“Juan Carlos Onetti o la angustia existencial del Siglo XX”

Exclusivo para EL PUEBLO:

Este año se cumplen 100 años del nacimiento de Juan Carlos Onetti y 80 de su obra “El Pozo”. El periodista y escritor salteño (radicado en Carmelo) Daniel Abelenda Bonnet, con esa “excusa” de las fechas con “números redondos”, preparó un libro (ensayo) que aún no ha visto la luz, titulado “Juan Carlos Onetti o la angustia existencial del Siglo XX”. Quizás el libro, de 12 páginas, dividido en 6 partes con sus respectivos subtítulos pueda en algún momento ser publicado como tal. Sin embargo, Abelenda ha dado a EL PUEBLO, por considerarlo “un prestigioso medio del Uruguay” (como nos dice en una breve carta) la posibilidad de ir mostrando el trabajo en diferentes entregas. Con el agradecimiento al autor coterráneo, transcribimos hoy la primera parte.
1. HISTORIA DE DOS CIUDADES
“Escribe para los escolares de hoy, para los jóvenes de tu generación, y para los críticos de la próxima.” F. Scott Fitzgerald
Una colecta de sus compañeros del Semanario Marcha, donde Juan Carlos Onetti trabajaba desde mediados de 1939 como secretario de redacción, le permitió editar 500 –modestísimos- ejemplares de su primera nouvelle, en la imprenta “Signo” de su amigo el poeta Juan Cunha y Casto Canel, en la Ciudad Vieja de Montevideo. Corría diciembre de ese año, que también cerraba una década, marcada a nivel mundial por el ascenso de los fascismos europeos (Franco acababa de ganar la Guerra Civil Española, con ayuda de Hitler y Mussolini), y el advenimiento de dictaduras militares en América Latina, a las cuales el democrático Uruguay, se levantaba como una isla de libertad. Su capital, Montevideo, era entonces una ciudad de medio millón de habitantes, con una intensa vida intelectual y artística, aunque aún muy provinciana; sus escritores, por ejemplo, no lograban que sus obras trascendieran los límites de un país periférico. Algunos, como lo hará el joven Onetti en 1931, “cruzaban el charco” (Río de la Plata) para probar suerte en la metrópolis regional: Buenos Aires. Allí consiguió empleUn joven Onettio como cronista de cine en el diario Crítica, lo cual le permitió vincularse con el ambiente literario argentino y publicar sus primeros relatos. Así, en 1933, un cuento suyo “Avenida de Mayo – Diagonal Norte – Avenida de Mayo”, es seleccionado entre los diez mejores en un concurso organizado por el prestigioso diario La Prensa. El premio consistía en la publicación. También en esta primera etapa en Buenos Aires, Onetti escribirá “en un solo fin de semana y sufriendo una crisis de tabaco” (¡el gobierno militar argentino había prohibido la venta de cigarrillos y alcohol los fines de semana!) un relato en primera persona de sólo 32 páginas. Su narrador/protagonista lo definirá, con fina ironía, las “aventuras de Eladio Linacero”, un montevideano anónimo y mediocre, de 40 años, divorciado, y que acaba de perder su empleo en una imprenta. Lo llamará “El Pozo”.
No sabemos si Onetti consideró que este relato, o nouvelle, estaba incompleta y necesita una revisión, pero lo cierto es que en Buenos Aires no la publicará. La retomará varios años después, de regreso en Montevideo, y se decidirá a editarla en esa ciudad, en diciembre de 1939. Como fuere, no debió ser sencillo para un joven periodista que recién iniciaba un camino en el mundo literario de Buenos Aires, que una editorial le ofreciera un contrato de edición. Lo usual, en estos casos, es que el autor financie de su propio bolsillo la edición. Y la situación económica de Juan Carlos Onetti, no le permitía darse estos lujos. En efecto: con sólo 22 años, se había casado con su prima argentina María Amalia y la pareja había tenido un hijo, Jorge, nacido en 1931. Alquilaban un minúsculo apartamento, y subsistían con los artículos que él escribía sobre cine o literatura para los diarios o revistas bonaerenses, pero esto era algo puntual e incierto. Al no poder obtener un empleo estable, en 1934, Onetti decide retornar a Montevideo, mientras su esposa e hijo permanecen en Buenos Aires.
En la capital uruguaya, el aún desconocido escritor, deberá ganarse la vida en diversos oficios: dependiente en una barraca, portero de edificios, y hasta vendedor de boletos en el Estadio Centenario, donde palpó el fanatismo de sus compatriotas por el fútbol (“muchos se iban de la ventanilla sin esperar que les diera el vuelto por su entrada”). En esos años, vive modestamente en un apartamento alquilado; se ha divorciado de María Amalia y se ha casado con su hermana menor, María Julia Onetti. Sigue leyendo novelas en inglés o francés (crece su admiración por Faulkner y Céline) y escribiendo sus propios relatos, buscando hacer una “literatura uruguaya, hablar de nuestras cosas, con nuestro lenguaje”; sus personajes y tramas son netamente urbanas, y usa la primera persona, en lugar del narrador omnisciente en tercera. Esto va a contramano del Nativismo y el Criollismo, que dominaban la literatura uruguaya -y regional- desde los años 20. El tono del joven novelista será bastante sombrío y pesimista; gris, como los otoños e inviernos de Montevideo, la ciudad del viento triste. Esta filosofía también contrasta con los escritores de la generación anterior, llamada “del Centenario” (por los 100 años de la Jura de la Constitución del Uruguay, celebrados en 1930), que expresaban optimismo y fe en el progreso de la Humanidad y también del pequeño país modelo, que los gobiernos del P. Colorado y el Batllismo, había construido a imitación del Estado de Bienestar de Suiza y los países escandinavos.
Sin embargo, cuando el gran crack de la Bolsa de Nueva York (octubre 1929), comenzó a llegar a estas playas, y las empresas norteamericanas y sus subsidiarias locales cerraron, dejando miles de desocupados en la calle, aquel optimismo del Uruguay feliz, comenzó a desvanecerse rápidamente. Y el Arte, no fue ajeno a este estado de ánimo y espíritu de época. A mediados de los 30, el escepticismo cuando no el pesimismo liso y llano, campeaban en el Río de la Plata. Se puede ver, por ejemplo, en las letras de tango, con clásicos como “Cambalache” del gran compositor argentino Santos Discépolo, escrito en 1935: “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé; ahora, en el 530 y en el 2.000 también…”