Entre las “palabras” y los “objetos”. Consideraciones sobre el cuento “Mensajes interiores” de Alcides Flores

En esta oportunidad, plantearemos algunas ideas sobre la obra del escritor salteño Alcides Flores, específicamente sobre su relato “Mensajes interiores” (incluido en “Historias de Tapellara”). Según Leonardo Garet, los cuentos que conforman dicho libro “son relatos que se desgajaron de la vida, nacidos de anécdotas más que inventadas, adivinadas, y que reflejan comprensión y afecto hacia las vivencias de los seres sencillos que sufren hacia adentro y ven cruzar su tiempo de pocas alternativas. (…) El autor es un lúcido observador de detalles que cuenta, no juzga, y abarca la amplia gama de aconteceres de su pueblo, Tapellara”. Particularmente en este cuento se narra la historia se trata de un hombre llamado Never Laurino, quien oficia de obrero metalúrgico en una fábrica. Es viudo y tiene dos hijos, de acuerdo a lo que plantea el narrador, con los cuales no tiene un vínculo muy cercano; un día tomó conciencia de su edad, de su vejez no tan lejana, y entendió que “había llegado la hora de intentar recuperarlos y retomar la relación con ellos”. Este intento fracasa, lo que lleva a que Laurino quede “alienado” en el mundo y se dedique de lleno a cumplir con sus obligaciones laborales. Tiene una vida que podría considerarse “tranquila”, rutinaria incluso, hasta que comienzan a sucederle una serie de hechos inexplicables, que lo llevan a realizar un proceso de escapatoria de ese mundo que lo oprime. Todos los días viaja en el mismo ómnibus y llega a su trabajo a la misma hora, va a la cocina a calentarse el almuerzo, hasta que un día percibe algo extraño en el microondas. Este aparato, está programado con una voz metálica que indica los pasos a seguir para calentar la comida y “avisa” cuando ya está lista. El lingüista Steven Pinker, en su obra “El instinto del lenguaje”, plantea algunas nociones que podrían vincularse a lo que en este cuento se presenta. Sostiene Pinker: “El uso infinito de medios finitos distingue al cerebro humano de la mayoría de los sistemas artificiales de lenguaje que encontramos habitualmente”. Existen máquinas que habitualmente utilizan listas de emisiones prefabricadas y las expresan a través de un tono monocorde; las mismas carecen de una gramática, es decir, de un código autónomo con respecto a otras capacidades cognitivas. Esto es aplicable a la función del microondas en el cuento de Alcides Flores. Pero, en esa oportunidad, el aparato en vez de decir sus frases programadas, dijo “Hoy es día de regalo”, en una voz incluso más aguda de lo habitual, una voz diferente. El tono de voz es un recurso lingüístico tan válido como pueden ser conectores, adverbios o modos verbales, según lo planteado por otro lingüista, John Austin (en la Conferencia IV de “Cómo hacer cosas con palabras”). Ese mismo teórico aclara la dificultad de transmitir determinados tonos si la modalidad oral del acto lingüístico se trasladara de la oralidad a la escritura, porque tendrían que incorporarse, desde lo gráfico, determinados signos de puntuación. En este caso, ante la ausencia de los mismos, es la voz del narrador quien nos informa al respecto.

