Marosa y Víctor Lima en un año especial

Hoy por: Jorge Pignataro

He perdido ya la cuenta de cuántos años hace que desde esta página de EL PUEBLO, en cada mes de junio, reflotamos la idea de que éste debe ser fijado en Salto como “el mes de Marosa y Víctor Lima”. Hoy volvemos a hacerlo, y esta vez, además, en un año especial, de números redondos: en agosto se cumplirán 15 años de la muerte de Marosa y en diciembre 50 de la muerte de Víctor Lima. Cuando decimos que sería bueno que se “fijara” el mes, nos referimos a que podamos acostumbrarnos a que en el sexto mes del año Salto homenajee a sus dos mayores poetas, porque es el mes en que ambos nacieron. Y en la misma fecha, 16 de junio, aunque Víctor algunos años antes.
Hay ideas, hay proyectos. Ojalá se concreten. Mientras tanto, las canciones de él siguen sonando en las radios y en el tarareo humilde de mucha gente. Y la poesía de ella sigue recorriendo el mundo, en distintos cursos de las más lejanas universidades o en libros y revistas que aparecen en los lugares más insospechados.
Desde hace un tiempo, la calle Industrias, nombre que poco dice a la ciudad, con justicia pasó a llamarse “Marosa di Giorgio”. Aún queda asentarlo más. Que quede grabado, no solamente en decretos o carteles, sino especialmente en el decir de la gente. Pocos llaman con su verdadero y nuevo nombre a la calle. Este es apenas un ejemplo, una muestra, de lo mucho que queda por hacer, en el caso de los dos poetas, por su merecida valoración.

Corolas

Vino Floro el día de las aceituna; estaban por millones. Y, a ratos, parecía que no había ninguna.
Lo que el ex peón decía casi no se entendía. Hacía algún cuento con pocas palabras. Los frutos chicos eran negros como tinta, lisos o arrugados; o en verde pálido. Y muchísimos estaban en grandes botellones con salmuera. La magnolia desplegaba alas y miraba suspensa al espíritu negro de la aceituna, el hadaluz de las olivias. Y no se acostumbraba.
Volaba el óleo. Marosa
Yo me escondí. Quedó Flor, el peón, hablando solo. En el escritorio había unas cosas amparadoras: piedras de agua con algo opalino interno. Eran aprieta – papeles, eran transparentes.
Y yo me sentaba por largo rato cerca de las piedras de agua. Sólo porque adentro estaban irisadas.
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Pasaba un santo. Pasaba un santo con algunos pecados como todos los santos, unos pecados gruesos como rosas en este caso. Yo le decía: ¡Adiós, santo…! ¡Adiós, bello! ¡Adiós! ¡Dame una rosa! ¡Dame un pecado!
Él no miraba, iba lejos, extendía manos nacaradas (de nácar blanquísimo) y eran blanquísimas manos, siempre rectas hacia adelante; manos que medirían casi un metro.
Yo insistía: -¡Adiós…santo…!
El viento arremolinaba la alameda, pasando por los brezales, y el alero de la casa donde vivían pájaros grandes, negros, desde hacía años, pájaros que no se iban, no volaban, sólo piaban.
Y ya era de noche.
Y yo seguía gritando: ¡Adiós…santo!
Pero él ya se había colgado del cielo y era una estrella más.
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Vamos a buscar honguitas. Tomo el cestillo, y tú la cesta grande. Te digo – y cae una leve lluvia y estoy sin capelina-, te digo: los honguitos son redondos, blancos. Pero estos otros son pimpollos de rosa. De rosada rosa.
-No –contestas-. No. Son honguitas bajo lluvia. Pero mira bien… ¿Qué dices?
Y ya diviso otros, otras, fofos, fofas, marrones como tabaco, y de aquel tronco estalla en silencio un hongo color naranja, ciruela, rojo como una estrella; que grita un poco al ser cortado. Entonces, decimos con miedo: -Volvamos. Ya. Volvamos.
Pero sobre la levísima lluvia se abre un arcoíris inmenso y va de punta a punta; sus siete colores inasibles, apenas pintados.
-Quedémonos, pues, un poco más.
Allá, lejísimo, hay una franja de tormenta, blanca, plateada, en la que acaecen, pululan, los truenos y los rayos.
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Como llovía, Rosaura y Virginia, las niñas que estaban pintadas en un libro de la escuela, (y sólo era eso su vida), llamaron a papá, y papá salió con ellas; las sacó del libro de la escuela, ellas se irguieron y caminaron con capelina y delantal.
Yo miraba a los tres irse por un vericueto del jardín, aunque nunca terminaban de desaparecer.
Papá les hablaba quizá qué.
Ellas, otros días, habían salido de la lámina para pasear con papá.
Yo miraba con un poco de celos. Decía fuerte:
Voy a plantar alhelíes (Para llamar la atención de aquellos tres).
Y ya me paseaba con alhelíes en grandes ramos; les salía al paso.
Pero ninguno de ellos parecía verme, ninguno me quería mirar.
Yo me decía: ¿Estaré delirando?
Pero papá y las dibujadas niñas seguían de la mano.
Marosa di Giorgio.

 

Los sonetos

1
Acabo de encontrarte. Has llegado
con tu cuerpo juncal, y tu mirada Víctor Lima
enorme de silencios, desbordada,
con que mira el que encuentra lo buscado.

Terminas de llegar a mi costado,
-península de penas desbordada-
a poblar con amores en bandada
este desierto corazón penado.

Y este penado corazón desierto
ya se agita, ya está de primavera.
Ya siente el palpitar de lo despierto.

El aire fuera cosas sin sentido,
si la mañana labios no tuviera
donde posar sus labios de marido.

2
Hielo en el corazón, hielo en las venas,
hielo en la helada soledad del nido
del pájaro cantor, entumecido
de tanta helada soledad de penas.

Éramos ¡ay! dos fuentes que serenas
fluían sin cesar, mas sin sentido;
pero por bien para este mal bebido,
confluyeron tu dicha y mis condenas.

Yo venía del fondo de los días
más amargos, más hoscos, más baldíos,
duro reverso de las alegrías.

Y ¡qué bien este tu aire bien amado
que me llena el aliento de amoríos
y me besa la voz, enamorado!
Víctor Lima