Mientras somos felices, tras la lectura, los ecos se multiplican destaca la narrativa del escritor argento

Relatos de Manuel Soriano

La narrativa del argentino Manuel Soriano (1977, Buenos Aires), radicado en Montevideo desde 2005 está pegando fuerte en ambas orillas del Río de la Plata. Quizá no es ajeno el hecho de que haya ganado el Premio Narradores de Banda Oriental en 2010 con el libro de relatos Variaciones de Koch, y el Premio Clarín de Novela en 2015 con ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic?, o el hecho de que dirija junto a Patricia Segovia una editorial infantil como Topito Ediciones donde puede sacar libros ilustrados con títulos tan tentadores como el reciente y propio Quiero ser Suárez (2018), en el que un hechizo coloca a un niño de nueve años en el cuerpo del goleador Luis Suárez y a éste en el del niño, estrategia trillada pero funcional y vendible. Pero tampoco es ajeno el hecho, más importante, de que Soriano elabora una escritura concisa y envolvente, crea personajes capaces de transmitir atmósferas cargadas con pocos elementos y deja flotando en el después de su lectura ecos que se multiplican. Su más reciente libro “para adultos”, Nueve formas de caer, contiene nueve relatos de espesor variable donde un protagonista masculino —el mismo u otro, no importa— enfrenta, más que la caída, su eterna posibilidad siempre latente.fotocultu
KOCH HA VUELTO
O más bien, Koch nunca se ha ido. Porque ese personaje de varias caras e instancias, emblema de la versión, que definió aquel libro de 2012 sigue presente aquí, a veces con nombre y otras anónimo pero señalizado por vasos comunicantes o símbolos precisos, como piso estable de distintas historias familiares en las que hay bebés, niños o adolescentes (presentes o evocados), mujeres de pelo rojo, un par de remedios (pastillas verdes, ventolín) y el mundo ancho y ajeno de afuera al que se accede por Google, Twitter, Facebook o por los rumores de la gente en una playa cualquiera. En el primero de los relatos, titulado “Uno” (toda la serie se titula así, del uno al nueve, en un modo de abstraer cada cuento del territorio de las definiciones) Koch regresa a Buenos Aires en 2012 huyendo de la crisis española igual que había huido de la argentina en 2002. Vuelve con esposa andaluza y sociable, con un bebé, celos difusos y un estado febril que no baja de 37°. Hay un momento en el día en que la esposa baja a la playa y Koch debe cuidar del hijo aunque tiene la certeza, mirándolo, “de que tarde o temprano se convertirían en completos extraños”. A partir de ahí, una serie de elecciones equivocadas —vestir el short de un muerto, salir con fiebre, sacar al bebé a mediodía, ponerse a jugar al fútbol y meterse al mar con la criatura en brazos— llevan el relato hacia el único final posible, impotente en términos humanos y poderoso en términos literarios. La situación de fondo, el motivo, aquello que se nos escapa para entender o justificar lo que sucede, aquello que está adentro de la mente alucinada de Koch, es el misterio que el cuento no toca, la parte de abajo del iceberg. En “Seis” el narrador protagonista (usa zapatillas Asics Kayano, como Koch) va de vacaciones por la Patagonia argentina con su esposa, su pequeña hija y una pareja que levantaron en el camino —Iván y Eli— con la que juegan a relacionar películas y actores para que el viaje no se haga aburrido. La particularidad de que Iván y su esposa hayan sido novios no parece afectarlo hasta que una vieja camioneta le recuerda la película de Clint Eastwood Los puentes de Madison, donde una esposa elige permanecer en un matrimonio de rutina con un granjero llamado Richard y rechazar el amor pasional que se le cruza una vez en la vida bajo la forma de un fotógrafo llamado Robert. El personaje de Soriano establece el paralelismo: “Mi mujer siempre llora al final, y llora tan desconsoladamente que una vez le pregunté si yo para ella era Richard o Robert, y ella se quedó en silencio y no me contestó porque en ese momento yo estaba echado en el piso y tenía puestas unas pantuflas blancas y lanudas con ojos y orejas como perros caniche (me las había regalado ella) y nuestra hija estaba sobre mi falda, con una pila de bloques de madera, jugando a ordenarlos por forma, tamaño y color. —Todos los Roberts terminan siendo Richards— dijo mi mujer”. Luego de esa declaración de pura genética onettiana el relato detona y alcanza un punto de quiebre que, otra vez, lleva al lector al interior profundo de los personajes. Koch también está en “Cinco” (titulado “Fartlek” en el libro colectivo Exposición múltiple, Alter Ediciones, 2015), donde sale a correr por Punta del Este tratando de conjurar el hecho de que el hijo que su mujer espera es portador de un quiste plexo coroideo que puede afectar su normalidad; y en “Cuatro”, pero aquí es un Koch adolescente testigo de una historia de bullying que acaba mal.
TRIUNFADORES
Un rasgo común a los personajes de Soriano es que buscan alguna forma menor —solo a veces mayor— del éxito. Son cabalísticos, creen en las señales físicas del triunfo, en el esplendor de los cuerpos, las brazadas y los saques perfectos, los goles, la surfeada hasta la orilla. Adoran el cine canónico y las series del momento. En ese panorama la enfermedad, la debilidad, un defecto o minusvalía corporal (un bulto en el lóbulo de la oreja, un miembro fino) son estigmas indeseables. A su vez, la valentía suele diluirse en planes fracasados —como el que mueve a los promitentes ninjas de “Cuatro”— o entreverarse en los sueños o en las fantasías, como le ocurre al protagonista de uno de los relatos más amargos, “Ocho”. La historia alude a un caso real que ocurrió en Valizas a finales de 2014 y permanece irresuelto, el asesinato de la adolescente Lola Chomnalez. El narrador protagonista comienza afeitándose los pelos de la espalda, juega con su niña de tres años, pasea por la playa, lee en un cybercafé sobre el caso, conversa acerca del crimen con distintas personas que conjeturan hipótesis varias, entre ellas un alemán que hace comentarios impropios, faltos de respeto, sobre la víctima. Lo banal se introduce en el cuento y lo horada por dentro, lo acerca peligrosamente a un pastiche mediático morboso, hasta el momento en que el narrador confiesa que no hay ningún alemán.
Que el alemán es él (es decir, que es Soriano, y por extensión, que somos todos, el mundo entero que sigue paseando en la playa, brindando en fin de año, jugando a la pelota, riendo), y que los pelos de la espalda —en este contexto un signo de animalidad— le vuelven a crecer.
Si bien la caída recorre como imagen el libro a través de matrimonios que se derrumban, chicos y grandes que se suicidan, sueños de mutilaciones y vergüenzas, también circula de algún modo la consigna bergmaniana de Fanny y Alexander (“seamos felices mientras somos felices”) en frases como esta: “Pocos momentos en mi vida son tan redondamente felices como este: mi hijo ejerce una suave presión sobre mi dedo y su agarre me hace pensar en monos”. Lo dice el narrador protagonista de “Nueve”, un cineasta frustrado que reseña y puntúa series, sueña que David Letterman lo invita a su show y entra en la etapa pos sexual de su vida tratando de descubrir si en su edificio funciona o no un servicio de prostitución encubierta, que más allá de su oferta de piel le puede dar por un rato —como se lo dan el cine o los sueños— la excitante posibilidad de ser otro.
NUEVE FORMAS DE CAER, de Manuel Soriano. Alfaguara, 2018. Buenos Aires, 169 págs. Distribuye Penguin Random House

 







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