El poema de Arbeleche que Mario Perillo ilustró y obtuvo importante distinción a nivel nacional

“Conjugación de la casa del río”

Estábamos debiendo la publicación de este poema. Escrito por el reconocido poeta capitalino Jorge Arbeleche y acompañado de la ilustración del artista plástico salteño Mario Perillo, conformó una de las obras seleccionadas para formar parte de la “Muestra del Poema Ilustrado Nancy Bacelo 2018” (al respecto informábamos en la edición del pasado 23 de diciembre).
Vale recordar que la convocatoria para integrar la muestra partió de la Casa de los Escritores del Uruguay y tuvo el patrocinio del Ministerio de Educación y Cultura y de la Fundación Nancy Bacelo.
Obsérvese que si bien Arbeleche es montevideano, el poema tiene mucho que ver con Salto. La casa del río es la residencia de descanso del poeta Leonardo Garet y el poema está dedicado a la nieta de éste.
Conjugación de la casa del río
-Para Ana Clara Frizzi Garet-poema
Lejos del mar cerca del suelo
-en remolino entreverado con el aire
o en estática quietud de piedra triste-
una estéril ventana se consume.

Sin perspectiva hacia dentro, cerrada celosía
un cardumen sin rumbo surca
el espinoso valle de la ausencia,
pasan los peces sin vista ni mirada
-a cal y canto el ojo clausurado-
los peces pasan sin ver, se estrellan
ante la ciega muralla de madréporas
caen prisioneros en la sesgada red
del sueño mutilado. Estrellas voraces
de la sal marina o el milenario tentáculo
del pulpo agazapado devoran por igualVallejo
branquia y escama anzuelo carnada
y pescados entre la niebla. Medusas
en acecho auscultan la pulsión que late
húmeda debajo de todo el horizonte,
borradas las orillas de las oscuras ondas
navegando sin ancla ni timón sin brújula
sin rumbo ni bitácora.
Arriba, apresura su paso el caracol, entreabre
la almeja su naufragada valva, ambos
miran arriba y ven, de par en par abiertas
las ventanas de la casa del río. Florece
el árbol de las aguas, su copa estalla
en hojas, cada hoja lleva en su centro
la bautizada gota de una lágrima
junto al esbozo de la sonrisa inicial de cada cosa.

Retorna a su familia el Agua, vuelve a fluir
el manantial. La casa del río luce abiertas
sus ventanas. La noche sube al río, se acoplan
las luciérnagas en bodas y aquel bajel desorientado
corrige su extravío. Encalla en destinado
puerto. Encuentra su lugar.
La casa del río le abre sus umbrales.
Jorge Arbeleche

A 100 años de “Los heraldos negros”
Es probable que este 2019 sea un año de especial recuerdo del libro “Los heraldos negros”, del peruano César Vallejo. Y muy merecido será. Es que se cumplirán en el mes de julio los 100 años de su aparición. Importa por ser el primer libro de un poeta fundamental en la poesía universal pero, además, por ser una referencia insoslayable para quien pretenda conocer o estudiar la poesía latinoamericana del siglo XX, en la que la obra de Vallejo (junto a la de Neruda y Huidobro) conforma un verdadero hito. Desde esa primera publicación, el autor mostrará la intención, que se irá acrecentando con el tiempo y las siguientes publicaciones, de renovar la poesía, de lograr un lenguaje poético diferente al de la tradición latinoamericana, hasta convertirse en un abanderado del vanguardismo en el continente. Escrito probablemente entre 1915 y 1918 y, como decíamos, editado en 1919, el libro toma el nombre de este poema:
Los heraldos negros
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!