La Poesía no se vende porque la Poesía no se vende

Hace pocos días, a propósito del “Premio Cervantes” (nada menos que el más importante en lengua española) obtenido por la uruguaya Ida Vitale, un medio capitalino comentaba algo así: “el Premio Cervantes a la uruguaya Ida Vitale disparó el número de personas que llegan a las librerías a preguntar por sus libros, pero no los compran cuando se enteran que son de poesía”.
Es que si estableciéramos un orden de venta en las librerías (dicho sea de paso, ya una especie en extinción), podemos decir que lo más vendido son los libros llamados “de autoayuda”, le siguen las novelas, algunos escalones más abajo los libros de cuentos y muchos, muchos escalones por debajo, los libros de poesía. Ida 2
Y si intentáramos buscar explicaciones a este fenómeno, sin pretender profundizar demasiado, podríamos hacer las siguientes conjeturas. En el caso de los libros de autoayuda, quizás se explique por la búsqueda en ellos de respuestas u orientaciones al generalizado desconcierto que reina en la vida de estos tiempos, es decir, a una necesidad más espiritual que intelectual. En cuanto a las novelas, estas permiten en general, ser leídas de a poco (unas páginas ahora, otras más tarde, otras mañana…) y entre lectura y lectura, uno puede distraerse, hacer otras cosas; hasta “tirado” en la playa, atendiendo al mismo tiempo la trama y el paisaje circundante, puede leerse una novela; algo similar se podría aplicar a los cuentos, aunque la condensación narrativa de ellos es mayor e implica por tanto más concentración, el lector tiene menos oportunidad de distraerse (con el facebook o el whatsapp, por ejemplo) pues tiene que estar listo para recibir el golpe final de un momento a otro, a menudo inesperadamente (en términos boxísticos, “la novela te gana por puntos y el cuento por knock out”, dijo sabiamente Cortázar).Ida 1
Pero vayamos al punto: ¿cuál es la posible explicación a que se vendan tan poco los libros de poesía? En primer lugar, se trata de una relación texto – receptor (poema – lector) que requiere intimidad, máxima concentración, un alto grado de razonamiento, sensibilidad y tiempo suficiente para dejar decantar cada idea leída, justamente, cosas que en estos tiempos el público está cada vez menos dispuesto a ofrecer.
Pero además, la poesía (la “buena” poesía deberíamos decir), cuando es auténtica, como lo es la de Ida Vitale, no se prostituye, no rebaja su precio a la necesidad de lo que la gente quiere que diga ni cae en hacer lo que la gente quiere que haga, es decir: que se permita ser leída atendiendo a su vez el celular o, directamente, que entregue todo su contenido ya digerido, sin exigir razonamiento alguno.
Hagamos una salvedad: la “poesía” (llamémosle así por generosidad) que sí se vende es la que dice lo que la gente quiere que se le diga, la que está llena de clichés, lugares comunes y sensiblería. En ese sentido (el de prostituirse o venderse al bajo precio de determinadas circunstancias) es que la auténtica poesía no se vende, no acepta semejante deshonestidad intelectual.
No, no acepta venderse así. Y es por eso que, ahora sí hablando económicamente, en el mercado de las librerías, la buena poesía no se vende.
La explicación, a nuestro entender, está en el título de esta nota: la poesía no se vende porque la Poesía (así, con mayúscula) no se vende. Un dato más y no menos importante: pese a este panorama, en Uruguay, lo que más se escribe hoy en día en el plano estrictamente de la Literatura, es poesía.