Elder Silva por Valentín Trujillo

Ayer murió el poeta Elder Silva. La tristeza invade a quienes lo conocieron, y también al ambiente literario uruguayo. Era un tipo simpático y querible, lejos del divismo literario que aqueja a otros.
Llegaba con sus carpetas de poemas desordenados, en hojas a veces manchadas por los años, y tomaba posición en algún sitio más o menos iluminado, como un juglar que captaba la atención sin decir nada. Entonces desplegaba un atril de metal plateado, ordenaba un poco encima los poemas, como si barajara sin querer, y se dedicaba con esmero a su tarea: leer poesía. Él tocaba con la voz.
En general, era una antología improvisada de varios de sus libros: Líneas de fuego, Cuadernos agrarios, Mal de ausencias, Agua enjabonada y otros…
Poemas íntimos, gestos, rasgos, palabras aéreas, sentidas. Besos de mujeres en la noche, desamores, aguas envasadas, latas de arveja, lo cotidiano, la vida resumida en la pequeña grieta de la pared luego de un portazo.
A pesar del fuerte vínculo con el Cerro, donde dirigió el teatro Florencio Sánchez y vibró por la camiseta rojiverde de Rampla, siempre lo vinculé al campo, al campo profundo, de horizontes lejanos y cielos inmensos, poblados de pájaros aviones y avionetas, a loselder silva ciclos naturales y rurales, a la frontera, a los confines aportuguesados de guayabada, payadores anónimos y guitarreros que tocaban chotis. No digo que fuera su única cara, pero es la que más retengo, la más potente para mí.
Su fisonomía tenía una mezcla de Leo Maslíah con pelo y un toque de Woody Allen, su cuerpo bajo y movedizo, la voz ardiente y por momentos levemente temblorosa, de cadencia modulada por la lectura de los poemas, el ritmo de los versos y el humor en el sitio más insospechado.
Lo conocí a través de sus amigos poetas Luis Pereira y Gabriel Di Leone, una noche hace muchos años, en el fondo del Museo Mazzoni, donde me invitaron a presentarlo. Me pareció un ser tremendamente afectuoso, que con décadas de poesía encima le agradecía a un joven imberbe que acaba de decir solo unas pocas palabras sobre su obra. Luego me lo crucé varias veces más, en diferentes sitios, siempre con la palabra escrita y oída de por medio, la poesía surgiendo desde debajo del bigote.
Estuvo muchas veces más en Maldonado, por ejemplo participando de la edición 2009 del Encuentro de Escrituras, organizado por la Intendencia, y también en otras instancias. Ahora no está físicamente. No lo conocí tanto como hubiese querido, pero allí quedan, para el que se acerque, sus libros, sus versos, sus emociones al borde la página.
(Texto autorizado por el escritor y periodista Valentín Trujillo a EL PUEBLO)