La novela de Sendic

odos los personajes que cumplieron un rol destacado en la historia merecen una recreación de sus vidas a través de la ficción. La escasez de datos ha permitido que algunos fueran más conocidos por la ficción que por la historia, mientras otros tardan siglos o muchas décadas en alcanzar esa fase de la inmortalidad.
Pero el hecho termina por ser inevitable porque no basta con los estudios históricos o el mero testimonio. Además de interpretar sus vidas, también se siente necesidad de recrearlas, de repetirlas a través de la escritura y apropiarse de ellas con la imaginación.
Daniel Chavarría, escritor uruguayo residente en Cuba desde 1969, ha dado este paso con Raúl Sendic, fundador del sindicato UTAA y del movimiento tupamaro. Es posible también que lo haya dado aún a su pesar. Porque aunque Chavarría habla de “biografía” o de “sinopsis de vida”, lo suyo, en puridad, es una novela biográfica, un género de lejanos antecedentes que hoy parece estar en boga, más de una vez explorado por el propio Chavarría que en 2012 noveló su propia vida en Y el mundo sigue andando…
Según el narrador de Don Sendic de Chamangá, cuando aún no había terminado Secundaria en la ciudad de Trinidad, Sendic ya había elaborado una estrategia para su vida, un camino preciso a seguir. La incidencia que sobre el adolescente tiene el profesor de historia Attilio Grezzi lo llevará a soñar con completar la obra de Artigas. Lo fascina el Reglamento de Tierras de 1815, “punto de partida de su humanitarismo agrarista”, afirma Chavarría en el relato. Y añade: “Comenzaba a perfilarse el núcleo de lo que luego Raúl llamaría su Plan Grande”.
Pocos años después estará recorriendo el interior del país, fundando UTAA y moviéndose en la clandestinidad, intentando conmover a la sociedad al “quitar la tapa al frasco de la podredumbre imperante” y desbaratar “la estafa implícita en el mito de la Suiza de América”. Se alterna esa visión con los papeles o apuntes de un personaje secundario, Trilín, que cumplen la función de seguir los pasos del protagonista desde la proximidad cómplice y desde la inmediatez de los años 80.
Cada capítulo es presentado a través de titulares que pretenden dar real talla al líder cañero partiendo de la idea de que estamos ante el mayor Quijote creado por los orientales. Son titulares que parodian el estilo cervantino, con el mismo tono de exaltación, aunque con abuso de anacronismos. Así, siguiendo la crónica del moro Alí Berenjeno, Raúl Sendic pasa a ser don Sendic de Chamangá y de la Santísima Trinidad de los Porongos, “único caballero andante de nuestra nación”, fundador de la Cofradía de los Tumbamalos, entre los cuales se hallan don Tamberico de Sabalza y don Josefo Pépez de los Mujica de Indias.
El personaje y la historia
El primer riesgo que corre el lector es comparar al protagonista con el ser real Raúl Sendic. El segundo es pretender profundizar en una serie de ideas y prácticas que hicieron a la vida del líder tupamaro. En ambos casos el resultado puede ser decepcionante. La idealización y el mito le han jugado una mala pasada al autor y han conspirado contra el relato.
“La militancia en el Partido Socialista fue una decisión tomada en Porongos… Su Plan Grande la incluía como conditio sine qua non…”, puede leerse. Esta y otras muchas frases similares indican que se está ante alguien que actúa como un iluminado, que va siguiendo al pie de la letra un plan esbozado en todos sus pasos con gran antelación. Todo parece estar dicho desde el primer momento. El Sendic de Chavarría no precisa aprender sobre la marcha, no necesita verificar o rectificar rumbos. Tiene un camino infalible a seguir y le sobra valentía y coraje para llevarlo a cabo. No se evidencia en él ninguna lucha interior.
Por el contrario, se lo hincha de adjetivos, un procedimiento que revela la dificultad que existe para aprehender al personaje de carne y hueso. La simplificación se extiende peligrosamente al contexto histórico cuando leemos: “Tal como lo previó el vidente Raúl Sendic, superados los primeros enfrentamientos… solo quedaron para la gran final, el pueblo versus la dictadura. Los tupas por el pueblo; y por la dictadura, el ejército. Solo ellos y nadie más.”
La saga de los cañeros, con su peculiar lucha sindical y sus recordadas marchas a Montevideo, constituye, por su espesor y su correspondencia creativa entre imaginación y realidad, la parte mejor desarrollada del relato. Después el personaje va cediendo protagonismo y poco a poco se va fundiendo con el conjunto del movimiento tupamaro mientras la narración se esfuerza por novelar las acciones guerrilleras más importantes, con el mismo tono desacralizador con que fueron contadas desde un primer momento en las Actas tupamaras, un libro que escribió Fernando Rodríguez hacia 1970. Tras la detalladísima fuga de la cárcel de Punta Carretas, la biografía de Jorge Zabalza (Raúl Sendic, el tupamaro, 2009) se convierte en fuente principal al explorar los pormenores del malogrado Plan Tatú.
Las buenas intenciones
La amenidad -“la mayor amenidad posible”, como dice en el prólogo el autor- es lo más procurado en esta obra. Algo logrado para quien quiera situar esta historia en coordenadas intemporales, o despojada de algunos lastres de la realidad. Más allá de lo anterior, han primado las buenas intenciones que, como se sabe, nunca bastan por sí solas para escribir un buen libro.
Como novela biográfica se prefirió la semblanza y se desaprovechó pulsar al personaje en su complejidad histórica o arriesgar una interpretación más completa de su vida, fundamental esto último tratándose de alguien tan controvertido, tan admirado como rechazado, tan parcial como representativo, siempre en discusión.
“Creo que se ha hecho muy poca ficción sobre la dictadura”, dijo alguna vez el escritor Milton Fornaro. Quizá lo mismo podría decirse en torno al movimiento tupamaro y sus líderes. La distancia que otorga el tiempo es propicia para ello. A varias décadas de los sucesos, Daniel Chavarría ha apostado. Se animó a hacer lo que nadie había hecho y esa es su mayor virtud. Su novela es una aproximación desde el capricho y la fantasía. Se esperan otras mejores.
DON SENDIC
DE CHAMANGÁ, de Daniel Chavarría. Aguilar, 2013. Montevideo, 438 págs.

