La polémica mujer de Solano López, el líder paraguayo, en carne y hueso

(Soledad Platero para el suplemento Cultural de El País)

Fue hacia el final, cuando ya todo hacía pensar que la guerra estaba perdida y el periplo detrás del mariscal era apenas la postergación de lo inexorable, que Elisa Lynch dio orden de enterrar el piano de cola. Lo había hecho cargar desde su casa en Asunción, para que sus hijos pudieran seguir practicando escalas mientras vivían en carpas o en ranchos de adobe, rodeados de soldaditos muertos de hambre y cadáveres que se hinchaban al sol.

Algún tiempo después, el 1º de marzo de 1870, su hombre, Francisco Solano López —al que llamaba Pancho en privado y Su Excelencia cuando lo mentaba en público— y el mayor de sus hijos, Panchito, caerían muertos por las fuerzas de los ejércitos aliados en Cerro Corá, al norte de Asunción. Ella logró salvar la vida milagrosamente, apelando a su incierta ciudadanía británica.

Fue hecha prisionera y se le anunció que sería trasladada a bordo del vapor Princesa a Río de Janeiro. Antes de partir pudo cavar, con sus propias manos, la tumba para los dos en esa misma tierra anegada de sangre. Dicen que luego de su partida todos los suelos del Paraguay fueron removidos en busca de sus tesoros, que la leyenda quería tan enterrados como el piano.

PRIMER MATRIMONIO

Elisa Alicia Lynch nació en Cork, Irlanda, en 1835. Tenía quince años cuando fue casada, por decisión de su madre, con el médico militar francés Xavier de Quatrefages, un hombre de casi cuarenta años, flaco y con un ojo atravesado por la marca —decían— de una herida de guerra. Se casaron el 3 de junio de 1850 en Folkstone, Inglaterra, porque Quatrefages dijo que el trámite sería más sencillo que en Francia. Asistió a la boda toda la familia de la novia, pero nadie de la familia del novio. Poco después se sabría que el doctor Quatrefages no había pedido permiso a las autoridades militares para contraer matrimonio, así que su estado civil debía ser mantenido en riguroso secreto en su país. Para la ley francesa, la boda nunca ocurrió. Lo paradójico es que ese primer matrimonio de legalidad dudosa la condenaría después a ser, también en el Paraguay, una consorte ilegítima, despreciada por las buenas señoras criollas.

EL GENERAL

Elisa Lynch y el entonces general Francisco Solano López se conocieron en 1854 en el Baile de las Tullerías, en París. Ella había regresado de Argelia hacía poco, luego de tres años de vivir con Quatrefages como una querida. Tenía pensado, a su regreso, transformarse en cocotte. Su matrimonio había sido un mal negocio del que no había sacado ni prestigio, ni respeto, ni fortuna, pero, si se apuraba, todavía tenía algunos años por delante para labrarse un futuro en el demi-monde, esa sociedad paralela que el París del Segundo Imperio no sólo toleraba, sino que celebraba. No tuvo necesidad de hacerlo. Cuando estaba lanzándose al vertiginoso mundo de las sofisticadas señoritas de compañía, un militar sudamericano con ambiciones de emperador puso los ojos en ella.

El general López no era un hombre especialmente apuesto, pero, fajado en su uniforme, tenía encanto. Y tenía, sobre todo, mucho dinero para gastar. Iniciaron rápidamente una relación. Ella lo guiaba en el desconocido ambiente parisino y él la llenaba de obsequios. Astuta, Elisa no demoró mucho en volverse su persona de confianza. Le señalaba posibles enemigos, le abría los ojos ante las zalamerías interesadas de sus allegados, desnudaba en cualquier parte la presencia larvada y oscura de la traición posible.

