Legítimo orgullo para el Uruguay: Ida Vitale recibió el Premio Cervantes

El pasado martes Uruguay debió haber amanecido como en uno de esos días en que la gente madruga porque juega “la celeste”. Es que por segunda vez en la historia, un escritor uruguayo recibe el premio literario más importante que se otorga en lengua española, el Premio Cervantes, que algunos llaman el “Nobel de la Lengua Española”. Lo recibió la poeta Ida Vitale (antes, tan solo una vez un uruguayo en ese podio: Juan Carlos Onetti, en 1980). Incluso los uruguayos, como buena parte del mundo, tuvimos la oportunidad de ver por televisión, en vivo, el acto de premiación realizado en España en el que Ida (de intacta lucidez, a sus 95 años) ofreció un espléndido discurso. Antes, durante y después del acto, las redes sociales “explotaron” con mensajes alusivos al hecho, todos coincidentes en la felicidad y el orgullo que significa para el país. Una selección de esos mensajes, por escueta que sea, serRecibiendo el Premioía muy extensa de publicar en esta página, por eso optamos por compartir tan solo el de su hijo, Claudio Rama Vitale, en su cuenta de Facebook: “Mi madre, Ida Vitale, hoy en su día, recibiendo el Premio Cervantes, maravillada de ser reconocida y de una vida dedicada a este momento. Su sentido de la vida se ha alcanzado. No es poca cosa lograr los sueños y realizar los fantasmas que como a todos nos atraviesan. Salud!”. Y, por supuesto, vale la pena compartir algunos pasajes de su discurso:
“…Acepto que el azar o un orden regido por una mágica fusión de benévolos caprichos me han señalado, como en una época, aceptábamos algún suceso generoso, con alguien muy querido que ya no está a mi lado, suponiéndolo —así decíamos— manifestación de un eón bien dispuesto. Ahora seres benévolos y palpables movieron las piezas de un superior ajedrez, situándolas en posición favorable y acá estoy, agradecida, emocionada. Recuerdo mis inquietudes en un camino de montaña alto y estrecho por el que me llevaban en auto a una velocidad que pensaba inadecuada. No era un sueño. Esto, claro, tampoco lo es. Por eso mismo, prefiero ser consciente y agradecer, claro, en español, cosa que, además, es un valor añadido a la felicidad de este instante (…) Estos días, casual y repentinamente me tocó oír dos veces Pompa y circunstancia, pese a que Elgar no es un músico que integre mi parnaso musical establecido, frecuentado. También, ya de regreso definitivo a Montevideo, ordenando y reordenando la biblioteca, no dejé de detenerme en la sección cervantina, en las diversas ediciones repetidas de don Quijote, conservadas por distintos motivos todas, cuando las reiteraciones de otros autores suelen ser rápidamente corregidas, siempre en busca del espacio que tanta falta me hace (…) Los libros que integraron una biblioteca “mía”, forrada y presuntuosamente numerada, eran libros para niños, algunos pronto relegados. En virtud de un proyecto claramente pedagógico, me correspondía limpiar un pequeño librero abierto del escritorio los sábados por la mañana. Mucho de su contenido no estaba en español. Sobre la casa planeaba, no diré la sombra sino la luz de mi abuelo italiano, abogado y culto, que en su viaje desde el Palermo natal hasta el Uruguay había sido acompañado por Homero, en edición bilingüe grecolatina, junto con el espíritu garibaldino que un día yo sentiría presente en la familia, constituyéndose en un héroe casi doméstico. Es, pues, normal que entre mis primeros embelesos en el campo de los libros adultos aparezca Ariosto —cuando ya la imborrable profesora de italiano, me hubiese permitido tantear, por mi cuenta, con abuso del diccionario, sus fantasías gratísimas. Le donne, il cavalier, l’armi, l’amore formaban, ese escenario, para mí novedoso, donde encontraría anillos con poderes, caballos alados, magas que evocan las sombras de futuros descendientes de Bradamante, aquí el hipogrifo, más allá una sirena, luego un mirto que habla y es en realidad Astolfo, paladín de Francia convertido en planta. En fin, que este mundo de transformaciones que a cada paso surgen, irreales, me encanta pero no me prepara ni siquiera para la Galatea. Mi devoción cervantina carece de todo misterio. Mis lecturas del Quijote, con excepción de la determinada por los programas del liceo, fueron libres y tardías. En realidad, supe de él por una gran pileta que, sin duda regalo de España, lucía en el primer patio de mi escuela. Allí nos amontonábamos en el recreo en busca de agua, y día tras día, me familiarizaba con las relucientes baldositas que contaban, sobre inolvidables cielos azules, la policroma historia que, según supe luego, era la de aquellos desparejos jinetes. No faltan claro, los molinos, los muchos episodios en que don Quijote terminaba por los suelos. Ya adolescente, me regalarían el volumen ilustrado y muy cuidado, que todavía prefiero a la menos infantil edición de Clásicos Castellanos, cuyos ocho volúmenes son menos traslaticios.
El ambular del Quijote lleva consigo la convicción de que hay un mago enemigo que transforma “a la sin par Dulcinea en una aldeana fea y olorosa”, y está detrás de los numerosos percances que sus obsesiones le deparan al pobre don Quijote…”.