El intruso

También en carnaval era usual organizar por la tarde en calle Uruguay verdaderas batallas con bombitas de agua e incluso con baldes, siendo regularmente el centro de la “guerra” la cuadra comprendida entre Sarandí y Florencio Sánchez; circulando camionetas abiertas con baldes o tanques de 200 litros repletos de “proyectiles” y una enorme cantidad de personas participando desde techos, balcones o veredas; en una fiesta en la que previo permiso de la Intendencia todos disfrutábamos y quienes no lo hacían por supuesto evitaban transitar por la zona durante su desarrollo. Todo era normal hasta que subiendo por calle Amorín y entrando en nuestra calle principal ingresó un joven paisano: ropa dominguera, pañuelo al cuello y en sus manos un ramo de flores y un frasquito de perfume.
Ante lo insólito de su presencia la guerra se detuvo y los gritos y risas se transformaron en silencio, simulando la serenidad del ojo del huracán.
Comenzó a caminar lentamente, mirando con dudas a la cantidad de gente mojada y ya casi frente al actual Hotel Los Cedros, una chica no aguantó la tensión y le volcó en la cabeza un balde de agua, se detuvo sorprendido y cientos de bombas de agua llovieron sobre él. Fue tanta su impotencia e indignación que le tiró al que estaba más cerca con el frasco de perfume, que se deshizo en el suelo, mientras con su otra mano apretaba firmemente los tallos sin pétalos de su ramo, alejándose rápidamente de la “zona de combate”. Luego nos dio pena, pues habíamos echado a perder su cita de domingo, pero hubiera sido un desperdicio dejar pasar la oportunidad.