Ese mismo año quedó embarazada. En la decisión de seguir al general en su regreso a América debe haber pesado el hecho de que ser madre bajaría su valor en el demi-monde. Por hermosa que fuera —y era hermosa—, tener un hijo le complicaría la existencia de cocotte. Acompañar al general, en cambio, parecía una apuesta segura. Si lograba la anulación de su matrimonio con Quatrefages (válido aún para la ley británica) hasta podía aspirar a que Pancho la desposara. Sería la esposa legítima del futuro presidente de una nación joven y rica; algo así como la versión americana de la emperatriz Eugenia.

AMÉRICA

Para guardar las formas, el general y ella viajaron en buques separados. En Buenos Aires nació Panchito, el primer hijo de Elisa Lynch y Francisco Solano López. A comienzos de 1955, Elisa y su hijo desembarcarían en Asunción. La recepción en la capital paraguaya fue hostil. Las señoras de la sociedad asunceña toleraban concubinatos no bendecidos por el cura, pero no aceptaban a una extranjera de pelo rojo con un pasado de cocotte que, siendo casada, se había venido desde Europa como querida del hijo del presidente (aún gobernaba Carlos Antonio López).

Le cerraron todas las puertas. Sus invitaciones eran despreciadas, se le negaba el saludo en la calle y se le impedía asistir a los eventos públicos en los que estuvieran presentes la madre y las hermanas del general. Debió construir una vida social a la manera de París, y lo hizo. Logró imponerla a fuerza de importar muebles, ropa y objetos de primera calidad, organizar recepciones para extranjeros en su casa —construida según el ostentoso estilo europeo— y promover fiestas y homenajes. Su influencia creció cuando Pancho fue nombrado presidente.

En su casa se tramaban los negocios de éxito, y ella misma se fue enriqueciendo mediante la intervención, como socia, en todos los acuerdos. Compró tierras, obligó a los ricos a gastar en chucherías e impuso el culto del lujo y las diversiones mundanas. Para cuando estalló la guerra, Madame Lynch ya era una mujer poderosa con una inmensa fortuna personal, aunque las buenas señoras seguían despreciándola y Pancho, ya mariscal, seguía sin poder casarse con ella.

LA GUERRA

Elisa Lynch acompañó a Solano López durante todo el tiempo que él estuvo en el frente. Sabía que de esa lealtad dependía su lugar de privilegio, puesto que ni era la única amante de Pancho, ni la única que le había dado descendencia. Así que no titubeó en arrastrar a sus hijos a la guerra. Cargó en carromatos sus cosas de valor y avanzó junto con el ejército, entre balas y mosquitos, dando una mano como enfermera y manteniendo una delirante fantasía de paseo familiar mientras a su alrededor los soldados niños o adolescentes morían como moscas.

Se la acusa de haber sido desvergonzadamente codiciosa, de no haber hecho nada por salvar del cepo y el martirio a los cientos de acusados de traición que, diariamente, eran ajusticiados por orden del mariscal. Y fue codiciosa, sí, y tal vez haya llevado la prudencia al extremo de la mezquindad, pero su situación era, cuando menos, complicada. Salvo por el mariscal, estaba sola en el mundo. Su estatuto civil era incierto: no era la esposa legal de nadie, su nacionalidad no era clara, sus hijos no llevaban el apellido de su padre. Su fortuna, siendo cuantiosa, estaba en un país en guerra y sería, con seguridad, confiscada por el enemigo. Sólo le quedaba avanzar hacia delante, con la misma empecinada insanía con que su hombre remontaba la selva hasta dar con la bala que pusiera fin a la locura.

