“La vida es un tuya-mía constante”, producir y nunca dejar de explorar. Esa es su filosofía

Con Jorge “Flaco” Barral.

Con Jorge “Flaco” Barral nos conocimos virtualmente a fines del 2017, comienzos del 2018, durante la enfermedad de mi hermano Juan. En esas circunstancias, más allá del ídolo blusero de la adolescencia, el que integró los legendarios grupos uruguayos Opus Alfa y Días de Blues, me sorprendió este personaje peculiar, generoso y solidario. barralLas conversaciones que resultaron de ese encuentro no podían quedar durmiendo en el fondo de un celular. Las mismas se han intensificado a propósito de la publicación en Madrid del libro de Ana Hortelano y Miguel López, Música para vivirla… (Moratalaz Blues Factory, 2018). El libro dedica una sección al uruguayo Jorge Barral, focalizándose en el análisis de cada tema incluido en UyyyUyUy, su disco más reciente (2016), del cual López afirma que “aparenta ser ‘un disco sencillo’, como dice Flaco, pero ofrece una inusual riqueza de instrumentación y unos arreglos primorosos de músicos que denotan un desbordado amor por la música.”

En la presentación de Música para vivirla…, Barral hizo flipar (término recurrente en su discurso que él entiende como alguien que alucina ante algo sorprendente) al auditorio, con dos de los temas más populares de UyyyUyUy, “La casa de las matemáticas” y “Nos vamos al monte”, acompañado de su chaturangui, que describió como “un instrumento de la India, Calcuta.” A lo que agregó: “tiene veintidós cuerdas: dos para hacer ritmo; cinco para hacer melodías; tres que ellos utilizan de forma pedal —yo no las suelo utilizar así—, y doce cuerdas simpáticas, porque en la música de la India, que se utiliza mucho para hacer yoga y demás, sería imposible que hubiera notas antipáticas. [risas] Todo tiene que tener ese ah ah, om om, y estas notas lo tienen. Yo, realmente, con el cacharro éste estoy muy muy muy feliz. La única putada es que el libro de instrucciones tiene 2.854 páginas [risas]… no, no os riáis que encima vino en sánscrito… [risas], claro, es más difícil de aprender. Entonces toco de momento en una cuerda sola y con eso me alcanza…” [risas y aplausos].
Raros instrumentos.
—En la presentación del libro Música para vivirla…, encantaste a la audiencia con temas de tu último disco, UyyyUyUy. ¿Dónde salió este disco? ¿Incluye otros estilos además de blues?
—El disco se editó en Madrid bajo el sello Youkali Music, sello independiente que engloba a músicos de World Music, Jazz, Flamenco y discos híbridos como el mío, que no sabes dónde ubicarlo. Sí, no me encasillo dentro de un estilo y hay canciones que tienen un aire hinduista, o mezclas, como en el “Perro Flaco,” que es una especie de blues rollingstoniano con la base de rumba argelina.
—¿Y los instrumentos menos tradicionales?
—En cuanto a instrumentos menos tradicionales, está la Tambura. Suele tener tres o cuatro cuerdas que se pulsan “al aire,” es un continuo moscardón de fondo. También la Tabla, instrumento de percusión con una gran riqueza de sonidos y matices. Y el Bansuri, flauta traversa de bambú. Estos tres instrumentos son muy utilizados en las Ragas de la música de la India. La Darbuka, percusión árabe. La Chaparrasca, bueno, yo le llamo así, porque es una chapa y se rasca, pero realmente le llaman Washboard, muy utilizada en el Sydeco y Cajún. El Dobro, que es un poco más común ahora. También el Beatbox, sonidos de batería y onomatopéyicos con la voz.
—Hay varias colaboraciones.
—Sí, han colaborado veintiún músicos, todos compañeros que me pintaron de mil colores y sensaciones los temas. Contentísimo con todos, en un ambiente súper positivo.
—¿Cómo y dónde se hizo la grabación de UyyyUyUy ?
—Tengo un pequeño estudio en casa y aprendí teniendo estudios profesionales. El disco lo grabé en un noventa por ciento allí, entonces todos venían en plan de pasar el día. Para el próximo disco prefiero esperar a estar relajado como estuve en éste, y así pensar con tranquilidad los arreglos. Invitar a los amigos a participar, pero no con el tiempo estructurado; tomarnos un vinito, charlar y grabar… relax… Aparte, en septiembre saldrá un disco grabado en vivo en Madrid en 2015, con el grupo que conformo con Carlos Guerra, Raga&Blues.
—Las canciones de UyyyUyUy ya las tenías compuestas hace unos años, por lo menos algunas…
—Si, algunas las tenía ya compuestas, pero nunca habían sido grabadas en discos. Tengo otra tandita de viejos temas, que irán en el próximo disco, es una lástima dejarlas tiradas, ¡pobrecillas! Pertenecen a momentos de mi vida tan importantes como los de ahora.
—¿Cuánto hace que tocas el chaturangui y cómo entraste en contacto con este instrumento?
—Hace tres años (2015). Entré en contacto porque siempre me gustó la música de la India y en Uruguay acompañé a un sitarista. Afiné la guitarra parecida al sitar y se me voló el coco. Tengo más de diez mil temas hindúes, me pacifica. Me gusta la música de la India, pero su religión, no; no tengo religión definida.
—¿Has estado en la India?
—A la India no fui porque no me va el rollo de vida que tienen, la comida y no sé inglés… y no es broma. Así como tengo facilidad para la música, el dibujo, hacer los cartelitos, hacer todo el disco menos la portada, soy muy desastroso con los idiomas…
La música y la ciudad.
—En el caso de “Nos vamos al monte”, ¿tuviste alguna participación en la elaboración del video, teniendo en cuenta tus incursiones en otras artes?
—Sí, incluí alguna foto del refugio, pero es un flash, hay que poner atención para verlas. [risas] También grabé unas cuantas tomas, águilas, flores y naturaleza del entorno de los pueblos negros de Guadalajara. Pero el montaje está realizado en Montevideo, así que no podía estar allí dando la vara para pedir cosas. He querido dejar libertad a Guillermo Madeiro en el montaje, él también fue partícipe en el video del “Perro Flaco” y confío plenamente en su buen hacer.
—¿Pernoctaban en el “refugio de machos cabríos” que mencionas en este tema y que vemos en los videos?
—El refugio lo fuimos acondicionando para poder quedarnos. Se hicieron interiormente unas bancadas para poner pequeños colchones, ya que el suelo era de piedra y nada horizontal. Llevamos una cocina de leña y construimos una chimenea rústica. Y como bajaba un pequeño riachuelo, hicimos una huertita que no necesitaba atención diaria. Y por supuesto, unas plantitas de «María» (marihuana) en medio de la montañita, vamos, de auténtico vicio. También hay un pantano a un par de kilómetros… Esto fue por el setenta y siete, setenta y ocho, el refugio se lo dejaron a mi amigo arquitecto a cambio de la rehabilitación de unas casitas en el pueblo de Campillejo en la provincia de Guadalajara. Se fue viniendo abajo y hoy en día ya no existe. Luego, él terminó comprándose una finquita en el campo de Gibraltar. De vez en cuando voy a verlo porque él pasa de venir a Madrid.

(NOTA: Carmen Faccini es académica. Publicó en poesía Diario de viaje con un bávaro, Trilce, Montevideo, 2002. Suplemento Cultural de El País)







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