Poeta: la faceta menos conocida de Alba Roballo

La cigarra de Eunomo”, libro de Julio Garet Mas, publicado en 1954 y reeditado recientemente por Ediciones Aldebarán, entre los acertados comentarios sobre la vida y obra de más de treinta poetas uruguayas mujeres, nos trae a la memoria personalidades olvidadas, al tiempo que arroja luz sobre cosas no siempre conocidas. Es este el caso que nos ocupa hoy, el de la faceta de creadora de poesía de Alba Roballo, a quien sí se recuerda frecuentemente, sobre todo por sectores de izquierda, como una abogada de importante militancia política.

Hay que tener presente que fue dirigente fundadora del Frente Amplio, electa diputada y senadora y fue, además, la primera mujer ministra en nuestro país. Hace poco tiempo, más precisamente los primeros días de setiembre del pasado año, la Cámara de Diputados le rindió un homenaje al cumplirse 110 años de su nacimialba.roballo-777x437ento.
Se nos ocurre razonar que cuando aparece “La cigarra de Eunomo”, Alba Roballo se encontraba en plena actividad, tenía 46 años (había nacido en Isla Cabellos, hoy Baltasar Brum, departamento de Artigas, en 1908 y falleció en Montevideo en 1996), por lo que seguro leyó lo que el autor escribió sobre ella. Vale la pena compartirlo: “Alba Roballo…Publicista, oradora, jurisconsulta… Imagínasela comúnmente en la atmósfera agitada y febril del periodismo de combate, en la tribuna ideológica o en su bufete; no todos saben que acude a diario a solucionar problemas ajenos –ajenos y oscuros; de los desheredados, en especial-; es menos conocida todavía su faceta lírica. Este último aspecto suyo tiene enorme significación, sin embargo; fue quizá el primero en manifestársele, allá en su pueblo rural, Cabellos, tan apacible y tan dramático. La niña aquella, de rara vivacidad, con claro fulgor en la frente, ¿qué experimentó al entrar en la vida: el despertar del canto, en su garganta, o la crispación de sus puños ante la injusticia? Acaso ella misma lo ignore. Lo exacto es que dio, muy joven, un volumen de versos, “Se levanta el sol”, pujante, rebelde, pletórico, y también que publica ahora “La tarde prodigiosa”, todo un libro por su honda emoción, por la calidad de sus poemas y por su unidad.
Dolor, cansancio, zozobra, desesperanza hay en su nueva obra. He aquí a la mujer fuerte –dispensadora de consuelos y de ayuda, galvanizadora de voluntades-, a solas con su angustia, que es la de una sensibilidad extrema y la de una inteligencia poderosa. Angustia guardan, sobre todo, estas páginas; encierran una ansiedad que no consigue salvar límites infranqueables, contienen el eco de una sombría auscultación. En cada canto y cada estrofa, revelan un sentido audaz de la imagen y unas pocas veces dada facultad de síntesis.
Alba Roballo, con sus inquietudes sociales y su obra poética, pertenece al linaje de los espíritus “agonistas” que capta en “El sayal y la púrpura” el sugestivo y medular Eduardo Mallea. Es uno de nuestros valores aún no aquilatados por la crítica”.
Las páginas de “La cigarra de Eunomo” dedicadas a ella finalizan con su poema “El país que no quiero nombrar”:
Allí en profundidad, en el mirar distante, en el andar pausado, golpeándome en las sienes como un presentimiento de las manos y en el temor secreto de los huesos.
Pensamiento tenaz, premonición oscura, que vivo tercamente, resignada amando en despedida toda cosa,
besando el aire, hundiéndome en toda claridad de la mañana, quemando mis vigilias noche a noche
y bebiendo mi llanto gota a gota. Devorando caminos, arboledas, siguiendo el viaje de nubes volanderas y el canto de este mar, sus ruidosas gaviotas,las calles olvidadas, los muros florecidos, los plátanos quemados por el viento, un pedazo de cielo en mi ventana; las remotas candelas de la tarde,
la eterna hechicería de la luna.
Mis nuevas bodas con las cosas viejas, mis viejos sueños en encuentros nuevos.

Vivo y sé bien que voy muriendo, vivo y tan solo tu apretado abrazo
me puede sostener en este miedo.
En este desolado pasar, en el que cada paso
me acerca a los linderos de cipreses.
De ese lugar que no quiero nombrar porque su nombre tiene toda la angustia de mi sangre viva que ama arboledas, caminos, las ventanas abiertas a los cielos,
las casitas perdidas entre pinos, el arenal al viento,
las rocas, las marinas rías.
Y este último regreso
que a mi tejado dieron
en nidos y en rumor
las golondrinas.







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