Practicó otro periodismo, uno que se dedicó a buscar claves culturales detrás del crimen en México y pagó con su vida

Javier Valdez (1967-2017). El dolor de la indiferencia

En el texto de una conferencia que no llegó a dar, Javier Valdez Cárdenas escribió que no podía ser un periodista del silencio: «Para mí dejar de escribir es morir, es dejar de caminar, de sentir, de experimentar la vida. El silencio es una forma de complicidad y de muerte y yo ni soy cómplice ni estoy muerto». Días después un auto le cortó el paso cerca del semanario Ríodoce que había contribuido a fundar en Culiacán y donde trabajaba. Lo obligaron a salir de la camioneta, a arrodillarse, y lo mataron de doce balazos. Quedó tendido en la calle junto al sombrero Panamá que era su marca personal y que, ya sin dueño, rodó y cayó junto al cuerpo. fotocultu

Aunque desde el año 2000 hasta el presente han muerto más de cien periodistas en México, el asesinato de Valdez Cárdenas no fue uno más, como tampoco lo fue la muerte de Miroslava Breach, asesinada en la calle frente a su hijo. Ambos eran periodistas de fuste que, como decía Valdez Cárdenas, no se limitaban a contar los muertos del narcotráfico sino que investigaban las causas del conflicto y denunciaban a los cómplices de esa industria criminal. Con Lydia Cacho, Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno, Alicia Calderón, Yuri Herrera y Alejandro Páez Varela, entre otros, Valdez Cárdenas formaba parte de una generación de periodistas, narradores y cineastas que desde la crónica, la novela y el cine retrataban una realidad en la que manda el miedo y la muerte.
Historias de gente.
Aunque suele presentárselo como especialista en narcotráfico y se dedicó treinta años a escribir sobre el tema, Valdez Cárdenas prefería definirse como experto en contar historias de gente: «Sí, tengo información de los capos, de las raíces, pero mi trabajo ha sido más la gente que ha padecido el narco», respondió en una entrevista que dio al periódico digital Sin embargo en marzo pasado. De esa gente trata Malayerba, selección de crónicas unitarias que publicó con el mismo nombre en el semanario Ríodoce. Valdez Cárdenas consideraba a esas crónicas la base de todos los libros que escribió. El último artículo publicado es del 15 de mayo, el día que lo asesinaron.
Lo primero que atrapa del libro es la calidad de la edición. La tapa tiene una foto más que expresiva: unas piernas de hombre en jeans y botas tejanas rematadas en filosa punta avanzan al paso que le permite una cadena que le enlaza los tobillos. En el interior, y con fondo azul, un atractivo glosario gráfico ilustra al lector sobre las palabras clave del narco. Los dibujos de Raquel Cané despliegan los atributos de ese universo hecho de armas (uzi, colt de oro, cuerno de chivo), autos (yip cheroqui, jámer perrona, lobo Chevrolet) y que tiene en el buchón, el placoso y el guarura a sus personajes principales.
Son crónicas breves, agrupadas en capítulos temáticos. Por ellas pasa la ambición, la pobreza, la resignación, el miedo, el machismo, el crimen. Valdez Cárdenas lanza palabras como dardos o como balas. Traen amenazas, peligro, hieren. En Malayerba nadie se salva. Ni de estar en la mira, ni de ser el muerto que sigue, ni de la ambición o la indiferencia. Todos son malayerba: «Somos nosotros y el narco nuestro de cada día. Así como hay un priísta en cada mexicano, aunque sea de izquierda, hay un narco en medio de cada mexicano. Esto creció y ya no se trata sólo de Sinaloa, del Norte, sino de todo el país», dice.
Una de las secciones más duras del libro es la que trata de los morros, como se llama a los niños. A los cinco años Francisco es experto en armas y camionetas de vidrios oscuros; Juanito llega a la escuela con un video en el celular. Son 35 segundos de tortura y gritos de muerte a un hombre arrodillado y atado. El niño dice que los que gritan y golpean son amigos suyos y que trajo el video para que sepan quién es él y con quién se meten. En otra el protagonista tiene siete años y es hijo de un narco poderoso. Es un buscapleitos insoportable al que le sobran los dólares: «… el niño podía pasearse en su tricimoto en zumba por las calles de la privada y cometer tropelías impunemente. Presionados por los vecinos y hartos de tanto influyentismo, los vigilantes se le acercaban, casi a escondidas, para decirle en voz baja, para pedirle de favor que se calmara. Y así, a sus siete años. Con esa frialdad en la mirada. Y la voz que sonaba con esa seguridad que se impone. Y con esos bolsillos rebosantes de billetes verdes les contestaba amenazante: Tú no sabes quién soy yo, quién es mi padre».
Niños que no han terminado la escuela y sueñan ser como su héroe, un hombre de sombrero color crema, botas de cuero de avestruz y pistola con cachas de oro. Quieren mandar, tener autos y muchachas. En poco tiempo se convertirán en pistoleros. «Todopoderosos, intocables, elevados», dice Valdez Cárdenas. ¿Y ellas? «Ellas siempre frescas, como recién bañadas. Moteleras y ensabanables, argüenderas y gritonas. Herederas de esa estridencia, de ese espíritu mequetrefe de sicarios, achinchincles, émulos, narcos y buchones». Hombres y mujeres sin amigos ni lealtades. Caído el patrón, los hasta ayer guardaespaldas o guaruras van a la casa de seguridad donde éste se escondía para repartirse la ropa y todo lo que les guste.
El idioma de las balas.
Aunque están llenas de ráfagas de fusil y ropa de marca, las páginas de Valdez Cárdenas no son épicas ni glamorosas. No tienen nada del relato de las series que triunfan en la televisión y en Netflix. En Malayerba hay miedo, silencio obligado, acostumbramiento a la violencia y corrupción. El narcotráfico se ha impuesto a campesinos, alcaldes, estudiantes, empleados y se coló en la redacción de los diarios. Domina la vida de todos: «Si vas a Culiacán no voltees. No veas a la gente de otros carros. No grites ni reclames. No cambies de luces. No manejes en chinga ni andes rebasando», le aconseja un hombre a su sobrino. Una muchacha vuelve a Culiacán después de estudiar tres años en Ciudad de México. Dos días más tarde matan a su vecino frente a los hijos; una semana después a otro y a otro. La secuencia siempre es la misma: detonaciones y charco de sangre. Quizá la noticia salga en el informativo diario. La joven se descompone: «Y le dolió esa indiferencia, ese acostumbrarse de la gente. Quiere irse de nuevo, con todo y niño y marido y recuerdos […]. En cualquier lado en que no hablen este idioma: el de las balas».
Estremece el relato de cómo la violencia ha calado en la vida cotidiana. Luego de la detención de Alfredo Beltrán Leyva en 2008 empezó una guerra que solo en agosto de ese año provocó más de 140 muertos en la ciudad. La gente dejó de ir a los centros comerciales, a las plazas. Festejaron el año nuevo encerrados. El baño es el lugar más seguro de la casa, dice con humor negro el periodista. Potentes, visuales, certeras, las páginas de Malayerba duelen tanto como la muerte de su autor.
MALAYERBA, de Javier Valdez Cárdenas. Jus ediciones, 2016. México, 196 págs. Distribuye Océano.

(Cultural, El País)










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