Más allá de la seducción, la vida y obra del célebre escritor uruguayo, el siempre recordado Eduardo Galeano

Qué deja su obra para las nuevas generaciones. Un análisis de lo literario, de su aporte a la identidad latinoamericana, y de sus bemoles político-ideológicos

Si la obra de Juan Carlos Onetti o Joaquín Torres García, por citar a dos artistas uruguayos reconocidos fuera de fronteras, tiene entre sus compatriotas un respeto casi unánime, no ocurre lo mismo con la obra de Eduardo Galeano (1940-2015), ni con el personaje Galeano. Cuando falleció hace dos años, Guillermo Zapiola anotaba en la página de Espectáculos de El País que mientras algunos lo saludaban con un «adiós Maestro» otros murmuraban «un zurdo menos». eduardo galeano
En el mundo, sin embargo, los libros de Galeano se consolidan y trascienden los círculos habituales de izquierda. No sólo con el emblemático y algo vetusto Las venas abiertas de América Latina, que sigue siendo muy leído, o traducido y vendido en griego, árabe, coreano o japonés. La obra posterior, la de mayor carga poética que se inició con Memoria del fuego y continuó hasta su muerte, parece tener un contenido político-ideológico más difuso, hecho que le genera mayor simpatía entre las nuevas generaciones desencantadas de la política y que miran con sospecha los radicalismos de los años 60. Los adultos de países andinos que lo leyeron en la escuela o el liceo como texto curricular, y que hoy lo recuerdan con cariño, ven que sus hijos también lo leen, pero diferente. Sus frases son citadas en charlas motivacionales al más alto nivel empresarial. Todo esto ocurre en la cabeza de miles de lectores a los cuales parece caprichoso colgarles el cartel de «zurdos». En realidad parecen parte de una tendencia, un ladrillo más en el edificio de la identidad colectiva que ya no es sólo hispanoamericana, un mundo más sensible a las injusticias aunque huérfano de herramientas para comprender el origen del mal, el gran enigma. Para ellos las frases de giros sorprendentes y profunda sonoridad poética del último Galeano aportan un atisbo de comprensión, una guía para leer el mundo en medio de la incertidumbre. De todas formas, sustraer a Galeano del terreno polarizado de la seducción o el desprecio suena a tarea titánica. Separar lo literario del aporte a la identidad latinoamericana, o meterse con los bemoles ideológicos y políticos de su obra, no es menor. También está lo periodístico. Los colegas que trabajaron con él en la revista Crisis o en el semanario Brecha lo recuerdan con cariño. Si la crítica lo rechaza y la academia lo desprecia, el periodismo nunca dejó de sentirlo como propio, como alguien surgido en su seno que no dejó de abrevar en él.
Es precisamente desde el periodismo que ahora se busca revisar y actualizar su obra con el recién publicado Eduardo Galeano, Un ilegal en el paraíso, editado por Roberto López Belloso, con la participación estelar de Sebastião Salgado, Elena Poniatowska y Joan Manuel Serrat, con prólogo del ex presidente de Colombia Ernesto Samper Pisano, pero sobre todo con el aporte de destacados periodistas del continente. El editor en la introducción aclara que buscó «pasar por el tamiz del periodismo aquellos temas que preocuparon y ocuparon a Galeano». López Belloso tuvo relación laboral con el autor y un trato cercano, siempre cordial, pero no se deja guiar por las emociones. Sabe que someter una obra a la revisión desde la realidad actual es criticarla, abrirla a nuevas interpretaciones.
UN CAMINO DISTINTO
Cuando los enconos son grandes, nada mejor que los datos concretos para desactivarlos. Por eso López Belloso, intelectual, poeta premiado (Premio Nacional de Literatura 2015) y periodista de trayectoria que fuera Secretario de Redacción de Brecha, eligió un camino diferente para explorar su obra: el de la crónica. No es nuevo en el barrio. Ha estado vinculado a lo mejor de la crónica latinoamericana, a la generada desde esa usina que se conoce como Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, o a la revista Etiqueta Negra del exquisito Julio Villanueva Chang.
