España: “a las artes hay que quitarles el ramalazo de bobería”, dice el pintor y escultor Cristino de Vera

Artista de un enorme misticismo. Durante años pintó paisajes que contenían la complejidad del tiempo y de la muerte.
¿Qué es lo importante, Cristino? La verdadera riqueza es que el plan divino se cumpla, como decía Teilhard de Chardin, al que yo leía de joven. El plan divino es la parte íntima de tu corazón.
¿Qué hace que no se cumpla ese plan divino? Hay miseria alrededor. El humano se ha ido por lo más fácil. Si no encuentra en su interior algo de lo divino tiene que recurrir a los místicos.
¿Qué hacen los místicos? Siempre están aprendiendo. Si no el lenguaje se paraliza.
¿Qué ha aprendido? He sido un modesto discípulo. He aprendido de Zurbarán. Y he aprendido que a las artes hay que quitarles el ramalazo de bobería, de estupidez, de yo y de ego. Todo es complejo y eso nos abre la puerta del misterio total.
¿Qué hay detrás de la puerta? Sabe Dios. Uno de los fenómenos más raros es cómo modelas el tiempo, tan fugaz. Por eso elegí la pintura: yo quería ver si era capaz de plasmar todo lo que tenía en la cabeza, como si parara el tiempo.
¿Cómo le sirve la mística para interpretar la realidad? El tiempo es de una tremenda fugacidad. Por eso he vivido un poco apartado. Si el tiempo está hecho para buscar a Dios, para saber que la vida es fugaz, hay que buscar lo esencial. Esta no es una carrera de caballos para ver quién llega primero.
¿Cómo se defiende de la actualidad? Con escepticismo: pronto habrá otra etapa. Mira Rusia, Cuba…, todo era de una manera y ahora va a ser de otra.
“Todos los problemas vienen porque a la tierra le sobran 3.000 millones de seres humanos”
¿Y cómo ha sobrevivido a un mundo tan competitivo haciendo una pintura mística como usted? Tenía un profesor, José María Valverde, que me decía: “Lo mejor que puedes hacer es no perder la vocación: aléjate de inauguraciones, cuídate de las tertulias”. Lo he procurado.
Dice que lo que tenemos es silencio y miedo. ¿Qué le produce miedo? El miedo es el choque de la complejidad humana. Todos los problemas, las guerras, vienen porque a la tierra le sobran 3.000 millones de seres humanos. Los años avanzan y la actualidad es para mí la búsqueda de la paz y no la voy a encontrar en el movimiento rotativo continuo.
¿Entonces? Lo principal es ir como escondiéndose del tiempo, en silencio, como cuando duermes, como dice el místico alemán Eckhart Tolle.
¿Cómo le ha afectado la edad? No muy bien. Me siento muy frágil. Estuve en la plaza de Santa Ana y vi a dos vagabundos. Había un cielo estrellado, y uno le hacía preguntas al otro: cómo comenzó el mundo, qué hubo antes. Uno dijo: antes hubo el silencio absoluto. Mi amigo Patricio Olivera decía: “El hombre es sabio perezoso”.
Usted es como un personaje de Beckett. Sí, claro, total. Busco a Dios: el hombre puede no saber que lleva esa chispa dentro. Hay hombres que han llegado a su culmen, como Hitler o Stalin, llevándose por delante un reguero de sufrimiento; pero hay gente tranquila y buena. Hay algo de absurdo, de inexplicable, en todo. Como en Beckett.
¿A dónde nos llevará 2015? Mi camino ya es la muerte. Patricio y yo aprendimos yoga mental, paralizábamos la consciencia como ocurre en el sueño profundo. El sueño profundo es estar en la nada.
¿Cómo lo relaciona con el 2015? Porque Aurora (Ciriza, su mujer) íbamos a Segovia y yo estaba cuatro horas recibiendo el silencio de la noche, y ese silencio me da un tiempo distinto. No tiene que ver con el año; es algo inexplicable que me permite afrontar el tiempo. Es la voz de Dios que está por encima del tiempo. Eso te mete en el plan divino.
n

Artista de un enorme misticismo. Durante años pintó paisajes que contenían la complejidad del tiempo y de la muerte.

