La película uruguaya «Hiroshima» fue presentada en Mar del Plata

Esta es una película sobre mi hermano Juan, alguien que habla muy poco y que además tiene su propios tiempos, vive desconectado de la realidad», dijo su director Stoll, en entrevista con ANSA.
En la primera escena, al amanecer, un joven sale de una panadería en la que trabaja y comienza a caminar por las calles de Montevideo mientras escucha música en su iPod. La cámara lo sigue de espaldas en un recorrido que dura casi cuatro minutos y es un anticipo de lo que vendrá: un viaje lento y silencioso en el que la música va trazando un croquis inesperado y bello, no exento de tensión, hacia Hiroshima, el punto emotivo exacto donde se espera una explosión nuclear.
El protagonista del filme evita encontrarse con su familia, es menos adicto al trabajo que a las siestas y a la música punk y sus vínculos con las personas están regidos por un dedicado maquinismo que lo emparenta con la abulia.
«La idea surgió hace unos seis años, cuando un día le pregunté a mi hermano qué hacia durante todo el día, ya que trabajaba de noche en una panadería y el resto de su día era un misterio para mí y mi familia», relató Stoll sobre la génesis de este filme, el primero sin la codirección de Juan Pablo Rebella, fallecido en 2006.
«Tomaba nota de todo lo que me decía, de cada una de sus acciones cotidianas», recordó el cineasta sobre el proceso de escritura del guión.
Stoll juega entre la ficción y la realidad para crear una biografía irónica de su hermano Juan, cuya más notoria característica es que le escapa a las palabras. En el mundo de este post adolescente de 25 años los adultos no tienen voz y la suya está reservada acaso para fines más sublimes.
La voz de esta película está protagonizada por el sonido ambiente y especialmente por la música: los diálogos, escuetos, aparecen a través de intertítulos como en el cine mudo.
«La idea surgió una noche que fuimos juntos a ver una banda de La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires, Ndr), que se llama «El mató a un policía motorizado». Me di cuenta de que estuvimos 7 horas sin hablar y aún así la pasamos genial. En ese momento me dije que la película tenía que ser muda, porque Juan no habla», explicó Stoll a ANSA.
Resulta una tentación inevitable leer en ese personaje insondable parte del proceso íntimo en el que Juan Pablo Rebella, quien fuera coequiper de Stoll en «25 Watts» (2001) y «Whisky» (2003), rumió la decisión de dejar este mundo.
«Algo de eso puede haber, aunque es inconsciente. Esta película es una biografía, pero de mi hermano. El homenaje a Rebella está en pequeños guiños de la película, en la visita a ciertos lugares y en la presencia de algunos amigos, como Manuel Nieto y Adrián Biniéz (directores de los filmes «La Perrera» y «Gigante» respectivamente, Ndr), que hacen un bolo», relató.
Filmar por primera vez sin Rebella, «fue raro», confesó Stoll.
«A nivel técnico, no tuve problemas pero como viaje personal fue muy fuerte. Hace poco más de un mes llevé la película al festival de Toronto y presentarla solo fue muy extraño, porque estábamos siempre juntos y teníamos un modo de trabajar muy simbiótico», expresó el realizador, que ya trabaja sobre «Tres», su próximo filme, basado en un guión escrito junto a Rebella.
Fue esta dupla la que a principios de la década actual le dio un nuevo aire al cine uruguayo que, según Stoll, «no existe».
«Está mejor que nunca, pero no existe el cine uruguayo», ya que hay muy pocas películas como para que se busquen puntos en común. En todo caso, hay muchos realizadores en el país que hacen cosas muy distintas y quizá lo mejor del cine uruguayo sea eso, la diversidad», sostuvo.
En el cine de Stoll sí hay un hilo conductor: el humor caústico, que despliega con maestría a través de personajes que suelen aceptar con hidalguía cierto destino de ridículo, que finalmente los hace adorables.
También, en la inserción de escenas casuales que se desarrollan en segundo plano, en un vértice de la pantalla y que minan a través del disparate cualquier incipiente tendencia al drama de los personajes centrales.
«Hiroshima» es, como dijo su director, un homenaje a Rebella en la presencia de ciertos paisajes y caras amigas y también en la música, porque varios temas de la potente banda sonora fueron escritos por aquél.
Pero es también un homenaje al cine, a todas aquellas películas que Stoll veía desde adolescente en la Cinemateca Uruguaya con su carné de estudiante: hay guiños al western y a los estadounidenses David Mammet y Hal Hartley.
Y a la música, que traza un mapa minucioso de los estados de ánimo del protagonista y parece conducir al espectador, a veces con inusitada calma y otras con vehemencia, hasta ese paraje íntimo e inmaterial donde se gestan los pensamientos.