ejemplo el párrafo donde compara a la mujer con la luna (cap. 17). Quería contar lo extraordinario que era, «pero no recurrir a traducciones ya hechas, ya que iba a estar en desacuerdo con el resultado». Comenzó a balbucear una traducción, hasta que llegó al término satellitic. Dice el Ulises al comparar a la mujer con la luna: «Su antigüedad en preceder y sobrevivir sucesivas generaciones telúricas; su predominio nocturno; su dependencia satelítica…». ¿O mejor satelital? «Le leo a mi mujer cuando estamos en la cama, y si dudo, mi mujer se me duerme. Porque no podía decirle lo hermoso que era, si se lo contaba mal. A la mañana siguiente me senté y empecé. Tardé una hora en traducir ese párrafo. Cuando terminé dije qué hermosura. Entonces seguí con otro párrafo, y con éste otro».
Era abril de 2007. En cierto momento estaba traduciendo Hades, el capítulo 6, donde Leopold Bloom asiste al entierro de Paddy Dignam en el cementerio. Bloom piensa en la muerte de su amigo, en su corazón detenido para siempre: «La sede de los afectos. Corazón destrozado. Una bomba después de todo, bombeando centenares de litros de sangre por día. Un buen día se atasca: y ahí estás». De hecho Zabaloy había ido con su mujer de paseo a Mar del Plata, cuando estaba traduciendo ese párrafo. Era un día de invierno muy frío. Recuerda que en el momento en que estaba con esa frase sintió un fogonazo en el pecho. «Vamos a caminar un poco a ver si se me va, le dijo, y cuando vuelva a Bahía Blanca voy al cardiólogo». Pasó. Llegó tres días después, salió caminando para el hospital y en la esquina sintió un «tac» fuerte, en el pecho. Luego otro «tac». Siguió despacito, apoyándose en las paredes y llegó al hospital. Zafó.
Años más tarde cuando iba a revisar ese párrafo con Edgardo Russo, el editor que había decidido publicarlo, le dijo por skype: «Edgardo, por favor, Hades leélo solo. Me dice no seas boludo. Le dije que no, que no lo quería volver a leer, pues yo sabía en qué palabra había sentido el fogonazo, estaba sincronizado. Tenés que leerlo, insistía. Es que revisábamos cada párrafo N veces. Entonces me armé de valor, respiré hondo, me agarré los huevos (hace el gesto), crucé los dedos, recé… y uff, pasó».
Russo no tendría tanta suerte.
NO ERA BROMA
Mientras cruzaba en ferry desde Colonia hacia Buenos Aires recibí un email del escritor español Eduardo Lago: «Falleció Edgardo Russo». Lo encontraron muerto de un ataque cardíaco en su escritorio de la editorial El cuenco de plata. En el café de Santa Fé y Agüero, apenas un día después del entierro, Zabaloy siente que no puede expresar el dolor. «No hay palabras» agrega.
Recuerda el momento en que, una vez terminada la traducción, su señora le preguntó por qué no buscaba editor. «Yo no sabía, porque por ahí algo te da mucho placer hacerlo y para otro es una porquería. Además estaba muy deprimido. Entonces un domingo a la mañana empecé a escribir por email a las editoriales que encontré en una lista. Adjuntaba el capítulo 15, Circe, el que transcurre en el burdel a medianoche, para mostrar que la cosa iba en serio. Escribí a todas las editoriales en Argentina, México, España». Pero nada. Ni una respuesta.
En febrero de 2010, seis meses después, recibió una llamada en Bahía Blanca. «¿El señor Zabaloy? Buenos días, le habla Edgardo Russo». Le cuenta que cuando recibieron el email con el adjunto pensaron que era un chiste. Tiempo después se lo dio a leer a algunos amigos, lo releyeron juntos, y vieron que no. «Cuando venga a Buenos Aires charlamos, me dijo. Te podes imaginar mi alegría… pero yo no conocía a nadie. Soy ajeno al mundo literario».