Hoy: un cuento de Noelí Belzarena Testa

Salteños que publican en el exterior.

Es nuestra intención ir mostrando en sucesivas ediciones algunos textos, de variado estilo y género (cuentos, ensayos, poemas) escritos por salteños y publicados últimamente en medios extranjeros. No son pocos los coterráneos que vienen publicando sus creaciones en revistas de otros países (tanto latinoamericanos como de Europa), en especial en formato digital. Y es buena cosa que EL PUEBLO pueda ser nexo para llegar a su lectura. Hoy compartimos el cuento titulado “¿Cómo atraparé el horizonte?”, de Noelí Belzarena Testa, recientemente publicado en www.amsterdamsur.nl
¿Cómo atraparé el horizonte?
El abuelo se paseaba nervioso por la orilla del océano. Era una hermosa tarde del fin del verano. De vez en cuando las espumosas olas le mojaban los pies calzados con sus viejas alpargatas. Eso no le importaba a él, ese contacto con el agua era más que conocido. Había nacido en ese lugar tan espectacular y apartado de la costa oceánica uruguaya. La arena, el mar, los lobos marinos, formaban parte de su hogar. Su medio de vida era la pesca, pero ya con sus setenta y seis años encima se le estaba haciendo difícil su trabajo. Pero como él decía: – Tengo el maravilloso paisaje que me acompañará hasta mi muerte. Le alcanzaba con disfrutar los amaneceres y atardeceres, las aves, el viento, los lobos marinos que se arrimaban amigablemente a la costa. Pero la ansiedad de ese día en particular se debía a que su nieto adolescente venía a pasar una semana de visita. Hubiera sido lindo, decía el abuelo, que la familia entera pudiera reunirse en la playa, pero esto era como esperar un milagro. Su hijo,- el padre del muchacho – se había ido muy joven del lugar, decía que era un sitio inhóspito y que acababa con las aspiraciones de cualquiera que quisiera progresar. Pero aún así pasaban unos pocos días del verano con el abuelo, sobre todo cuando la playa se llenaba de turistas y todo se volvía divertido y glamoroso. El abuelo se conformaba con las visitas que le hacían, para él era como recibir un regalo, sobre todo cuando venía Martín, su nieto. Es un joven tan inteligente, éste si que va a llegar lejos- decía el abuelo. Cuando el chico llegó encontró al anciano caminando lentamente hacia la cabaña. Se saludaron efusivamente, los ojos del abuelo se llenaron de lágrimas de emoción.
-Bueno, bueno…abuelo no te pongas así. Sabes que ahora que estoy grande ya puedo viajar solo y visitarte seguido.
-¡Que alegría tenerte acá! dijo el anciano, y aferrado fuertemente al brazo del muchacho entraron a la cabaña.
El abuelo ya tenía pronta la cena, prendió el viejo farol a kerosene que iluminó tenuemente la habitación multiuso como él la llamaba.
-Te arreglé la cama más confortable m’hijo.
-Pero abuelo no es necesario, yo puedo dormir bien en cualquier lado.
-No, dijo el abuelo sonriendo graciosamente- eres mi invitado de honor.
Comieron con apetito, pescado frito con papas, un clásico del abuelo. Luego Martín lavó los platos y se fueron a acostar. Martín se durmió pronto, arrullado por el agradable sonido que provenía del mar, lo sintió como una dulce canción de cuna. Al día siguiente lo despertó el aroma a pan recién horneado. Se incorporó en la cama para ver el mar desde la ventana. Y allí estaba, majestuoso y furioso.
– Hoy está picado dijo el abuelo asomándose con una bandeja que olía deliciosa.
-Humm… ¡que rico!, ¿Qué me trajiste?
-Lo de siempre, el pan casero que me sale muy bien, miel y una buena taza de café con leche.
-Gracias abuelo, ¿hoy vamos a pescar?
-No…, vamos a sentarnos afuera para charlar un rato; el océano está bravo.
Se sentaron en la hamaca de madera que el abuelo tenía en la galería de la cabaña, y Martín comenzó la charla.
-Abuelo, sabes que me gusta ir al liceo, papá dice que es el único medio de sobresalir en la vida. Yo no creo que sea tan así. Los profesores son buenos y nos ayudan con la tarea. La profesora de idioma español a veces nos ponía deberes donde debíamos forzar la imaginación y la lógica.
-Y… ¿Cómo es eso? dijo el abuelo.
-Verás un día nos puso una redacción cuyo título era ¿Cómo atrapar el horizonte?
-¿y? …. ¿tú qué escribiste?
-Busqué en el diccionario, y decía: “horizonte es la línea que aparentemente separa el cielo de la tierra, vista de cualquier ángulo esta línea aparece a la altura de los ojos del espectador”. Hice mi redacción, me ayudó papá, pero no quedé muy conforme. Pensé que cuando viniera a visitarte hablaríamos, porque tu eres muy observador y la naturaleza es parte de tu vida ¿no es así abuelo?
-La verdad m’hijo que yo te puedo dar opiniones simples porque como sabes nunca he salido de este lugar y mis conocimientos son muy escasos. Pero, te digo algo seguro, el horizonte no se puede atrapar. Más allá del horizonte que vemos hay otro y luego otro y así hasta el infinito, el horizonte es inalcanzable. Cuando estoy en el mar y lo miro, parece que él también me mira, es maravilloso, cada vez amo más la naturaleza. Esa línea azul que parecería que fuera el principio del infinito es misteriosa y cautivante, porque en el cielo y en la tierra no hay límites, éstos están en la mente de las personas.
Cuando el hombre se aparta de la naturaleza se queda sin horizontes para ver, porque en las ciudades el horizonte se pierde en el cemento. El hombre de ciudad ya no mira el cielo nocturno para ver las estrellas, no tiene el mar para verlo juntarse con el cielo todos los días.
-Es muy interesante tu pensamiento abuelo. Mi redacción no fue por ese lado. Escribí sobre la vida de las personas, que se puede llegar al horizonte que cada uno se haya marcado a través del estudio y la superación intelectual. Es un tema para reflexionar. Pero, ¡yo quiero atrapar un horizonte! La conversación quedó inconclusa. Se aproximaba el mediodía y se pusieron a cocinar. El nieto no se perdía los movimientos rápidos de las manos de su abuelo manipulando las verduras y limpiando el pescado. Siempre le decía que solo se saca del mar lo que se va a comer. Y, así pasaron los días entre la pesca, las recetas del abuelo y valiosas charlas sobre la naturaleza, y la vida que ambos tenían. Llegó el día de la partida y con mucha pena Martín se fue, no sin antes asegurarle al abuelo que en las próximas vacaciones estaría por allí nuevamente. Pasaron los años, con visitas cada vez más frecuentes de Martín. El abuelo envejecía y Martín terminaba su educación secundaria. Ese verano Martín vino con sus padres como todos los años. Cuando las vacaciones llegaron a su fin, Martín se lo dijo.
-Papá, tenemos que hablar.
-Si hijo, pero apúrate a arreglar tu equipaje.
-Pero…. lo que quiero decirte es que no me voy, me quedo con el abuelo, ¡por fin he podido atrapar el horizonte!







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