EL OJO EN LA PIEDRA

En alas de la poesía, Leonardo Garet sigue  explorando el infinito mundo de la poesía
Escribe José Luis Guarino

Hace algunos días Leonardo Garet presentó en la ciudad de Córdoba (Argentina)”El ojo en la piedra”, otra sólida piedra en la firme construcción poética que, en 1972 iniciara con “Pentalogía” y reafirmara con “Primer escenario” (1975), “Máquina final” (1978), ”Palabra sobre palabra” (1991), “Octubre” (1994), “Cantos y Desencantos” (2000), “Salida de Página” (2001), “Vela de armas” (2003), “La sencilla espiral de los sucesos” (2005) entre otras obras.

Tú eres piedra y sobre esta piedra edificaré mi palabra, pudo decir el poeta, familiarizado con la visión del milenario ejemplar pétreo que conserva en su casa, y es figura de tapa, se asemeja a un ojo poderoso, permanentemente abierto, en cuya pupila fija cabe toda la historia, mientras parece contemplar la eternidad.
Estar el ojo que todo lo observa en la piedra, la hace depositaria de la sabiduría. Poner el poeta el ojo en la piedra, lo hace partícipe de su antigüedad y conocimiento.
Hay una metafórica transustanciación. El poeta-hombre se petrifica al mirar por el ojo de la piedra. Y esta se humaniza al hablar por la palabra del poeta.
El ojo, en la kábala hebrea, coincide con la décimosexta letra del alefato, “áin”, que significa literalmente “ojo” y le corresponde el valor 70 que  casi siempre es símbolo del infinito.
“Sentado en la piedra mira el río/y siente el viento/en el paladar/pero no su cuerpo/en el tiempo/queda su ojo/en la piedra”. Así se abre el poemario. Estar sentado sobre ella es tomar posesión, apoderársela, con todas sus características. Es volverse ella. Dicho en tercera persona, como en una actitud de desdoblamiento. Mirar el río es ver pasar la historia, pero desde afuera de la historia misma. Y sentir el viento en el paladar en una actitud de goce. Su cuerpo, transitoriamente, ha dejado de pertenecer al tiempo, porque el ojo de la piedra lo ha absorbido y lo convierte en ella  misma, para hacerlo ver a través de su mirada.
En el breve, pero sustancioso prólogo, expresa el poeta, crítico y ensayista Luis Bravo: “Lúdica y metafísica de la “temporalidad” es lo que Leonardo Garet conjuga en este haz de miradas verbales. Lo hace desde el pleno disfrute (para el lector  y para sí, según percibo) de una libertad en la que se “ve” cómo las palabras van haciendo, a su propio modo, el modo de ser de un universo hecho de lo dicho, lo no dicho y lo apenas entrevisto”.
Pero pese a enajenarse a sí mismo en la piedra,  el poeta no pierde su subjetivismo, o lo recupera: “sentado en la piedra/miro el río…” es como recobrar la conciencia de que ese que es visto no tiene ajenidad , sino su propia identidad, enriquecida por la residencia en la piedra, que el poeta paga con la palabra. Porque la poesía es “palabra en el tiempo”, como la definía Machado.  Y “la poesía se escribe con palabras”,como afirmaba Mallarmé.
Garet transita más allá de los límites de la carne y del tiempo, y le es dado asir el espíritu de las palabras, sus sentidos recónditos, las infinitas combinaciones semánticas posibles que crean los campos asociativos por contenido o por contigüidad. Ya la filosofía hindú reconocía el “dhvana” el sentido oculto de las palabras como una característica propia de la poesía.
Puede por ejemplo, asociar por aproximación fonética “Lunes” y “Luna” y convertir a esta en un “pan con un mordisco/que completa su superficie/con puntos suspensivos”(Poema 3), abolir el tiempo y sentir que “Mis padres andan de visita/por mi cuerpo/se sientan en mi pecho/y conversan…” (Poema 8), o ver que “Con destrezas de gorrión/en la vereda se despertó la casa/se levanto la cama/como el horizonte/con las dos caras del camino/las sillas se comportaron como alas…”(Poema 17).
“Mientras elegís el lado para dormirte/las ideas se acomodan/como los granos de arena/en un balde que se inclina/sos dueño de todas las combinaciones/moviendo el balde hacia uno/y otro lado…”, nos dice en el poema 13.
Decía Ungaretti en uno de sus poemas juveniles: “Quando trovo/in questo mio silenzio/una parola/scavata é nella mia vita/come un abisso”.
Pero en Leonardo, parece que las palabras van a su encuentro, y él las contemplara como piezas de un juego, chocar  entre sí, realizando infinitas asociaciones de sentido que el poeta elige a su arbitrio, transitando por lo real, lo metafísico, lo onírico “que es la cuarta dimensión del tiempo, luego del pasado, presente y porvernir”, contemplar la cara del misterio.
“Solo el misterio nos hace vivir”, afirmaba García Lorca. Y Einstein: “La del misterio es la emoción fundamental que está en la raíz de la verdadera ciencia y del verdadero arte. Quien no ha conocido, quien ha perdido la capacidad de asombro es como si fuera por la vida con los ojos empañados”.
La poesía para Octavio Paz es “lenguaje en tensión”. Tensión de búsqueda y tensión de encuentro. Pero en Garet , además de otros aspectos señalados, su poesía posee ese tono  particular que en música se denomina “divertimento” que es una de las manifestaciones de la belleza. Y como afirmaba Benedetto Croce: “De lo bello que es bello, en cuanto es bello, no puede decirse ninguna otra cosa”.
Aún así, añadimos un concepto final. La concepción platónica de la poesía queda expresada en las palabras de Sócrates a Ion: “Es una virtud divina la que te transporta, virtud semejante a la que reside en la piedra que Eurípides ha llamado magnética y que los más llaman Heraclea. Esta piedra, no solo atrae los anillos de hierro, sino que les comunica la virtud de producir el mismo efecto y de atraer otros anillos…y todos estos anillos extraen su virtud de esta piedra. Del mismo modo la musa inspira a los poetas  y estos comunican a otros su entusiasmo y se forma una cadena de  inspirados.”
Creo que este puede ser también el efecto que produzca en los atentos lectores “El ojo en la piedra” de Leonardo Garet.