Hoy: cuentos de Juan Pablo Nickleson

Hoy por: Jorge Pignataro

Salteño, nacido en 1983, Juan Pablo Nickleson Tourn integra el “Grupo Literario Horacio Quiroga”, con el que ha publicado, en 2018, el libro “Cuentos y Poemas de Salto”.
Uno de los cuentos allí incluidos es “La imagen”, que hoy EL PUEBLO comparte con sus lectores y sobre el que su autor dijo que “es un humilde homenaje a los espejos de Borges”. Por otra parte, hace poco tiempo, Juan Pablo participó de un concurso literario de microrrelatos organizado por la revista cultural Guka, de Buenos Aires.  CULTURA J.P.Nickleson
“La categoría era de microrrelatos con tema libre y con un máximo de cantidad de palabras; de un total de 4.380 concursantes de varios países, quedé como uno de los 80 finalistas, y logré una mención de honor por el cuento Ojos cerrados”, comentó el autor. “Ojos cerrados” es otro de los textos que desde esta página hoy damos a conocer.

LA IMAGEN
Cuatro de la madrugada. El bar “Derroche” mantenía sus puertas abiertas. Los pocos parroquianos que estaban dentro discutían de política, fútbol, dinero y quimeras no alcanzadas; el ambiente se iba poniendo amargo, con más penumbras que alegrías. Algún neón todavía encendido entregaba algo de luz, tenue pero suficiente como para que el espejo ubicado en la fachada de la farmacia de enfrente, reflejara la puerta desde donde salían los borrachos tambaleantes. Aquel espejo era igual a todos los demás, un autómata repetitivo que a cada instante copiaba todo que le rodeaba, el infinito grupo de retratos que mutaba con precisión perfecta de acuerdo a su entorno se exhibía como un reflejo en el vidrio; el complejo mundo invisible detrás de la imagen, escondido fuera de su puesta en escena, continuaba su eterna jornada de crear ecos visuales con inflexible insistencia. Como en un teatro mudo, el entretelón detrás del cristal se gestaba como una danza bien coordinada que dependía de lo que pasara en su exterior. Media hora más tarde, en ese cosmos intangible, un hombre se movía despacio e inestable por entre los marcos que encuadraba su espacio, el actor pintado en la pared de plata supo que era su turno de mostrarse y aunque era consciente que aquel a quien reproducía no se percataba de su presencia, cumplió al pie de la letra su misión de lucirse como un inverso. Abrió la puerta del bar, y siguiendo el bamboleo característico con el que se desplazaba todas las madrugadas, corrigió la postura de su espalda dejándola un poco más inclinada para imitar a la perfección la figura que se trasladaba impredeciblemente en su recorrido, y que esta vez se dirigía hacia él. La imagen lo aguardaba presagiando que en algún momento se daría el encuentro entre ambos, pero sin suponer que el mismo sería letal para los dos. El primero cruzó la calle, atraído por el brillo que lo encandilaba, como siguiendo la luz al final del túnel de la que hablan quienes escaparon de la muerte.
Cuando se enfrentaron, cada uno miró con igual expresión de sorpresa al otro, habían pasado muchísimas auroras sin verse cara a cara. Su rostro se había arrugado demasiado, las cejas se habían revuelto y aclarado como olas de ceniza, la barba se enredaba en una maraña de pelos y su nariz estaba tan rojiza como el vino que había bebido esa noche; sus ojos fueron los más difíciles de imitar…esa mirada llena de nada, ese brillo alcohólico que gritaba en sí mismo algo que su doble no podía copiar, pero que era consciente que estaba.
-Vaya… ¡Vos también te pusiste viejo! ¡Carajo! -dijo el borracho.
La imagen había comprendido que aquel de afuera lo había reflejado a él también, más triste y anciano de lo que esperaba ver…latió fuerte la derecha de su pecho con ritmo errático, le costó mucho respirar, y sintió la opresión que terminó de romper su corazón; un golpe seco despertó el dolor de sus puños encontrados, el cristal se quebró, y el grito sin sentido del de afuera fue el manifiesto del fin del mundo de ambos. En los pedazos intactos del espejo, el hombre cayó de bruces contra el suelo, lastimado de tristeza y con sangre en su mano. Por causa y casualidad de su encuentro, el inminente fin de los dos se dio preciso y cronometrado en el mismo instante y en el mismo lugar, como inverso y derecho de un destino sincronizado.
OJOS CERRADOS
Noche sin luna, velas apagadas, un sillón y un lector. Acariciaba las hojas y suponía los colores sin luces, las formas transparentes e imaginadas, personajes de rostros indefinidos y voces claras. Entre cuentos y sueños, cerró su libro escrito en braille y se fue a dormir.