A pesar de ser una máquina quien habla, igualmente se pueden reconocer las dimensiones que componen el “acto de habla”, desde el punto de vista de la Pragmática. Este acto enunciado por el microondas, podría considerarse un “acto realizativo” (de acuerdo a Austin) en tanto no solo se expresa algo, sino también se hace algo. Por otro lado, por ser este un acto realizativo, se compone de tres dimensiones también teorizadas por dicho autor. La dimensión locutiva es precisamente “Hoy es día de regalo”; teniendo en cuenta la fuerza ilocutiva del mismo, podemos reconocer en él la intención de recordar. Lo que produce en el receptor, en este caso Laurino, es un proceso de anagnórisis: toma conciencia a partir de este hecho que hoy es el día de cumpleaños de su madre. Este proceso es el producto de la dimensión perlocutiva del acto lingüístico. Se produce también un momento de vacilación en él, en tanto no comprende lo sucedido desde lo racional: “¿Qué tenía que ver aquel aparato con su olvido? Preguntó a los demás compañeros si habían notado algo distinto en el funcionamiento del microondas del comedor y ante la negativa de algunos y a que otros no le dieran importancia prefirió no comentar lo sucedido para ver qué pasaba después”. En otra oportunidad, al calentar su comida, la voz del microondas le dijo “No me ignores”. Volviendo a considerar las dimensiones de los “actos de habla” antes mencionados, en este caso, ante la locución planteada, la fuerza ilocutiva que cobra el acto se transforma en un pedido, una solicitud de atención, lo que provoca como perlocución un estado de preocupación por parte del personaje, pero al mismo tiempo, trata de disimular frente a sus compañeros, con el argumento de que no quería que pensaran que “estaba loco”. De esta manera, lo que genera también en él es un cuestionamiento acerca de la posible pérdida de su “salud mental”. Los dos actos de habla que hasta aquí han sido puntualizados, se consideran “satisfactorios” y “afortunados”, en contraposición a los llamados “actos insinceros”.
Así transcurrieron los días, completamente normales algunos de ellos y con sucesos “extraños” los otros. En otra oportunidad, el microondas, luego de calentar la comida, expresó: “Flores blancas”.
En ese momento, el personaje recordó su aniversario de matrimonio, aunque su condición actual es de viudez: “La voz del microondas se lo había recordado y entonces asumió que debería ir el fin de semana a llevarle claveles como a ella le gustaban”.
El narrador, en más de una oportunidad, alude al estado de enajenación en que se encuentra el protagonista; por momentos, incluso, nos remite a la idea de un “hombre-máquina”, programado para cumplir con sus tareas, en lugares y tiempos específicos, sin atisbos de poder modificar esa “rutina”. El estado en que se encuentra el personaje, por momentos, parece no permitirle pensar siquiera en sí mismo: “Llegaron después días de mucho trabajo que no le quedaba tiempo ni para pensar, llegaba tarde a su casa para bañarse, comer y dormir”. La voz del microondas, por momentos parece serle indiferente, pero por otros le genera miedo al personaje, en el sentido de que puede llegar a develar aspectos internos de sí mismo y verse en la obligación de hacerse cargo de los mismos, al punto de que cuando le dice “No soy yo”, Laurino se va del trabajo sin previo aviso e incluso tan perturbado que adopta una actitud suicida: sube a un ómnibus y se tira del mismo, en marcha. Aparentemente las lesiones fueron leves, ya que al tiempo, de acuerdo a la voz narrativa, vuelve a trabajar y, consecuentemente, a escuchar la voz del microondas cuando va a calentar el almuerzo. Pero en esta oportunidad, hay un cambio en las expresiones del aparato: lo que antes eran enunciados breves y concretos, con posibilidad de múltiples interpretaciones, ahora se encuentran más contextualizados, ya que se presenta un discurso más elaborado y apela a lograr un cambio positivo en el personaje.
Las intenciones de dichos enunciados ahora son “aconsejar” y hasta “ordenar” ese cambio de vida profundo que el personaje tanto necesita.
Le plantea que para apreciar la vida de forma positiva y para olvidar momentos dolorosos, podría dejarse guiar por lo que realmente anhela, que es un reencuentro apacible consigo mismo y la transposición de ese estado interno a su vida cotidiana.
Esto genera una sensación de libertad en el personaje, quizás lo que siempre estuvo esperando; las palabras del aparato sirvieron como puntapié para encontrar ese estado de plenitud interno que lo hizo abandonar en un comienzo su lugar de trabajo: “Ya no quiso escuchar más palabras, se retiró sonriente de su trabajo sin que se dieran cuenta, la sonrisa se transformó en risa amplia y la risa en carcajadas mientras caminaba libre por la ancha vereda”.

Prof. Alejandro Pignataro
Prof. Ana Claudia Pignataro