Madame Lynch murió de cáncer de estómago a los 51 años, en un modesto apartamento de París. Los intentos por recuperar sus bienes fueron infructuosos, y la vejez la encontró transformada en una señora regordeta que se hacía invitar a tomar el té y contaba su historia una y otra vez, aburriendo a los presentes. Fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise. En 1961 el dictador Alfredo Stroessner hizo traer sus restos al Paraguay y la declaró «la heroína más grande de América». Lo que queda de ella descansa en un panteón del cementerio de La Recoleta, ubicado en el barrio del mismo nombre en Asunción.

ue hacia el final, cuando ya todo hacía pensar que la guerra estaba perdida y el periplo detrás del mariscal era apenas la postergación de lo inexorable, que Elisa Lynch dio orden de enterrar el piano de cola. Lo había hecho cargar desde su casa en Asunción, para que sus hijos pudieran seguir practicando escalas mientras vivían en carpas o en ranchos de adobe, rodeados de soldaditos muertos de hambre y cadáveres que se hinchaban al sol.
Algún tiempo después, el 1º de marzo de 1870, su hombre, Francisco Solano López —al que llamaba Pancho en privado y Su Excelencia cuando lo mentaba en público— y el mayor de sus hijos, Panchito, caerían muertos por las fuerzas de los ejércitos aliados en Cerro Corá, al norte de Asunción. Ella logró salvar la vida milagrosamente, apelando a su incierta ciudadanía británica.
Fue hecha prisionera y se le anunció que sería trasladada a bordo del vapor Princesa a Río de Janeiro. Antes de partir pudo cavar, con sus propias manos, la tumba para los dos en esa misma tierra anegada de sangre. Dicen que luego de su partida todos los suelos del Paraguay fueron removidos en busca de sus tesoros, que la leyenda quería tan enterrados como el piano.
PRIMER MATRIMONIO
Elisa Alicia Lynch nació en Cork, Irlanda, en 1835. Tenía quince años cuando fue casada, por decisión de su madre, con el médico militar francés Xavier de Quatrefages, un hombre de casi cuarenta años, flaco y con un ojo atravesado por la marca —decían— de una herida de guerra. Se casaron el 3 de junio de 1850 en Folkstone, Inglaterra, porque Quatrefages dijo que el trámite sería más sencillo que en Francia. Asistió a la boda toda la familia de la novia, pero nadie de la familia del novio. Poco después se sabría que el doctor Quatrefages no había pedido permiso a las autoridades militares para contraer matrimonio, así que su estado civil debía ser mantenido en riguroso secreto en su país. Para la ley francesa, la boda nunca ocurrió. Lo paradójico es que ese primer matrimonio de legalidad dudosa la condenaría después a ser, también en el Paraguay, una consorte ilegítima, despreciada por las buenas señoras criollas.
EL GENERAL
Elisa Lynch y el entonces general Francisco Solano López se conocieron en 1854 en el Baile de las Tullerías, en París. Ella había regresado de Argelia hacía poco, luego de tres años de vivir con Quatrefages como una querida. Tenía pensado, a su regreso, transformarse en cocotte. Su matrimonio había sido un mal negocio del que no había sacado ni prestigio, ni respeto, ni fortuna, pero, si se apuraba, todavía tenía algunos años por delante para labrarse un futuro en el demi-monde, esa sociedad paralela que el París del Segundo Imperio no sólo toleraba, sino que celebraba. No tuvo necesidad de hacerlo. Cuando estaba lanzándose al vertiginoso mundo de las sofisticadas señoritas de compañía, un militar sudamericano con ambiciones de emperador puso los ojos en ella.
El general López no era un hombre especialmente apuesto, pero, fajado en su uniforme, tenía encanto. Y tenía, sobre todo, mucho dinero para gastar. Iniciaron rápidamente una relación. Ella lo guiaba en el desconocido ambiente parisino y él la llenaba de obsequios. Astuta, Elisa no demoró mucho en volverse su persona de confianza. Le señalaba posibles enemigos, le abría los ojos ante las zalamerías interesadas de sus allegados, desnudaba en cualquier parte la presencia larvada y oscura de la traición posible.
