Horacio Quiroga: el escritor que no parecía

(por Daniel Abelenda Bonnet)

Aquí he concurrido a algunas peñas organizadas por escritores latinoamericanos; cuando oigo que empiezan a hablar de literatura, me crispo como un caballo árabe.” Diario de viaje a París (abril de 1900).
¿Pose provocadora de juventud? ¿Influencia del “decadentismo” en boga en aquel fin de siglo tan afrancesado? ¿O fue una actitud asumida, una postura ante el Arte y la vida? Lo cierto es que las imágenes que le vienen que vienen a la mente acerca de Horacio Quiroga Forteza (Salto, 31/12/1878 – Buenos Aires, 19/02/1937) difieren notoriamente de las de un homme de lettres. Esto es, un señor atildado, vestido con traje y corbata, rodeado de una biblioteca, que nos interpela desde su mirada grave, inclinado sobre sus papeles… Por ejemplo, en la foto más conocida de su contemporáneo José Enrique Rodó (Montevideo, 1871–Palermo, 1917) erigido por la intelligentzia uruguaya como el modelo del intelectual en las primeras décadas del Siglo XX. Desde su infancia y adolescencia transcurridas en una familia de clase media y educación liberal recibida en el colegio Hiram, Quiroga mostrará una energía inusitada y una variada gama de intereses. Se apasionó por el ciclismo; fue fundador del Club Ciclista y organiza la primera carrera entre su ciudad y Paysandú. También practicó remo, esgrima y tiro con armas de fuego. Y se interesó por la fotografía, la mecánica de los novedosos automóviles, la ciencia, la tecnología… Y por supuesto, las letras, que lo convocan tempranamente. En 1894 (16 años) publica sus primeros poemas en periódicos de Salto y participa en las charlas y conferencias del Ateneo. En 1899, junto con Alberto Brignone, Juan María Saldanha, Asdrúbal Delgado, Julio Jaureche, Horacio Maldonado y Federico Ferrando, funda La Revista del Salto, una publicación cultural, de la cual será director y alma mater. Esta publicación llega a editar 20 números (hasta febrero de 1900), donde además de poesía, Quiroga incursiona en relatos en prosa, que prefiguran al consumado cuentista de las décadas siguientes (recordemos que entonces el cuento era un género extraño a los autores de habla hispana). Por ello, no es casualidad que los “maestros en que creer como Dios mismo” con que abrirá su célebre Decálogo del perfecto cuentista, sean escritores en inglés, francés y ruso, respectivamente: Poe, Kipling, Mauppasant, Chéjov. Quiroga demostró siempre poseer alma de pionero. Una anécdota habla que la primera máquina de escribir que se usó en Salto, fue traída por él para facilitar el trabajo de La Revista. En la capital provinciana, es el bachiller apuesto, que se enamora de las bellas salteñas (o entrerrianas), el periodista y poeta amateur que no piensa en ingresar a la Universidad pues no tiene una vocación definida. Se ha dicho que Horacio fue un diletante: se interesa por todo y por nada en particular, sin método ni sistema. Es puro impulso e instinto. Así, agotada la experiencia de La Revista en el verano del 1900, planea un viaje de ultramar: quiere conocer París, “la capital-cerebro, donde todo es acumulamiento (sic), palpitación y prodigio”, como escribirá luego en su Diario de Viaje. Pide prestados 40 pesos (unos 80 francos) a su familia, y el 30 de marzo parte de Montevideo en vapor rumbo a Génova. A tal punto no tiene un plan, que en una carta durante el viaje a un amigo, le confiesa sentirse aburrido por la mediocridad de los demás pasajeros, angustiado y dudando incluso, ¡que fuese una buena idea realizar aquella travesía! El único propósito que cumplirá, parcialmente, será enviar 4 notas para el periódico La Reforma -en su pasaporte figura “giornalista” como su profesión. El 29 de abril llega a París, se instala en un modesto hotel y comienza a recorrer los amplios bulevares con una bicicleta que alquila, luciendo una malla del Club Ciclista Salto y su físico de sportman. “Fijo mucho la atención en el ciclismo u otro asunto cualquiera que me domina”. Asiste a la Exposición Internacional de Tecnología, donde se deslumbra con los adelantos científicos que Europa y EE. UU. están produciendo. También asiste a tertulias literarias o peñas en cafés, donde conoce a algunos escritores latinoamericanos como Gómez Carrillo; pero Quiroga no encaja en ese ambiente, no se siente parte de esos intelectuales que abrevan en el Modernismo, fuman, beben, viven de noche y escriben poesía cuando los visitan las musas… Permanece en la Ciudad Luz casi dos meses más, sin una agenda definida y crecientemente desencantado de Francia y los franceses. Las remesas desde Uruguay no llegan, y el dandy (con una cuidada barba hasta aquí), enfrenta problemas para pagar el hotel y sus comidas. Finalmente, debe recurrir a la Embajada uruguaya para que le faciliten un pasaje en tren hasta Marsella y un boleto de tercera clase en un barco hacia Montevideo, donde llegará finalmente el 12 de julio de 1900. Sus amigos que lo han ido a recibir al puerto, se asombran del penoso