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El mundo Mundial 32: Liberté, Egalité, Mbappé

Crónicas de fútbol y literatura

BUENOS AIRES — Fuimos más de mil millones. Dicen que en ese momento éramos más de mil millones de personas en el mundo mirándolo al unísono: no hay, en la historia de la humanidad, ningún momento registrado en el que más de mil millones de personas hayan hecho lo mismo al mismo tiempo. Hace un rato lo hicimos —y, para perplejidad de la historia futura, lo que hicimos fue mirar ese partido-.
Éramos mil millones y era el minuto 65, la final parecía definida y el nuevo Joven Maravilla hizo su parte. Lucas Hernández —el lateral izquierdo suplente de Francia— subió la pelota gambeteando por su costado desde su área hasta el área croata y, a esa altura, se la pasó al centro a Kylian Mbappé, quien la paró, la midió y la colocó a la derecha del arquero croata. Fue un gol frío, casi desdeñoso: el gol de quien se cree muchas cosas. El gol que la industria precisaba para terminar de convertir al nuevo J. M. en su mejor producto de los próximos años.francia [1]
Hasta ahí, el partido había tenido casi todo. Era una síntesis de este Mundial raro: los goles de pelota parada, el videoarbitraje (VAR), el penal, la posesión inútil y el contragolpe lucrativo. Croacia había salido a hacer honor a su fama de ardor, tesón a toda prueba —“huevos”, en argentino básico—, y lo hizo mientras le duró el gas. Durante el primer tiempo los croatas tuvieron la pelota mucho más, amenazaron mucho más, arrinconaron al contrario —y terminaron perdiendo 2 a 1—.
Francia, en ese primer tiempo, fue un prodigio raro: lo ganó sin patear ni un solo tiro al arco. Su primer gol fue un foul que Mandzukic, el nueve croata, cabeceó hacia atrás. Su segundo —tras el empate breve de Croacia, otro efecto de la pelota parada— fue un penal que cobró, después de largo VAR, el argentino Pitana y que el casi uruguayo Griezmann convirtió tan tranquilo.
Pero el segundo tiempo se anunciaba reñido. Croacia debía echar el resto, solo que ya no tenía resto. Sus ataques no llevaban peligro, Rakitic se enredaba, Modric no encontraba a quién habilitar con esos pases de cachetada que, a partir de mañana, imitarán millones de muchachos en África y América. Y tampoco conseguía presionar y Francia aprovechó: entre Pogba —quien consiguió patear dos veces en el área croata, una con la derecha y la segunda con la izquierda— y Mbappé, pusieron a su equipo 4 a 1. Desde aquella final de México 1970 —para muchos, el mejor partido de la historia— que no pasaba nada semejante.
(Entonces, para amenizar, entraron al campo chicas de Pussy Riot vestidas de policías para protestar contra el régimen de Putin y la verdadera policía las sacó enseguida y la televisión logró no mostrar nada: que nadie supiera qué pasaba. Las Pussy pedían, entre otras cosas, la liberación de todos los presos políticos. Pero el Mundial fue, también, un gran éxito de relaciones públicas putinistas: Rusia mostró una fachada sonriente y tolerante que muy pocos periodistas intentaron penetrar).
Después el partido siguió y el arquero francés, Lloris, también se creyó algo: se quiso hacer el vivo y regaló un gol tonto. Croacia se ponía 2 a 4 y alentaba vanas esperanzas. Al final Francia ganó cómoda, tranquila, como no había ganado ningún otro partido del torneo, y se quedó con él. Lo merece: tiene un arquero —Lloris— que la salvó más de una vez, dos centrales extraordinarios —Varane, Umtiti— que devolvieron todo, dos laterales —Pavard, Hernández— que se anunciaban como su punto flaco y fueron impasables y, a veces, decisivos en ataque; Argentina es testigo.
También tiene un medio campo sostenido por un trabajador recalcitrante por el medio —Kanté— y un volante laborioso con llegada —Matuidi—, todo controlado por la mirada tranquila y el pase seguro de Pogba, que llegaba bajo y se fue alto. Arriba tuvo un par de fiascos: Giroud, su nueve, no pateó un tiro al arco en todo el campeonato; Dembelé, el chico de los 105 millones de euros, jugó menos de un partido. Pero tiene un artista incansable –Griezmann–, tan elegante como esforzado, y, claro, el Joven Maravilla.
El Mundial de Rusia fue un gran cementerio de elefantes. Los campeones y subcampeones anteriores —Alemania, España, Brasil, Argentina— llegaron barritando y salieron helados. Y se apagaron, sobre todo, los dos carteles de neón que iluminaron el negocio en la última década: para Cristiano y Messi, esta Copa será el momento en que dejaron de ser dueños del mundo. Así que era indispensable encontrar otro.
Fue, parece, Kylian Mbappé, el nuevo Joven Maravilla. Cuando empieza a galopar es increíble e imparable, pero terminó más intentos mal que bien y, por momentos, jugaba como si hubiera leído todas las notas que dicen que es extraordinario. Tiene 19 años: recién empieza a escribir su historia, y todo consistirá en que consiga que no se la escriban los publicitarios.
Pero Mbappé también es, por supuesto, la mejor metáfora de este equipo de Francia sostenido por negros —y dirigido, claro, por un blanco—. Mbappé es hijo de una argelina y un senegalés, puro producto de esa migración que tantos europeos desprecian o combaten. Los 16 hijos de africanos o africanos que integran esta selección son el resultado más exitoso de ese movimiento. Hay otros. Durante este torneo más de 600 migrantes africanos —nunca se sabe la cantidad exacta— murieron ahogados en el Mediterráneo.
Hay triunfos que dicen mucho sobre las derrotas.
Martín Caparrós es periodista y novelista. Sus libros más recientes son “Todo por la patria” y “Postales”. Nació en Buenos Aires, vive en Barcelona y es colaborador regular de The New York Times en Español.