Gary Becker, primeros recuerdos para un estudioso del capital humano y el razonamiento económico

El profesor de la Universidad de Chicago fallece a los 83 años. Estudió el capital humano y utilizó el razonamiento económico para analizar incluso el comportamiento criminal.
Gary Becker (1930-2014) fue una de esas personas que, a lo largo de la historia, han honrado la profesión de economista, entendida como ejercicio de la capacidad de reflexión para comprender y explicar racionalmente el comportamiento humano.
Su pensamiento estuvo siempre guiado por el afán de aplicar el fino bisturí de la racionalidad, incluso más allá de los límites que la ciencia económica venía autoimponiéndose desde los lejanos tiempos de Adam Smith. El pensamiento de Gary Becker desbordó, en efecto, las fronteras convencionales de la economía y volcó las categorías del pensamiento económico sobre nuevos ámbitos de la antropología y del actuar humano para iluminarlos con la antorcha de la racionalidad. Fue, en ese sentido, ilustre precursor de toda una escuela de pensamiento.
Conocí a Gary Becker personalmente en 1967 durante un seminario celebrado en la Universidad de Chicago. El acto estaba auspiciado por Milton Friedman, con quien por entonces tenía yo el honor de trabajar duramente en el desarrollo de mi tesis doctoral. Puede decirse que el seminario en cuestión formó parte de la «tradición oral de Chicago», un esporádico y deslavazado sistema de encuentros en los que profesores liberales de los sesenta de aquella universidad discutían —o, al menos, comentaban— sus ideas y propuestas en alta voz. Sus intervenciones tenían lugar en presencia de los alumnos de postgrado como yo que, por supuesto, seguíamos las conversaciones de nuestros maestros con auténtica fruición, conscientes de estar asistiendo a una auténtica revolución del pensamiento económico, que hasta entonces había estado monopolizado por el razonamiento keynesiano.
Por supuesto, Gary Becker era ya considerado como miembro destacado de la comunidad académica liberal de Chicago, donde de hecho se había doctorado a pesar de que, por entonces, desarrollaba su labor académica en la Universidad de Columbia, lejos de su «alma mater». Tres años antes del seminario en cuestión, es decir en 1964, Becker había publicado su libro sobre Capital Humano, un trabajo seminal. Su originalidad residía en enfocar el esfuerzo educativo como auténtico proceso de inversión y en valorar el conocimiento como parte integrante de la riqueza humana, también en su vertiente económica.
Como aplicación inmediata de aquellas ideas recuerdo que, días después de la sesión del seminario, Harry Johnson (a quien, sin duda, una muerte prematura arrebató el Nobél de Economía) nos explicó cómo el razonamiento de Becker permitía afirmar que en este mundo, y como promedio, «los estudiantes universitarios valían su peso en oro». Para demostrarlo, bastaba con averiguar el peso en onzas de cada estudiante y valorar aquella magnitud en términos del precio del oro (por entonces, a 24 dólares la onza). Siguiendo el razonamiento de Becker, habría después que descontar al tipo de interés de mercado los ingresos futuros que, como promedio, cabía esperar del ejercicio de la profesión a lo largo de la vida útil del estudiante. Por último, sería necesario comparar la valoración actual de ese flujo de ingresos con el valor al peso, en términos de oro, del estudiante tipo. Podría así, concluirse que el capital humano acumulado en los años universitarios excedía claramente del «peso en oro», al menos para aquellos estudiantes que no sufrieran de obesidad y que aprovecharan bien la oportunidad de formación que la Universidad les ofrecía. Hoy, tal razonamiento puede parecer trivial, pero hace casi cincuenta años constituía todo un descubrimiento, enteramente atribuible a Becker.
n
El profesor de la Universidad de Chicago fallece a los 83 años. Estudió el capital humano y utilizó el razonamiento económico para analizar incluso el comportamiento criminal.
Gary Becker (1930-2014) fue una de esas personas que, a lo largo de la historia, han honrado la profesión de economista, entendida como ejercicio de la capacidad de reflexión para comprender y explicar racionalmente el comportamiento humano.
Su pensamiento estuvo siempre guiado por el afán de aplicar el fino bisturí de la racionalidad, incluso más allá de los límites que la ciencia económica venía autoimponiéndose desde los lejanos tiempos de Adam Smith. El pensamiento de Gary Becker desbordó, en efecto, las fronteras convencionales de la economía y volcó las categorías del pensamiento económico sobre nuevos ámbitos de la antropología y del actuar humano para iluminarlos con la antorcha de la racionalidad. Fue, en ese sentido, ilustre precursor de toda una escuela de pensamiento.
Conocí a Gary Becker personalmente en 1967 durante un seminario celebrado en la Universidad de Chicago. El acto estaba auspiciado por Milton Friedman, con quien por entonces tenía yo el honor de trabajar duramente en el desarrollo de mi tesis doctoral. Puede decirse que el seminario en cuestión formó parte de la «tradición oral de Chicago», un esporádico y deslavazado sistema de encuentros en los que profesores liberales de los sesenta de aquella universidad discutían —o, al menos, comentaban— sus ideas y propuestas en alta voz. Sus intervenciones tenían lugar en presencia de los alumnos de postgrado como yo que, por supuesto, seguíamos las conversaciones de nuestros maestros con auténtica fruición, conscientes de estar asistiendo a una auténtica revolución del pensamiento económico, que hasta entonces había estado monopolizado por el razonamiento keynesiano.
Por supuesto, Gary Becker era ya considerado como miembro destacado de la comunidad académica liberal de Chicago, donde de hecho se había doctorado a pesar de que, por entonces, desarrollaba su labor académica en la Universidad de Columbia, lejos de su «alma mater». Tres años antes del seminario en cuestión, es decir en 1964, Becker había publicado su libro sobre Capital Humano, un trabajo seminal. Su originalidad residía en enfocar el esfuerzo educativo como auténtico proceso de inversión y en valorar el conocimiento como parte integrante de la riqueza humana, también en su vertiente económica.
Como aplicación inmediata de aquellas ideas recuerdo que, días después de la sesión del seminario, Harry Johnson (a quien, sin duda, una muerte prematura arrebató el Nobél de Economía) nos explicó cómo el razonamiento de Becker permitía afirmar que en este mundo, y como promedio, «los estudiantes universitarios valían su peso en oro». Para demostrarlo, bastaba con averiguar el peso en onzas de cada estudiante y valorar aquella magnitud en términos del precio del oro (por entonces, a 24 dólares la onza). Siguiendo el razonamiento de Becker, habría después que descontar al tipo de interés de mercado los ingresos futuros que, como promedio, cabía esperar del ejercicio de la profesión a lo largo de la vida útil del estudiante. Por último, sería necesario comparar la valoración actual de ese flujo de ingresos con el valor al peso, en términos de oro, del estudiante tipo. Podría así, concluirse que el capital humano acumulado en los años universitarios excedía claramente del «peso en oro», al menos para aquellos estudiantes que no sufrieran de obesidad y que aprovecharan bien la oportunidad de formación que la Universidad les ofrecía. Hoy, tal razonamiento puede parecer trivial, pero hace casi cincuenta años constituía todo un descubrimiento, enteramente atribuible a Becker.