aspecto de Horacio, su flacura y palidez, y lo “pobre y gastado” que lucía su único traje negro. El fracaso comienza a ser parte de la vida de un Quiroga todavía joven (22 años). Sin embargo, el salteño, logrará reinventarse y levantarse de sus propias cenizas. Permanecerá en Montevideo, y a finales de aquel año, con sus mismos compañeros de La Revista, pergeñarán el llamado “Consistorio del Gay Saber”, tertulias literarias (los aspirantes a escritores leían sus creaciones) y esotéricas (se adjudicaban nombres y roles a manera de una logia) que oficiará esta singular cofradía en un cuarto pensión de la Ciudad Vieja. A semejanza de la cercana “Torre de los panoramas”, de Julio Herrera y Reissig, este Consistorio ha sido idealizado como un foro intelectual. En realidad, fue una experiencia de un grupo de amigos, amantes de las Bellas Letras, espíritus inquietos que querían romper la chatura de un Montevideo que se recién se asomaba a la modernidad del Siglo XX. En 1901, gana un segundo premio en un concurso de cuentos, cuyo jurado integraban José Enrique Rodó, Javier de Viana y Eduardo Ferreira y luego reúne su prosa poética en un volumen que titulará Los arrecifes de Coral (su único libro editado en Uruguay). La crítica montevideana le es muy adversa, y sólo disculpan al autor “por su juventud” en este primer intento. Pero no todas fueron pálidas: en Buenos Aires, Leopoldo Lugones, el gran novelista argentino, recibe con beneplácito Los arrecifes… Quiroga y sus amigos van a visitarlo y después Lugones hace lo propio en Montevideo, iniciándose así una estrecha relación, casi paternal, que sería un espaldarazo decisivo en su carrera literaria. Así, en 1903, Lugones (Inspector Nacional de Primaria en Argentina) partirá en una expedición con el fin de relevar las ruinas jesuíticas de Misiones, que estaban virtualmente abandonadas. Quiroga logra que el Maestro lo incluya con el cargo de “fotógrafo” y así se une a la expedición que remontará el Paraná hasta Posadas. Será un viaje iniciático. La fascinación que ejerce en su espíritu la selva con su exuberante belleza y sus tipos humanos rudos del tipo “pioneer” (gringos y criollos) será irresistible. Regresan a Buenos Aires, donde Quiroga se instala (ya no volverá al Uruguay); comienza a publicar cuentos – decidido por el género- en Caras y Caretas, El Hogar, Atlántida y otras revistas de la capital porteña, que le darán un respiro en lo económico. También da clases de castellano en el Colegio Británico, y se enamora de una alumna Ana María Cires. Y a pesar de la previsible oposición de los padres sus padres, Horacio (31 años) y Ana María (18) se casan en 1909, y se van a vivir a San Ignacio, Misiones. Allí comenzará la etapa de “salvaje narrador”, “trashumante”, o incluso, “desterrado” (Rodríguez Monegal) más conocida del enjuto y ahora muy barbado Quiroga, que se prolongará hasta mediados de 1936, cuando debe bajar a Buenos Aires, acuciado por los dolores de su próstata, que presagian el cáncer que los doctores detectan en el Hospital de Clínicas. En febrero de 1937, Quiroga se entera de su diagnóstico, por un compañero de internación, y decide suicidarse ingiriendo cianuro. Había vivido 30 años en Misiones, donde ha sido Juez de Paz y Cónsul Honorario del Uruguay y ha emprendido –sin éxito- el cultivo de algodón, de yerba mate, la destilación de naranjas, fabricación de carbón, inventos varios, taxidermia, etc., para ganarse la vida y seguir escribiendo historias que transcurren en el ambiente de la selva -más de 40 de sus 60 cuentos publicados se sitúan en Misiones, el Chaco o la frontera con Brasil. En 1917, en plena madurez personal y literaria, edita el volumen que le daría una perdurable fama internacional y algo de dinero: Cuentos de amor, de locura y de muerte. Durante este período Quiroga será también el padre que juega con sus hijos Eglé y Darío (luego tuvo otra hija con su segunda esposa, María Elena Bravo), domesticando animales salvajes, advirtiendo los peligros del monte y el río, instruyéndolos en el uso de armas o enseñándoles sobre la flora y la fauna de aquel edén sudamericano. Este es el Quiroga que ha quedado más fotografiado (o filmado por Enrique Amorim) y es la imagen más difundida entre sus lectores -niños o adultos- de entonces y de hoy. Es la de alguien que mantuvo siempre una postura crítica de su tiempo, desafiante y anti intelectual. Un escritor que parecía estar ocupado en mil cosas, ¡menos en escribir! Al estilo de dos de sus contemporáneos “salvajes”: Jack London y el más mediático, Ernest Hemingway. “Hablamos de casi todo, excepto de literatura”, apunta un cronista que lo visitara en su “Casa de piedra” (que él mismo construyó) su última morada, en una meseta donde se contemplan las barrancas del majestuoso Paraná de sus relatos. Seguramente Quiroga habría suscrito la frase de Hellen Keller: “La vida debe ser una gran aventura, o no será nada.”

Hoy por: Jorge Pignataro.







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