(Publicado por el Suplemento Cultural del diario El País. Alfredo Alzugarat)

Todos los personajes que cumplieron un rol destacado en la historia merecen una recreación de sus vidas a través de la ficción. La escasez de datos ha permitido que algunos fueran más conocidos por la ficción que por la historia, mientras otros tardan siglos o muchas décadas en alcanzar esa fase de la inmortalidad.

Pero el hecho termina por ser inevitable porque no basta con los estudios históricos o el mero testimonio. Además de interpretar sus vidas, también se siente necesidad de recrearlas, de repetirlas a través de la escritura y apropiarse de ellas con la imaginación.

Daniel Chavarría, escritor uruguayo residente en Cuba desde 1969, ha dado este paso con Raúl Sendic, fundador del sindicato UTAA y del movimiento tupamaro. Es posible también que lo haya dado aún a su pesar. Porque aunque Chavarría habla de “biografía” o de “sinopsis de vida”, lo suyo, en puridad, es una novela biográfica, un género de lejanos antecedentes que hoy parece estar en boga, más de una vez explorado por el propio Chavarría que en 2012 noveló su propia vida en Y el mundo sigue andando…

Según el narrador de Don Sendic de Chamangá, cuando aún no había terminado Secundaria en la ciudad de Trinidad, Sendic ya había elaborado una estrategia para su vida, un camino preciso a seguir. La incidencia que sobre el adolescente tiene el profesor de historia Attilio Grezzi lo llevará a soñar con completar la obra de Artigas. Lo fascina el Reglamento de Tierras de 1815, “punto de partida de su humanitarismo agrarista”, afirma Chavarría en el relato. Y añade: “Comenzaba a perfilarse el núcleo de lo que luego Raúl llamaría su Plan Grande”.

Pocos años después estará recorriendo el interior del país, fundando UTAA y moviéndose en la clandestinidad, intentando conmover a la sociedad al “quitar la tapa al frasco de la podredumbre imperante” y desbaratar “la estafa implícita en el mito de la Suiza de América”. Se alterna esa visión con los papeles o apuntes de un personaje secundario, Trilín, que cumplen la función de seguir los pasos del protagonista desde la proximidad cómplice y desde la inmediatez de los años 80.