Ese mismo año quedó embarazada. En la decisión de seguir al general en su regreso a América debe haber pesado el hecho de que ser madre bajaría su valor en el demi-monde. Por hermosa que fuera —y era hermosa—, tener un hijo le complicaría la existencia de cocotte. Acompañar al general, en cambio, parecía una apuesta segura. Si lograba la anulación de su matrimonio con Quatrefages (válido aún para la ley británica) hasta podía aspirar a que Pancho la desposara. Sería la esposa legítima del futuro presidente de una nación joven y rica; algo así como la versión americana de la emperatriz Eugenia.
AMÉRICA
Para guardar las formas, el general y ella viajaron en buques separados. En Buenos Aires nació Panchito, el primer hijo de Elisa Lynch y Francisco Solano López. A comienzos de 1955, Elisa y su hijo desembarcarían en Asunción. La recepción en la capital paraguaya fue hostil. Las señoras de la sociedad asunceña toleraban concubinatos no bendecidos por el cura, pero no aceptaban a una extranjera de pelo rojo con un pasado de cocotte que, siendo casada, se había venido desde Europa como querida del hijo del presidente (aún gobernaba Carlos Antonio López).
Le cerraron todas las puertas. Sus invitaciones eran despreciadas, se le negaba el saludo en la calle y se le impedía asistir a los eventos públicos en los que estuvieran presentes la madre y las hermanas del general. Debió construir una vida social a la manera de París, y lo hizo. Logró imponerla a fuerza de importar muebles, ropa y objetos de primera calidad, organizar recepciones para extranjeros en su casa —construida según el ostentoso estilo europeo— y promover fiestas y homenajes. Su influencia creció cuando Pancho fue nombrado presidente.
En su casa se tramaban los negocios de éxito, y ella misma se fue enriqueciendo mediante la intervención, como socia, en todos los acuerdos. Compró tierras, obligó a los ricos a gastar en chucherías e impuso el culto del lujo y las diversiones mundanas. Para cuando estalló la guerra, Madame Lynch ya era una mujer poderosa con una inmensa fortuna personal, aunque las buenas señoras seguían despreciándola y Pancho, ya mariscal, seguía sin poder casarse con ella.
LA GUERRA
Elisa Lynch acompañó a Solano López durante todo el tiempo que él estuvo en el frente. Sabía que de esa lealtad dependía su lugar de privilegio, puesto que ni era la única amante de Pancho, ni la única que le había dado descendencia. Así que no titubeó en arrastrar a sus hijos a la guerra. Cargó en carromatos sus cosas de valor y avanzó junto con el ejército, entre balas y mosquitos, dando una mano como enfermera y manteniendo una delirante fantasía de paseo familiar mientras a su alrededor los soldados niños o adolescentes morían como moscas.
Se la acusa de haber sido desvergonzadamente codiciosa, de no haber hecho nada por salvar del cepo y el martirio a los cientos de acusados de traición que, diariamente, eran ajusticiados por orden del mariscal. Y fue codiciosa, sí, y tal vez haya llevado la prudencia al extremo de la mezquindad, pero su situación era, cuando menos, complicada. Salvo por el mariscal, estaba sola en el mundo. Su estatuto civil era incierto: no era la esposa legal de nadie, su nacionalidad no era clara, sus hijos no llevaban el apellido de su padre. Su fortuna, siendo cuantiosa, estaba en un país en guerra y sería, con seguridad, confiscada por el enemigo. Sólo le quedaba avanzar hacia delante, con la misma empecinada insanía con que su hombre remontaba la selva hasta dar con la bala que pusiera fin a la locura.
Madame Lynch murió de cáncer de estómago a los 51 años, en un modesto apartamento de París. Los intentos por recuperar sus bienes fueron infructuosos, y la vejez la encontró transformada en una señora regordeta que se hacía invitar a tomar el té y contaba su historia una y otra vez, aburriendo a los presentes. Fue enterrada en el cementerio de Père Lachaise. En 1961 el dictador Alfredo Stroessner hizo traer sus restos al Paraguay y la declaró «la heroína más grande de América». Lo que queda de ella descansa en un panteón del cementerio de La Recoleta, ubicado en el barrio del mismo nombre en Asunción.