¿Qué es lo importante, Cristino? La verdadera riqueza es que el plan divino se cumpla, como decía Teilhard de Chardin, al que yo leía de joven. El plan divino es la parte íntima de tu corazón.

¿Qué hace que no se cumpla ese plan divino? Hay miseria alrededor. El humano se ha ido por lo más fácil. Si no encuentra en su interior algo de lo divino tiene que recurrir a los místicos.

¿Qué hacen los místicos? Siempre están aprendiendo. Si no el lenguaje se paraliza.

¿Qué ha aprendido? He sido un modesto discípulo. He aprendido de Zurbarán. Y he aprendido que a las artes hay que quitarles el ramalazo de bobería, de estupidez, de yo y de ego. Todo es complejo y eso nos abre la puerta del misterio total.

¿Qué hay detrás de la puerta? Sabe Dios. Uno de los fenómenos más raros es cómo modelas el tiempo, tan fugaz. Por eso elegí la pintura: yo quería ver si era capaz de plasmar todo lo que tenía en la cabeza, como si parara el tiempo.

¿Cómo le sirve la mística para interpretar la realidad? El tiempo es de una tremenda fugacidad. Por eso he vivido un poco apartado. Si el tiempo está hecho para buscar a Dios, para saber que la vida es fugaz, hay que buscar lo esencial. Esta no es una carrera de caballos para ver quién llega primero.

¿Cómo se defiende de la actualidad? Con escepticismo: pronto habrá otra etapa. Mira Rusia, Cuba…, todo era de una manera y ahora va a ser de otra.

“Todos los problemas vienen porque a la tierra le sobran 3.000 millones de seres humanos”

¿Y cómo ha sobrevivido a un mundo tan competitivo haciendo una pintura mística como usted? Tenía un profesor, José María Valverde, que me decía: “Lo mejor que puedes hacer es no perder la vocación: aléjate de inauguraciones, cuídate de las tertulias”. Lo he procurado.

Dice que lo que tenemos es silencio y miedo. ¿Qué le produce miedo? El miedo es el choque de la complejidad humana. Todos los problemas, las guerras, vienen porque a la tierra le sobran 3.000 millones de seres humanos. Los años avanzan y la actualidad es para mí la búsqueda de la paz y no la voy a encontrar en el movimiento rotativo continuo.

¿Entonces? Lo principal es ir como escondiéndose del tiempo, en silencio, como cuando duermes, como dice el místico alemán Eckhart Tolle.

¿Cómo le ha afectado la edad? No muy bien. Me siento muy frágil. Estuve en la plaza de Santa Ana y vi a dos vagabundos. Había un cielo estrellado, y uno le hacía preguntas al otro: cómo comenzó el mundo, qué hubo antes. Uno dijo: antes hubo el silencio absoluto. Mi amigo Patricio Olivera decía: “El hombre es sabio perezoso”.

Usted es como un personaje de Beckett. Sí, claro, total. Busco a Dios: el hombre puede no saber que lleva esa chispa dentro. Hay hombres que han llegado a su culmen, como Hitler o Stalin, llevándose por delante un reguero de sufrimiento; pero hay gente tranquila y buena. Hay algo de absurdo, de inexplicable, en todo. Como en Beckett.

¿A dónde nos llevará 2015? Mi camino ya es la muerte. Patricio y yo aprendimos yoga mental, paralizábamos la consciencia como ocurre en el sueño profundo. El sueño profundo es estar en la nada.

¿Cómo lo relaciona con el 2015? Porque Aurora (Ciriza, su mujer) íbamos a Segovia y yo estaba cuatro horas recibiendo el silencio de la noche, y ese silencio me da un tiempo distinto. No tiene que ver con el año; es algo inexplicable que me permite afrontar el tiempo. Es la voz de Dios que está por encima del tiempo. Eso te mete en el plan divino.