La formación de un escritor

Diarios de Ricardo Piglia.

Ricardo Piglia comenzó a llevar un diario personal en 1957, cuando amenazado por la Revolución Libertadora que derrocó a Perón, su padre y su familia debieron abandonar Adrogué y radicarse en Mar del Plata. Desde entonces y hasta la actualidad ha sumado más de trescientos cuadernos de reflexiones, escenas de vida, episodios y notas de lectura que planea editar en tres tomos. El primero acaba de publicarse y abarca “los años de formación”, hasta 1967. Le seguirán “Los años felices”, desde 1968 a 1975, y “Un día en la vida”, que llega a la actualidad.
En un juego de espejos Piglia ha querido adjudicar sus diarios a Emilio Renzi, el personaje que acompañó su obra narrativa, también incorporar ensayos y relatos bosquejados en sus cuadernos, además de velar los límites entre realidad y ficción. Ajenos a la ortodoxia del género, los diarios de Emilio Renzi asumen la veracidad en el lenguaje de su comunicación, y si no todas las entradas deben leerse en un sentido literal, permiten encontrarse con las perplejidades de Piglia, con sus evasiones, las huellas de una ambición. La paradoja ha sido meditada: la realidad nunca es transparente y la experiencia biográfica, como la de las ficciones, está mediada por la lectura del pasado. El hombre que lee su pasado promedia los setenta años, padece una enfermedad neuromuscular y propone sus diarios personales como una nueva creación.
UN SECRETO FAMILIAR.
En el inicio y en las páginas finales del libro, Renzi le cuenta a un amigo sus intenciones, la forma en que ha trabajado para sobreponerse a la enfermedad y editar sus cuadernos, su extrañamiento frente a viejas anotaciones y hasta las dudas de poder cumplir con su plan. Entre los dos relatos, las entradas del diario con fechas estériles (“jueves 21″, “martes”, ocasionalmente alguna fecha completa) alternan los episodios de su juventud desde que tenía 16 años y retratos del entorno familiar con especial énfasis en la figura de la madre, y en la de su abuelo Emilio, un ex combatiente de la primera guerra mundial en el frente austríaco que, como un personaje de ficción, acompaña los tiempos del texto con una obsesión detrás de la que emerge, finalmente, un secreto familiar.
En esos diez años Piglia, o Renzi —el escritor tomó su segundo nombre y apellido para nombrar al personaje—, narra las primeras escenas de lectura, los amores, la frecuentación de los cines, las decisiones que lo llevaron a convertirse en escritor contra la voluntad del padre, que lo quería médico, y el inicio de un largo recorrido por pensiones de la ciudad de La Plata, donde fue a cursar la carrera de Historia y al poco tiempo ingresó como ayudante de cátedra. La vida de Piglia en La Plata, y luego en las piezas de Buenos Aires, acerca el clima estudiantil, intelectual y político de los años sesenta, todavía cerca del espíritu más o menos rústico de los inmigrantes y criollos que expresó con imaginativa fortuna el tango, pero entonces cruzado con las utopías revolucionarias de la política. Es el ambiente de sus clases en la universidad, de la vida errante de un escritor en ciernes acosado por la pobreza, su compromiso con una revista trotskista, con varias mujeres, la fraternidad de viejos y nuevos amigos, y su progresivo acercamiento a los escritores de su generación.
Las entradas del diario traen a Beatriz Guido, que amadrinó sus primeros pasos en las letras, a Miguel Briante, Haroldo Conti, Juan José Saer, Jorge di Paola, Germán Rozenmacher, León Rozitchner, Rodolfo Walsh, Piri Lugones, el editor Jorge Álvarez, que publicó su primer libro de cuentos, “La invasión”, y apostó por su futuro de escritor, a los hermanos Cedrón, con los que vivió en una pensión de la Boca.
En los diarios destaca un retrato de Ezequiel Martínez Estrada y un encuentro con Jorge Luis Borges, que por entonces ya expandía la influencia de su estilo sobre muchos escritores y de la que el joven Piglia intentaba escapar. Critica con dureza a los periodistas que llevaban adelante las páginas culturales de la revista Primera Plana, y el afán de originalidad lo induce a tomar distancia de la prosa morosa de los amigos que provenían del interior del país, como Saer, Conti y Briante. Piglia no oculta su vanidad ni las debilidades de su juventud, cuando la inseguridad lo llevaba a sobredimensionar sus logros y primeros reconocimientos.
(Publicado por el suplemento Cultural de El País)