El libro Eduardo Galeano, Un ilegal en el paraíso abre con un perfil del propio López Belloso subtitulado de forma sugestiva «de cómo Galeano se convirtió en Galeano». En plan crónica, que no es otra cosa que articular, en una narración de corte literario, datos tomados de la realidad que resulten paradójicos o contradictorios (porque el ser humano es en esencia paradójico), ya eleva la nota desde la primera frase: «Eduardo Germán María Hughes Galeano recibió al nacer más nombres de los que necesitaba». Que publicó su primer dibujo a los 14 firmando Giús, que a los 19 intentó un suicidio y que «emergió del coma hospitalario como Eduardo Galeano», que a los 20 fue Secretario de Redacción del semanario Marcha, a los 24 director del diario Época, a los 27 había entrevistado al Che Guevara, a los 31 escrito Las venas abiertas de América Latina y a los 34 fundado la revista Crisis en Buenos Aires. «Pero todavía no era él» señala el editor.
El hombre que pensaba más rápido que sus congéneres comenzó a convertirse en el mito Galeano cuando, en un asado en las afueras de Buenos Aires, «comprendió que debía partir al exilio». Tenía 36 años. En su refugio catalán nacería el primero de sus libros del exilio, Días y noches de amor y de guerra, una saga que terminaría cuatro décadas más tarde con la publicación, apenas fallecido, de El cazador de historias. Un periplo de cuatro décadas donde destaca la trilogía Memoria del fuego y sus historias de amor, traición, abuso y explotación, resueltas con una voz poética única, donde los débiles y las víctimas son los eternos protagonistas. Son historias de revoltosos fallidos (José Artigas) o exitosos (George Washington), indígenas traidores (Malinche) y esclavos que luchan por su libertad en Surinam llamándose a sí mismos cimarrones. Son cientos de historias contadas en trazos simples, en breves párrafos que apenas llegan a ocupar una página, a veces media. La voz es clara, nítida, y envuelve al lector en una suerte de estado de gracia, pues Galeano ha montado el escenario y lo hace sentir protagonista de algo nunca contado, secreto, prohibido: la historia relatada por las víctimas, que callaron obligadas o por voluntad propia. Historias escuchadas con leve culpa, pues Galeano deja entrever que el lector fue actor involuntario en ese proceso (la energía de esa culpa es clave en el vínculo entre Galeano y sus lectores). El exilio, además, aportó otra novedad: esos lectores ya no eran solo latinoamericanos sino también europeos, norteamericanos, asiáticos. Por miles.
El perfil que traza López Belloso conjura a un Galeano de carne y hueso y prepara el terreno para lo que el lector recibirá a lo largo de las siguientes 250 páginas.
EL PESO DE LA CRÓNICA
Muchos en Brasil creían que el pasado mundial de fútbol sería una revancha para exorcizar el maracanazo, el 2 a 1 de Uruguay en 1950, y que instaló eso que los brasileños llamaron «complexo de viralata» o complejo de perro callejero, de pararse frente al mundo como un ser inferior que no merece respeto. La goleada de 7 a 1 que les propinó Alemania promediando el mundial… ¿lo agravó? La ecuatoriana Sabrina Duque investiga en el capítulo 3 de Un ilegal en el paraíso la relación de Galeano con el fútbol. Lo titula «¿Hay vida después de Maracaná?» y explora las derivaciones actuales del asunto.
López Belloso acompaña el capítulo con recuadros (algo que también ocurre a lo largo de todo el libro) aportando contexto, comentando o vinculando los datos que aportan los cronistas con frases o párrafos concretos de los libros de Galeano. Sobre todo historias donde habla la gente común, aquellos que nunca son tomados en cuenta, por contraste a los grandes relatos épicos u «oficiales». Por ejemplo el Isaías Ambrosio que Galeano cita en Bocas del tiempo, un obrero que había podido ver la final de Maracaná «porque le habían dado una entrada por haber sido uno de los que levantaron las tribunas de Maracaná. Ambrosio no sólo no había podido olvidar la final perdida, como el Ivaldo Carvalho dos Santos de este capítulo de Sabrina Duque.
(El País Cultural)