Hace 20 años veíamos “Luz de Domingo”, la poesía religiosa de José Luis Guarino

Hace exactamente 20 años, el gran Profesor de Literatura José Luis Guarino publicaba su primer libro, un poemario llamado «Luz de Domingo». Diez años después le seguiría “Crepúsculos y Auroras”. Nacido en diciembre de 1939 en Nueva Hespérides, se acerca hoy a sus 80 años de vida, con la lucidez de siempre, y con la generosidad de siempre hacia la cultura de Salto.  Jos Luis Guarino
Su reconocida, larga y fecunda trayectoria en la docencia y el periodismo nos exime de mayor presentación. Baste decir que fue el primer profesor titulado del interior del país, dictó clases de Literatura tanto en el ámbito público como en el privado y fue Subdirector del Liceo Salesiano de Salto. En Diario EL PUEBLO estuvo al frente de la sección Cultura por más de dos décadas. Hace 20 años, sobre «Luz de Domingo» (libro al que pertenecen los siguientes poemas) decía el profesor Leonardo Garet: “El pensamiento que se atreve en profundidades, que no se distrae en lo coyuntural, sino se afinca en lo eterno. La poesía religiosa de Esther de Cáceres y Enrique Casaravilla Lemos están desde hoy en nueva compañía. La de José Luis Guarino es poesía religiosa aún cuando trata, en ocasiones, algún motivo aparentemente alejado de los suyos”.

El recreo de Dios

Hoy
Dios
se ha dedicado a jugar.

Los mundos repiten
su aprendida lección
sin caer en la cuenta
de la distracción de Dios.

Hoy
Dios
se ha vestido de brisa festiva…

Yo
-testigo perplejo-
no sé si aún luchan
el mar y la roca
o si toda la vida
se ha detenido un instante.

* Hablar con Dios I

Salgo del túnel de la noche
como de una tumba
transitoria.

He esperado en el silencio
que pronunciaras tu diario
“Hágase la luz”
que me devuelve al día.

Heme aquí envuelto
en mi túnica cotidiana.

Tú soltaste sobre mí
los ríos del reposo
y sus pacíficos remansos
borraron mis fatigas.

Me esperan ahora
la fragua
y el yunque
en que voy moldeando
la criatura que quisiste,
pero, primero,
déjame ver tu rostro
de la infinita redondez
recién amanecida.

II
Llegas puntual, infaltable.
Me estás llamando
cuando despierto,
y yo te nombro
recién brotado
del surco de las sombras.

Me das la mano
y pones mi pie
en tus senderos
y camino a tu lado
como un satélite
orbitando tu presencia.

Y caminas a mi lado.
Yo te recorro
como un caminante
explora y se deleita
en su paisaje.

Yo te espero
cada mañana como espera el hondón sediento
al río que se precipita.

Tú me llevas
y yo me dejo llevar
a la deriva
brizna sin prisa ni temores
en la seguridad de tu regazo.

III
Cuando gustas esconderte
tras implacable muro de sordera
y retiras entre nubes
tu mirada
y se enfría tu voz…
son los días de la búsqueda y la espera.

Entonces,
ya sé que iré por esas
calles – ríos
en cuya prisa murieron
los oleajes,
capitán dócil a los vientos,
apagando escollos
e improvisando nortes,
mientras me ciñen
brazos de cemento,
y los pájaros desaprenden
cantos de ramajes
en sordos albergues
de mudos rascacielos.

Y Tú te vuelves
una insoportable ausencia.

Y te pareces al vacío
de una infinita sucesión de ceros.

Yo me detengo en la tiniebla
a otear en los lejanos horizontes
tu inviolable
fidelidad de luz.

IV
A veces,
cuando Tú me llamas,
tu voz dibuja mi nombre
con luminosa seda
en mi ventana.

Pero hoy
rasgó con estridencia
de despertador
el velo de mis silencios
y he puesto pie en tierra
sobre la sangre de mis sueños.

Y he salido
a mi combate rutinario
sin tiempo para nombrarte
siquiera.

Me veo en camino
con tu soplo en mi aliento,
con tu empuje en mis pasos.
Soy una chispa
que viaja en tu hoguera.

Entonces
mi pequeñez se hace
gota viajera
en la inmensidad del mar.

V
Hay veces
que Dios es tan tenue
que se torna imperceptible.

Otras,
se espesa
hasta agobiarnos con su sombra.

Créeme:
Hoy me siento aplastado
por el peso de Dios:

Roca,
sobre mi sueño
de ser agua andariega
bajo sus leves pisadas.
VI
Este barro nocturno
despierta
cuando lo transfigura el alba,

y reclama la huella de tus manos
que moldean y definen,
y sobre todo el acento
de mi nombre
rompiendo las tinieblas,
-flor luminosa
en la vara de tu llamado-.

Quiero en la pupila de la tarde
la honda cuchillada de mi quilla
trazando de sur a norte
el camino en que eres
punto de partida y de llegada.

Tú tienes la plácida tibieza del nido:
En tus manos se inicia el vuelo
y apaga sus fatigas el regreso.
VII
La sonrisa del alba
es una llave
con que abres de par en par
el sótano de mis angustias.

Navegante de la noche,
me detengo a ver
el vuelo aterido
de mis pájaros nocturnos.

Me convoca tu ejército de aurora
y soy todo pabilo
para el resplandor de tu llama.
Pon cadenas
a mi enredadera de
sombras,
para que atravesando el día
no muera tu luz
en mi lámpara.