Los destacados arquitectos pensaron edificios en términos ciudadanos y construyeron democracia

La ciudad de Arbeleche y Canale

La obra de los arquitectos Beltrán Arbeleche y Miguel Ángel Canale hizo ciudad, y definió aspectos clave de la identidad urbana uruguaya de forma duradera. En Montevideo, en Salto, Paysandú o Fray Bentos. Pero pocos lo saben. Si bien en su momento fueron alabados por sus colegas arquitectos, la ciudadanía en general vio y sigue viendo sus edificios sin mayor entusiasmo. Para peor, la crítica y la historiografía los vinculó durante un tiempo —y de forma vaga— con la arquitectura fascista de Italia o Alemania.
El edificio del Banco de Seguros del Estado y otros de la Avenida Agraciada de Montevideo, por ejemplo, no yacen como vetustos mastodontes. Están impecables y representan algo fuerte, expresan con dignidad cómo eran y cómo se vieron a sí mismos los uruguayos como comunidad, cómo percibían a su Estado en la década del 30 y 40, y cómo querían que se los percibiera a futuro. «La Caja» de Jubilaciones en Colonia y Fernández Crespo es un claro ejemplo de lo que el Estado quería: un edificio moderno, funcional y luminoso. El hall de entrada, apenas separado de la calle por una fachada diáfana, actúa como plaza interior. La ciudadanía, entonces, se apropió del edificio. Los jubilados hicieron de «la Caja» punto de reunión y de encuentro. Se iba «a la Caja». El vínculo simbólico entre el Estado y los individuos a quienes debía procurar la felicidad se instaló fuerte, en sintonía con el espíritu democrático. El Gran Hotel Salto, a su vez, construido con intensa modernidad junto a un icono religioso del siglo XIX, la Catedral salteña de San Juan Bautista, hizo estallar las emociones en el litoral. El escritor Enrique Amorim gritó en nombre de la tradición vejada, violada por ese edificio austero y de líneas rectas, sin ornamentos, que mancillaba a la noble iglesia y cambiaba su ciudad para siempre.
La obra de estos dos arquitectos nació en un contexto que hoy, visto en perspectiva, parece estallar en significados, por la forma en que se la soslayó o miró de reojo, y por la potencia con que aparecen hoy en la trama urbana. Eso es lo que ha recuperado el Instituto de Historia de la Arquitectura (IHA) de la Facultad de Arquitectura (UdelaR) con el minucioso catálogo dedicado a ambos arquitectos, acompañado por una exposición que estuvo en el Museo de Artes Visuales y seguirá itinerante. El equipo de trabajo estuvo integrado por Sabina Arigón, Laura Cesio, Daniela Fernández, Leonardo Gómez y Christian Kutscher.
GRANDES AVENIDAS.
Los uruguayos de fines del siglo XIX y principios del XX despertaron como nación moderna con una marcada homogeneidad social, sentido de comunidad, respeto por la ley y, sobre todo, autonomía política. Querían mostrar esa identidad y que se los reconociera fuera de fronteras, tal como había ocurrido hacía más de dos mil años con las ciudades de la antigua Grecia, las polis griegas. Los montevideanos se miraron entre sí y observaron las casas y las calles en que vivían, y sintieron que esa ciudad aún no los reflejaba. La capital provinciana no tenía grandes vías para el tránsito, ni edificios monumentales, ni enormes parques ciudadanos. El Estado uruguayo, emanado del más grande acuerdo político que toda comunidad puede llegar a imaginar, tenía pocos edificios que lo representaran, que mostraran su poder, que reflejaran sus valores.
Además de polis griega Montevideo quiso ser París. Miró las reformas parisinas del barón Haussmann, las amplias avenidas o bulevares, los monumentos, la ciudad que se abría al Estado moderno y partía al medio barrios enteros. Como reflejo cobraron vuelo en Montevideo las propuestas del arquitecto Norberto Maillart (1887) y los Concursos de Avenidas, ambos frustrados. En 1911 el gobierno decide replantear estas propuestas, proponiendo un Concurso Internacional de Proyectos para el Trazado General de Avenidas y Ubicación de Edificios Públicos en Montevideo. En esa época también se instala la idea, muy firme en el pensamiento urbanístico de la época, de la Ciudad Jardín, basada en concepciones relativas a la higiene ambiental y al contacto con la naturaleza. La concepción reguladora, pues, se afianzaba, y alcanzaba a ciudades como Mercedes, Salto o Paysandú.
