«Paco» Espínola

El 26 del mes pasado se cumplió un año más de la muerte de uno de los mayores narradores uruguayos: Francisco Espínola, «Paco». Había nacido en San José el 4 de octubre de 1901 y falleció en Montevideo el 26 de junio de 1973. Vayan entonces, en su recuerdo y homenaje, las siguientes líneas (fragmentos de un artículo más amplio) del escritor Alejandro Michelena, un asiduo colaborador de esta página de EL PUEBLO.
El impacto de un texto: Este libro (Raza ciega) llamó la atención y logró enorme suceso en las varias ediciones que tuvo. El mayor crítico del momento, Alberto Zum Felde, escribió sobre él lo siguiente: «Aún cuando su estructura general de conjunto, resulte en cierto modo indefinida. Sombras sobre la tierra, es una de las producciones más valiosas de la novelística uruguaya. El libro impresionó por la sinceridad con que delineaba a los seres del bajo maragato; esas mujeres y hombres que se movían en la zona roja de los suburbios, que podían ser los de cualquier ciudad del interior. El autor hace de ellos personajes creíbles y queribles, al tiempo que establece un retrato intenso y verídico del San José de su juventud. Sombras sobre la tierra adquiere por momentos un elocuente vuelo poético, con un sostenido buen manejo de los recursos de la narrativa realista. Planea en toda la obra un profundo sentimiento de solidaridad con los humildes, con los desheredados, originado en el raigal cristianismo del escritor pero también en aquella línea humanista —entonces en vigencia— personalizada en un Romain Rolland condoliéndose por la humanidad doliente.
Un largo magisterio: Sobre los años cuarenta Francisco Espínola era ya una figura prestigiosa y reconocida. Fue en esos momentos cuando comenzó su informal magisterio entre algunos escritores jóvenes –que se llamaban Mario Arregui y Gladys Castelvechi, Carlos Maggi y María Inés Silva Vila, José Pedro Díaz y Amanda Berenguer- llevado adelante en charlas coloquiales en los viejos cafés Metro y Ateneo de la plaza Cagancha. Allí el núcleo de privilegiados pudo disfrutar, además, de la estupenda condición de narrador oral de que hacía gala. Con Juan Carlos Onetti, se constituyó en uno de los pocos referentes válidos para la Generación del 45, caracterizada por la ruptura y el duro cuestionamiento hacia sus mayores en las letras. Cuando se concretó en 1947 la Facultad de Humanidades y Ciencias, Paco Espínola –convocado por su amigo Carlos Vaz Ferreira- comenzó allí una tarea pedagógica sistemática y peculiar que marcó a varias promociones de estudiantes de Letras, caracterizada por el abordaje lúcido e inspirado, riguroso y a la vez sencillo de la literatura. Onetti, ingeniosamente, definió con esta frase la docencia del maragato: Mateando con los clásicos.
Tiempos de sólido prestigio: Su segundo libro de relatos, El rapto y otros cuentos, aparecerá en 1950. Entre Sombras sobre la tierra y este volumen, había dado a conocer la pieza teatral La fuga en el espejo. Y generaciones de niños pudieron disfrutar de la lectura de Saltoncito, las aventuras de un sapo entrañablemente uruguayo, publicado en 1930. Los críticos del 45 fueron conscientes de la estatura de Espínola como narrador, destacando en especial cuentos que devinieron clásicos, como Qué lástima y Rodríguez. En 1957 da a conocer un volumen de ensayos sobre temas estéticos que tituló Mirón o el ser del circo, donde en forma dialogada llevó al papel reflexiones antes desplegadas morosamente en sus clases. Había llegado el tiempo de su mayor popularidad, y con él los reconocimientos: el homenaje en el liceo departamental de su ciudad natal, ese mismo año. Y un poco más adelante, en 1962, el que le rindiera la Junta Departamental de Montevideo. En esos momentos eran habituales sus apariciones en radio. Y sus conferencias, como la dedicada a la figura de Carlos Gardel, dada a los alumnos del Liceo Rodó. Avanzados los sesenta se pudo ver su programa de TV en Canal 5, «Dialogando con los clásicos», donde su modo cordial y campechano al hablar de los personajes homéricos mientras armaba lentamente sus cigarros, le ganó el cariño de muchísima gente que nunca antes lo había leído ni escuchado. Arbitrariamente, el gobierno de Pacheco Areco —en una de las tantas acciones contra las libertades que llevó adelante— censuró y eliminó el programa, manteniendo la decisión a pesar de la protesta de personalidades significativas de todos los partidos.