Hoy: narrativa y poesía de Teresita M. Galarza

Teresita M. Galarza nació y vive en Salto. Vivió en Montevideo desde 1966 hasta 2009. Obtuvo el Certificado de Proficiency in English, otorgado por la Universidad de Cambridge, Inglaterra, en 1966. Culminó el Bachillerato Tecnológico de Organización y Promoción de Turismo en UTU (Escuela Arroyo Seco, Mdeo).  CULTURA. TERESITA GALARZA

Aprobó 1er. Año Básico de la Licenciatura en Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República), donde además asistió a cursos de Idioma Español, Literatura Moderna y Contemporánea, Literatura Uruguaya, Teoría Literaria y Literatura Inglesa. Trabajó como profesora de inglés en diferentes instituciones durante 34 años, en Montevideo. EL PUEBLO comparte hoy con sus lectores un relato y algunos poemas de su autoría.
ANITA
Era pequeña, solo cinco duros inviernos habían pasado marcando su destino. Su paupérrima vida transcurría en el campo.
Su madre sin cultura, endurecida por el trabajo, aparentaba más edad, pero su bravo corazón con su sensibilidad casi adormecida, solo había palpitado veinte años. Un día, amaneció de modo intrascendente para algunos, sin embargo, Anita se encontró que su madre la llevaba de la mano por el camino de tierra. La conducía con firme determinación hacia donde el viejo y destartalado vehículo que llamaban ómnibus, paraba dos veces al día. Su manita, perdida en la de su madre, estaba fría y temblorosa, sin saber por qué.
Sus ojos castaños observaban la exuberante vegetación de los cultivos a ambos lados. Su mente ingenua no podía imaginar qué sucedería después.
Esperaron corto tiempo, cuando divisaron el transporte se dieron un beso y la pequeña abrazó a la madre con vehemencia, al parecer no correspondida.
Luego inició lo que sería su vida futura, totalmente desconocida para ella y ¡ay! ¡En qué medida diferente!
El roce áspero de la mano maternal en su pequeño rostro, a manera de caricia, quedaría en el olvido. En el camino desierto, la pobre mujer se sintió disminuida a la categoría de un ser desalmado, mientras la angustia inundaba sus ojos de lágrimas. Ya no le era posible contener más las emociones que había tratado de esconder hasta ese momento.
Dos señoritas que esperaban a la niña en la parada del siguiente pueblo, serían quienes en su casa familiar, darían acogida a la niña.
La señorita Dora era maestra y su natural inclinación a hacer el bien, era su principal virtud. Ella cuidó e hizo su vida aceptable. La crió en la disciplina del trabajo y la obediencia. Le enseñó a leer y escribir pero los juegos no formaron parte de su infancia. No sabemos si la criatura era capaz de imaginarlos siquiera. Lo peor sucedió cuando la buena señorita Dora llegó al fin de sus días en este mundo. La niña quedó a merced de la hermana, a quien a decir verdad, el .rencor y frustración de un amor no correspondido, habían endurecido el carácter. .Después de un tiempo, Anita ya no usó zapatos.
Sus pequeños pies permanecieron desnudos en todas las estaciones .
Nadie pareció darse cuenta que era necesario comprárselos. Ocurrió entonces que un importante funcionario judicial que vivía al lado y veía el sufrimiento de Anita, la aconsejó.
En ese tiempo, la niña tenía once años. Siguiendo sus indicaciones, ella se presentó ante un juez de menores.
La justicia dispuso que viviera en un hogar para huérfanos. No sabemos si su vida mejoró, pero por lo que cuentan de esa época, suponemos que no mucho.
Esa niñez carente, la marcaría para siempre y nunca tendría oportunidad de imponer su voluntad. Siempre sería objeto del capricho de los demás.
Tal vez nunca pudo ni tan solo vislumbrar cuán distinta pudo haber sido su existencia .
Logró, no sin penurias, formar una familia y se sintió amada por sus hijos.
Al llegar a la vejez, una de sus hijas cuidó de ella, invirtiendo los roles madre – hija. Entonces sí se sintió querida, mimada y su nobleza de alma, plena de profunda bondad, iluminó a los que la rodeaban.
Ninguno de los avatares pasados logró cambiar ese sentimiento en su yo íntimo.

(Segundo Premio en el 5º Concurso Internacional Planicie Costeira, Brasil, 2013).

 

*Tú…

Como una caricia
siento en mi piel,
tu mirada consciente.
Me alienta y me sostiene.
Es el faro que ilumina
el transitar por ésta,
mi vida.
Tu mirada serena
vigilando el sendero
me cuida y me conforta.
Nada más necesito,
para esperar paciente.

Extraño los silencios
compartidos, repletos
de palabras aún no dichas.
Pero siempre sabía
que aprobarías
lo que diría,
al minuto siguiente.

Extraño tu llamado
reiterado,
cuando no me veías.

Necesito llenar el silencio,
que tu voz ha dejado.
Entonces me sumerjo
en la búsqueda trivial
del eco del pasado.

El pasado se ha ido,
su voz es muy tenue,
no me basta el recuerdo,
cada vez más lejano.

*Los poetas

Madre,
¿dónde están
los poetas?
¿Están muertos?

Algunos escriben
columpiándose
en las nubes.
Otros, están aquí,
entre nosotros.

Pasean por los parques,
observan el mundo.
Sueñan en las plazas.
Duermen suspendidos
de sus quimeras,
que se elevan al cielo,
para estar más cerca
de las estrellas.

Adoran a la luna
y traducen en poesías
el trino de las aves.
Cantan a la vida
y a la muerte.

Si lo que dicen
es triste, lo embellecen,
y amas su tristeza.
Viven el amor,
sufren el desengaño.
Pero aún así,
enaltecen con sus palabras
los actos y sucesos
de la existencia.

Escuchan a las Musas
y transmiten a los mortales
el mensaje que reciben.

No, querido mío,
no todos los poetas
han dejado este mundo.
Si algunos ya no existen
viven en sus versos.