Cada capítulo es presentado a través de titulares que pretenden dar real talla al líder cañero partiendo de la idea de que estamos ante el mayor Quijote creado por los orientales. Son titulares que parodian el estilo cervantino, con el mismo tono de exaltación, aunque con abuso de anacronismos. Así, siguiendo la crónica del moro Alí Berenjeno, Raúl Sendic pasa a ser don Sendic de Chamangá y de la Santísima Trinidad de los Porongos, “único caballero andante de nuestra nación”, fundador de la Cofradía de los Tumbamalos, entre los cuales se hallan don Tamberico de Sabalza y don Josefo Pépez de los Mujica de Indias.

El personaje y la historia

El primer riesgo que corre el lector es comparar al protagonista con el ser real Raúl Sendic. El segundo es pretender profundizar en una serie de ideas y prácticas que hicieron a la vida del líder tupamaro. En ambos casos el resultado puede ser decepcionante. La idealización y el mito le han jugado una mala pasada al autor y han conspirado contra el relato.

“La militancia en el Partido Socialista fue una decisión tomada en Porongos… Su Plan Grande la incluía como conditio sine qua non…”, puede leerse. Esta y otras muchas frases similares indican que se está ante alguien que actúa como un iluminado, que va siguiendo al pie de la letra un plan esbozado en todos sus pasos con gran antelación. Todo parece estar dicho desde el primer momento. El Sendic de Chavarría no precisa aprender sobre la marcha, no necesita verificar o rectificar rumbos. Tiene un camino infalible a seguir y le sobra valentía y coraje para llevarlo a cabo. No se evidencia en él ninguna lucha interior.

Por el contrario, se lo hincha de adjetivos, un procedimiento que revela la dificultad que existe para aprehender al personaje de carne y hueso. La simplificación se extiende peligrosamente al contexto histórico cuando leemos: “Tal como lo previó el vidente Raúl Sendic, superados los primeros enfrentamientos… solo quedaron para la gran final, el pueblo versus la dictadura. Los tupas por el pueblo; y por la dictadura, el ejército. Solo ellos y nadie más.”

La saga de los cañeros, con su peculiar lucha sindical y sus recordadas marchas a Montevideo, constituye, por su espesor y su correspondencia creativa entre imaginación y realidad, la parte mejor desarrollada del relato. Después el personaje va cediendo protagonismo y poco a poco se va fundiendo con el conjunto del movimiento tupamaro mientras la narración se esfuerza por novelar las acciones guerrilleras más importantes, con el mismo tono desacralizador con que fueron contadas desde un primer momento en las Actas tupamaras, un libro que escribió Fernando Rodríguez hacia 1970. Tras la detalladísima fuga de la cárcel de Punta Carretas, la biografía de Jorge Zabalza (Raúl Sendic, el tupamaro, 2009) se convierte en fuente principal al explorar los pormenores del malogrado Plan Tatú.

Las buenas intenciones

La amenidad -“la mayor amenidad posible”, como dice en el prólogo el autor- es lo más procurado en esta obra. Algo logrado para quien quiera situar esta historia en coordenadas intemporales, o despojada de algunos lastres de la realidad. Más allá de lo anterior, han primado las buenas intenciones que, como se sabe, nunca bastan por sí solas para escribir un buen libro.

Como novela biográfica se prefirió la semblanza y se desaprovechó pulsar al personaje en su complejidad histórica o arriesgar una interpretación más completa de su vida, fundamental esto último tratándose de alguien tan controvertido, tan admirado como rechazado, tan parcial como representativo, siempre en discusión.

“Creo que se ha hecho muy poca ficción sobre la dictadura”, dijo alguna vez el escritor Milton Fornaro. Quizá lo mismo podría decirse en torno al movimiento tupamaro y sus líderes. La distancia que otorga el tiempo es propicia para ello. A varias décadas de los sucesos, Daniel Chavarría ha apostado. Se animó a hacer lo que nadie había hecho y esa es su mayor virtud. Su novela es una aproximación desde el capricho y la fantasía. Se esperan otras mejores.

DON SENDIC

DE CHAMANGÁ, de Daniel Chavarría. Aguilar, 2013. Montevideo, 438 págs.