Poeta soviético en Nueva York, como Torres García y Chesterton, contó lo que vio con sensibilidad y crítico

Diarios de Vladimir Maiakovski.

El poeta Vladimir Maiakovski viajó a Estados Unidos en 1925 y como Joaquín Torres García y Gilbert K. Chesterton cuatro años antes, escribió la crónica de “su descubrimiento de América”, un tópico que lejos del oro y la plata de los orígenes, en los años veinte ofrecía electricidad, vapor industrial, rascacielos, y una nueva manera de organizar la vida alrededor del trabajo y el dinero. vladimir

A los 32 años Maiakovski ya había escrito La nube en pantalones y La flauta vertebral, de una fuerte impregnación futurista, y se hallaba embarcado en la difusión y propaganda de la revolución soviética en el mundo. Viajó invitado a dar conferencias en varias ciudades que durante tres meses le permitieron tomar contacto con la realidad social de los Estados Unidos.
Primero pasó fugazmente por La Habana, después por Veracruz y ciudad de México, donde fue recibido por Diego Rivera, que entonces trabajaba en el mural de la Secretaría de Educación Pública y, de hecho, fue lo primero que Maiakovski vio al llegar a la capital azteca porque apenas dejar el equipaje, Rivera lo llevó a conocer su obra. Ya entonces Alfonso Reyes, a cargo de la embajada mexicana en París, le había anticipado que la modernidad del arte mexicano se apoyaba en el rescate de la tradición popular indígena y se apartaba del eclecticismo importado de Europa.
Pero la atención primordial del poeta se dirigía hacia manifestaciones más rústicas: la velocidad de los carros fúnebres, el hábito de disparar de los mexicanos. Admiró las desproporciones de la historia y del espíritu (“el revolucionario mexicano es cualquiera que derroque el poder con armas en la mano, no importa de qué poder se trate. Y, como en México cualquiera ha derrocado, está derrocando o quiere derrocar a algún poder, todos son revolucionarios”); detestó las corridas de toros y tomó notas de paisaje (“En una noche azul, de ultramar, los cuerpos negros de las palmeras parecían artistas bohemios de melenas largas”). Se despidió de México impresionado por la hospitalidad y al ingresar a Estados Unidos por la frontera de Laredo debió ser socorrido por la pequeña comunidad rusa, que lo ayudó a superar los trámites, a dar sus primeros pasos en el país y a tomar el tren rumbo a Nueva York.

Derroche de energía.

Su crónica abunda en anécdotas y retratos sociales, con una buena dosis de humor, sensibilidad frente a las paradojas y contradicciones. Torres García hizo en New York un notable boceto del abrumado tejido de alienación y energía urbana, al extremo de asumir en el mismo texto el rechazo y la fascinación que le produjo. Chesterton, que definió a los Estados Unidos como una nación “de vagabundos y exiliados”, no demoró en advertir que el capitalismo industrial y la democracia ideal en todas partes podían estar en controversia, pero ahí vivían en franco conflicto.
Su visión conservadora lo llevó a mirar con ojos híper críticos la nueva hegemonía de la industria y el comercio sobre la vida de las personas, y es curioso que, desde una posición ideológica completamente opuesta, como el bolcheviquismo de Maiakovski, el poeta coincidiera en muchas observaciones. Sus crónicas permiten comprender que más allá de las posiciones políticas, eran dos europeos mirando el escándalo de los rascacielos de más de cincuenta pisos, el derroche de la energía eléctrica durante el día y la noche, la producción en serie de viviendas, automóviles y toda clase de mercaderías que uniformaban los hábitos y aceleraban la circulación hasta el vértigo.
La sola concepción de la ciudad como una construcción perpetua, sujeta a continuas demoliciones y obras, les resultaba ajena. Europa estaba muy lejos de conocer una realidad semejante, no solo por los daños de la guerra. Hacía apenas cinco años Lenin había montado el plan Goelro, que se proponía electrificar los enormes territorios de la Unión Soviética. Para H. G. Wells, se trataba de una delirante utopía, pero al lanzarlo en diciembre de 1920 Lenin no dudó en afirmar: “El comunismo es el poder más la electrificación de todo el país, ya que la industria no puede desarrollarse sin electrificación”, y lo que Maiakovski tenía delante a cada paso era el despilfarro de una energía que costaba sudor y lágrimas en su patria. Criado en el culto de la singularidad, Chesterton tampoco podía concebir la seriada uniformidad de los hoteles más que como la multiplicación de una pesadilla. Y las dos cosas formaban parte del mundo que Nueva York, Chicago y Filadelfia mostraban como una realidad hasta entonces desconocida.

Entender la novedad.

Maiakovski responsabiliza al presidente Calvin Coolidge de apropiarse del nombre de América para los estadounidenses y difundir el título de americanos para sus compatriotas. Denuncia las intervenciones punitivas sobre América Central y América del Sur, su política colonialista y, naturalmente, sus pretensiones imperiales. Sus crónicas permiten entender la novedad y al mismo tiempo los supuestos de sus observaciones. Naturalmente, Maiakovski dio sus conferencias en mitines del Partido Comunista, francamente minoritario y enfrentado a no pocas dificultades de propaganda, por ejemplo, en las fábricas de la Ford, donde el 80% de los trabajadores eran extranjeros que hablaban distintas lenguas. Tiene una visión especialmente crítica de la burguesía capitalista, el Ku Klux Klan y la segregación de los negros, pero su relato no empieza ni termina en la ideología, de modo que es posible acompañarlo por muchas curiosidades, ocurrencias y relatos con pasos de comedia, como la descripción de aquellos vagones pulman de los trenes que, al caer la noche, merced a toda clase de maniobras alentadas por el vigor de la novedad, se transformaban en largas, incómodas e indiscretas hileras de cuchetas. Cabe agregar, incluso, algunos datos inesperados, como el hecho de que los rusos llamen “montaña americana” a la “montaña rusa” de los parques de diversiones, o que un editor de Harlem ofreciera cien dólares a la mejor poesía escrita por un negro, y el premio, a entregar el 1 de mayo de 1926, llevara el nombre “del gran poeta negro Alexander S. Pushkin”. “En nuestros días —apunta Maiakovski— no lo habrían dejado entrar en ningún hotel o salón de bien de Nueva York” porque Pushkin, bisnieto de un príncipe etíope, tenía el cabello crespo y las uñas azules de los negros.

MI DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, de Vladimir Maiakovski. Entropía, 2015. Buenos Aires, 170 págs. Aún sin distribución en Uruguay. (El País, Cultural)







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