María del Rosario Dubarry Bernhardt, a veces le pide permiso a la pluma para expresar lo que siente

Rosario Dubarry, la salteña que hoy ocupa esta página, se define a sí misma “simplemente como madre y abuela, y como una mujer solidaria y soñadora”. CULTURA. Rosario Dubarry Incansable luchadora por su barrio Talleres Norte y por los reclamos de los “Jubilados Independientes”, en cuanto a la tarea de hacer literatura, dice Rosario: “le pido permiso a la pluma para escribir lo que siento, uno escribe lo que siente y sin esperar que a todos les guste”. Integra el grupo “Escritores Salteños 2000” y una vez fue premiada en un concurso en Trinidad.

“Mi abuelo y yo”, el cuento que hoy comparte con los lectores de EL PUEBLO, participó del concurso de cuentos y poesías de AJUPENSAL en ocasión de celebrarse los 70 años de la institución.

MI ABUELO Y YO
¡¡Father!! Así lo llamaban sus nietos. Era alemán, gringo fuerte, alto, de mirada azul, me daba una sensación de tristeza, como ausente, sus manos huesudas juntas, entrelazadas en un abrazo como queriendo retener recuerdos. Una tarde de domingo fue a visitarnos a nuestra casita, en campaña, mi madre hizo Riwwel Kucher, su torta favorita, con crema doble. Sentados bajo la parra rodeados de naranjos, en familia, tomamos mate. En un momento, quedé a solas con él, le pregunté qué era lo que hacía reflejar esa amargura en sus hermosas pupilas. Se ahuecó en el sillón de mimbre de mi madre, arropó su pipa con tabaco, me miró dulcemente y como en secreto me contó su historia.
Mi familia se componía de ocho personas, mis padres, mis cuatro hermanos mayores y los mellizos de nueve meses, yo era uno de ellos. Huyendo de la guerra nos vinimos en barco para Argentina, nos llevó tres largos meses esa travesía, antes todo era muy difícil, nada lindo de contar, de esa odisea, sólo recuerdo que nos manteníamos siempre juntos, se sufría mucho para sobrevivir. Al llegar desembarcamos y nos fuimos a una fonda, cerca del puerto. A los pocos días mi mellizo enferma de congestión, alguien lo lleva con mi madre a un hospital ya que ella no sabía el castellano. Lo internan en terapia intensiva, como se dice ahora. .Mamá iba todos los días a darle el pecho y volvía ya que también yo necesitaba de él. Una mañana va temprano como siempre y vuelve en un llanto cerrado, le habían notificado que su hijo había fallecido. Todos comenzamos a llorar sin entender nada, mi padre le preguntó por el cuerpo del bebé, ella respondió que no entendió lo que el doctor le dijo en el hospital. Mi padre se va con un amigo argentino ya que tampoco él sabía hablar el español, para saber que pasó. En la entrada del hospital le responden sin muchas explicaciones que cuando mueren bebés de hijos extranjeros sin documentación ellos se encargan rápido de la sepultura. Pasaron los días, creo que, los más tristes de nuestra llegada. Gracias a Dios que enseguida le consiguen a papá, trabajo en una estancia de Paraná, Entre Ríos, como entendía de motores, máquinas de esquilar, y de tractores, lo nombraron capataz, y mi madre cocinera de los peones. Pasaban los días, los años, fuimos a la escuela y no puedo quejarme, tuve una niñez llena de afectos, humildes sí, pero nunca pasamos hambre. Recuerdo que siempre que mi madre me tomaba en sus brazos, me besaba y me decía casi en silencio… yo sé que tu hermano está vivo. Una tarde estaban los peones tomando mate cocido, uno de ellos abre una hoja de un diario arrugado y grita: ¡María! (así se llamaba mi madre) y le dice: ¡Mira mujer, es la foto de tu hijo! (todos sabían de su pérdida y de su búsqueda). No podíamos creer, alguien lee en voz fuerte un recuadro chico en la esquina de la hoja donde rezaba: ”Santiago Bernhardt, joven de 18 años radicado en el Chaco, Provincia Argentina, busca a su familia”. Fue todo una sola idea, hicieron una colecta, averiguaron qué día salía el tren para el Chaco y le regalaron un pasaje de ida y vuelta para que intentara reencontrarse con su hijo. Y partió, con una valija de sueños, de ilusiones, desbordado el corazón de tanto llanto, ese corazón que siempre le dijo que su hijo no estaba muerto. Vimos el cielo de sus ojos brillar feliz mientras el tren comenzaba su marcha. Pasamos cuatro largos días con una incertidumbre que nos hacía doler el estómago, hasta que llegó el día del regreso. Papá nos hizo bañar, ponernos prolijos y fuimos a la vieja estación. Todas las alegrías, las fantasías, los proyectos, las palabras de reencuentro que nos hicimos se opacaron cuando vimos del vagón descender a nuestra madre sola, con su valija vacía. Nos hizo sentar en un banco y narró su búsqueda. – Caminé, caminé por cuantas calles encontré en el pueblito chaqueño mostrando la vieja página del diario, entré en cuantas posadas vi con mi castellano a medias, unos me entendían, otros no. Nadie lo había visto por esos parajes, nadie sabía nada de Santiago Bernhardt, nadie supo decirme nada de mi hijo. Pero lo vi. Lo vi parado en una estación que pasamos… grité…grité que pararan el coche y nadie me entendió, quise apretarlo entre mi corazón, decirle que yo era su mamá, la mamá que siempre supo que él estaba vivo, que se lo habían quitado en el hospital y no pude…, decía mientras el llanto cada vez la ahogaba más. Papá nos cobijó a todos y como si regresáramos de un entierro entramos a nuestra casa. La vi envejecer demasiado rápido, apagarse la luz de sus ojos, su risa ya no fue más su risa. Cuando me hice hombre grande, viajé al Chaco, hice un rastrillaje en toda la zona, hasta el cementerio fui buscando a mi querido hermano mellizo, quería devolverle la sonrisa a mi viejita, quería cerrar esa herida que la sangró toda su existencia pero Dios, la vida y el destino no estuvieron de mi lado.
La tarde ya se dormía debajo del parral, mi abuelo tiró el tabaco de su pipa, quiso regalarme una sonrisa, lo intentó, pero no pudo, se puso de pie, se despidió de todos, a mí me abrazó muy fuerte y en ese abrazo supe que jamás volvería a contar esa historia. Su historia.