Con el concurso del Palacio Legislativo de 1904 y su posterior construcción la ciudad pasaba a tener un edificio monumental que reflejaba uno de los poderes del Estado, pero no tenía grandes avenidas que lo conectaran. El Plan Fabini, de 1928, subsanó esa carencia. Fue un plan donde «la cruda y notoria intención especulativa ha sido sustituida por la acción directa del Estado en la solución de los problemas urbanísticos de la ciudad de Montevideo» explican Baracchini y Altezor en el libro Historia urbanística de la ciudad de Montevideo. La Asamblea Representativa de Montevideo aprobó el trazado definitivo de la Avenida Agraciada que nacía en el Palacio Legislativo y finalizaba en la Avenida 18 de julio, con un generoso ancho de 40 metros. La nueva arteria, lejos de parecer anodina, no solo jerarquizaba al edificio público más imponente, el Palacio Legislativo. Para quienes venían de la Avenida 18 de julio bajando de la cuchilla hacia un llano para luego volver a subir, dicha arteria era una promesa de espacios, espectacularidad, tenía hambre de monumentalidad.
La comunidad convocó a sus mejores arquitectos y los puso a concursar. Una dupla de jóvenes, Beltrán Arbeleche (1902-1989) y Miguel Ángel Canale (1902-1971), comenzó a ganar los concursos. El «puntapié» inicial fue cuando ganaron el concurso de la Bolsa de Valores en 1936. Esa dupla entendió que los edificios debían trasmitir valores, ser dignos representantes de la cosa pública, y tomó por asalto la Avenida Agraciada. Así concretaron edificios hoy emblemáticos como el del Banco de Seguros del Estado, el Centro Militar, el Edificio 14 de mayo o el Edificio Agraciada. Obras que están allí, intactas, a pesar de sus ocho décadas de existencia.
GIGANTE, PERO NO.
Aún así, estos edificios de la Avenida Agraciada plantean una serie de cuestiones que el ciudadano de a pie, el que hoy camina por esa avenida y eleva un poco la mirada, comenzará a percibir con cierta inquietud. Le sucederá también con otros edificios estatales emblemáticos de la dupla Arbeleche-Canale como el de la Administración Nacional de Puertos o «la Caja».
El problema es la monumentalidad. Al parecer las democracias no deberían tener edificios gigantescos que las representen. La democracia, según sus preceptos básicos, debe poner toda su energía en la realización del individuo, del ciudadano, para que conquiste la plena felicidad. Los edificios monumentales, por oposición, no estarían vinculados a esos valores pues siempre se los ha asociado a los sistemas totalitarios o fascistas: en su gigantismo buscan borrar al individuo y jerarquizar valores absolutos, léase patria, nación, bandera o líder. «La misma idea de que un Estado democrático puede representarse a sí mismo con esquemas monumentales parece plantear una contradicción de términos» señala el teórico de la arquitectura Wolfgang Sonne en su libro Representing the State (Prestel, 2003).
Arbeleche y Canale lo intuyeron cada vez que debieron insertar una obra de semejantes características en la trama urbana. El edificio del Banco de Seguros (obra de Arbeleche e I. Dighiero, de 1940), se juega el todo a la puerta para desarmar la aparente contradicción entre gigantismo e interés ciudadano individual. Un rapto de ego por parte de Arbeleche habría colocado la monumental puerta sobre la Avenida Agraciada. Lo grande junto a lo amplio y espacioso, esa avenida de 40 metros de ancho y enormes veredas, para que se potencien juntas y ganen en espectacularidad. Sin embargo dijo no. Se puso al nivel del individuo de a pie, el que baja caminando desde la Avenida 18 de julio, y le colocó la puerta en la esquina de la calle Río Negro y Avenida Agraciada.
Es lo primero que ve, antes incluso que el volumen monumental del edificio. Se reduce entonces su impacto visual.
Las líneas rectas del edificio fugan desde esa esquina de manera calma, sin estridencias, y acompañan la avenida que sigue en bajada.
(EL PAIS CULTURAL)







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