“Maestro para siempre”: falleció el artista Jorge Damiani

No queremos dejar pasar más días para hacer referencia a un notable pintor fallecido el pasado lunes 17. Poco trascendió la noticia, algo extraño tratándose de uno de los mayores plásticos del país, además de maestro de algunos de los más destacados pintores más jóvenes. Como recuerdo y homenaje, transcribimos palabras del ex Presidente Julio Ma. Sanguinetti, que bajo el título “Maestro para siempre” escribió: Falleció Jorge Damiani, un exponente de lo mejor del arte pictórico nacional, capaz de transmitir vivencias a un tiempo melancólicas e intensas, desafiando el efectismo de estos tiempos de vulgarización. En 1957, en la Bienal de San Pablo, Alfredo H. Barr, el legendario director fundador del MOMA, figura mayor en la difusión de las nuevas dimensiones del arte, compró para el museo la obra “Agonía”, de Jorge Damiani. Es un gigantesco Cristo yacente, en escorzo como lo pintó Andrea Mantegna 500 años antes, pero ahora corporizado geométricamente y con la figura de una madre adolorida en un imponente primer plano. Más allá de cualquiera de los otros grandes premios que recibió en su vida, ese juicio del crítico más relevante de su tiempo, establece la dimensión cualitativa de la obra de este artista nuestro que falleció hace dos domingos, en Montevideo, a los 85 años. La obra de Jorge Damiani llena un espacio temporal de un largo medio siglo, con un trabajo paciente, meditado, que no se ató nunca a modas y buscó sus propios caminos, con una personalidad claramente definida en torno a dos ejes: su visión metafísica de la realidad, de la que nunca se apartó, aún en su momento abstracto, y su devoción a la calidad de la factura, al ejercicio clásico del “mestiere”, al que nunca los verdaderos grandes han renunciado, desde Rafael hasta Bacon, desde Durero hasta Matisse. Jorge falleció en días en que estábamos en Santander, en la Universidad Menéndez y Pelayo, compartiendo jornadas de reflexión -entre otros- con Eduardo Arroyo, uno de los mayores artistas europeos de nuestro tiempo. Eduardo, revolucionario constante, artista pop a pesar suyo, ha vivido jugando con la historia y la tradición. Evocando a Walter Benjamin decía que “la obra de arte es por esencia antihistórica. El artista depende de él solo. Él no promete nada a los siglos que vendrán, más que sus propias obras”. A pocos les cabe ese pensamiento como a nuestro Damiani, intemporal, siempre algo melancólico, con obras que piensan y hacen pensar, desde una actitud de nobleza y dignidad ante el arte. Subrayo este concepto cuando hoy, en el mundo entero, galerías y museos se inundan de demagogia, de efectismos superficiales, que dificultan encontrar a los verdaderos creadores que felizmente sigue dando la humanidad. Recibió en momentos diversos el impacto de Portinari, de las vanguardias neoyorkinas de los años 50, de los italianos metafísicos, del informalismo, del propio constructivismo torresgarciano al que nunca adhirió pero del que absorbió su orden geométrico. No obstante, nunca dejó de ser él mismo, porque jamás corrió noveleramente detrás de ninguno de ellos. Asimilaba conceptos y los iba reelaborando a su modo, siempre clásico, invariablemente meditativo, aunque se hundiera en sueños imaginarios o en abstracciones que, ordenadas a su modo, no llegaban a caer en la anarquía informalista. Su obra fue y vino en cuanto a temas. Su “realismo metafísico”, como lo caracteriza Kalenberg, está siempre presente. Sus estancias, en apariencia estáticas, difunden una extraña sensación de misterio. Sus compartimentados transitan entre el paisaje, el objeto cotidiano, hasta la rusticidad de una osamenta en el campo y una mirada nostálgica que nos lleva al mar y al buque, a veces llegando, en ocasiones alejándose. Son vivencias sentidas solitariamente y transmitidas desde una perspectiva penetrante. El trabajo de la materia misma, más allá de la tela y la pintura, también le motivó. Sus collages, sus bajorrelieves, sus pirograbados, procuraban otras formas expresivas, más sintéticas, en ocasiones pesadamente rústicas, para buscar esencias y alejarse de cualquier adorno. En la propia pintura, el momento abstracto también le llevó a la textura fuerte, pero en lo personal -admirador de todo este vasto universo- me refugio sin embargo en sus pequeños bocetos, a tinta o a lápiz, en que está la matriz de su pensamiento, de su mirada, de ese ahondar, metamorfosis de lo superficialmente visible. Compartimos muchas charlas y proyectos. Le pedimos que pintara a los reyes de España, Juan Carlos I y doña Sofía, y produjo algo más que un retrato. Lo dejó prendado a Mitterrand con un paisaje que en su visita de Estado le regalamos y que, poco después, estaba a sus espaldas en una célebre conferencia de prensa que ofreció desde su escritorio privado. Nació en Italia, en medio del arte, y vivió entre nosotros, también adentro de él. Aquel mundo de la lírica italiana, del refinamiento del canto, de las academias, de acompañar a su padre, definió su personalidad. Tan ordenado como su obra era su taller. Tan refinado como su arte era su modo de vivir. Elegante, sencillamente elegante sin proponérselo, escondía, detrás de una cierta timidez, la riqueza de un espíritu que siempre miraba el más allá. Marido amoroso, encontró en Matilde la fortaleza de ánimo, que en ocasiones a él le flaqueaba en ese meditar constante de su vida. Se nos va ese personaje. Ese espíritu selecto, que rechinaba con la “vulgarización regresiva” que en su tiempo condenaba Rodó y hoy retorna a nuestro tiempo histórico como una avalancha. Sin embargo, allí está su obra, que no acepta el paso de la historia. Que en su clasicismo intemporal nos seguirá desafiando, sugiriendo, haciéndonos mirar hacia adentro. Así continuaremos junto a él, nosotros y los que vendrán, conversando…”.







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