Para empezar febrero con más recuerdos (y lecturas) que nos dejó el mes pasado

Más de una página dedicamos el mes pasado a recordar personalidades de la cultura uruguaya en cuyas vidas ha sido significativo el mes de enero. Con el título “Enero fecundo en recuerdos”, recordábamos hace pocos días a dos de las únicas tres personas que en la historia del país ocuparon por dos períodos el cargo de Presidente de la República: Julio Ma. Sanguinetti y Tabaré Vázquez (el otro fue José Batlle y Ordóñez). Sanguinetti nació un 6 y Vázquez un 17 de enero.

Además, hablábamos de otros políticos destacados, como Leandro Gómez y Lucas Píriz (fallecidos un 2 de enero) y Fructuoso Rivera (fallecido un 13 de enero). M.L.
Pero recordábamos también a otras personalidades de la cultura nacional, como los poetas Julio Herrera y Reissig, Enrique Estrázulas y Salvador Puig (los tres nacidos un 9 de enero), el cantautor Alfredo Zitarrosa y el dramaturgo Florencio Sánchez (el primero fallecido y el segundo nacido un 17 de enero), el narrador Juan José Morosoli (nacido un 19 de enero), así como acontecimientos históricos de relieve, como la “Batalla de Guayabos” (un 10 de enero).

MARIO LEVRERO y “LA MÁQUINA DE PENSAR EN GLADYS”
Queremos agregar hoy a esta galería el nombre de Mario Levrero, ese gran escritor uruguayo (cuyo verdadero nombre fue Jorge Mario Varlotta Levrero), nacido en Montevideo el 23 de enero de 1940 y fallecido en agosto de 2004. Y homenajearlo con la lectura de uno de sus cuentos: “La máquina de pensar en Gladys”.

Obras
Publicó las siguientes novelas: “La ciudad” (1970), “Tierra Nueva” (1970), “Diario de un canalla” (1972), “El lugar” (1982), “Fauna / Desplazamientos” (1987), “El alma de Gardel” (1996), “El discurso vacío” (1996), “Dejen todo en mis manos” (1998). Novelas póstumas: “Trilogía involuntaria” (La ciudad, París y El lugar, 2008), “La novela luminosa” (2005), “La Banda del Ciempiés” (2010). Y estos libros de cuentos: “Gelatina” y “Los Huevos del Plata” (1968), “La máquina de pensar en Gladys” (1970), “Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo” (1975), “ToLa máquina de pensar en Gladysdo el tiempo” (1982), “Aguas salobres” (1983), “Caza de conejos” y “Los muertos” (1986), “Espacios libres” (1987).

LA MÁQUINA DE PENSAR EN GLADYS
Antes de acostarme hice la diaria recorrida por la casa, para controlar que todo estuviera en orden; la ventana del baño chico, al fondo, estaba abierta –para que durante la noche se secara la camisa de poliéster que me pondría al día siguiente-; cerré la puerta (para evitar corrientes de aire); en la cocina, la canilla de la pileta goteaba y la apreté, la ventana estaba abierta y la dejé así –cerrando la persiana-; la lata de la basura ya había sido sacada fuera, las tres llaves de la cocina eléctrica estaban en cero, la perilla de control de la heladera marcaba 3 (refrigeración suave) y la botella empezada de agua mineral tenía puesto el tapón hermético, de plástico; en el comedor, el gran reloj tenía cuerda para algunos días más y la mesa había sido levantada; en la biblioteca debí apagar el amplificador, que alguien había dejado encendido, pero el tocadiscos se había apagado en forma automática; el cenicero del sillón había sido vaciado; la máquina de pensar en Gladys estaba enchufada y producía el suave ronroneo habitual; la ventanita alta que da al pozo de aire estaba abierta, y el humo de los cigarrillos del día se escapaba, lentamente, por ella; cerré la puerta; en el living hallé una colilla en el suelo; la deposité en el cenicero de pie, que la sirvienta se ocupa de vaciar por las mañanas; en mi dormitorio le di cuerda al despertador, comprobando que la hora que indicaba coincidía con la del reloj pulsera en mi muñeca, y lo puse para que sonara media hora más tarde a la mañana siguiente (porque había decidido suprimir el baño; me sentía un poco resfriado); me acosté y apagué la luz. Por la madrugada desperté inquieto, un ruido desacostumbrado me había producido un sobresalto; me ovillé en la cama y me cubrí con las almohadas y me puse las manos en la nuca y esperé el final de todo aquello con los nervios en tensión: la casa se estaba derrumbando.